I fell in Love
X: Una ocasión especial
Disclaimer: Ninguno de los personajes es mío, todos son propiedad de ChiNoMiko.
-¿Están sordos?- su voz se oía cada vez más molesta -¡He preguntado qué demonios pasa aquí!-.
-N-Nath…- Sucrette no sabía qué responder; el susto la había paralizado. Alexy, notando que las manos de la ojiazul habían comenzado a temblar levemente, aferró con su diestra el contacto anterior, mientras permanecía con el ceño fruncido. Sabía que la pelinegra, al llevarse bien con casi todos los chicos del instituto, tenía admiradores; quizá el más obvio de todos era la persona que tenían enfrente, acribillándolos con la mirada.
-Explícame…- comenzó el ojivioleta -…por qué ella o yo debemos decirte lo que pasa aquí- con una sonrisa, el peliazul había fijado su mirada en la chica, sorprendida por su reacción; sabía que Alexy podía ser celoso, así que esperaba una respuesta distinta.
-Yo…- ahora el rubio se había quedado sin palabras. No tenía excusa alguna: no se encontraban en el instituto ni tenían una relación más profunda que la amistad que los unía. Alexy tenía toda la razón del mundo, y había dado en el clavo, al decir eso.
Ya que el gemelo vio que los colores comenzaban a subirse al rostro del ojimiel, se levantó, invitando a Sucrette a seguirlo; ella lo interrogó con la mirada, sonrojándose levemente al notar que Nathaniel lo hacía. Aun si la joven quisiera escudriñar la razón por la que su amigo delegado hacía eso, no lograba asimilar la respuesta que su acompañante había dado tan tranquilamente. Su mirada resbaló del rostro del peliazul a su brazo, cayendo lentamente hasta su mano, que todavía sujetaba la suya.
-Vamos, Su- Alexy la sacó de sus pensamientos -creo que Nath necesita aclararse un poco- y al siguiente momento, haciendo un esfuerzo por mantener su característica tranquilidad, la jaló suavemente para caminar rumbo a la calle en que vivía la ojiazul.
Nathaniel, algo deshecho por lo que había ocurrido, se dejó caer en el suelo, frente a la banquita en que, hasta hace unos momentos, habían estado aquéllos dos. Los había visto claramente, no pudo haberse equivocado, ¡estaba seguro! De cualquier manera, había algo extraño en todo aquello: lo habría esperado de casi cualquier otro chico del Sweet Amoris, pero no de Alexy. ¿No había dicho él mismo que le gustaban los muchachos? ¡¿Entonces, cómo era posible que hubiera estado a punto de besar a su querida Sucrette?! El rubio, ya bastante aturdido por tanta información, se llevó una mano a su cabello, tocando también parte de su cara, masajeándolos frenéticamente.
Era evidente que Castiel, su odiado enemigo, tenía cierto interés por la pelinegra; Lysandro, asimismo, algunas veces escribió sobre las facciones de esa misma muchacha; Kentin había tenido solamente ojos para ella desde que la conoció; y luego estaban los gemelos, de quienes no se había preocupado demasiado: por un lado, estaba Armin, cuyo único amor era esa eterna compañera a la que solía llamar consola; por el otro, se encontraba Alexy, cuyos gustos sabía todo el instituto (¡o eso se pensaba!). Finalmente, quedaba él, el mejor alumno de la clase, el delegado, el… el que sólo era amigo de Sucrette.
Evocó su memoria la sonrisa en el rostro del gemelo de Armin y, más dolorosamente, el rostro de la ojiazul, sonrojado y tímido, expectante, antes de que él los interrumpiera. Tal vez ya había perdido la posibilidad de ganarse el corazón de Sucrette, tal vez tendría que resignarse; tal vez tendría que juntar valor y hablar con ella a solas. No era fácil, había que decirlo, pero era necesario para su bienestar; después de todo, era lo único que restaba hacer.
Del otro lado del parque, casi en la salida que daba a la calle de la Sucrette, se encontraban ella y el ojivioleta. Unos pasos más y llegaron frente a su casa, donde se detuvieron para despedirse. La pequeña mano blanca de ella apretó suavemente la del peliazul, como llamándolo en silencio; Alexy, al sentirlo, bajó la mirada para apreciar el rostro de la joven: era claro el nerviosismo que la inundaba, parecía que necesitaba reponerse de lo que acababa de pasar con Nathaniel.
-Su- la llamó.
-D-dime- respondió ella sin moverse.
-Calma, yo estoy contigo- y, dicho esto, soltó su mano para rodearla con ambos brazos.
-A-Ale…xy-.
Al principio, la pelinegra no supo que hacer, así que se quedó quieta, recibiendo el gesto sin devolverlo. El calor de Alexy rodeándola era suficiente para tranquilizar y acelerar su corazón al mismo tiempo. Sintiendo que la sensación paulatinamente se apoderaba de ella, cerró los ojos despreocupadamente y echó sus manos detrás de la espalda del ojivioleta, quien la estrechó un poco más fuertemente. Así permanecieron un rato sin decir nada, disfrutando el uno de la otra con un simple abrazo; hasta que el gemelo se separó un poco de ella. Sucrette abrió los ojos a causa del movimiento, preguntándose por qué lo hacía; el peliazul, al ver la cara sonrojada de la chica, no pudo más y llevó su mano a la mejilla de ella y sonrió tiernamente.
-Su, yo…-.
-¡Así que eras el buen amigo de mi hija, ¿no?!- los dos jóvenes se separaron de un brinco ante la sorpresa.
-B-buenas tardes, señora, je, je, je- saludó Alexy, completamente rojo por la vergüenza.
-Eh… mamá…- susurró Sucrette, igual de ruborizada que el gemelo. La muchacha comenzó a jugar nerviosamente con sus dedos, buscando algo que decir.
-Creo que necesitamos una charla de chicas, ¿no, querida?- la pelirroja se situó al lado de su hija, con los brazos cruzados, mirando pícaramente al gemelo.
-¡M-Mamá!-.
-Tienes suerte de que aún no haya llegado tu padre, ji, ji, ji-.
