Respuestas a Reviews:

Whatsername-Sama: Me alegro muchísimo que te haya gustado el capítulo y sí! Nuevamente están juntos.. :DD Jajaja, yo tampoco creo que decirle eso a un demonio sea insulto.. XDD pero igual, es lo que sentimos cada vez que lo vemos.. XDD Muchas gracias por el review.. :DD

Sakurita-chan03897: Gracias! La verdad es que escribo con el corazón para ustedes y me hace muy feliz que les guste tanto.. :DD Espero que la continúes leyendo y gracias por el review.. :DD Y aquí está ya el nuevo capítulo! :DD

YO: Jajaja, lo siento es que Sebastián está pasando por ese momento difícil en el que los celos pueden más que tu.. XDD y sí, ya no los hacen como antes, porque antes comprendían que cuando te toca acostarte con alguien ni modo.. XDD Gracias por el review! Besos para ti también! :DD

PerlhaHale: Jajaja, tienes suerte para ver a Ciel hard.. XDD Y no tengas pena, la verdad es que yo tampoco he tenido mucho tiempo para actualizar últimamente por causa de mi nuevo trabajo.. DD: Y tienes razón, Sebastián complica las cosas en parte porque él no puede evitar ese deseo que Ciel sea solo suyo y que ni siquiera voltee a ver a nadie.. :OO Lo siento, así es la vida a veces todos nos complicamos.. DD Jajajaja, realmente creo que en algún momento pensé lo mismo.. El momento dictaba mucho romanticismo y que Ciel conocía cosas que destacaban la "demoníaca" parte de Sebastián pero, hubiera sido genial si le hace bajarse los pantalones jajaja.. XDD Y deberías pasarle el fic a quien te guste entonces para que te diga lo mismo de tus ojos.. xDD Gracias por el review y espero que te guste el nuevo capítulo.. :DD

Plop: Noooo ya estás hasta tosiendo de lo espectro que te estás volviendo! XDD La verdad es que me alegro que en medio de todas tus ocupaciones vengas por acá un rato.. :DD Muchas gracias por el review.. :DD

Majo Moguel: Muchas gracias por leerlo y espero que te guste la continuación! :DD Gracias por el review.. :DD


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Un carruaje se dirigió a toda velocidad, llevando en su interior al ministro y a su pequeño ayudante, quien había sido ataviado completamente de blanco. El camino era borrascoso pero, inmediatamente se acercaba uno al Puente, las cosas cambiaban. De alguna forma, el cielo había dejado una pequeña huella en el inframundo para recordarle a los demonios lo que nunca podrían alcanzar.

El principio del puente estaba rodeado por una luz blanquecina que resplandecía y sobresalía de toda la penumbra del inframundo. El Puente era de color blanco, alrededor crecía una yerba verde y corta, similar al pasto pero, cuyo aroma era exquisito y estaba decorado por pequeñas florecillas amarillas.

-Llegamos. Recuerda que no debes mencionar a Sebastián. Si te preguntan, únicamente dirás que es su Majestad quien te envía. – Dijo Albus secamente. Ese lugar no provocaba buenas reacciones en ningún demonio que se supiese eternamente atrapado en el inframundo. De alguna forma, toda la energía que emanaba resultaba ser demasiado atrayente. – Ahora, debes cruzarlo e intentar parecer lo más humano en el Cielo, ¿de acuerdo?

-Sí, señor Albus. – Y la frase le pareció a Albus que de alguna forma, el pequeño demonio la había escuchado de Sebastián.

El pequeño subió, entonces, al Puente y desapareció de la vista del ministro.


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De repente, todo a su alrededor fue luz. Había más de ese pasto verde y aromático a su alrededor. También había árboles como los que él conoció en la tierra de los humanos.

-¿Perdido? – Preguntó una voz dulce y aterciopelada detrás suyo.

Nemuro se giró y, tartamuedeó al ver la impresionante figura que se erguía delante de él. Era un hombre alto y delgado, vestido completamente de blanco y cuyo cabello, cortado a la altura de su mentón, ondeaba suavemente cuando el viento chocaba contra él. – Yo… yo… busco a alguien.

El hombre… ¿qué aspecto podría haber dicho el pequeño que tenía? Le era tan confuso porque le recordaba a los demonios en la perfección de sus rasgos pero, a la vez, tenía algo diferente, era como si formara parte de ese lugar en el que se encontraba. - ¿A quién pequeño? – El caballero apoyó una rodilla en el suelo para alcanzar la altura de Nemuro.

-Un ángel llamado Frederick Landers. – Musitó en un hilillo de voz.

