Parte II : Secuelas de la última broma

(Advertencia: violencia)

Capítulo 11: Frío desquiciado

"I said, hey, girl with one eye

Get your filthy fingers out of my pie

I said, hey, girl with one eye

I'll cut your little heart out 'cause you made me cry

I slipped my hand under her skirt

I said don't worry, it's not gonna hurt

Oh, my reputation's kinda clouded with dirt

That's why you sleep with one eye open

But that's the price you pay".

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No podía abrir los ojos, y eso la asustó.

Pero le aterraba aún más el sinfín de escenas que podría presenciar una vez que sus párpados se separen.

¿Porqué estaba durmiendo? Ella tenía una cosa que hacer... no recordaba qué con exactitud, pero sabía que no tenía tiempo para perder. Una vez más, intentó afrontar el miedo de la oscuridad que consumía sus ojos, pero eso sólo sirvió para presionarlos aún más. Quiso mover sus manos, y logró un flácido temblequeo entre sus dedos.

Su cuerpo estaba en un estado insensible y completamente adormilado, al igual que su memoria. Sus pensamientos, normalmente rápidos como un látigo, se encontraban entorpecidos e intentando abrirse paso entre las tinieblas que consumían su mente.

A medida que los segundos pasaban, el entorpecimiento cesaba. Sintió las puntas de los dedos, así como el punzante dolor de su cabeza. Había algo pegajoso en su sien, se deslizaba por su rostro, pesado y con un ligero olor metálico.

El pánico la consumió al notar el grueso elemento que rodeaba sus piernas y sus brazos, tan apretado que lastimaba su carne.

Quiso gritar, pero su boca estaba reseca y algo aprisionaba sus labios.

Las personas nunca se dan cuenta de que siempre se puede caer más. El fondo no existe; los abismos son infinitos, sólo intentamos no perdernos en la profundidad de esos abismos, nos mantenemos flotando, incluso subiendo hacia arriba, hacia la luz del Sol. Pero, comprendió, ella estaba cayendo en picada, demasiado perdida como para ser rescatada. Ningún rayo de luz acariciaría su cuerpo; estaba muy lejos, tan lejos.

Aguarda, ¿Qué es ese sonido?

Sólo lo escuchó por un instante. Unos pasos, el susurro rasposo del viento cuando alguien atraviesa el lugar rápidamente.

¿Qué es esa sensación?

Frío. Absoluto frío petrificante que le calaba hasta los huesos y los rompía; que entorpecía aún más sus lentas funciones cognitivas.

Abrió los ojos, impulsada por la curiosidad y su hambre de respuestas que, de todas formas, no podría comprender. Al menos no en ese momento.

Abrió los ojos, y deseó jamás haberlo hecho.

Caía en picada, no hacia el fondo de un abismo que no existía; sino a la materialización real y terrible de sus peores pesadillas, de sus más oscuros recuerdos.

Estaba flotando dentro de un iris gris.

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Era un lugar demasiado amplio para ser considerado un simple ático. Más bien, era un salón rectangular, iluminado sólo por una lámpara, aunque había tres de éstas en cada esquina de la habitación. Las paredes, pintadas de un color que podría ser negro o rojo —el cual era indistinguible a causa de la pobre iluminación del lugar—, estaban atestadas de fotografías antiguas, recortes de periódicos y cuadros ensombrecidos; todas menos una, la cual poseía un imponente ventanal oculto tras los pliegues de una cortina. Los dos elementos destacables en el centro de esa inmensidad, eran el sofá plantado junto a la lámpara, en el cual yacía una mujer adormilada. Y, obstruyendo convenientemente la única salida, un hombre sentado sobre una silla mecedora de madera, la cual producía un chillido que llenaba toda la habitación al balancearse.

El hombre vestía sobre su cabeza un sobrio sombrero oscuro que parecía unificarse con su cabello negro. El débil resplandor rojo del fuego de su cigarro alumbraba sus facciones filosas y pálidas, sus ojos gélidos y una sonrisa delgada que formaba una arruga en lo alto de su mejilla derecha.

Él le dio la última calada a su cigarrillo, para luego aplastarlo en la alfombra. Saltó fuera de la silla con un movimiento ágil y gatuno, moviendo su cuerpo alto y delgado graciosamente hasta quedar frente a la confundida mujer.

—Es bueno verte después de tanto tiempo, Farrah —saludó, esbozando una sonrisa aún más grande y cargada de verdadera felicidad— ¿Cómo has estado? —preguntó, alargando la mano en un ademán de caricia. El grito ahogado de Amy lo alejó. Dio un suspiro derrotado: sería mucho más complicado de lo que creía.

Ignorando los movimientos bruscos de su cautiva, desanudó las cuerdas que aprisionaban sus manos, y aseguró aún más las de sus piernas; que la unían al sofá, e incluso al suelo. Vio de soslayo como ella amagaba un golpe, parecía reconsiderar sus acciones y se hacía un ovillo en el sofá. Los ojos de Amy se movieron frenéticamente por la habitación, absorbiendo hasta el más mínimo detalle.

