Thank you so much for the reviews. This chapter is a little bit boring but I needed to write it because of the story. Next chapter and the following will have more scenes Amon/Helen. Kisses.

Muchas gracias por los reviews. Este capítulo es un poco aburrido pero necesito escribirlo porque es importante para la trama de la historia. En el próximo capítulo y los siguientes habrá más Amon/Helen. Besos.

BeaValkyrie: Thanks and I hope you have time to write the next chapter of your story too because I like it very much. It inspires me a lot. :) Kisses

NessalovesSeverus: Thank you so much again for your long reviews. :)

I read in a book about SS-man that they believed in magic. They had a lot of prejudices with a lot of things and, of course, they were very very anti-semitist. They were very cruel too because they had received a special training. They mixed the violence with the patriotism and with the prejudices and with the duty. When I wrote about Goeth, I thought in those things. But, of course, Goeth is especially mad, evil and cruel.

I want to make a passionate Goeth because Helen is terrified and she isn't passionate at all. I think the passion going very well with Goeth's personality.

I'm not going to make Goeth nice because this is impossible. I can change what he thinks and his beliefs a little but no more and, of course, his attitude with Helen. Lol

Lunnaris Elentari: Hola, empecé a escribir esta historia y tú la empezaste a leer pero luego decidí reescribirla de nuevo porque tenía unas ideas diferentes en la cabeza.

Todo lo que has dicho de que esta muy realista y te gusta la forma en la que escribo me halaga mucho. :)

Besos.

Xenia: Thank you so much for saying that. Yes! I like to incorporate scenes from the book too :).

Natalie: Thanks! I try to give Helen more personality because she is the main character of the story. I feel very sorry for her too.

Esta historia continue trama sobre el Holocausto Judio, la Alemania nazi y la WWII. Si eres sensible a este tipo de fics, te acosejo que no lo leas.


En cuanto salió el sol, la nieve del tejado se derritió y empezó a caer agua deslizándose por el cristal de la ventana. Caía tanta que al principio pensé que estaba lloviendo. Aquel pequeño cambio en el tiempo afectó muy poco a mi rutina que, como siempre, consistía en limpiar y cocinar. A pesar de eso, mi corazón sentía un alivio que no había experimentado desde hacia tiempo. Sabía que era porque hacía unos días que no me encontraba con el Herr Kommandant. Sin embargo, eso no quería decir que no tuviese su sombra presente así que me esforzaba en mi trabajo tanto como siempre.

Lisiek había quedado en visitarme a la hora de comer. Llego puntual y, al mirarme, me sonrió con los ojos a la vez que lo hacía con los labios. De los bolsillos de su pantalón roto se sacó varios trozos de pan y yo llené dos platos, que utilizábamos para comer, de una sopa que había sobrado el día anterior.

Yo quería comer en la cocina pero él insistió en hacerlo en el jardín. Muchas veces, los soldados nos habían visto allí y no habían venido a molestarnos pero, aun así, no me sentía segura estando cerca de ellos.

Finalmente, me convenció para hacerlo fuera y cuando Lisiek vio la nieve derritiéndose dijo que era porque había llegado la primavera. Yo le mire muy sorprendida porque nunca se me había ocurrido que en un lugar como aquel se pudiese cambiar de estación. Siempre había pensado que allí todo seria nieve, oscuridad y dolor hasta el final.

Nos sentamos apoyados en la pared de la casa mientras comíamos. Allí fue donde Lisiek me informó de la gran noticia.

-Rebecca me ha dicho que quiere casarse con Josef y que lo harán en el campo de trabajo dentro de unas noches.-

-¿Cómo?- pregunté desconcertada.

-Sí, harán una ceremonia. Josef está pensando en escaparse de su barracón y meterse en el de las mujeres. Allí dice que se casara con ella. ¿Qué te parece?- preguntó mirándome con mucha atención.

Lo cierto es que me parecía bastante imprudente por parte de Josef pero, aun así, no dejaba de ser algo que dos personas que se quieren hacen en una situación normal.

-Es lo más bonito que he oído desde que estoy aquí,- dije yo sinceramente pero a la vez muy seria.

