Está historia es la adaptación de un libro. Ni esta ni Glee me pertenecen.
—Por favor —resopló Lissa, deteniéndose frente a un anaquel lleno de sábanas—, ¿quién sabe distinguir entre un edredón y una funda nórdica?
Estábamos en Ropa de Cama, Etc. armadas con la tarjeta de oro de su madre, la lista de artículos que la universidad recomendaba para todos los novatos y una carta de la futura compañera de cuarto de Lissa, una chica llamada Alison, de Boca Ratón, Florida. Se había puesto en contacto para que pudieran coordinar los colores de la ropa de cama, aclaran quién llevaría la tele, el microondas, los cuadros, y para "romper el hielo", de forma que en agosto, cuando empezaran las clases, ya fueran "como hermanas". Si lo de iniciar el curso sin Sam tenía a Lissa deprimida, esta carta, escrita en papel rosa con tinta plateada y de la que salió una lluvia de diamantina al sacarla del sobre, la remató.
—Una funda nórdica —le expliqué, mientras miraba un montón de toallas moradas—es una funda de edredón, normalmente de plumas. Y un edredón es como una colcha de retazos pero más elegante.
Me miró de mala gana, suspiró y se apartó el pelo de la cara. Últimamente parecía estar siempre de mal humor, derrotada, como si a los dieciocho años la vida fuera un desastre sin posibilidad de arreglo.
—Pues tengo que comprar un edredón en tonos lilas y rosas —me informó, leyendo la lista de Alison—, y sábanas a juego. Y un faldón, que no sé lo que es.
—Es una tela con volantes que rodea la base de la cama —declaré—, para tapar las patas y dar continuidad al color, hasta el suelo.
Me miró arqueando las cejas.
— ¿Continuidad de color?
—Mi madre compró ropa de cama hace unos años —me justifiqué, y le quité la lista de la mano—y me convertí en una experta en sábanas de hilo y algodón egipcio.
Lissa detuvo el carrito junto a un expositor de papeleras de plástico, y cogió una color limón con reborde azul.
—Debería comprar esta —me dijo, haciéndola girar—, sólo para que desentone con los colores que ha elegido ella. De hecho, tendría que comprar las cosas más horrendas que encuentre, como protesta total por haber asumido que me dejaría guiar por sus gustos.
Miré alrededor. No era difícil encontrar cosas horrendas en la tienda, que no sólo tenía cestos color verde limón, sino también cajitas para pañuelos de papel con estampado de leopardo, cuadros de gatitos jugando con cachorritos y alfombrillas para el baño con forma de pies.
—Lissa —dije con precaución—, tal vez sería mejor dejarlo para otro día.
—No es posible —gruñó, mientras tomaba un paquete de sábanas, del tamaño equivocado y rojo fuerte y lo metía en el carro—. Voy a ir a ver a Alison la semana que viene, en el curso de orientación, y seguro que me preguntará cómo van las compras.
Cogí las sábanas rojas y las devolví a su sitio mientras ella miraba enfurruñada los vasos para cepillos de dientes, sin ningún entusiasmo.
—Lissa, ¿de verdad quieres empezar así la universidad? ¿Con una actitud de mierda?
Levantó los ojos al cielo.
—Sí, claro, bueno, para ti es todo muy fácil, señorita me-voy-a-la-otra-punta-del-país-libre-y-sin-proble mas. Tú estarás bajo el sol de California, haciendo windsurf y comiendo sushi, mientras yo me quedo aquí, en el mismo sitio de siempre, viendo cómo Sam se liga a todas las chicas de la clase una detrás de otra.
— ¿Windsurf y sushi? ¿A la vez? —pregunté.
— ¡Ya sabes lo que quiero decir! —saltó, y una mujer que estaba colocando las etiquetas a una pila de trapos de cocina nos miró. Lissa bajó la voz y añadió—: Puede que ni siquiera vaya a la universidad. Puede que renuncie y me vaya a África de voluntaria y me afeite la cabeza y me dedique a cavar letrinas.
— ¿Afeitarte la cabeza? —le dije, porque aquello era lo más ridículo de todo—. ¿Tú? ¿Tienes idea de lo feas que son las cabezas de la mayoría de la gente? Están llenas de bultos, Lissa. Y no lo sabrás hasta que sea demasiado tarde y ya estés calva.
— ¡No me estás haciendo caso! —exclamó—. Tú siempre lo has tenido fácil, Rachel. Tan guapa y segura y lista. Contigo no han cortado nunca y te han dejado hecha polvo.
—Eso no es cierto —respondí con calma—. Y lo sabes.
Hizo una pausa, mientras recordaba nuestra historia en común. De acuerdo, tal vez tenía fama de llevar el control en mis relaciones, pero había un motivo para ello. Ella no sabía lo que había ocurrido aquella noche en casa de Dexter, muy cerca de la ventana de su propio dormitorio. Pero, desde entonces, también me habían dado unas cuantas patadas. Incluso Marley me había agarrado desprevenida.
—Había planeado todo mi futuro con Sam —añadió, en voz baja—. Y ahora no tengo nada.
—No —le dije—, lo único que no tienes es a Sam. Hay una gran diferencia, Lissa. Es sólo que todavía no te has dado cuenta.
Protestó y cogió una caja de pañuelos de papel con estampado de vacas y lo metió en el carro.
—Veo que todas están haciendo exactamente lo que quieren con su vida. Todas en la línea de salida, pateando la pista y listas para echar a correr, y yo ya estoy coja, a punto de que me devuelvan al establo para darme el tiro de gracia.