-Un ángel… - Repitió el hombre, sonriendo y llegando a la conclusión que aquel no era más que uno de los tantos enviados del inframundo. Sin embargo, esta vez, tenía que admitirlo, le enviaron un niño casi puro en su totalidad. ¿Cuántas almas habría consumido el pequeño? No tantas, con seguridad, o sus ojos no tendrían la calidez que aún conservaban. – Aquí todos somos ángeles, pequeño. – Sonrió. Nemuro le miró con curiosidad. Los cabellos blancos del ángel le daban una apariencia casi mágica al hacer juego con su ropa y, esos ojos color violeta, le fascinaban. – Sin embargo, creo que puedo ayudarte a llegar con nuestro superior, su Eminencia Frederick Landers. Sígueme.

El pequeño anduvo detrás del ángel, quien parecía brillar con luz propia en aquel universo por demás extraño. Mientras caminaban, Nemuro no pudo evitar dirigir la mirada hacia el horizonte. Éste era de un color azul celeste, tal como el de los humanos. El inframundo era muy distinto. Aquí, todos parecían estar sostenidos en una especie de lapso de tiempo de placer infinito en el que nunca necesitaban nada, no como los demonios que siempre parecían estar en búsqueda de algo. – Es hermoso. – Murmuró el pequeño.

-Lo es. – Respondió el ángel sin girarse para verle, mientras le indicaba con un gesto que tenía que seguirle al interior de una edificación. Nemuro hizo lo que le dijeron y, miró a su alrededor. El castillo que se erguía ante él era casi tan hermoso como el de su Majestad. - ¿Cuál es tu nombre? – Preguntó.

-Me llamo Nemuro.

El ángel anunció su llegada a otro ser similar pero, de cabellos rubios. – Daniel, el pequeño Nemuro busca a su Eminencia.

El otro asintió, miró al pequeño de pies a cabeza y luego, lo llevó a un despacho en el interior del castillo. Le hizo caminar corredores que parecían interminables hasta casi perder por completo la orientación pero, finalmente, se encontraba frente al despacho de Frederick Landers.

-Su Eminencia, - Dijo el ángel, abriendo la puerta solo un poco. – un niño llamado Nemuro quiere hablar con usted.

-¿Nemuro? ¿Acaso es un enviado del…? – Preguntó una voz igual de aterciopelada que la del hombre con el que se encontró antes.

-Exactamente, señor. Creemos que trae algún tipo de mensaje pero, no hemos querido incurrir en más.

-¡Hazlo pasar y retírate! – Exclamó con molestia el interlocutor.

Daniel miró hacia abajo y tomó al niño por la mano. – Entra.

Nemuro obedeció y entró en la oficina. Seguro aquel tenía que ser un lugar importante. Todos en la oficina era blanco, violeta o dorado. Sin duda alguna, ese era el sitio más pomposo en el que Nemuro estuvo alguna vez. – Señor Frederick Landers, - Musitó con miedo. – su Majestad le envía esta carta. – Entregó el sobre al ángel que le miraba con altivez.

Tenía el cabello rubio platinado, casi llegando al blanco. Sus ojos eran de un púrpura misterioso y, tenía la misma piel marmórea que los demonios de alta categoría. Se inclinó a recibir el sobre que le entragaba el pequeño demonio. Para Frederick, era imposible no darse cuenta que se trataba de un niño del inframundo pero, de momento, lo verdaderamente importante era la carta que éste le llevaba.

La abrió y leyó.

A Frederick Landers:

Desde hace algún tiempo, has buscado poseer algunas de mis tierras, de mis valles pero, sobre todo has deseado el palacio que hay en mi reino. ¿Debería llamarlo avaricia? No, seguro que no, un ángel no puede desarrollar tales sentimientos, según tengo entendido.

No obstante, en búsqueda de una alianza que nos satisfaga a ambos, he llegado a la conclusión de venderte las tierras que rodean el Puente. De esta forma, los ángeles podrían cumplir su tan deseada misión de poder entrar en el inframundo sin temor de ser contaminados. Su precio sería de dos mil almas de la clase más pura y exquisita, la cual es poseída por ustedes, únicamente. No estoy dispuesto a ningún tipo de negociación más allá de este precio.

Espero una respuesta, indicando el día de tu llegada.

Garret.

El ángel sonrió ante las palabras. – Dame un momento, Nemuro. – Pronunció finalmente. – Voy a escribir una respuesta a tu amo.


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Londres, Inglaterra 1889

Transcurrieron varios días antes que ambos se olvidaran de lo sucedido durante la noche del natalicio de Ciel. Tanto Sebastián como él se mantenían al margen, evitando cualquier conversación sobre el tema. El moreno sabía lo que esos labios le habían dicho en medio de ese beso. Era una declaración de amor disfrazada como una orden común y corriente, un deseo furtivo.

