Disclaimer: Obviamente, todos los personajes –excepto unos pocos- pertenecen a Stephenie Meyer. Yo sólo echo a volar la imaginación, disfrutando con el universo que ella ha creado
A/N: ¡Vaya panzada de leer, Muse Bittersweet! ¿Cuántas horas te enganché? ¡Hasta que te leíste los diez capítulos en un día! Anonadada me tienes – y por qué no decirlo también, me regalaste uno de los comentarios más encantadores que he leído… Sí, lo siento, lo mató, jejeje-. No me comentaste el lemon -¿no ves mi puchero?-.
Como recordatorio, actualizo todos los jueves, hasta que mi musa me lo permita… Y esta historia tiene lugar quince años después de "Amanecer".
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Capítulo Once: "Rutinas"
Pv Bella:
Apenas había estado de vuelta de la peluquería, pude percibir que había algo distinto en mi cuarto, pero no supe qué era hasta que abrí la puerta de mi nuevo armario: un espejo.
Un espejo de cuerpo entero, que hubiera jurado, no estaba allí la última vez que había abierto sus puertas para guardar la ropa manchada, ocupaba ahora la práctica totalidad de una de ellas. Bueno, en realidad, de las dos puertas. Porque había espejo en las dos puertas. Podría verme desde varios ángulos.
- ¡Wow!- exclamé.- Esto no estaba aquí antes, ¿verdad?
- No, los he mandado instalar mientras estábamos fuera. ¿No te gustan?
- ¡No!- contesté rápidamente.- Digo, sí, sí, son perfectos… Lo que ocurre es que no me había dado cuenta de que a esta habitación le faltaban espejos hasta que los he visto… ¿Por qué no los había antes?
- ¡Oh, sí los había! Pero estaban muy viejos, y pensé que era mejor cambiarlos…- explicaba Claudia. Yo mientras tanto, miraba una y otra vez mi reflejo.
- Perdona, pero ¿has dicho que los mandaste instalar?- pregunté extrañada.- Pensé que eras una cadete…
- ¡Oh, y lo soy!- confirmó ella.- ¿No escuchaste nada de la charla de Andrea? ¿O de lo que te he estado contando hasta ahora?
- ¡Pues claro que sí!- contesté yo ofendida.
- ¡Vale, vale!- rió Claudia ante mi reacción.- No trataba de insinuar nada ni de acusarte… Soy cadete, pero ya estoy en mitad de mi adiestramiento. Por eso me encomiendan misiones, y tengo ciertos privilegios… Además de tenerte a mi cargo.
- ¡Ah! Así me explico tus atenciones, supongo.- acepté, sin dejar de mirarme en el espejo.
Me veía rara. Moderna, juvenil, pero rara. Claudia no había dejado que decidiera absolutamente nada. Ahí estaba yo, con un nuevo corte de pelo, radicalmente distinto a mi larga melena castaña, con un alisado japonés -¿existía eso?-, y un tinte insultantemente negro, que marcaba un claro contraste con mi pálida piel, pero con leves matices azulados, que conferían a mi aspecto un aire… ¿sexy? Me veía misteriosa y atractiva. Intimidante.
- Te hacía falta un buen cambio de look.- afirmó satisfecha.- Te ves increíble. Este nuevo corte de pelo va a ser mucho más cómodo para ti durante los entrenamientos, ya lo verás. Te aconsejo que sujetes tu pelo con una cola de caballo bien prieta.
Los siguientes días pude comprobar que, efectivamente, Claudia llevaba la razón. Las prácticas de lucha habrían sido claramente mucho más duras si yo hubiera insistido en conservar mi larga melena a la altura de la cintura.
Hacíamos mucho, mucho, mucho ejercicio. No es que fuéramos a desarrollar nuestros músculos de alguna manera, lo único que puede cambiar en un vampiro es la longitud de su pelo o de sus uñas, de esto se encargaba la ponzoña, que, aparte de restaurar heridas, regenerando la piel y demás tejidos dañados, también reconstruía la estructura capilar.
