La criatura se detuvo al frente de la entrada. Mientras la seguía, Spyro notó que aguardaba por algo. Girando los ojos hacia el muro, descubrió que en su centro tenía un hueco diminuto. Fue creciendo, de manera circular, hasta que abriera paso a un nuevo camino.
— ¡No queremos hacerte daño! —Gritó Spyro, desesperado—. ¡Sólo escúchanos!
La criatura dorada gritaba de pánico al escucharlo. A través de un movimiento rápido, se adentró a la puerta.
— ¡Spyro! —Dijo Cynder cansadamente, alcanzándolo detrás—. Para, no podemos entrar ahí sin pensar.
Spyro paró. El corazón le palpitaba como tambor, y parecía que se le iba a salir en cualquier segundo. Inflaba y desinflaba constantemente su pecho al tragar bocanadas de aire. Mientras tenía las patas flexionadas, miró que Cynder se detenía con agitación a su lado. Ella empezaba a recorrer aquella entrada misteriosa con los párpados casi caídos.
Spyro imitó aquella acción, soltando suspiros.
Era como si tuviera al frente la auténtica puerta principal del Templo Dragón; se trataba de una puerta circular, bastante bonita, decorada con tres esferas plateadas repartidas en varios sitios; una en la parte superior, otra en la esquina inferior derecha y también en la izquierda. El arco, que lo conformaba, era púrpura.
— Qué carrera te pegaste, al menos sé que vas recuperando fuerzas —Opinó Cynder. Utilizaba un tono de reproche, y veía con mal humor lo que su amigo miraba—. Un pasillo oculto en un sitio como éste, y ésa supo dónde estaba, ¿qué habrá aquí?
— No puede ser cualquier cosa —Contestó Spyro. Luego, pensando que debía haber una razón para que aquella criatura suplicara ayuda, añadió—: Pero pedía ayuda de alguien antes de que entrara, y un ser tan pequeño no puede venir sin compañía, ¿verdad?
Con ojos risueños, Cynder le sonrió de soslayo, mientras cerraba los ojos con gran fuerza, pensando.
— Estupendo, enemigos que nos entretendrán por un rato —Dijo excitada, y moviendo la cola—. Ya nos atrapó, les avisará a sus aliados, vendrán por nosotros y debemos que defendernos. Ven detrás de mí… Tal vez sería mejor que me cuides la espalda.
— Es mejor socializar con ellos antes de llegar a una pelea innecesaria, Cynder —Se apresuró a decir Spyro mirando a Cynder, quien le dirigió una mirada rápida y molesta.
— ¿Te parece? —Le repuso con una ceja levantada—. La gente nueva que conocemos suelen primero matarnos.
— No todo el tiempo —Aseguró Spyro, con el entrecejo fruncido—. Créeme, es mejor hablar que pelear. El mundo necesita paz, ahora más que nunca.
Cynder masculló entre dientes como si se tragara las palabras. Detallaba distraídamente el interior de aquella puerta, donde alcanzaba a ver las profundidades de un infinito pasillo oscuro y tenebroso, dejándola con la duda de que si habría final o no. Por otro lado, Spyro, con los ojos entrecerrados, Spyro la miraba poner expresión de enojo, indicándole que dudaba, y después de un minuto completo, ella dijo, rendida:
— Odio que uses tu razonamiento conmigo —Se puso delante de Spyro—. Tú ganas, pero irás detrás de mí por si las escamas —Respiró con gran ego—. Mejor que me las arreglé contra quién sea que esté allá dentro que te maten primero al estar más débil que un insecto.
— Estoy bien —Mintió Spyro. Cuando dio un paso, cogió, largó un quejido y bajó la cabeza, aún exhausto. Volvía a sentir que sus patas no tenían fuerzas para caminar bien.
— ¡Sin duda no lo estás! —Exclamó Cynder—. Si te presionas más, tal vez vuelvas a caer, aquí mismo, en un sueño el cual no sabes si saldrás con vida.
Levantó la vista hacia ella. La veía lanzarle una mirada de impaciencia y la oía golpear constantemente el suelo con su cola de navaja. Su cuerpo le seguía doliendo tanto que sus patas estaban flexionadas, como si alguien los apretara. Al mirar a su alrededor, se daba cuenta de que la oscuridad de la noche invadía cada vez más el largo pasadizo lleno de puertas, y verlo era más difícil. Después de considerar mejor la idea, Spyro largó un suspiro de derrota y miró a Cynder, incapaz de protestar sus palabras.
— Está bien pero, si algo mala pasa, no me quedaré quieto —Repuso sonriendo—. Me duelen terriblemente las patas, pero puedo soportarlo.
Se puso en pie totalmente. Miró que Cynder, que era la que estaba delante de la puerta, se sumergía en el interior de ésta. En cuestión de segundos, no pudo detallarle más sus escamas negras. ¿Así de oscura era el pasillo? A continuación, la siguió, dando pasos torpes y lentos. De una sala grande repleta de puertas, estaba sumido en un pasillo tan oscuro que no podía diferenciar si tenía los ojos abiertos o cerrados. Dio un sobresalto cuando escuchó el portazo de la puerta cerrarse tras ellos.