Era inevitable entrar en la oficina del conde y no sentir la forma en que le veía, aún cuando estaba de espaldas. El ojiazul esperaba una palabra por parte del demonio. Una pregunta, tal vez. Ciel esperaba que Sebastián comentara algo como "Joven amo, ¿acaso ya olvidó que nos besamos el día de su cumpleaños?" Pero, él era un demonio lo suficientemente inteligente para saber que eso le traería consecuencias. Consentir el afecto de Ciel le perjudicaría a sí mismo porque arruinaría el alma que por tanto tiempo había cultivado. Esa alma que estaba curtida por el más profundo de los odios, por la más grande de las tristezas y el más crudo de los rencores. Esa alma que había esperado tanto tiempo para saborear, se contaminaría con cosas como la esperanza e, incluso, hasta el amor. Asqueroso. Sebastián no quería perder un alma que era realmente exquisita por consentir deseos ocultos del menor.

Aunque eso le provocaba un dolor en el pecho. Un dolor que él no era capaz de explicar porque era la primera vez que le sucedía. ¿A qué se podía deber? El demonio creía que se debía a su necesidad de mantener esa forma humana por más tiempo del que le gustaba.

Sin embargo, una tarde de muchas, en la que se encontraba sirviendo el té al ojiazul, éste haría algo que le cambiaría por completo la existencia.

El mayordomo había colocado unas hojas de té y ahora, dejaba caer el agua hirviendo sobre ellas, provocando que la tacita de porcelana se calentara en su exterior. Se apresuró a colocarla en un platillo y se lo entregó al conde, quien parecía ocupado con sus propios asuntos.

-Gracias. – Espetó secamente. Sebastián le había visto cambiar su expresión jovial del día siguiente de su natalicio por una que comenzaba a parecer aún más amarga que la que tuvo el día en que le encontró. El mayordomo se sentía ¿culpable? Quizás un poco, pero intentaba recordarse a sí mismo el porqué de su decisión de esquivar cualquier sentimiento del ojiazul.

Se apresuró a recoger la tetera y colocarla en el carrito. Pero la voz de Ciel le detuvo. – Sebastián.

-¿Sí, bocchan? – Se giró para ver a su amo.

-Esta noche termina tus quehaceres temprano o asegúrate de organizarlos para después de acompañarme a mi habitación para dormir. – Tomó un segundo antes de continuar. El moreno creía que había pensado bien lo que diría a continuación. – Tengo un dolor en la espalda que no me deja dormir desde hace dos noches y, quisiera que me dieras un masaje hoy, antes de que me duerma.

El demonio le dedicó una reverencia. – Como diga, joven amo. Prepararé algunos aceites relajantes para hacer un mejor trabajo. – Sonrió.

-Bien. Ahora puedes retirarte. – Musitó con desdén. – Y sirve la cena más temprano.

-Entendido.

El mayordomo obedeció y no consiguió pensar en otra cosa durante el resto de la tarde y la noche. El simple hecho de saber que tocaría la piel de Ciel, que tendría la oportunidad de acariciarle, ya le provocaba esa sensación extraña que, por ser demonio, no era capaz de identificar por completo. Por más que quisiera negárselo, tenía ganas de compartir otro momento con el ojiazul desde ese día.

Sin embargo, se forzó a mantenerse sereno y concentrado en sus labores. A las siete treinta de la noche sirvió la cena, no a las ocho como usualmente lo hacía. Después de todo, Ciel había sido claro al decir que "quería cenar más temprano".

El conde se sentó a la mesa, tan calculador y frío como siempre, aun cuando en su interior había una lucha de poderes. Su orgullo contra su deseo. Una pelea que podía durar años porque ambos eran igual de fuertes. No obstante, la tristeza de ver su afecto rechazado con tanta elegancia le provocaba un sufrimiento muy grande.

Cada noche desde el día en que besó a Sebastián, soñaba con volver a hacerlo. Atreverse a ordenárselo sin tener una copa encima. El demonio debía obedecerle, ¿o no? Pero, ¿qué era lo correcto ordenar? ¿"Sebastián, hazme el amor"? Era entonces cuando se daba cuenta de lo errado que estaba al desear que un ser como su mayordomo le quisiera aunque fuera un poco.

Terminó de cenar y, tal como todos los días, observó al moreno apresurarse a recoger los platos para que él, Ciel Phantomhive, no se viera perturbado por un desfile de platos sucios frente a sus ojos. El conde decidió entonces que esta noche las cosas no sería iguales. Se puso de pie, antes que el moreno recogiera los platos y le llamó. – Sebastián. – Seco, sin ninguna emoción. El mayordomo dejó lo que hacía en la cocina y fue deprisa para atender a su amo. – Te estaré esperando en mi habitación.

El demonio solo alcanzó a asentir. – Estaré con usted enseguida, joven amo.

Ciel sonrió maliciosamente. - ¡Ja! – Exclamó en un hilillo de voz, dando la espalda al moreno.

Llegó a su recámara y se quitó la ropa, dejándola regada por el piso. Si no podía obtener amor de Sebastián, por lo menos obtendría algo que le despejara la mente. No conocía mucho sobre el tema pero, lo que había leído en los libros sobre prácticas afrodisíacas podía bastarle para obtener algo de placer por parte de las manos del moreno, sin llegar a nada más. Sería suficiente con pedirle que masajeara las zonas de su cuerpo que se consideraban eran más sensibles.