Sucrette, llevada por su madre, se dirigió a su casa a pasos forzados. Un instante bastó para que la muchacha se volviera y su mirada vislumbrara el rostro de Alexy, que la veía de la misma manera, como invitándose ambos a decir algo al otro para no separarse. Finalmente, se escuchó que la puerta abrió unos momentos para permitir el paso y, casi inmediatamente, cerró la madera.
Ciertamente, la señora estaba en lo correcto: habían tenido mucha suerte al encontrar sólo a la madre de Sucrette. Al recordar cómo el padre de la joven había examinado de pies a cabeza a su hermano, y a otros chicos, durante la jornada a puertas abiertas, se le pusieron los pelos de punta: ¿tal vez le tocaría pasar por la misma inspección? Confiaba en que era más carismático que Armin y, debido a ello, podría tener una conversación más amena (o al menos más larga), pero también eran evidentes los celos de padre que irradiaba aquel estricto señor.
-Ya me las arreglaré, cuando llegue el momento- pensó y, más tranquilo, siguió su camino.
Al día siguiente, la pelinegra, todavía un poco agotaba por el largo interrogatorio que le había hecho su madre hasta que su padre había vuelto del trabajo, se levantó bastante animada: era hora de regresársela a Ámber y hablar con Alexy. Recordaba que también tenía algo pendiente con Nathaniel, pero sus ánimos opacaban las nubes que intentaban oscurecer su día. Después de permanecer unos minutos más en la cama, se levantó y se llevó la sorpresa de que era más temprano de lo que ella había pensado: ¡le había ganado a la alarma! Muy alegre, decidió usar algo especial para ese día, así que inspeccionó minuciosamente su armario, escogiendo al fin un precioso vestido azul cielo con detalles color añil y negro.
La prenda era un poco larga, rebasando las rodillas de la muchacha con las roscas que se formaban en la tela. Los bordes estaban rematados por unas hebras oscuras que se entrelazaban con otras de color azul índigo y, en algunas partes, admitían unos detalles pequeños en color dorado; las mangas, en cambio, eran sencillas y sobrepasaban los hombros por algunos centímetros. El vestido se ceñía firmemente un poco arriba de la cintura, cayendo libremente desde ahí. Finalmente, el cuello, cuya forma creaba una curva entre ambos hombros mediante los pliegues de la tela, poseía una tela más brillante que el resto del vestido, misma que se encontraba en la parte en que se ajustaba al cuerpo de la pelinegra. Acompañado por unos zapatos de tacón color añil y algunos accesorios más, el conjunto estaba completo para acompañarla el resto del día.
Esa ropa había sido el producto de uno de los tantos esfuerzos de Rosalya por llenar el armario de su amiga con cosas más atractivas; la novia de Leigh, por supuesto, se preocupaba de la vida amorosa de su amiga, intentando ayudarle a verse más guapa que de costumbre. Sin embargo, ese vestido se había quedado ahí guardado, ya que nunca se había presentado la oportunidad de usarlo en una ocasión "súper especial", como la había llamado la peliblanca.
La ojiazul miró rápidamente a través del cristal de la ventana: parecía que el viento soplaba un poco más fuertemente que de costumbre, pero el cielo resplandecía por la luz del sol, acompañado por algunos cirros y cúmulos matutinos. Lista para salir, Sucrette agarró su teléfono celular y lo metió en su bolso; después de esto, apagó la luz y cerró la puerta de su habitación. La brisa era un poco fresca, pero nada de qué preocuparse por no llevar un abrigo para el resto de la tarde.
Fuera de casa, los pasos de Sucrette la llevaron a través de la calle, el parque y la cafetería, llegando al fin a la entrada del instituto. El viento aún soplaba, meciendo los cabellos sueltos de la muchacha junto con el flequillo que adornaba su rostro. Como era de esperarse, no había nadie a la vista; probablemente, aún faltaba para la clase o todos habían preferido esperar en el aula. Sin detenerse a considerar mucho esas cosas, la ojiazul se dirigió a su casillero para tomar su cuaderno de historia y su lapicera.
-Buenos días- escuchó detrás de sí, cuando cerró la puerta.
-Buenos días, Lysandro- respondió alegremente la muchacha.
-No es común verte tan temprano-.
-Hoy me he despertado antes de que sonara la alarma, eso es todo- ambos rieron un poco.
-Ya veo- dijo el victoriano. Tras revolver varias veces sus cosas, sacó un cuaderno y un bolígrafo. -Me pregunto dónde la dejé esta vez- masculló al cerrar su casillero.
-¿Tu libreta?-.
-Sí. No recuerdo dónde la puse-.
-No tienes remedio- era la voz de Castiel. El pelirrojo se acercó a su amigo y le entregó el pequeño cuadernito. Sucrette, un poco sorprendida al verlo, miró el reloj del pasillo: ya faltaba poco para la clase.
-Gracias. ¿Dónde estaba?- preguntó el peliblanco.
-La olvidaste ayer cuando estábamos ensayando-.
-Vaya, así que ahí fue- la expresión del rostro de Lysandro denotaba su intento por recordar el momento en que la había dejado abandonada en algún lugar; no tardó mucho en desistir.
-¡Su!- los tres voltearon hacia la entrada. Rosalya llegaba corriendo para rápidamente tomar del brazo a la pelinegra. -Me la robo un momento. Vamos, vamos- y se la llevó consigo.
Ambas entraron al aula A, que Rosalya bloqueó con una silla para evitar visitas indeseadas; se supone que no tendrían problemas, ya que su clase era en el aula B, pero nunca faltaba la gente que escuchaba lo que no debía, como solía hacer Peggy.
-¿Qué pasa, Rosa?- preguntó la ojiazul.
-Necesito que, pase lo que pase, evites estar a solas con Ámber o Nathaniel. No podemos permitir que todo se venga abajo por la intervención de ellos o por uno de tus impulsos, ¿me has oído?- las manos de la peliblanca se encontraban apoyados firmemente en los hombros de su amiga.
-V-vale, haré lo que pueda- respondió ella.
-Del resto me encargo yo, así que todo saldrá bien- dicho esto, le guiñó un ojo. -Otra cosita: trajiste el sobre, ¿verdad?-.
-Sí, fue lo primero que metí en mi bolso-.
