Entonces, me quede picada con el drabble anterior, así que dije, que debía escribir su continuación xD bien, no soy asidua a escribir Lemmon, de manera explicita, sobre todo porque me parece que se debe tener mucho talento para no ofender al lector, pero me he arriesgado a hacer algo muy soft, que esperó les guste.

Disclaimer: Los personajes de Fate no me pertenecen

Advertencias: Contenido adulto, Semi UA, posible Ooc

Raiting: M (?)

Sabes que eres bienvenido a disfrutar de la lectura, si te ha gustado no dudes en dejar tu comentario :'D

Abaddon Dewitt.


Inocencia perdida Parte 2


La primer prenda en caer había sudo su armadura, aquella bajo la que escondía su naturaleza. No había cuerpo femenino que Gilgamesh no conociera, si había algo que el rey disfrutara más que nada, eso era la perfección de una mujer desnuda, desde la tersa piel, las pequeñas manos, el cabello sedoso, hasta los pechos que siembre debían ser de un tamaño adecuado para su mayor disfrute. No, no era esa clase de ninfomano que disfrutaba de estar rodeado de mujeres, si tenía ganas, sencillamente salía en busca de alguna que fuera digna de él. Para Gilgamesh, el sexo era un ritual que merecía su tiempo y dedicación, como la cata de un buen vino, se tomaba el merecido lapso en minutos u horas para disfrutar a lado de su pareja en turno, de las delicias que un orgasmo podía brindarle al cuerpo.

—Estas muy tensa —frunció el ceño con cierto fastidió.

A diferencia de él, para Arturia Pendragon, hablar del tema era algo sucio, pecaminoso, había exigido ya que las luces fueran apagadas y que no hubiera más roces que los que correspondían en esa clase de tema, tembló como una niña asustada cuando el rey de los héroes se rió en su cara con mofa, haciendo caso omiso de su petición y dejando que la ambarina luz del candelabro expusiera totalmente la visión de sus cuerpos semidesnudos. Ahora solo contaba con el sostén de encaje blanco y las bragas a juego con un coqueto listón azul en la parte central, las medias a mitad de pierna que se ceñían con deleite eran la vista más espectacular de la que el rey pudiera gozar, Gilgamesh se relamió los labios suavemente mientras Pendragon moría de vergüenza.

—Estás loco —respondió en un murmullo ahogado por el sofoco.

— ¿Quién de los dos está más loco Arturia?... ¿Tú por acceder a nuestro encuentro, o yo por querer disfrutar de esto como se debe? —Saber retiró al fin las manos que cubrían su cuerpo precariamente, la tensión en sus músculos aumentó cuando Gilgamesh acortó la distancia.

—Solo… solo hay que hacerlo ¿Quieres? —indignada, junto las cejas en un gesto tan gracioso como encantador, Gilgamesh se sintió satisfecho.

No hubo más tiempo para reproches cuando sus manos comenzaron a pasearse descaradas por la longitud de la pequeña espalda, si bien, Arturia era dueña de una complexión dura por el uso de la espada y armadura, su cuerpo mantenía la delicadeza de un cuerpo femenino, jugó a recorrer con sus dedos cada recoveco en sus curvas, subiendo y bajando, dándole pequeños vuelcos en el corazón cuando amenazaba con desabrochar el sostén. Finalmente el momento llegó, Gilgamesh detuvo los dedos en ese lugar, ahí donde la tela se unía para dar soporte a la prenda. Sostuvo los broches y un suave "clic" anunció que estaba liberada. El rubor de sus mejillas se intensifico, no por el hecho de estar desnuda, sino, por quién la vería en esas condiciones.

Sus relaciones íntimas con Emiya siempre habían sido en total oscuridad, él siendo el dominante y ella subyugándose como debía ser su rol en esas situaciones cuando la mascara del rey Arturo caía totalmente, recordándole, que por más caballero o por más rey que quisiera ser, el hecho de ser un ente femenino, era su mayor estigma. Pero él no era Shiro, y eso quedo claro desde que sin pudor, Gilgamesh se retirara la ropa dejándola contemplar su masculinidad, no había nada de lo que el rey dorado pudiera avergonzarse, estaba a gusto con su cuerpo, con cada músculo tonificado, desde los pectorales, los abdominales y los oblicuos que la obligaban a ir más debajo de lo que debía, notando el nacimiento del vello desde la parte baja del ombligo hasta exactamente el lugar donde él deseaba que lo observara.