El ejercicio nos servía para mantener nuestra mente despierta, y nuestros sentidos a pleno rendimiento. Y necesitábamos mantener la mente bien despierta, porque el adiestramiento no sólo incluía una parte física, sino también una intelectual. Teníamos incluso una asignatura en la que Andrea nos hablaba de la historia de nuestra raza, que a algunas de mis compañeras les resultaba fascinante, aunque yo no tenía muy claro si les resultaba tan interesante por la materia en concreto o específicamente por el profesor.
De todos modos, yo no me podía relajar lo más mínimo a ese respecto, porque todos los días nos preguntaba para comprobar si habíamos atendido lo suficiente en la clase.
Así que, por mucho que me aburriera la asignatura, pasaba alguna que otra hora en la sala de estudio, repasando la materia.
En las clases de lucha, había advertido un detalle, al que Claudia le quitó toda importancia. Me decidí a comentárselo una semana después de empezar con los entrenamientos.
- Creo que ya sé cuál va a ser mi talón de Aquiles.- mencioné como quien no quiere la cosa, mientras estábamos tumbadas sobre la hierba del jardín, leyendo una novela.
- ¿Talón de Aquiles?- repitió ella confusa.
- Sí, toda persona tiene un punto débil, algo que la hace más vulnerable frente al resto.- expliqué.
- ¿Y te has parado a pensar en el tuyo?- preguntó ella, arqueando una ceja.
- Por supuesto. Si mi función en la vida va a ser proteger al resto, debo asegurarme de que voy a poder hacerlo correctamente, que nada que no pueda evitar se interponga en mi eficiencia.- respondí extrañada. Si formábamos parte de un cuerpo de elite no podíamos dejar que existiera en nosotras ninguna debilidad. ¿Cómo podía esta cuestión no haber pasado por su experimentada cabecita?
- ¡Vaya! Si Andrea se enterara de tu punto de vista y de tu interés en ese tema, estoy segura de que tu puntuación subiría enteros…- alabó ella.- Personalmente, mi filosofía es muy distinta. Yo prefiero simplemente no pensar lo más mínimo en ello. Por supuesto que entiendo tu postura. Pero si yo gastara demasiado tiempo en pensar lo que me hace menos merecedora de un puesto en la guardia, podría terminar creyéndome que, efectivamente, no tengo lo que hay que tener para servir a sus propósitos, y eso me desmotivaría. En mi opinión en lo que único que debes pensar es en lo que puedes aportarles.
- Hasta ahora no hemos tocado lo más mínimo ese tema, ya lo sabes.- me quejé.- Ni siquiera cuando tú no has asistido. Pero he observado que, Darien, por ejemplo, mueve objetos con la mente. Y lo utiliza constantemente, incluso para apartar la silla antes de sentarse en clase.
- Darien se pavonea demasiado, en mi humilde opinión.- criticó Claudia despectivamente.- No debería, puesto que, estoy segura de que su don sirve o servirá para cosas mucho más útiles que abrir libros o echar el detergente en el cacito de la lavadora…
- ¡Jamás he visto eso!- exclamé sorprendida.- ¿De veras lo hace?
- ¡Oh, sí, sí que lo hace! Yo soy testigo.- afirmó Claudia.
No pude evitar empezar a reírme a carcajada limpia. ¡Dios mío! Sí que era vago si empleaba su don para ahorrarse el más mínimo esfuerzo. Claudia también reía mientras recordaba esa anécdota, sobre todo cuando, para desgracia de Darien, perdió el control de la capacidad mientras caía el detergente, y tuvo que buscar una fregona con urgencia para arreglar el desaguisado. Claudia comentó que no sabía si lo había vuelto a intentar, pero que esas operaciones requerían un mayor control que mover una silla unos centímetros o abrir un libro, si bien pasar las páginas del libro requería el mismo tipo de control que Darien aún no había desarrollado.
