Capítulo 10
CON JOSH caminando entre los dos, avanzaban hacia la mansión. Katniss, que veía el mundo con las lentes rosadas del amor, tenía la impresión de que la elegante fachada de piedra les sonreía con benignidad.
—Ahí está Plutarch —dijo, al divisar la alta figura junto al lago bordeado de juncos, y lo saludó con la mano—. Ahora, sé amable —advirtió a Peeta con severidad.
—Me ofende que me creas capaz de no serlo. Katniss le dirigió una mirada amorosa, pero exasperada.
—Y no hagas muecas —le ordenó, y con la mano alisó sus labios fruncidos.
—Bla... bla... bla —Peeta besó el dedo tan oportunamente dispuesto sobre sus labios y lo introdujo en la boca. Su mirada se intensificó con masculina satisfacción cuando vio el rubor que se extendía por la piel de Katniss.
—¡Hablo en serio, Peet! —replicó ella con voz ronca, y retiró la mano.
—Cariño, por ti tomaría el té con el demonio en persona.
—A juzgar por tu comportamiento, yo diría que eso íbamos a hacer.
Solo estaban a unos cien metros del padre de Peeta, cuando se oyó un sonoro crujido y un gemido de angustia, y la baranda del otro extremo del viejo puente de madera cedió y aterrizó en el lago con estrépito. Contemplaron con horror cómo arrastraba a Plutarch al agua.
—¡Maldita sea! —Peeta atravesó el puente en dos zancadas.
Katniss, que llevaba a Josh de la mano, tardó mucho más.
Cuando alcanzó la orilla repleta de juncos del lago, Plutarch estaba emergiendo del agua enfangada, pero poco profunda. Katniss se agachó a su lado.
—¿Te encuentras bien?
Plutarch se pasó una mano por el pelo empapado y plateado.
—Siempre quise aprender a nadar —miró a su alrededor—. ¿Dónde está el chico?
Al principio, Katniss creyó que se refería a Josh, que parecía interesado más que asustado por aquel inesperado accidente. Entonces, comprendió a quién buscaba.
—¡Peet! —chilló cuando empezó a ser presa del pánico—. Peet, ¿dónde estás?
—Estaba a mi lado, en el agua, ayudándome a regresar a la orilla —Plutarch se puso en pie con paso tambaleante, se protegió los ojos con la mano y contempló el agua quieta y silenciosa.
El frío se propagó por el cuerpo de Katniss hasta reducirla a un bloque de hielo.
—No, no puede ser —balbució con labios lívidos, y siguió llamándolo con desesperación—. ¡Vigila a Josh! —dijo a la figura trémula y estupefacta que estaba a su lado—. No dejes que se acerque al agua.
Las lágrimas fluían libremente por sus mejillas mientras se adentraba en el lago y empezaba a vadearlo. Más tarde, sería incapaz de recordar la secuencia de acontecimientos que la indujeron a sumergirse hasta los muslos en aquellas aguas tan poco hospitalarias.
—Por favor, que esté bien. Por favor, que esté bien —repitió como si fuera un mantra—. ¡Peet, si me haces esto, jamás te lo perdonaré! —gritó—. ¿Me oyes? ¡Jamás!
—Te oigo.
Con un grito, giró en redondo hacia la voz y vio que estaba en pie en el agua, con un aspecto desastroso y un tajo profundo desde el pómulo hasta la sien. Katniss sintió que se mareaba de alivio. Su aspecto no importaba... estaba de una pieza. ¡Estaba vivo!
—¿Kat? ¿Kat? —oyó cómo Peeta repetía su nombre con angustia y, después, la envolvió la oscuridad. No oyó ni vio nada hasta varias horas más tarde.
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—¿Dónde estoy? —una parte de su cerebro accedió a proporcionarle la información necesaria mientras la otra se horrorizaba de su pregunta manida y predecible.
—En el hospital.
—¿Peet? —con una exclamación se incorporó sobre la cama. La figura de bata blanca la obligó a echarse otra vez.
—Sus acompañantes se encuentran bien. El anciano señor Mellark se estaba dando de alta la última vez que lo vi, y el pequeño estaba con él. A su otro amigo hemos tenido que darle unos puntos en la herida de la cabeza.
—¿Cómo...?
—Chocó contra un fragmento sumergido del puente y se quedó aturdido. Pasará la noche aquí, por nuestra propia tranquilidad, pero se pondrá bien.
—¿Y a mí que me pasa?
—Se ha sentido un poco indispuesta últimamente, ¿verdad?