-Dámelo, lo necesitaré más tarde, ji, ji, ji- Rosalya introdujo las hojas en el suyo con una sonrisa en los labios. -¡Ah!-.
-¿Qué?- preguntó Sucrette, sorprendida por el repentino grito de Rosalya que pasó de la sorpresa a la alegría.
-Veo que llevas el conjunto que te regalé hace un mes- la pelinegra se sonrojó levemente y se limitó a asentir con la cabeza. -¿Pasa algo de lo que no me haya enterado aún?- la mirada que la joven de ojos dorados confería a su amiga insinuaba que ya sabía por qué se había arreglado de esa forma.
-T-todavía no lo sé- dijo tímidamente la ojiazul, moviendo un poco sus pies por los nervios.
-Deberías salir con Alexy al terminar las clases- Sucrette, sintiendo que sus mejillas ardían por la vergüenza, no encontraba las palabras con las que responder a su amiga. Ante el silencio, Rosalya sonrió satisfactoriamente y se levantó para desbloquear la puerta.
-Voy por mis cosas, te veo en clase- tras esto, la novia de Leigh se adelantó.
Sucrette, aún pensando en la sugerencia, nada despreciable en verdad, de su amiga, se dirigió al aula B sin mucha prisa: no era que no le importara la clase del profesor Farres, pero él no era de los que se volvía un ogro si un alumno llegaba unos minutos después de él. En la entrada del aula, la pelinegra miró la puerta por unos instantes, revolviendo los pensamientos que llenaban su mente.
-Con permiso- la voz de Nathaniel la devolvió a la realidad.
El rubio había abierto la puerta y entrado rápidamente sin reparar en la muchacha que, un poco sorprendida, todavía estaba de pie, inmóvil, delante la puerta.
-¿Usted no entrará?- era la voz del profesor Farres: había visto a Sucrette en el momento en que Nathaniel había abierto.
-¿Eh? ¡Sí, perdón!-.
Parecía que la clase apenas había iniciado, así que no se habían perdido de nada. La ojiazul se sentó al lado de Violeta, quien la saludó en voz baja; Rosalya estaba del otro lado del salón, en la parte trasera, junto a Alexy y enfrente de Armin, quien disimulaba la consola con la mesa y el libro. Sucrette se encontraba inquieta; pensando en lo sucedido el día anterior, comprendió en cierta medida la actitud del delegado; no estaba segura de si era buena idea alejarse de él, como le había dicho Rosalya.
La clase terminó sin interrupciones; la siguiente era educación física en el gimnasio. La ojiazul se acercó a Rosalya y a los gemelos.
-Hola, hola- la saludó Armin, pausando su partida.
-¡Su!- la saludó Alexy con un abrazo efusivo. Hasta que se separaron, reparó en el conjunto que llevaba la muchacha. -Estás muy guapa hoy- le dijo, provocándole un sonrojo leve.
-Gracias- tras decir esto, la pelinegra dio un pequeño saltito por el ruido que hizo la puerta al azotarse.
-Parece que alguien está sensible hoy- comentó Castiel con una sonrisa burlona a Lysandro, quien solamente encarcó una ceja, evitando agregar algo innecesario.
-Me pregunto por qué está de tan mal humor hoy- se preguntó Melody antes de salir en su búsqueda. Alexy y Sucrette se miraron por unos momentos.
-Hablemos de eso en el descanso, ¿vale?- la ojiazul asintió nerviosamente. -No te preocupes, todo saldrá bien- le dijo el ojivioleta, consiguiendo tranquilizarla un poco.
Tras dejar todo en sus casilleros, los cuatro anduvieron juntos hasta el gimnasio, donde el señor Boris los esperaba con su característica efusión. Una vez que todos llegaron a clase, el profesor les pidió que formaran parejas y practicaran algunos ejercicios. Mientras la mayoría seguía las indicaciones, Boris hacía rondas para supervisar el trabajo de sus alumnos. Cuando aquél se separó lo suficiente del área en que estaban Sucrette y Rosalya, que habían decidido juntarse para el ejercicio, apareció Ámber.
-Toma- fue la llamada de la rubia a la ojiazul. Lo que le extendía era una pequeña hoja blanca.
-¿Qué es esto?- preguntó Sucrette al tomarlo.
-La factura de la tintorería por el chiste de ayer en la cafetería-.
-¿Quieres que también yo pague eso?- Rosalya, inmutable, le dirigió una mirada cómplice a la pelinegra, indicándole que le siguiera el juego.
Sin embargo, la hermana de Nathaniel se retiró antes de contestarle, debido a que el señor Boris ya casi terminaba su ronda. Ámber, unos pasos adelante, se volvió y la miró fulminantemente, como dándole a entender que tenían una conversación pendiente y que, obviamente, terminaría mal para Sucrette. Rosalya le dio una palmadita en la espalda a la ojiazul, dándole ánimos, asegurándole que todo estaría bien.
-Calma- dijo Rosalya -después de todo, ya se le han acabado las cartas-.
-Sí, tienes razón, Rosa. Mejor sigamos-.
Todos tuvieron que hacer otras series de ejercicios, después de los que el profesor, satisfecho con el trabajo hecho ese día, los dejó salir unos minutos antes al receso.
-Me... muero- jadeó Karla, saliendo del gimnasio.
-Vamos por algo para beber, ¿no?- dijo Castiel a Lysandro, el victoriano aceptó tácitamente.
-Melody, no es momento- en otro lado, el ojimiel apelaba a su paciencia para no gritarle a la castaña, quien se mostraba más insistente que de costumbre.
-Pero, Nathaniel…-.
-Su- la ojiazul, que miraba todo lo que pasaba a su alrededor, miró al ojivioleta que la llamaba. -Vamos-.
-Recuerda lo que te dije- susurró Rosalya a Sucrette, antes de dejarla sola con Alexy.
Los dos salieron del gimnasio y, sin prisa, llegaron al patio y se sentaron en una de las largas bancas de madera, junto a uno de los árboles de ese lado. Se miraron en silencio por unos momentos; Sucrette no encontraba las palabras para tratar el tema y su acompañante, al no estar seguro de qué prefería hablar primero la muchacha, había decidido esperar.
