XI
"¡La ministra es portuguesa! Desde el tiempo de Enrique el Navegante la esfera armilar forma parte del escudo y la bandera de Portugal ¡Esa especie de bola hueca y como vendada...!"
Aquellos pensamientos angustiosos me acompañaban mientras vagaba por las inmediaciones del Muro Torto esperando el momento en que nadie no mágico mirara para poder introducirme por el punto correcto dentro del mundo estrictamente mágico romano.
"A alguien no le interesa... A alguien que no ha tenido reparos en cargarse a Agnes... ¡Y la Ministra de Magia está aquí!... "
Nerviosa, abrí el bolso y aferré la varita sin sacarla a la vista. Los transeúntes recorrían la zona con despreocupación, totalmente ajenos a la catástrofe que intuía que se cernía sobre todos nosotros tras aquel fragmento de muralla romana. Era un fluir constante que me desesperaba.
"¡Van a intentar algo!"
Por fin me decidí a pasar por la pared como una exhalación, como si fuera un fantasma. Y me lancé presurosa a recorrer el inmenso mundo que se extendía ante mí. Pero me di de bruces con un Auror.
- ¿Dónde está su pase? – Preguntó en un italiano que me resultó hostil.
- ¿Prego?
- Su pase. Sin pase no puede entrar.
- ¿Per qué?
- Porque hay una visita oficial. No tiene pase ¿Verdad? Pues haga el favor de desbloquear la entrada o me veré obligado a detenerla.- Y sin ningún miramiento extendió su mano de manera intimidatoria y me hizo retroceder… hasta que, desconcertada, me encontré de nuevo en la calle muggle.
Me habían echado. Por primera vez en mi vida, me habían expulsado de un lugar mágico. De mi sitio natural. Me produjo una sensación indescriptible, terriblemente deprimente a la par que desconcertante. Miré el muro atenazada por la impotencia. Hubiera aporreado la pared gritando que algo gordo se cernía, pero sólo habría conseguido que los muggles romanos me miraran como si estuviera chiflada. Miré a ambos lados de la calle sin saber qué hacer.
Y entonces la vi. Era Lucia, aquella enfermera enorme de la Gemelli que parecía que no libraba jamás. Era absolutamente inconfundible a pesar de no llevar su uniforme sanitario. Lo más sorprendente fue su expresión aliviada cuando me localizó con la vista. Aceleró el paso y se dirigió hasta donde yo estaba con mucha resolución.
- Bon giorno. No has podido entrar ¿Verdad? En realidad me lo suponía, en un día como hoy…
- Er…
- Ven por aquí.
- Pero...
Echó a andar muy resuelta conmigo detrás como un perrito balbuceando preguntas con una serie de palabras un poco inconexas. Por supuesto, no se molestó en contestar ninguna de ellas.
- Aquí es.- Dijo cuando llegó a un extremo del Muro donde unos contenedores de basura bastante repletos despedían un aroma hediondo.
- ¿Aquí? - No parecía el lugar más glamouroso ni encantado de toda aquella valla pétrea.
- Venga.
Me hizo un gesto con la mano para que la siguiera mientras, para mi completo estupor, desaparecía tras la pared. Caminé nerviosa detrás de ella desconcertada por todo lo que estaba pasando.
El otro lado del muro también me dejó con la boca abierta. Era un lugar oscuro, tanto que la luz del sol matinal del estío romano apenas sí traspasaba aquella extraña atmósfera. Por el olor hediondo me di cuenta de que, además, era un lugar muy sucio.
- ¡Venga! – Lucia me apremió.
- Es que no veo por dónde piso… - Debido a mi defecto ocular, tardaba más que la mayoría de las personas en adaptarme a entornos poco iluminados, aunque tuviera las gafas puestas.
- Dame la mano.
Me aferré a la mano fuerte y decidida de Lucia y empecé a caminar como una ciega guiada por un lazarillo. Pisaba algo blando y pastoso que mi mente quiso pensar que eran detritus. Aún así, me temía que era un pensamiento generoso y avancé con precaución.
