Disclaimer: HP no es propiedad mío, qué más quisiera.
XI. Regreso a Casa
Harry volvió a la Madriguera la mañana siguiente. Hermione y él habían decidido que si querían mantener la discreción lo más adecuado no era que Harry desapareciera por las buenas. Les explicó a Ron y Ginny que se había olvidado el caldero de peltre en Grimmauld Place y que se había pasado por allí antes de ir a Hogwarts. Ron se burló de él por no haber pensado en pedirle a Kreacher que se lo llevara directamente a la escuela y no se volvió a mencionar la ausencia de Harry.
Cuando llegó y miró a los ojos a Ron pensó que la culpa iba a aplastarle la cabeza. Los primeros días fueron duros. En opinión de Harry, Ron mencionaba demasiado a menudo que echaba de menos a Hermione. Eso no solo le hacía recordar que él mismo pensaba en ella a todas horas, sino que le obligaba a escuchar el tono enamorado en la voz de Ron. Sin embargo, al pasar los días Harry aprendió a sobrellevar mejor aquello. Aunque le costaba guardarle un secreto así a Ron, cuando se imaginaba lo que sucedería si no lo hacía le quedaba claro que no tenía alternativas. No podía olvidar a Hermione. Ya no. Y jamás se atrevería a hacer daño a Ron. Así que el secreto era su única opción.
En cuanto a Ginny, demostró una madurez que Harry no sabía que tenía. Él se imaginaba que ella le odiaría, que estaría resentida con él o como mínimo, le evitaría mientras él siguiera en la Madriguera. Pero no hizo nada de aquello. Se comportó con normalidad, no provocó ninguna situación incómoda ni le miró una sola vez con rencor. Lo cierto era que como amiga, a Harry le parecía una compañía de lo más agradable. Desde luego, a pesar de esperar lo contrario, a Harry le era más sencillo pasar el tiempo con Ron y Ginny juntos que estar a solas con su mejor amigo.
Y, antes de lo que esperaba, el uno de Septiembre llegó. Se despidieron de la Madriguera y llegaron una vez más (por última vez, pensó Harry) a la estación de King Cross. Cuando el año pasado decidieron no cursar el séptimo curso para ir en busca de los horcruxes, Harry no se paró a pensar en lo mucho que iba a echar de menos el castillo. No habían tenido muchas opciones, realmente. Pero en aquel momento, tras cruzar la barrera que separaba el anden nueve del diez y llegar al andén nueve y tres cuartos, sintió cómo lo recorría la melancolía. Aquella sería la última vez que el expreso les llevaría hasta Hogwarts. El último año.
- El último año - suspiró Ron, haciéndose eco de los pensamientos de Harry mientras ambos miraban la magnífica locomotora escarlata -. No voy a echar de menos los exámenes. Pero reconozco que lo demás no estuvo mal.
Harry sonrió. No, no estuvo nada mal.
- Hola. ¿Buscamos compartimiento? - dijo una voz tras ellos, una voz que ambos reconocieron inmediatamente como la de Hermione. Se giraron y la vieron allí, cargando con un baúl dos veces más grande que ella. Sus padres estaban unos metros más atrás.
Cuando miró a Harry a los ojos, con un brillo extraño en la mirada, tuvo que reprimir una sonrisa. Se sentía como si aquel secreto fuera algo tangible entre ambos. Luego, antes de que cometiera alguna estupidez como besarla allí mismo, le dio un empujón a Ron para que le ayudara con el baúl de Hermione. Entre los dos lo acomodaron en el portaequipajes de un compartimiento vació en el que ya habían dejado sus cosas. Cuando se hubieron sentado, a Harry se le ocurrió algo.
- ¿No os obligan a estar en el compartimiento de prefectos?
- Ya no somos prefectos, Harry - contestó Hermione, algo enfurruñada -. Como nos saltamos un curso, escogieron a los nuevos y ahora no vamos a quitarles el puesto.
- ¿Y para qué queremos ser prefectos? - comentó Ron, desenvolviendo una rana de chocolate -. Vamos a ser los alumnos más mayores del colegio, ya no necesitamos una chapa para intimidar a esos enanos.