-¿Podemos hablar un momento?- la voz de Nathaniel había sorprendido a la pareja; los ojos del rubio se habían clavado en la ojiazul.
-Nath…- Sucrette se sentía cada vez más incómoda.
-Sólo será un momento- aseguró el delegado, leyendo la inseguridad de la pelinegra, que accedió tras mirar fugazmente al gemelo.
-Vamos a otro sitio-.
No iban rápido, pero las manos de la joven temblaban levemente ante la expectación de lo desconocido. Había prometido a Rosalya no estar a solas con el ojimiel, pero quería arreglar ese asunto y estar en paz con el delegado. No obstante, no sabía la manera en que iba a reaccionar Nathaniel; ¡ni siquiera había considerado la posibilidad de hablar con él, después de haber sido ignorada de esa forma, cuando él había abierto la puerta!
-Tranquila- se dijo antes de entrar al instituto con el delegado.
-¡Ah!- en seguida, un mar de objetos se estrelló estrepitosamente con el suelo, rebotando y dispersándose por todo el suelo.
-¡Fíjate por dónde…! ¿N-Nath?- la bolsa que había caído al suelo era la de Ámber.
-Lo siento, no vi por dónde iba- dijo el rubio, ayudando a su hermana.
Sucrette, intentando ayudar también, recogió un espejo, un labial, unos lápices para delinear y una pequeña libreta que le pasó a Nathaniel, que iba dejando todo lo que alcanzaban sus manos en la bolsa de su hermana. Finalmente quedó en el suelo un pequeño sobre blanco que levantó la pelinegra, cuya curiosidad brilló en sus ojos al sostenerlo frente a sí; Nathaniel palideció.
-Ése… ¡ese sobre!- con los ojos como platos, el delegado se volvió hacia su hermana. -¡¿Cómo pudiste atreverte a robarme eso?!- gritó, furioso, el delegado, poniéndose de pie.
-Pero Nath, yo no…- las lágrimas falsas de Ámber comenzaban a asomarse.
-¡No mientas!- el semblante del ojimiel se volvía cada vez más sombrío, al punto en que la pelinegra tácitamente dejó el objeto junto a su acompañante y se puso de pie, dispuesta a irse.
-Aún no hemos terminado, Sucrette- la voz de Nathaniel la congeló en el acto.
-Nath…-.
-Ámber, más tarde discutiremos sobre esto. Tengo algo más que hacer ahora mismo- y, tras levantar el sobre, sujetó a la ojiazul de la muñeca y la llevó consigo a la sala de delegados.
Dentro, el rubio cerró, esperando que nadie los interrumpiera hasta que terminara con lo que tenía que decir. Sucrette se sentía acorralada, pues tenía detrás de sí una silla y el escritorio, y, delante, al delegado.
-¿D-de qué querías hablar?- preguntó ella, intentando calmarse un poco.
-Siéntate- ambos tomaron asiento, frente a frente.
-Escucha, en cuanto a lo de ayer, lo siento; sé que actué extraño al verte con Alexy- la ojiazul se inquietó un poco. -Yo no sabía que ustedes fueran… así de cercanos- al final la voz de Nathaniel se apagó un poco y su mirada se desvió hacia el escritorio. Sucrette no sabía qué contestar, pues tampoco sabía hasta dónde habían llegado el gemelo y ella misma. -Pensé que él tenía otros gustos…- la voz del ojimiel sonaba un poco insegura de pronunciar el resto -…también pensé que yo tenía una oportunidad contigo-.
Si la atmósfera había sido algo densa hasta ese momento, esas últimas palabras habían intensificado la sensación todavía más. La pelinegra se sorprendió y, ruborizada, miró al rubio, que se había volteado para disimular su sonrojo. Antes de que todo se hubiera revuelto de esa forma, Nathaniel siempre había estado ayudándola con lo que podía; incluso tuvo que soportar los celos de Melody en más de una ocasión a causa de su cercanía. Aun así, nunca había visto al delegado como algo más que un amigo.
-N-Nath, yo…-.
-¿Ves este sobre?- la interrumpió Nathaniel -dentro hay una carta que te había escrito hace unas semanas. Era la primera vez que había hecho algo así por una chica, ¿sabes? Quise dártela en persona, pero no pude, así que iba a dejarla en tu casillero, pero no sé cómo la obtuvo mi hermana. De cualquier manera, me parece que no habría servido de nada, ¿o sí?- los ojos del delegado dejó ver tristeza antes de que su cabello los ocultara. Sucrette se sintió terriblemente culpable.
-En fin- dijo levantándose y quedando frente a la pelinegra -no hay nada más que hacer- y, tras sonreírle, la besó en la frente. La pelinegra, aturdida, sintió que sus labios temblaron, como queriendo decir apresuradamente algo para reconfortarlo. La suavidad con que Nathaniel la trataba era tan cálida que se sentía mareada. El ojimiel se sonrió al ver la expresión de la pelinegra: toda esa información había saturado sus sentidos hasta bloquearla. Era tal como había dicho hacía unos momentos: no había nada más que hacer por una causa perdida.
-Te veo después- dijo él antes de irse, dejando el sobre en el escritorio.
Sucrette se volvió rápidamente, encontrando solamente la puerta cerrada. Su vista se posó en la carta sobre el escritorio sin saber qué hacer con ella. No podía dejarla ahí; si Melody la encontraba, sus días estarían contados: la castaña, de buen humor, podía ser linda, pero los celos la cambiaban de tal manera que se volvía una persona de temer. ¿Debería llevársela y mantenerla guardada? Ya sabía, a grandes rasgos, el contenido. ¿Sería una buena idea abrirla? Tomó el sobre entre sus manos y lo abrió lentamente, sacando una delgada hoja blanca.
Mientras tanto, la hermana del delegado, completamente furiosa por lo ocurrido, decidió no esperar más tiempo e ir a saldar cuentas con la directora por el asunto de las hojas. Estaba segura de que Sucrette aún no había hablado con Madame Shermansky, por lo que tenía todas las de ganar y devolvérsela. El sonido de sus zapatillas resonó por los pasillos, deteniéndose frente a la puerta de la oficina de la directora. Con una sonrisa victoriosa que ocultó pronto, llamó un par de veces.