— ¿Puedes ver algo? —Dijo delante de Spyro la voz confundida de Cynder.
— No sé…
Caminaron en silencio, y sus pisadas aceleradas retumbaban como ecos suaves. Al cabo de un minuto más o menos, sintieron que no se dirigían a ninguna parte e intentaron mover las cabezas cualquier dirección, en busca de una abertura lejana y pequeña, cuyo interior se le saldría una majestuosa luz dorada que les indicase la salida, pero encontraba infinita y negra oscuridad a kilómetros.
— ¡Ay! —Gritó Cynder de repente—. ¡Me has pisado la cola, Spyro!
— ¡Lo siento!
Retrocedió a toda prisa. Trataba de caminar dos o tres pasos más atrás para no irrumpir con el ritmo que estaba Cynder, pero no conseguía verla claramente, porque, desde la lejanía, distinguía sólo su silueta borrosa y oscura.
Durante varios minutos, Spyro y Cynder vagaron por aquel pasillo, que era similar al cuerpo de una serpiente. A medida que avanzaban, comenzaron a sentir el piso medio extraño: era rasposa pero suave al mismo tiempo, como si pisaran almohadas incomodas, mientras que Spyro se aclaraba distraídamente la garganta: los elementos continuaban sin responderle.
A duras penas, podía ver la figura de Cynder, y ella empezaba a descender, como si estuviera metiéndose en un agujero.
— Cuidado por dónde pisas —Salió la voz de Cynder desde el agujero, y también sus patadas, como si se quitara alguna mugre— Creo que pisamos moho, raíces y hongos.
Con gran cuidado, Spyro tanteó la orilla del gran agujero con las puntas de su garra derecha y descubrió que se trataban de unas escaleras que lo conducían hacia abajo.
— He destruido muchos hongos cuando vivía en el pantano —Comentó, bajando despacio los escalones—. No son venenosos pero, si lo tocas, te deja un fétido olor a muerto que es una pesadilla quitarlo.
Un chillido de asco resonó contra las cuatros paredes del estrecho lugar. Cynder había expresado su odio absoluto.
— Más razones para no querer tocarlos, gracias —Repuso sarcásticamente—. No sé qué clase de lujos vivías ahí con Sparx y tus padres, Spyro, pero, sea como sea, suena asqueroso.
Spyro escupió una risa pequeña, que no se escuchaba mucho, y él continuó con tono de nostalgia:
— Con Sparx lo disfrutaba. Jugábamos todo el tiempo y… ¡ARG!
Su pata derecha delantera penetró la corona de un hongo. Fue como si aplastara el cascarón de un huevo podrido, pegajoso y viscoso. Dentro había una sopa brillante de fosforescente verde. Como si fuera pegamiento, impedía que lo sacara, no importaba cuanto trataba.
Spyro escuchó que Cynder se aproximaba. ¿Qué podía hacer ahora? Con una mueca formada, volvía a jalar la pata, pero estaba unida con una cadena pegajosa del hongo, y quedó más asqueado.
Tras exhalar un profundo y prolongado suspiro de cansancio, observó a su alrededor, utilizando el hongo roto como fuente de luz. No había gran cosa. A parte de que estaba definitivamente sobre unas escaleras agrietadas, en las esquinas pudo ver que había una gran variedad de hongos de distintos tamaños, raíces pegadas en las paredes y, en ellas, rostros de dragones que parecían tener las bocas abiertas.
« ¿Estarán conduciendo a una sala que solía ser de ellos? » —Dedujo Spyro, intentando dar un paso pero el hongo se lo impidió, irritándole—. « ¿Habrán tenido conexión con Magnus? ¿Conocerán también sobre el Éter? »
— ¡¿Spyro?!
Se bajó de las nubes y miró abajo, con los ojos en blancos. A través de la imponente oscuridad, la dragona subía con dificultad. Constantemente chocaba con los escalones superiores, largando muecas y soltando gemidos de dolor. Una vez arriba, al frente de Spyro, él consiguió mirarla con más detalle, gracias a la iluminación que desprendía su pata metida en la sustancia brillante: Cynder tenía una cara cansada y agachada, como si hubiera corrido un maratón, pero, para Spyro, le hacía feliz tenerla cerca, porque ahora podía liberarse de aquella planta. Había olvidado que, para su mala fortuna, los hongos contenían sustancias pegajosas que podían ser usadas como trampas (su familia de libélulas solían usarlas para retener los monstruos del pantano y no alcanzaran su hogar, donde estaba pegada en la punta de un árbol).
— ¡Llegaste! —Anunció Spyro. No podía quitarse de la sonrisa que dibujaba su rostro—. ¿Me das una pata, por favor?
— Sí… Estoy… —Musitó Cynder, cansada. Había subido la cabeza para mirar el asunto, pero no tardó nada en quedarse asombrada y reír como chiflada—. P-pero… ¿Qué…? ¡Puf! ¿Qué fue lo que te pasó, Spyro?
— El destino jugándome una mala broma —Dijo Spyro, apuntando su garra unida a la planta con una mirada significativa—. Y la tengo pegada, como puedes ver, no la puedo sacar.