Lisiek sonrió de nuevo como si aquella respuesta le hubiese hecho inmensamente feliz. Llevaba un tiempo comportándose de un modo extraño y no sabía por qué.

Cuando terminó de comer su ración de pan, sorbió rápidamente el plato de sopa, lo dejo apoyado en el suelo y salió corriendo. No me dio tiempo a detenerle ni a advertirle de que tuviese cuidado porque cuando quise hacerlo ya había doblado la esquina de la casa.

La noticia de Josef y Rebecca cada vez me hacía sentir más alegría por ellos pero me pregunté a mi misma si merecería la pena que se casaran cuando sus vidas peligraban a diario. Aun así, me di cuenta que no podía haber nada más bonito que sentir amor por otro en el lugar tan horrible donde estábamos obligados a estar. Normalmente, la mayoría de la gente solo se preocupaba por sí misma y por sobrevivir. Dentro de mí misma, sentía envidia sana por ellos.

Recordé con nostalgia los años en los que era joven y soñaba con encontrar un hombre con el que casarme algún día. Mi padre era muy estricto con las exigentes normas del casamiento judío. Decía que entre mi madre y él elegirían al pretendiente perfecto para mí pero yo, secretamente, soñaba con conocer yo misma a un hombre con el que vivir un intenso romance. En mi imaginación me daba igual cual fuera su religión.

Ahora todo aquello me parecía absurdo. A decir verdad, desde que empezó la guerra no me había parado a pensar en hombres ni en nada parecido. Los graves problemas que habíamos empezado a tener los hebreos habían sustituido aquellas pequeñas cosas que nos hacían ser felices. Ahora ya incluso no me hubiese importado casarme con el pretendiente que eligiese mi padre si aquello significaba volver a verlo de nuevo.

Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando vi como Lisiek doblaba de nuevo la esquina dirigiéndose a mí. Se acercó lentamente con las manos en la espalda como escondiendo algo mientras sonreía. Yo estaba un poco enfadada porque cuando había echado a correr de esa manera había tenido miedo de que llamara la atención de los soldados y le hicieran daño. Todo eso se me olvidó enseguida porque me enseñó enterrado en un puño lo que escondía. Parecía una flor y cuando se acercó pude comprobar que así era.

Tenía los pétalos blancos pero pude ver que se oscurecían, poco a poco, al llegar al centro. Su belleza contrastaba con las manos sucias de Lisiek. Él me la ofreció y yo la cogí.

-¿Dónde la has encontrado?- pregunté mirándola fascinada.

-Estaba escondida debajo de la nieve. Creo que ha sobrevivido todo el invierno allí.-

Hubo un silencio después de eso y, sin previo aviso, Lisiek me cogió la mano que tenía libre. Yo le miré y vi que sus ojos negros resplandecían como nunca.

-Tú y yo podríamos ser como Josef y Rebecca, podríamos casarnos también.-

Me quedé con la boca abierta unos segundos. A pesar de que me sentía bastante halagada no tarde mucho en volver a la realidad al entender el verdadero significado de aquellas palabras.

-Lisiek… Casarnos no tiene sentido. En un matrimonio tiene que haber amor,-dije yo muy confundida pero aparté la mirada para evitar que viese como me había sonrojado.

Él me apretó la mano con más fuerza y eso me obligó a tener que mirarlo de nuevo.

-Te quiero,- dijo con una seriedad que me dejó paralizada.

Él tragó saliva después de decirlo y me miro expectante.

No quise tomarme su declaración muy en serio porque era muy joven. Aun así, me sorprendió porque, en la forma de hacerlo, casi parecía un hombre. Le apreciaba mucho como amigo pero sabía que él no se refería a eso cuando me lo había dicho. Yo me quedé dubitativa sin saber que decir para no herirle y empecé por restarle importancia.

-Eres muy joven para saber eso…-

-No,- él me interrumpió.- Soy lo suficientemente mayor para saber lo que siento. Estar aquí me ha hecho madurar. Cuidare de ti hasta que todo esto acabe. Lo prometo. Te quiero. Ari Ohev Otach.-

Cuando lo dijo en hebreo puro con sus ojos llenos de sentimiento estuve a punto de cambiar de opinión. Pensé que quizás unirme a otra persona me haría sentir más seguridad y ya no estaría tan asustada. Lisiek era bueno, me respetaba y había prometido protegerme. ¿Qué más se podía pedir de otro ser humano en aquellos tiempos? Pero me di cuenta que si le decía que sí estaría traicionándome a mí misma. Solo estaría dejándome llevar por la desesperación que sentía y sabía muy bien que la desesperación no era la base sobre la que se debía formar un matrimonio.