Poco a poco mis ojos fueron adaptándose a la penumbra y pronto la más completa oscuridad se había convertido en una serie de sombras de formas extrañas. Y poco después pude comprobar que se movían. Eran seres animados. Cuando pude ver completamente bien, me di cuenta de que los habitantes estaban tan sucios o más que el lugar que habitaban, y además me lanzaban miradas sórdidas. Me estremecí. Aquello era un extraño callejón repleto de personajes que bien podían haber salido de una novela de terror de las buenas, incluso para mis estándares mágicos.
- Camina deprisa y no te quedes mirando.- Me susurró Lucia mientras me arrastraba tras de si a una velocidad de vértigo.
- ¡Pero...!
- Muestra determinación. Déjales claro que no les tienes miedo.
- Suponiendo que así sea…
- Solo son squibs... – Dijo Lucía con un suspiro.
- ¿Squibs? – pregunté con un hilo de voz mientras sentía un escalofrío al creer ver una rata enorme escurrirse tras un montón de basura. Si en algo era digna sucesora de mi madre y de mi abuela, era en mi profunda aversión a la mugre y a los bichos asociados a la misma.
- Eso es. Hemos entrado por la puerta de servicio, si quieres llamarlo así. Es su barrio...
- Pero... ¡Ah! - Chillé mientras de un salto esquivaba una mano huesuda y blancuzca, rematada en unas uñas largas, sucias y retorcidas que se habían lanzado amenazadoras hacia mi brazo desnudo. Lucia le soltó un manotazo y un grito horrísono surgió de entre las sombras mientras la mano desaparecía en la oscuridad. Ella siguió avanzando con más determinación si cabe a través de aquel submundo.
Yo, por mi parte, sentí mucha angustia y desolación. Conocía a pocos squibs, o NoMagos, como era la denominación tradicional que nosotros habíamos venido empleando durante siglos. Pero mi sociedad mágica era muchísimo más flexible con la gente que carecía de nuestras habilidades. De hecho, yo misma tenía antecedentes squibs a lo largo de mi extensísimo árbol genealógico, y aquello no era nada vergonzante ni deshonroso. En algunos países la situación para ellos era complicada, pero que yo supiera en ninguno llegaba a aquel extremo. Aquello me resultaba infinitamente desconcertante e ilógico.
- ¿Es…? ¿Es seguro…?
- Eres una bruja... un ser superior a sus ojos... te envidian... y a la vez te temen... te matarían… - Me estremecí al oír aquello.- Pero no temas, no pueden hacer nada frente a tus poderes... Sobre todo si tienes tu varita encima ¿No?
Estuve tentada de sacarla, pero una simple mirada de Lucia me hizo comprender que no sería la mejor de las opciones. Probablemente aquella gente lo hubiera tomado como una provocación. Y yo sabía muy bien que, por mucho que Lucia hubiera intentado darme confianza recordando lo que yo era, estaba en flagrante minoría. Si ellos se lanzaban en tromba contra mi, poco podría hacer, salvo, quizá, desaparecerme rápidamente.
- ¿Estás segura de que solamente hay squibs? Me ha parecido ver una arpía – Había vislumbrado entre las sombras una criatura extraña que hizo que mi instinto de supervivencia de bruja se disparara.
- Una estriga, tal vez…
- ¡Dios mío! Creí que estaban extinguidas.
- No aquí.
- No quiero pensar en las estrigas…- En realidad, ni en ellas ni en toda la colección de criaturas fantásticas greco latinas que una vez existieron y que a lo largo de los siglos habían poblado las historias y los mitos de la humanidad, fuera o no fuera mágica, con episodios terriblemente reales y a menudo terroríficos.
- Bueno. En realidad, aquí reside todo tipo de marginalidad...
- Ya me parecía demasiado grande para estar habitado solamente por Squibs. ¿Es que no se acaba nunca?
- Ya falta poco…
- ¿Y cómo es que no había nadie vigilando la entrada? – La imagen del malencarado auror se había hecho de repente muy vívida y real en mi mente.
- ¿Qué mago o bruja, por muy tenebroso que pudiera ser, crees que estaría dispuesto a meterse tan campante por esa entrada? – Dijo con cierta ironía.