— Qué harías sin mí, Spyro —Dijo Cynder entre risas, y ladeando la cola—. Trata de quedarte quieto, no quiero cortarte toda la pata.
— Sé que no lo harías —Alagó Spyro, alejando el cuerpo para atrás, mientras dejaba la pata derecha para Cynder—, eres buena cortando cosas.
Cynder, riendo en respuesta, levantó la navaja filosa de su cola. Cuando la puso con gran cuidado en la parte baja del asqueroso hongo, la cortó de un tajo veloz. Retrocediendo unos pasos hasta la espalda tocó la pared, Spyro se observó. La pata se parecía ahora en una colmena pequeña y verde. Teniendo el entrecejo fruncido, regresó la mirada en Cynder, sin poder poner la pata todavía en el suelo.
— Estoy libre, pero… —Agradeció dubitativo, sacudiéndola con extrañez, esperando por una respuesta—. ¿Cómo podré caminar? Si pudiera escupir fuego, lo quemaría sin problemas, aunque podríamos… Eh… ¿Cynder?
Un viscoso líquido ácido brillaba en las fauces de la dragona, cuyas gotas, que caían de ella, quemaban el piso al tacto. No había tenido que sentirla para que Spyro pudiera tener una idea de que iba a doler demasiado, y, teniendo el corazón en la garganta y tragando saliva, ponía una cara de arrepentimiento.
— No te angusties —Añadió rápidamente Cynder, con absoluta despreocupación—, sólo sentirás un pequeño ardor, pero nada grave.
— ¿No será peligroso? —Suplicó Spyro, casi aplicando una nota de desesperación en su voz—. No creo que sea demasiado llegar a estos extremos…
— Levántala, rápido —Pidió Cynder, sin dar importancia a lo que dijo.
— Uh… —Spyro no tenía idea de qué decir. La cabeza la tenía mirando el piso y la boca masticando palabras. Nervioso, después de pensarlo mejor, decidió levantar la pata, y parándose sobre tres patas—. De acuerdo, estoy listo.
¡PLASH!
Cynder escupió una pequeña bola de ácido sobre aquella pata, consiguiendo que, por medios de burbujas y humos, evaporizara el gran hongo. Sin embargo, justo cuando Spyro sonreía aliviado, la acidez continuó quemando y quemando hasta llegar a la piel escamosa del dragón púrpura. En menos de un segundo, Spyro se miró, abrió horrorizado los ojos, y notó que el ardor comenzó a dar efecto…
— ¡AAAAAAARG! —Chilló a todo pulmón. Ignorando a Cynder, que lo miraba asombrada, sacudió como loco la pata—. Duele… ¡Bastante!
Fue como si le hubieran puesto hierro al rojo vivo, una sensación que nunca había experimentado. La pata derecha era ahora un guante verde y mal hecho. Spyro trataba de quitársela con los filos de la otra garra delantera. Se acostó mal sobre unos escalones (tenía dos patas traseras en el inferior y las delantera en el superior). Cynder, por otro lado, estaba sintiéndose culpable, demostrándolo con una cara de profunda resignación.
— Debí haberme excedido un poco la cantidad… —Susurró para sí misma—. No nos está quedando mucho tiempo, así que, trataré de quitártelo rápido.
— Hazlo… Rápido… —Respondió Spyro en voz baja, apretando los labios con extrema fuerza, como si con eso haría el dolor menos insoportable.
Se acercó, se sentó y sujetó aquella garra herida con las suyas. Sin decir nada, Spyro cerró los ojos, dejando que Cynder quitara la capa derretida que quedó pegada en la pata. En el tiempo que llevaba rasguñándolas y quitándolas, una sensación de relajación se apoderó de Spyro, y él sentía que el dolor finalmente se iba.
— Con esto quedará mejor —Dijo Cynder, satisfecha con su trabajo—. ¿Te duele?
— Ahora no tanto —Respondió Spyro, incorporarse torpemente en cuatro patas—. Puedo caminar, eso es lo que necesitaba, gracias.
— Lamento casi haberte dejado sin una pata, fue mi error —Ya no había luz, así que Spyro no pudo verla sonreír—. Ven, no perdamos más tiempo.
— Voy detrás de… —Spyro sintió un líquido pegajoso en el escalón más próximo y resbaló detrás de Cynder, empujándola abajo—. ¡…TI!
¡PIM! ¡PAM! ¡POM!
Chillidos, bufidos y gritos de dolor eran los únicos sonidos que gobernaban el pasillo, y seguían hacia el fondo. Spyro sintió que se daba golpe tras otro, como una pelota se tratase. Si la visión no le fallaba, había visto la cara de sufrimiento que ponía Cynder a su lado. Cada parte de sus músculos le gritaban que parase, pero no podía obedecerlos, porque no tenía control de la caída. Tras un largo minuto de parpadear estrellas, aterrizó sobre un objeto suave y carnoso, que chillaba al recibirlo. Era Cynder, que había caído de primera. Nuevamente, Spyro veía todo negro.
Luego, escuchó la voz herida de Cynder decir:
— ¿Spyro…?