—Dormiste por más tiempo del que tenía planeado —volvió a hablar el hombre, devuelta en su silla y mirando a Amy con tranquilidad—. Le dije a ese idiota de Eastcott que no abuse de los somníferos... ¿y qué es ese golpe en tu cabeza? Oh, es un imbécil —aguardó por una respuesta.

Finalmente, llegó; pero no de la forma que esperaba.

—¿Tú...? ¿Qué es esto, qué estás haciéndome? —balbuceó Amy, deseando estar dentro de otra de sus pesadillas. Esperando despertarse con un temblor en el suelo de su habitación.

Simplemente, eso no podría estar pasándole... otra vez. Levantó los ojos con reticencia. Sintió ganas de vomitar en cuanto lo confirmó: los años habían hecho mella en él, pero sus ojos seguían siendo jóvenes, y aún poseían el mismo tono de gris que observó aquella noche sobre un puente.

—¿Quién eres? —siseó, contorsionando su rostro en una mueca de dolor y con los dientes presionados.

El hombre arqueó las cejas, sorprendido.

—Ya sabes quién soy, Farrah —susurró. Nadie dijo nada por un momento.

Amy convivió con la sensación de náuseas, mientras sus ojos se perdían en las ataduras de sus piernas. No existía manera de salir de ese lugar disimuladamente.

El rechinido de la mecedora comenzó a llenar el ambiente; Amy no quiso levantar los ojos. El frío era potente, tanto como el miedo. Estiró más abajo el dobladillo de su vestido negro, y escuchó una risilla procedente de él. Una oleada de lágrimas subió por su garganta y afloraron en sus ojos, pero no se permitió derramarlas. Necesitaba ser fuerte. No sabía cómo lo lograría, pero debía intentarlo.

Era eso, o morir.

—Llevas dormida tres días —observó el hombre, los ojos de Amy saltaron—. Te removiste demasiado entre sueños, también... ¿Tú tienes pesadillas? —preguntó con genuina curiosidad.

Amy mantuvo la mirada clavada en sus manos.

—Me estás haciendo enfadar Farrah, y realmente no me agrada estar enfadado. ¿Puedes responder mi pregunta? —la instó, doblando sus piernas en la pose que asumiría alguien que está a punto de disfrutar una placentera historia.

Amy cerró los ojos por unos segundos, antes de erguir la espalda y mirar por primera vez el rostro de su pesadilla.

—Sueño con gente que me hace daño —murmuró al fin, desplegando oleadas de odio con cada respiración.

Él arqueó las cejas y asintió un par de veces, como si estuviera hablando del clima con un viejo amigo.

—Las mías son diferentes —comentó—, yo soy el que hace daño.

Amy sintió deseos de gritar. El arriesgado impulso de atacarlo de todas las formas posibles la consumía. Jamás había deseado la muerte de alguien, excepto la de ella misma; pero ahora se encontró queriendo más que nada en el mundo que ese sujeto desapareciera para siempre. Quería extirparlo de su memoria, y de la memoria del mundo; quería paz.

Pero el miedo volvió a vencer. Y la perspectiva de ser sólo tocada por ese hombre, podía provocarle un ataque cardíaco. Entonces se hizo un ovillo nuevamente, ignorando el frío, la sensación de suciedad, sus músculos doloridos. Tenía sed y su hambre era atroz. No quería pensar en los planes de él; en lugar de eso, guardó la débil esperanza de que la estuvieran buscando. ¿Alguien la extrañaría?

Tres días era bastante tiempo.

Quizás sus amigos se habían dado por vencidos con ella; quizás ni siquiera notaron su ausencia.

Quizás la odiaban.

—Me disculpo por lo desordenado de la situación, pero no encontraba la forma de lograr que cooperaras —la súbita voz del hombre la sacó de sus pensamientos. La impunidad con la que se manejaba le dio asco—... ¿Sabes que te amo, verdad? —preguntó, con una nota de preocupación en sus palabras.

Amy sintió que le arrebataban otra primera vez.

Había imaginado, más veces de las que se considerarían sanas, cómo sería el momento en el que alguien le confiese su amor. Desde que conoció a Sheldon, sus ensueños empezaron a tener rostro y voz; se imaginaba una cita, comían espaguetis con salchichas y Sheldon se lo confesaba como si no fuese nada importante; aunque lo sería todo. Luego se contendría para no bailar por la sala y besar a Sheldon tantas veces como sean posibles... pero ya no tenía nada de eso. Todas sus fantasías fueron, una vez más, sobrepasadas por el peso de la realidad; él le había arrebatado su primera demostración de amor, y su primer te amo. No importaba lo que sucediera después, eso jamás podría desaparecer u olvidarse. Incluso aunque su declaración no sea real.

Y de repente, el amor sólo se sentía como algo enfermo y repugnante.

