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La última melodía

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Hay algo mágico en los sonidos. En el chapoteo del mar con cada ola, en el crujido de las hojas secas cuando las pisamos, en el ronroneo de un gato al acariciarlo. Los ruidos nos rodean y llenan de personalidad el mundo.

Y, desde tiempos antiguos, nos dimos cuenta de que juntos crean melodías. Nos dedicamos a construir instrumentos que soltasen notas, que combinados creasen música. Compusimos toda clase de bandas sonoras, para películas y para nuestras vidas.

La música con conmueve. Nos llega al corazón, es capaz de saltar lágrimas y de encender la ira. Puede, incluso, cambiar las cosas. Pero solo para aquellos que saben escuchar.

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Dimitri Koshka, 18 años – Rusia

—¡Hola a todos! —El público grita, como si fueran todos unas nenazas—. ¡Aquí Sally Jonhson, vuestra presentadora favorita!

—¡Y Abou Kamdem! ¡Hoy venimos para lo que habéis estado esperando! ¡Por fin conoceremos un poco más a vuestros tributos favoritos!

Se escuchan más gritos y yo crujo los nudillos. Me encantaría estampar el puño en la boca de todos esos imbéciles. Creo que por una vez Aleksa está conmigo, menuda cara de odio tiene.

Llevamos un día de mierda. Anoche fuimos tarde a dormir para ver todas las puntuaciones y hoy nos han despertado temprano. Apenas he conseguido tragar algo antes de que nos metieran en otro tren. Hemos pasado la mañana en un hospital. No sé por qué se han empeñado en eso otra vez, aunque la tipa a la que se lo he preguntado dice que es para que vayamos al cien por cien a la Arena.

Es una idiotez. Un resfriado no hace que mis puños tengan menos fuerza ni que nadie sangre menos.

Me mosquearía que me obliguen a desnudarme, pero en realidad me da igual. No tengo nada de lo que me avergüence. Que se lo pregunten a todas las chicas que me he tirado.

Solo han tenido que curarme las marcas que me gané antes de ayer en la Sala de Castigo. Tenía hematomas pequeños en el cuello por lo fuerte que me agarraron y una marca en el costado por la descarga que me dio aquel cobarde.

Pero da igual que mis cicatrices se curen, yo no olvido.

Después nos han juntado en un comedor. Santiago no ha hablado demasiado mientras comíamos, así que he escuchado conversaciones de los demás. Hay un grupito de niñitas tontas, aunque la italiana está tan buena que se le perdona, que me ponían de los nervios. Las he mandado callar y la japonesa ha empezado a hablar más fuerte. He cogido un buen mosqueo, no debería chulearme. Puede pagarlo muy caro.

De todas formas, no he podido ni amenazarla, porque han llegado más polis. Nos han subido otra vez al tren y me he entretenido mirando a Aleksa en el trayecto.

—Es una pena que seas tan estrecha, podríamos pasar un buen rato esta noche y entrar con las pilas cargadas a los Juegos —le he dicho—. Es más, dejaré que te unas a mi alianza para que nos entretengamos en la Arena también.

Solo resoplaba y miraba por la ventana, con los brazos cruzados.

No entiende que si hace eso me pone más.

Así que me senté a su lado y acerqué la cara a ella. Estaba decidido a morder esos labios tan apetitosos. Pero a Aleksa no le ha parecido buena idea.

He gritado hasta hartarme después de que me diera un codazo en la nariz, por suerte solo he sangrado un poco. Los guardias que nos vigilaban me han sujetado contra el suelo para que no le diera la paliza que merece. Como ella es una tía, no le han pegado por lo que ha hecho. Menudo mundo de mierda. Tiene que pagar.

El tren ha parado delante de un edificio altísimo y por fin me han soltado. Nos han llevado por una larga alfombra azul, con el emblema de Nueva Pangea en blanco, y un montón de fotógrafos a cada lado. Solo el estadounidense ha parecido divertirse y ha puesto posturitas para la cámara, mientras su compañera lo agarraba del brazo para que dejara de hacer el idiota.

Por dentro todo era lujo, techos altos y decoración moderna. Nos han llevado a unos ascensores y después a cada uno a un camerino con su nombre. Me he mordido la lengua para no tirar un escupitajo a la puerta. Dimitri Koshka no es un nombre para decorar con estrellas plateadas y brillantitos. No soy un marica.

—Esto no quedará así, muñeca —le he dicho a la estúpida Aleksa, antes de perderla de vista.

Luego me han querido dar un baño un par de tíos, pero no he dejado ni que se me acerquen. Al final me he podido dar la ducha solo. No sé qué le pasa a esta gente, tienen un problema serio.

Me he tenido que poner un traje, como los que llevaron mi padre y mi hermano al entierro de la abuela. Estaban ridículos y yo me siento igual. Apenas puedo mover los brazos, me tira en los hombros y el pantalón es demasiado ajustado, me aplasta las pelotas. Pero como se habían llevado mi otra ropa, esto era lo único que había para ponerse.

Se me ha acercado una tipa para intentar echarme unos polvos en la cara. Ha bastado que la mire con una ceja levantada para que se dé cuenta de que es una mala idea. Así que he pasado el resto de las horas comiendo patatas fritas y viendo la tele.

Hace un rato nos han traído a todos a un escenario. Han puesto sillones para cada uno por el fondo y en el centro están los presentadores. En cuanto empieza el programa, aprovecho para quitarme la chaqueta del traje y remangarme la camisa. Tiro la pajarita al suelo y desabrocho varios botones. Escucho a algún tributo reírse, pero no sé quién ha sido.

—¡Sin más dilación, empezamos la entrevista! —dice Sally.

—Venid aquí los rusos, Aleksa y Dimitri —nos llama Abou.

Resoplo antes de ponerme en pie. Aleksa camina delante de mí y aprovecho para mirarle el culo, porque ese ajustado y corto vestido negro deja poco a la imaginación. Bueno, voy a concentrarme.

Nos quedamos al lado de los presentadores. Sally parece asustarse por mi pinta y le dedico una sonrisa amenazadora, así que no dice nada.

Según mi mentora, tengo que intentar causar buena impresión. Bah, no podía importarme menos lo que piense toda esta gentuza.

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Selene Astori, 17 años – Italia

Cruzo las piernas con cuidado. Mi vestido es plateado, brilla cada vez que me muevo, y tiene una abertura a la altura del muslo, así que si me muevo rápido enseño demasiado. También el escote es muy pronunciado. No me siento muy cómoda, aunque creo que la chica griega está peor que yo en eso.

Echo mi larga melena sobre mi hombro izquierdo, en un intento de separarme el pelo de la nuca porque empiezo a sudar un poco. Es por los focos. O por los nervios, tal vez. Sé que Gaius y yo somos los siguientes.

—Creo que me he enamorado —dice Abou, cuando Aleksa se para a su lado.

Finge quedarse sin aire mientras la chica arquea una ceja. Se cruza de brazos y presta atención a la presentadora, que está dando algunos datos sobre su vida.

—Debe ser de lo más interesante vivir en un circo, ¿no? Puedes viajar todo lo que quieras, conocer gente nueva cada día, llevar ropa preciosa…

—Tiene sus cosas malas. Pero no cambiaría mi vida por nada.

El público suelta un «oh» muy largo, pero por el gesto de Aleksa sé que sus palabras dicen mucho más.

Miro al resto de tributos. La mayoría tiene los ojos clavados en el escenario. Muchos parecen decididos, otros asustados, pero creo que todos tenemos una sola cosa en común: queremos volver a casa. Puede ser mejor o peor, pero eso no quita que sea nuestro hogar.

Hay una leyenda heroica muy conocida que resume bien eso. Troya ardió tras la guerra y los sobrevivientes tuvieron que huir, dejar atrás todo lo que había sido suyo y buscar un nuevo lugar donde tratar de echar raíces. Se sintieron desolados por perder su tierra. Y el viaje fue tan duro como el de Ulises intentando regresar a su casa, porque encontraron monstruos, tanto mitológicos como humanos que ya no podían ser llamados así.

Ese es mi mayor miedo. Me aterra, me carcome, la idea de que el destino sea capaz de destrozar todo lo que siempre he sido.

Vuelvo a prestar atención a la entrevista cuando me doy cuenta de que me he quedado ensimismada.

—¡Me encantaría conocer a tu tigresa! —chilla Sally—. Debe tener la piel muy suave.

—A ella también le encantaría. Se daría un buen festín contigo si intentaras tocarla.

El público se ríe, también algunos tributos aunque por razones distintas. La mirada peligrosa de Aleksa lo deja claro.

Intentan sacarle algunas palabras a Dimitri pero él se pasa la entrevista mascando un chicle con la boca abierta, es de esos que dejan la lengua de colores y hacen pompas enormes. Cuando ya el tiempo se les está acabando, el ruso parece decidir que quiere hablar.

—Chicas del mundo —dice, sonriendo de una forma… lasciva—. No os preocupéis, cuando vuelva de los estúpidos Juegos podréis probar este cuerpo. —Se señala a sí mismo en partes de su cuerpo que prefiero ni mirar.

Abou se pone delante de él y empieza a hablar muy rápido, despidiéndolos. Piden al público que les dediquen un aplauso, pero los rusos vuelven a sus asientos tan rápido que casi están sentados antes de ello.

Uf, ahora nos toca a nosotros.

Miro a Gaius pero él no me presta atención. Vuelve a tener los puños apretados, como si quisiera golpear a alguien. No me importaría que lo intentara.

