Disclaimer:Ouran no me pertenece, no hago esto con fines de lucro, mh, y eso.
Categoría:
M, porque me gustan las emes, y quizás por el lemon, la violencia, y las palabras soeces.

Notas
Me sigo preguntado qué puedo poner aquí.
No tengo una buena excusa para explicar por qué me demoré tanto en actualizar, ¿sirve el cliché de la falta de inspiración?


NAVAJA DE OCCAM
«Lo que necesitas, existe»


INTERLUDIO
Primera Parte

Kyouya siempre lo supo. Aún sin conocerle, aún sin haberse topado con esa mirada ambarina, ya lo tenía perfectamente claro: No había nada en el mundo que él pudiese negarle a Hikaru Hitachiin, si éste le sonreía.

Era un extraño sentimiento de amargura que le carcomía el alma muy lentamente, con una parsimonia angustiosa, lacerante. Había maldecido el instante en que su asiento se encontró al lado del de aquel muchachito de malas costumbres. Pero Kyouya tuvo que admitir que aquel cabello pelirrojo le encantaba, pero también debía admitir que Hikaru le sacaba de sus casillas.

Aún recordaba cuando solía quedarse dormido durante las clases sin pudor alguno, o inclusive esa mala manía de hablar mientras masticaba chicle. Pero inolvidable fue ese día en que aquel pelirrojo le sonrió con cada uno de esos dientes blancos, y su rostro pareció iluminarse mientras murmuraba unas escuetas disculpas luego de haberle pasado a llevar el banco con el pie.

No se dio cuenta cuando aquel chiquillo antipático terminó siendo su amigo, y es que las barreras que había levantado a su alrededor fueron completamente inservibles para aquella sonrisa angelical.

Sin embargo, había un día en la vida de Kyouya que le sería imposible arrancarse de la memoria. El día en que él mismo había convertido aquella sonrisa en un llanto que le desgarró el alma.

—No sé por qué me largas ese discursito de padre preocupado, Kyouya. Me gusta el sexo, me gustan las féminas y a veces también los machos, ¿qué tiene de malo que disfrute la vida? —murmuró Hikaru, frunciendo el ceño al sentirse ofendido. — Bueno… cierto que a ti nunca te ha gustado nadie, ni las mujeres te atraen joder…

El menor de la familia Ootori nunca se había sentido pasado a llevar por las palabras de su amigo, pero en aquella ocasión una fibra de su orgullo se hirió, y Kyouya no pudo más que sacarle de su error.

—De hecho, ayer conocí a una chica bastante linda.

El pelirrojo boqueó al escuchar aquella frase, tardando unos minutos en responder.

—¿Qué? ¿Y dónde?

—En la reunión de mi padre, es la hija de uno de sus amigos. Su nombre es Renge.

Hikaru no daba crédito a la expresión sonriente de su amigo, ni mucho menos a la aparición de esa tal Renge en la vida de su Kyouya.

—¿Y la encuentras linda? —murmuró, mordiéndose la lengua de rabia.

—Bueno, si, es bastante linda…

Hikaru no cabía en sí mismo. Kyouya estaba halagando a una chica en su presencia. La persona a la que él había amado en secreto, atragantándose en medio de aquellos sentimientos que bien decidió guardar para no acabar con la amistad de ambos, decía que le gustaba una chica. Una mujer.

—Me estás jodiendo, ¿cierto? —murmuró compungido, mordiéndose los labios mientras detenía la marcha y le tomaba por el brazo con firmeza.— A ti nunca te ha gustado ninguna chica…

Kyouya comenzaba a mosquearse por esa expresión descolocada que tenía su amigo.

—Vale, sí, nunca, pero siempre hay una primera vez, no siempre vas a ser tú Hikaru.

Los dedos del pelirrojo se hundieron con más fuerza en el brazo de Kyouya, y éste no pudo hacer más que mirarle con el enfado surgiendo desde su interior.

Hikaru no podía creer lo que estaba escuchando, era injusto. Ese tipo delante suyo era muy cruel con sus sentimientos, ¡vale que no los sabía! Pero aún así era muy cruel… un verdadero monstruo, ¿cómo podía Kyouya decir aquellas frases con esa expresión sonriente mientras Hikaru se estaba muriendo por dentro?

¿Cómo podía transformar su existencia en un verdadero infierno sin siquiera darse cuenta?

—Hikaru, me estás lastimando, ¿podrías soltarme?

¿Cómo podía hacerle besar el fango y a la vez rozar el cielo con un solo aliento?

—No, no puedo.

Kyouya se comenzó a exasperar al ver como el comportamiento de su amigo estaba comenzando a ser preocupantemente extraño. No que Hikaru fuese muy normal, pero un cambio tan bipolar como éste le estaba entrando como patada en el estómago. Y lo que más detestaba era cuando él bajaba la mirada y la clavaba en el suelo, como si fuese a descubrir lo más emocionante al enterrarse en el suelo cual avestruz.

