Nueva adaptación:
Los personajes le pertenecen a la señora Stephenie Meyer. La historia es de la autora Jackie Braun. NADA me pertenece a mi.
Confesiones de una Princesa
Jackie Braun
Capítulo 10
A LA mañana siguiente, Bella probó a pescar. Antes de instalarse en el chalé había ido al puerto a solicitar una licencia y había comprado un cubo de cebo, pero después de dos horas de pie en el porche solo había pescado algas y, por fin, perdió el anzuelo, que debió enredarse con algo en el fondo.
Suspirando, dejó libres a los pececillos que servían de cebo y decidió olvidarse de la pesca por el momento.
En cualquier caso, lo había pasado bien.
Pero solo hicieron falta veinticuatro horas de soledad para que empezara a desear compañía. Y no cualquier compañía, la de Edward.
Aunque estaba disfrutando del paisaje, cada vez que miraba hacia su casa, al otro lado del lago, se le encogía el corazón. Estaba demasiado lejos como para ver a Edward, pero de vez en cuando le parecía ver un reflejo o un movimiento en el porche y lo imaginaba mirándola desde allí como estaba haciendo ella.
Había ido a la isla buscando paz, pensando que era el sitio que había anhelado siempre. Pero empezaba a darse cuenta de que a quien buscaba era a Edward.
Bella volvió a entrar en el chalé para servirse un té helado y luego miró en la nevera, preguntándose qué podía hacer de cena. La noche anterior había cenado un sándwich de pavo y esa mañana había tomado un par de tostadas… quemadas más bien. La casa tenía una cocina para un gourmet; el problema era que faltaba el chef.
Cuando iba a sacar más pavo de la nevera oyó un golpecito en la puerta y fue a abrir con una sonrisa en los labios porque solo una persona sabía dónde encontrarla. Y, por supuesto, en el porche estaba Edward, tan guapo como siempre.
–Hola.
–Espero no molestarte.
–No, en absoluto. Entra, por favor –Bella le hizo un gesto con la mano.
Llevaba sus típicos pantalones cortos y una camiseta con el logo del resort, el pelo despeinado por la brisa, el puente de la nariz un poco rojo a pesar de su bronceado.
–Deberías ponerte crema solar –le aconsejó–. Tienes la cara un poco quemada.
Edward se llevó una mano a la mejilla.
–Siempre se me olvida.
–¿Has estado muy ocupado?
–Mucho, afortunadamente –Edward se encogió de hombros–. Y eso está bien porque significa que el negocio funciona.
A Bella le gustaba eso de él. Era un gran trabajador, algo que había aprendido de sus padres. Como ella. Los Swan eran una familia real, pero sus padres estaban siempre ocupados. Su trabajo consistía en promocionar el país, además de apadrinar causas solidarias.
–He visto que un par de yates salían del puerto esta mañana.
–Han salido a navegar un rato antes de que empiece el mal tiempo.
–¿Otra tormenta?
–No, pero soplará el viento por la tarde. Los yates son grandes, pero es mejor no arriesgarse.
Una semana antes, Bella habría estado de acuerdo pero en aquel momento no estaba tan segura. A veces había que arriesgarse.
–Bueno, ¿y qué te trae por aquí?
No se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento hasta que escapó de sus pulmones de golpe cuando él respondió:
–Tu madre.
–¿Mi madre?
–Llamó hace una hora. Estaba un poco preocupada y… en fin –Edward hizo una mueca–, me ha dicho unas cuantas cosas.
–Lo siento.
–No pasa nada. He hecho lo posible para convencerla de que estás bien pero quiere que la llames de inmediato. Es algo urgente, según ella.
–Todo es urgente para mi madre –bromeó Bella.
–Pero vas a llamarla, ¿verdad?
–Sí, claro. Estaba intentando evitarlo, pero no me queda más remedio.
–¿Alguna razón en particular?
Su expresión era despreocupada pero Bella creyó notar cierto reto en la pregunta.
–He roto mi relación con Michael.
–Ah.
–¿Ah? –repitió ella, cruzándose de brazos–. Es algo muy importante, especialmente para mi madre. Seguro que ha hablado con Michael y quiere convencerme para que cambie de opinión.