Sally nos nombra y es la orden para que caminemos hacia ellos. Aquí, justo debajo de los focos, hace aún más calor. Intento no pensar en eso. Me centro en los reflejos de mi vestido, que me recuerdan a los rayos de luna que se cuelan por mi ventana por las noches. Daría mucho por poder volver allí, por tener la certeza de que disfrutaré de un cielo estrellado al menos una vez más.

—Gaius, a todos nos sorprendió mucho cuando te ofreciste voluntario, especialmente siendo tan jovencito —dice el presentador—. Dinos, ¿cuál es tu motivación?

—Voy a honrar a mi familia.

—Deben sentirse muy orgullosos de ti.

Mi compañero tiene gesto serio, no responde nada.

—Aunque también estarán preocupados, ¿no?

—No tienen que estarlo.

—¿Por qué?

—Porque estoy más que preparado para ganar.

Se escucha algún silbido y un aplauso a destiempo. Creo que los ha impresionado. Y yo no sé si sentirme contenta por no llamar la atención. Hana nos ha estado comentando a Isis y a mí que deberíamos intentar conseguir patrocinadores. No entiendo muy bien cómo funciona eso, pero cualquier ayuda para mí o mis aliadas es bienvenida.

Aunque, desde luego, la fortuna será quien decida todo al final.

—Vaya, entre Aleksa y tú me siento cohibida —me dice Sally, llevándose una mano a la cara—. ¿Has pensado en ser modelo? Si ganaras los Juegos seguro que podrías. Además tu mentora podría darte muchos consejos sobre eso.

Las cámaras enfocan a Caterina, que parece encantada por la atención y se pone a lanzar besos.

—Eh… no creo que sea algo para mí.

—¡¿Por qué?! ¡Incluso podrías ser actriz!

—Prefiero contar historias que interpretarlas —susurro, mientras inconscientemente acaricio la pulsera que Demos me regaló.

—Cierto, eres guía turística, ¿verdad? ¡Cuéntanos un mito! ¡El que quieras!

Yo dudo unos instantes. El público empieza a animarme y yo me siento aún más incómoda. Pero quizá esto pueda servirme para hablar con mis seres queridos. Miro a la cámara más cercana, que se centra en mi cara. Me quito la pulsera y la sujeto en la mano, dejando que la vean.

—Selene es la personificación de la luna, se la representaba como una mujer joven y hermosa, que recorría el cielo en un carruaje de plata tirado por dos caballos —narro, con voz suave, aunque este relato siempre fue más bello en los labios de Demos—. Una noche de verano, después de cuidar sus rebaños, el joven pastor Endimión se refugió en una gruta en el monte para descansar. La noche era clara, y en el cielo Selene paseaba en su carruaje. La luz de la luna entró en la cueva, y así Selene pudo ver al joven dormido. Desde el momento en que la diosa lo miró, se enamoró de él. —Escucho suspiros entre el público y varias personas sonríen o cogen la mano alguien que hay a su lado. Pero vuelvo a mi atención a la cámara, porque esta historia no les pertenece—. Descendió Selene entonces del cielo, Endimión fue despertado por el roce sus labios, vio a la diosa brillante y entre los dos nació una gran pasión. Selene después rogó a Zeus que le concediera a su amado la realización de un deseo, así se le otorgó la eterna juventud, y poder dormir en un sueño perpetuo, del que solo despertaría para recibir a Selene. Desde entonces, cada noche, Selene visita a su amante dormido en la caverna del monte.

Oigo que me aplauden, incluso de reojo veo que la presentadora se seca una lágrima. Yo tengo algo más que decir. Cojo aire y después sonrío, con cariño, como si estuviera de vuelta en casa. Porque ahora sé la respuesta para Demos.

—No todas tienen la suerte, pero yo ya encontré a mi Endimión.

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Eros Kapetano, 15 años – Grecia

Mientras el grupo Someraj, que significa «verano» en esperanto, empieza su canción, nos dan vasos de agua y retocan nuestro maquillaje.

Althea da la impresión de estar muy incómoda. Se mueve todo el rato, no le gusta ni que le pinten ni la ropa que le han puesto. Yo creo que está guapa. Parece una musa griega por cómo le han recogido el pelo y por la forma del vestido blanco.

Bajo la cabeza y respiro hondo. A lo lejos se escucha Mi trovos vin, literalmente «te encontraré», han puesto un telón delante de nosotros para que no distraigamos la atención de los artistas. Intento fijarme en el sonido de la guitarra eléctrica, después en el ritmo que marca la batería, pero no consigo evadirme. La letra se me clava en el cerebro y en el corazón.

Hace unos años esta canción estuvo muy de moda. A Cassy le encantaba y me la susurraba cuando nos tumbábamos en la hierba. A mí nunca me gustó, pero cuando ella la cantaba parecía mágica. Recuerdo que le pregunté por qué le llamaba tanto la atención. La letra es triste, habla de un chico que ha perdido a su amada sin saber por qué, de alguien que busca sin descanso.

—Me gusta porque él la quiere de verdad —me dijo, sonriente.

—¿Cómo lo sabes? Igual la trataba mal y por eso ella se marchó.

—No. —Estaba tan convencida que era imposible que se equivocara—. Él la ama con todo su corazón. No sabe si ella se ha ido porque quiere o porque ha pasado algo, pero no le importa. Sea por lo que sea le promete que la encontrará. Querer a alguien, luchar incluso cuando puede que salgas muy herido, es precioso.

Era muy niño aquella tarde, pero esas palabras me llegaron hondo. Seguí sin entender lo que la letra decía. Es muy triste darme cuenta de que ahora la comprendo demasiado bien.

No ha pasado tanto tiempo desde entonces, pero todo lo que he vivido ha hecho que cambie. A veces me pregunto cómo sería si Cassandra hubiera seguido a mi lado. Nunca lo sabré.

—¿Estás bien? —Althea me mira con preocupación.

—Sí. Te queda bien esa ropa.

—La detesto, se me pega demasiado en zonas que no debería.

—Pareces una musa.

Mi compañera (¿o podría ya llamarla amiga?) sonríe. Entonces la canción acaba y todos vuelven a su sitio antes de que el telón desaparezca.

—¡¿Qué tal lo estáis pasando?! —pregunta la presentadora, entusiasmada.

El público grita y ella aplaude. Su compañero niega con la cabeza, riendo, antes de pedirnos a Althea y a mí que nos acerquemos a ellos.

Caminamos despacio, un poco cegados porque ya nos habíamos acostumbrado a estar sin los focos. Soy bastante más alto que los tres, se pasan un rato haciendo bromas al respecto. La ropa me la han hecho a medida, porque con mi estatura y lo delgado que estoy no encuentran tallas que me vayan bien, pero no lo veo gracioso.

Althea se cruza de brazos y pone mala cara. Eso parece que da por finalizado el rato de reírse a mi costa.

—Bueno, hemos aprovechado la maravillosa actuación de Someraj para leer las preguntas que nos han ido mandando —explica el presentador, mientras saca una pantalla táctil de su bolsillo—. Elegiremos algunas de las mejores, así que seguid mandando. Arona Hammouri, desde Nueva Zelanda, le pregunta a nuestra chica griega: «¿Cómo te sientes sin poder ver el mar? Yo estoy tan acostumbrada a él que no me imagino viviendo en otro lugar».

Es, quizá, algo estúpido teniendo en cuenta a dónde vamos, ver el mar o no debería ser una cosa menor ahora. Pero por la expresión de mi aliada, a ella le parece algo muy importante.

—Tienes razón, es duro —dice—. A veces incluso me siento un poco asfixiada al estar tan encerrada. Pero en esos momentos imagino la brisa fresca de la playa por las mañanas, cuando volvemos de pescar durante gran parte de la noche. La promesa de nuestros estómagos llenos y las canciones marineras nos animan a pesar de lo cansados que estamos. Así que intento quedarme con esa sensación y con la de los abrazos que sé que me esperan al llegar a casa.

Sus ojos se llenan de lágrimas, no sé si llega a derramar alguna porque da un paso atrás y se pone a mi lado. Le doy un apretón amistoso en el antebrazo.

Sé que está pensando en sus hermanos. Me ha hablado mucho de ellos. Y lo más extraño de todo es que yo también tengo uno…

—Eros, querido, vuelve con nosotros —me pide la presentadora, mientras la gente vuelve a reír.

—¿Qué quieres? —Se ríen más fuerte con mi contestación.

—Te preguntaba cómo fue la despedida con tus padres.

Un tema delicado. Al principio, no entendí qué quería decirme papá y por qué mamá no le dejaba. Ahora lo sé. Nunca me contaron que habían abandonado a un hijo. Que, además, es la viva imagen de mi padre.

Pensaba que nada me importaba si no tenía que ver con Cassandra. Pero estoy enfadado.

—Discutieron y lloraron. No sabía por qué, pero ya sí lo sé.

—¿Discutieron? ¿De qué, cariño?

—No me llames así. Y no importa, es algo personal.

No voy a hablarle a toda Nueva Pangea de mi hermano Odell. Sé que no pasaría nada si lo hiciera, pero es algo que no quiero compartir con ellos. Espero que a mis padres les remuerda la conciencia por haber hecho algo así. He respetado durante mucho tiempo las creencias de mi madre, pero llegar a regalar un bebé solo por una superstición… y papá tampoco se libra de culpa, porque él lo permitió.

Nunca entenderé cómo alguien puede creer en cosas tan crueles. Y que lleguen a cometer actos así, avergonzaría al propio Zeus.