Guardé silencio. Yo. Yo misma era la bruja temeraria que la había seguido tan campante y contra todo pronóstico se había adentrado por aquel sórdido callejón para perderse en aquel no menos sórdido lugar. Tragué saliva con dificultad.
- Pero... ¿Cómo...? – Musité aferrando mi varita muy fuerte a la vez que la empujaba hacia las profundidades de mi bolso. Quería pensar en otra cosa para evitar que el pánico se apoderara de mí.
- Como ¿Qué?
- ¿Cómo es que sabías de la existencia de ese paso…?
- ¿A estas alturas no lo has deducido? - Dijo con un tono tranquilo.- Soy una de ellos.
- ¿De veras eres una Squib? – En realidad, no necesitaba habérselo preguntado. Después de todo, era evidente que, por muy intimidante que podía llegar a ser en un hospital, no era ni una bruja ni una estriga.
- Me considero muy afortunada.- Dijo sin dejar de avanzar y sin volver la vista hacia mi.- Mis padres trabajan para il Comte Orsini. Yo he podido integrarme bien en el mundo no mágico... bien, por aquí llegaremos...- Y se lanzó por una calleja desierta a buen paso. Me esforcé para no tener que soltarla y que me dejara atrás. Tuve que correr.
- ¿Para el abuelo de Stefano? – Jadeé.
- Eso es. Mis padres son Guido y Vittoria.
- ¿Quiénes?
- ¿No te ha hablado Stefano del servicio?
- ¿Servicio?
- Mi padre es el mayordomo. Y mi madre el ama de llaves.
En otras circunstancias, creo que me habría dado un vuelco el corazón. ¿Así que aquel vallet de chambre era…?
- ¿Por qué trabajan para el Conde? Quiero decir, que no creo que sea frecuente ese tipo de ocupación entre los magos…
- Porque les gusta el trabajo. Pero en el fondo también es como una obligación moral.
- ¿Obligación moral?
Podía entender que unos magos encontraran satisfacción profesional trabajando para muggles. Cosas más raras se veían en mi país, como uno de mis compañeros de estudios mágicos que siempre deseó ser bombero y, llegado el momento, pensó que conocer unos cuantos hechizos no era suficiente para dejar su vocación olvidada en un cajón y ahora conducía una enorme motobomba roja y salía en calendarios benéficos de Navidad luciendo un torso que dejaba sin respiración. Pero lo de la obligación moral me desconcertó. Lucia pareció leer mi mente, aunque marchaba a paso veloz por delante de mí.
- Hace doscientos años una bruja destrozó la vida de los Orsini. No del Orsini de turno, no, sino de todos sus descendientes varones en línea directa. Mi abuelo era hijo de uno de los trabajadores de Lorenzo Orsini, el bisabuelo del dottore. Los demás lo miraban como si fuera un monstruo, los chicos se burlaban de él… salvo el Signore. El Signore se dio cuenta inmediatamente, aunque en la vida había visto un mago, lo protegió y pagó su educación. Mis padres cuidan de ellos desde que el Comte se casó. El dottore y la Signorina son como hijos para ellos, hermanos para mí. Ten en cuenta que durante dos siglos la Magia Italiana se ha desentendido de esa familia y de la maldición que sufren. Solo la Iglesia ha intentado hacer algo… pero infructuosamente. Son demasiado pocos los magos que siguen esa vocación…
De repente, Lucia se detuvo y se dio la vuelta colocándose frente a mí. Debido a su tamaño y a su aspecto pulcro, parecía un faro luminoso en medio de aquel lugar mugriento poblado de seres andrajosos.
- Por eso, cuando aparece alguien que no es italiano… no perdemos la esperanza.
Aquella declaración me dejó sin palabras. Comprendí que Lucia estuviera a todas horas cerca de Stefano en la clínica. Y de alguna manera algo me dijo que también era de agradecer que hubiera querido estar cerca de mí. Pero yo, débil y mágicamente corriente ¿Qué podría haber hecho por ellos, que grandes magos como mi propio abuelo no hubieran sido capaces de llevar a cabo? Me sentí miserable, depositaria de unas esperanzas vanas debido a mi propia incapacidad. Iba a decir algo, pero Lucia se dio la vuelta y repentinamente giró por un recodo que yo no había visto. La seguí veloz.