—No sé usted —replicó Katniss con irritación—, pero yo sí. Lo siento —añadió, avergonzada de su impertinencia. El hombre solo intentaba ayudarla.
El médico dejó de mostrarse enigmático y le dijo lo que tenía. Katniss no lo creía, se negaba en rotundo a creerlo. Pero cuando realizó las pruebas que confirmaban su diagnóstico, no tuvo más elección que aceptar lo que decía. No fue fácil... Siempre costaba creer en los milagros.
Estaba echada en la cama, en un estado de euforia y perplejidad, cuando la puerta se abrió. Katniss suspiró... «Otra vez no». ¿Cómo podían ser tan eficientes en aquel hospital? Si le tomaban la presión arterial una vez más, gritaría... Katniss no era la mejor paciente del mundo.
El ceño desapareció de su rostro cuando vio quién era. Sus ojos contemplaron con avidez los detalles de su rostro magullado, pero amado.
—Bueno, no te quedes ahí parada, hazme sitio —musitó su amante gruñón.
—No les hará gracia verte aquí —predijo Katniss, refiriéndose a la plantilla del hospital. Pero la perspectiva de una regañina no impidió que retirara las sábanas y se apartara a un lado.
—No, si no me encuentran. Los innovadores nunca somos bien recibidos —se lamentó Peeta—. Y yo soy un temerario pionero del programa de camas compartidas.
—Pobrecito, mírate —se compadeció Katniss con suavidad, y le tocó el lado magullado del rostro con ternura—. Hablando de temeridad, no vuelvas a hacerme esto jamás — su mirada se ensombreció al recordar los momentos angustiosos en los que había creído perderlo para siempre—. Creo que he acumulado suficiente material para mis pesadillas en lo que me queda de vida.
—Lo siento, cariño. Pero cuando te desmayaste, yo también me vine abajo. De no ser por Plutarch, todavía estaría en el lago, contigo en brazos, como un pasmarote —dijo con voz cargada de amarga recriminación—. ¿Pero te encuentras bien? ¿Qué ha dicho el médico?
Katniss podía percibir su alarma.
—Estoy bien...
—Pero hay algo más, ¿verdad? —Peeta le levantó la barbilla y Katniss no tuvo más elección que mirarlo a los ojos—. Pensaba que habíamos dejado atrás los secretos, pero todavía veo uno en tus ojos —le reprochó.
—Tal vez sea un problema tener un marido que puede leerme tan bien el pensamiento.
Peeta no prestó atención a aquel leve intento de quitar hierro a la cuestión.
—Entonces, tengo razón. Te ocurre algo malo.
—No, no es que sea malo... Al menos, espero que a ti no te lo parezca... A mí no, pero supongo que depende... —Peeta le puso un dedo firme en los labios.
—Estás balbuceando.
—¿Recuerdas que te dije que no podía tener hijos?
La compasión fue rápidamente sustituida por la resolución en la mirada de Peeta.
—No importa. Quiero tenerte a ti, no tener hijos.
—¿Y si ya hay uno incluido en el lote?
La mano que le estaba masajeando la cabeza a través de la gruesa mata de pelo brillante se quedó quieta de improviso.
—¿Intentas decirme...?
Katniss asintió con energía.
—Estoy embarazada —se sentía extraña pensándolo, y decirlo demostró ser una experiencia aún más insólita y maravillosa.
—No puede ser.
—Eso mismo dije yo, pero me hicieron las pruebas, y hasta lo vi en la ecografía... — aquel recuerdo especial hizo aflorar las lágrimas a sus ojos grandes y maravillados—. Al parecer, hay una gran diferencia entre imposible e improbable. Me dieron todas las explicaciones científicas posibles, pero sigo pensando que es un milagro —anunció—. Tenía todos los síntomas, pero no se me ocurrió pensar...
La perplejidad desapareció del rostro de Peeta y sonrió de oreja a oreja. Quizá fuera la expresión menos inteligente que Katniss había visto en su delgado rostro, pero la más gratificante. Creyó que se alegraría, pero era maravilloso ver la confirmación.
—Vamos a tener un hijo, Kat —parecía enormemente complacido por ello.
—Lo sé, cariño.
—Un hermano para Josh...
—O una hermana —se sintió obligada a añadir.
—Lo que sea —corroboró con vago buen humor. Profirió un aullido de gozo incontenible y se incorporó. Con los ojos llenos de entusiasmo y estupefacción, plantó las dos manos en la almohada y se cernió sobre ella con preocupación.