Mi hermano me dijo que haría lo posible por conseguirme patrocinadores. Yo le pedí que, en caso de que me pasara algo, siguiera ayudando a Althea y Elgin. No nos conocemos, pero es lo único que le he pedido y confío en que lo cumplirá.

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Zidane Deux, 17 años – Francia

El chico griego sigue diciendo cosas maleducadas y el público se ríe a carcajadas. No parece que le guste provocar diversión, pero de todas formas quizá le venga bien a su alianza. No sacaron notas demasiado altas.

Me sudan las manos. No sé si es por el calor que me da el traje que me han puesto, porque me agobia la pajarita o porque estoy nervioso.

Un poco de todo.

Lo que más me agobia es que llevo todo el rato intentando no mirar a Connor.

No. ¡No se llama Connor!

Es Elgin, un chico de Australia. Elgin. Elgin. Grábatelo en la cabeza.

Lo peor de la situación es que, aunque yo consiga dejar de pensar en aquel tipo, Lenine no lo va a dejar pasar. Sé qué está obsesionado con vengarse y que se regodea por haber encontrado una buena oportunidad.

Pobre chico, no es más que un niño, su único crimen es parecerse a Connor. Pero no puedo estar seguro de que controlaré a Lenine. Ya perdí la batalla el otro día, en los Juegos habrá demasiadas cosas que harán que él tome el mando de mi cuerpo.

¿Qué pensarán los Siete cuando vean a un psicópata suelto en la Arena? Seguro que les encantará.

Aunque trato de evitarlo, acabo girando la cabeza para mirar a Elgin. Él no se da cuenta, pero Claire, que está a su lado, sí. Mi aliada parece pensar que la estaba buscando a ella. Me dedica una sonrisa y un gesto con el que supongo que me da ánimos.

Ah, claro, ahora le toca la entrevista a Francia.

Vuelvo a prestar atención al escenario. La chica griega parece un poco harta de que se rían a costa de su compañero. Veo en las pantallas gigantes que dedica una sonrisa forzada al público y los presentadores antes de coger la mano al niño y llevarlo de vuelta a su sitio. No ha esperado a que los despidan.

El griego mete el dedo índice en el cuello de su camisa, como intentando aflojar el agarre. Me resulta curioso que los chicos vayamos tan parecidos, algunos con traje más elegante, con corbatas o pajaritas, pero en general similares. Zapatos brillantes, ropa más cara que toda la que he llevado en mi vida junta.

Las chicas tienen más diversidad, aunque todas llevan vestido. Largo o corto, con más o menos escote, con mangas o tirantes, colores y materiales distintos. De nosotros, solo el indio lleva un traje verde y el australiano uno granate, los demás vamos de negro, gris o azul en general.

Marion se pone en pie y la imito sin pensarlo.

Camino tras ella e intento no mirar demasiado su espalda, que está completamente al aire, porque me parece irrespetuoso. El color rojo le sienta bien, sobre todo con un pintalabios del mismo color. A mi madre le encantaba ese maquillaje, pero no se lo podía permitir.

No sé de cuántas cosas se privó mamá para poder mantenerme.

Los presentadores hablan demasiado alto, me pitan los oídos y los focos me molestan. Me quedo mirando al hombre, a ver si así me concentro en lo que está diciéndole a Marion.

—Estamos muy contentos de tenerte con nosotros, ¿verdad, público? —Se escuchan gritos y veo a gente levantar las manos—. No nos sorprendió tu puntuación tan alta, por algo eres parte del Ballet Nacional Francés. Y, tengo que pedírtelo, ¡haznos una pequeña demostración de tu talento, por favor!

Ella frunce el ceño.

—Este calzado no es adecuado, tampoco el vestido. —Lleva unos tacones bastante altos, me saca un buen trozo, y el vestido se le pega hasta los muslos.

—Ay, solo un par de vueltas, ¿vale? ¡Traedle unos zapatos de baile!

Le hacen tal encerrona que no puede negarse. El presentador la sostiene mientras se quita los zapatos y Marion parece muy incómoda. Se aparta de él sutilmente y se pone las zapatillas de ballet con la habilidad de quien lo ha hecho muchas veces.

Veo que toma aire despacio. Cierra los ojos y los vuelve a abrir, mirando al techo de la enorme sala. Evadiéndose del público que la anima y de los que la acompañamos en el escenario.

Cruza los pies. Da un par de largos pasos, al compás de una melodía que le han puesto y que no conozco. Se mueve con mucha suavidad, elegante, mientras gira sobre sí misma y da algunos saltos. Emana paz, delicadeza. Por alguna extraña razón, me siento de pronto mucho más tranquilo.

Cuando se detiene y vuelve a ponerse a mi lado, casi veo el rastro de una sonrisa que no llega a esbozar.

Ha sido precioso.

Todo el mundo aplaude, pero no me parece suficiente recompensa.

—Zidane, guapo, tenemos una pregunta para ti que ha sido muy votada —me dice la presentadora, reclamando mi atención—. Enok Borchgrevink, desde Noruega, dice: «Me enamoré completamente de ti desde que te vi en la Selección, tienes los ojos más bonitos que he visto. Si ganas, ¿estarías interesado en salir con un hombre como yo?».

Aparece en las pantallas el mensaje, con la foto al lado de un hombre que debe rondar los cuarenta. No puedo determinar si es atractivo o no, nunca me ha interesado mi propio sexo.

Me doy cuenta de que hay un silencio incómodo. Están esperando que responda algo. Me pregunto qué diría Lenine en este momento. Algo cruel, seguro.

Pero mamá me educó siendo alguien bueno.

—Nunca me he fijado en otro chico, pero quién sabe. Si ganase, quizá sería otra persona.

En el fondo, ese es mi mayor miedo, que Lenine tome el control absoluto y yo quede encerrado dentro de mi cabeza para siempre.

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Pilar Aizcorbe, 18 años – España

Me encanta mi vestido. Llevo todo el rato mirando la ropa de todos, y estoy convencida de que lo que llevo puesto es lo que va mejor para mí. Es de tirantes, con estampado de margaritas, con mucho vuelo. Menos elegante que lo de los demás, pero por eso me gusta. Es muy yo.

Me imagino perfectamente tomando el sol, sentada en la valla que delimita la granja, con Joaquín dándome pequeños besos en el hombro y mamá llamándonos para que tomemos una limonada.

Al principio, siempre tenía ganas de llorar al pensar en ellos. Ahora menos. Porque he decidido que prefiero poder recordarlos y sonreír. Es lo que siempre he intentado con papá, que soñar con él sea algo bueno y no una pesadilla.

Sally ha alabado mi vestido así que he sonreído con ganas y hecho una pequeña reverencia sujetando la falda, como esas que hacen las princesas de las películas. Y yo también soy una, papá siempre me lo dijo. Todas las chicas del mundo pueden ser princesas si tienen personas que las llamen así.

—Tu padre es un gran empresario según tenemos entendido —dice Abou.

—Sí, Rafael del Pino, provenimos de una larga familia de hombres influyentes —explica Santi, con tono serio y profesional, mientras entrelaza las manos tras su espalda.

—Y, por lo que sé, ya trabajabas para él.

—En efecto. Desde que era un niño me he involucrado con la filantropía, las artes y todo tema que un chico de mi posición social debe manejar. Incluida, claro está, la empresa familiar. En algún momento será mía.

—Vaya, vaya, ¡se te ve muy seguro! ¡Bien por usted, señor del Pino!

—Esa es la actitud de todo ganador, señor Kamdem.

La presentadora ríe tontamente. Y lo digo así porque no se puede describir de otra forma, me recuerda a cómo se reían algunas compañeras de clase cuando yo respondía bien a las preguntas del profesor.

Se gira hacia mí y me pregunta un poco acerca de la vida en la granja, le digo que soy muy feliz cuidando de los animales y viviendo rodeada de tanta naturaleza.

—Ay, eres adorable, Pili, ¿puedo llamarte así?

—¡Claro! Oye, ¿puedo decir algo a la cámara?

—Por supuesto, Pili. Pero rápido que se nos acaba el tiempo.

Asiento con la cabeza y busco la cámara que esté más cerca de mí. Le lanzo un beso y sonrío de oreja a oreja.

—Os quiero. —No hace falta dar nombres, mamá y Joaquín saben que me refiero a ellos—. Y os pido que, pase lo que pase, siempre penséis en mí con una sonrisa. No podría marcharme sabiendo que sufriréis por mi culpa. Sed felices, yo pelearé por volver a vuestro lado.

Cuando salimos del escenario veo que alguna mujer del público se limpia lágrimas. Espero no haber hecho llorar a mamá.

Sally y Abou anuncian que tienen una sorpresa preparada para nosotros, los tributos. Eso no suena muy bien. Cruzo una mirada de desconcierto con Caitlin y me río al escuchar a Blake diciendo que espera que sea comida. Este chico nunca cambia.

Todo el lugar se oscurece. De las grandes pantallas que hay, dos muestran imágenes de nosotros y las demás se quedan en negro. Cuando vuelven a encenderse, me quedo de piedra.

Se ve una sala rectangular y en un lado de una mesa larguísima hay varias personas. No parece que sepan que los están grabando, algunos comen, otros charlan y otros están simplemente cruzados de brazos o con la mirada fija en la madera.