— ¿Cynder…? ¿Estás bien?
— ¿Crees que lo estoy?
— No me había fijado que todavía quedaba esparcido ese hongo, perdón.
— Fue buena idea después de todo —Cynder bufó, adolorida—, nos ayudó a bajar más rápido.
— ¿Y dónde estamos ahora?...
— ¡Sí dejarás de aplastarme podría descubrirlo!...
— ¡Alto, deja de moverte! —Dijo Spyro apresuradamente—. ¡Aplastas mi ala!
— ¡Ay! —Exclamó Cynder.
— ¡Espera! —Bramó Spyro—. ¿Escuchas eso?
Por fin otros ruidos habían aparecido. Los cansados rostros de Spyro y Cynder eran vagamente iluminados por un rayito de luz que se sobresalía de lo que parecía ser una abertura vertical en la lejanía. Spyro pudo ver que estaba horizontalmente encima de Cynder, y, de un salto, se quitó enseguida.
— Ya era hora, gracias —Dijo Cynder, poniéndose en pie. Estiraba las patas como gata, y comenzó a seguir aquella luz.
Siguiéndola desde atrás, Spyro, de repente, notó que su pata derecha delantera estaba pegajosa. Incomodo, la abría y cerraba varias veces. Las garras se le pegaban y despegaban cuando entraban en contacto entre ellos. Tras un suspiro, decidió adaptarse a la sensación y continuó caminando. En el transcurso, ninguno dijo nada. Pero oían con cautela.
Se oyeron gritos agudos que Spyro ni Cynder entendían con claridad y veían figuras sombrías pasar en el otro lado de aquel orificio vertical. El ambiente se ponía cada vez más pesado e intenso a medida que se acercaban, con pasos lentos y cuidadosos. Sintieron que nunca iban a llegar hasta que Cynder se detuvo, y Spyro la imitó bruscamente, mirando con interés a lo que ella estaba observando con la boca abierta.
Había al frente de ellos un portón grande, más intacto y circular, con tallos muy raros alrededor del borde: eran runas y símbolos que Spyro no conocía, y al juzgar por la expresión confusa que tenía Cynder, supo que ella tampoco. Los ruidos venían del otro lado de aquella puerta. Spyro no hubiera podido decir si aquellas palabras eran balbuceos sin sentido o de un idioma que nunca había escuchado en su vida.
Cynder quiso entrar, averiguar quiénes estaban dentro, pero casi tres años de experiencia en el peligroso mundo dragón le habían enseñado a Spyro que era muy poco prudente abrir el interior de algún lugar repleto de personas desconocidas, así que se interpuso en su camino, impidiéndola seguir caminando. Antes de que pudiera oírla protestar, le sugirió en una especie de susurro determinado y tranquilo:
— Sugiero que veamos lo que hay a través de este hueco. Descubramos primero lo qué planean esos sujetos e interferimos después, ¿qué dices?
— Mientras esté tú delante precaviendo algún ataque, está bien para mí —Aceptó Cynder en una extraña mezcla de mal humorada y picardía. Dando un paso atrás, se puso a espaldas de Spyro—. Adelante, dime qué hay allí.
Spyro, desorientado ante aquella declaración, se inclinó, abrió mucho el ojo derecho y miró lo que había dentro, sintiendo la respiración de Cynder en su cabeza. Esperaba distinguir el interior de una sala destruida, y en vez de eso, entre el rabillo de la puerta, veía una sala redondo de paredes cobrizos, una gran sala que le recordaba mucho a la vieja sala principal del Templo Dragón, pero con más detalles.
Estaba apenas iluminada, y Spyro pensó que incluso podía ser subterránea, porque no tenía ventanas, sólo un cúmulo de cristales brillantes puestas arriba como un candelabro. Pegando más la cara de forma que la punta de la nariz le quedó mirando abajo, vio que puestas en esa pared había una serie de banderas de varios colores y símbolos, algunas estaban más elevadas al techo que otras, en los que representaban todos los elementos existentes, pero sólo conocía cuatro de ellos; fuego, tierra, electricidad y hielo. En el centro exacto de la sala había una vasija de piedra poco profunda, que le recordaba bastante a la Piscina de Visiones del Templo Dragón. Pero, algo allí le producía inquietud. Delante de aquella piedra, había una silueta encapuchada, de espaldas, y a su lado la acompañaba, en el aire, la criatura dorada.
— ¡Li em elbmes euq ec sesirp ruelf ed sab ed ettec evarg noitautis, Bianca! —Era la voz del ser alado. Su tono era muy agudo, femenino y exaltado—. Sli tnos xueregnad, tnemulosba xueregnad. N'saes aniterc te somaglas edipar d'ici. Otneiserp euq sec sellib d'éselliac tnos rpès ed ici te, is suon suon tneiov, tiaretceffa tnemelatot ettec noissim ed erttem sel inredèser sfueo ed nogard iuq tno réissu à ervivrus.
— ¿Qué estará diciendo? —Preguntó la voz incrédula de Cynder.
De inmediato, Spyro tuvo que chitarle un « ¡Ssshhh! » para que guardara silencio. Regresó su atención en la conversación.
