Bueno, ahora sí, llegamos al último capítulo de la primera temporada de Sade. Por último, pero no menos importante… ¡KaiMei! ¡Lemon KaiMei!
Acto 11: Masquerade IV: Círculo de Franval
"El amor perjudica los delirios del gozo más de lo que favorece."
Sade, Cartas a Madame de Sade.
—Asegúrate de los vol-au-vents (1) estén parejos, lo mismo que los canapés, ¡Date prisa, ya llegan los invitados! —le apremió la Sra. Kagamine, mientras se probaba por quinta vez el zarcillo de coral, pensando que combinara mejor con su traje de brocado rojo nuevecito.
Meiko asentía a todo lo que su dueña le ordenaba; aunque a espaldas de ella, no ponía reparos en torcer la boca en gesto burlón y cansino, pues en esa casa siempre era lo mismo: Cuando había una fiesta o celebración, la Sra. Kagamine se emocionaba mucho, llegando a excederse a veces, en la decoración y comida. Cierto, era la fiesta de sus queridos Rin y Len, pero ni ellos se emocionaron tanto ante esto.
Eso sí, aunque para el pueblo la fiesta de los gemelos se veía como la velada del año, no era nada a comparación de las estruendosas fiestas de la Reina María Antonieta: ¡Meiko escuchó que hasta se bañaban en champaña! ¡Imagínense ustedes!
Cuando quedaba una hora antes de empezar, Meiko subió a su habitación, se deshizo de su habitual traje, y se colocó el traje escarlata que compró junto con los de Rin y Len. En cuanto el cierre estuvo bien puesto en su lugar, la castaña no dejó de mirarse al espejo: Si con su vestido de criada se veía sensual, con ese traje… la exudaba literalmente: Los amplios pollerones le enmarcaban las caderas y el corpiño bien ajustado a un ángulo perfecto para hacer saltar los ojos a cualquier tipo que la mirara justamente allí…
…En otros tiempos, estaría sonriendo ante la diversión de ligar y coquetear con alguno de los sujetos de la fiesta… Pero esta vez se sentía diferente: Se vio desde todos los ángulos, con una ansiedad extraña, mientras sus ojos se movían de manera inconsciente a la ventana más cercana, en busca de una cabellera azul…
¿Qué demonios…? ¿Cómo podía emocionarse por Kaito, eh? ¡Esa no era Meiko! ¡No lo era…! ¿O sí? No pudo contener un suspiro de impotencia, no podía evitarlo: El azulado, por más idiota que fuese, era lindo… Jodidamente lindo. Admitía que fue divertido jugarle bromas como la del sake derramado; pero el episodio del muérdago no dejaba de carcomerla: La imagen de Kaito, sosteniéndola en sus brazos, sonrojado y con el tóxico muérdago en la boca se le quedó trabado en la mente; Sí, se puso desafiante y dejó al azulado frío, pero ella no pudo evitar sentir un calor agradable en su pecho. ¿Qué significaba? Meiko no era ninguna novata: Tuvo varios amantes a lo largo de los años; todas fueron cosa de unas semanas y ya… ¿Por qué por este tonto sentía estas cosas? Tal vez… Podría estar…
¡¿Qué? ¡Eso es imposible!, se gritó Meiko internamente. No puede ser que lo estés pensando, cabeza hueca: Y aunque fuera así, ¿Cómo demonios puedes estar con él? Que no se te olvide que, por mas gozos y privilegios tengas, sigues siendo una criada, Meiko. Él es un noble… No se ve bien visto… Por más que se oigan horribles historias de nobles acostándose con criadas. ¡Ah, pero Meiko no se dejaría! Era criada, sí; pero no por eso carecía de orgullo y dignidad. Se quitó esas ideas ridículas de la cabeza; No era momento de pensar tales cosas. ¡Debía apresurar a los cumplimentados para que salieran! Salió de su cuarto y pasó por la habitación de Len, que estaba cerrada. Tocó y abrió la puerta.
