ΧΙ
Esta vez las luces de emergencia estaban funcionando por mucho más tiempo que en las otras veces, pensaba Joan Kodan sentada en el suelo del turbolift, y girando la cabeza observó que el sistema empleado para la iluminación de emergencia en el turbolift era realmente adecuado de modo que con poca energía conseguía dotar al habitáculo del alumbrado necesario para que la visibilidad fuera más o menos normal... ¡para un cardasiano!
- ¡Lagartos insensibles! – exclamó.
- De verdad, señora Bashir, si lo que pretende es ofender nuestra especie, no creo que el "desapasonamiento" y la semejanza con criaturas notoriamente entrañables sea la mejor estrategia a seguir. Es más, lo consideraría un cumplido.
- No pretendo ofender a nadie, Garak, la verdad es imparcial.
- O una excusa para la falta de imaginación – sentenció con orgullo el cardasiano.
Kodan no contestó. Quedó observando cómo el cardasiano parecía haberse relajado finalmente o, al menos, durante aquel instante había olvidado su fobia y su capacidad para la conversación volvía a los niveles habituales.
- Sea lo que sea, apenas puedo ver con esta luz.
- Personalmente, la encuentro especialmente cómoda.
- Obviamente nadie cambió los parámetros para hacerlos más convenientes a no cardasianos y, obviamente, los cardasianos jamás pensaron que alguien no cardasiano podría necesitar las luces de emergencia.
- Mi querida señora, estoy convencido de que, en efecto, tal eventualidad fue considerada.
¿Estaba siendo sarcástico? Mientras se moría de dolor y casi de miedo a punto de parir en un turbolift de veinte años atrás... ¿Elim Garak estaba siendo sarcástico? Definitivamente, la claustrofobia había sido superada.
- No necesito que me convenzas, estoy segura de que lo hicieron y, sencillamente, prescindieron de la necesidad.
- Era una estación cardasiana, al fin y al cabo.
- Es un montón de metal suspenso en el espacio, Garak, donde los esclavos bajoranos utilizaban las escaleras y sólo los cardasianos el turbolift – Kodan tintó su inflexión de firmeza y reprensión.
- Lo cual explica la inutilidad y la improcedencia de adaptar los parámetros de las luces de emergencia a las necesidades de visibilidad de otras especies. Ahorrar energía es una de las preocupaciones máximas en una estación sin el abastecimiento regular – el tono de Garak también fue de afable reprimenda.
- Lo cual ratifica la indiferencia y, al tiempo, la iniquidad de los cardasianos.
Y Garak quiso contestar, realmente la conversación estaba comenzando a cautivarle, y aquel insinuado tono pseudo reprensivo había ganado toda su atención. De hecho, tenía su intervención presta a convertirse en ondas sonoras en aquel preciso instante, deseoso de que el coloquio continuara, pero el repentino gesto de dolor en el rostro de la hermosa trill le obligó a cerrar la boca y dibujar en el suyo expresión de preocupación.
Esta vez Kodan no pudo contener la sensación de latigazos rasgando su útero, y mientras se inclinaba hacia delante y agarraba su vientre dejó escapar un grito, luego jadeos, luego otro grito...
Garak quedó confundido observándola, sin saber qué hacer o qué decir hasta que Kodan dejó caer su espalda contra la pared, jadeando, exhausta, intentando recuperarse del suplicio y la tortura que aunque Garak no podía comprender ni sentir, podía intuir por aquella mueca de martirio en el hermoso rostro.
- Garak... – le dijo con voz agotada, casi consumida.
- Se se señora Ba... – la de Garak era entrecortada, asustada.
- Garak, ¿has estado presente alguna vez en un parto?
- Yo... yo... – imágenes de su infancia junto a su padre una noche en la que la perra de caza se había enfermado, en realidad iba a dar a luz, vinieron a su mente -. ¿Es el parto animal una respuesta satisfactoria?
- ¡No! – gritó la trill blasfemando y doblándose por el dolor una vez más.
- Perfectamente comprensible – se excusó el cardasiano.
Kodan pareció apaciguarse. La mueca de dolor se fue tornando lentamente en una más pacífica, y los jadeos se convirtieron en una respiración más regular. Gotas de sudor habían empapado su frente y revuelto sus cabellos, y su postura era curiosa, sentada con las piernas estiradas y entreabiertas, ignorando cualquier decoro y estética.
Con las pocas fuerzas que pudo reunir en aquel momento, indicó a Garak con un movimiento de sus manos que se sentara junto a ella y el cardasiano, que continuaba en la misma posición en la que había quedado minutos atrás - inmóvil apoyado contra la pared del turbolift, tenso y rígido -, se incorporó y se colocó junto a la joven, apoyando como ella su espalda contra la pared. La situación le había hecho olvidar que padecía de claustrofobia, y sus movimientos fueron incluso ágiles.