Sin embargo, la mente analítica de Amy comenzó a trabajar a toda máquina, de un modo increíble para la situación que estaba viviendo. Sopesó sus opciones: entrar en pánico, luchar, gritar y correr... cosa que no sería nada útil, aunque quería hacerlo con cada fibra de su cuerpo. O bien, podía esperar tranquilamente. No podía permitirse entrar en pánico, sabía de lo que era capaz ese hombre, y su calma sólo la aterraba más.

Ninguna opción sonaba bien. Sólo quería saltar por la ventana.

Aún así, la lógica invadió su cerebro una vez más: tres días fuera, era obvio que deberían estarla buscando; eso esperaba, al menos. Esperaría.

Esperaría con la cabeza en alto y sin hablar. Y seguiría esperando que todo, absolutamente todo, fuese un sueño.

. . .

Había observado en tres ocasiones, una rendija de luz filtrarse entre la pesada cortina, moverse lentamente por la habitación y luego apagarse. Tres veces. Ese ridículo haz de luz marcó el paso del tiempo, y también lo hicieron sus horarios de sueño, el hecho de que al despertar el hombre vestía de un modo diferente.

Él jamás abandonaba el lugar hasta que ella se dormía. Le daba manzanas verdes que Amy había comido a regañadientes, y agua que bebió rápidamente. Podría matar por una ducha caliente, por una pastilla para dormir sin soñar; que le provoque un sueño de diez años seguidos, y al despertar, todo habrá desaparecido.

Pero no podía perderse en sus fantasías, en sus sueños de libertad; porque la realidad allí estaba, meciéndose en su silla y mirándola con esos extraños ojos grises.

Él no había intentado tocarla, y Amy le agradeció a cada una de las deidades en las que no creía, que haya sido así. De hecho, apenas hablaba. Sólo la observaba.

Amy se preguntó si ése era su plan: mantenerla estática en el sofá, atada e inmóvil, para poder observarla cuando a él le placiera.

Pero no lo lograría. Confiaba en que la estarían buscando por cielo y tierra. Sólo debía aguantar... sólo un poco más.

—¿Conoces la historia de Erzsébet Báthory?... aquella hermosa condesa con un gusto particular hacia la sangre, la juventud, y la belleza. Padecía de fuertes jaquecas que la dejaban postrada en su lecho durante días. En medio de los delirios que le provocaba el dolor, mandaba a buscar a sus más jóvenes sirvientas; les mordía los hombros y pechos, masticando los pedazos de carne que sus dientes lograban arrancar. Sorprendentemente, los alaridos de las muchachas lograban calmarla. Quizá, yo soy un poco como ella ¿no lo crees? Una persona que acarrea un deseo irrefrenable, y al saciarlo, se transforma en una bestia. Pero tú no crees que yo sea un monstruo ¿verdad?

Solía hacer eso: hablar repentinamente, hacer preguntas obvias, y compararse con personajes macabros.

—Realmente, no entiendo porqué estás siendo tan difícil —dijo, después de aceptar el silencio de Amy resignadamente. Aguardó un instante y luego sonrió—... Puedo sentir cómo te haces trizas por dentro. Se escucha el sonido de cristales rotos, como la vajilla fina de mi madre que solía destrozar. El sonido más melodioso de la tierra.

Amy levantó la cabeza enmarañada. Su rostro cadavérico y pálido era el fiel reflejo de su cansancio, tanto físico como psicológico.

—¡¿Qué quieres de mí?! —gritó, su garganta ardió ante la súbita explosión de sus palabras— Tomaste todo, absolutamente todo lo que tenía. Destruiste mi vida... destruiste mi mente, destruiste mi cuerpo. Ya no queda nada, no tienes nada más que tomar; lo has roto todo —a medida que hablaba, su cuerpo se enderezó y sus ojos barrieron el contorno del hombre una vez más. Mirarlo directamente, era demasiado.

—Aún puedo tomar tu amor, tonta —respondió él, dejando escapar una risilla débil—. ¿No lo entiendes? Yo puedo darte todo lo que desees, cualquier cosa. Serías mi reina, Farrah; nos amaríamos por siempre. ¡Escaparíamos! Lejos de todo el mundo, lejos de los armarios —Amy dejó escapar un gemido de sorpresa ¿cómo lo sabía?—, lejos de las reglas, lejos de la estupidez humana. Las personas jamás podrán entendernos, somos diferentes. Somos demasiado sensibles para vivir en un mundo con tanta basura, plagado de malditas ratas cobardes que sólo tienen miedo; yo no tengo miedo Farrah, ¿lo tienes tú?

—¡Estás tan enfermo! —el grito fue visceral. Nacido desde las profundas entrañas del odio que albergaba Amy en su ser. Retumbó en la habitación, el rechinido la silla cesó y el hombre frunció el ceño.

El silencio era incomodo, aplastante, ensordecedor.