Busqué las palabras idóneas de nuevo para convencerle. Después de un minuto pensando, él mismo entendió que no sabía cómo rechazarle.

Le vi bajar mucho la cabeza y ya no hubo ninguna conversación entre nosotros durante un rato. La situación se había vuelto violenta. Yo no quería que las cosas terminasen de esa manera así que me agaché un poco para intentar encontrar su mirada. Nunca hubiese pensado que encontraría sus ojos oscuros llenos de lágrimas porque jamás le había visto llorar antes a pesar de todas las cosas horribles que habíamos tenido que vivir.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?- dije sintiéndome muy culpable. –Lisiek, tú y yo siempre vamos a estar ayudándonos el uno al otro y eso nunca va a cambiar. Todo va a seguir como antes. Eso es lo importante…-

-Lo sé…- dijo él entre suspiros. –Pero yo nunca he conocido a una mujer tan buena y guapa como tú. Aunque seas mayor que yo, sería un marido que te protegería y te consolaría cuando estés triste… Sé que estando con migo no sufrirías tanto…-

Aquellas palabras me llenaron el corazón de calor y me sentí muy feliz de tener a alguien como él a mi lado. Le bese en la frente y le abracé.

-Lisiek, siempre estaremos juntos aunque no seamos una pareja. Puedes protegerme y consolarme. Yo lo hare contigo también. Lo prometo.- Le susurre al oído.

Él también prometió que haría lo mismo y, finalmente, nos separamos. Se despidió de mí fingiendo que no estaba afectado pero se le notaba que lo estaba un poco. Yo me quedé pensativa y preocupada por haberle hecho daño pero creía que había hecho lo mejor para ambos.

Al regresar a la villa, bajé al sótano y guardé en uno de los bolsillos de mi abrigo la flor. Para mí era un recuerdo especial. No solo porque significaba la primera declaración que recibía como mujer, sino también porque me recordaba el aprecio que sentía por Lisiek.

Aquel suceso me había reconfortado un poco. Estuve todo el día animada y ni siquiera cambie de actitud cuando Anya me informó de que tenía que preparar una gran cena porque vendrían muchos invitados. A pesar de mi debilidad y cansancio, pensé que podría cocinar todos los platos que me habían ordenado sin quedar exhausta.

Conseguí hacerlo pero, desgraciadamente, la noche duró más de lo que me esperaba. Las SS, que eran los invitados del Herr Kommandant, parecían estar pasándoselo muy bien y no tenían intención alguna de parar la fiesta. Les oía cantar canciones con voz ebria. Después alguien decía algo gracioso y reían golpeando con los puños encima de la mesa. Finalmente, algunos de ellos preguntaban si había algo más parar beber y Anya o yo teníamos que bajar a la bodega a por una botella más. Cuando pensábamos que se cansarían, empezaba el ciclo de nuevo.

Eran más de las doce. Todo mi ser deseaba poder tumbarse en la cama y dormir pero sabía que era imposible. Mi satisfacción por lo que me había ocurrido por la mañana había quedado un poco olvidada por el agotamiento y se terminó de disipar cuando empecé a sentir temor debido a que las SS habían encontrado un nuevo juego para beber. Consistía en decir algo en voz alta por lo que consideraran brindar. Empezaron brindando por la "Grossdeutschland", por "der Führer" y por "der Reichführer". Siguieron haciéndolo por la "Endsieg" y la derrota del comunismo. Cuando ya no encontraron nada más por lo que brindar, se dedicaron a hacerlo emitiendo consignas antisemitas. Después de oír como gritaban en voz alta "Die Juden sind Untermensch!", "Judenfrei Deutschland!" o "Ausrotten das Unzuverlässige Elementes!" acompañado del ruido característico de los vasos chocando unos contra otros, empecé a sentir miedo. Sabía que debía ignorarles pero no conseguí hacerlo. Por primera vez, deseé estar sorda también del otro oído para no tener que escucharles. Anya también estaba muy nerviosa porque se paseaba de un lado a otro de la cocina a pesar de que no tenía nada que hacer.

