Capítulo 11: Relación

Cuando al fin se despertó tenía agujetas en los muslos y le daba la sensación de que iba a andar cojeando durante todo el día pero aún así, estaba feliz. Se incorporó en la cama descubriendo que Inuyasha no estaba y al girarse vio que Shippo tampoco dormía en su hamaca. Probablemente el niño se habría despertado e Inuyasha estaría meciéndole. Era un encanto y parecía tan buen padre.

Rápidamente se levantó de la cama y se colocó la camisa y el bóxer que le había prestado Inuyasha. Tenía que atender a su hijo, la labor de una madre no terminaba nunca. Echó a correr escaleras abajo, pero se detuvo al ver lo que estaba ocurriendo en el salón. ¡Inuyasha le estaba dando el biberón a Shippo! El niño se encontraba completamente inmóvil entre sus brazos mientras chupaba la leche del biberón y él le observaba como si fuera el ser más maravilloso que hubiera visto nunca.

Suspiró enternecida y entró en el salón.

- El niño tenía hambre- le dijo- y como tú parecías cansada no quise despertarte…

Kagome se sonrojó recordando lo sucedido en la noche anterior y se sentó en el sofá junto a él. En cuanto Shippo se terminó el biberón Kagome lo cogió y comenzó a darle palmadas en la espalda. Era la primera vez que alguien que no fuera ella le daba el biberón a su hijo y teniendo en cuenta experiencias anteriores en las que Sango lo intentó, le resultaba tan extraño que hubiera aceptado. Parecía encantado de que Inuyasha le diera el biberón y para él debería ser casi un desconocido.

- Espero que no te importe que haya rebuscado en la bolsa del carro… pero es que yo no tengo biberones…

- Tranquilo- sonrió- gracias por ocuparte de él.

No tenía nada que ocultar de Inuyasha y tampoco era que le molestara especialmente su intrusión entre sus pertenencias. No llevaba nada de valor, ni nada vergonzoso, simplemente lo necesario para atender al niño.

En cuanto el niño eructó lo dejó en la hamaca y se fue hacia el colgador que habían puesto en la cocina para recoger su ropa. Como había estado toda la noche junto a la calefacción ya estaba seca así que la cogió y subió inmediatamente al cuarto de invitados para vestirse. No quería marcharse pero tenía una vida a la que volver. Su locura de una noche ya había concluido. No podía quedarse un segundo más en esa casa comportándose como una libertina. Tenía una casa, un marido y una familia que aunque no fuera del todo de su agrado, era su familia. Era implanteable el hecho de abandonarlo todo por Inuyasha.
Se puso la ropa lo más rápido que pudo y volvió a bajar al salón. Sobre la mesa había una jarra de zumo, tostadas, pasteles y muchas cosas más para desayunar que no estaban antes.

- ¿Te apetece café?

Inuyasha entró en el salón con una cafetera en las manos.

- No, Inuyasha- no se atrevió a mirarle.

Ató bien a Shippo en la hamaca y rápidamente comenzó a montar la silla.

- ¿Por qué te has vestido ya? – le preguntó temiendo la respuesta.

- Tengo que irme.

- ¿Tan pronto?

- Me espera mi marido.

Kagome colocó la hamaca en la silla y la ajustó para que no se cayera. Odiaba tener que ser tan fría con él, odiaba tener que marcharse pero no podía permitir que Inuyasha se hiciera ilusiones con algo que nunca iba a funcionar. Lo que había ocurrido entre ellos solo sería un bonito recuerdo para el resto de sus días porque no era posible una relación entre ellos.

- ¡No puedes marcharte así! – exclamó Inuyasha- ¿qué pasa con nosotros?

- Ignoraba que hubiera un nosotros.

Inuyasha dio un paso atrás sin querer mirarla y dejó la cafetera sobre una cómoda con las manos aún temblorosas. Por un momento había pensado que ella recurrió a él por amor pero en realidad solo había buscado sexo, puro placer. Apretó los puños a los costados por haberse dejado engañar a su avanzada edad y la miró con desprecio. Lo último que esperaba de Kagome era que le hiciera algo así.

- ¡Márchate!

- No hace falta que lo repitas…

Kagome pasó a su lado con el carro y salió de la casa. Hasta su casa había un largo camino desde allí así que le pasó una toquilla por encima a Shippo y se encaminó hacía su propio infierno. Sabía que si le pedía a Inuyasha que la llevara por muy enfadado que estuviera, lo haría pero no quería pedirle nada. Ya le había hecho bastante daño. Además, Kouga estaría furioso con ella aunque ni por asomo lo estaría más que ella con él.