Sebastián pareció leerle el pensamiento porque, justo cuando Ciel se acostaba boca abajo en su cama, con el rostro hacia el lado opuesto a la puerta, él entró. – He traído el aceite y un incienso de sándalo. – Dijo el moreno, mirando con atención a las prendas de ropa que se hallaban el suelo.

-Me parece perfecto. – Musitó el ojiazul, levantándose de su cómoda posición. El demonio tragó en seco. Ciel estaba completamente desnudo, tal como la ropa tirada le había advertido. Sus formas, a la luz del candelabro, que él llevaba en la mano, eran simplemente increíbles. La palidez de su piel, la dulzura de sus curvas, que aunque profanadas conservaban la calidez de la adolescencia. Ahí solo se encontraba Ciel. Ningún conde. Solo él, solo el chico al que había salvado de morir. Solo el ser al que había servido y por el que se había humillado, arrodillándose ante él, obedeciéndole en cada orden.

Sebastián se permitió el atrevimiento de quitarse la chaqueta y los guantes. Si su amo le reclamaba, él le diría que lo hacía para poder proporcionarle un mejor masaje. Sin embargo, el menor no dijo ni una sola palabra. Le observó y luego, volvió a su cómoda posición.

El demonio miró sus manos, según él, asegurándose que éstas estuvieran limpias. Según su cuerpo, se percataba que estaba a punto de tocar al ser más preciado para él.

Destapó la botella y dejó caer un poco del aceite en sus manos. Lo frotó en medio de ambas y luego, sus manos tocaron su piel, regando el aceite en su espalda. Sebastián masajeaba con fuerza pero, sin dejar de ser amable. Para hacer un masaje perfecto, debía combinar ambas en la misma proporción.

Sus manos bajaron hasta la cola del menor, deslizándose grácilmente. Después, fue a sus costados, acariciándolos, apretándolos, experimentando lo que se sentía tocar lo que era suyo. Sí, porque aunque Ciel quisiera presumir de ser quien daba las órdenes, al final era una más de las posesiones de Sebastián.

-Mmm… - Ciel gimió por lo bajó, disfrutando del calor de las manos del demonio, de su suavidad y de cada uno de sus movimientos.

Sebastián escuchó ese gemido, tan bajo pero, ahí estaba. Derramó un poco más de aceite en su espalda. Esta vez lo hizo en directo, dejando que la espalda del ojiazul se arqueara ante el contacto frío pero, antes que pudiera quejarse, sus manos ya se encontraban reconfortándolo, subiendo la sustancia resbalosa hasta su cuello, masajeando los lados de éste, acariciando sus hombros, observándolos brillar ante la luz de las velas. - ¿Lo hago bien, bocchan?

-¿Por qué preguntas si ya lo sabes? – Le respondió el ojiazul, estremeciéndose entre sus manos.

El demonio notó eso y deslizó sus dedos hasta el trasero de Ciel, apretándolo. Tenía tantos deseos de desnudarse y recostarse sobre esa piel que empapaba en aceite con tanta dedicación. – Me gusta escuchar que aprueba lo que hago. – Sus manos se dedicaron a masajear con fuerza el cuello del ojiazul, luchando por liberarlo de cualquier tensión.

-¿Cualquier orden que te diera la cumplirías? – Preguntó de repente, conteniendo los deseos de gemir que tenía.

-Cualquiera. – Dijo Sebastián, apretando las caderas del conde con ambas manos.

-Desnúdate. – Pidió.

El mayordomo detuvo sus acciones. Por un instante, Ciel creyó que le desobedecería pero, entonces, escuchó el ruido de los botones de su chaleco chocarse contra el suelo cuando éste cayó. El ojiazul tragó en seco y levantó la cabeza, admirando la figura desnuda de Sebastián. – Ordene, amo. – El demonio tomó el rostro del ojiazul con una mano, mirándole con toda su atención. - ¿Qué debo hacer ahora?

-Nada. – Susurró Ciel, arrodillándose en la cama, tomando el rostro del moreno con ambas manos y besándolo profundamente. – No olvides quién es tu amo.

Las manos del moreno se deslizaron a los costados del menor, atrayéndole hacia sí, profundizando el beso. Suspiró. – Yo sé que usted desea esto tanto como yo. – Se atrevió a decir.

Ciel sonrió contra sus labios y, rodeando su cuello con ambos brazos. El demonio le empujó con su cuerpo, haciéndolo caer de espaldas en la cama. – Muéstrame lo que es la libertad, Sebastián.

-Olvídese de todo, entonces. – Susurró, mordiendo su hombro suavemente, saboreando esa piel que tanto le gustaba.