Las palabras sobraban, Arturia sabía perfectamente lo que Gilgamesh pensaba, ¡Maldito bastardo pervertido!, y sin embargo, ciertamente a su cuerpo le agradaba ese pensamiento, porque la tensión en sus piernas aumentaba al igual que esa humedad que lentamente se volvía incomoda. No se atrevía a tocarlo, sus brazos se quedaban estáticos, y Gilgamesh negaba.

Arturia no era virgen, eso lo sabía, para su suerte, el rey de los caballeros había perdido su doncellez en la época de su reinado, y no con el inútil perro de Emiya. Pero continuaba tensa, asustada, como si sus pasadas experiencias no hubieran ayudado en nada, salvo hacerla temer como un conejito siendo sostenido en las fauces de un zorro, la comparación era absurda, si se tomaba en cuenta que en el campo de guerra, Pendragon era un terrible león que destrozaba armaduras y carne al compás de los gritos de guerra. Ella era un reto, y eso le gustaba.

—Tócame —ordenó Gilgamesh.

Saber abrió los ojos con sorpresa, la petición de él era extraña, por no decir que un poco ridícula, se suponía que él debía tocarla a ella y no contrariamente, cuando el león gruño de nueva cuenta, Arturia se mordió el labio y tímidamente sus dedos llegaron hasta el pecho tonificado y duro. La piel de Gilgamesh era peculiarmente suave, era curioso haberlo visto en batalla, y no detectar ninguna imperfección, delineó curiosa las líneas rojas de sus tatuajes tribales, no esperaba que él fuera la clase de hombre que estuviera marcado. Pero si había sido mandando a llamar por el Grial como un Servant, entonces era obvio que Gilgamesh fuera un hombre de guerra, el primer héroe al final de cuentas. Tocar sus tatuajes era como acariciar terciopelo, sus manos dejaron de temblar conforme tomaba el gusto de acariciarlo, su cuerpo era calido, bastante calido y agradable al tacto y su aroma, oh por toda la mesa redonda, poseía un aroma robusto como el roble pero fresco como un exótico oasis, el color de su piel era uniforme, ligeramente tostada, haciendo notar sus raíces.

— ¿Tú no vas a tocarme? —sus mejillas arrebolaras comenzaron a arder, pero su visión permaneció clavada en el cuerpo de Gilgamesh.

—Aún no me lo has pedido —, la sonrisa socarrona y desvergonzada la hizo avivar ese orgullo fiero y osco, era la primera vez que se sentía de igual a igual con alguien, y extrañamente era agradable.

—No juegues conmigo, rey de los héroes —arrugó el entrecejo y frunció los labios—. Tócame.

Al fin, los tirantes del sostén cayeron por sus hombros hasta sus brazos, y de ahí, Gilgamesh los perdió de vista, era más delicioso contemplar desnuda al rey de los caballeros. Admiraba a Arturia por su determinación, por su carácter altivo y el temple fiero, pero así, como mujer, era mayormente atractiva, era verdad, había mujeres mucho más femeninas, pero no tan preciosas como su leona, a pesar de ver el trabajo duro en su cuerpo producto de los entrenamientos, de blandir una espada y de montar un caballo, Saber mantenía las curvas e indicios de ser una mujer, principalmente en los pechos de un tamaño adecuado, apostaba a que cabían perfectamente en su mano, ni qué decir de la cintura firme con curvas bien proporcionadas.

Las manos de Gilgamesh comenzaron a explorar, expertas, como se esperaba de él. Sus palmas aun que algo callosas, la reconfortaban, su piel se erizaba cuando los dígitos duros apretaban su carne sin lastimarla, hasta que llegaron al elástico de sus bragas. Arturia se tensó de tal manera que casi se escapo un indecoroso gemido de sus labios, los que apretó para impedir el acto bochornoso.