- Claudia, ¿no quieres saber cuál creo que es mi punto débil?- interrumpí tras quedarnos unos minutos en silencio.- Me has cambiado de tema como quien no quiere la cosa.
- En realidad, querida Micaela, has sido tú quien ha metido a Darien en la conversación.- puntualizó ella.
- Bueno, sí. Pero de todos modos, no parece que tengas interés en escuchar mi teoría.
- Supongo que no sé si es oportuno saber cuáles son tus puntos débiles. Imagínate que Andrea nos enfrenta como parte de un examen. Yo tendría ventaja porque tú me has desvelado gratuitamente por dónde atacar.- rebatió ella coherentemente.
- En eso tienes razón, Claudia. Si no fuera porque no creo que, a estas alturas, haya alguien en la clase que no haya percibido el detalle.- contesté apesadumbrada.
- ¡Acabáramos! Has notado que tienes menor fuerza física que el resto de compañeros.- dedujo entonces ella de inmediato.
- ¿Lo ves? ¡Sabía que no era normal!- lamenté alzando la voz dramáticamente.
- Micaela, ¿qué es lo que miras cuando te asomas al espejo?- amonestó Claudia cruzándose de brazos, y mirándome fijamente.
- Si me queda bien la ropa.- respondí sin más. Meneó la cabeza de un lado al otro en señal de desaprobación.
- Deberías cuidar más tu alimentación, querida. ¿No has notado que el rojo de tus ojos es algo más tenue que el del resto? Te hace falta una caza.- sentenció.- Sólo cuando estés realmente bien alimentada te sentirás y serás tan fuerte como el resto de aspirantes.
- Quizá tengas razón. Pero sólo podemos salir del castillo bajo supervisión y, si te he ser sincera…
- ¿Sí?- me interrumpió Claudia con una extraña mirada en sus ojos.
- ¿Me guardas un secreto?- probé bajando la voz. Frunció el ceño y mantuvo sus ojos clavados en mí.
- ¿Hay algo que deba saber? ¿Algo ronda tu cabecita?- pronunció acariciando mi mano de forma algo protectora.
- ¿Me golpeé la cabeza en aquella librería? Porque no consigo acordarme de haberme alimentado antes de… antes de…
- Antes ¿de qué?- interrogó Claudia apretando mi mano, infundiéndome ánimos para hablar.
- Antes de… morder al chofer.- concluí, casi susurrando.
- ¡Oh, maldición! ¿En serio?- se lamentó Claudia, con rostro preocupado.- No, yo no… no estaba segura de haberlo visto, pero ¡caray! Está visto que sí que pasó… Sí, al desmayarte creí oír un golpe, pero no le di importancia, porque no vi ningún daño en la estantería…
- Es que he intentado… me sentí muy rara después de beber la sangre de ese chofer… No me malinterpretes, estaba deliciosa. No recuerdo haber probado nada igual. Pero al darme cuenta de ese detalle, quise comprobar si había otras cosas que no recordara y…
- ¡Ah, no!- interrumpió Claudia como un rayo.- Si de verdad te golpeaste la cabeza, tienes que dejar que la recuperación del golpe fluya por sí sola, no forzarla. Si estresas tu mente sólo conseguirás bloquearla.
- Pero…
-¡Nada de peros!- exclamó ella claramente contrariada.- Prométemelo. Prométeme que no vas a seguir dándole vueltas a la cabeza.
Me sentí sumergirme en una especie de trance a los pocos segundos. Claudia seguía mirándome con rostro de preocupación y de repente, yo no tenía ni idea de lo que la había alterado así. Parpadeé rápidamente y me zafé de su mano, sosteniéndola yo a ella, en lugar de ella a mí.
- ¡Claudia! ¿Qué es lo que te preocupa?