- Ya estamos. El Foro.
- ¿Foro? – Pregunté perpleja mientras mi vista se perdía por la plaza.
- Si. Sentimentalismo, si quieres. ¿No habías estado antes por aquí?
Contemplé la amplia extensión rodeada de edificios variopintos. A la luz del día y repleto de seguridad mágica costaba reconocer el lugar donde había cenado tan ricamente con mis abuelos dos noches atrás. Pero no me cabía duda. Era el Foro.
- Como en los tiempos clásicos... ¿Qué hay que hacer ahora? ¿Localizar a la Ministra de Magia? – Preguntó Lucia oteando entre la multitud. Había mucha gente, la mayoría contenidos por seguridad mágica de distintos grados. Precisamente, por aquella presencia policial su indiferencia habitual se había transformado en una incontenible curiosidad.
- No lo se muy bien... – Contesté desde mi posición en la retaguardia.
- ¿Venías sin una idea? – De repente, se dio la vuelta y me miró desde su impresionante envergadura. Su voz no ocultaba un deje de incredulidad.
- Pues... Eso creo. Tal vez… si pudiera encontrar a mi jefe…
- ¿Eduardo Callejón? Estará tras la línea de seguridad mágica… Me parece inalcanzable…
- Entonces tal vez debería telefonear a mi hermana…
- Habrán bloqueado las conexiones de telefonía móvil. Y si no lo han hecho, probablemente tampoco te sirva de mucho... normalmente funcionan de manera pésima…
Estiré el cuello para poder ver algo entre la multitud que se agolpaba, curiosa, pendiente de lo que pudiera ocurrir. A lo lejos vislumbré a la Ministra. Maria Joao Pinto era morena, menuda y rápida y, como siempre, se encontraba rodeada de funcionarios, en este caso tanto italianos como españoles. Pude identificar a Callejón detrás, muy cerca de ella. Fue una visión breve, pues enseguida desapareció dentro de un edificio de corte clásico que lucía una hermosa bandera italiana en la fachada. Lo reconocí enseguida. Era el Palazzo de la Gobernazione, el Ministerio de Magia de Italia. Estiré más el cuello intentando ver a pesar de una señora de edad avanzada que se plantó justo delante de mí, pero no conseguí otear nada más.
- ¡Ahg! – Gemí desolada. – Ha sido todo muy rápido.
- Claro, como suele ocurrir en estos casos. ¿Qué esperabas, que la tuvieran en exposición un buen rato? Y ahora ¿Qué hacemos?
Durante unos segundos me quedé pensativa mientras recuperaba el resuello, mi corazón volvía a latir a un ritmo normal y mis ideas empezaban a colocarse debidamente en mi cabeza.
- Perdona, Lucia. Te agradezco muchísimo que me hayas ayudado a entrar en el Muro. Pero realmente… ¿qué haces tú aquí? – Comprendí al instante que había sido un tanto brusca, pero de repente la razón por la que estaba allí había pasado a un segundo plano dejando que se convirtiera en una necesidad perentoria la posesión de aquella información.
Lucia enarcó una ceja mientras me miraba de arriba abajo.
- Creí que ya te lo habías figurado. Te había catalogado como una bruja inteligente…
Ahora fui yo la que elevó ambas cejas sorprendida.
- ¿Cómo dices?
- Bueno. Más o menos me había informado. Incluso te diré que hace tiempo leí tus libros… podría decirse que soy un poco fan…
- ¿Me has ayudado para pedirme que te firme un libro?
- ¡Oh! ¡Claro que no! – Exclamó con una carcajada.- Perdona, ha parecido otra cosa… En realidad, te he estado observando.
- ¡Qué!
- Pues eso. Observando. En todo momento en la clínica… y después cuando saliste de ella…
- ¿Eres de algún tipo de seguridad mágica italiana o algo así? – pregunté recelosa, mientras mi mano apretaba instintivamente mi varita y daba un paso atrás.