Ella sólo podía escuchar la sangre latiendo contra sus oídos y su pulso corriendo frenéticamente mientras observaba, impotente, como él se paraba y caminaba lejos de la silla... lejos de su trono; se acercó al sofá con las manos en los bolsillos de su pantalón y mirando a su alrededor despreocupadamente. Después de un segundo de suspenso que pareció una eternidad, él habló:

—Llegarás a creerme, más adelante, con el correr de los días. Hubo un tiempo en el que yo era como tú... solía temer de mí mismo. Era un idiota, un completo idiota. Debes olvidar el pasado y abrazar el futuro que podemos construir juntos.

El estiró su mano, queriendo tocarla. Al observar el terror en los ojos de Amy, retrocedió.

—Para olvidar el pasado es necesario que te confiese algo —siguió más animadamente—, espero que esto no construya un muro de hielo entre nosotros, recuerda que te amo... pero te engañé. Sí, fue tu culpa Farrah. Has estado saliendo con el idiota de Cooper por demasiado tiempo. ¿Piensas que iba a quedarme de brazos cruzados? De todas formas, ellas no significaron nada. Lo juro. Por favor, no hagas una escena. Eres muy inteligente para hacer eso.

Amy podría haber reído en ese instante. Lo hubiera hecho de no haber descubierto que su secuestrador estaba mucho más desquiciado de lo que creía.

—Estás loco... —susurró, cubriéndose el rostro con las manos.

—He estado loco antes —aceptó, rondando por la habitación con las manos aferradas detrás de la espalda—... He estado en un lugar oscuro antes, ¿te acuerdas? Mayo del 99, sobre el río Charles. Tú fuiste extremadamente egoísta en esa ocasión. ¿Acaso me preguntaste cómo me sentía? ¿Porqué estaba allí con el rostro oscurecido? ¡No hiciste nada, no me detuviste! —gritó, mientras la señalaba— ¡Dejaste que el mal me consumiera y asumiste el papel de víctima! —él parecía a punto de llorar. Tomó una calmante respiración, y continuó—. Pero te perdono.

Él ya no era una sombra fastidiosa que se paseaba por sus sueños, incinerándolos. Era real, estaba allí, y eso le dolía más que nada en el mundo. ¿Qué había hecho para merecer eso?

Amy nunca se consideró como una persona mala. Tenía imperfecciones, cometió errores, y se arrepentía de muchas cosas. Pero nunca deseó lastimar a alguien, jamás quiso causarle dolor o incomodidad a otra persona. Vivió para estudiar, luego su vida se cayó y se hizo añicos contra el suelo. Se levantó con las rodillas raspadas y sangrando, casi muere al intentar recuperar su vida, pero lo logró. Luego, vivió para su trabajo, se enamoró en el camino e hizo amigos.

Todo eso se sentía tan lejano en ese momento. Quizás su vida era un círculo vicioso que siempre regresaría a su pasado. Alcanzaba la luz con las yemas sus dedos, sentía el calor a un ápice de su alma; pero después, la oscuridad la consumía. Las sombras jamás se esfumaron, sólo se mantuvieron escondidas, aguardando el momento donde una grieta pueda volverse un cráter. Y la consumieron.

Sin darse cuenta, estaba llorando.

—Oh, tus sollozos son música para mis oídos. Me gustaba observarte reír, pero disfruto más de tus lágrimas; hacerte llorar es mucho más complicado que lograr una risa —dijo, mientras se balanceaba con las piernas cruzadas sobre su silla—. Pero no entiendo el motivo de tus lágrimas, yo en ningún momento te he lastimado —mintió.

Creo que estás perdiendo la cabeza, eso me gusta.

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Extrañar. Echar de menos. Perder algo que era habitual.

Nunca lo había sentido realmente, hasta que abrió los ojos y notó a Amy. En realidad, cuando notó su ausencia.

Recuerda el día de la boda, parecía haber pasado una eternidad, pero sólo fueron siete días. Siete días sin ella.

Sus sospechas internas cuando notó que Amy no llegaba, su furia hacia ella, incluso algunos insultos susurrados; los recuerdos de sus pensamientos injustos lo torturaban. Sí, había armado una hipótesis sobre su huida. Creyó que los había abandonado definitivamente y no tenía ni el mínimo decoro de presentarse en la boda de la mujer que consideraba su mejor amiga. Estaba furioso y completamente indignado con ella; le dolió ver la desilusión de sus amigos por culpa de esa mujer fugitiva.

En medio de su enojo sin sentido, llegó a la conclusión de que ya no necesitaban a Amy. ¿Para qué necesitar a una persona que huía constantemente de ellos, los echaba lejos y los lastimaba con su ánimo amargo? Había roto con ella, y su vida estaba nuevamente donde debía: dirigiéndose cuesta arriba, hacia el camino de la ciencia y el éxito.