—¿Va todo bien? ¿Tienes que hacer algo? ¿Descansar?
—Estoy descansando, Peet —señaló Katniss—. Y el médico me ha dicho que gozo de muy buena salud. Así que tranquilízate.
—¿Crees que al bebé le importará que te bese?
—No tengo ni idea, pero a mí me importaría mucho si no lo hicieras —anunció con firmeza.
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La enfermera siguió contemplando la cama deshecha.
—Debería estar aquí —dijo por cuarta vez.
—¿Quiere decir que ha perdido a mi hijo? —la idea de que hubieran extraviado a su hijo de metro noventa elevó las comisuras de los labios de Plutarch. Tenía sus propias sospechas sobre dónde podía estar.
—Bueno, no es que lo hayamos perdido... es que no sabemos dónde está —reconoció la enfermera con desolación.
—Una clara diferencia, cuya relevancia no acierto a comprender en estos momentos.
—No puede haber ido muy lejos, no llevaba ropa. Los pacientes con contusiones pueden obrar de un modo impredecible algunas veces.
—Me siento mucho mejor sabiendo eso —su expresión severa se disipó—. No se preocupe, solíamos perderlo de vista todo el tiempo cuando era niño. ¿Le importaría decirme cuál es la habitación de la señorita Everdeen?
—No sé si la señorita Everdeen puede recibir visitas. Iré a mirar... —dos segundos de exposición a la mirada fulminante de los Mellark y la vacilación de la enfermera desapareció—. Lo llevaré a su habitación, señor.
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—¡Lo sabía! —exclamó Plutarch, complacido porque su presentimiento se hubiese confirmado al abrir la puerta del cuarto de Katniss.
—¡Dios mío! —exclamó la enfermera, escandalizada, mientras contemplaba con incredulidad a las dos figuras entrelazadas sobre la estrecha cama de hospital—. No pueden hacer eso aquí.
—Creo que es preciso ser flexibles en esta ocasión —anunció Plutarch en tono autoritario—. No están teniendo una orgía. Compréndalo, el chico está sufriendo.
—No tanto —replicó Peeta, saliendo en defensa de su libido. Katniss tosió y se cubrió con las sábanas.
—Además, sería inútil decirle que no puede compartir la cama de la señorita Everdeen, lo ha estado haciendo desde que tenía catorce años.
—Once —lo corrigió Peeta con un brillo de apreciación en la mirada.
—No creo que pueda quitarle esa costumbre. Ni yo querría que lo hiciera —añadió Plutarch, mientras sostenía con gravedad la mirada de su hijo—. Dile que cuidaré de Josh esta noche —oyó Katniss decir al anciano en voz alta, como si ella hubiera salido de la habitación—. No tiene que preocuparse por nada.
—Lo haré —prometió Peeta, conteniendo un quejido cuando Katniss lo pellizcó en el vientre—. ¿Y te importaría dar de comer al perro?
—¿Se han ido ya? —preguntó Katniss cuando la habitación se quedó en silencio. Peeta retiró las sábanas.
—Ya puedes salir. Me habría reunido contigo, pero pensé que no debía alentar rumores escabrosos.
Katniss gimió horrorizada y emergió con las mejillas ardiendo y el pelo enmarañado.
—¿No creerían que...? —empezó a decir en un susurro, pero vio el destello pícaro en sus ojos azules. Le dio un manotazo juguetón en el pecho—. ¡Canalla! ¿Viste la cara que puso la enfermera?
—¿Por qué iba a mirar a otra mujer cuando te tengo a ti delante?
—Preferiría que restringieras tus miradas al mínimo también en mi ausencia. ¿Cómo pudo decir Plutarch todo eso? —lo acusó con indignación.
—La verdad es que todo lo que decía me pareció muy sensato. Quizá lo invite a la boda, después de todo —añadió en tono pensativo.
—Si él no va, yo tampoco.
—En ese caso, encanto, será el primero de la lista —las sábanas amortiguaron las risitas y los grititos de protesta cuando Peeta los tapó a los dos—. Me pareció una idea interesante cuando te vi desaparecer bajo las sábanas y me estaba preguntando...
—Peet, ¡no puedes hacer eso!
Katniss enseguida descubrió que podía hacerlo. Y, tratándose de Peeta, lo hizo muy bien.
Fin
Bueno, hemos llegado al final de la historia, espero que les haya gustado tanto como a mi, muchas gracias por los reviews :) nos leemos en la proxima
Saludos Maya