— ¿Ya están listos? —les dijo con su mejor sonrisa, aunque salió algo trémula.
— Ya vamos, Meiko-nee—dijo Len con una sonrisa, aún sosteniendo el cepillo con una mano, acariciando el cabello de Rin con la otra.
— Mejor háganlo pronto, que su madre está que se sube por las paredes—replicó la castaña riendo burlonamente, aunque su aguda mirada pudo captar un dejo de desasosiego en sus miradas azules, no obstante se encogió de hombros.
Bajó las escaleras y salió afuera. Tomó un gran rollo de pergamino y una pluma; se puso en la entrada, a pasar revista a los invitados.
Debajo de su antifaz blanco, Kaito fue como uno de los primeros en llegar al sitio. Se sentía muy intranquilo: Temía la llegada de Miku de un momento a otro. Sabía que, en cuanto la chica de coletas verdes apareciera en público, ya podía ir despidiéndose de…
A propósito, ¿Dónde estaba ella? La buscó con ansiedad. Al fin la notó: Estaba en la entrada, tachando a todos los invitados que iban llegando. La quijada del azulado por poco se desprende ante la visión de la castaña en ese traje rojo. Definitivamente, esa era su color. El azulado trató de recuperar la compostura mientras se volvía a acomodar la quijada en su lugar.
—Buenas noches… —susurró Kaito tratando de mantener un tono seductor y atrayente, que al parecer no sirvió, pues Meiko lo vió con desdén.
—Buenas noches, messire Kaito—repuso la castaña con aire marcial, tachando su nombre en la lista—. Espero que disfrute la fiesta.
—Sí… gracias—Y todas las ganas de hablarle Meiko se disiparon. Hubiera sido lo correcto (en términos de los enamorados), pararse con firmeza frente a ella, llevarla a un lugar apartado y decirle sin vergüenza y seguridad lo que sentía… Pero Kaito era un cobarde: Carecía del empeño de los otros "caballeros" que anteriormente vimos, Len y Luka. Aún le faltaba mucho empuje para eso. Así que, con la cola entre las patas, sonrojado y tartamudeando, Kaito se dio media vuelta.
Meiko sacudió la cabeza negativamente. Internamente, le hubiera gustado que Kaito se decidiera, pero no había respuesta, ni ella pensaba dar el brazo a torcer.
—Buenas noches… Hermosa dama…—Oyó decir.
Meiko se volteó bruscamente: Frente a ella se hallaba un sujeto alto y espigado, de ojos y cabellos escarlatas. Si no estaba equivocada, ese debía ser el prometido de Rin, Akaito.
—Buenas noches—repuso Meiko, anotando su nombre y dándole la espalda.
— ¡Oiga, espere un momento…!—exclamó Akaito agarrándola del antebrazo, haciéndola girar hacía sí… A Meiko se le hinchó una venita… Igual a Kaito: Estaba a unos metros, y antes de que pensara en abrir la boca y gritar o sacar su espada corta (gesto más romántico, ¿no creen?), la castaña logró zafarse.
El azulado trató de acercarse a Meiko, aunque en ese momento se anunció la presentación de los gemelos ante los invitados. La castaña aplaudió fuerte como todos lo demás, mientras se alejaba a una barra, tomando la primera copa de la noche.
Kaito esta vez estaba decidido: Esta vez iba a hablarle, a decirle todo lo que pensaba… Se ajustó los pantalones, infló el pecho… Y tomó una copa de helado extra grande. Para los nervios.
—Meiko-nee—le llamó el azulado en voz alta, agradeciendo a los Cielos no haberse trabado, sorprendiendo a Meiko con la guardia baja.
—Messire Shion… Que sorpresa. ¿Qué hace aquí? —dijo ella con deferencia. Momentos después, Kaito estalló en risas— ¡Oiga! ¿De qué se ríe?