—Por favor —le dije, intentando tener paciencia—, sólo hemos terminado el colegio hace un mes, esto ni siquiera es el mundo real. Es sólo el tiempo de espera.
—Bueno, pues no me gusta nada —protestó, haciendo un gesto que abarcaba no sólo la tienda, sino el mundo entero—, de espera o no. Prefiero el colegio sin ninguna duda. Volvería en un segundo, si pudiera.
—Es demasiado pronto para la nostalgia —dije—. De verdad.
Caminamos por el pasillo principal hacia la sección de las persianas, sin hablar. Mientras ella refunfuñaba sobre las cortinas, me acerqué a la sección de las rebajas, donde había una oferta de artículos de picnic de verano, sólo ese día. Había platos de plástico de todos los colores, cubiertos con mangos transparentes y tenedores con dientes metálicos. Cogí un conjunto de vasitos decorados con flamencos rosas: claramente horrendos.
Pero estaba pensado en la casa amarilla, donde los únicos utensilios de cocina eran un plato de cerámica, unos cuantos tenedores y cuchillos desiguales, tazas de las que se regalan en las gasolineras y los platos de papel que Kitty hubiera conseguido sacar del saco de productos defectuosos en el Mercado del Alcalde. Era la primera vez que había oído decir en mi vida "¿me pasas la cuchara?" en lugar de "una cuchara", lo que implicaría que había más de una. Y aquí, en una oferta especial, teníamos todo un set de cubiertos de plástico con mango azul, un plétora de cubertería, por sólo 6.99 dólares. Los cogí y los metí en carro sin pensarlo.
Unos diez segundos después me di cuenta. ¿Qué estaba haciendo? ¿Comprar cubiertos para una chica? ¿Para una novia? Era como si de repente me hubieran lavado el cerebro los extraterrestres, igual que a mi hermano. ¿Qué tipo de chica compra cubiertos para una chica con la que apenas lleva un mes saliendo? Las locas desesperadas por avanzar en su relación, por casarse y tener niños, precisamente, me dije, estremeciéndome con sólo pensarlo. Tiré los cubiertos de nuevo sobre la mesa a tal velocidad que chocaron con los platos de delfines y causaron suficiente conmoción para que Lissa, que estaba mirando las lámparas de lectura, se distrajera.
Tranquilízate, me dije mientras respiraba hondo y volví a expulsar el aire rápidamente, ya que todo en Ropa de Cama, Etc. olía a velas aromáticas.
— ¿Rachel? —dijo Lissa. Tenía una lamparita verde en la mano—. ¿Estás bien?
Asentí y ella volvió a curiosear. Al menos se estaba sintiendo mejor: la lámpara combinaba con la papelera.
Empujé el carro atravesando las secciones de toallas de mano, cajas y recipientes variados, y el pasillo de las velas, donde el olor se convirtió en hedor, sin dejar de recordarme a mí misma que no todo tiene necesariamente significado oculto. Eran unos cubiertos de oferta, no un anillo de compromiso. Aquello me calmó un poco, aunque la parte más racional de mi cerebro me decía que nunca en más o menos quince relaciones desde secundaria había tenido el impulso de comprarle a una chica nada más permanente que un refresco. Incluso en cumpleaños y Navidad me ceñía a regalos básicos, como ropa y CD's, cosas que tarde o temprano pasarían de moda. No como los cubiertos de plástico, que probablemente perdurarían para saludar a las cucarachas tras el holocausto nuclear. Además, si nos ponemos a analizar el significado profundo de los regalos, los platos equivalían a la comida, que equivalía al sustento, que equivalía a la vida, con lo cual, al regalar un solo tenedero de plástico estaba diciendo básicamente que quería cuidar de Quinn para siempre jamás, amén. Aggg.
De camino a la caja, Lissa y yo volvimos a pasar a la mesa de ofertas. Ella cogió un despertador estilo retro.
—Es bonito —afirmó—. Y mira esos platos y cubiertos de plástico. Tal vez me vengan bien cunado nos preparemos algo en el cuarto.
—Puede —dije, encogiéndome de hombros e ignorando la mesa como si fuera una ex novia.
—Pero ¿y si no los uso? —Continuó, con la voz que reconocí como la Lissa entrando en el Modo Indeciso Principal—. Al fin y al cabo son sólo siete dólares, ¿no? Y son bonitos. Pero seguramente no voy a tener espacio.
—Seguramente no —asentí, comenzando a empujar el carro de nuevo.
No se movió, con el despertador en una mano, y tocando la bolsa de plástico en la que venían los cubiertos.
—Pero son muy bonitos, la verdad —dijo—. Y será mejor que usar los que vine con la comida a domicilio. Pero claro, son muchos. Si vamos a estar sólo Alison y yo...
Esta vez no dije nada. Lo único que olía eran las velas.
—Pero es posible que a veces vengan amigos, no sé, a comer una pizza o algo—suspiró—. No, déjalo, es sólo un impulso. No los necesito.
Comencé a empujar el carro de nuevo y ella dio unos pasos. Dos, para ser exactos.
—Por otra parte... —prosiguió, y dejo de hablar. Suspiró. Y luego—. No, déjalo...
— ¡Madre mía! —Exclamé, alargando el brazo para agarrar una bolsa de plástico y meterla al carro—. Yo los compro. Venga, vámonos ya, ¿de acuerdo?
Me miró con los ojos desorbitados.
— ¿Los quieres de verdad? Porque no estoy segura de que yo los vaya a usar...
—Sí —respondí en voz alta—. Los quiero. Los necesito. Vamos.