Tras abrir la puerta, salió Kiki junto con la directora, que se encontraba de buen humor; pero, al ver a la rubia, la expresión de la señora cambió a un enojo total. Obligada a entrar, pues ella misma había llamado, pasó y se sentó frente a la señora que la fulminaba con la mirada.
-Está usted suspendida por dos semanas- la rubia se sorprendió por la brusquedad de las palabras de la directora.
-¿Qué?- fue lo único que pudo articular por la sorpresa. Rápidamente el enojo comenzó a invadirla y su mente hizo conclusiones en un santiamén.
-Alguien dejó esto aquí- la mujer le ofreció un pequeño sobre blanco, que recibió Ámber; lo abrió lentamente y encontró dos fotografías de ella con el sobre de las respuestas. ¡¿Sucrette había logrado tenderle una trampa?! Ella había ido por su propio pie a la cafetería para poder revisar las cosas sin que se diera cuenta su familia ni un alumno, ya que había salido en hora de clases; también ella había citado a la pelinegra en ese lugar para darle otra orden. ¡¿Cómo habían logrado fotografiarla?! ¡¿Quién demonios había sido sino ella?!
-Esto es un malentendido- dijo la rubia, haciendo amago de llorar.
-No es la primera vez que esto sucede, señorita. La vez pasada también había sido usted la que robó la llave de la sala de delegados para tomar las respuestas de los exámenes; debí haberme dado cuenta antes- Kiki, que se encontraba en una esquina, ladró como asintiendo.
-Yo…-.
-Ahora, deme el sobre con las respuestas-.
-No lo tengo yo, señora, le estoy diciendo que…-.
-No se lo pediré dos veces-.
-¡Pero, señora directora…!-.
-¡El sobre o será un mes entero!- la rubia palideció, comprendiendo que era inútil fingir inocencia.
-Está en mi casillero-.
-Tráigalo inmediatamente-.
Sin agregar nada más, la rubia salió de la oficina y, sacando chispas por la rabia que la poseía, fue a su casillero por el dichoso sobre. Sucrette había tenido la suerte de no haberse cruzado en el camino de la hermana del delegado, pues, de haberlo hecho, quizá habría sido la depositaria física de todo el enojo que contenía Ámber. La de ojos aguamarina encontró rápidamente el sobre, aunque notó algo de lo que no se había percatado antes: ¿no era más oscuro el otro? Sin dudar, rompió el sello y lo abrió, encontrando un par de hojas; la primera decía "Mala" y la segunda, "Suerte".
-¡¿Pero qué demonios?!- gritó la rubia, exasperada, al llegar al segundo pasillo.
-¡Así que tú robaste el sobre!- Peggy había sacado su micrófono, dispuesta a interrogar inmediatamente a su víctima.
-¡Esto es el colmo!- y se fue, dejando a la periodista un poco asustada por su actitud. Normalmente ella no habría dejado que eso perturbara su búsqueda de información, pero prefería dejar en paz a Ámber, al menos por ese momento, y registrar en otros sitios. -No puedo creer que mi toque especial haya fallado en esta ocasión; creía que Sucrette había robado las respuestas, pero fue Ámber, ¿quién lo diría?- se dijo antes de sacar una pequeña libreta y anotar algunas cosas.
La hermana del delegado, sin lograr serenarse, sino todo lo contrario, caminaba rápidamente hacia su casillero. Cuando llegó a él, recargó una mano en la puerta de metal, revolviendo algunas cosas en su mente. ¿En qué momento se habían volteado las cosas de esa forma? Había sido muy cuidadosa y, hasta ese momento, todo había salido bastante bien: Sucrette estaba en sus manos y nadie más sabía de su pequeño "acuerdo", o eso creía. ¿Y, si se había confiado demasiado? No tenía más sospechosos que la ojiazul; ¿quién más habría conseguido tomarle esa fotografía? Buscó a la pelinegra: del aula de ciencias a la entrada principal, ni rastro de ella; tan sólo había pasado de la sala de delegados, puesto que, si su hermano se la encontraba, tendría más problemas por lo de la carta y lo de las hojas.
-Qué ironía, ahora necesito las hojas para que no aumenten mi castigo- pensó la rubia, mordiéndose una uña; torció sus facciones un poco a causa del mal sabor que le provocaba la situación, pero luego y caminó lentamente hasta la entrada. -Bueno, si van a castigarme, al menos que valga la pena. Ya veremos si sigues tan tranquila cuando tu secreto sea revelado- se dijo a sí misma con cierta satisfacción, y abrió la puerta para salir. No le costó mucho trabajo encontrar a Alexy, ya que él se había quedado en el mismo sitio que antes, cuando estuvo con Sucrette.
-¿Creíste que podrías hacerme esto sin ninguna consecuencia? Ya lo veremos, tonta- pensó la hermana del delegado, acercándose al peliazul, quien tranquilamente escuchaba música con sus audífonos, sus ojos cerrados eran la prueba de la calma en que se encontraba.
-Hey- lo llamó la rubia, chasqueando sus dedos; Alexy bajó sus audífonos y enarcó una ceja sin decir nada.
-Hay algo que quizá podría interesarte- dijo ella sin sorprender al gemelo.
-Dudo que me interese, sea lo que sea- le respondió con una sonrisa, poniendo de nuevo las manos en sus cascos.
-¿Ni siquiera si es sobre tu amiguita?- el ojivioleta supo de inmediato a dónde se dirigía, así que le siguió el juego.
-¿Su? ¿Qué pasa con Su?-.
-Es tan obvio, ¿no adivinas lo que es?-.
-¿Hablas del hermoso vestido que traía hoy? Dudo que quiera prestártelo, si eso es lo que quieres- Ámber frunció el ceño.
-Claro que no. ¿Crees que yo querría usar la misma ropa que ésa? ¡No tiene tanta suerte!- Alexy intentó contener la risa.
-Veamos… ¿Quieres sus apuntes para estudiar? Como los exámenes se acercan y robaron las…-.
-No seas idiota, no tiene que ver con eso- la rubia estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Alexy ahogó una risita.
-¿Entonces?-.