La cámara se acerca a la esquina derecha de la mesa. Un hombre y una mujer aparecen, escucho que la australiana suelta un sonido ahogado. En pantalla aparecen unas letras azules luminosas en las que pone: Joshua y Kayla Hinze. Después la imagen se mueve a la izquierda y aparece otro matrimonio, Bryan y Mayrah Auselle. Y así poco a poco van apareciendo familiares de todos los tributos.

Roberto Farías y Olivia Lencina, los padres de Iliana; Ezequiel Moreno, que no creo que sea el padre de Ignacio porque es joven; Franki, que debe ser el hermanito de Caitlin, y Adam Harris; Emma Kelley, que parece haber llorado; Alan y Ebonee Ray, él no tiene aspecto de ser egipcio; Zia Rasgazt, que está tomando una sopa; Cao-cao y Da-Qiao Fung, que se mantienen todo lo lejos que pueden de los demás; Lee Huang e Isabella Di Fiore, me sorprende ver a una italiana casada con un chino; Kiayn Vaishali, demasiado joven para ser el padre de Aanjay; Elliot y Anala Miller, otra pareja con mezcla de culturas; Ken y Gina Izumi, que susurran cosas por lo bajo; Tomo Akiyama y Arisa Makino, me pregunto quién será ella porque no parece familiar de Tori.

Me late el corazón muy fuerte cuando sé que es mi turno. Y ahí está, Ana Hernández, mi madre. Está comiendo algo, probablemente un plato muy sabroso que nunca hayamos podido preparar por no tener dinero para buenos ingredientes. Siempre dijimos que no necesitábamos más de lo que teníamos, y es verdad que para ser feliz no importa nada aparte de las personas que estén a tu lado.

Se me escapa un gritito, por suerte nuestros micros están apagados. Se me llenan los ojos de lágrimas. Intento aguantármelas y sigo mirando la pantalla, donde aparece Jackie Horowitz, que debe ser la madre de Santiago.

Me extraño al ver dos sillas vacías en donde debería estar la familia de Marion. Lo más raro es que tienen un cartel pegado en el que pone «Cornille». El apellido de mi aliada es Verne, ¿no?

Miro hacia ella, que está solo a un par de metros de distancia. Se ha puesto de pie y observa pasmada la pantalla. Entonces, empieza a temblar. Pero muy, muy fuerte. De pronto se deja caer al suelo de rodillas.

Me asusto. ¿Qué está pasando? Me acerco corriendo a ella.

—Marion, Marion —la llamo—. ¿Estás bien?

Sigue temblando, parece que le va a dar un ataque. Levanta la cabeza para mirarme y me doy cuenta de que está llorando. Se agarra a mis brazos y me clava las uñas.

—Saben quién soy.

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Hana Izumi, 17 años – Japón

Mis padres están bien. Casi me echo a llorar de alegría. El estúpido de Genki solo soltaba amenazas infundadas, y ahora papá y mamá están lejos de su alcance.

El alivio me recorre por entero. Sigo en mi mundo, disfrutando de esa sensación tan agradable, hasta que le toca el turno a la familia de los franceses. La chica tiene un ataque de ansiedad cuando se ven las sillas vacías con un apellido que no es el suyo, se la llevan para sedarla. El chico no se inmuta por el asiento libre donde pone «Deux». Qué triste, parece que ninguno de los dos tiene familia. Debe ser muy duro.

Ya nos vamos acercando al final.

Pichus Parthenopus, su hija Althea se parece mucho a él; Erasmus y Alysa Kapetano, él parece contento de estar ahí y ella creo que está rezando; una pequeña anciana, Dahna, se da palmaditas en las manos; Ezio y Leonardo Auditore, supongo que el padre y el abuelo de Gaius, comen en silencio; Iván Domoiev no sé quién será, pero es el único que aparece como familia de Aleksa; y, por último, se ve a Vladimir y Shurnella Koshka, el hombre parece francamente enfadado.

Los focos vuelven a encenderse. Entre los tributos hay bastantes con los ojos vidriosos, pero la mayoría van recobrando la compostura poco a poco.

—¡Esta era la sorpresa que os teníamos preparada! —chilla Sally—. ¿Verdad que es maravillosa?

—No podréis hablar con vuestros familiares. —Abou destroza mis ilusiones con esa simple frase—. Pero al menos los habéis visto. Han sido invitados a presenciar los Juegos aquí, en Victoria. Serán tratados con muchísimo cariño, tendrán todos los lujos posibles y volverán a casa cuando su familiar pierda.

En otras palabras, que si hacemos algo que no les guste, nuestros seres queridos pagarán las consecuencias. No sé si sería mejor que mis padres estuvieran en las garras de ese mafioso de pacotilla que me acosaba.

Nos llaman a Tori y a mí. Es injusto que nuestra entrevista sea justo después de esto.

Mi compatriota está muy tenso. Llevaba mosqueado desde ayer, cuando vio las puntuaciones, porque esperaba ser el que sacara más nota y no fue así. Pero después de ver a la chica joven junto a Tomo Akiyama, que supongo que será su padre, se ha quedado blanco.

Tiene los dientes apretados cuando el público nos saluda.

—¿Os ha gustado la sorpresa? —pregunta la presentadora.

Me esfuerzo por asentir con la cabeza. Uno de los dos tiene que guardar la compostura y parece que Tori está a punto de tirarse encima de alguien.

—Algo realmente curioso es la gran diversidad étnica, incluso dentro de un mismo país —dice el hombre—. Hana, tus raíces no son completamente japonesas, ¿no?

—No. Mi madre es portuguesa, y toda su familia.

—¡Medio japonesa, medio portuguesa! Eres realmente exótica. ¿Has ido alguna vez a Portugal?

Niego con la cabeza. Casi puedo ver a Misaki, mi mentora, mordiéndose las uñas. Me pidió una y mil veces que fuera simpática y habladora, que me comportase en la entrevista con naturalidad. Tengo que hacerlo. Además, ahora sé que tienen a mis padres.

—No he ido nunca —digo, rápidamente, antes de que empiecen a hablar de otra cosa—. Pero me encantaría. Mi sueño es poder viajar por el mundo.

—Oh, un sueño precioso.

—Por desgracia no he visto nada más que mi pueblo y Kyoto.

—Claro, claro, gracias al gran mandato de los Siete hay mucho control para viajar y por eso nos sentimos a salvo.

—Sí… Estoy segura de que cuando gane ellos mismos me regalarán el viaje, ¿verdad?

—¡Por supuesto! —Se echa a reír—. ¡Y, sino, yo te lo pagaré! Seguro que una chica como tú encuentra muchas buenas experiencias viajando. Además, una de las mejores cosas de los Juegos es poder conocer un poco más el resto de las culturas.

Pasa un rato charlando acerca de cosas que ha aprendido y suelta palabras en diferentes idiomas. Menos mal que tiene mejor acento al hablar esperanto que al intentar decir algo en japonés, porque es pésimo. O puede que solo lo fuerce para hacer reír al público.

Yo me rio con ellos. Intento que de verdad me hagan gracia las cosas. Tengo que caerles bien.

Sé que Selene les debe haber causado una impresión muy buena, con ese relato tan bonito tiene que haber tocado el corazón de muchas personas. Y seguro que Isis los derretirá de ternura, y cuando empiecen los Juegos alucinarán con su inteligencia, porque me ha contado que la nota que sacó fue por resolver toda la prueba de conocimientos, memoria y acertijos. Es todo un cerebrito esa chica.

Así que no debo quedarme atrás. Tengo que conseguir ayuda para mi alianza.

—Tori, estás muy callado —se queja Sally, haciendo un puchero.

—¿Qué quiere que diga, Sally-san?

—Oh, me encanta que me llames así. Bueno pues, cuéntanos qué has sentido al ver a tu familia.

Mi compatriota tiene un brillo amenazador en los ojos. No puedo ser la única que se da cuenta de lo que esconde el gesto arrogante que pone.

—Bueno, esperaba otra cosa, la verdad.

—¿A qué te refieres?

—A que ese hombre no es nada para mí. De sangre puede ser mi tío, pero no es más que una basura. No se puede confiar en él, porque fallará en cuanto te des la vuelta y te esconderá cosas siempre que pueda.

Pensaría que habla por hablar, o que intenta hacer ver que esas personas no le importan para quizá preservar su seguridad. Pero no. Está hablando con verdadera ira, con odio.

No sé qué ha hecho su tío. Sea lo que sea, debería tener cuidado si Tori gana.

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Aanjay Vaishali, 17 años – India

Estoy que no quepo en mí de satisfacción. Cuando he visto al cabrón de mi tío Kiayn, se me ha escapado una carcajada. Casi me siento tentada de hacer alguna locura para que él pague las consecuencias de mi atrevimiento.

Casi. Porque tampoco quiero acabar con mis posibilidades de ganar. Que, por cierto, son bastante altas.

Después de tantos años de aguantar el maltrato psicológico de Kiayn, esta pequeña venganza sabe muy dulce. Seguramente se sentirá muy rebajado porque lo hayan traído a la fuerza solo por ser mi único familiar vivo. Me pregunto si fingirá sentirse triste por mí. No le daré la satisfacción de verme morir, eso lo tengo claro.

Estoy deseando que los japoneses acaben la entrevista, ahora nos toca a nosotros. Por primera vez, estoy contenta de la pinta que me han puesto. Llevo un vestido amarillo de cuero, muy pegado al cuerpo. Los estilistas al parecer quisieron sacar todo el partido a mi aspecto, me han alisado el pelo y hecho una coleta alta que hace que mis ojos llamen más la atención. Me he alejado completamente de la idea tradicional de una chica india sumisa. Seguramente a muchos en mi país les parecerá una ofensa, pero quizá esto sirva para que dejen por fin las costumbres viejas. Ya he demostrado lo que valgo ganándome el puesto de protectora de la hija del Presidente. Volveré a ganarme la admiración de los demás.