—Hikaru, levanta la mirada, sabes que es de mal gusto hacer eso.

No hubo respuesta.

—Hikaru…

Silencio, y Kyouya ya había perdido la paciencia.

—¡Con un demonio, Hikaru!, ¿Qué mierda tienes ahora?

Hay cosas en la vida que pasan delante de tus ojos como imágenes que han de desaparecer para no regresar jamás. Hay otras cosas que, aunque sean miserables segundos, han de quedarse en lo profundo del tuétano de tus huesos, como recuerdos que jamás han de borrarse.

Aquella ocasión fue una de ellas.

— Me gustas.

Para jamás borrarse.

Hikaru levantó su mirada, y Kyouya, más que cualquier otra cosa, esperaba ver una sonrisa que demostrara que todo había sido una estúpida broma, sin embargo, todo lo que alcanzó a ver antes de que los brazos de su amigo le rodearan por el cuello estrechamente, fueron las gruesas lágrimas que rodaban por las pálidas mejillas de Hikaru.

— ¡Me gustas, joder! ¡Eso me pasa! ¡Estoy harto de estar escondiendo lo que siento, porque no voy a soportar que a ti te guste otra persona! — más que palabras, soltó aquello tal si fuera un aullido desgarrador, mientras el llanto le formaba un nudo en la garganta que no tardó en convertirse en más lágrimas, que acompañadas de sollozos explotaron en el pecho de Kyouya.

— Que… ¿qué tontería es esa?

Pero todo lo que Hikaru intentó responder se ahogó en medio del llanto.

* * *

— Me duele la cabeza.

— Claro que te duele, estuviste llorando toda la tarde como un mocoso, me has dejado la camisa llena de lágrimas y mocos, deberías sentirte culpable por eso.

Kyouya pudo ver claramente como las mejillas resecas de Hikaru tomaban un color carmín muy evidente, y su cabeza se escondía en medio de las almohadas, buscando refugio a tanto bochorno.

—Ya me trajiste a casa, ándate — murmuró Hikaru avergonzado. Kyouya rodó los ojos exasperado, arrodillándose a un lado de él en la cama e inclinándose hasta que su rostro percibió el roce tenue de los cabellos anaranjados.

—Mejor cállate y duérmete.

Hikaru estaba seguro de que si no hubiese estado de cara contra la almohada, Kyouya se habría burlado de su expresión asombrada y, a la vez, sonrojada hasta el límite. Y es que resultaba imposible respirar tranquilamente mientras el calor del menor de los Ootori se hacía presente tan cerca, tan íntimo. Cerró los ojos con fuerza, intentando no pensar, cuando en realidad su mente en un caos de preguntas sin respuestas.

¿Qué sentirá él por mí?

—No voy a responderte nada por ahora, dame tiempo —murmuró Kyouya con voz suave—. Por eso, por ahora, duérmete.

Hikaru sonrió escuetamente, pensando que ambos tenían un lazo más fuerte del que habían imaginado. Asintió, decidido a dormirse, y a esperar, porque bien valían unas cuántas horas o días más, luego de tanto tiempo.

Kyouya se quedó más tiempo del que había estimado, porque cuando notó que Hikaru por fin se había dormido, éste se removió en medio de su sueño, quedando de espaldas contra el colchón. Aún tenía las mejillas rojas por el llanto, y los labios entreabiertos en una respiración pausada, escuchándose un casi imperceptible siseo.

Tenía que ser franco con él mismo, fue lo que pensó, mientras sentía que sus piernas no respondían a la orden de moverse de su sitio, obligándole a quedarse allí, observando a su… ¿amigo?

No tenía idea de qué eran ahora, porque ofrecer amistad a alguien que pide amor es como dar un trozo de pan a alguien que está muerto de sed.

Franco con él mismo, continuó pensando.

Quizás, sólo por la magia de aquel pensamiento, pudo admitir que Hikaru le parecía hermoso. Que esas hebras teñidas —estúpidamente, según él, porque Hikaru tenía el cabello anaranjado—, a pesar de todo, le parecían bellas; tan suaves que incitaban a acariciarlas, a enredarse en medio de ellas y a no querer escapar jamás de tan exquisita prisión. Admitió, también, que muchas veces se había quedado observando los ojos del joven por más tiempo del debido, por simple placer.

Tuvo que admitir, luego de unos minutos, que se sentía feliz de ser querido.

Cuando se inclinó rumbo a los labios de Hikaru, movido por sus propios deseos, se obligó a sí mismo a admitir algo que nunca pensó: Sí, le gustaba. Y entonces lo supo, sin ponerse trabas de por medio. Supo que jamás lo dejaría ir, y sonrió.

De lo que Kyouya jamás se enteraría era que aquel día, mientras él besaba a Hikaru, el hermano menor de éste, Kaoru Hitachiin, asomándose a través de la puerta con una charola repleta de galletas en las manos, terminaría profundamente enamorado de esa sonrisa.