Edward se encogió de hombros.
–En cualquier caso, es tu decisión.
–Sí, lo es. Mi vida, mi futuro, mi decisión.
–Hablas como una verdadera princesa –murmuró él, levantando una mano para acariciar su cara con un dedo.
Bella tragó saliva.
–¿Quieres… quieres tomar algo?
–No puedo quedarme.
–Ah.
–¿En otro momento entonces?
–Sí, claro.
–Ah, se me olvidaba, esto es para ti.
Fue entonces cuando notó que llevaba una bolsa en la mano. Dentro había una caja de acuarelas, brochas y un cuaderno de grueso papel.
–¿Para mí?
–No es de la mejor calidad, lo he comprado en el pueblo –se disculpó Edward–. Pero he pensado que así tendrías algo que hacer.
A Bella se le encogió el corazón. Le habían hecho muchos regalos en su vida, regalos de mucho valor, pero ninguno tan precioso como aquel. Como la caña de pescar, le decía que Edward la entendía, que conocía bien a la auténtica Bella. Y eso era otro regalo.
–Gracias.
–De nada –Edward señaló el horizonte–. Deberías pintarlo.
–No sé si podré hacerle justicia.
–Lo importante es que disfrutes haciéndolo –le recordó él antes de marcharse.
Bella llamó a su madre una hora después y lo lamentó en cuanto Renée se puso al teléfono.
–Tienes que volver de inmediato para arreglar las cosas con Michael, Isabella.
–No hay nada que arreglar, madre –replicó ella–. Hemos estado saliendo durante un tiempo, el suficiente para que me diese cuenta de que no estoy enamorada.
No, Michael no era el hombre con el que quería pasar el resto de su vida, pensó, mirando las acuarelas que le había llevado Edward.
–Eso son tonterías –dijo su madre.
–No, no lo son. No estoy enamorada de Michael y dudo que él me quiera a mí. Puede que tú creas que debo casarme con él pero la que cuenta es mi opinión.
–¿Se puede saber qué te pasa, Isabella?
Lo mismo que les había pasado a sus padres treinta años antes cuando decidieron casarse, aunque fuera ir en contra de las tradiciones y la opinión pública de su país.
–Estoy decidiendo mi futuro, madre.
Y después de decir eso colgó sin escuchar las protestas de Renée.
Al contrario que el día anterior, Edward no tenía ninguna razón para ir al chalé de Bella. Pero cuando subió a un barco de pesca esa mañana se encontró dirigiéndose hacia allí.
Ella estaba en el porche, mirando un caballete que había hecho con una silla de la cocina.
–¡Buenos días, vecino! –gritó.
–Buenos días.
–¿Vienes a desayunar?
No había pensado hacerlo. De hecho, solo había pensado salir a navegar un rato para comprobar si el motor funcionaba.
–Solo puedo quedarme un momento –Edward saltó del barco y lo amarró a uno de los pilotes del porche.
Bella llevaba un sencillo vestido de algodón, las tiras de un bañador rosa asomando por el cuello. Iba descalza y sus piernas y brazos habían empezado a tomar color. Aparte de guapa parecía feliz y a Edward le gustaría sentir lo mismo. Pero estaba angustiado. Por mucho que la deseara, no quería complicarle la vida.
Tenía que ser informal, simpático, nada de ataduras, nada de ponerse serio.
–Me estás mirando fijamente –dijo ella.
–Estaba disfrutando del paisaje.
–El lago está ahí –Bella lo señaló con la brocha, tan elegante como siempre a pesar de la mancha azul que tenía en la nariz.
Él la miró de arriba abajo sin poder evitarlo.
Tampoco había nada de malo en flirtear un poco.
–Ese no es el paisaje al que me refería.
Bella puso los ojos en blanco, pero su sonrisa y el rubor de sus mejillas le dijeron que no era inmune.
–Veo que estás utilizando las acuarelas que te traje ayer –dijo Edward, colocándose tras el caballete.
–Es mi tercer intento –Bella suspiró.
Había empezado a trazar las líneas de la bahía en tonos azules y verdes. Su casa estaba al otro lado, un puntito en el horizonte.
–A mí me parece que está bien.
–Hace años que no pintaba.