Pv Claudia
¡Mierda! Cuando ya pensaba que la Sra. Cullen estaba totalmente inmersa en su nueva vida, ¡me sale con estas! ¡Agh! ¡Joder! ¡Micaela, se llama Micaela!
No podía evitarlo. No podía evitar seguir llamándola en mi fuero interno Sra. Cullen. Eso me recordaba que yo estaba siendo más que capaz de hacerla creer que su vida era esta y no otra. Que ella era la cadete Micaela, nada más.
O eso creía yo. Por supuesto. La mente es una gran desconocida. Y por mucho que yo sea capaz de manipularla, nunca estaré segura de hasta qué punto. Esto era lo que yo temía cuando Aro me citó la primera vez en los jardines.
- Andrea está impresionado con tus progresos, Claudia.
- Pensar que siempre creí que simplemente, yo tenía madera de vendedora.- había dicho yo.
- Hemos sido muy afortunados de que Jane fuera testigo de tus artes y sospechara que ¡allí había gato encerrado!
Reí.
- Claudia, estoy madurando… digamos… una misión especial para ti. Te será muy útil para comprobar tu verdadera capacidad.
- Estoy a su servicio, mi Señor
- Sí, tu lealtad es visible, Marco también la siente. Por eso voy a ponerte a prueba muy seriamente, Claudia.
- Me siento confundida, mi Señor. Creí haberle oído decir hace unos instantes que no duda de mi lealtad.
- Eso he dicho.
- Entonces, y no me malinterprete, mi Señor ¿Por qué ha de ponerme a prueba?
- ¡Oh, pierde cuidado, mi leal guardiana! Pretendo poner a prueba tu don. Confirmar que eres tan valiosa como sospecho.
Había sido entonces cuando Aro me había comunicado su intención de utilizar a una vampira de don extraordinario como conejillo de indias. Quería reclutarla a toda costa en la guardia, las razones no servían al propósito de la misión. Sin preguntas. Recibiría un sobre con instrucciones y tendría que seguirlas una a una, sin excepción.
- ¿Debo convencerla a toda costa?
- Debes reprogramar su mente, Claudia. De principio a fin.
- ¡Mi Señor!- exclamé con mis ojos saliéndose de sus órbitas.- ¿No basta con convencerla?
- Dije que nada de preguntas, mi querida Claudia. ¿Cuestionas mis órdenes?- interrogó entrecerrando sus ojos. Me arrodillé de inmediato, sintiendo la mayor vergüenza hasta el momento.
- ¡Jamás osaría, mi Señor!- contesté notando que mi respiración se había acelerado ante mi metedura de pata.- Pero, permitidme decirle que lo que cuestiono no son sus órdenes, sino mi capacidad para cumplirlas con éxito.
- He de demostrarte que te equivocas, Claudia. Sé que puedes. Será difícil, pero sé que lo harás. Quedarás sorprendida de los resultados.
Ya entonces supe que iba a ser lo más difícil que haría nunca. Pero la conversación de esa tarde me había aterrorizado sobremanera. La Sra., quiero decir, Micaela, su mente, era mucho más fuerte de lo que había pensado. Haberla forzado en un entorno tan poco propicio a romper con su rutina alimenticia y "moral", había sido un… ¡No! Si quería que mi Señor desconociera mi debilidad no debía siquiera pensar en esa palabra. Ofenderle no era lo más inteligente que debía hacer. Lo más inteligente en esta ocasión era averiguar cuánto tardaría Heidi en salir una vez más de caza, y matar dos pájaros de un tiro: recuperar mis fuerzas después del extraordinario y titánico esfuerzo que acababa de hacer para borrar las tribulaciones de… Micaela, de su pequeña y resistente mente y embotar su raciocinio con tantos apetecibles aromas humanos que sea ella la que muerda la piel con tanta ansia que sienta que jamás se ha alimentado de otra cosa.