- No. No existen esos cuerpos raros y secretos con los que algunos especulan. Eso es para los fans de la teoría conspiratoria… - dijo en tono jovial, intentando recuperar el tono de confianza que hasta entonces había mantenido nuestra conversación.- En realidad, creo que de alguna manera ya te contesté mientras recorríamos el Marginal.
- Supongo que así es como se llama ese barrio tan pintoresco que hemos visitado…
- Ajá. Te dije que mi familia está muy agradecida a los Orsini. Y que consideramos que abandonarlos a su suerte fue una tremenda injusticia por parte de la Magia Italiana.
- ¿Entonces?
- Hace años, el Vaticano contactó con un experto para pedirle que estudiara la maldición. El hechicero, muy generosamente, vino hasta Milán. Pero la Magia Oficial Italiana se enteró, consideró su intervención como una intromisión en un asunto que concernía exclusivamente a muggles y confundió tanto a la bruja interlocutora como al mago. Mis padres, afectados por el hechizo, fueron incapaces de avisarle, y él por su parte no pudo hacer nada, simplemente porque confundió la maldición con otra cosa.
- ¡Oh, no!
- Si. Sabes esta parte de la historia ¿verdad? Sabes que fue tu abuelo Carlos Pizarro quién acudió a la llamada…
- Pero… no termino de comprender qué ganaban confundiéndolo…
- Es una interpretación extrema de la filosofía del Estatuto del Secreto.
- ¡Eso es absurdo!
- Pero real. Muy real. Al menos, en este país. Fue una grata sorpresa que te enviaran a Italia.
- Pero… ¿Qué puedo hacer yo? yo soy una bruja normal y corriente… Jamás he lidiado con algo más oscuro que un Chupacabras.
Agnes me miró con una expresión que denotaba cierta sorpresa.
- Puedes contarle la verdad a tu abuelo.
Me quedé en silencio unos instantes. No sabía qué decir.
- Lo haré… - dije al fin.
- Sé que lo harás. Tienes la misma compasión. Debe ser cosa de familia…
- ¿Compasión?
- La de tu abuela. Ella también vino, de acompañante. Fue muy compasiva intentándolo por su cuenta. La verdad es que ella ha sido la única de fuera de la familia que…
- ¡Aquel brujo!– Lucia no pudo terminar lo que estaba diciendo porque yo había visto a un tipo peinado y vestido exactamente igual que aquel que se había colado en nuestro aparta – hotel. Avancé unos cuantos pasos sin perderle de vista. Tenía algo feroz en su forma de moverse entre la multitud de curiosos y seguridad, como uno de aquellos enormes felinos que salían a mediodía en los documentales de la televisión.
De repente me di cuenta de que Lucía ya no estaba junto a mí. Había salido corriendo detrás del individuo y se adentraba en la masa de gente dando codazos a diestro y siniestro. Y yo la seguí resuelta.
Ninguna de las dos percibió que una extraña criatura, ni totalmente humana ni totalmente animal, alzaba la cabeza e inspiraba el aire, como si olfateara una presa, antes de escurrirse entre la multitud. Tras ella, una sombra que nos había venido siguiendo salió de los límites del Marginal y también corrió en pos nuestro.
Al principio, el sujeto se adentraba entre la masa hacia la puerta del Palazzo de la Governazione, donde se había metido la Ministra y todo su séquito. Parecía que intentaba acercarse lo más posible hasta hacerse con una posición privilegiada. Pero ¿para qué? Sentí la carne de gallina pidiendo paso en todas las células de mi piel. Lucia avanzaba trabajosamente, hasta que un miembro de la seguridad le bloqueó el paso.
- ¡Detengan a ese brujo! – Bramó en italiano. Las personas que estaban a su alrededor empezaron a murmuran cosas inconexas. Lucia siguió chillando. Observé cómo el guarda la amenazaba con algo que parecía un encantamiento silenciador. Y entonces giré la cabeza buscando al brujo y lo ví desaparecer por una esquina. Corrí tras él dejando a Lucia forcejear con el guarda.