— ¡Tnemmoc euqitsard, Zoe! —Exclamaba la voz indignada de la encapuchada, también femenina y tenía un acento extravagante—. Ej suov elleppar euq alec tneiv d'xue, sec sfueo tnos al elues esohc iuq etser d'xue. S'li y ne a sulp, c'tse enu noisacco ellennoitpecxe d'ritreva sel Siort Segas euq sel Snogard tneiarruop ervivrus.
— ¿Euq zevas-suov ed xuec iuq tno inif rap resuac ec déertsas? —Preguntaba la cosa alada y parecía enojada—. Luo, nob nalp, ej rpéfèer uq'sli tnessinif rap s'éerdniet...
— ¡Zeyos sulp tnassiannocer! —Gritaba irritada la misteriosa encapuchada.
— ¡Ej en iares sap! — La cosa con alas le devolvía el grito con otro y parecía incomoda—. Ej rpéfèer ritrap d'ici. Iot, is ut xuev, ut setser à retucsid ceva xue, ej sdnerp nios ed sem selia rpésesueic, icrem puocuaeb.
¿De dónde venían aquellas personas? No parecían que vivieran en Warfang: nunca había visto a alguien de ese lugar vestir como aquel sujeto con capucha violeta. Además, el idioma que hablaban era totalmente confuso e incompresible, y Spyro sabía que ninguno de sus conocidos podía hablar de esa manera. Parecían estar discutiendo, pensó, porque la cosa voladora se había sumergido descaradamente en algún bolsillo de la encapuchada, aunque no podía ver por dónde fue. El misterioso intentaba quitársela de encima, sacudiéndose sin cesar, pero al final el ser alado salió disparado de él (o ella), y sostenía un artefacto entre sus diminutas manos.
Como el objeto era pequeño, la distancia que veía, lejana, Spyro no distinguía lo que era, excepto un intenso brillo verde. Se inclinó un poco más, mientras que Cynder se acomodaba más sobre él, para que pudieran ver mejor y saber lo que hacía aquel artefacto….
La criatura alada lo tiró en el aire y la encapuchada había alzado un brazo, como si hubiera querido detenerla.
Hubo una poderosa explosión. En el centro, delante de aquellos desconocidos, se manifestó un portal gigante de colores mezclados, que predominaba el verde, como si fuera un remolino. Spyro juró haber oído que Cynder había resistido un extraño grito silencioso…
La encapuchada se levantaba de un brinco, sujetando una cesta grande de paja en la mano derecha, y parecía mirar enojada aquel portal. Spyro intentó detallar el contenido de aquella cesta, la cual se le sobresalía pequeñas puntas de distintos colores. Y, de repente, Cynder profirió otro grito, pero esta vez de indignación.
Con la respiración acelerada, Spyro miró arriba esperando ver la reacción de su amiga, pero ya no la tenía encima de él. Extrañado, se giró y miró que Cynder estaba furiosa.
— ¿Cynder? —Preguntó Spyro, dando unos lentos pasos hacia ella—. ¿Te encuentras bien? ¿Qué te inquieta?
Pero Cynder no respondió ni se inmutó. Hizo caso omiso de Spyro. Rasgó el suelo con sus filosas garras. Como si el diablo la hubiera apoderado, corrió tan fieramente que Spyro no tuvo de otra que quitarse del medio de un salto rápido, y verla embestir, con un terriblemente ruido que retumbó por todo el silencioso pasillo, la puerta.
Se abrió de par en par, y Cynder entró sin más.
Spyro la siguió, pero quedó detrás de ella, desconcertado, luego miró que las desconocidas se volteaban hacia Cynder, sobresaltadas. Y entonces pudo fijarse que la figura era una bípeda, con un broche de piedra esmeralda sujetando su túnica violeta, y se le sobresalía un par de orejas, como de conejos, de la capucha, pero no alcanzaba a ver su rostro completo todavía.
También vio, atónito, que la criatura alada era una pequeña persona con alas de mariposas. Su piel era amarilla pálida. Tenía una cabellera naranja y recogida con una cola que caía sobre su hombro derecho. En frente de su cabeza, dos antenas lo decoraban. Sus ojos, envueltos en pánico, eran como su cabello. Llevaba un vestido rosado.
— Es increíble, pensé que las hadas estaban extintas… —Susurró Cynder. Luego, su cola apuntó a la cesta que la encapuchada sujetaba con fuerza—. ¡Entréguenme eso o no les agradarán las consecuencias!
Pero la persona con abrigo no contestó y sólo gimoteó. Spyro vio que hacía un gesto delicado con la otra mano e hizo que apareciera, a través de un haz de luz blanca, un cetro de madera que empuñó enseguida.
— Cynder, por favor, explícame qué sucede —Pidió Spyro, tratando de encontrar sentido a la situación—. No creo que sea prudente lo que estás haciendo. Intentemos primero hablar con ellos…
— ¡Llevan huevos de dragón! —Interrumpió Cynder, en un alarido de cólera—. ¡Los están robando!