…..

A las ocho en punto de la tarde Kagome entró en la taberna para trabajar. Ya empezaban a llegar los clientes por lo que se quitó inmediatamente el abrigo y comenzó a servir todas las mesas. Todavía no había visto a Inuyasha en la taberna pero según sus compañeros de trabajo estaba en su despacho encargando suministros. Aunque ella creía que simplemente se había metido ahí para no verla, eso tenía mucha más lógica.

Se inclinó para dejar sobre una mesa un par de cervezas y volvió a la cocina en busca de la comida para esa misma mesa.

- Aquí tienes, Akari.

- Gracias, Tottosai.

- Oye, Akari- la hizo detenerse- ¿por qué llevas gafas de sol aquí dentro?

- Es que tengo un ojo inflamado y me molesta la luz- se excusó.

- Si quieres puede mirarte yo ese ojo, Akari- intervino Houjo.

- ¡No!

Había sido demasiado rápida y enfático a la hora de contestar por lo que Tottosai y Houjo la miraron dudosos.

- Quiero decir que no hace falta- sonrió- seguro que se me cura en seguida y me han mandado unas gotas.

Houjo asintió con la mirada confusa y la duda pintada en la cara.

Kagome suspiró al salir de las cocinas por haberse librado del escrutinio de los cocineros y se fue hacía la mesa en la que había dejado las cervezas anteriormente. Colocó dos platos combinados encima y tras regalarles una sonrisa a los clientes se fue hacía otra mesa. Fue entonces cuando consiguió ver a Inuyasha. Acababa de salir del pasillo y tras cerrar la puerta se metió en la barra a servir sin dirigirle una rápida mirada tan siquiera. Él siempre la miraba largo y tendido cuando ella se cruzaba en su campo visual. Algo apenada se volvió hacía la mesa con los nuevos clientes y se quedó asombrada. ¡Allí estaban Miroku y Sango con todas sus hijas!

- ¡Qué sorpresa! – exclamó sonriente- ¿qué os trae por aquí?

- Hoy estamos un poco derrochadores- le contestó Miroku- así que hemos decidido cenar en la mejor taberna del pueblo.

- Entonces yo os serviré- sonrió- ¿qué vais a tomar?

- Tráenos dos cervezas, una botella de dos litros de agua mineral, una ensalada, dos platos combinados, ocho platos de lomo adobado y una bandeja de croquetas.

- ¡Oído cocina!

Kagome se apartó de la mesa sonriente por ver a sus amigos y fue rápidamente hacía la cocina a dar el pedido. Se sentó en un taburete y esperó a que le dieran lo ordenado. De repente se abrieron las puertas de las cocinas y entraron Inuyasha y Kikio discutiendo sobre algo. Kagome queriendo evitar que le vieran las gafas de sol se puso de espaldas a ellos, mirando hacía la encimera donde Tottosai cortaba la lechuga, y escuchó la discusión.

- ¡No sabes de lo que hablas Inuyasha!

- Sí que lo sé, Kikio- le respondió- no pienso darte un día libre para que te vayas con ese hombre.

- A lo mejor me quiere de verdad.

- O es como Naraku.

- ¿Cuándo dejarás de restregarme eso? – le preguntó- ya aprendí la lección y estás cicatrices y mi pierna amputada me lo recuerdan cada día – le espetó- si tú sigues amargado por Ayumi en cosa tuya, pero yo no quiero quedarme sola.

Kagome estuvo a punto de escupir el agua que estaba bebiendo en ese instante. ¿Ayumi? ¿Quién era Ayumi? Una punzada de celos la asaltó y sintió como se clavaba sus propias uñas al cerrar los puños con fuerza.

- ¡Te prohíbo que hables de ella, Kikio! – le ordenó- y no pienso volver a decirte que no.

- Entonces yo no volveré a trabajar aquí- le amenazó- quiero salir con ese hombre y hace mucho que no salgo con ninguno, para ser exactos desde que me destrozaron la cara y el cuerpo- sollozó- podrías dejarme ser feliz, ¿no?

- Kikio, no llores- la consoló- simplemente no quiero que te vuelvan a hacer daño…

- Entonces protégeme si ves el peligro pero mientras tanto déjame disfrutar…

Inuyasha gruñó furioso, pero estaba claro que ya había cedido. Kikio comenzó a dar saltos de alegría, pero la falta de flexibilidad de la pierna ortopédica la hizo resbalarse y caer sobre la espalda Kagome. La mujer al sentir el peso de Kikio gritó, se fue hacía delante y sus gafas salieron volando hasta la lechuga que cortaba Tottosai. El cocinero levantó las gafas e iba a dárselas cuando le vio el rostro.