—Oh vamos Meiko, no hay necesidad de que me llames "Messire" ni me trates por "usted"; solo llámame "Kaito"… O si prefieres, "Bakaito" —dijo Kaito sonriendo tontamente. Meiko se sonrojó. "Oh, se ve adorable de esa manera" pensó el azulado, para su propio asombro.
—Muy bien… Bakaito—repuso Meiko aun sonrojada y también molesta por haberla hecho sonrojar— ¿Qué es lo que quieres?
— ¿Acaso no es obvio? —Ante la reacción poco favorable de Meiko, nuestro "Franval" se corrigió—: Quiero decir… Quería verte.
— ¿Verme? Pero si me veías todos los días.
— ¡No… no! Qu-quise decir… ¡verte! Hablarte, Meiko… Te vez… muy bo-bonita esta noche. —tartamudeó, sintiéndose un completo idiota.
Ante ese halago, completamente simple, la castaña sonrió. ¡Meiko sonrió! ¡Lo había logrado! ¡Touchdown, Kaito…! Pero claro, nunca sabes cuando la buena suerte te dura. Generalmente, muy poco.
— ¡Kaito!
Y antes de que diera cuenta para poder evitarlo, una figura pequeña y de grandes coletas verdes apareció de la nada y se arrojó a sus brazos. Ante la sorpresa, Kaito soltó la copa de helado y esta voló por los aires… Con tan mala suerte que aterrizó sobre la pechera del vestido de Meiko. Siguió un silencio aterrador.
Kaito, solo, (Pues Miku se fue tan rápido como llegó) ante la línea de fuego… Pues el rostro de Meiko se ponía cada vez rojo, pero no de vergüenza, sino de ira.
— ¡Bakaito…! —El pobre tipo se quedó paralizado, ante el buque de vapor que se le venía encima… En eso, Len se interpuso entre Meiko y Kaito, tratando de calmar a la castaña:
— ¡Meiko-nee, Meiko-nee! ¡Esta no es la manera de reaccionar! Matando a Kaito, no solucionarás el problema…
— ¡Problema! ¡No hay ningún problema! ¡Yo no tengo ningún problema! ¡Es Kaito el del problema!—chilló Meiko.
—Creo que ya bebiste demasiado, Meiko-nee. Kaito no quiso derramarte su copa. Fue solo…
— ¡No se trata de eso! —Dios mío, no quería hacerlo, ¡pero qué ganas tenia de zarandear a Len! ¡Él no podía entenderlo! No lo entendía…—No puedes ayudarme, Len. Nadie puede ayudarme con lo que siento…
— ¿Con que? —peguntó Len perplejo.
— ¡Con nada! ¡Déjame en paz! — Y acto seguido dio media vuelta, antes de que zarandeara a Len o matara a Kaito… o ambos. Le arrebató de las manos una botella de whisky que llevaba un camarero y se la empezó a tomar a tragos, echando chispas y tratando contener el llanto.
Kaito había logrado alejarse, observando como Len miraba en derredor, completamente confundido. No dejaba de insultarse: "¡Eres un idiota, Bakaito! ¡Un idiota!" "¡Tonto y tarado!" ¡Estuvo tan cerca…!
Después de la magnífica cena que se presentó, Meiko se apresuró a urgir a los músicos que empezaran a tocar sin la cantante. Meiko logró contratar a una amiga suya que era soprano, Prima, que cantaba muy hermoso, pero que aun no había llegado.
—Toquen por ahora instrumental, mientras Prima llega, ¿entendido?
Y los músicos acataron la orden. Al ver que todos se levantaban y empezaban a bailar, los Sres. Kagamine le hicieron una señal de aprecio a Meiko, quien sonrió satisfecha. Estaba resultando todo bien, hasta ahora ningún desastre… Había logrado quitarse la fastidiosa mancha de helado de su traje, quedando como nuevo.
Kaito estaba a unos metros, espiando a Meiko constantemente, al tiempo que cuidaba de que no volviera Miku de improviso y lo estropeara todo de nuevo, ni que saliera ese atrevido de Akaito y tratara de propasarse con ella otra vez. Algunos tipos de la fiesta lograban acercarse a la castaña y le pedían un baile, logrando que se le hinchara la venita de la sien e inflara las mejillas.