-Deja que tu instinto rompa en erupción. – Musitó el ojiazul, recordando una línea que había leído en un libro.

Sebastián sonrió, besándole de nueva cuenta. Era imposible no sentirse atraído por ese cuerpo. Sus besos se deslizaron por todo el pecho del ojiazul. Las manos de Ciel alcanzaron sus caderas y, no pudo evitar gemir cuando sintió como éste le apretaba el trasero, buscando más de lo que tenía. - ¿Qué es lo que quiere encontrar?

-El punto débil de tu cuerpo. – El ojiazul acarició sus muslos. Estaban tan duros por la fuerza que se veía obligado a hacer para mantenerse sobre el menor sin lastimarle con su peso.

-Eso no va a encontrarlo en mi exterior. – Susurró, besando el cuello de Ciel con pasión. – Bocchan, usted me fascina. – Admitió, mientras el ojiazul deslizaba sus manos entre sus cabellos. Llevaba tantos días conteniéndose.

-¡Ah! – Gimió el menor, experimentando el placer de los labios de su demonio en medio del aroma a sándalo que llenaba la habitación. Sentía como su cuello era marcado por los dientes del Sebastián.

Las manos de Sebastián buscaron sus caderas, acariciándolas con más rudeza. Ciel creía que esa era la fuerza que se guardaba muy en el interior y solo salía a flote cuando era el cuerpo el que mandaba y no la mente.

-Sebastián… - Jadeó, sintiendo el miembro del moreno chocarse contra el suyo mientras era besado. Su masculinidad era tan cálida que Ciel solo pudo hacer lo que en realidad deseaba. Deslizó su mano en medio de ambos y comenzó a tocarlo.

-Mmm… - Y el ojiazul se sintió orgulloso de arrancar ese gemido, aprovechando a enterrar su rostro en el hueco que quedaba entre su rostro y su cuello, aspirando el aroma del moreno. Frotó su nariz contra esa piel suave y perfecta. El miembro erecto de Sebastián en su mano, sintiendo como sus venas se marcaban a lo largo.

-Me gusta el punto débil de tu cuerpo. – Murmuró el menor, apretando el falo del moreno, moviendo su mano ahsta encontrar sus testículos.

-Bocchan, me está provocando. – Dijo Sebastián, moviendo sus caderas lentamente contra la mano de Ciel.

-Quiero provocarte.

El demonio sonrió, estirando una mano para alcanzar la botellita de aceite y colocando un poco en sus dedos. – Va a lamentarlo.

-¿En verdad? – Le retó el ojiazul. Sebastián bajó su rostro, metiéndolo en medio de sus piernas y succionando el miembro recién despierto del menor mientras untaba el aceite en su entrada.

-¡Ah! ¡Ah! – Exclamó el menor, deslizando sus pies sobre la sábana. – No… Sebastián… - Se sujetó de los hombros del moreno.

Sebastián jadeaba, aspirando el perfume de ligeras notas maderosas que desprendía la entrepierna de su amo. Su lengua se movía arriba y abajo, simulando embestidas contra el glande del ojiazul. El líquido preseminal se derramó en los labios del mayordomo, concediéndole un aspecto aún más sensual. – Bocchan… - Limpió la comisura de sus labios con su pulgar y lamió su dedo.

-Llámame… por… mi nombre. – Apretó las sábanas con ambas, manos, sujetándose de ellas. El sudor perlándole el rostro. Se sentía tan bien.

-Ciel… - Susurró el demonio, dejando su trabajo y recostándose sobre el cuerpo del ojiazul al tiempo que deslizaba un dedo en su entrada.

-¡Ah! – El ojiazul se removió ante la intromisión.

El moreno le besó con fiereza. – Déjame. – Susurró, tomándose la atribución de tutearle, introduciendo un segundo dedo.

Al principio, Ciel sentía un ligero dolor pero, recordó que se trataba de los dedos de Sebastián, de esas manos que tanto placer sabían dar. – Hazlo. – Movió sus caderas contra los dígitos del moreno. – Quiero sentirte.

Sebastián se mordió el labio inferior, regalándole a Ciel un gesto de placer que nunca antes había visto. Era único sentir el interior del ojiazul contra sus dedos, sentirle estrecharse contra ellos. – Como ordenes.

-No quiero que seas gentil. – Murmuró, al ver como el moreno se colaba entre sus piernas. Sonrió sensualmente, al ver que Sebastián sacaba sus dedos de su interior y retrocedió en la cama hasta quedar de espaldas contra la cabecera, sosteniéndose de ella.

El moreno avanzó hasta él, moviéndose como una fiera que acecha a su presa. Se arrodilló en la cama y alzó las caderas del menor, penetrándole de una sola estocada. Ciel gimió por lo alto, sintiendo como su cuerpo parecía que terminaría partiéndose por la mitad. - ¡Ahh! – Jadeó el demonio, sintiendo como la entrada del ojiazul le apretaba.