–Pero lo estás pasando bien, ¿no?
–Mucho –Bella sonrió de oreja a oreja.
Eso era lo único importante.
–Se te ve más relajada.
–He dormido como un bebé estas últimas noches.
–Yo no he pegado ojo.
–Vaya, lo siento.
–Seguramente es mejor porque sé con qué soñaría.
–Eso se llaman fantasías, Edward –Bella le dio un empujón, intentando hacerse la insultada.
Pero Edward se limitó a sonreír.
–Y eso explica por qué las tengo incluso cuando estoy despierto.
Los dos se pusieron serios entonces.
–¿Dónde pensabas cenar esta noche? –le preguntó Bella antes de que Edward pudiera inclinarse para besarla.
–No lo había pensado.
–Yo tengo unos filetes estupendos.
–Y mi cerveza favorita –añadió Edward–. ¿Es una invitación?
–Sería más bien un favor. No sé usar el horno ni el grill… ni nada –le confesó Bella–. Pero si vas a decirme que soy un desastre, ahórratelo.
Edward tomó su mano para besarla.
–Nunca haría eso.
De hecho, si alguien era un desastre en todos los sentidos, era él.
Edward volvió a las seis de la tarde y no se molestó siquiera en cuestionar su decisión, aunque sí empezaba a cuestionarse su cordura. Con Michael o sin él, Bella se marcharía tarde o temprano de la isla y los romances a distancia nunca acababan bien.
Pero decidió que le daba igual. Lo importante era que quería estar con Bella y solo tenían unos días, de modo que no iba a desperdiciarlos. Así que se duchó, se afeitó por segunda vez esa semana y se puso colonia.
Sus padres llamaron poco después y cuando mencionó que Bella estaba en la isla, su padre suspiró y su madre se quedó callada un momento.
–Ten cuidado, hijo –dijo después.
–Es una princesa, no una asesina.
–Yo sé lo mal que lo pasaste hace años.
–Entonces era un crío –les recordó él–. No os preocupéis, estoy bien.
Pero al ver a Bella decidió que no estaba tan seguro.
Se había puesto un vestido amarillo sin mangas con un volante en el pecho que no dejaba de moverse con la brisa. Una brisa que se había intensificado desde esa mañana, como habían predicho los meteorólogos, creando unas olas de cresta blanca que casi llegaban hasta el porche.
Él se sentía un poco como esas olas, movido por fuerzas que no podía controlar. Empujado por el destino y por la hermosa mujer que le ofrecía una cerveza fría.
–Imagino que no querrás un vaso.
–No, directamente de la botella –respondió Edward.
–Pues entonces, yo también.
Edward deseaba tanto besarla que tuvo que dar un paso atrás.
–¿Has terminado tu cuadro?
Ella negó con la cabeza. Llevaba el pelo sujeto en una coleta, de modo que el movimiento de sus pendientes de aro llamó su atención.
–Algunas cosas llevan su tiempo.
Y paciencia, algo que nunca había sido el fuerte de Edward, especialmente en lo que se refería a Bella. Era un hombre adulto, pero se sentía como esos veranos atrás, desesperado por besarla, deseando hacer el amor con ella…
–¿Tienes hambre?
–Sí –respondió él, dejando la cerveza sobre la mesa para señalar el grill–. Es enorme.
Bella lo miró, alarmada.
–¿Eso significa que tampoco tú sabes usarlo?
Edward soltó una carcajada que atenuó un poco su frustración sexual.
–Soy un hombre, Bella. Y los hombres nacen sabiendo usar un grill. Creo que he leído en algún sitio que es una cosa genética.
Unos minutos después de encender el grill, encontró a Bella en la cocina haciendo una ensalada.
–Me temo que no puedo ofrecerte mucho más. No compré patatas ni arroz en el supermercado y la verdad es que tampoco hubiera sabido qué hacer con ello. Aparentemente, lo de cocinar no está en mi código genético.
–El pan que has comprado es muy bueno.
–Lo dices para que no me sienta mal –bromeó Bella.
–¿Y ha funcionado?
–Más o menos.
–Esa ensalada tiene buen aspecto.
–No hay que ser muy hábil para mezclar una lechuga con unos tomates –Bella se quedó pensativa un momento–. Pero creo que me gustaría cocinar.