Akaito estaba recuperándose del duro golpe a la entrepierna que le había provocado Rin hacía rato. Observaba iracundo como la rubia se encontraba con su gemelo, no muy contento tampoco. ¡Resultó ser ruda la chica! Aunque el pelirrojo prefería las chicas fáciles, no obstante, las esquivas como esta le provocaban una sensación excitante, sobre todo al saborear el cuello de Rin… Vainilla con naranjas maduras.
Tenía unas enormes ganas de poseerla… Y no pensaba esperar hasta la boda.
Aunque la empresa no resultaba sencilla… A no ser que tuviera, escondido en el dobladillo del traje, una ampolleta de cristal que contenía un potente afrodisiaco: La infame… Cantárida.
Finalmente nuestro Kaito reunió todo el coraje necesario para dar el "gran paso". Adelantándose a un sujeto con pinta de bufón, se paró frente a Meiko:
—Se que tienes una mala impresión de mí, pero quiero demostrarte que puedo ser "bueno"… —empezó Kaito extendiendo la mano hacía ella para que la tomara—Por favor… un solo baile…—musitó con algo de súplica.
—Está bien… un solo baile. —concedió Meiko entre dientes aunque internamente estaba feliz.
Ambos se sonrojaron al sentir el contacto de las manos, y como tenían la misma estatura, los ojos se miraban fijamente.
—Ni se te ocurra pisarme con tus pies—susurró la castaña entrecerrando los ojos.
—P… por supuesto que no—tartamudeó él.
Empezaron a moverse al compás de la música. Meiko luchaba con todas sus fuerzas de no mirarlo a los ojos, porque sabía que si lo hacía, podría perder la cordura. Kaito estaba exultante: ¡Estaba bailando con Meiko! La tenía lo suficientemente cerca para volver a aspirar ese embriagador aroma a sake y licores. En un movimiento que no creyó tener, rodeó con fuerza la cintura de Meiko, provocando que ella lo mirara.
Fue un momento magnético y eléctrico: los ojos azul oscuro se fundieron con los castaños de ella. Kaito le sonrió, pero no con una sonrisa arrogante y jactanciosa, sino uno lleno de dulzura. Se rindió: Kaito Shion estaba enamorado de esta gobernanta de recio carácter y hermosos ojos. Su vida pasada le parecía ahora tan frívola y vacía… Lo era porque no había hallado a una mujer que le comprendiera… Y al parecer la había hallado. Meiko sonreía a su vez, ya que no podía negarlo más: Lo amaba. Amaba a Kaito. Amaba profundamente a este dulce e irremediable idiota.
— ¡Hey!
Meiko y Kaito volteron la mirada al llamado: Era nada menos que Akaito, sonriendo con malicia.
—Rato sin verle, messire Kaito, por lo que veo ha pescado una hermosa dama—silbó.
Kaito se sintió enrojecer: —Pues muchas gracias por su comentario… pero discúlpeme, estoy ocu…
— ¡Oh! ¡No quise ser irrespetuoso! Es solo que francamente, me sorprende que, siendo alguien de la nobleza y haya finas damas aquí, te pongas a bailar con sirvientas…—agregó.
Kaito se puso tan azul como su propio cabello. Se sintió desolado y sin fuerzas mientras Akaito se desternillaba de risa. Meiko miró a Kaito, como pidiéndole que dijera algo, que la defendiera, o algo… Nuestro Bakaito hizo algo que provocaría un palmface a todos los enamorados: Balbucear, tartamudear, y lo peor: Excusas.
—No, no… Este… No es así lo que dices… Eh…
Para Meiko, eso sonó como una injuria. Se apartó con rabia de Kaito y se alejó a grandes zancadas de él otra vez. ¡Pero qué idiota fue! ¡Todos los hombres eran iguales! ¿Cómo pudo emocionarse, eh? Ni que fuera una chiquilla ingenua: Ella era una criada, Kaito era un noble e iba a casarse con Miku. Fin de la historia.