Spyro arqueó una ceja y observó con detenimiento. La cesta, tal como había visto antes desde atrás de la puerta, tenía montones de huevos de dragón: pensó que, de hecho, eran de distintas razas; fuego, hielo, tierra y electricidad, pero veía una blanca y una celeste que desconocía totalmente sus elementos. La atmósfera del lugar era inquietante y peligrosa. No pudo soltar una palabra, ni sabía que decir al respecto, sólo podía mirar paralizado a Cynder, que parecía que en cualquier momento iba a lanzarse sobre aquéllas, y éstas estaban iguales: con la encapuchada empuñando defensivamente el cetro, mientras que la personita se escondía en su espalda, tiritando.
Antes de que Spyro pudiera llegar a decir algo para romper ese perturbador silencio que se encontraba con los demás, oyó un alarido agudo. El hada terminó saliendo de la espalda de la bípeda y permaneció volando en círculos, gritando… O, por lo menos, sonaba como uno, porque aquel aullido, que molestaba los oídos de Spyro y Cynder, eran palabras de ese idioma que sólo estas dos misteriosas entendían.
— ¡Rasivaé sel sertua! —Dijo la hadita dirigiéndose a la encapuchada—. ¡Ut etnet ed sel rinetniam suos rtnocôel, tros!
Spyro observó que la encapuchada negaba con la cabeza, como si no le hubiera gustado lo que había oído. El hada ignoró aquel gesto y, de un tajo veloz, se adentró al interior del portal.
— Piensan traer más refuerzos, ¿verdad? —Dijo la voz seca de Cynder. Spyro, de inmediato, se puso a su lado, y la vio tener una expresión desafiante—. No importa cuántos traigan, no será problema para nosotros.
Por su larga nariz que se sobresalía de la sombra de la capucha, la misteriosa emitió un resoplido de desacuerdo.
— ¡Ah!, deben de tener sus razones para hacer esto, Cynder, sólo debemos descubrirlas charlando antes de acudir a las peleas —Dijo Spyro con desesperación.
— Lo sé —Reconoció Cynder, entrecerrando con ira los párpados—, pero juré que si alguien iba a sufrir lo que yo viví, lo rescataría. Esos huevos pueden ser lo que nuestros ancestros lograron rescatar, ¡no permitiré que unos desconocidos lo roben así como así!
— Pero no conocemos quiénes son realmente —Se apresuró a decir Spyro—, es demasiado arriesgado…
— ¡No me importa! —Dijo Cynder con desprecio.
Apenas Spyro había abierto la boca cuando Cynder, que tenía un líquido verdoso brotando entre sus colmillos, corrió a toda velocidad con sus garras de cuchillas para clavarlas en el abrigo (y piel) de la encapuchada misteriosa, pero no lo consiguió porque aquélla dio un salto tan alto que rozaba por unos milímetros las puntas filosas de los cristales del techo. Con ojos de plato, Spyro miró que el sujeto soltaba la cesta en el aire. Con la punta de su cetro, lo encerraba en una esfera azul mientras caía intacta, en unos cuantos metros lejos de los dragones, en el piso y les amenazó ladeando con anticipación aquel arma. Spyro echó una miradita en techo, descubriendo que la cesta había quedado levitando, mientras Cynder corría de nuevo hacia el sujeto con abrigo púrpura intentando atacarlo. Al mismo tiempo, el misterioso había efectuado un salto que lo hizo pasarse al otro lado de la sala, y era seguido por unas balas de ácido que chocaban contra las paredes. Comprendiendo que esos ataques eran del elemento veneno y viendo a Cynder seguir al sujeto con la mirada, Spyro se le ocurrió una idea y se movió hacia atrás para ocultarse en las sombras del pasillo de la puerta casi rota.
En silencio, miró que la encapuchada aterrizaba justo delante de él, sin darse cuenta de su presencia. La encapuchada blandía el cetro haciendo que disparara múltiples esferas místicas por encima del portal pero en dirección a la dragona, chocando en una pared a otra e intentando que ésta fuese afectada. Cynder las esquivaba saltando en zigzag, pero la cubría lentamente una niebla de suciedad, y se podía oír sus tosidos y gemidos.
« ¡Es momento de parar esto! » —Se dijo Spyro, flexionando sus patas traseras e impulsándose en dirección a la encapuchada. Justo cuando estaba a punto de chocar contra ella, extendió las delanteras, y la atrapó en un fuerte abrazo—. ¡Aaaaaaaaaaah!
La encapuchada no había previsto aquello. Ya no trataba de herir a Cynder con sus disparos mágicos, sino que estaba en el piso dando grandes vueltas dolorosas, gimiendo junto con el dragón púrpura que lo tenía colgando detrás de su abrigo, hasta que pararon secamente al frente de la vasija de piedra.
Spyro sacudió la cabeza, miró a todos lados con angustia. No visualizaba a Cynder, ni al sujeto misterioso, por ningún lado, por culpa de la niebla que le dificultaba la visión. Pero sintió que sus patas tocaban algo blando, y miró abajo. Tras un instante de perplejidad, Spyro comprendió que aquella cosa que aplastaba era el sujeto... y vio que su pata derecha, aún pegajosa, estaba unida a la capucha.