Sí, esos fueron sus pensamientos. Sus declaraciones de odio eterno y su total falta de preocupación. Sin embargo, esos pensamientos tuvieron poca vida. Siguiendo un corto sendero de huellas que lo llevarían a la verdad, decidió, el día posterior a la ceremonia, enfrentar a Amy. El últimamente usual desorden de su sala seguía igual una vez que desbloqueó su puerta. Sólo por curiosidad, abrió la nevera notando que estaba desierta. El guardarropas de su habitación estaba algo revuelto, pero no faltaban tantas prendas como las que serían necesarias para unas vacaciones egoístas; notó la solitaria funda de un vestido descansado en el suelo junto a una caja de zapatos vacía. Más tarde se enteraría de que ésas eran las prendas que llevaría a la boda. Se sintió como un detective mientras estudiaba con más detenimiento los objetos de Amy, notando que tanto su pasaporte como las llaves de su auto descansaban en el fregadero de la cocina. Un extraño lugar. Con el inquietante sentimiento de que algo estaba roto, caminó a paso rápido hacia el estacionamiento, buscando el auto de Amy. No sólo encontró su auto, sino que también, descansando en una esquina oculta y con señales de haber sido pateados, vislumbró el bolso de Amy y un delgado pañuelo de seda. Eso fue suficiente para que la policía interviniera.

Las cámaras de seguridad del estacionamiento hablaron por sí solas; esas dos siluetas en blanco y negro, pobremente iluminadas y carentes de sonido que se movían en el televisor de la jefatura de policía jamás abandonarían su cabeza. Sentía un odio incontrolable hacia la figura que se atrevió a colocar las manos encima de Amy, lamentablemente, el rostro del atacante no se distinguió entre las sombras del video.

Había pasado una semana y aún no había rastros de ella. ¿Y si jamás la volvía a ver?

Nunca entendió el significado de "Auto-odio". ¿Cómo una persona era capaz de odiarse a sí misma? Concluyó que esa estúpida emoción sólo era sentida por seres mediocres que se regodeaban en la autocompasión. No cabía en su cabeza la perspectiva de odiarse, amaba su cerebro, su inteligencia, su destreza intelectual y su organismo sano. Sí, Sheldon Cooper jamás pensó que se odiaría...

Hasta que el séptimo día después de la desaparición de Amy, se sentó en la silla de su oficina y recordó.

"Lo más lógico es acabar con esto".

No, eso era lo más estúpido. La idea más estúpida, egoísta, y malvada que podía habérsele ocurrido. Él la amaba. Él realmente la amaba. ¿Porqué lo había hecho?

"¿No era esto lo que buscabas, quebrarme hasta el punto de obtener mi completa atención?"

El significado de la palabra "Egocentrismo" adquirió, al igual que el auto-odio, un apropiamiento absolutamente merecido.

"...¿tener asquerosas fantasías sobre coito que jamás tendremos; para luego satisfacer tus macabras necesidades en las manos de algún pervertido físico mediocre que te tratará con el mismo respeto que a una prostituta?"

Sheldon apoyó los codos en el escritorio y enterró su rostro entre ellos, llevándose las manos a la parte posterior de su cabeza y arrancándose los cabellos con furia. Su memoria era su peor enemigo. Viéndose a él mismo hace días, no podía reconocerse ni reconocer sus acciones y palabras.

Recordó cuando su padre llegaba ebrio a casa, el sol solía esconderse mucho antes de que él regresara, buscando huir de su furia al igual que los demás integrantes de la casa. Él y su madre tenían fuertes peleas, él se alzaba en toda su altura, gritaba, y hacía llorar a su madre. Su hermana le explicaba que lloraba porque lo amaba, y sus insultos lastimaban sus sentimientos. Sheldon no le encontró sentido, si el amor eran un montón de gritos y lágrimas, esperaba no sentirlo. Esperaba vivir sin ese sentimiento para siempre, protegido.

Pero muchos años después, mientras se paseaba en la sala desordenada de su novia, alzado en toda su altura y gritándole insultos, se dio cuenta de que él era su padre. Talvez en una relación siempre hay alguien que lastima más, y esa persona es, irónicamente, la que más miedo tiene a salir herida. Ella había sido su compañera. La única mujer que lo hizo sentir algo más allá que una felicidad causada por motivos superficiales. No había podido dejar el orgullo atrás ni siquiera por un instante; y ahora la había perdido. Cada día que Amy le había dado, la lastimaba. ¿Ella habría sufrido sus acciones con la misma fuerza que él sufría su ausencia? Porque si así era, se mataría por causarle tanto dolor.

De todas formas, una verdad innegable era que Amy había estado desapareciendo lentamente. Ahora podía notarlo en el recuerdo de sus ojos de papel. Podía verlo en su piel pálida como la tiza. Lo sentía en sus movimientos corporales y su risa ausente. La extrañaba, la extrañaba tanto. Quería tenerla sentada en el sofá, envuelta en un suéter de colores vivos y sosteniendo una taza de té muy dulce. Ella solía hacer eso con sus manos cuando bebía té... la extrañaba.

—¿Cooper?