-Es del tipo de cosas por las que incluso podría llegar a sentirme mal por ella- mintió la de ojos aguamarina.
-No sé a dónde quieres llegar, pero date prisa, estás liándome un poco-.
-Es triste que le gustes; la pobrecita no tiene oportunidad alguna- Alexy se quedó en silencio por unos momentos, permitiendo que aquélla esbozara una sonrisa en toda la extensión de su rostro.
-Lo divertido es que ella también me gusta- respondió el peliazul alegremente.
-¡¿Qué?!- la furia de Ámber se transformó instantáneamente en asombro y frustración.
-¡Su!- la pelinegra, que caminaba un poco ausente, volvió en sí misma al escuchar el llamado de Alexy.
-¡¿Pero qué demonios hace con ella?!- se dijo mentalmente la ojiazul al reconocer a la otra persona. ¿Quizá había intentado tomar ventaja? Lentamente, Sucrette se acercó a ambos con los brazos cruzados. No sabía qué hacer en ese momento, así que se acercó en silencio.
-No adivinarás lo que me dijo- la ojiazul lo miró curiosa.
-¿Qué cosa?- Ámber alternaba la dirección de su mirada, de Sucrette a Alexy.
-Acaba de decirme que te gusto- el ojivioleta y la pelinegra se sonrieron.
-¿Y qué dices al respecto?- preguntó ella, aún riéndose. Alexy la besó brevemente en los labios.
-Y hay más que podría argüir, pero tú y yo hablaremos más tarde- el peliazul le guiñó un ojo.
-¡¿Pero qué…?!- la rubia no terminaba de creer la manera en que se habían trastocado las cosas. -¿Tú no eras…?-.
-¡Ámber, la directora te está buscando!- Nathaniel había llegado, la expresión de su rostro afirmaba que estaba al tanto de todo.
-Será mejor que te des prisa, se veía furiosa- añadió Rosalya con un tono burlón.
-¡Maldición; suéltame, Nathaniel!- gritó al sentir la mano de su hermano en su muñeca.
-No creas que te escaparás, Ámber, ¿sabes cuántos problemas nos has traído?-.
-¡Esto no se quedará así, ¿me oyeron?!- con la mano libre, la rubia apuntó a Sucrette y después a Alexy. -¡Que me sueltes, te digo!-.
Todos vieron cómo el rubio se llevaba a su hermana a la fuerza. Rosalya se acercó a la pareja, mirándolos traviesamente; Alexy le sonrió y Sucrette se volvió para ver tan sólo la espalda de Nathaniel. ¿Su amistad se vería afectada? Quién sabe. Entendía el dolor del delegado, ya que ella misma se había encontrado en una situación similar antes del feliz encuentro con el peliazul en el club de jardinería. Si no se hubiera atrevido a decirle aquello, ¿qué habría pasado? Tal vez habrían quedado como siempre o se habrían separado todavía más, tal vez las cosas habrían sucedido de forma distinta para llegar a lo mismo: no lo sabía.
Sus ojos se dirigieron hacia a Alexy, quien hablaba con Rosalya sobre lo bien que había salido el plan. Examinó cuidadosamente sus ojos violetas, deteniéndose en ellos y preguntándose cómo había sido posible que su corazón hubiera cambiado y que, aun habiendo más chicas en el instituto, se hubiera fijado en ella. Siempre le había dicho que, si le gustaran las mujeres, seguramente ella sería su tipo; eso le había dado un poco de esperanza durante todo ese tiempo, aunque creía que solamente había sido un comentario sin importancia a causa de la imposibilidad del asunto. Sin pensarlo mucho, pasó su brazo por el del peliazul, aferrándose suavemente a él; Alexy se sorprendió un poco ante la repentina reacción de la chica, cambiando su vista de Rosalya hacia la ojiazul.
-Creo que hago mal tercio- pensó la peliblanca, observando cuán juntos estaban sus amigos.
-Su, yo…- comenzó el gemelo, buscando las palabras.
-¡Chicos!- Melody se acercaba a ellos, un poco agitada; parecía que había corrido desde el interior del instituto.
-La directo…- la castaña se sorprendió al ver la manera en que Sucrette estaba agarrada al muchacho, sin embargo, lo pasó por alto y pronto continuó: -La directora acaba de anunciar, por medio del altavoz, que todos los alumnos vayan al aula B. ¿Saben si hay más alumnos fuera?-.
-Creo que Lysandro y Castiel se quedaron en el gimnasio-.
-Ah, gracias. Los veo en el aula- se despidió brevemente antes de marcharse en busca de aquéllos dos.
-¿Vamos?- preguntó el peliazul, Sucrette asintió con la cabeza, un poco desilusionada, ya que habían vuelto a interrumpir al gemelo. ¿Qué querría decirle desde el día anterior?
-Supongo que lo sabré en otro momento- se dijo a sí misma.
-Yo los alcanzo más tarde- dijo Rosalya, dirigiéndose al gimnasio.
-Vale- respondió la pareja.
Sucrette y Alexy hicieron camino por el patio hasta la entrada del instituto y, de ahí, a través de los pasillos, hasta el aula B, donde encontraron que la puerta, afortunadamente, seguía abierta. Quedaban pocos sitios disponibles, así que ambos no tuvieron más remedio que sentarse al frente, debido a que todos los lugares de atrás ya estaban ocupados. La ojiazul se separó del ojivioleta al tomar asiento y miró al frente: estaba la directora, cuyo semblante se veía más tranquilo, seguramente era por la aparición de las dichosas hojas; Nathaniel se hallaba a su lado, traía el sobre contenedor de las hojas de respuestas; Melody todavía no había llegado.
-Su…- escuchó la pelinegra detrás de sí, Alexy le había susurrado.
-Dime- respondió ella, inclinándose levemente hacia atrás para escuchar mejor.
-¿No te parece que nos miran extraño?- la ojiazul, al no entender a lo que se refería aquél, miró al resto de sus compañeros de clase: Kim e Iris los miraban asombradas, a la pelirroja se le habían subido un poco los colores; Violeta se encontraba igual de asombrada que aquéllas; los ojos de Peggy brillaban al verlos; Karla los miraba molesta y farfullando cosas por lo bajo; Li y Charlotte cuchicheaban entre sí sin disimular la mirada que les dirigían; Ámber estaba del otro lado del aula, mirándolos tan intensamente que parecía que planeaba su venganza ahí mismo; más atrás, casi al fondo, Armin estaba jugando con su consola; delante de él, Kentin la miraba tristemente.