Solo hay una persona que no quiero defraudar bajo ningún concepto.

—¡Venid aquí, Jason y Aanjay! —nos pide la presentadora.

Llevo unos zapatos tan altos que igualo a mi compatriota. Me concentro en mantener el equilibrio hasta que nos paramos en el centro del escenario. Nos reciben vítores y algo me dice que muchos son dirigidos a mí. El hombre me lo confirma.

—¡Qué chica tan despampanante tenemos aquí! Y no solo hablo de tu aspecto… —Se detiene más de lo debido mirando lo corto que es mi vestido. Yo me siento tentada de darle un puñetazo, pero me contengo—. Eres la chica que ha sacado nada más y nada menos que un 9, la puntuación más alta de todos los tributos.

—Esa soy yo, sí.

—Has dejado a todo el mundo impresionado. Dinos cuál es tu secreto, por favor.

—Podréis verlo cuando empiecen los Juegos.

—¡No seas así! Nos tienes intrigados. Según tus datos, has trabajado para la familia presidencial durante mucho tiempo.

—Así es.

—Seguro que estarán encantados de tenerte representando a tu país.

—Si no lo están, lo estarán. Pienso honrar a mi Presidente.

Hago hacia la cámara una reverencia respetuosa, imaginando que ese hombre al que tanto admiro está ahí, mirándome. Le debo mi vida a él, porque si no me hubiera aceptado en su Palacio seguramente habría acabado muriendo de hambre o alguna enfermedad. Por eso, todo lo que he hecho y todo lo que haré está dedicado a mi Presidente, a conseguir su aprobación.

Me esforzaré en ser la hija que él querría que fuera Hianni. Esa chiquilla no sabe lo que pierde, obsesionada por una libertad que no vale nada.

—Y, como gran contraste, tenemos a Jason Miller —dice la presentadora—. Tu origen no es indio, ¿verdad?

—Mi familia paterna desciende de un importante y adinerado linaje de aristócratas comerciantes ingleses que se asentaron en el país a finales del siglo XIX, en plena época imperialista.

Cada vez que Jason abre la boca, me dan ganas de partírsela. Ya sea porque es un asqueroso creído o porque me da sueño. No sé qué es peor.

—Ya veo, muy impresionante. Y hablaba de un fuerte contraste porque la India ha conseguido la puntuación más alta de los tributos… y también la más baja. ¿Cómo te sientes al respecto?

—Muy satisfecho. —Este es uno de los momentos en los que quiero matarlo por prepotente.

—¿Cómo es eso? No creo que te venga bien para alianzas ni para patrocinadores…

—No necesito nada de eso. Mi familia tiene fortuna de sobra como para asegurar que tendré lo necesario una vez comiencen los Juegos. Y los demás tributos solo serían un estorbo.

—¿Quieres decir que sacaste mala nota a propósito? —La mujer parece escandalizada.

—Por supuesto, señorita Johnson. La forma de calificar puede estar bien, pero solo para personas mediocres. Estoy por encima de eso y no quiero ser puntuado igual que el resto.

No sé si está alardeando de lo que no debe o si es más estúpido de lo que creía, pero sea como sea no creo que esto le dé nada bueno. Si yo fuera uno de los Siete… mandaría que muriera el primero, simplemente por atreverse a cuestionarme.

Bueno, me quitarán trabajo. Puede que este chico sea irritante, pero tampoco me agrada especialmente la idea de matar. Y cuantos menos tributos haya en mi camino, más fácilmente volveré al Palacio Presidencial. Esta vez, entrando por la puerta grande.

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Syoran Huang, 18 años – China

Estoy furioso. Casi puedo masticar la ira que siento, el asco que me sube por la garganta como si fuera bilis. Estoy a un milímetro de perder los estribos y dejarme llevar por mis sentimientos.

Intento aspirar y soltar el aire despacio, marcándome un ritmo, para tranquilizarme. Ahora sé que si hago tonterías, pueden repercutir en papá y mamá. No seré el culpable de que alguien les haga daño.

Me parece asqueroso, rastrero y todos los malos calificativos del mundo, que se hayan atrevido a retener a algunos familiares. Dirán que es una invitación, probablemente expongan a nuestros seres queridos a entrevistas y a tener que ver los Juegos mientras una cámara les enfoca la cara, pero yo sé que es para controlarnos. Es una forma de decir: «eh, idiotas, no olvidéis quién manda aquí».

Y con esto se va a la basura cualquier esperanza de que, quizá llegado un punto, los tributos no quisiéramos matarnos entre nosotros. Tengo claro que el japonés vino aquí por cuenta propia o que el ruso está deseando cargarse a unos cuantos, que hay más asesinos en potencia de lo que puede parecer. Pero también sé que la mayoría no queremos ser parte de esto. Podríamos habernos unido…

Ya es tarde. Se acabó cualquier idea utópica que pudiera tener.

Mierda.

Nuo me da un pequeño empujón para que me mueva, porque parece que me he quedado pegado en el suelo. Los presentadores nos saludan con entusiasmo, preguntan estupideces sobre nuestra vida y yo intento no gritar de frustración.

¿Cómo encontrar serenidad en medio de todo esto?

Intento no contraer los músculos, porque la camisa azul oscura que llevo me queda apretada. Mi amiga va a juego conmigo, quizá porque estamos aliados. Le sienta bien el color y el vestido es bastante tradicional, así que parece a gusto.

Lo que no le deja tranquilizarse del todo, es que se dirijan a ella directamente.

—Nuo-Lan, tenemos una pregunta para ti de uno de nuestros espectadores —dice Sally, sonriente.

Ella se sonroja y agacha un poco más la cabeza. Le doy un ligero codazo para que se enderece.

—Rocío Vázquez, desde España, dice: «Tienes mi completo y absoluto apoyo, eres mi favorita y la mejor persona que conoceré jamás. ¿Podrías prometerme que harás lo necesario para ganar? Un beso muy fuerte».

Nuo abre mucho los ojos al oír el nombre. Si no me equivoco, es su amiga española, con la que chateaba a espaldas de sus padres. He acertado, porque solo eso haría que mi compañera sonriera de esa manera. No la había visto tan feliz nunca. Me contagia la sonrisa.

—Te lo prometo, Rocío, gracias por todo. Te quiero, amiga.

—¡Qué bonito! —dice la presentadora, rompiendo el momento—. Tienes una amiga tan lejos, debe ser muy especial. Y, dime, ¿también hay algún chico en tu vida?

—¿Eh? No, no… Bueno… estoy prometida.

—¡Prometida! ¡Qué mala suerte que no te hayas podido casar antes! ¿Es guapo?

Después de unos instantes tensos, Nuo-Lan asiente con la cabeza.

—¿Y tú, Syoran? —me pregunta Abou—. ¿Alguna pareja esperándote?

—La verdad es que no.

—Bueno, hay chicas maravillosas por aquí, así puedes deleitarte con ellas. —No me gusta cómo habla, no son un trozo de carne.

—Claro, quizá deberíamos cambiar los puestos, así podrías mirarlas hasta que alguna te mate.

Él se ríe, y yo también, pero no creo que a ninguno le haya parecido gracioso.

—¡Hacemos una pausa para publicidad! —anuncia Sally—. Con una actuación magnífica a la vuelta, no os lo perdáis.

En cuanto se cierra el telón delantero, separándonos del público, se produce una transformación en los presentadores. Ella se enciende un cigarro tras otro y se pone a hablar con un técnico acerca de estadísticas de audiencia, resulta que es inteligente después de todo. Y él pone una cara de asco increíble, se aparta de nosotros como si tuviéramos la peste, no es tan simpático como parecía ante la cámara.

Qué hipocresía, por dios. Me da arcadas.

Un asistente nos pide a Nou y a mí que volvamos a nuestros asientos, pero escucho algo al otro lado del telón.

Son varias personas. Están cantando una canción que conozco bien, mi abuelo la tarareaba cuando pensaba que nadie le oía. Es en inglés pero, por las caras de la gente a mi alrededor y de algunos tributos, todos saben qué están diciendo.

—… they bid my brother's blood to run.

Ellos ofrecen la sangre de mis hermanos para ejecutar.

La canción fue prohibida tras la guerra, si buscas en Internet no encontrarás nada de ella y, probablemente, la policía irá a tu casa a matarte.

Era un himno, una canción más que un soldado empezó a cantar en las trincheras y se extendió. Trata de una lucha perdida, de la desesperación cuando ves que los tuyos están cayendo. Mi parte favorita siempre fue la de no olvidar al héroe enterrado. Y el mensaje de que, aunque no haya ninguna posibilidad de vencer, siempre hay que pelear por una causa justa.

Me asomo por la abertura del telón, nadie parece darse cuenta porque están ocupados mirando a los dos hombres y la mujer que levantan pancartas. «No a los Juegos» dice una, «no dejéis que se lleven a vuestros hijos» pone en otra.

Varios policías sacan unos aparatos con muy mala pinta. Antes de que los reduzcan, los rebeldes cantan una última vez.

—… every hero born, from every family torn, we will honor you forevermore.

Algo me dice que esto será lo último que cantarán, prometiendo que cada héroe de cada familia desgarrada será honrado para siempre.

—No mires, Nou —digo, cuando me doy cuenta de que también está asomada.