Sheldon se enderezó al instante. Compuso su rostro en una expresión fría y levantó la mirada hacia Barry Kripke, el cual no había perdido tiempo y se ubicó, sin invitación, en la silla del otro lado del escritorio. La barba crecida de Kripke y su ropa arrugada reflejaban su propio estado de cansancio y falta de sueño. Pero, aunque su desagrado por el hombre había disminuido por la fuerza de los hechos, aún le resultaba intolerable. Y no tenía paciencia ni ganas de lidiar con él.

—¿Qué quieres? —cuestionó Sheldon sin molestarse en hacer ningún comentario insultante.

—Escucha Cooper, me das asco en este instante y podría agarrar tu flacucho cuerpo y estamparlo contra la pared por lo idiota que has sido —comenzó Kripke, para después cerrar los ojos y exhalar suavemente, intentando controlar su furia—... pero ya podré hacerlo luego. He encontrado algo, algo que podría llevarnos a Amy, y tú eres el único que puede ayudarme —explicó atropelladamente, mientras se ponía de pie y observaba incrédulamente como Sheldon no se movía—. Disculpe, ¿quiere que lo cargue como un bebé, alteza? ¡Vamos!

—¿Qué es esto, Kripke? —preguntó con desconfianza— ¿qué estás intentando?

Barry sintió que sus ganas de lanzarlo por la ventana crecían peligrosamente.

—¡Estoy intentando que dejes de lado algo de tu maldito orgullo y reconozcas que tú también necesitas ayuda en esto! —exclamó— ¿la extrañas, Cooper? No mereces extrañarla, no la mereces en lo más mínimo... pero si realmente la amas, saca tu patético y llorón trasero de esa silla y acompáñame… ¡idiota!.

Sin la suficiente fuerza para responder sus insultos y arrastrando los pies, Sheldon siguió a Kripke hasta su laboratorio. El lugar era un desastre, las pizarras estaban cubiertas por una fina capa de polvo. Se preguntó fugazmente qué era lo que estaba haciendo Kripke en lugar de su trabajo. En eso, Barry se encontraba rebuscando entre los cajones de su escritorio. Extrajo una mochila y comenzó a desparramar los objetos que sacaba de ella.

—Tu querido amigo Eastcott no es todo lo que muestra —dijo Kripke mientras continuaba con su tarea. Esto atrajo la atención de Sheldon inmediatamente— ¿Cómo lo ves? Un tipo millonario y carismático, con trayectoria, y que sin ningún motivo te lame las suelas de los zapatos... —Barry colocó una caja rectangular sobre el escritorio, apartada de los demás objetos inútiles—. De un día para el otro se instaló en tu vida y su presencia valió más que la de tu novia... invirtió en tu investigación y te ayudó a cambiar de campo. Utiliza tu gigante cerebro para comprender que todas sus desinteresadas acciones no fueron inocentes, él buscaba algo —Kripke tomó asiento mientras abría lentamente la caja— Puedo asegurarte que has perdido cien puntos de coeficiente intelectual en el momento en el que lo dejaste entrar a tu vida.

Sheldon encontró esas observaciones absurdas.

—¿Qué tiene que ver él en esto? —preguntó con burla, Eastcott era sólo una basura en su zapato últimamente. Sus pensamientos sólo estaban en Amy.

Ignorando su pregunta, Kripke siguió hablando.

—Amy me ha estado ayudando en una investigación personal —reveló—, conozco a ese sujeto, sé que planea algo. Y efectivamente, así fue. Tengo mis métodos a la hora de conseguir información, Cooper —Barry tomó entre sus manos el primer objeto que yacía escondido dentro de la caja: un teléfono celular—. Lo primero que intenté fue hackear su computadora, no lo logré. Pero tuve acceso a algo mucho más útil y valioso: su teléfono celular. Puede tener millones, pero el sujeto es un idiota. Hurté los archivos de su secretaria... oh, no me mires así. Encontré dos cosas inquietantes y reveladores que bastarían para retenerlo aquí.

Sheldon se mareó ante el exceso de información. Las sospechas de Kripke no tenían ni pies ni cabeza, ¿porqué Amy se habría prestado para algo así? Consideró brevemente delatar a Kripke, no podía arriesgarse a ser cómplice de un delito. Pero, gracias a una deidad en la que no creía, su curiosidad fue más fuerte.

Sin palabras, agarró la carpeta de documentos que Kripke le tendía. Una vez que sus ojos se deslizaron por la primera línea, no pudo parar de leer.

¿Porqué en el mundo, Amy había puesto su firma en un contrato tan estúpido y poco conveniente? ¿Cómo sobrevivía su novia con ingresos tan bajos? Era obvio porqué lucía cansada, viéndose obligada a trabajar una ridícula cantidad de horas; esto era rayano al abuso laboral. Deslizó sus ojos más abajo. Efectivamente, al final del documento se encontraba la firma de Eliot Eastcott, jefe del Departamento de Biología de la universidad.

—Una cola de rata con las que Amy trabaja vale más que ese tipo. Le ha hecho la vida imposible mientras tú sólo pensabas en lo maravilloso que era —dijo Kripke, recibiendo nuevamente el documento de parte de Sheldon, el cual lo observaba con los ojos cargados de dudas. Kripke suspiró.