–Pues estudia cocina.
Edward esperaba que se riera. La mujer que llegó a la isla unos días antes lo habría hecho.
–Podría ser una buena idea –dijo, en cambio–. Podría contratar a alguien para que me enseñase… o incluso pedirle al chef de palacio que me diera unas clases.
Se le encogió el corazón al imaginarla en la cocina del palacio de Morenci, con un chef dándole instrucciones en francés. Nada que ver con la mujer que estaba descalza en la cocina, con un paño atado a la cintura y una lata de cerveza en la mano.
–¿Edward?
Él se dio cuenta de que debía estar mirándola con el ceño fruncido e intentó sacudirse la melancolía.
–Bueno, será mejor que ponga los filetes en el grill.
Cenaron en el porche, sujetando las servilletas para que no se las llevara el viento. Pero el viento se llevó una hoja de lechuga del plato de Bella directamente a las rodillas de Edward, haciéndolos reír.
Cuando terminó de cenar, Bella se echó hacia atrás en la silla, dejando escapar un suspiro de satisfacción.
Cuánto le gustaría poder embotellar esa sensación de felicidad, pensó.
–Esto es lo que echaba de menos –le dijo–. Esta normalidad.
–Aquí no somos precisamente muy normales –bromeó él–. ¿Qué se considera normal en Morenci?
Bella dejó escapar un largo suspiro.
–Yo tengo una agenda muy apretada. Entregas de premios, apariciones públicas, visitas sociales y culturales… pero tres días a la semana encuentro tiempo para mis proyectos favoritos.
–¿Esas causas que apadrinas?
–Exactamente.
–Parece que estás muy ocupada.
–Lo estoy, pero no importa. Al menos me siento útil –Bella se encogió de hombros–. Pero nunca estoy sola. Sentarme frente a un lago y relajarme… es algo imposible. Qué ironía –dijo entonces.
–¿Qué es una ironía?
–Mi madre era una chica normal que soñaba con llevar una corona. Yo soy una princesa que sueña con ser una chica normal.
Los sueños de Renée se habían hecho realidad. Su madre había conseguido lo que quería a pesar de todos los obstáculos que amenazaban con romper la relación con su padre. Según su abuela, ni Morenci ni el rey sabían lo que los esperaba cuando Renée llegó allí para participar en un concurso de belleza tres décadas antes.
Indomable, esa era la palabra que los medios usaban para definir a la reina. Y Bella se daba cuenta de que tal vez ella había heredado esa cualidad.
–Aquí puedo ser yo misma –dijo, alargando una mano para apretar la de Edward–. Puedo ser yo misma contigo. Creo que es por eso por lo que he venido a la isla.
–Y yo me alegro de que estés aquí.
Bella tragó saliva.
–¿Pensarás lo mismo cuando Seth venga a buscarme la semana que viene?
Era el elefante en medio del salón del que no habían hablado, pero fue un alivio para Bella que Edward no quisiera responder.
–Vamos a dejar eso por ahora. Como te dije una vez: es mejor pensar en el presente.
–Yo nunca he podido vivir el presente.
–Ni yo tampoco. Siempre he tenido planes, objetivos… pero a veces hay que aceptar lo que uno tiene mientras lo tiene. Así que esta noche voy a quedarme en este sitio fabuloso, con una mujer especialmente guapa, para tomar otra cerveza y disfrutar del presente.
El corazón de Bella se animó, aunque también se rompió un poco. El futuro era algo imposible para los dos; el presente era lo único que tenían y Bella pensaba agarrarlo con las dos manos.
–Entonces vas a quedarte aquí tomando otra cerveza, ¿eh?
–He dicho que lo haría en compañía de una mujer guapa.
–«Especialmente guapa», creo que has dicho –bromeó Bella.
–Me alegra saber que me prestas atención.
–¿Entonces te vas a quedar ahí sentado?
Edward levantó una ceja.
–¿Debería hacer otra cosa?
–Hay que lavar los platos –le recordó ella–. En casa tengo gente que lo hace por mí, pero aquí no.
–Creo que he visto un lavavajillas en la cocina, así que tu manicura está a salvo. Solo tienes que meter los platos, añadir un poco de detergente y encenderlo.