- ¿Akari, quién te ha dejado el ojo morado?

- ¿Qué?

Antes de que pudiera reaccionar tan siquiera Inuyasha le había agarrado el mentón y le observaba con detenimiento el ojo morado. Kagome trató de soltarse, pero la fuerza de Inuyasha era claramente superior. Le agarró un brazo y la arrastró fuera de las cocinas. Pasaron por el comedor de la taberna y entraron en el pasillo trasero pero ahí no se detuvieron. Inuyasha siguió tirando de ella hasta una puerta cercana a donde se encontraba Kaede con Shippo. Ése era el despacho de Inuyasha y por lo que ella sabía estaba prohibido entrar ahí sin su consentimiento.

- Inuyasha, me haces daño… - intentó soltarse.

Inuyasha no la soltó, pero si aflojó un poco el agarre. Abrió la puerta del despacho y la introdujo de un empujón. Kagome gimió por su manera tan brusca de tratarla y por sus moratones en el cuerpo, y dio un paso atrás al ver la furia en sus ojos. Esa mañana Inuyasha estaba enfadado y la observó con un desprecio que le hizo el alma pedazos. En ese momento, parecía furioso.

- Te ha golpeado, ¿verdad?

- No- mintió- es que soy una torpe y…

- No sabes mentir- le dijo- ¿dónde más te ha golpeado?

Kagome no contestó a su pregunta y eso lo enfureció más. Rompió la distancia entre los dos y le agarró el brazo pero se arrepintió cuando ella gimió de dolor. Rápidamente la hizo girarse y tras pegar su espalda a su torso le desató la camisa y los botones del vestido. Ignorando el tentador cuerpo que estaba descubriendo le bajó la camisa por los brazos divisando algunas marcas de manos. Por delante no parecía tener nada más pero cuando le bajó la camisa por la espalda estuvo a punto de gritar horrorizado. Tenía toda la espalda morada por los golpes y se notaban a la perfección las finas marcas de un cinturón. Suavemente, fue palpando los moratones con la yema de los dedos para comprobar la gravedad de la piel golpeada.

- Kagome… - musitó- ¿te ha golpeado antes de esta manera?

Mentirle no le serviría de nada así que le contaría toda la verdad. Era doloroso, le avergonzaba y temía su reacción pero necesitaba contárselo, necesitaba decirle todo a Inuyasha.

La noche en que vinimos a la taberna, cuando Tottosai le quiso golpear… me rompió unas cuantas costillas y me dejó la espalda así. También tenía marcas en la cara, pero tú no las notaste por el maquillaje…

- ¡Tienes que denunciarle!

- No…

- Entonces lo haré yo- le prometió- no puedo permitir que esto continúe.

- No lo hagas, por favor- le suplicó- él solo se ha enfadado porque no fui a noche a casa… y sabe lo que ha pasado entre nosotros aunque no me lo ha dicho… estoy segura de que lo sospecha…

Inuyasha la alzó contra su costado y la llevó con él hasta un sofá de piel negro contra la pared. La sentó a su lado y le subió la camisa tapando sus heridas para luego abrazarla.

- Kagome, quiero hacerte feliz- murmuró en su oído- por favor déjame entrar en tu vida.

- No voy a dejar a Kouga… es el padre de Shippo y mis padres se enfadarían…

- Pues no le dejes o al menos no de momento… - le permitió- no me importa ser el otro.

- ¿Hug?

- Podemos estar juntos sin que él se entere, ¿no crees?

Claro que quería estar con Inuyasha como pareja, pero de esa manera le parecía injusto. Inuyasha no se merecía ser el otro, ella no quería estar entre dos hombres y si Kouga se enteraba saldría en la esquela del periódico y necesitaba vivir aunque fuera por Shippo. Y ella, por más que intentara negarlo, estaba enamorada de Inuyasha.

- ¿Podrías soportar estar en segundo lugar? – musitó la pregunta.

- Siempre y cuando para ti esté en primer lugar…

A Kagome se le llenaron de lágrimas los ojos cuando se giró y le dio un suave beso en los labios en señal de aprobación. Era incapaz de decirle que no. Rompió el beso que se estaban dando y apoyó la cabeza en su hombro en busca de consuelo.

- Inuyasha, ¿me amas?

- Más que nada en el mundo.

Y eso mismo era lo que ella sentía por él.

Continuará…