-¿Por qué nos ven así?- preguntó ella al gemelo.
-Su, cuando llegamos, seguías tomándome del brazo- respondió el gemelo.
Sucrette no supo que responderle, pero no hizo falta, ya que apareció Melody junto con Castiel, Lysandro y Rosalya. La castaña cerró la puerta tras haber entrado y se colocó en una banca de adelante, cerca del ojimiel.
-Atención, muchachos- llamó la directora a sus alumnos, indicando que ya iba a comenzar a hablar. Una vez que el silencio se hizo presente, comenzó: -Hace poco les informé la desaparición de las hojas de las respuestas para los próximos exámenes, una persona las había robado de la sala de profesores gracias a la copia de la llave que está en la sala de delegados. Bien, gracias a un informante, sabemos que el sobre de las hojas fue robado por la señorita Ámber- un murmullo general se levantó -pero… silencio, muchachos, ¡que se callen!- carraspeó un poco y continuó -pero ella no me entregó las hojas voluntariamente, sino que lo hizo el señor Nathaniel, quien las encontró en el bolso de su hermana- el delegado le guiñó un ojo a Rosalya, quien sonrió satisfecha, como cómplice. -Las hojas estaban intactas, así que no hay necesidad de cancelar los exámenes de la próxima semana- la mayor parte de la clase reprobaba la idea de los exámenes, pero la directora hizo caso omiso y los mandó a callar nuevamente. -Sin embargo, silencio, cancelaremos el resto de las clases de hoy, ya que los profesores y yo tendremos una reunión extraoficial. Pueden salir del instituto- dicho esto, se dirigió a la salida con las respuestas que acababa de entregarle el delegado.
En cuanto la señora se retiró, se armó el revuelo general; las voces subieron su volumen libremente y los comentarios se hicieron al aire sin importar quién los oía. Alexy y Sucrette se levantaron para irse, pero fueron rodeados rápidamente por las chicas sin posibilidad de escapatoria, solamente el trío del mal permanecía en rededor de la hermana del delegado. Armin y Kentin se quedaron en su orilla, el delegado se había sentado al lado de Melody, y Lysandro miraba a Castiel, que había cruzado los brazos, atento a lo que sucedía en torno a la muchedumbre.
-¿Cómo decirlo?- el rostro de Iris denotaba su confusión.
-Vaya, aquí hay algo sospechoso- dijo Kim, entrecerrando ligeramente los ojos y llevando su mano derecha a su cintura.
-Su… A-Alexy… U-ustedes… ¿tú no…? Q-quiero decir….- Violeta iba de uno a otro, trastabillando graciosamente -no entiendo- Rosalya observaba todo en silencio.
-¡Esto será un no-ti-ción!- Peggy blandía en micrófono frenéticamente, se encontraba eufórica.
-Yo, él… ehm…- la ojiazul fijó su mirada en el suelo, moviendo su pie nerviosamente. No estaba segura de lo que iba a decir.
-Nosotros…- dijo Alexy, pasando su brazo por detrás del cuello de la pelinegra, quien alzó la vista hacia él, abrazándola suavemente de esa manera. -Nosotros- continuó -estamos saliendo- la pelinegra se tensó y cambió violentamente de color.
El silencio general acentuó el estrépito provocado por el bloc de dibujo cuya dueña había soltado por la impresión. Todas las miradas se dirigieron a la ojigris, que seguía con los ojos desmesuradamente abiertos. Al darse cuenta de que todos la observaban, su cara enrojeció por la vergüenza y se dio prisa a recogerlo.
-¿Estás bien?- preguntó Alexy, preocupado por su amiga.
Flash Back
-¡Oh, eso sería muy amable por tu parte! ¿Podrías hablar con él?- la dibujante le sonreía a su amiga, a quien acababa de confiar su amor por el gemelo de Armin.
-¡Claro! ¡Espera, voy a hablar con él!- dicho esto, la ojiazul se fue corriendo.
Había encontrado en el aula a Armin, quien se había reído misteriosamente al escuchar sobre la confesión; aquélla, sin entender el porqué, salió de ahí y, luego de buscar un rato, vio a Alexy en el club de jardinería.
-¡Hola, Su! ¿Cómo estás? Al parecer, te perdiste ayer…- Sucrette no le respondió, pues sus pensamientos se centraban en encontrar las palabras correctas para interceder por su amiga. Debía encontrar la ocasión oportuna, pero no estaba segura de cómo sacar el tema. Alexy pasó por alto la falta de atención de la pelinegra y, notando la expresión de Sucrette, recordó la de la ojigris poco antes -En este momento- dijo -las chicas están un poco raras. A la pequeña Violeta también le ha costado contestarme antes. ¿Están enfermas?- el peliazul hablaba tan tranquilo como siempre, teniendo sus brazos detrás de la cabeza como prueba.
-Bueno- comenzó la ojiazul -ya que hablas del tema… Violeta quería preguntarte algo, pero no ha sido capaz. Es demasiado tímida, tú ya me entiendes…-.
-¡No pasa nada, está tan mona!-.
-¿Entonces te gusta?-.
-Es muy simpática. Ella y tú han sido unas de las primeras chicas en venir a hablar conmigo- respondió aquél sin haber entendido el sentido de las palabras de la pelinegra.
-Porque tú le gustas mucho…- se aclaró Sucrette.
Tras un par de segundos en silencio, la expresión del peliazul cambió, parecía que no le agradaba la idea.
-Le gusto mucho… O sea que…-.
-Que está loca por ti- añadió ella.
-Esto va a ser un problema…-.
End Flash Back
El final de aquello era vox populi; todos lo habían tomado como algo bastante normal, Violeta había sido la única realmente afectada por la noticia a causa de los sentimientos que habían florecido en su corazón; ni siquiera Sucrette se había alterado demasiado en ese entonces, ya que el peliazul era su amigo y nada más que eso por aquellos tiempos.