Torpemente, la persona misteriosa se levantó, soportando el peso del dragón púrpura en la cabeza y hombros, blandió el extremo inferior del cetro e intentó quitárselo de encima con un buen golpe; como era de esperarse; Spyro los recibía (en las alas, cabeza y espalda) pero resistía ante el dolor, intentando no caer de ella.
— ¡No te asustes de nosotros, quiero hablar! ¡AY! ¡AUCH! —Chilló, protegiéndose con las alas aquellos golpes, que los sentía como piedras arrojadas hacia él.
Pero la encapuchada gruñó aún más y sacudió el cuerpo para que Spyro cayera al suelo, pero él continuaba resistiendo.
— Venimos de Warfang… Vencimos al Maestro Oscuro… —Musitó entrecortadamente, cerrando los ojos con desesperación—. Buscamos a los Guardianes Elementales… ¡Queremos saber lo que pasó! —Los abrió con gran impacto—. ¡Por favor, entiéndenos!
Y, consiguiendo que sus palabras dieran algún efecto, dejó de sentir que un objeto contundente golpeara su cabeza: la encapuchada estaba rígida y respirando con dificultad, parecía estar pensativa; la niebla se disipaba, aclarando lentamente que la sala tenía un millón de huecos poco profundos y rastros de grietas por todas partes; Cynder, que había recuperado el aire en la esquina del otro extremo de la sala, miró a Spyro en los hombros del sujeto, confundida porque no comprendía el plan de éste, e iba a correr hacia él, con el fin de ayudarlo. Pero, entonces, un ruido sacudió terriblemente el lugar que alarmó a los presentes...
¡CRACK!
Del techo que aún se agrietaba, una enorme piedra gruesa se había desprendido y caía como meteorito. Siguiéndola con una mirada de estupefacción, Spyro pudo encontrar el punto contra el que iba a chocar, abriendo tanto la boca que podía tragar una oveja entera. Era Cynder, que estaba paralizada del horror al mirar aquella cosa a punto de aplastarla como una copa de vidrio. Spyro, sin saber qué hacer, inundando del pánico y de la preocupación, trató de ir hacia ella, jalando desesperadamente la pata derecha, pero seguía pegada al abrigo del sujeto. Éste parecía guardar silencio.
Spyro tosió con ganas, tratando de despertar sus elementos, y sintió solamente un gran dolor de garganta. Con desesperación, gritó con potencia una palabra:
— ¡Cynder!
De pronto, justo cuando la roca iba aplastar a Cynder, que se cubría chillando con las alas, oyó, debajo de él, una voz femenina gritar:
— ¡Oducse!
Spyro bajó la vista con el corazón dando un brinco. La encapuchada estaba apuntando a Cynder con el cetro, y su punta desprendía un brillo azul. Al fijarse lo que había expulsado, descubrió que un rayo de aquel color se dirigía hacia Cynder hasta chocar contra ella, al mismo tiempo que la roca hacía impacto, y la sala quedaba envuelta entre sacudidas, sonidos estremecedores y una gran niebla, mucho más espesa que la anterior, y obligándole a elevar el ala derecha para bloquear los diminutos escombros que llovían sobre él (y la encapuchada).
— ¿Spyro…? —Murmuró la voz de Cynder.
— ¿¡Cynder!? —Apartando rápidamente el ala, Spyro la buscó con la vista.
Desde el interior de aquella manta de escombros surgió una luz blanquecina con forma de cúpula; cuyo interior parecía contener la figura de una dragona negra agachada; a su alrededor, partida en dos mitades, estaba la roca que se estrelló. Entonces, Spyro entendió, completamente tranquilo, que aquello debía ser una clase de escudo que había salvado a Cynder de convertirse en puré negro.
Luego de un minuto de que las nubes de suciedad desaparecieran, el domo hizo un « ¡Plof! », y liberó a Cynder.
— ¿Estás bien? —Gritó Spyro, preocupado.
— Bueno, al parecer, creo que sí—Respondió Cynder, sin aliento, parándose tan desequilibradamente que casi tropezaba con sus propias patas, y miró el lugar sin aliento—. ¿Qué acaba de suceder…?
— ¡Te ha salvado, Cynder! —Explicó Spyro, inclinando la cabeza para mirar al encapuchado con gratitud—. Creo que esto demuestra que estamos…
— Bájate —Interrumpió aquel ser con tono sombrío, arremangándose la túnica con indignación.
— Eh… —La mente de Spyro quedó en blanco, idéntico a su mirada—. ¿Acabas de hablar en nuestro…?
— ¡QUÉ TE BAJES, AHORA! —Repitió furiosa.
Una mano lo cogió del pescuezo y, con inmensa fuerza, lo tiró abajo, pero, a medida que veía el mundo ponerse al revés, sintió que su pata, precisamente la misma que se había unido en la capucha del sujeto, iba arrancando algo plano y liso, pero desconocía lo que era. Tras chocar boca arriba en el piso, gruñir adolorido y mirar todo doble, se sacudió la cabeza, parpadeó unas cuantas veces y se miró la extremidad derecha delantera, dándose cuenta que la cosa que había arrancado era un trapo púrpura. Lo intentó tirarlo entre sacudidas, con el entrecejo fruncido, pero se dio cuenta de que lo tenía pegado.