Más tarde, cuando la dejé en su casa, le dije que se asegurara de coger todas las bolsas, incluso los cubiertos de plástico. Pero, típico de ella, se llevó todas las bolsas excepto una. Y a mí se me olvido totalmente hasta unas cuantas noches más tarde, cuando Quinn y yo estábamos descargando de mi coche las provisiones que había comprado para la casa amarilla: crema de cacahuate, pan, jugo de naranja, y Doritos. Cogió todas sus bolsas y estaba a punto de cerrar le maletero cuando se detuvo y se agachó.
— ¿Qué es esto? —preguntó, sacando una bolsa de plástico blanca, cerrada con un nudo. Lissa era una buena alumna, para que no se cayera el contenido.
—Nada —dije, e intenté quitársela.
—Espera, espera —insistió, levantándola fuera de mi alcance. La crema de cacahuate se cayó de una de sus otras bolsas y empezó a rodar por el patio, pero no le prestó atención, demasiado intrigada por lo que yo no quería que viera—. ¿Qué es?
—Algo que he comprado para mí —contesté secamente, intentando agarrarla. No tuve suerte. Había una considerable diferencia en la estatura.
— ¿Es un secreto?
—Sí.
— ¿De verdad?
—Sí.
Sacudió la bolsa un poco, escuchando el sonido que hacía.
—No suena a secreto —dijo.
— ¿Y como suena un secreto? —le pregunté—. Dámela.
La miré fijamente y me la devolvió, como si ahora no quisiera averiguarlo. Caminó por el césped para recoger la crema de cacahuate, la limpió en sus pantalones, por supuesto, y volvió a meterla en la bolsa.
—Si quieres saberlo —le dije, como si no tuviera ninguna importancia—, son sólo unos cubiertos de plástico que compré en Ropa de Cama, Etc.
Se quedó pensando.
—Cubiertos de plástico.
—Sí. Estaban de oferta.
Nos quedamos allí paradas. Dentro de la casa oía la tele y alguien que se reía. Mono estaba al otro lado del mosquitero, agitando la cola a toda velocidad.
Limpié un poco de tierra de la parte trasera del coche— ¿era un arañazo? —y dije a la ligera:
—Sí, bueno. Lo básico, ya sabes.
— ¿Necesitas cubiertos? —me preguntó.
Me encogí de hombros.
—Porque —continuó, y suprimí las ganas de hacer una mueca—, es gracioso, porque yo necesito cubiertos. Muchísimo.
— ¿Podemos entrar, por favor? —le pregunté, mientras cerraba el maletero—. Hace mucho calor aquí.
Volvió a mirar la bolsa, y luego a mí. Y luego, despacio la sonrisa que conocía y temía se extendió por su cara.
—Me has comprado cubiertos de plástico —declaró—. ¿No?
—No —gruñí, limpiando el parachoques.
— ¡Sí! —Se echó a reír a carcajadas—. Me has comprado tenedores. Y cuchillos. Y cucharas. Porque...
—No —dije subiendo la voz.
—... ¡me quieres! —sonrió, como si hubiera resuelto el rompecabezas definitivo, mientras yo sentía cómo me ponía colorada. La estúpida de Lissa. Podría haberla matado.
—Estaban de rebaja —repetí, como si eso fuera una excusa.
—Me quieres —afirmó sencillamente, tomando la bolsa y añadiéndola a las demás.
—Sólo siete dólares —añadí, pero ella ya se alejaba, tan segura de sí misma—. Estaban en liquidación, por el amor de Dios.
—Me quieres —repitió por encima del hombro, con sonsonete—. Me. Quieres.
Me quedé en el patio, al pie de las escaleras, sintiendo por primera vez desde hacía mucho tiempo que las cosas estaban totalmente fuera de mi control. ¿Cómo había dejado que ocurriera? Años de CD's, ropa, de regalos intercambiables, y ahora unos cubiertos de picnic y había perdido completamente mi ventaja. Parecía imposible.
Quinn caminó hasta la puerta. Mono daba vueltas como un loco, olisqueando las bolsas, hasta que los dos entraron y la puerta se cerró tras ellos. Algo me dijo, allí mismo que debería dar media vuelta, volver al coche y conducir hasta casa lo más rápido posible, y luego cerrar con llave todas las puertas y ventanas y resguardarme para proteger mi dignidad. O mi cordura.
Muchas veces vemos una oportunidad de detener las cosas antes de que empiecen. O incluso de pararlas a medio camino. Pero era incluso peor cuando sabías en ese preciso momento que todavía estabas a tiempo de salvarte, y sin embargo eras incapaz de moverte.
La puerta volvió a abrirse y allí estaba Mono, jadeando. Por encima, colgando del marco de la puerta desde la izquierda, había una mano cuyos dedos rodeaban un tenedor azul fuerte y lo hacían girar sugestivamente como si fuera algún tipo de señal que deletreara mensajes en algún código supersecreto de espías. ¿Qué decía? ¿Qué quería decir? ¿Acaso me importaba a estas alturas?
El tenedor siguió moviéndose, llamándome. "Última oportunidad", pensé.
Lancé un fuerte suspiro y comencé a subir las escaleras.