Kaito se quedó allí, enojado. Enojado con Akaito por arruinar su mágico momento, enojado con Meiko por volverlo a dejar… Enojado consigo mismo por meter la pata tan espectacularmente. No podía creer que no la hubiera defendido. ¡El amaba a Meiko, por todos los demonios! ¡A él no le importaba que ella fuera de otra escala social! ¿Por qué no pido decirlo y ya? Decepcionado de sí mismo, tomó sin pensar una copa de un extraño color, justo antes de que Akaito la tomara para dársela a Rin… El pelirrojo se molestó, pero luego compuso una maliciosa sonrisa.
Meiko estaba enfadada. ¡Nunca se había sentido tan humillada en toda su vida! Bufando, tomó una botella de sake y tomó un buen sorbo. Se quedó mirando al resto de los bailarines, perdida en sus pensamientos… Y ahí lo oyó:
— ¡NO!
Todos se sobresaltaron. Meiko se apresuró al sitio para ver con sus propios ojos el desastre emergente. En el centro de la línea de fuego estaba Miku, temblando sin control, como si tuviera un ataque. Hizo ademán de sacarla de allí… Pero Kaito llegó primero; y para su sorpresa, se veía… ido.
—Oigan, oigan; Tranquilicémonos un poco, ¿sí? La pobre tuvo unos días muy malos y está confundida. Tengámosle algo de piedad. ¿Por sabes que te alegraría, pequeña?—le preguntó a Miku, haciéndola girar en sus brazos hasta quedar frente a él— ¡Esto!
A Meiko se le ampliaron los ojos. ¡¿Cómo pudo Kaito? Y tras esos segundos de horror, surgió la avalancha de tipejos que se le vienen encima a Miku. Y si eso la dejó estupefacta, lo siguiente se llevó el premio: Kaito se había levantado sobre una mesa y se había quitado toda la ropa, quedándose un únicamente con su dichosa bufanda azul, gritando:
— ¡Kitsasu…! ¡Bufanda desnuda! —Meiko por poco se quedó sorda ante los gritos de las mujeres que gemían locamente al ver la "gloriosa" imagen de Kaito desnudo…. Y se puso verde al oírle decir a continuación:
— Esta fiesta me parece muy aburrida, ¿no les parece? ¡Les propongo una orgía afuera! ¡¿Quién se anota?
"Okey, ya fue suficiente" se dijo con la vena hinchada al máximo. Cuando estaba a punto de formarse la desembarrancada general, Meiko agarró a Kaito del extremo de su bufanda y lo haló al suelo, arrastrándolo hasta la puerta, mientras Kaito chillaba y boqueaba por falta de aire.
Saliendo a la helada noche, llegó hasta el cobertizo donde se guardaba el grano, el heno para los animales, los costales de manzanas y los barriles de sidra rebajada y agua. Agarrándolo de la cabeza, lo sumergió en una cisterna de agua helada.
— Glup, glup… ¡Meiko! —Volvió a sumergirlo. — ¡Meiko…! —Y otra vez. Al emerger de nuevo, Kaito tenía los ojos como platos, completamente empapado y tosiendo agua.
— ¡¿Estás loca? ¡¿Acaso quieres matarme…? —gritó enfadado, pero se detuvo en seco al ver olisquear su boca entreabierta, lográndolo turbar y sonrojarse. Meiko se apartó y chasqueó la lengua.
—Me lo imaginaba: Me parecía raro, y muy poco probable que te hubieras emborrachado a propósito… Tu boca huele a cantárida… Alguien quiso drogarte… o a alguien más.
— ¿Es… estás segura? —Farfulló Kaito —Solo me tomé una copa que estaba apartada, tenía un sabor raro, y luego, no sé que me pasó… —Se miró el cuerpo, perplejo —; Eh… Meiko, ¿Por qué estoy desnudo?