—Debe ser duro saber esto, pero debes hacerlo. Abre los ojos; Eastcott ha estado acosando a Amy durante mucho tiempo. Ella no lo aceptó, ella me prohibió decírtelo y... sinceramente Cooper, ¿me hubieras creído si te lo decía? Amy es una mujer fuerte, nunca quiso actuar como una damisela en apuros. Pero eso no importa, debí ayudarla... yo debí detenerlo —Kripke se mordió el labio inferior con furia. Al parecer, Sheldon no era el único al que la culpa consumía—. Ayúdame con esta basura, Cooper —pidió, extendiéndole el teléfono que Sheldon no tardó en examinar—, no debería ser un reto para ti.

Sheldon trabajó en el teléfono con los ojos desenfocados y casi actuando por instinto. Después de conectar el artefacto a un ordenador y de teclear unos cuántos códigos, pudieron tener acceso a todos los archivos encriptados en la memoria interna del dispositivo.

—¡Vamos! —lo apuró Barry.

Sheldon abrió la grabación de la última llamada recibida. El sonido de estática llenó el aire, para luego escucharse, alta y clara, las voces de dos hombres.

"Fowler está lista... la llevaré allí lo antes posible. Estaré en Santa Mónica en un instante".

Había compartido una mesa con esa voz. Había jugado videojuegos con ella, le había confiado sus problemas íntimos. Sheldon sintió una oleada de náuseas subiendo por su garganta, nublando su mente y expandiendo su furia.

"Acordado Eliot. No tomes la avenida principal, están construyendo un maldito edificio gigante allí y el embotellamiento es grave... y, cuida que esté dormida".

—No te consolaré, todo lo que mereces es un puñetazo. Pero ninguno de tus amigos te lo dará. Amy es la que puede estar muerta en este instante, no tú. Pero mírate, rodeado de palmadas comprensivas y hombros para llorar. ¿Eres consciente de todo lo que tienes? Dios, me das asco. Podría golpearte ahora mismo —masculló Barry, furioso por el estado en blanco de Sheldon—. Lo que haremos ahora será... ¡Diablos Sheldon, lo arruinarás todo! —gritó, al ver como Sheldon salía corriendo a través de la puerta, con una mirada en sus ojos que podría helar el infierno.

Maldiciendo en voz baja, guardó las pruebas nuevamente y salió disparado por la puerta. El victimario sería otro si Cooper mataba a Eastcott.

. . .

Lo buscó en su despacho, pero la maldita rata no estaba allí. La molesta voz de Kripke le pisaba los talones y tuvo que contenerse para no golpearlo.

Jamás se había sentido así en su vida. Podía sentir la ira fluyendo por sus venas. El aumento de su frecuencia cardíaca, el bombeo desbocado de testosterona corriendo por su organismo... el simple sentimiento de odio, el vano deseo de despedazar al hombre que había herido a la mujer que amaba. Esto no era ciencia, eran emociones. Era venganza.

Corrió hacia la cafetería: allí estaba él, codeándose con las altas cabezas de la universidad. Con su maldita ropa cara, sus lentes ahumados y esa sonrisa falsa. Lo mataría. Atravesó la cafetería ante la atónita mirada de Kripke. Si no hubiera estado tan molesto, habría notado a Leonard, Howard y Raj, observándolo desde una mesa con preocupación.

El sujeto no tuvo tiempo de reaccionar, de su boca no salió ninguna mentira; ya que Sheldon, con una fuerza naciente a través de la ira, lo tomó bruscamente del cuello de su camisa y lo estampó contra el muro más cercano. Eastcott se removió indignado, dispuesto a continuar su actuación hasta las últimas consecuencias.

Recordando todas las veces que él mismo estuvo en el lugar de niñito golpeado, Sheldon levantó su puño y le dio un fuerte puñetazo en la barbilla, impulsando su rostro hacia arriba y causando que sus lentes ahumados cayeran de su rostro. Sintió las manos de Eastcott intentando alejarlo, eso sólo lo alentó. Cegado por el sentimiento de estupidez y traición, movió su puño frenéticamente contra la carne del rostro del sujeto. No le preocupó ni lo asqueó ver sangre sobre sus nudillos. Cuando su mano izquierda comenzó a cerrarse en el cuello de Eastcott, fue impulsado hacia atrás por la fuerza de cuatro hombres.

Sus amigos y Kripke lo observaban con imborrables expresiones de impresión.

—¡¿DÓNDE ESTÁ ELLA?! —la voz de Sheldon salió como un rugido, mientras era sujetado por dos hombres de seguridad, mucho más grandes que él. La adrenalina corriendo por sus venas no disminuyó al intentar zafarse de sus fuertes manos.

El presidente de la universidad se dirigía hacia él, pero sus ojos sólo se fijaron en la ensangrentada figura que se escabullía, como una rata, fuera de la cafetería, y obviamente fuera de la universidad.

Kripke corrió detrás de él mientras era trasladado a la comisaría local. Su mirada le dijo todo.