Me hace caso, retrocede unos pasos. Yo me quedo un instante más, mirando a esos valientes que han caído por defender una causa perdida, por darnos fuerzas. Los policías les golpean en la cabeza.

—One by one… —canto, en un susurro, para ellos—. The brave will fall.

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Alaric Rasgazt, 18 años – Egipto

El gesto de Syoran es muy serio cuando vuelve a su sitio. Intercambia una mirada conmigo y sé que él conoce la canción que se ha escuchado durante un rato. Está claro que los vestigios de antiguos rebeldes siguen ahí, escondidos, esperando para gritar que esto es una barbarie.

La mayoría de los demás tributos, especialmente los mayores, conocen la canción. Algunos se han quedado muy quietos, otros han apretado los puños o han fingido que no pasaba nada. Incluso he visto alguna lágrima.

Todos conocemos la canción. Basta con que algo se prohíba fuertemente para que la gente lo recuerde con más detalle. Esa letra se escuchaba en rincones de los patios de colegio, en fábricas amparados por el zumbido de las máquinas, en cárceles donde algunos de los antiguos rebeldes siguen vivos solo para ver cómo el mundo es destrozado.

Nuo no parece entender qué ha pasado. Mira a Syo y le pregunta insistentemente si está bien. Él se limita a asentir y volvemos a intercambiar una mirada.

Sé lo que piensa. A mí también me gustaría saltar del escenario y golpear a los policías que se atrevan a tocar a quienes cantan por nosotros.

Pero no podemos. Menos ahora que sé que tienen a mi tía. Y que sigo sin conocer el estado de la abuela.

Mis aliados se sientan cuando se lo ordenan, los maquilladores y técnicos van desapareciendo y el telón se hace a un lado cuando aparecen unos artistas en el escenario que empiezan a recitar. O quizá a representar una obra de teatro. Y es una comedia, eso seguro, porque han conseguido que el público se olvide del incidente y se ría.

No es correcto. Las personas a las que no he llegado a ver probablemente han dado sus vidas solo para mostrarnos su apoyo.

Escucho un sollozo contenido a mi izquierda y miro a Isis. Está intentando aguantar las lágrimas, mientras no aparta la mirada de las pantallas que nos permiten ver el escenario desde el frente. Los actores empiezan a hacer piruetas, a usar efectos de luces e incluso hay algunos colgados de telas aéreas.

—¿Qué ocurre? —le pregunto, no creo que la representación sea precisamente lo que le ha emocionado.

—Creo que, en el fondo, guardaba una pequeñísima esperanza de que mi padre, ese que siempre pudo solucionarlo todo, me sacara de aquí. Y ahora lo tienen a él y a mamá por mi culpa.

Quiero decir algo, lo que sea, pero tengo la boca seca. Ella me mira y los ojos le brillan por el llanto que no está dejando escapar.

—Alaric —me llama—. Pase lo que pase, no dejes que te conviertan en ellos.

—Isis…

El aplauso del público interrumpe nuestra charla. Me he perdido la función entera, cuando vuelvo a mirar los acróbatas están por el aire, hay un par que echan fuego por la boca y los actores representan una trágica muerte.

—Esto es otro estúpido mensaje —escupe Syoran, lo escucho desde mi sitio porque solo nos separa Isis—. Habrá espectáculo, cosas bonitas que serán peligrosas y al final acabaréis muertos.

Nuo pone cara de circunstancias y yo suspiro. Este día está teniendo demasiadas emociones juntas, me siento agotado.

Por fin acaban el teatro o circo o no sé cómo llamar a eso. Recogen todo tan rápido que parece imposible y los tributos volvemos a estar expuestos, con los focos dándonos calor. Mi traje es gris muy oscuro, envidio a Syo que se ha quitado la chaqueta pero yo no me atrevo. El vestido de Isis es muy largo y de un rosa suave que la hace ver aún más adorable.

Esto no es bueno para mí. Y no sé si para ella, aunque quizá pueda llegar al corazón de alguno de esos monstruos.

—¡Es el turno de Egipto, damas y caballeros! —anuncia el presentador, después de hablar sobre la compañía de teatro que ha hecho el espectáculo—. ¡Un aplauso para Isis y Alaric!

Me pongo en pie y le tiendo una mano a mi compatriota. Se apoya en mí durante todo el camino hasta el escenario. Cuando se suelta me siento incómodo, es como si estuviera muy desprotegida delante de estas personas. Me gustaría gritarle que huyera y quedarme entreteniéndoles.

Hablan un rato acerca de lo curioso que es que ambos tengamos raíces que no sean egipcias, ella es medio inglesa y yo medio alemán. Isis los sorprende recitando un montón de datos acerca de las migraciones masivas que hubo, dando causas y consecuencias. Se la ve muy relajada cuando explica algo, pero en cuando acaba vuelve a parecer cohibida y entrelaza sus manos para que no se vea que tiemblan.

—Alaric, me gustaría preguntarte sobre un tema delicado, ¿puedo? —me pide la presentadora. Asiento con la cabeza—. Sé que perdiste a tu madre siendo niño, y hace unos años a tu padre. ¿Cómo se siente el ser huérfano?

Así que quieren tocar mi fibra sensible. Bueno, no les daré esa satisfacción.

—Es duro, por supuesto. Pero he tenido la suerte de contar con dos mujeres amorosas que me han cuidado mejor de lo que podrías imaginar. Mi tía y mi abuela son bellísimas personas.

—Qué bonito, cariño. Seguro que además las ayudas mucho, ¿no?

—Tengo claro que no quiero ser una carga, así que sí. Siempre he hecho parte de las tareas del hogar, he intentado no meterme en problemas ni crear más gasto del necesario.

—Pero, por lo que sé, estabas estudiando para marcharte. —No entiendo cómo saben eso.

—Sí, quería ser egiptólogo como mi madre y en Alemania me esperaba la otra parte de mi familia, para que pudiera estudiar allí en una buena universidad.

No se me escapa que hablo en pasado. Y no es porque haya cambiado de intereses de repente.

—¿Tú ya sabes que quieres estudiar, Isis? —pregunta el presentador.

—Sí, me gustaría ser arqueóloga.

—¡Qué interesante! Y apropiado, viviendo en Egipto.

—Mi padre es arqueólogo, me ha enseñado muchas cosas y lo he acompañado a muchas excavaciones y pirámides. Antes de… que fuera seleccionada, le prometí que le ayudaría a descifrar unos jeroglíficos.

Se le quiebra la voz. Me angustio, por no poder hacer nada para ayudarla.

—Estás muy unida a tus padres, ¿verdad? —Ella asiente con la cabeza—. ¿Querrías decirles algo?

—Sí, solo que prometo recordar todo lo que me han enseñado —dice Isis, soltando por fin varias lágrimas—. Haré que estén orgullosos de su niña. Y cuando vuelva iremos juntos a descifrar esos jeroglíficos, lo celebraremos con helado…

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Caitlin Harris, 17 años – Estados Unidos

Esto es muy cruel. Abou ha forzado a Isis hasta que ha conseguido hacerla llorar. Entiendo perfectamente cómo se siente, supongo que todos tenemos muy presente a nuestra familia, y después de verlos…

Me pone muy nerviosa que tengan a Frankie. Solo es un niño, por dios.

Antes de marcharme, le pedí a Nick que cuidara de papá y Frankie, pero no lo ha cumplido. Puede ser un pensamiento estúpido, ¿qué iba a poder hacer mi hermano mayor? Pero necesito echarle la culpa a alguien. Necesito sentirme enfadada con alguien que no sea yo misma, porque ni nombre saliera en el sorteo.

La entrevista de los egipcios acaba cuando Alaric empuja por la cintura a su compañera, de vuelta a sus asientos. No se despiden, no deja que los presentadores le digan nada más. Si no fuera porque siempre tiene la misma cara de indiferencia, pensaría que ese chico de verdad está molesto porque hayan hecho llorar a Isis.

Esto me preocupa. No quiero parecer débil en la entrevista.

Miro a Blake, sé que ahora es nuestro turno. Él me hace un gesto de ánimo, levantando el pulgar. Me rio. Bueno, al menos mi aliado no lo está pasando tan mal como yo. Aunque tiene cara más seria de lo normal, creo que no le ha hecho gracia que se lleven a su madre de su casa.

Ryan, nuestro mentor, y yo le hemos pedido esta mañana que se comporte en la entrevista. Puede hacer bromas y ser él mismo, pero debe tener cuidado con no provocar la ira de nadie. Porque a veces parece que tiene un superpoder para eso.

Cuando se lo he dicho, se ha reído un buen rato. Y se ha puesto de apodo SuperBlake o Tocapelotasman.

Qué le vamos a hacer, él es así.

Miro a Pili, que está bastante pálida. No sé si por haber visto a su madre o por el incidente con Marion. Me preocupa nuestra aliada, ese ataque de pánico que le ha dado es muy raro. Se la han llevado hace un buen rato y todavía no ha vuelto, no sé si lo hará.

Los Juegos empiezan mañana. No es un buen momento para tener una recaída.

Además, todo me ha parecido extraño. El hecho de que no tenga familia y de que en el cartel pusiera un apellido que ella no usa. Raro, muy raro. Es como si tuviera algo que esconder.

Aunque no la quiero juzgar por eso. Yo no soy precisamente la persona más extrovertida del mundo. Solo espero que se recupere para mañana. Por el bien de la alianza. Y porque, aunque no quiera reconocerlo, todos ellos me preocupan. Desde el tonto de Blake, al que sin querer le estoy cogiendo cariño, y la adorable Pili, hasta otros tributos que no son aliados míos.

