Una fiebre descomunal lo invadió de repente. El sudor recorriéndole la frente en medio de su actual estado, y aún así, debía levantarse.
El día anterior, con todo ese rollo de marcharse, se había tomado un día de ocio, aunque ni siquiera pudo disfrutarlo como hubiera querido… Y ahora, de nuevo al quehacer.
El camino ante él parecía deslizarse por sí solo cuando iba posando sus pies sobre él, como una serpiente andando por un árbol, algo así se sentía. Todo era tan extraño… Incluso las personas que iban a su lado, que se cruzaba de vez en cuando, carecían de rostro, de cualquier cosa que los caracterizara… ¿Por qué? Y por muy raro que eso le sonara, no le llamaba ni un poco la atención. Él continuaba caminando como si nada ocurriese.
Su corazón de desperezó cuando llegó a la habitación que tanto detestaba y ansiaba al mismo tiempo. Miró hacia abajo y de pronto, una bandeja inesperada apareció sobre sus manos… Sin preguntarse demasiado cómo había llegado eso ahí, se adentró en el cuarto real.
Allí, se encontró con una figura muy conocida, y pese a lo que se esperaría, éste ya estaba en pie y terminando de colocarse esa peculiar túnica roja y larga sobre su otro ropaje oscuro. El color rojo sangre parecía brillar dentro de aquella desolación inmensa, del silencio mortuorio que ambos despedían al mirarse, produciendo ecos de nada entre los dos cuerpos de pie allí.
Thranduil se adelantó unos pasos, hasta estar a casi un metro de su vasallo, y entonces continuó observándolo como si no lo conociese en realidad. Kherion no podía culparlo por eso, ni siquiera él se conocía del todo… Nunca estaría seguro de sí mismo.
-Buenos días-
Al oír aquellas palabras saliendo de los sonrosados labios de su rey, Kherion tuvo la desesperada necesidad de abofetearse para saber si se encontraba en un sueño o algo peor… Mas, teniendo en cuenta que todo aquello era como una especie de "reconciliación" entre ambos, no lo vio demasiado convincente, no quería volver a empezar con el pie izquierdo, por lo que retuvo sus ganas de hacerlo, aunque las dudas de si lo que había oído era real lo siguieran invadiendo.
Le respondió con apenas un hilo de voz, que sonaba demasiado débil, hasta para él, que nunca había tenido el coraje de levantar la voz a su señor. Se compuso la garganta, dispuesto a preguntarle al rey si al menos se serviría el desayuno, pero entonces, algo inesperado volvió a sacarlo de foco, poniéndolo al filo de una situación inentendible, que no tenía cabida dentro de su estrecho mundo.
Thranduil, quien aún mantenía su profunda mirada en él, observándolo fijamente con insistencia, se le acercó lo suficiente para poder sostenerlo de los brazos fuertemente, y luego, lo llevó con facilidad hacia una de las paredes más cercanas de la habitación, que debido a lo que sucedía, parecía encogerse inevitablemente.
Con los ojos casi desorbitados por la sorpresiva maniobra de su señor, Kherion levantó la bandeja y la interpuso entre ambos cuerpos, que ahora estaban tan cerca que casi podía sentir el calor expuesto por el próximo contacto. Se sentía tan irracional, tan fuera de su zona segura que estaba a punto de soltar un grito seco, pero para su suerte, no encontraba la manera de hacerlo, puesto que su mismo asombro lo había enmudecido por el momento.