Comenzó a embestirlo con fuerza, descargando todo ese deseo que había dentro de su cuerpo. El ojiazul gemía con fuerza. Le dolía pero, a la vez, el dolor se hacía exquisito cuando Sebastián golpeaba ese punto dentro de su cuerpo del que tanto había leído y, que no creía fuese tan increíble como realmente era.

-¡Seb- Sebastián! – Jadeó, abrazando su cuerpo contra el del moreno mientras éste continuaba con su vaivén. Su miembro rozándose contra el abdomen perfecto de su mayordomo. Cerró los ojos y los apretó con fuerza, hacia tanto que deseaba sentirlo suyo.

-Ciel… - Gimió Sebastián, sujetándose del cuerpo de su amo cuando éste culminó sobre su vientre, derramándose en su interior.

El demonio abandonó el interior del ojiazul unos instantes después. El menor le dejó pero, al ver que Sebastián pretendía alejarse tan pronto, rodeó su cintura con ambos brazos por la espalda. – No te vayas. – Contra todo su orgullo, no quería dejarle marchar.

Pero el demonio regresó a su mirada fría. - ¿Por qué? ¿Es qué acaso no he cumplido ya su orden?

Ciel sintió un dolor profundo en su interior pero, se obligó a soltarle. – No, por nada. Ya la has cumplido.

-Bocchan, ¿qué siente usted por mí? – Preguntó el mayordomo, girándose para enfrentarlo. - ¿Me quiere? – Sonrió.

-No lo sé. Tal vez hay en mí demasiados sentimientos que quisiera erradicar. – Espetó el ojiazul, tomando su camisa de dormir y vistiéndose con ella. - ¿Sería algo malo? – Se corrigió a sí mismo. ¿Amarte sería malo?

-Lo es. Un ser como yo jamás va a sentir por usted algo más que simple y vulgar hambre. – Masculló. – Así que le agradecería evitase cualquier tipo de situación que provoque esos sentimientos en usted.

El conde se metió debajo de las sábanas, sintiendo como su cuerpo se llenaba poco a poco de esa frialdad nuevamente. – Vete. – Dijo secamente. – Y deja de pensar que tengo algún tipo de sentimiento por ti. No eres más que un sirviente.

-Lo soy. - Respondió, sintiendo ese dolor en su interior también. Se puso de pie y recogió su ropa para vestirse nuevamente.

Ciel cerró los ojos con fuerza, ocultándose. ¿Por qué no podía conseguir que alguien sintiera un poco de afecto hacia él? ¿Por qué Sebastián no podía sentir como él?

El demonio se vistió rápidamente y, salió en silencio de la habitación. También se culpaba. ¿Por qué su existencia estaba llena de renuncias? Siempre tenía que renunciar a todo y comenzar de nuevo. Tal vez Ciel no lo supiera pero, él era su primer y único contratista. Era un experimento para el moreno que había pasado toda su vida en un lugar mucho más sombrío que el mundo humano.

Había renunciado a su trono durante dos años por estar con Ciel. Renunció a ser un miembro del Consejo del Primer Orden en el inframundo porque, su padre le había dicho que lo que deseaba de él era que se convirtiese en su sucesor.

Suspiró. No le quedaba mucho por hacer. Quisiera estar con el ojiazul pero, era imposible.


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Al día siguiente, Ciel ni siquiera se molestó en dedicarle una mirada al demonio. El moreno ignoraba cada uno de sus desplantes, respondiéndole con la misma paciencia de siempre. De repente, el mayordomo se quedó mirándole fijamente. Tomando notas mentales desde cómo el ojiazul bebía su té hasta el ritmo en el que respiraba.

El conde lo notó y sonrió para sus adentros. El que Sebastián le rechazara la noche anterior había avivado en él sus más bajos instintos. Se dedicaría a hacerle miserable lo que le quedara a su lado. Ciel se aseguraría que el demonio sufriera y pagara con lo que más le sobraba: su orgullo.

Entonces planeó un castigo a su amor propio. Tomó una de las galletas que le había llevado el moreno y cerró su puño en torno a ella, rompiéndola hasta reducirla a migajas. Extendió la mano y dejó caer todo al suelo.

El moreno le observaba desde el otro lado de la habitación. – Bocchan, ¿se encuentra bien?

-Limpia esto, Sebastián. – Ordenó fríamente, mirando de reojo al mayordomo, quien tomó una servilleta y se avanzó hasta donde él se encontraba. Esperó a que el moreno se arrodillara en el suelo y sonrió maliciosamente. – No. Así no. Quiero que lo limpies con la boca.

Sebastián tragó en seco, conteniendo la rabia que esa orden le provocaba. "Maldito." Dijo en su interior.

La sonrisa de Ciel creció. – Sí, me escuchaste bien. – Se inclinó en su silla y le tomó el rostro al moreno por el mentón. – Quiero que limpies el suelo con la boca.