Yo me encargaré, Cooper.

Mientras hablaba con la policía, Barry deseó que no fuese demasiado tarde.

. . .

Caminó por los pasadizos de la universidad a paso apremiante, demasiado concentrado en huir como para detenerse a recoger todos los documentos que podrían incriminarlo: error número uno.

Una vez fuera, se metió en una solitaria y vieja cabina telefónica: error número dos.

—Tienes poco tiempo —susurró, una vez que respondieron su llamada—. Irán hacia allá, si es que no están ahí en este mismo momento. ¡Vete al diablo maldito enfermo! mi trabajo aquí está hecho.

Error número tres.

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—¿Existe alguna diferencia entre Cooper y yo, Farrah? —ese día, él se veía inquieto. Y eso la aterraba aún más. ¿Qué podría estar pasando para que él se molestara? No cesaba de correr la cortina, sólo unos centímetros, luego la dejaba caer y se arrancaba el cabello.

—Claro que sí: él te lastimó más veces de las que puedes contar, yo sólo una. ¿Él te tocó mejor que yo, te observó mientras dormías? Lo dudo... cree que eres virgen ¿no? ¿Cómo crees que reaccionaría al saber la verdad? Con repugnancia. Con absoluta, completa, y merecida repugnancia. ¿Puede amar a alguien tan rota como tú? Lo dudo. Realmente lo dudo —él volvió a mirar por la ventana, tomándose un minuto antes de continuar su monólogo, esta vez con la voz cargada de emoción—. Hacer el amor sana, Farrah. Destruye tu dolor lejos de tu cuerpo... déjame ser el que aleje tu dolor una vez más —propuso, acercándose a ella con los ojos oscurecidos.

La bestia había despertado.

—Ellos se acercan, Farrah. Y te necesito antes de hacerlo, te necesito ahora porque no podría esperar más. Es más sencillo si no te mueves.

Pero Amy se movió. Se retorció. Gritó y lo alejó. Era extremadamente frustrante para él. ¿Es que no entendía lo apresurado de la situación?

—Quédate quieta, Farrah. No me obligues a hacerlo —advirtió, al tiempo que extraía una pistola cargada de los pliegues de su chaqueta.

El rechino solitario de la silla, el puente, la pintura negra sobre su cuerpo, un auto incendiado y los besos de Sheldon... Sheldon, llegaron a la mente de Amy como imágenes resplandecientes y recuerdos incinerados. El silencio se escuchó como un grito que llenó todo el mundo; o todos los mundos que existían dentro de esa habitación.

—Entonces tendrás que matarme —respondió, y se sorprendió de que su voz no poseyera ni el más mínimo temblor.

Pareció considerar la oferta, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido más hermoso a los oídos de Amy: sirenas de policía.

El rostro del hombre se descompuso, su mirada gris se agrietó como una roca rompiéndose; no había más tormentas dentro de sus iris. La última tempestad estalló hace tiempo.

Aún así, se acercó a ella, sentándose a horcadas sobre sus caderas e ignorando sus gritos. El arma se levantó, pero no fue hacia ella; sino hacia él.

—Recuerda que te amo, y recuerda que esto es tu culpa. Adiós, Amy.

Esas fueron sus últimas palabras.

La imagen de sus labios envolviendo el cañón ardiente de la pistola antes de que él jalara del gatillo, antes de que el plomo llenara su cráneo y destrozara su cerebro, antes de aquel sollozo imperceptible que salió junto a la palabra Amy... no la abandonaría jamás.

Así como la enferma sensación de su cuerpo cayendo sobre el suyo, manchándola con su sangre y su desesperación.

Y con algo de su locura.

No intentó parar las lágrimas, ya que eran lo único limpio y puro que su cuerpo podría abandonar. No tenía fuerza en los brazos para mover el cadáver que la abrazaba y juraba amarla.

Cerró los ojos sin quererlo.

La pesadilla había muerto, pero eso no significaba que no existiesen los fantasmas.

Nota de autora:

Primero, me alegra que les haya gustado el último capítulo. Y me disculpo por las faltas ortográficas que puedan encontrar en este, siempre hay algunas que ignoro, y después, al releer, las encuentro y es frustrante.

Este capítulo también fue frustrante. Lo reinscribí un total de tres veces, y esta fue la menos macabra. Manejé los sentimientos de Amy con cuidado, quizás esperaban verla completamente enloquecida, pero había suficiente locura en este capítulo. Aparte, creo que su silencio dijo más. Su mente lógica la contuvo esta vez… pero, ¿cómo será cuando sea libre?

También, lo siento si leer esto los hace sentir mal o los perturba mucho. Aunque, desde el primer capítulo la historia siguió un sendero absolutamente dramático y oscuro. De todas formas, me siento alagada de que mi escritura pueda provocar esas sensaciones. A veces, escribirlo también me hace sentir un poquito mal.

Para finalizar, diré que me gustó matar al ser sin nombre.

¿Críticas?