Alexy le tendió la mano para ayudarla a levantarse, ella la aceptó tímidamente.
-¿Estás bien?- repitió.
-S-sí- respondió ella, soltando su mano al estar de pie. -Lo siento, es que me han sorprendido un poco, eso es todo-.
-Violeta…- la pelinegra la miraba, sintiéndose culpable.
-Bueno, vamos, vamos, se acabó el espectáculo- intervino Rosalya, dispersando a todos. Con el resto del área visible otra vez, echó una ojeada a su alrededor: Li y Charlotte platicaban entre sí; Armin había pausado la consola y detenía por los hombros al ojiverde, que ya iba a exigir una explicación; Castiel se marchaba del salón, Lysandro, en cambio, se había quedado sentado, mirando por la ventana, como meditando sobre algo importante; Nathaniel se acercó a su hermana y la tomó para llevársela a la sala de profesores, pues estaba pendiente el asunto del castigo; Melody se quedó en su lugar, mirando distante al delegado.
-Siempre son así estas cosas- dijo la peliblanca a la pareja, llevándoselos fuera del salón.
Se quedaron juntos en el hueco de las escaleras. Sucrette se sentó en uno de los escalones, Alexy y Rosalya se quedaron de pie frente a ella. La ojiazul tenía un sabor agridulce en los labios a causa de la reacción de la pequeña Violeta.
-No se culpen, ustedes no han hecho nada malo- les dijo Rosalya.
-Pero siento como si así fuera, Rosa- dijo la ojiazul.
-Me siento mal por ella- confesó Alexy.
Rosalya los miró con desaprobación, ¡deberían estar disfrutando su momento luego de haber luchado contra tantas cosas, no culparse por haber conseguido estar juntos! Se abstuvo de comentarios y, cruzándose de brazos, exhaló fuertemente para cerrar los ojos buscando calma. ¿Qué podía hacerse en esas situaciones sino esperar a que el tiempo zanjara todo? Ciertamente, el corazón no escucha cuando la tristeza embarga al alma humana, así que, a pesar de gastar montones de palabras, quizá éstas no calarían en la cabeza de nadie.
-Qué problema- se dijo la joven de ojos dorados, mirando a sus dos amigos.
-¡Su! ¡Alexy!- unos pasos se escucharon en el pasillo, alguien corría hacia ellos.
-¿Violeta?- musitó el joven.
-¡Lo lamento!, fui muy descortés antes- Sucrette se puso de pie para negarlo, pero la ojigris la detuvo -no se sientan mal por mí, estoy bien. Me alegro mucho por ustedes- y, dedicándoles una sonrisa, tomó su bloc y se lo extendió a Rosalya.
-¿Podrías detenerlo por unos momentos por favor?- la peliblanca asintió con la cabeza.
Las hebras moradas del cabello de Violeta se movieron suavemente cuando ella aprisionó en sus brazos a Sucrette. La pelinegra, un poco confundida al principio, mantuvo sus manos quietas a los lados de la figura de la muchacha, pero, tras unos instantes, correspondió al abrazo que le ofrecía.
-Felicidades, Su- dijo antes de separarse.
Hizo lo mismo con Alexy, quien la estrechó efusivamente en sus brazos, regalándole la bella sonrisa que siempre ornaba su rostro. Justamente así era la Violeta que todos conocían: una chica inocente, tierna y nada egoísta.
-Gracias- Rosalya le devolvió su bloc. -Yo… nos vemos después, Kim me espera- y, dicho eso, se fue corriendo.
-¡Vaya, ya es tan tarde!- exclamó la de ojos dorados -He quedado con Leigh, ¡nos vemos luego!- la peliblanca siguió el ejemplo de Violeta, dejándolos solos.
-No sé, pero no le creo- dijo la pelinegra, ambos rieron.
-Dale el beneficio de la duda- respondió Alexy divertido.
-En fin, ¿vamos afuera?- preguntó ella dándose la vuelta.
-Antes de eso- el ojivioleta la detuvo al tomar su mano, ella se dio la vuelta sin soltarlo -hay algo que he querido decirte desde ayer- la pelinera se ruborizó al recordar la mano de Alexy en su mejilla antes de que apareciera su madre.
-¿Q-qué cosa?- preguntó tímidamente.
-Yo… estoy consciente de lo que dije enfrente de todos, pero nunca te lo pregunté adecuadamente. Tú sabes cuánto te quiero, eres la única persona que me hace sentir de esta manera, así que... Su, ¿te gustaría ser mi novia?- la pelinegra sintió que sus manos temblaban al igual que sus labios. Una sonrisa, quebrada por la emoción, se anticipó a su voz que pacientemente esperó Alexy.
-¡Claro que sí!- y se echó a sus brazos para besarlo.
El gemelo cerró los ojos y le correspondió cariñosamente, apretando su mano y llevando la suya, la que estaba libre, a la mejilla de su novia. Se miraron sonrientemente hasta que el sonido de unas pisadas los alertó de que alguien se acercaba. Poco después apareció el señor Farres.
-Mejor vuelvan a casa, estamos por cerrar el instituto. Buenas tardes- y, luego de eso, se dirigió a paso rápido al aula de profesores: iba retrasado.
Sucrette tomó la mano de Alexy y se puso en camino hacia la salida sin decir nada. Al salir, su vestido ondeó levemente por la fresca brisa que bañaba la tarde. Se volvió hacia el peliazul y sonrió recordando las palabras de Rosalya: "Deberías salir con Alexy al terminar las clases". ¿Quizá debería invitarlo a una cita? ¿Por qué no? Después de todo, era una ocasión especial.
おわり
No puedo creer que se haya terminado. Comencé esta historia en marzo y la termino ahora en diciembre, ¡cuánto tiempo ha pasado!
Muchas gracias a todos los que leyeron este fic, sobre todo a los que amablemente dejaron un review; sus comentarios siempre me alentaron a seguir con la historia. Me pregunto si haré otra historia larga o me dedicaré a un one-shot. Quién sabe, ya veré qué se le antoja a mi musa en estos días.
En fin, ¡espero que les haya gustado! Nuevamente, gracias por leer.
¡Hasta el siguiente fic!
Ariste.