–Suena muy complicado. Tal vez tú podrías enseñarme… yo soy una alumna visual.
–¿Qué significa eso?
–Que puedo leer unas instrucciones mil veces y seguir sin entenderlas, pero si alguien me hace una demostración, aprendo de inmediato.
–¿No me digas?
–De verdad.
–Entonces, ven, voy a demostrártelo.
Llevaron los platos y cubiertos a la cocina, pero la demostración que Edward tenía en mente no se refería al lavavajillas y en cuanto tuvo las manos libres tomó a Bella entre sus brazos.
–Llevo deseando besarte desde que llegué –le confesó.
–Y yo llevo deseando que me beses el mismo tiempo.
–Entonces, pensamos de la misma forma.
–Yo diría que sí.
Bella le echó los brazos al cuello y buscó sus labios antes de que Edward pudiese decir una palabra más.
Sus bocas se encontraron, sus cuerpos pegados el uno al otro. Era perfecto. El deseo de Edward parecía rivalizar con el suyo…
«Te quiero», pensó. «Siempre te he querido y siempre te querré».
Pero se recordó a sí misma que debía vivir el momento, no hacer planes de futuro. Nada de soñar con imposibles. Solo el momento y, en ese momento, lo deseaba más de lo que había deseado nada en toda su vida.
Edward se apartó un poco para mirarla a los ojos, como preguntando: ¿estás segura?
–Te deseo, Edward.
Con esa frase todo cambió. No sabía cómo acabó debajo de él en el sofá, con la boca ansiosa de Edward en su cuello mientras intentaba desatar el lazo del vestido.
–Espera, deja que lo haga yo… –dijo ella. Pero el lazo estaba muy apretado–. Creo que he visto unas tijeras en la cocina. O un cuchillo… con un cuchillo podremos cortar la seda.
Edward soltó una carcajada.
–¿No te preocupa ese vestido tan bonito?
–Digamos que tengo otras cosas en la cabeza –respondió Bella.
Un segundo después, Edward rasgaba el vestido.
–Problema resuelto –murmuró, levantándola para quitárselo.
Pero Bella, de repente, se sintió tímida. Nunca había estado con un hombre. Había besado a algunos…después de todo, era humana. Pero había aprendido muy pronto que besar a una princesa era algo que los chicos contaban a sus amigos. Incluso a algún reportero si les ofrecían una compensación económica.
Incluso con Michael se había controlado. Tal vez porque sus besos nunca habían encendido su pasión.
De hecho, alguna vez se había preguntado si sería una de esas mujeres que no sentían pasión. No frígida exactamente, más bien indiferente.
Pero no era indiferente en aquel momento.
Desesperada más bien, incluso tal vez un poco depravada dada la dirección que habían tomado sus pensamientos.
–¿Ocurre algo? –le preguntó Edward.
–No, nada.
–Estás muy callada.
–¿Debería estar gritando?
Él frunció el ceño.
–¿Alguna vez has…?
Avergonzada, Bella se apartó un poco.
–No tengo mucha experiencia.
–Muy bien, de acuerdo –Edward tomó su mano–. ¿Has hecho el amor alguna vez?
–Tengo veinticinco años, Edward.
–Responde a la pregunta.
–Si te digo que no, ¿cambiará algo?
–¡Pues claro que sí!
Eso no era lo que Bella quería escuchar. Molesta, iba a levantarse del sofá pero Edward tiró de ella para tomar su cara entre las manos.
–No me has dejado terminar. Iba a decir que cambiaría algo…
–¿Por qué?
–Porque me tomaría mi tiempo para hacerte disfrutar.
Después de tanto contratiempo, hoy actualizo FF con ¡capítulo doble!
Perdón mis chiquillas (y chiquillos, si los hay) por haber dejado todo tan abandonado, pero hubo un contratiempo familiar. Mi mami se cayó, me la operaron y ahorita es cuidarla las 24 hrs. y ¿adivinen quién lo hace? sí, yo.
Pero me ando poniendo al tanto ok, no abandono ya saben eso :D
Me encuentran en facebook bajo el mismo nombre, el enlace en mi perfil.
Nos leemos, un besote.
K. O'Shea