Había ciertas formas de saber cuando mi madre se estaba acercando al fin de una novela. En primer lugar, empezaba a trabajar a todas las horas del día, no sólo en su horario de doce a cuatro. Luego empezaba a despertarme por la noche el sonido de la máquina de escribir, y al mirar por la ventana del dormitorio veía la luz de la ventana de su estudio dibujar rectángulos alargados en el patio lateral. Además, comenzaba a hablar sola mientras escribía, en voz muy baja. Sus palabras no llegaban a entenderse, pero a veces parecía que había dos personas, una dictando y otra escribiendo rápidamente, una línea ta-ta-ta-ta tras otra. Y por último, el signo más revelador de todos, el que la delataba: cuando tomaba el ritmo y las palabras le salían tan rápidamente que tenía que luchar para mantenerlas dentro del tiempo que tardaba en trasladarlas a la página, entonces siempre ponía a Los Beatles, y cantaban para ella hasta el epílogo.
Un día de mediados de julio, bajaba a desayunar frotándome los ojos cuando me detuve en medio de la escalera y escuché. Sí. Paul McCartney, con voz aguda, algo de los inicios.
La puerta del cuarto de los lagartos se abrió detrás de mí y Noah salió con su uniforme de trabajo, cargado con varios tarros vacíos de comida para bebés, que formaba parte de la dieta diaria de los lagartos. Ladeó la cabeza y cerró la puerta a su espalda.
—Parece que es el disco con la canción sobre Noruega —observó.
—No —dije mientras bajaba las escaleras—. Es el en que están todos en una terraza, mirando hacia abajo.
Asintió y bajó a mi ritmo detrás de mí. Cuando llegamos a la cocina, vimos que la cortina de cuentas estaba extendida en la entrada del estudio, y al otro lado la voz de Paul había dado paso a la de John Lennon. Me acerqué y miré a través de la cortina. Quedé impresionada por el montón de papeles sobre la mesa y una vela agotada. Al menos eran doscientas páginas. Cuando arrancaba, no había quien la parase.
Volví a la cocina y aparté dos latas vacías de batido —estaba decidida a no recoger las cosas de Don, aunque me ponía a prueba todos los días—antes de prepararme un tazón de cereales con plátanos y una gran taza de café. Luego me senté, de espaldas a la mujer desnuda de la pared, y descolgué el calendario de regalo de Automóviles Don Davis, con la foto del mismo Don sonriendo delante de una 4x4.
Era el 15 de julio. Dentro de dos meses, más o menos, pondría rumbo al aeropuerto con mis dos maletas y mi computadora portátil. Siete horas después llegaría a California para comenzar mi vida en Stanford. Había pocas cosas anotadas hasta entonces, incluso el día de mi partida apenas estaba marcado, excepto por un círculo con lápiz labial que había hecho yo misma, como si fuera importante sólo para mí.
—Oh, demonios —gruño Noah delante de la nevera. Lo miré y estaba sujetando una bolsa casi vacía de pan de molde: lo único que quedaba eran la rebanada del principio y la del final, que supongo que tienen un nombre, pero nosotros siempre las llamábamos las colas—. Lo ha vuelto a hacer.
Don lleva tanto tiempo viviendo solo que le costaba comprender que había otras personas que vendrían después de él y, a veces, usarían las mismas cosas que él. No se le ocurría otra cosa que terminar el cartón de jugo de naranja y volverlo a dejar en la nevera, o coger las últimas rebanadas de pan utilizables y dejar los extremos para Noah. Aunque tanto Noah como yo le habíamos pedido educadamente que apuntara las cosas que se terminaban para comprarlas (teníamos una lista en la nevera, LISTA DE COMPRAS), o lo olvidaba o no se tomaba la molestia.
Noah cerró la puerta de la nevera con excesivo entusiasmo, haciendo temblar las hileras de batidos colocadas sobre ella. Las latas chocaron unas contra otras y una se cayó entre la nevera y la pared con un golpe seco.
—Odio esas cosas —gruñó, metiendo las rebanadas de pan en el tostador —. Y, maldición, acababa de comprar esta bolsa de pan. Si se bebe todos esos batidos, ¿cómo es que se come también mi pan? ¿No se supone que son una comida completa?
—Eso creía yo.
—Quiero decir —continuó, mientras la música aceleraba en el cuarto contiguo, con muchos yeah-yeah-yeah—, lo único que pido es un poco de consideración, ¿no? Hoy por ti y mañana por mí. No es pedir demasiado, me parece. ¿Te parece?
Me encogí de hombros y volví a mirar el círculo de lápiz labial. No era mi problema.
— ¿Rach? —La voz de mi madre llegó del estudio; el ruido de la máquina de escribir se había detenido por un momento—. ¿Puedes hacerme un favor?
—Claro —contesté.
— ¿Me traes un café? —La máquina comenzó de nuevo—. ¿Con leche?
Me levanté y le serví una taza casi hasta arriba; luego añadí leche descremada hasta el borde: una de las pocas cosas que teníamos totalmente en común era que tomábamos el café igual. Me acerqué a la puerta del estudio, llevando en equilibrio su taza y la mía, y corrí a un lado la cortina.
La habitación olía a vainilla, y tuve que hacer espacio apartando una fila de tazas, la mayoría medio llenas, con los bordes manchados de lápiz labial rosa perlado, que era el que usaba en casa. Uno de los gatos estaba acurrucado en la silla junto a la suya y me siseó sin muchas ganas cuando loa aparté para poder sentarme. Delante de mí estaba el montón de hojas escritas a máquina, perfectamente alineadas. Tenía razón: avanzaba como una máquina. El número en la página superior era 207.
Sabía que no debía hablar hasta que terminara con la frase o escena que estuviera escribiendo en ese momento. Así que cogí la página 207 y la leí rápidamente, acomodándome con las piernas dobladas sobre el asiento.