—Créeme, es mejor que no te enteres —replicó Meiko tomándole de la mano —, mejor quédate aquí mientras trato de rescatar tu ropa de la turba furiosa, aunque a estas alturas ya debe estar hecha jirones… —Pero sintió un leve tirón y quedó frente a frente con Kaito… Y sus labios rozaron los suyos por primera vez… La sorpresa no la dejó reaccionar; se quedó allí, permitiéndose el lujo prohibido de sentir la tibieza de sus labios… Kaito se sintió en el Cielo… Y bajó al Infierno de una vez, al sentir un fuerte bofetón.
— ¡AY! ¡Meiko! ¿Qué pasa?
— ¿Cómo te atreviste? Después del lamentable espectáculo con Messire Akaito y la pequeña Miku… ¿Tuviste el descaro de besarme? —repuso Meiko, respirando agitadamente, sintiéndose enrojecer.
Kaito se quedó mudo… Pero luego, inexplicadamente… sonrió con malicia—: Sí… y te dejaste besar… Eso quiere decir que te gustó, ¿no? —Meiko se enrojeció aun más, tanto de vergüenza por sentirse emocionada, como de rabia por haber sido tan débil:
—Bien… Lo hiciste; ahora ya puedes irte. ¿No es que te ibas a casar con Miku? ¡Ve y cásate! ¡O búscate a otra que te haga la maldita Bufanda desnuda! ¡O…! —Kaito no la dejó terminar, pues aprovechó la furiosa perorata de la castaña para acercarse y volver a besarla. Aunque Meiko trató de rechazarle y volver a golpearla, sus fuertes sentimientos la traicionaron y se volvió a dejarse llevar. Entre el beso, que ya daba trazas de volverse apasionado, Kaito le susurró:
—No toda la culpa es mía, ¿a qué no? ¿No te ponías a provocarme cada vez que estábamos solos?
—No… yo no…
— ¿No te inclinabas hacía mí? ¿Y qué hay del incidente del muérdago? ¿O ya se te olvidó?
—Bakaito… —Y allí, Kaito se separó y tomó su rostro entre las manos. Las mejillas de Meiko estaban completamente enrojecidas, al igual que sus labios. Sus ojos estaban vidriosos de toda la marea de sentimientos que se agolpaban en torno suyo. Se veía realmente tierna en esa posición.
—Meiko, puedo ser un pervertido, un bueno para nada, un adicto crónico al helado… Y la lista sigue.—murmuró el azulado, enrojeciéndose también—. Pero si hay algo que también es verdad… Es que no puedo evitar sentir lo que siento por ti, Meiko. —La castaña se puso lívida, tratando de asimilar lo que dijo—, Sí, puede estar mal, porque somos de clases distintas y la gente lo verá mal… pero fíjate: En todas partes ocurre igual o peor que nosotros. A mí no me importa, y eso debí decírselo a Messire Akaito en su cara; por favor perdóname. Y también… lo que pasó con Miku, sea lo que sea—se rascó la cabeza, tratando de recordarlo, sin éxito—Meiko, yo…
La castaña no lo dejó terminar. Lo tomó con fiereza de las mejillas y le devolvió el beso con un ímpetu que dejó al azulado completamente tieso y helado. Lo único que Kaito pudo hacer fue responderle, rodeando su cintura con fuerza, echándose para atrás, quedando contra la pared del granero.
—Eso… eso fue…—empezó Kaito, pero Meiko le puso un dedo en sus labios, callándolo. La castaña sonrió con pesadumbre y le guiñó el ojo.
—En resumen, estamos jodidos… Que Dios nos perdone—murmuró Meiko.
Volvieron a besarse, volviéndose cada vez más fuerte, violento y apasionado. El sitio en que se encontraban y la sensación de peligro de ser descubiertos y castigados los animaba a ir todavía más lejos. Meiko hizo el siguiente movimiento, deslizando su lengua a la cavidad bucal del azulado, recibiendo un gemido de respuesta de él, para luego responderle con entusiasmo. Las lenguas, impregnadas de licor, helado y cantárida los absorbieron totalmente.