El brujo corría y corría, cada vez más deprisa, consciente de que había sido descubierto. Le seguí por aquellas callejas abigarradas, mezcolanza de elementos arquitectónicos y decorativos de todas las épocas. Hubo un momento en que se detuvo, indeciso, y se giró con brusquedad. Me agaché a tiempo quedando oculta tras una estatua de alguien que se parecía terriblemente a Lucrecia Borgia. El individuo lucía también una perilla negra, pero el brillo de sus ojos denotaba una inteligencia y una mente mucho más despiertas que las del intruso con el que nos habíamos encontrado dos días atrás. Tras unos instantes, giró con agilidad y volvió a emprender la huída. Salí de mi escondite nerviosa y preocupada. ¿Habría notado algo que le hubiera hecho pensar que le seguían? Con más cautela, seguí persiguiéndolo hasta que giró por un callejón. Me asomé cuidadosamente primero, después sin ningún disimulo. Finalmente, muy decepcionada me rendí a la evidencia.
El brujo había desaparecido. Respiré jadeante unos instantes, antes de echar andar por el callejón. Resultó no tener salida. Me giré para salir de allí, bastante defraudada. Y entonces, para mi sorpresa allí estaba, cerrándome el paso.
El tipo me lanzó una sonrisa torcida y susurró algo. Alcé mi varita nerviosa.
- Stupefy – Murmuré temblorosa.
Mi hechizo impactó en una estatua de un hechicero bastante estrafalario que hasta ese momento había permanecido completamente tapada detrás de mi oponente y le pulverizó la cabeza con gran estrépito. Cuando se levantó la polvareda, ahí no había nadie.
Segundos después, horrorizada, constaté que una risa sarcástica procedente de algún lugar a la derecha de la estatua decapitada se hacía oír cada vez más potente. Aquel sonido tenebroso me hizo girarme bruscamente. El tipo sostenía con indolencia su varita mientras me miraba como un niño que contempla a una mosca atrapada en una telaraña. Sus ojos centelleaban. Un gruñido sordo borboteó de su garganta.
- ¡Expulso! - Con el corazón desbocado, formulé el primer hechizo que me vino a la mente, uno que en teoría lo tendría que mandar fuera del callejón. Para mi estupor, el hechizo le traspasó por el centro… y se desvaneció. Volví a escuchar la risa, esta vez desde mi izquierda. Y comprendí. Había utilizado un hechizo de duplicación de la imagen, un gemino o algo similar.
- ¡Flagrante! – Desesperada, lancé un hechizo incendiario contra lo que fuera, una imagen o la realidad. El hechizo duplicador era realmente bueno. Por supuesto, de nuevo se trataba de otra imagen. Ahora había hecho volar unos cubos de basura metálicos. Recibí una ducha de detritus mientras la desesperanza y el horror crecían en mi pecho. Nunca fui buena para los duelos. ¿Cómo era posible que nadie oyera el escándalo?
El tipo se reía a carcajadas mientras yo sudaba copiosamente y respiraba con trabajo. Fue entonces cuando levantó su varita…
- Sectumsempra.- Fue tan sólo un leve rumor salido de sus labios.
- ¡Protego!
Mi hechizo fue débil, pero suficiente para repeler su maleficio. La fuerza de ambas magias colisionando me empujó hacia atrás con violencia y trastabillé. Me torcí un tobillo. Fui capaz de contener un grito de dolor y traté de apoyar el pie costase lo que costase. Había oído o quizás leído alguna vez que un esguince no duele si está caliente la articulación. Apoyé el pie con fuerza y determinación.
- Látigo.
Con un fuerte chasquido, un haz de luz roja de unos cinco metros salió de su varita. Instintivamente, retrocedí hasta chocar con la pared. La punta del hechizo, luminoso y serpenteante, casi me rozó la nariz mientras mi tobillo amenazaba con dejar de sostener mi cuerpo.
Entonces el brujo sacudió la mano como si tuviera un látigo. En realidad, lo tenía, aunque era mágico. El haz del hechizo se me envolvió en los tobillos y me los apretó uno contra otro. Tiró del hechizo y me impulsó hacia delante. Sentí el látigo mágico hendirse en mi carne y el tobillo crujir. Ahora estaba roto. No me cupo la menor duda.