-Como diga. – Sus ojos estaban entrecerrados y el tono rojizo de éstos comenzaba a volverse púrpureo. Colocó las palmas en el suelo y llevó su rostro hasta éste, comiendo las migajas que el ojiazul había dejado caer. Sentía tanta rabia que podría haberlo matado ahí mismo de no haber existido el contrato.

Ciel sonreía desde su asiento, sintiéndose como si estuviera en su trono. Aquel lugar del que nadie podía bajarle. Cuando observó que el moreno casi había concluído, estiró la pierna y le obligó a levantar el rostro al poner la punta de su bota contra la barbilla de Sebastián.

-¿Así trata a quien ama? – Se burló el demonio.

-No. Así trato a las alimañas. ¿Crees que yo amaría a un ser tan asqueroso como tú? Soy un conde y tú eres solo un sirviente. – Respondió, alejando su pie del rostro del demonio. – Ahora lárgate. Tengo cosas en qué ocuparme.

-Entendido. – Y por un segundo, el ojiazul creyó ver verdadera tristeza en el rostro del moreno.

Sebastián se compuso el traje y salió del despacho del menor. Ciel se mordió los labios, sintiendo como una lágrima se le escapaba. - ¿Por qué te quiero tanto? – Apretó su puño, llevándolo a su frente, deseando golpearse a sí mismo por sufrir a causa de algo que le parecía estúpido.

Se puso de pie y fue hasta la vitrina donde guardaba los licores que servía en las fiestas. Sacó una botella de cognac y, con manos trémulas, sirvió una copa, derramando un poco en la mesa. Miró la copa. Era demasiado poco, por lo que se llevó la botella y la copa a su escritorio.

Sentía tanta rabia contra sí mismo. Bajó la vista, mirando al lugar donde su demonio se había arrodillado. – Sebastián. – Murmuró, bebiendo su copa de un solo trago. Sus lágrimas rodaron con más fuerza, tal vez desahogadas por el alcohol.

Sirvió otra copa y, esta vez la bebió más despacio. El alcohol le quemaba la garganta pero, se sentía más relajado. Sus lágrimas cesaron. Su ser entero parecía recomponerse y aceptar que era un idiota por querer algo como el amor del demonio.

Se apoyó en su silla y, de repente, el brazo de ésta se vencio, haciéndolo caer al suelo. Ciel se arrastró, incapaz de ponerse de pie con las cuatro copas que llevaba bebiendo. Simplemente recostó su espalda contra las gavetas de su escritorio.

Escuchó como la puerta se abrió de golpe. Tomó la botella, la cual tenía en su mano al caer y bebió un trago más de la boca de ésta.

-¡Bocchan! – Sonrió. Conocería esa voz hasta el infierno mismo, literalmente. - ¿Qué hace? – Sebastián le tomó por los hombros. Ciel levantó la vista, el demonio estaba arrodillado frente a él.

-¿Qué? – Preguntó el ojiazul, con voz gangosa y ebria. - ¿No lo ves? Estoy tomando una copa.

-Eso no ha sido una copa. – Espetó el moreno, quitándole la botella de las manos. – Esta completamente ebrio.

Ciel rió sonoramente, intentando obtener su botella una vez más. - ¿A quién le importa, Sebastián? ¿A ti? ¡Lárgate!

-¿Y qué es lo que hará entonces? ¿Seguir bebiendo y compadeciéndose a sí mismo? – Sujetó las muñecas del ojiazul, obligándole a detener sus acciones.

-S-sí. – Respondió, retorciéndose para librarse del agarre de Sebastián. – ¡Es mejor que no tenerte! – Gritó. Dejó de luchar y miró a al moreno. - ¿Sabes lo que ha sido tenerte por una noche y saber que nunca más te tendré?

Sebastián le soltó. Algo en su interior estaba provocándole sensaciónes extrañas nuevamente. – Usted puede hacer con mi persona lo que guste. Hasta el último de mis cabellos le pertenece. – Susurró, tomando el rostro del ojiazul en sus manos, aspirando ese aroma que el licor había dejado en él.

-Ciel Phantomhive está muerto, Sebastián. – Dijo, y su voz no era para nada fuera de lo usual. – Quiero que tomes mi alma.

-Sabe bien que no puedo hacer eso. El contrato no ha sido cumplido. – El demonio retrocedió, mirándolo con extrañeza.

-Pero debes cumplir cada una de mis órdenes, ¿o no? – Ciel se removió en el suelo, alejándose del escritorio porque las gavetas ya estaban lastimando su espalda.

-Esa orden no puedo cumplirla. – Musitó Sebastián, indeciso de lo que diría a continuación. – No puedo porque…

En ese momento un estruendo interrumpió al moreno. ¿Había sido un disparo?

-¡Ah! – Gimió el ojiazul, agarrándose el pecho.