—Luc —llamó Melanie desde la otra habitación de la suite, pero no se oyó más que silencio—. Por favor.
No hubo respuesta del hombre que sólo unas horas antes la había besado bajo la lluvia de pétalos de rosa, declarándole su amor frente a la alta sociedad de París.
¿Cómo podía un matrimonio ser tan frío? Melanie se estremeció con su camisón de encaje y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas al ver su ramo de rosas blancas y lilas, que la doncella había dejado sobre la mesita de noche. Todavía estaba fresco y nuevo, y Melanie recordó que se había llevado las flores a la cara, aspirando su aroma, cuando le invadió la sensación de que ahora era la señora de Luc Perethel. Una vez, las palabras le habían parecido mágicas, como un conjuro en un cuento de hadas. Pero ahora, con la ciudad iluminada al otro lado de su ventana abierta, Melanie no suspiraba por su marido, sino por otro hombre, en otra ciudad. Oh, Brock, pensó. No se atrevió a decir las palabras en voz alta, por temor a que se las llevara el viento, fuera de su alcance, hasta encontrar el único amor verdadero que había tenido nunca.
Oh, no. Levanté la vista hacia mi madre, que seguía tecleando, con el ceño fruncido y moviendo los labios. Bueno, yo sabía que lo que escribía era pura ficción. Después de todo, esta mujer tejía historias sobre la vida y los amores de los ricos mientras nosotros usábamos cupones en el supermercado y nos cortaba la línea de teléfono regularmente. Y no era que a Luc, el recién estrenado y frío marido, le encantaran los batidos de proteínas o algo así. Eso esperaba.
—Oh, gracias.
Al ver la taza de café recién hecho, alargó los dedos, la cogió y dio un sorbo. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo, sin maquillaje, y llevaba puesto la pijama y las pantuflas con estampado de leopardo que le había regalado yo en su último cumpleaños. Bostezó, recostándose en la silla, y dijo:
—Llevo toda la noche escribiendo. ¿Qué hora es?
Eché un vistazo al reloj de la cocina, visible a través de la cortina, que todavía se movía ligeramente.
—Las ocho y cuarto.
Suspiró y volvió a llevarse la taza a los labios. Miré la página, todavía en la máquina de escribir, para intentar averiguar qué pasaba después, pero lo único que vi fueron varias líneas de diálogo. Al parecer, Luc tenía algo que decir después de todo.
—Así que va bien —comenté, señalando con la cabeza el montón de hojas junto a mi codo.
Me hizo un gesto con la mano, para indicar que más o menos.
—Oh, no sé, estoy justo a la mitad, y ya sabes que siempre hay un punto muerto. Pero anoche estaba a punto de dormirme cuando tuve una inspiración. Tenía que ver con los cisnes.
Esperé, pero al parecer eso era todo lo que iba a decirme. Cogió una lima de uñas de una taza llena de lápices y bolígrafos, y se puso manos a la obra con un meñique, al que dio forma hábilmente.
—Cisnes —repetí al fin.
Arrojó la lima de uñas sobre la mesa y estiró los brazos sobre la cabeza.
— ¿Sabes? —Añadió, recogiéndose un mechón de pelo suelto detrás de la oreja—, en realidad son criaturas horribles. Son hermosos, pero malvados. Los romanos los usaban en lugar de perros guardianes.
Asentí mientras bebía de mi café. Al otro lado de la habitación, oí roncar al gato.
—Y eso —continuó—me hizo pensar en el precio de la belleza. O, es más, ¿cuál es el precio de todo? ¿Cambiarías el amor por la belleza? ¿O la felicidad por la belleza? ¿Puede una persona hermosa con una vena malvada merecer la pena? Y si te merece la pena, que decides quedarte con el cisne hermoso con la esperanza de que no se vuelva contra ti, ¿qué harías si te atacara?
Eran preguntas retóricas. O eso creí.
—No podía dejar de pensar en todo esto —me confesó, meneando la cabeza—. Y no podía dormir tampoco. Creo que es ese tapiz ridículo que Don insistió en colgar en la pared. No puedo relajarme viendo todos esos retratos minuciosos de batallas militares y personas crucificadas.
—Es un poco excesivo —dije. Cada vez que entraba en el cuarto a recoger algo que me quedaba paralizada. Era difícil apartar la vista del panel que ilustraba la decapitación de san Juan Bautista.
—Así que vine aquí, pensando en rescribir un poco, y ahora son las ocho de la mañana y todavía no estoy segura de cuál es la respuesta. ¿Cómo es posible?
La música se terminó y todo quedó en silencio. Estaba segura de sentir que mi úlcera se removía, pero es posible que fuese el café. Mi madre siempre se ponía muy dramática cuando escribía. Al menos una vez en cada novela, aparecía en la cocina al borde de las lágrimas, histérica, diciendo que había perdido cualquier talento que alguna vez poseyera, que el libro estaba atascado, un desastre, al final de su carrera, y Noah y yo nos quedábamos allí callados hasta que volvía a salir gimiendo y llorando. Al cabo de unos minutos, horas o, en los malos momentos, días, volvía al estudio, cerraba la cortina y se ponía a escribir. Y meses después, cuando llegaban los libros, con ese olor a nuevo, las cubiertas lisas y los lomos todavía sin arrugas, siempre se le olvidaban las crisis que habían contribuido a crearlos. Si se lo recordaba, decía que las novelas eran como los partos, si nos acordáramos de lo mal que lo pasamos, no volveríamos a repetirlos jamás.
—Ya lo solucionarás —la tranquilicé—. Siempre lo haces.