A todo esto, el agarre de Thranduil sobre sus delgados brazos se volvió más seguro y fuerte que antes, haciéndole notar una leve molestia en sus músculos, como si quisiera trasmitirle algo con ese contacto, aunque más dirían sus expresivos ojos. Kherion observaba esa mirada nebulosa sobre él, viéndolo sin descanso, sin siquiera parpadear ni darle un respiro, siquiera por piedad. No podía soportar todo aquello, necesitaba más espacio… Algo de aire…
La bandeja que sostenía entre sus manos temblorosas topó contra el pecho del rey al acercarse éste más a él, y al notar que eso sucedía, el mayor bajó la vista, molesto de que no se le permitiera avanzar como quería… ¿Como quería? ¿Pero qué tanto quería acercarse?, pensó el joven elfo. Si así apenas podía respirar, no sabía qué pasaría si se le acercaba aún más; no estaba seguro de si podría soportar más presión a sus nervios y a su mente…
-¿S—Señor…?-
Intentó formular, pero se detuvo al sentir el tacto de un pulgar acariciando suavemente su labio inferior. Cómo había llegado esa mano tan rápidamente hasta ahí, no lo sabía, pero cualquier cosa podría estar sucediendo alrededor suyo y jamás notarlo, pues estaba demasiado confundido para entender lo que fuera que estaba sucediendo.
Después, de un manotazo dado por su señor, la bandeja del desayuno voló por el aire a un costado, lejos de ellos, interrumpiendo la especie de barrera inconciente que Kherion había colocado entre ambos. Con la cercanía acechándolos, el más joven observó alarmado al otro con los ojos irremediablemente llorosos, sin comprender a qué iba todo eso.
Thranduil se le acercó lo suficiente como para que el pecho de ambos se tocara descuidadamente, con el pecho de Kherion subiendo y bajando por la desesperación que invadía cada fibra de su cuerpo, confundiéndolo a cada segundo que pasaba, volviéndolo más inestable de lo que ya era. La caricia sobre su labio volvió a sentirse nuevamente, ésta vez un poco más rápida, como un repaso a algo que ansiaba volver a tocar. El rey lo miraba intimidante, permitiéndole perderse en el claro de sus ojos de cristal brillante una vez más.
"Esto no está pasando", se dijo a sí mismo Kherion, comenzando a sentirse agotado… Extrañamente agotado de repente. Sus rodillas flaquearon cuando Thranduil rozó con su elegante nariz la suya, inhalando el mismo aire que él soltó al respirar. Al mirarlo tan de cerca, sentía que se mareaba, por lo que tuvo que apretar sus párpados, soltando una lágrima de sus ojos vidriosos por la emoción. Seguía sin entender qué pasaba, pero ya no le importaba realmente. Lo que sea que sucediese a partir de aquí, no estaba en su poder cambiarlo o interrumpirlo… Se dejaría hacer a imagen y semejanza.
El tenue calor al aproximarse su señor hacia él, comenzando a sentir sus labios entre los suyos, abiertos descuidadamente y permitiéndole disfrutar la sensación de la tibieza y humedad de su boca lo llenó de tanta euforia que su cuerpo se tambaleó, y hubiera caído de no ser porque era sostenido entre los fornidos brazos de su rey. Éste estaba aferrándolo entre su cuerpo y la pared, con intenciones de no dejarlo ir, aparentemente.
"Esto no está pasando"… Su mente volvió a repetir, insistiendo en que se recuperara de aquel impacto de alguna forma, pero ¿por qué? No quería hacerlo, estaba bien así. Por un momento en su vida, se sentía liviano y seguro, a pesar del miedo en su interior. Estaba dispuesto a soportar aquel temor si eso lo dejaba seguir disfrutando de ese placentero contacto con el otro… Esa sensación tan potente que jamás había sentido antes…
Todo su cuerpo le latía con fuerza, con ferocidad, insinuando cosas en él que no creía poseer dentro de sí, llenándolo de pensamientos que no creyó poder pensar antes. Cuando los labios de Thranduil finalmente se cerraron sobre los suyos, sintió como si el mundo entero se cerniera sobre su débil cuerpo. Soltó un gemido doloroso, pero no era dolor exactamente lo que sentía. Era placer… Puro placer ardiendo dentro de cada célula de su persona.