De pronto Kodan comenzó a reír:
- Julian debe estar histérico – le dijo, y luego apoyó su cabeza sobre el hombro de Garak.
El sastre no pudo sino sentirse sorprendido por el gesto de la trill. Hacía años, muchos años, que no sentía el contacto y la ternura contra su propia piel, y la cabellera dorada de Joan Kodan ahora acariciaba su mejilla. Era cautivador el aroma de su melena, y su roce aterciopelado y delicado, como hebras de orquídeas edosianas, frágiles y hermosas. Quiso perderse en el perfume y disfrutar del momento perdiéndose en recuerdos de los jardines en Cardasia Capital donde las orquídeas conforman una alfombra aromática de indescriptible hechizo; quiso incluso disfrutar de la leve y femenina presión que la cabeza de la trill sobre su hombro ejercía, pero no pudo. Elim Garak se sintió rígido, incómodo, agarrotado, no porque no apreciara el contacto sino porque no supo cómo reaccionar. Quieto e inmóvil esperó a que la trill decidiera qué posición le sería más confortable, y poco después Joan Kodan apoyaba su mejilla contra el hombro de Elim Garak.
- Me lo puedo imaginar - continuó ella, como si el contacto no la afectara en lo más mínimo, acariciando su vientre como tratando de apaciguar a la criatura en su interior -: el súper doctor intentando convencer a todo el mundo de que la prioridad es la emergencia médica y que todo lo demás puede esperar.
- El doctor Bashir es un gran profesional – comentó Garak.
Uno de los cabellos de Kodan estaba haciéndole cosquillas, pero se sentía incapaz de mover un solo dedo para apartarlo. Con el rabillo del ojo, además, admiraba su dorada tonalidad.
- Es el mejor médico que he conocido y, créeme, he conocido a muchos – dijo la trill. De pronto rió -. Cuando nacieron los gemelos trató de ocultarlo, pero casi le da un ataque al corazón. De hecho, tuvo que vomitar, mareado por el vértigo de ser padre por primera vez.
- Me es difícil concebir la imagen del doctor Bashir no manteniendo la calma mientras su asistencia profesional es requerida - y dejó escapar camuflado un soplido entre sus palabras, a fin de que el cabello cambiara de posición, por evitar un estornudo, claro, y por deshacer el hechizo de su belleza.
- Gran profesional o no, ser padre es un acontecimiento único en la vida, Garak. Y por muchas veces que se viva, sigue siendo único cada vez.
Ahora. El cabello ya no le molestaba.
Garak intentó alzar su cabeza para observar por encima de la cabellera de Kodan con qué dulzura la trill estaba arrullando su vientre, y pensó entonces en la ternura instintiva, incluso innata, en la madre, y la necesidad del hijo del cuidado y la atención de sus progenitores; la belleza y al tiempo la sublimidad del vínculo más estrecho que dos seres puedan entablar, y su importancia, desde siempre y para siempre, en cualquier cultura o estado.
La familia es para los cardasianos una de las más importantes instituciones. La familia es obligación y honor, de los más elogiados servicios a la patria. En una misma casa suelen vivir tres o cuatro generaciones, y los niños son considerados un bien mayor.
Elim Garak entristeció. Entristeció al comprobar cómo él mismo había perdido a su familia. Más aún: seguramente, jamás fundaría una...
Había sido su elección, al fin y al cabo. Él mismo había corrido a las filas de la Orden Obsidiana para hacer entrega de su realización personal, familiar y social por el bien de Cardasia. Él mismo había aceptado las órdenes de Enabran Tain con orgullo y responsabilidad, había ejecutado los mandatos, había soñado con sus misiones, había incluso amado la soledad a la que había sido relegado. Él mismo. Nadie más.
La cabeza de Kodan apretándose contra su hombro le sacó de su ensimismamiento. La trill dejó escapar otro quejido y estrechó sus manos alrededor del cardasiano, abrazándole con fuerza.
- ¡Garak! – otro quejido, un segundo para retomar la respiración -. Garak, necesito que compruebes cuántos centímetros de dilatación hay – siguió un alarido, un grito ahogado mientras enterraba su rostro en el hombro de Elim Garak.
- ¿Disculpe?
- ¡Ponte delante de mí y dime cuántos centímetros de dilatación hay!
Eso sí que Elim Garak no se lo esperaba.
- ¿Dilatación?
Kodan se incorporó y le cogió del cuello de la camisa. El sudor había alborotado los cabellos que caían sobre su rostro, y sus ojos irradiaban cólera e ira. Acercándose y clavando su mirada en el del cardasiano, le amenazó:
- ¡Pon tu agrumada cabeza de cuchara entre mis piernas ahora mismo!
Y Elim Garak tragó saliva, asintiendo.