Se mordió el labio, bajo la vista hacia la hoja de la máquina y luego miró por la ventana. El sol la iluminaba y me di cuenta de que tenía aspecto cansado, incluso triste.
—Ya lo sé —dijo, como si sólo me diera la razón para zanjar la conversación. Y después, tras uno o dos segundos, cambió de tema completamente y me preguntó—: ¿Cómo está Quinn?
—Bien, supongo —contesté.
—Me cae muy bien —bostezó y luego me sonrió como disculpándose—. No se parece a las otras chicas con las que has salido.
—Tenía una regla contra los músicos —expliqué.
Suspiró.
—Yo también.
Me reí, y ella también. Luego añadí:
—A ver, ¿por qué la rompiste?
—Pues por lo mismo que todo el mundo —contestó—. Me enamoré.
Oí el golpe de la puerta cuando Noah se marchó a trabajar y gritó una despedida mientras se iba. Lo vimos caminar hacia su coche, con una limonada, su equivalente a café, en la mano.
—Creo que le va a comprar un anillo, si es que no la ha hecho ya —dijo mi madre pensativamente—. Tengo el presentimiento.
Noah puso el coche en marcha y salió de la calle. Giró en el fondo del callejón y se fue, bebiendo limonada mientras conducía.
—Bueno —dije—, tú sabes de esas cosas.
Terminó su café y alargó la mano para acariciarme la mejilla, trazando el contorno de mi cara. Un gesto dramático, como casi todos los suyos, pero me reconfortaba que llevara haciéndolo desde que tenía memoria. Sus dedos, como siempre, estaban fríos.
—Oh, mi Rachel —me dijo—. Tú eres la única que lo entiende.
Sabía a que se refería, y al mismo tiempo no. Yo era muy parecida a mi madre, pero no en cosas de las que me sintiera orgullosa. Si mis padres hubieran seguido juntos y se hubieran convertido en viejos hippies cantando canciones de protesta mientras lavaban platos después de cenar, tal vez yo habría sido distinta. Si hubiera visto lo que el amor es capaz de hacer, o qué era, tal vez habría creído en él desde el principio. Pero había pasado gran parte de mi vida viendo cómo los matrimonios se hacían y deshacían. Así que lo entendía, sí. Pero a veces, como últimamente, deseaba no entenderlo, en absoluto.
—Pero se está llenando.
—Se está llenando pero no está lleno —le quité el detergente y abrí el tapón—. Tiene que estar lleno.
—Yo siempre pongo el jabón justo cuando empieza —dijo.
—Y por esa razón —afirmé, echando un poco de detergente a medida que subía el nivel de agua—tu ropa no queda limpia del todo. Es cuestión de química, Quinn.
—Es la ropa sucia —dijo ella.
—Exactamente.
Suspiró.
— ¿Sabes? —añadió, mientras yo vertía el resto del detergente y cerraba la tapa—, las chicas son aún peores. Casi nunca ponen la lavadora, ni mucho menos separan la ropa de color y la negra.
—La ropa blanca y la de color —la corregí—. La negra y la de color van juntas.
— ¿Eres tan perfeccionista en todo?
— ¿Quieres que se te tiña todo de rosa otra vez?
Aquello la hizo callar. Nuestra pequeña lección domestica de la tarde se debía a que había puesto a lavar una blusa roja nueva en el ciclo de agua caliente, lo que había dejado todo lo demás teñido de rosa. Desde el incidente de los cubiertos, había hecho todo lo posible por ser lo contrario de ser como una ama de casa, pero no podía soportar que Quinn anduviera con toda su ropa rosa. Así que allí estábamos, en el cuarto de la lavadora de la casa amarilla, un lugar que solía evitar por la enorme pila de ropa sucia que había en el lugar, y que a menudo se desparramaba por el pasillo. Lo cual no era de extrañar, pues casi nadie compraba detergente. La semana pasada, al parecer Brittany S. Pierce había lavado toda su ropa con Palmolive.
Una vez que empezó el ciclo, salté con cuidado un montón de ropa sucia hasta el pasillo y cerré la puerta todo lo que pude. Luego seguí a Quinn a la cocina, donde Harmony estaba sentada en a la mesa, comiendo una mandarina.
— ¿Has puesto la lavadora? —le preguntó a Quinn.
—Sí.
— ¿Otra vez?
Quinn asintió.
—Estoy blanqueando la ropa.
Harmony pareció impresionada. Pero ella levaba una blusa con una mancha extraña en el cuello.
—Guau —exclamó—. Es...
Y de repente se hizo la oscuridad. Total. Se apagaron todas las luces, la nevera dejó de zumbar, la lavadora dejó de dar vueltas. La única luz que se veía era la lámpara del porche de la casa vecina.
— ¡Ey! —gritó Brittany desde el salón, donde estaba concentrada como cada noche a esta hora viendo La ruleta de la fortuna—. Estaba a punto de adivinarlo.
—Cállate —soltó Harmony, que se levantó, se acercó al interruptor de la luz y lo pulsó unas cuantas veces, clic-clac-clic—. Debe ser un fusible.
—Es toda la casa —dijo Quinn.
— ¿Y?
—Pues que si fuera sólo un fusible, algo funcionaría —continuó Quinn, que cogió un encendedor del centro de la mesa y lo encendió—. Debe ser un apagón. Seguramente toda la red.
—Oh.
Harmony volvió a sentarse. En el salón se oyó un golpe cuando Brittany intentó avanzar en la oscuridad.
Aquel no era mi problema. Ni mucho menos. Pero aun así, no pude evitar mencionar:
—Esto... En la casa de al lado hay luz.