Sé que no puedo pensar así. Pero cuesta intentar despojarme de mi humanidad.

Sally nos presenta y eso hace que deje de estar metida en mi cabeza. Me pongo en pie y Blake me tiende el brazo al ver que me tambaleo. No estoy acostumbrada a llevar zapatos con tacón de aguja. Además, el vestido es palabra de honor y todo el rato creo que se me caerá, aunque sé que no es así. O sino que se me verá la ropa interior, porque la falda tiene mucho vuelo.

—¡Bienvenidos, tributos! —nos saluda Abou—. Ya cada vez quedan menos a los que entrevistar, es una verdadera pena. ¿Verdad, Sally?

—¡Sí! Ojalá pudiéramos divertirnos más tiempo.

Se me hace rarísimo escucharles diciendo todas estas tonterías. En cuanto las cámaras se apagan y el público no ve, ella se transforma en una intelectual fumadora compulsiva y él en un misántropo.

—Dinos, Blake, ¿qué es lo mejor de toda esta experiencia? —pregunta el presentador.

—La comida, ¡sin duda! —Lo peor es que parece completamente sincero—. Nunca me he privado de nada, hago suficiente deporte como para quemar todas las calorías que consumo. Pero vaya, poder tragar a todas horas chucherías y cosas de otros países... ¡Es genial!

Todos se ríen.

—¡Qué suerte tienes, chico! Yo tengo que controlarme constantemente.

—¿Tú? Mentiroso, tienes un cuerpo envidiable.

—Me vas a sacar los colores. Y, cuéntame, ¿qué aficiones tienes?

—Muchísimas, sería difícil decir pocas. Me encantan todas las actividades de riesgo, la adrenalina es mi droga. La escalada, el surf…

Le doy un ligero pisotón. No debería estar revelando a los demás tributos cuáles son sus puntos fuertes. Ay, a veces creo que no piensa.

—Y… otra cosa genial es haber encontrado por fin a alguien que me frene cuando hago tonterías.

Arqueo las cejas, pero tengo que reírme. Él me revuelve el pelo y le doy un codazo, va a despeinarme.

—Es precioso que seáis tan amigos —dice la presentadora.

Me pongo tensa sin querer. Es justo lo que no quiero, lo que me he repetido una y mil veces. Pero no puedo controlarme. Quizá merezca la pena disfrutar un poco de las personas que estoy conociendo, nunca se sabe cómo todo puede acabar.

A Blake lo veo como me hubiera gustado ver a Nick. Un hermano mayor, que obviamente es más inmaduro que yo, pero con el que sentirme protegida. Y, muy importante, que toma en cuenta mis opiniones.

Es imposible no encariñarse con Pilar, es sincera y dulce, sé que puedo confiar en ella. Y quizá deba darle una oportunidad a Marion, puede que le venga bien hablar sobre sí misma y por qué le ha dado un ataque como el de hace un rato, seguro que el apoyo le sienta bien.

Sally se vuelve hacia mí con ojos maliciosos. Me da miedo. ¿Qué puede preguntarme? No me importaría que fuera sobre mi puntuación, saqué más de lo que esperaba, porque manejé medianamente bien la ballesta y no se me dio mal la prueba de inteligencia.

—Tus guardias nos han dicho una cosa. Y me encantaría saber si es cierta. —No suena bien—. Dicen que cantas como un ángel, ¿nos harías una demostración?

Pues no, no me va a preguntar por la prueba de ayer.

—Eh… solo canto a solas, para relajarme, no se me da bien…

—¡Oh, vamos, Caitlin! Si ese rumor ha llegado a mis oídos es por algo. Venga, anda.

Junta las manos, como si estuviera rezando, para suplicarme. Yo pongo cara de consternación. Blake me da un empujoncito y me guiña un ojo. Ay, no. Me niego…

—No te hagas de rogar, guapa —insiste Abou—. Solo unas pocas palabras. Todo el público te lo pide, ¿verdad?

Hay algo en sus ojos al decirlo que me da miedo. Tienen a papá y a Frankie, no puedo olvidarlo.

Bueno, podría ser peor.

Asiento con la cabeza y carraspeo. Después suspiro muy profundamente y cierro los ojos. No podré hacer esto si veo las caras de toda esa gente.

Intento imaginar que vuelvo a estar en casa, junto a la cama de mi hermanito, y él me pide que le cante una nana para dormirle. La misma de siempre, esa que mamá me cantaba a mí y que sacó del libro que ahora ha dado la idea para que nos condenen a todos.

—Deep in the meadow, under the willow…

En la canción, todo un bosque lleno de belleza protege a quien la escucha. En aquel libro, la protagonista se la cantaba a una niña que estaba a punto de morir en los mismos Juegos a los que nos llevan a nosotros.

Cuando acabo y el público me aplaude, me pregunto si la historia seguirá repitiéndose. Si algún día las personas aprenderán de sus errores.

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Ignacio Moreno, 16 años – Argentina

Me rasco la cabeza. Los focos son muy molestos en el escenario, no sé cómo los presentadores pueden estar aquí todo el rato. Llevo dos segundos y ya me estoy asando.

Pienso en hacer un comentario sobre eso, para que Ili se ría, y entonces recuerdo que no nos hablamos desde ayer. Todo el buen rollo se esfumó en el tren, antes de la prueba. Que encima nos salió fatal a los dos. Somos la peor alianza.

Va a ser divertidísimo si llegamos a los Juegos y seguimos así. Menudo asco.

Nico se dio cuenta enseguida de que algo fallaba. Como para no darse cuenta, en vez de estar bromeando y riendo como los días anteriores, vimos en silencio las puntuaciones de los demás. Una patada en el estómago, para que nos demos cuenta de que tenemos menos posibilidades que la mayoría de los tributos.

Y, como es obvio, los presentadores no lo van a dejar pasar.

—¿Cómo os sentisteis al ver vuestras notas? —pregunta Sally, con tono afectado.

Miro a Iliana. Está apretando los labios tanto que se le ponen blancos. Probablemente intenta aguantarse alguna barbaridad. Será mejor que yo sea más listo.

—No puedo decir que nos encantaran —digo, sonriendo—, pero tampoco estoy demasiado preocupado. Hay aptitudes que no se pueden analizar con pruebas como las que pasamos. Además de que la actitud con la que afrontes las cosas es muy importante.

La mujer asiente con la cabeza. Yo pienso mi hermano Ezequiel, sentado en esa mesa, rodeado de los familiares de personas que está deseando que mueran para que yo vuelva a casa. Supongo que le habrá costado convencer a los hombres de los Siete para venir él en lugar de mamá. Pero me alegro de que haya sido así, ella necesita trabajar para mantener a mis hermanas.

No quiero pensar en cómo se sentirán las chicas de mi familia, ahora que nos han arrancado a los dos de sus brazos. Seguro que están llorando mientras ven esto.

Miro a la cámara, imaginando que las veo a ellas. Y sonrío, con cariño.

No voy a decir palabras bonitas delante de tantas personas que no me importan nada, pero espero que mamá, Alejandra y Vic entiendan que digo silenciosamente «os quiero».

—Iliana, la última pregunta de la noche es para ti —dice Abou—. Nos llega de parte de Emilia Contreras, de Santiago de Chile, y dice así: «¡Me encanta tu pelo! Yo quiero dejármelo así de largo. Bueno, quería preguntarte cuál ha sido la mayor locura que has hecho».

Mi aliada junta las cejas y se lleva la mano a la barbilla, exagerando el gesto pensativo.

—¡Es una pregunta difícil para mí! He hecho demasiadas, muchas más de las que mis padres están dispuestos a aceptar. —Menudo cambio de actitud, debe haber recordado de pronto que necesitamos llamar la atención—. Aunque creo que la mayor fue hace casi un año. Mi amigo Leo y yo somos fanáticos de un grupo, no diré el nombre porque tampoco le voy a dar publicidad gratis. Si quiere alguien publicidad que nos patrocine, ¿verdad?

Me da un codazo amistoso y yo me río, asintiendo con la cabeza.

—Podemos anunciar cualquier cosa. —Pongo voz de locutor de radio—. Yo me ofrezco para lo que implique comida, fútbol, videojuegos, masajes, robots… E Ili sobre todo para los medicamentos, como contra el estreñimiento, para dejar de escuchar voces…

Ahora me llevo un golpe más fuerte. Nos reímos, y el público con nosotros.

—Como iba diciendo antes de que el idiota de Nacho me interrumpiera —continúa ella—, un grupo que me encantaba iba a tocar en otra ciudad. No importó lo mucho que suplicara, no convencí a mis padres de que me llevaran. Así que la noche anterior anudé las sábanas y me descolgué desde la ventana, que, por cierto, no tan fácil como en las películas. Leo me esperaba fuera e hicimos autostop hasta la ciudad, porque no había otro transporte a esas horas. Intentamos colarnos en el concierto pero era para mayores de edad y no nos dejaban pasar. Así que esperamos a que el guardia se distrajera para saltar la valla y correr.

—¿Conseguisteis ver el concierto? —pregunta, con mucho interés, la presentadora.

—Qué va, solo escuchamos un par de canciones. Porque el guitarrista tiró una púa hacia el público y me peleé con una chica por ella. Leo vino a ayudarme y nos echaron a los dos.