Impacté contra el pavimento como un muñeco arrojado por un niño al suelo. Me golpeé la frente contra los adoquines y un calor doloroso y húmedo me corrió hasta el ojo izquierdo. Me había hecho una brecha en la ceja y estaba sangrando. El brujo no se había movido ni un centímetro del lugar en el que se encontraba, ni había alterado ni un ápice su sonrisa burlona. Solo sus ojos se habían vuelto aún más fríos y llenos de odio. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Iba a morir. En aquel lugar que podría considerarse los arrabales del mundo mágico romano, donde hasta era posible que nadie encontrara mi cadáver, perecería con más pena que gloria, sin haber podido avisar al mundo mágico de la amenaza que había descubierto.
Borracho de ira, el mago volvió a agitar el látigo mágico. Alcé la mano pero fue en vano. Con otro ardor terrible en los dedos contemplé cómo destruía mi varita. Intenté levantarme, pero también resultó imposible. Mi tobillo ya no podía sostenerme.
- Látigo.- Volvió a murmurar antes de sacudir su varita y el haz luminoso del hechizo se hizo más largo y la punta se bifurcó en dos ramas. Volvió a hacerlo restallar y a continuación sentí un ardor terrible en el costado y después una sensación opresiva, como si mis costillas fueran a quebrarse. Me retorcí en el suelo y empecé a rezar para que aquello acabara pronto. Estaba a punto de suplicarle cuando lo ví. Estaba tras el mago. Era patético. Patético y dramático.
Stefano se acercaba sigilosamente mientras le apuntaba con lo que inmediatamente reconocí como una de las varillas del respaldo de aquella silla decimonónica que había en el recibidor del aparta-hotel. Jadeé mientras la certeza de que era imposible que semejante truco le diera resultado invadía mi mente. Ahora no iba a morir yo sola. Íbamos a morir los dos.
- No se te ocurra hacerle nada… - Dijo a media voz mientras le clavaba la punta de la varilla en el costillar.
- Un muggle. Un miserable muggle. – Dijo el brujo sin volverse. Yo cerré los ojos desolada. Por supuesto que no había colado. No sabía si me atrevería a mirar cómo lo mataba. Escuché un chasquido y sentí que algo grande y pesado caía junto a mí. Temerosa, abrí los ojos. Stefano estaba tendido a mi lado.
- Látigo - Volvió a conjurar el brujo y sacudió la mano. Stefano rodó a un lado y el maleficio no lo alcanzó por cuestión de centímetros. Se incorporó a toda prisa y con una temeridad pasmosa se lanzó contra él. Pero el mago era muy rápido y volvió a agitar el látigo mágico.
Stefano no pudo hacer nada contra el haz luminoso que inmovilizó sus brazos dejándolos pegados a su cuerpo y después lo impulsó contra el muro. Se golpeó la cabeza y gimió. Yo no pude ahogar un grito cuando lo ví volver a caer en el suelo, esta vez como un fardo, herido igual que yo.
Estaba cercada, privada de mi varita y con el tobillo derecho roto. Detrás de mi, semiconsciente, Stefano gemía mientras sangraba profusamente por la parte trasera de la cabeza. El tipo me miró con una sonrisa torcida y levantó su varita. Stefano emitió una especie de aullido y, tambaleante, volvió a levantarse con muchísima dificultad. El brujo le observó impasible.
Entonces ocurrió algo extraño. Una criatura surgió de las sombras y se abalanzó contra él. Era mitad humana mitad lobuna, pero no podía ser calificada de hombre-lobo. La criatura tenía brazos y piernas largos, y las partes que asomaban de sus andrajosos harapos eran bastante peludas. El rostro era humano, con la nariz alargada y con los orificios anchos. Y tenía una dentadura afilada y muy blanca. La criatura rugió mientras el mago soltaba una carcajada. Aquella risa pareció enfurecerla, y se abalanzó de un salto contra él.