—Si no te las quito, no podremos hacer nada, lo haces tú o lo hago yo, decide rey de los caballeros —… Trató de relajar su cuerpo pero el sentir la tela deslizándose por sus piernas la ponía más nerviosa.

La gravedad hizo el resto, la prenda termino por caer al suelo sin hacer ruido alguno, ahora si estaba totalmente expuesta, sin nada más que no fuera su piel. Un cuerpo desnudo no era más que eso, pero cuando Gilgamesh descubrió la intimidad del rey Arturo, trago duro, el espesor de su saliva casi lo ahogo, llevándolo a apretar los puños para no verse como un imbécil. Contuvo el salvajismo que imploraba en sus adentros, lanzarla a la cama y avasallarla con todas sus fuerzas, ser como un animal hambriento, prendarse de ella y marcarla tan fuerte hasta hacerla sangrar de manera literal, pero él era un rey, y como tal, debía mostrarse solemne y absoluto, jamás como un pordiosero sucio y vulgar.

Pensar en ese momento para ambos era como una revolución de ideas que se mezclaban unas con otras, causando que su debate entre lo correcto y lo sucio peleara por un lugar dominante.

Las caricias eran lentas, agradables, únicas… Arturia se asusto, se suponía que debía estar siendo dominada y sometida por Gilgamesh, que esa agresividad furiosa con la que se destacaba en el campo de batalla debía ser igual, esperaba que abriera sus puertas de Babilonia para invocar a Enkidu y atarla hasta marcarle la piel y hacerle tronar los huesos. No hubo esa mirada tirana ni la risa sicótica, solo había un hombre que se entregaba en iguales condiciones a ella.

—Deja de pensar tanto —… Le susurró.

Antes de darse cuenta, Saber ya estaba en la cama acariciando y atreviéndose a cosas que nunca había concebido, desde lamer su cuello y hacerlo sentir un placer profundo, hasta ofrecerse ella misma cada vez que levantaba sus caderas y elevaba su pecho mientras lo abrazaba con fervor, sin querer dejarlo ir, temiendo que aquel disfrute no fuera más que un producto de sus sueños frustrados. Esos en los que Shiro no era un maldito macho arrogante, y en los que Gilgamesh era la peor de las calañas.

Pero ahí estaba, en el vaivén de sus caderas, entre susurros de su nombre con un sabor agridulce, y el sudor escurriéndole en el cuerpo, mezclándose con él, siendo uno solo, entonces Gilgamesh dejo de ser la peor basura en el mundo y Shiro dejo de importarle. Para esas alturas, el rey de los caballeros se olvido de que el sexo en su vida, siempre había sido una maldición, que el goce de compartir su cuerpo con alguien más, sería su caída, porque los brazos firmes de Gilgamesh la sostuvieron, mientras sus labios la consolaban con bendita compasión.

Cuando despertó en medio de la noche, se miró a si misma descansando placidamente sobre el pecho de su peor enemigo, el rostro sereno del rey de los héroes le provoco cierto grado de ternura, tal vez no era tan malo, o quizá era tan buen amante, que todas sus aberraciones eran perdonadas. Como fuera, lo hecho, hecho estaba.

—Me tengo que ir —mascullo suavemente.

—Las puertas están abiertas Arturia —mantuvo los ojos cerrados y ella asintió.

Quiso levantarse, deseó poder tomar sus ropas como si nada y salir de la habitación lo antes posible, olvidarlo todo, pero se mantuvo quieta. Su movimiento final fue inesperado, sus brazos rodearon el pecho de Gilgamesh, se acomodo mejor para poder descansar, por primera vez, Arturia Pendragon, podía disfrutar de eso que se había negado.

Gilgamesh no dijo nada, aun que por dentro el orgullo se le hinchara, su carcajada interna era tal, que deseaba que el mugroso chiquillo Emiya, lograra escucharla, el simple hecho de retozar con Arturia entre sus brazo, así, desnuda, era el equivalente a ganar el Grial. Entonces recordó que estaban en medio de la guerra, que ella bien podía liberar a Excalibur y darle una muerte patética, pero ella ni desenfundo a Excalibur, ni él lamo a Enkidu y Ea, se mantuvieron uno abrazado al otro, antes de que el sol llegara.