La gente vuelve a reírse y nos despiden con carcajadas. No creo que hayamos sorprendido, pero al menos habremos caído simpáticos.

La entrevista de los australianos es menos entretenida. Al chico le preguntan sobre su vida y acaba hablando de naturaleza y anécdotas en bosques.

—… siempre vamos los fines de semana. Acampar es muy divertido, todo el mundo debería probarlo alguna vez en su vida.

—¡Pero habrá muchos bichos! —se queja Sally.

—Ellos te dejan en paz si tú les dejas. Es una cuestión de respeto mutuo.

—Y de repelente para insectos —dice Abou, riendo—. A mí me encantaban los campamentos cuando era crío, hace ya demasiados años. Lo mejor son las historias de miedo alrededor de la hoguera.

Terror es lo que parece sentir Elgin cuando le escucha. Niega con la cabeza y todo su entusiasmo se esfuma, no sé por qué será.

—Claire, por lo que leo en tu ficha estás preparándote para entrar en la Universidad, ¿qué quieres estudiar? —pregunta el hombre.

—Psicología. —La australiana entrelaza las manos y se las lleva al pecho. Mira a la multitud y les dedica una dulce sonrisa—. Me encantaría comprender a las personas y poder ayudarlas. Es lo que más motiva en la vida.

Se escucha algún que otro sonido que deja claro que ha sido adorable.

—Me parece que habrá que tener cuidado con ella, no creo que sea tan santita, ¿eh? —digo, inclinándome hacia Ili.

Ella se aparta en cuanto me acerco. Me dedica un seco asentimiento, sin mirarme.

Vaya, y yo que pensaba que las bromas en el escenario habían sido sinceras. Me siento utilizado.

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Claire Hinze, 18 años – Australia

Creo que he causado una buena impresión.

Mi puntuación no está mal, mi alianza es de las más fuertes y numerosas, y he usado a mi favor el aire infantil que tengo.

Puedo con esto, sí. Los ánimos entre Tori y Gaius siguen estando tensos pero Zidane ayuda un poco a equilibrar las cosas. Creo que nos irá bien. No, no lo creo, lo sé.

Tiene que irnos bien porque me niego a volver a casa en un ataúd.

Y, cuando llegue el momento, jugaré mis cartas para que mis aliados no se vuelvan contra mí sino contra ellos mismos.

Elgin y yo volvemos a nuestros asientos. Dedico una sonrisa a Gaius, pero él no me devuelve el gesto. Tori me da un asentimiento de cabeza, como felicitándome por la entrevista. Pero por la cara que tiene, sé que algo sigue bullendo en su interior. Desde que ha visto a esa chica… creo que puede explotar en cualquier momento.

Quizá pueda usar eso a mi favor cuando lo necesite.

Elgin parece triste. Suspira varias veces. Caigo en la cuenta de que probablemente está preocupado por sus padres. Yo también podría preocuparme… pero no. No me puedo permitir distracciones, tengo que tener la mente fría y el pulso firme.

Además, si juego bien mis cartas ellos no tienen por qué estar en peligro.

Cuando noto que una cámara me enfoca, acaricio con delicadeza el emblema de Nueva Pangea que está grabado en el reposabrazos del sillón, y sonrío.

—Por desgracia, esta gran gala está llegando a su fin —dice Sally, fingiendo mucha pena—. Pero tenemos dos sorpresas finales.

—Una para nuestros queridos tributos. —No me gustan esas palabras del presentador, ya hemos tenido suficiente—. Y luego la actuación de… ¡Ishtar-Ea!

Se escuchan muchísimos gritos eufóricos. La cantante y actriz del momento, adorada por todos, va a ser el broche final de la gala. Pero a mí lo que me preocupa es lo que vendrá antes.

Las pantallas vuelven a ponerse en negro, excepto dos. Cuando veo que me enfocan a mí, pongo una sonrisa tierna y finjo impaciencia por la sorpresa. Aparecen mis padres, esta vez mirando directamente a la cámara.

—Cariño —me llama mamá—, sentimos no haberte apoyado siempre. Pero ahora lo haremos.

—Confiamos en ti —dice papá—, y Andrew también. Dice que sabe que ganarás.

Me muerdo un poco el labio al escuchar un «te quiero». Me esfuerzo por seguir sonriendo, y lo consigo al ver en la pantalla mi aspecto dulce pero decidido y fuerte. Puedo con esto.

Puedo. Podré. Lo tengo todo bajo control.

Van enfocando a los demás mientras sus familias les dan un mensaje. Elgin vuelve a llorar cuando es su turno, a moco tendido, nunca me había parecido tan infantil ni me había dado tanta pena. En general los mensajes son parecidos, de apoyo y diciendo que quieren a sus hijos, pocos destacan.

Frankie, el pequeño hermano de Caitlin, se roba muchos suspiros cuando le lanza un beso a la cámara. La tía de Alaric consigue arrancarle una sonrisa al decirle que su abuela está bien. Los padres de Nuo-Lan se mantienen demasiado formales como para ser familia. Kiayn, que supongo que será hermano o tío de Aanjay, frunce el ceño y se cruza de brazos, sin decir nada, y todo el mundo se ríe cuando dejan la imagen durante un minuto entero y de pronto estornuda, a Aanjay se le escapa una carcajada ruidosa. La familia de Tori tampoco habla, ni la de Dimitri. Solo es destacable cómo llora Althea cuando su padre le dice que sus hermanitos esperan su regreso o el gesto decidido de Aleksa cuando un tal Iván dice lo mismo sobre su tigresa.

Después vuelven a echar un telón delante de nosotros, para que no robemos atención, y presentan a Ishtar-Ea.

Sale al escenario en medio de una melodía ruidosa que antaño solía gustarme. Salta, canta, anima al público. Contonea las caderas y mueve el pelo. Le encanta a todo el mundo porque dicen que es muy natural, pero viendo las cosas desde aquí, y el cambió que tienen Sally y Abou cuando la cámara se apaga, me pregunto hasta qué punto es eso cierto. Son todos actores.

Y de pronto caigo en que yo también. Estoy jugándomelo todo a interpretar un papel que va desde la inteligencia a la dulzura. Intentando ganarme el corazón de la gente desde dos caminos, incluido el de mis aliados.

¿Soy yo realmente así? ¿Manipuladora? ¿Es acaso por eso por lo que siempre he querido estudiar psicología?

Nunca me lo he planteado. Con mis amigos, suelo ser la que decide lo que hacemos sin tener que esforzarme. Con mis padres, siempre me ha importado muy poco lo que opinen. Andrew es el único que puede hacerme cambiar de opinión a veces.

Pero bueno, poco me importa si lo que hago a veces no es del todo moralmente correcto. En estos Juegos voy a necesitar de todos mis trucos para suplir la falta de destreza y fuerza. Si no es malo que alguien blanda una espada, ¿por qué iba a serlo que yo juegue con sus mentes? Es mi arma. Mi astucia.

Seré una gran actriz. Y cuando todo acabe y haya ganado, decidiré quién quiero ser realmente. Hasta entonces, todo será por llegar al final.

La actuación acaba sin que le haya prestado atención, aunque aplaudo como la que más. Después vuelven a levantar el telón y nos hacen ir al centro del escenario. Los tributos, puestos en fila, dejamos que los focos nos iluminen y toda Nueva Pangea nos vea. Mientras una melodía, el himno, nos llena los oídos.

Ha habido mucha música hoy. Y es extraño pensar que quizá sea la última que escucharé. Que seguro será la última que escucharán veintitrés de nosotros.

Los Juegos del Hambre van a empezar.

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¡Hola a todas/os! Siento mucho que el SYOT haya estado parado tanto tiempo, digamos que no he pasado por mi mejor año en varios de los sentidos, pero lo bueno es que ya estoy de vuelta. No prometo actualizar muy rápido, porque hasta octubre no estaré menos ocupada, pero sí que no volverá a pararse el proyecto tanto tiempo. Porque, además... ¡ya van a empezar los juegos! El próximo capítulo será de los directores, para conocer un poco más la Arena, y ya en el siguiente nuestros queridos tributos empezaran su lucha.

Notas sobre el capítulo: la canción de los rebeldes es One by one de Alter Bridge. Caitlin canta la misma canción que Katniss a Rue. No fue premeditado, pero la música cobró fuerza por sí sola en el capítulo.

Tengo muchos regalitos que subir al blog, pero me va fatal internet estos días así que estad atentos que en algún momento subiré cositas que a todos os encantarán.

Os dejo un recuento de las puntuaciones que sacaron los tributos, también de las alianzas, para hacer memoria:

-Aleksa 8'3, Aanjay 9

-Dimitri 7'4, Santiago 6'9

-Selene 6'7, Hana 7, Isis 5'9

-Gaius 7'2, Zidane 7'7, Tori 7'8, Claire 6'1

-Althea 4'8, Eros 6, Elgin 5

-Marion 8'5, Pilar 6'3, Cailtin 5'6, Blake 7

-Jason 3

-Nou-Lan 6'5, Syoran 7'5, Alaric 6'6

-Iliana 4, Ignacio 4'8

Y dejo ya de aburriros, estas son las preguntas de este capítulo:

1. ¿POV favorito?

2. Si pudierais enviar preguntas, ¿a qué tributo (quitando el vuestro) se la mandaríais y qué preguntaríais?

3. ¿Qué música o canción es capaz de inspirarte/motivarte/emocionarte?

4. ¿Quienes creéis que serán los primeros en caer?

¡Besos a todas/os! Espero que estéis genial y disfrutéis el capítulo :D