-¡Joven amo! – Exclamó. Ciel estaba sangrando y él, por primera vez, no entendía lo que estaba sucediendo. Solo pudo atinar a sostener el delgado cuerpo del ojiazul por la cintura.

En la habitación irrumpieron, entonces, unos pasos. Una risa deshizo el silencio sepulcral que los acompañaba. Sebastián levantó la vista, abranzando al conde contra su cuerpo, sintiendo como su sangre manchaba su camisa. – Claude Faustus. – Masculló el moreno.

-El mismo. – El demonio sonrió, mostrando el arma que llevaba en la mano. Se sentía ufano de lo que acababa de hacer, casi le causaba tanto placer como el hecho de deshacerse de su contratista, Alois Trancy. – Si yo no puedo tener el alma de Ciel Phantomhive, tampoco tú, Sebastián Michaelis.

Sebastián sintió como su cuerpo reclamaba por tomar su forma verdadera y acabar con el demonio de ojos color ámbar. – ¡Maldito demonio! – Exclamó. - ¡Esto no se quedará así!

Claude sonrió. – Se quedará así porque no serás capaz de detenerme.

El moreno iba a dejar al ojiazul en el suelo para atacarlo pero, la mano de Ciel se aferró a su corbata. – Nn-no, Sebas-tián… No te vayas. – De nuevo esa maldita frase y, esta vez no podría dejarle. Subió la vista nuevamente pero, Claude había desaparecido. Además, no quería dejar al menor en ese estado, sobre todo cuando le pedía que se quedara.

-Bocchan, tranquilícese. – Musitó el demonio, tomando la mano ensangrentada del conde con la suya, manchando sus guantes de sangre. – Voy a llevarlo con un médico.

Pero Ciel sentía como el aire era cada vez más escaso, como su cuerpo se debilitaba a cada momento. – Ya no… hay nada que hacer… Sebastián. – Jadeó, llevando su mano a la herida una vez más. El dolor era realmente intenso.

-No diga eso. – Sebastián lo recostó en el suelo, se quitó el saco y lo dobló para ponerlo debajo de la cabeza de Ciel. - ¡Usted tiene que vivir! ¡Tiene que vergarse de quienes le hirieron tanto!

-Eso ya no importa. – Musitó el ojiazul, con la mirada perdida en el techo. – Toma mi alma ahora, Sebastián.

-No lo haré. – Respondió el moreno. – No puedo hacerlo.

-¿Por… por qué?

-Porque lo amo. – Sujetó la mano del ojiazul, sintiendo que su existencia se escapaba a través del cuerpo de su amo.

-Mientes. – Gimió el conde, esbozando una sonrisa.

-Yo no puedo mentirle. – Se apoyó en sus rodillas y acarició la frente de Ciel con la otra mano. El conde estaba perlado de sudor helado. – Mírame, Ciel. Te amo.

-Y yo… te amo a ti… – Respondió, mirándolo a los ojos. – Seb… Espera, ¿cuál es tu verdadero nombre?

-Mi nombre es el que usted me ha dado. Yo soy Sebastián Michaelis. – Dijo, colocando su frente contra la del menor. – Déjeme llamar a un médico.

-No. – Su voz sonaba terriblemente cansada. – Pero… quiero que sepas… que a donde sea que vaya… yo voy a amarte siempre…

-No, bocchan. No siga con eso. – La sangre del ojiazul se había extendido en su pecho, manchando casi por completo el frente de su traje.

-Por favor, solo… dime tu nombre. – Le suplicó. – Solo así… podré encontrarte.

Sebastián besó la mano de Ciel y se inclinó para susurrarle al oído. – Raum. Mi nombre es Raum, el demonio Cuervo. – Y cuando se enderezó para ver el rostro de su amo, éste estaba inmóvil. Su corazón no latía más. Ciel estaba muerto.

-¡Bocchan! – Gritó, abrazándose al cuerpo del ojiazul. – Ciel… - Dijo en voz baja. – Si yo no lo hubiese dejado solo en esta oficina… - Y lamentó no haberse sujetado a ese cuerpo tibio cuando la noche anterior lo sujetaba con tanto deseo. Ciel había intentado decirle que lo amaba muchas veces. Con palabras, con su cuerpo, con sus acciones y él, se había negado a aceptar que también lo quería.

Percibió otra presencia en ese momento. La sirvienta de cabellos liláceos largos y la mirada triste estaba de pie frente a él. Sebastián sujetó el cuerpo de Ciel contra su pecho, mirando a la mujer con recelo. -¿Qué haces aquí? – Le preguntó. - ¿Vienes a ver lo que Claude ha hecho?

-No. – Respondió ella, con esa clásica cadencia en su voz. – Vengo a ofrecerte una solución. – Bajó la vista, esperando a tener la atención del mayordomo. – Yo puedo convertir a Ciel en un demonio.

Sebastián lo contempló. Ciel merecía otra oportunidad de vida, fuese la que fuese.