Nuestra turbación llegó al punto álgido cuando la puerta trasera se abrió bruscamente. Las dos nos volvimos asustadas y vimos como un soldado se adentraba con paso firme en la cocina. Sabía muy bien que solo había dos razones por las que un soldado entraría allí, la primera porque le habían encargado ejecutar a alguna de nosotras y la segunda porque tenía órdenes que darnos.

-¿Quién es Helen Hirsch?- preguntó con voz grave y autoritaria.

Me agarré las manos para que no me temblasen mientras daba un paso hacia adelante para indicarle que era yo. Él rebuscó en uno de los bolsillos de su uniforme y sacó un papel arrugado.

-Por orden del Haupsturmführer Goeth a partir de ahora tienes nuevas obligaciones…-

El soldado empezó a leerlas en voz alta. Algunas consistían en cosas que solía hacer Anya como servir las comidas y las cenas todos los días, además del desayuno. Otras que me llamaron la atención fueron arreglarle las manos al Herr Kommandant que era una cosa de la que ya estaba encargada Rebecca. Todas aquellas nuevas obligaciones me exigían estar en contacto directo con el Herr Kommandant que era lo que había estado evitando desesperadamente los últimos días. Sentí que se me caía el alma a los pies y fue como si aquel soldado hubiese venido a ejecutarme en realidad.

Cuando oí como se cerraba la puerta bruscamente y nos quedábamos de nuevo a solas, la cabeza me daba vueltas aunque solo un pensamiento ocupaba mi mente. ¿Cuántos días aguantaría viva? Yo tenía la capacidad de hacerle perder los nervios al Herr Kommandant con facilidad y él siempre reaccionaba muy violentamente cuando consideraba que las cosas que yo hacía estaban mal. Ahora que tenía que hacer todos aquellos trabajos directamente para él, pensé que terminaría matándome a golpes.

Cuando miré a Anya, me observaba bastante enfadada. Parecía que no le había agradado el hecho de que, a partir de ahora, yo tuviese más tareas que ella en la casa. Su expresión se suavizó un poco y supuse que era porque había visto la tristeza y el miedo en mis ojos.

Me volví y me puse a fregar como una autómata. Sentía una profunda desesperación e impotencia. Sabía que nada de lo que yo pudiese hacer me libraría del dolor. A pesar de que Herr Schindler me había asegurado que el Herr Kommandant no me mataría, yo había visto lo suficiente y con esas imágenes en mi cabeza me era imposible sentirme segura. Un pensamiento me invadió la mente sobre todos los demás. El pensamiento fue que llevaba mucho tiempo luchando por sobrevivir y que debía seguir luchando hasta el final. Al mismo tiempo me preguntaba a mi misma como había podido elegirme a mí para todos aquellos cometidos. A veces, comentaba que era una excelente sirvienta pero otras me insultaba diciendo que no valía para nada. El conflicto y los golpes siempre surgían. No me molesté en entender a aquel hombre porque sabía que me sería imposible hacerlo.

Oí un gemido lastimero detrás de mí. Era el perro del Herr Kommandant. Muchas veces venia a la cocina y me molestaba para que le diese los huesos que habían sobrado. Se llamaba Ralf y era un perro enorme mezcla de dálmata y dogo alemán. Me lamió la pierna pero yo le ignoré y continué fregando porque no estaba de humor, solo fingía estar concentrada en como el agua y el jabón caían sobre los platos mientras analizaba mentalmente mi penosa situación.

De pronto, sentí un empujón. El perro del Herr Kommandant se había puesto de pie apoyando las patas sobre mí y pesaba más que yo. Sentí que me caía hacia un lado pero alguien me sujetó.

-Fräulein Hirsch…- oí que decía una voz conocida.

El hombre que me sujetaba el brazo era Herr Schindler. El perro volvió de nuevo al suelo y yo me di la vuelta para mirarle.

-Gracias, Herr Direktor…- le susurré discretamente.