Quinn reclinó su silla hacia atrás y miró por la ventana para comprobarlo.
—Es verdad —confirmó—. Interesante.
Harmony empezó a pelar otra mandarina mientras Brittany aparecía en el umbral de la puerta de la cocina. Su cabello parecía brillar en la oscuridad.
—Se ha ido la luz —anunció, como si fuéramos ciegos y necesitáramos que nos lo dijera.
—Gracias, Einstein —gruñó Harmony.
—Es un cortocircuito —decidió Quinn—. Algún cable suelto o algo.
Brittany entró y se dejó caer en el sofá. Durante un minuto nadie dijo nada, y me di cuenta de que, para ellas, aquello no era un gran problema. Luces, ¡bah! Qué más da.
— ¿No han pagado el recibo? —le pregunté al fin a Quinn.
— ¿Recibo? —repitió.
—El recibo de la luz.
Silencio. Y luego dijo Harmony.
—Demonios. El maldito recibo de la luz.
—Pero lo pagamos —dijo Brittany—. Estaba ahí, en la mesita, lo vi ayer mismo.
Harmony la miró.
— ¿Lo viste o lo pagamos?
— ¿Las dos cosas? —aventuró Brittany, y Harmony suspiró con impaciencia.
— ¿Dónde estaba? —quise saber, levantándome. Era evidente que alguien tenía que hacer algo— ¿En qué mesita?
Quinn cogió un encendedor y encendió una vela, después se dio la vuelta hacia el cajón y empezó a rebuscar entre las cosas que ellas consideraban importantes. Al parecer, esto incluía paquetes de salsa de soya, una muñequita hawaiana de plástico y cajas de cerillos de todos los supermercados y bares de la ciudad.
Ah, y varios papeles, uno de los cuales Quinn levantó.
— ¿Es esté?
Se lo quité de la mano y me esforcé por leer lo que decía.
—No —contesté, despacio—, esto es una aviso que dice que si no pagaban el recibo antes de... a ver... ayer, les iban a cortar la luz.
— ¡Guau! —exclamó Brittany—. ¿Cómo se nos pasó eso?
Le di la vuelta al papel: en la parte de atrás había varios cupones de pizza, con uno arrancado, y los que quedaban un poco grasientos.
—Ni idea —dije.
—Ayer —dijo Harmony pensativa—. Bueno, así que nos han dado medio día más. Qué generosidad la suya.
Me le quedé mirando.
—Muy bien —intervino Quinn—, ¿a quién le tocaba pagar el recibo de la luz?
Otro silencio. Entonces Brittany dijo:
— ¿Kitty?
—Kitty —dijo Harmony.
—Kitty —repitió Quinn, que alargó la mano hacia el teléfono y lo descolgó. Marcó un número y se quedó sentada, tamborileando en la mesa con los dedos—. Hola, oye, Kitty. Quinn. ¿A qué no sabes dónde estoy? —escuchó un momento—. No. En la oscuridad. Estoy en la oscuridad. ¿No tenías que haber pagado el recibo de la luz?
Oí que Kitty decía algo, hablando muy rápido.
— ¡Estaba a punto de averiguarlo! —gritó Brittany—. Sólo me hacía falta una L o una V.
—Eso no le importa a nadie —replicó Harmony.
Quinn siguió escuchando a Kitty, que al parecer no había hecho aún ninguna pausa, asintiendo de vez en cuando con un mmm-mmm. Por fin, dijo:
—Ah, de acuerdo —y colgó.
— ¿Y bien? —preguntó Harmony.
—Kitty lo tiene todo controlado.
— ¿Y eso qué quiere decir? —quise saber.
—Eso quiere decir que está súper irritada, porque, según parece, me tocaba a mí pagar el recibo de la luz —sonrió—. ¡A ver! ¿Quién quiere contar historias de fantasmas?
—Quinn, de verdad —insistí. Esta clase de irresponsabilidad me irritaba la úlcera, pero al parecer Brittany y Harmony estaban acostumbradas. Ninguna de las dos parecía particularmente afectada, ni siquiera sorprendida.
—No pasa nada, no pasa nada —dijo—, Kitty tiene el dinero, así que va a llamarlos para ver si consigue que nos restablezcan la luz esta noche o mañana temprano.
—Bien por Kitty —aprobó Harmony—. Y tú, ¿qué?
— ¿Yo? —pregunto Quinn, sorprendida—. ¿Qué pasa contigo?
—Quiere decir —expliqué—, que deberías hacer algo por la casa, a modo de disculpa.
—Exacto —afirmó Harmony—. Hazle caso a Rachel.
Quinn me miró.
—Cariño, no me estás ayudando.
— ¡Estamos a oscuras! —exclamó Brittany—. Y es culpa tuya, Quinn.
—De acuerdo —se rindió Quinn—. Muy bien. Haré algo por la casa. Voy a...
— ¿Limpiar el baño? —sugirió Harmony.
—No —respondió Quinn tajante.
— ¿Poner una lavadora con mi ropa?
—No.
Por fin, Brittany propuso:
— ¿Comprar cerveza?
Esperamos la respuesta.
—Sí —asintió Quinn—. ¡Sí! Invito la cerveza. Tomen —se metió la mano en el bolsillo y sacó un billete arrugado, que levantó para que lo viéramos—. Veinte dólares. Ganados con el sudor de mi frente. Para ustedes.
Harmony lo cogió de la mesa a toda velocidad, como si temiese que Quinn cambiara de opinión.
—Estupendo. Vamos.