—No soy una novata—murmuró la castaña, empujándolo cada vez más al suelo, hasta que la espalda descubierta de Kaito sintió la tierra mezclada con heno y aserrín de la bodega, con Meiko sobre él, con sus piernas a ambos lados de caderas.
Kaito cerró los ojos, dejándose llevar totalmente, abrazándola fuertemente, apoyando su cabeza sobre su cuello. —Pues yo tampoco lo soy—respondió Kaito desde las profundidades de la piel de su garganta. La calidez de su calor corporal irradió su piel como él apartó suavemente la hombrera, provocándole a Meiko unas cuantas cosquillas, acariciando con sus labios y lengua la zona del cuello y hombros que estaba descubriendo, todo con completo permiso de ella.
Meiko gemía suavemente, deleitándose ante el despliegue de sensaciones que los asediaban. Empujando su cabeza un poco más abajo, besó la clavícula de Kaito, olisqueando la mezcla de sudor y musk de su perfume, apartando la estorbosa bufanda azul. No le importaba que él fuera a casarse con Miku, no le importaba que los Seres. Kagamine pudieran encontrarlos, no le importaba nada en ese momento.
Manteniendo sus manos en su espalda, Kaito, lentamente, fue deshaciéndose del fastidioso broche que cerraba el ornamentado vestido rojo de Meiko, empezando a bajar el cierre, mientras su boca se mantenía ocupada, luchando con la traviesa lengua de la castaña, sin dejar de susurrar su nombre. Sus sentidos iban enloqueciéndose a cada minuto, sus consciencias iban apagándose… Cada segundo que pasaba bajándole el cierre se hacía cada vez más insoportable.
Con un grito estrangulado, ella sintió como su vestido era sacado, dejando emerger sus senos, que eran bastante grandes. Kaito los admiraba en todo su esplendor por primera vez, era miles de veces mejor de lo que había imaginado.
—Dios mío… Que hermosa eres, Meiko—musitó el azulado maravillado, entre sonrojos de la castaña. Luego ella ahogó un grito al sentir la cabeza de Kaito entre sus senos, besando con ternura los rosados pezones, endureciéndose al tacto de sus labios, mordisqueándolos y succionando de ellos como un cachorro hambriento, mientras los masajeaba alternadamente.
— Ah… ¡Ah! ¡Baka…! ¡Bakaito! —siseó Meiko, jadeando fuertemente.
Rodando sus manos arriba y abajo de su pecho, ella buscaba los puntos más sensibles de su piel, mordisqueando sus pezones, logrando que Kaito gimiera cada vez mas alto. Los labios y dedos suaves de Meiko, como gusanitos calientes, rozaban su piel y su boca, así como él hacía lo propio con todo el cuerpo de ella. Kaito, sin aguantárselo más, deslizó la amplia falda con sus pollerones y enaguas, lanzándolos lejos, dejándola en la misma condición que él: Dos desnudos y lujuriosos amantes, recostados en el suelo de paja, ansiosos de emociones y el placer. Sus manos se exploraron aún más locamente, La atmósfera caliente en sus cuerpos los fundían, deseosos de seguir.
Kaito fue el primero en seguir. Sus manos se deslizaban por su cintura, acariciando su cuerpo a todo lo largo y ancho… Antes de que Meiko se diera cuenta, los traviesos y experimentados dedos de Kaito fueron deslizándose en su zona más íntima, acariciando su apertura lentamente. Meiko gemía, poniéndose una mano contra la boca para no chillar y no alertar a cualquiera que estuviera afuera, mientras su cuerpo daba botes al sentir los dedos del azulado en su clítoris, haciendo que su intimidad se contrajera sin parar, provocando que su interior se derramara abundantemente.
Decidió agradecérselo, deslizándose ella misma hasta más debajo de su abdomen, hasta su miembro, ya endurecido y posando un beso en la punta, provocándole un fuerte gemido a Kaito.