Al mismo tiempo, Cynder corrió a toda prisa, saltando por encima de los escombros y deteniéndose detrás de Spyro, mirándole con preocupación.
— ¿Era todo esto necesario? —Le preguntó Cynder a la mujer misteriosa, con mal humor y sin mirarla. Había rodeado el cuello de Spyro con la suya, subiéndolo con dificultad—. ¿No habría sido más fácil que hablaras en nuestro idioma?
Después de lograr que Spyro se sentara, con los párpados caídos, Cynder miró a la desconocida y quedó boquiabierta.
— Dejémosla que explique —Propuso Spyro, poniendo una pata en el pecho y la otra (del trozo pegado) al piso, cansado—. ¿Nos dices quién eres…?
En cuanto subió la vista, un nudo ató su garganta. La identidad de la encapuchada era la de una coneja joven, recordándole mucho a Cazador, pero sus orejas estaban abajo, como si fuera cabello, y tenía un mechón de pelo rubio cubriendo una parte del rostro. La miró de arriba abajo, su pelaje era de un amarillo pálido. Grandes ojos que brillaban de un azul intento, con sombras lilas en los párpados. El bastón, que empuñaba aún a la defensiva, le hacía recordar al del ermitaño. El estómago se le revolvió de culpa cuando cayó en cuenta que había rasgado la parte superior de aquella túnica, fijándose que tenía en su interior una clase de vestido naranja.
Hubo una intensa lucha de miradas entre ellos; Spyro inquieto, Cynder hostil, y la coneja nerviosa e indignada.
Esta última había abierto la boca, a punto de hablarles, pero la puerta mágica comenzaba a titilar al lado de ellos, y no pudo decir nada. Todos se volvieron con brusquedad.
A través de aquella puerta mágica marchaba una multitud de magos, que iban muy apretados, pero después se dividieron en dos para acorralar al pequeño grupo como si fuesen una manada de lobos hambrientos. Spyro, luego de tragar saliva, entornó los ojos para distinguirlos mejor. Parecía que no tuvieran rostros, pero luego comprendió que iban tapados con capuchas negras y máscaras de cabra. Por debajo de ellos, comunicándose con gruñidos de hostilidad, tan grandes como dragones adultos, había monstruos de aspectos grotescos, mandíbulas torcidas y alas en los brazos. Era como si los magos enmascarados que iban domándolos fueran los jinetes y los monstruos sus mascotas, controladas por cuerdas invisibles que surgían de los cetros que empuñaban con la mano. Las criaturas rugían, intimidando la situación.
El grupo se iba encogiendo más y más, obligando a que los jóvenes dragones retrocedieran hasta que se pegaran entre ellos las espaldas. Los integrantes hablaban con la coneja por medios de soplidos metálicos, y ella les respondía con aquel mismo idioma extraño. En una o dos ocasiones, Spyro vio a la misma pequeña hada recorrer el lugar por los aires, pero, en especial, cerca de ellos, dirigiéndoles una sonrisa maliciosa que causó el rugido de molestia de Cynder.
Los monstruos azotaban el piso con sus colas, mientras que la joven bruja les hacía gestos de negación con la mano hacia los magos.
— Dan ganas de gritarles —Susurró Cynder, observando hasta al más grande mago de grupo retroceder, asintiendo ante la coneja, y ella caminaba con cierta vacilación hasta ellos—. Ya era hora, ¿qué piensan hacer con nosotros?
Pero, lejos de recibir una respuesta, el grupo estaba cada vez más hostil: La bruja apuntaba la frente de la dragona con el cetro, dispuesta atacarla; Cynder reaccionaba poniéndose a la defensiva y gruñendo con ferocidad; los monstruos seguían lanzando rugidos y masticando la nada. Como si lo demás sucediera en un parpadeó, Spyro miró, horrorizado, que Cynder recibiera en aquel lugar una extraña esfera amarilla que, luego de caminar torpemente de un sentido para otro, la hizo desmayarse.
— Lo siento… —Comentó la joven bruja, resentida y arrepentida—. No quería que esto terminara así.
Spyro no quería que aquellos lo vencieran, pero era apuntado por aquella arma de la coneja ahora, y apretó sus colmillos con impotencia. Sintiéndose entre la espada y la pared, colocó una parta al otro lado del cuerpo de Cynder, dispuesto a protegerla hasta el final. Sintió que un sudor frío caía desde la frente hasta por la mejilla, mientras decía « ¡Detengan esto, ahora! », sin embargo, en aquel instante, la maga ya había disparado otra esfera amarilla. Lo último que alcanzó a ver en la sala fue cómo la cesta de huevos de dragón descendía ante uno de los magos que lo agarraba con una mano mientras que la hadita se adentraba al interior del portal mágico. Un instante después, como si lo golpearan con una piedra gruesa y pesada, Spyro recibió el ataque. Retrocedió débilmente, y la sala se perdió de su vista entre la confusa mezcla de colores oscuros.
Lo último que pudo oír, antes de caer al suelo, fue que la coneja dijera:
— Pero vendrán con nosotros…