Él me sonrió mirándome amablemente con sus ojos verdes. Llevaba el pelo bien peinado y el traje impecable, nadie hubiese podido pensar que había estado bebiendo.

-¿Qué hace aquí?- le pregunté en un tono muy bajo. –No se arriesgue a que le vean…-

-Tranquila, están todos demasiado borrachos para andar hasta aquí. Nadie vendrá. Se lo aseguro,- dijo imitando mis susurros y riéndose jocosamente después. -Solo quería saber cómo estaba… Hacía tiempo que no me pasaba a verla.-

-Bien…- mentí yo después de pensármelo unos segundos.

Me aproximé a uno de los muebles de la cocina para separar los huesos de las sobras para dárselos al perro. Pensé que era una buena manera de evitar la mirada de Herr Schindler que aunque era agradable, era capaz de devolverme a la oscuridad de mi realidad.

-Sé muy bien que está muy lejos de estar bien,- dijo él. –Debe de cuidar su salud porque eso es lo más importante. Veo que está muy delgada. Si alguna vez necesita comida, yo puedo proporcionársela.-

-Gracias, pero si no como no es solamente por falta de comida…- comenté yo que vivir en un lugar donde ocurrían tantas cosas desagradables me había cerrado el estomago más de una vez.

-Pues debería obligarse a comer… ¿Está bien de salud?- me preguntó insistiendo con aquel tema de nuevo.

Yo contesté afirmativamente pero no sabía si estaba mintiendo o no. Lo cierto es que estaba sorda de un oído y eso era suficiente para que los nazis me consideraran "mal de salud".

Herr Schindler se acercó a donde yo estaba trabajando cabizbaja. Intentó encontrar mi mirada pero yo me resistí.

-Se que le ocurre algo. Quizás no quiera contármelo pero si quiere hacerlo, ya sabe que yo no diré nada.-

Esta vez sí que le mire tímidamente porque me sentía muy agradecida de que me hubiese escuchado cuando lo necesitaba. Busqué una respuesta que darle mientras él me miraba con sus ojos verdes y una sonrisa que no supe definir si era triste o agradable.

-Ya sabe que es muy difícil estar aquí,- dije yo que ya me había vuelto completamente hacia él.

-Escuche, mi querida Fräulein Helen Hirsch; a pesar de todo, esto es mejor que Majdanek o que Auschwitz. Si cuida usted su salud…-

-Pensé que no seria difícil cuidar mi salud en la cocina del Herr Kommandant. Cuando llegué aquí todos me envidiaban pero…-

Algo me impidió seguir hablando y negué con la cabeza.

-Ha dicho que estaba bien de salud. ¿Me ha mentido?- preguntó él visiblemente preocupado.

-Estoy sorda de un oído…-

No pude creer que lo hubiese dicho en voz alta. Él levantó un poco las cejas extrañado.

-¿No oye? ¿Tiene una infección en el oído?-

-No…- contesté yo con un hilo de voz.

Herr Schindler me miró durante varios segundos. Después cerró los ojos y suspiró fuertemente apartando la vista, comprendí que había averiguado lo que me había pasado.

-Se me hace difícil de creer que hay sitios peores que este porque, a veces, pienso que hasta Auschwitz seria mejor que estar aquí...- dije yo y sentí un dolor en el pecho.

-¿Como puede decir eso?- preguntó Herr Schindler y me miro fijamente casi con expresión de enfado.-No puede pensar eso. Usted tiene que vivir. Hay veces que …- Él se quedó callado de repente y después se puso a caminar nervioso de un lado a otro de la habitación.- Si hubiese alguna manera de sacarlos de aquí. A ti, a Stern, a Pfefferberg… A todos.-

Se quedó mirando al suelo pensativo. Tardó varios minutos en reaccionar y parecía como si tuviese un dilema interno. Después, se volvió bruscamente hacia mí.

-Bien… como ya le he dicho. Usted procure estar sana. Tenga fe. Le prometo que no permitiré que mueran todos sin hacer todo lo que este en mi mano.-

No supe si tomarme aquella promesa en serio pero sus ojos resplandecían mientras la hacia. Se despidió de mí con un beso en la mejilla y se fue de nuevo al comedor.