—Mei… Meiko… Eres una mujer muy cruel… —susurró el azulado, complaciendo a la castaña. Comenzó a frotarle lentamente, mientras que, mirándolo fijamente a los ojos, acercó su boca a su miembro. Kaito gemía con fuerza, repitiendo su nombre. El sudor les corría a ambos, acercándolos cada vez más a un clímax increíble que no se podía comparar a ningún otro.
Y a continuación, tomó a Meiko de la cintura, volviéndola a colocar a la misma altura de él, besándola con pasión, preparándola para la noche de diversión. Sus manos se aferraron mutuamente mientras Kaito lentamente deslizaba su miembro al interior de Meiko, con temor de lastimarla… Aunque ya intuía que la castaña ya había tenido encuentros de ese tipo… Lentamente fue empujando, mientras la castaña gemía largamente, al sentir la invasión a su cuerpo.
—Bakaito…—El aludido abrió los ojos, mirándola fijamente. Meiko sonreía, inclinándose para besarle suavemente. —Gracias por ser tan gentil, pero estoy bien.
—Meiko… —él le besó de regreso, algo torpe por los nervios—, Meiko, en serio te amo. Lamento ser tan idiota… Lamento…
—Deja de lamentarte, Bakaito. Solo disfruta—replicó la castaña con paciencia, empezando a cabalgar sobre su abdomen, gimiendo en voz baja, sacudiéndose ante el avasallante y pecaminoso placer que sentía.
Kaito también se dejó dominar por esa sensación increíble. Se sentía tan absorto; se sentía tan lleno… Eran uno solo. Finalmente. Estaban bailando el vals prohibido que en ese mismo instante los acompañaban en el solitario ataúd de la capilla y la bodega de vino del sótano. Respondió a los brincos de Meiko, también moviendo sus caderas de manera sincronizada con las de ella; sus gemidos y gritos que el placer se mezclaban en este tercer y último dueto infernal. Él la penetraba violentamente, impulsándose repetidamente. Bombeaba adentro y afuera, adentro y afuera…
— ¡Kaito! ¡Kai… to! —gritaba ella, casi lloriqueando.
— ¡Aaaahh…! ¡Meiko! —respondió él gimiendo.
Aferrándose mutuamente, ambos se sentían pertenecientes el uno al otro. Sus gemidos aumentaban de nivel cada vez más, sus cuerpos se fundían con energía y pasión. Los sentimientos se intensificaban cada más cerca de una explosión, creciendo, hasta que…
— ¡Ahhhh! — Fue lo que gritaron al unísono, cuando ambos llegaron a un fuerte y espectacular orgasmo. Meiko gimió con fuerza, al sentir como una explosión de líquido caliente y espeso entraba en ella y pulverizaba su vientre. Kaito, jadeando del cansancio, le abrazó fuertemente, tirando de ella hacía él.
—Ah… Qué bien se sintió, ¿no crees? — preguntó Meiko respirando agitadamente, sonriéndole con burlón desdén. ".
— Fue… fue magnífico— murmuró Kaito a su vez, quitándole el sudor de su frente, besando a su presa capturada finalmente. Oyeron los gritos lejanos del Sr. Kagamine, tratando de poner orden a la descontrolada fiesta.
—Parece… Parece que nos vamos a meter en algunos problemas…—le susurró Meiko con una mueca.
—Eso parece.
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¡Y… eso fue todo! Acaba de terminar la Saga Masquerade. No se pongan tristes amigos, todavía hay mucho Sade para rato :3
Avance del próximo capítulo: "Enjuguémonos nuestras lágrimas"
"—Ya es hora de que te hagas hombre, Len—anunció el Sr. Kagamine a su hijo, señalándole la entrada del sitio.
"—Déjate llevar, pequeño—musitó la mujer tratando de besarlo…"
"—Un momento… ¿Qué es eso?—preguntó el párroco acercándose un poco al ataúd…—¡Señor Jesucristo…!"
¡No se lo pierdan!