—Yo conduzco —declaró Brittany, poniéndose en pie de un salto. Harmony y ella salieron de la cocina discutiendo sobre dónde estaban las llaves. Luego la puerta se cerró de golpe y se marcharon.
Quinn se inclinó sobre la encimera de la cocina y encontró otra vela. La encendió y la puso sobre la mesa mientras yo me sentaba en la silla junto a la suya.
—Romántico —observé.
—Evidentemente —convino—todo ha sido un plan para quedarme a solas contigo en una casa oscura a la luz de las velas.
—Qué cursi —dije.
Sonrió.
—Lo intento.
Nos quedamos un rato allí sentadas, en silencio. Noté que me observaba y al cabo de un rato me levanté y me senté en su regazo.
—Si fueras mi compañera de apartamento y me hicieras una jugarreta de estas —le aseguré mientras me apartaba el cabello de los hombros—, te mataría.
—Aprenderías a apreciarlo.
—Lo dudo.
—Yo creo —dijo—que en realidad te sientes atraída en secreto por todas esas partes de mi personalidad que dices que aborreces.
Me le quedé mirando.
—No creo.
— ¿Entonces qué es?
— ¿Qué es qué?
— ¿Qué es lo que te atrae de mí?
—Quinn.
—No, en serio —me atrajo hacia ella, de forma que mi cabeza estaba junto a la suya, con las manos entrelazadas alrededor de mi cintura. Delante de nosotras oscilaba la vela, proyectando sombras desiguales contra la pared de enfrente—. Dímelo.
—No —respondí y añadí—: Me da vergüenza.
—No, no tiene por qué. Mira, te voy a decir lo que me gusta de ti.
Refunfuñé.
—Bueno, salta a la vista que eres muy guapa —prosiguió, ignorando mis protestas—. Y eso, lo admito, fue lo primero que me llamó la atención en el concesionario aquel día. Pero luego, tengo que decir que lo que me conquistó es tu seguridad. Hay tantas chicas inseguras, preguntándose todo el tiempo si están gordas o si te gustan de verdad, pero tú no. Tú actuaste como si te importara un bledo que hablara contigo o no.
— ¿Actuaste?
— ¿Ves? —noté que sonreía—. A eso me refiero.
— ¿Así que te atrae el hecho de que sea una tipa dura?
—No, no. No es eso. Me gustó que fuese un reto llegar más allá, abrirme un hueco. A la mayoría de las personas se les cala con facilidad. Pero una chica como tú, Rachel, tiene muchas capas. Lo que está a la vista está muy lejos de la realidad. Puede que parezcas dura, pero, en el fondo, eres una blandengue.
— ¿Qué? —protesté. Me ofendí de verdad—. No soy blanda.
—Me compraste los cubiertos.
— ¡Estaban de oferta! —grité—. ¡Por favor!
—Te portas muy bien con mi perro.
Suspiré.
—Y —continuó—, no sólo te ofreciste voluntaria para venir y enseñarme a separar como es debido la ropa negra y la de color...
—La ropa blanca y la de color.
—... sino que también nos has ayudado a solucionar el problemas con la factura de la luz y a limar las diferencias entre nosotras. Admítelo, Rachel. Eres encantadora.
—Cállate —protesté.
— ¿Y por qué te parece eso malo? —preguntó.
—No es malo —dije—. Pero no es cierto.
Y no lo era. Me habían llamado muchas cosas en mi vida, pero encantadora nunca había sido una de ellas. Me ponía nerviosa, como si hubiera descubierto un secreto que ni yo sabía que ocultaba.
—Muy bien —declaró—. Ahora tú.
—Ahora yo, ¿qué?
—Que me digas por qué te gusto.
— ¿Y quién te ha dicho que me gustas?
—Rach —dijo severamente—. No me obligues a llamarte encantadora otra vez.
—No, no —me incorporé y gané tiempo acercando la vela al borde de la mesa. Hablando de perder la ventaja, mira adónde había llegado: confesiones a la luz de las velas—. Bueno —dije por fin, sabiendo que estaba esperando—, me haces reír.
Asintió.
— ¿Y qué más?
—Estás bastante bien.
— ¿Bastante bien? Yo te llamé guapa.
— ¿Quieres ser guapa? —le pregunté.
— ¿Estás diciendo que no lo soy?
Levanté los ojos al techo, meneando la cabeza.
—Es broma, ya me callo. Por favor, relájate, no te estoy pidiendo que me recites la Declaración de Independencia a punta de pistola.
—Ojalá —reconocí, y ella se rió con tanta fuerza que apagó la vela de la mesa y volvió a dejarnos en la más absoluta oscuridad.
—De acuerdo —dijo Quinn, cuando me di la vuelta para mirarla de frente y le pasé los brazos por el cuello—. No hace falta que lo digas en voz alta. Ya sé por qué te gusto.
— ¿Ah, sí?
—Sí.
Me rodeó la cintura con los brazos, acercándome hacia ella.
—A ver —la animé—, cuéntame.
—Es una atracción animal —declaró simplemente—. Pura química.
—Mmm —respondí—. Puede que tengas razón.
—De todas formas, no me importa el motivo.
— ¿No?
—No —tenía las manos en mi pelo, y yo me inclinaba hacia ella, sin ser capaz de ver bien su cara, pero su voz sonaba con claridad, junto a mi oreja—: Lo importante es que te gusto.
¡Hola!
No pude actualizar antes :( en fin, ya sé que hacer con Santana, así que pronto aparecerá.
¡Gracias por los reviews, follows y favorites! ¡Saludos!