- Domus.- Dijo el mago con tranquilidad. Y la criatura cayó a un lado aullando como un perrillo al que le han pisado la cola. Sentí algo parecido a la compasión cuando, encogida, retrocedió hasta situarse delante de mí. Con sorpresa, pensé en un squib-lobo. Era un tipo de mordedura maldita que mataba al muggle, pero no tenía idea de cuáles podrían ser los efectos en alguien que tuviera antecedentes mágicos. El brujo habló.
- Primero, la bruja traidora. Y después, el animal. Por último, la escoria – Murmuró con una voz profunda que parecía salir directamente de su tráquea sin pasar por su boca. Me miró de frente, con aquella mirada depredadora. Le ví abrir la boca y pronunciar la primera letra del hechizo, la siguiente sílaba… y después el resto.
- Avada Kedavra.
… Y entonces fue como si el tiempo se hubiera ralentizado y todo ocurriera a cámara lenta…
Primero fue la onda expansiva de una aparición justamente delante de mi. Después, la barrera humana que se interponía entre mi atacante y nosotros dos y la criatura recibió de pleno el fogonazo. Una luz brillante y potente, verde como la más pura de las esmeraldas, impactó en mi protección y se clavó en mis retinas para siempre. Durante unos instantes se hizo el silencio mientras todas las células de mi cuerpo negaban a voz en grito la evidencia de lo que había ocurrido.
Después, el pandemónium de los gritos y los hechizos pronunciados por muchas voces, algunas muy conocidas, me devolvió dolorosamente a la realidad. A la cruda realidad. Que fueran voces familiares no me alivió en absoluto. El brujo fue reducido ante mis indiferentes ojos por una de mis tías, creo que mi madrina, aunque no puedo recordarlo bien. Tampoco me importaba mucho. Repté como pude hasta donde estaba mi madre. En el suelo, de rodillas, lloraba mientras de pie, mi tío Jaime murmuraba, una y otra vez, "mamá...mamá...". Caí de rodillas junto a ella y nos abrazamos.
Mi abuela Sara tenía los ojos abiertos y una expresión serena. Todavía asía su varita, aunque sus dedos, lentamente, empezaron a aflojarse. Había mirado de frente a la muerte, probablemente porque nunca le tuvo miedo. Se había interpuesto en el camino de una maldición letal cuya destinataria era yo. Había dado su vida por mí.
Fue como si una mano invisible se metiera dentro de mi pecho y estrujara mi corazón hasta romperlo en mil pedazos que se desperdigaron por el suelo. No fui consciente de cuándo fueron llegando hasta allí mis tías, ni de cuando apareció mi abuelo, se agachó junto a ella y murmuró, en el mismo tono de voz que su hijo, unos tenues "Sara... Sara...". No tengo idea de cuándo fue que nos levantaron de allí, todavía abrazadas y con los ojos nublados por las lágrimas. Mi madre hundió su cabeza en el pecho de mi padre, que la abrazó protectoramente. Mi abuelo Santiago me tomó a mi, y me murmuró:
- Ma filla... non llores... ma filla...
Meses después caí en la cuenta de que había hecho algo extraordinario. Me había hablado en gallego. En un suave y envolvente gallego que acariciaba lo más recóndito del alma. Jamás le había oído hasta entonces hablar en aquella lengua de su infancia.
Cuando fui capaz de abrir los ojos, ví acercarse a un hombre y una mujer. El cojeaba y llevaba un aparatoso vendaje en la cabeza, mientras ella intentaba en vano comprobar que estaba bien. Stefano dejó atrás a Lucia y se acercó a mí. Cuando estuvo a mi lado extendió una de sus manos hasta tocar suavemente mi brazo. Tan solo se atrevió a rozarme con sus largos dedos, que permanecieron ahí durante mucho tiempo. Podría haberme asido con fuerza hasta hacerme daño y el resultado hubiera sido el mismo, porque me había vuelto insensible. El dolor me había convertido en alguien incapaz de sentir otra cosa que no fuera una pena lacerante, imposibilitada de ver otra cosa que no fuera el abismo ni de desear otra cosa que hundirme para siempre en él.