Tuvo la necesidad de llevar una de sus temblorosas y sudadas manos hacia la espalda del rey, sujetándolo con desespero, con ansias sin fundamento. Estaba enloqueciendo, y el hecho de que permaneciera con los ojos cerrados sólo intensificaba todo lo que estaba experimentando, pero no se sentía capaz de abrirlos. La mano se sujetaba de la túnica roja y resbaló hasta la cintura, luego volvió a subir. No tenía en claro por qué hacía eso, pero no podía quedarse quieto, su cuerpo entero estaba sumergido en la desesperación del momento… Estaba volviéndolo loco.
-Tranquilo…- Le susurró Thranduil, apenas separándose de él.
La serenidad con que lo hizo le contagió seguridad en lo que sucedía. Había dicho que se abstendría de temer y se entregaría a lo que pasara, pero en ese instante anterior, su cuerpo parecía querer explotar… Su señor tenía razón, debía tranquilizarse un poco.
El beso se había roto ese segundo antes, pero Kherion ya quería recuperarlo. Se inclinó un poco hacia delante, buscando de nuevo el contacto, pero no lo halló. Entonces, tuvo que entreabrir sus ojos un poco, inclinándose de nuevo, sólo para descubrir que Thranduil lo observaba bastante más alejado ahora, pero con un cariño inconmensurable en sus ojos claros.
-Esto no está pasando…- Le dijo.
Antes de que pudiera entender a qué se refería o siquiera preguntarle algo, su visión comenzó a hacerse borrosa de repente, tiñendo todo el cuarto alrededor de ambos de un tono oscuro, y luego, la imagen de Thranduil frente a él, se volvió en espiral hasta desaparecer por completo.
Al dejar de sentir la presión de los brazos del otro sobre él, cayó irremediablemente al suelo y allí se quedó, perdiendo el conocimiento.
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Abrió los ojos, completamente asustado. La frente sudada soltó algunas gotas cuando se incorporó de golpe, con la prisa de la desesperación corriendo por su ser. La respiración también estaba agitada, aumentando su malestar. ¿Qué sucedió? ¿Dónde estaba?
Silencio, como siempre. Su habitación fue lo primero que reconoció al fijar su vista investigativa sobre las cosas que lo rodeaban, que no eran muchas, de hecho. Apenas un banco de madera, su cama peculiarmente pequeña, las raíces de un gran árbol rodeando las paredes, una mesita diminuta al lado de su cama, y nada más.
Después de pensárselo todo por un tiempo, aprovechando la calma del silencio, comprendió que lo más sensato fue que estaba viviendo un sueño… Uno muy particular…
Sus mejillas se colorearon de tonalidad rojiza cuando recordó la sensación de calor que subió por su cuerpo, sacudiéndolo de tal forma al besarse con su señor… Las manos sobre él, aquellos ojos mirándolo con estima… Y sus labios… El calor de su respiración sobre su cara, algo que ya había conocido, pero esta vez era diferente, porque Thranduil lo había besado a él, por su propia voluntad… Y aunque fuera un sueño, se sintió espectacularmente… mal.
¡No! Todo eso estaba mal… No debía pensar en su rey de esa forma, no tenía derecho a tener esa clase de sueños con él… Estaba avergonzado, pero no disgustado. Y era de entenderse, pero se sentía un miserable por no arrepentirse.
Salió de la cama, secándose el sudor con el reverso de la mano y comenzando a asomarse hacia el exterior. Todo parecía muy calmo, aún no había amanecido. El sonido del arrollo corriendo entre los rincones del reino lo llenó de la paz que necesitaba para continuar viviendo en esa pesadilla que no añoraba y disfrutar de los pequeños sueños que guardaba en el interior de su mente, en su lado más oscuro y menos recurrente. En aquel espacio donde al menos podía regodearse de situaciones que sabía que jamás pasarían, pero que le permitían degustar de aquello que tanto anhelaba y lo recompensaba siquiera un poco por tener que soportar en silencio todo lo que le sucedía por dentro…