- Es gracioso que un chico de diecisiete años necesite una chapa para intimidar a uno de once - replicó Hermione en tono burlón. Ron no le hizo caso.
- El baño de prefectos merecía la pena, pero nada más. No os imagináis la de veces que Peeves me dio la lata durante las rondas nocturnas.
Se quedaron callados un rato, mientras miraban el paisaje agreste a través de la ventana.
- Va a ser raro, ¿no creéis? - dijo entonces Harry, como un pensamiento en voz alta -. Sin Dumbledore, sin Snape, con distintos compañeros de clase…
- Como un Hogwarts distinto - terminó Hermione la frase. Harry asintió.
- Sí… pero lo más importante va a seguir allí, ¿no? - dijo Ron, mirándoles a ambos. Harry no sabía a qué se refería.
- ¿Lo más importante?
- Estamos juntos, los tres - Ron sonrió -. Lo raro de verdad sería ir a una clase y no ver la mano de Hermione alzada cada dos por tres.
Los tres se echaron a reír.
El viaje pasó rápidamente, mientras se dedicaban a charlar y a preguntarse, como todos los años, cómo serían las cosas aquel curso. Sin embargo, aquel día había una sombra sobre todas las suposiciones. Aún les costaba entregarse a conversaciones triviales, a la risa o a la despreocupación después de todo lo que había sucedido. Para cuando el tren se detuvo, ya habían decidido ir a visitar a Hagrid en cuanto el horario se lo permitiera. Hagrid era, quizá, el único aspecto de Hogwarts que se había mantenido intacto desde su primer año. A los tres les invadió la melancolía mientras los coches dirigidos por thestrals (que ahora casi todos podían ver) les llevaban hacia el castillo.
Sin embargo, cuando Harry bajó del carruaje y vio la silueta de Hogwarts, una cálida sensación se desparramó desde su pecho hasta las puntas de sus dedos. Por fin estaba en casa. No importaba quién estuviera dentro, quién fuera el director, quiénes fueran los profesores o los alumnos. Aquel sitio siempre sería su hogar.
La mano de Hermione rozó imperceptiblemente la suya cuando ella también bajó del coche y se quedó de pie a su lado, contemplando las torrecillas del castillo. Harry le devolvió el roce, con una sonrisa en los labios.
- Me muero de hambre - dijo Ron, bajando él también -. Por mí, podrían saltarse el discurso, la ceremonia de selección y todo lo demás.
Hermione puso los ojos en blanco y los tres se dirigieron hacia el comedor.
Para desgracia de Ron, no se saltaron ni el discurso ni la ceremonia de selección. Ni tampoco el discurso del Sombrero Seleccionador, por supuesto. Cuando al final cada alumno nuevo estuvo sentado en su correspondiente mesa, la profesora McGonnagal se levantó de su asiento en el centro de la mesa y se aclaró la garganta.
- Buenas noches a los alumnos que vuelven, y una cálida bienvenida a los que empiezan hoy su vida en Hogwarts. Todos sabéis lo que sucedió en esta misma sala hace unos meses. Todos sabéis que en este castillo se libró la última batalla contra Voldemort - algunos cuchichearon al escuchar el nombre, pero Harry se descubrió pensando que si se le hubiera mencionado de esa manera hacía unos años, la reacción hubiera sido mucho mayor -. Entre estos muros se han perdido muchas (y muy valiosas) vidas. Por eso os pido que, por primera vez desde que este colegió fue fundado, penséis en él no sólo como vuestra casa, como vuestra escuela, sino como en un lugar para rendir homenaje a todos aquellos héroes.
Entonces, la profesora McGonnagal agitó la varita y ante la sorpresa de todos, el muro que había detrás de la mesa de los profesores quedó forrado de fotografías. Eran todas en movimiento, en blanco y negro, y en algunas de ellas Harry reconoció caras conocidas, familiares, de personas a las que nunca volvería a ver. Se oyó un sollozo apagado en algún lugar del comedor.
- Quiero que todos vosotros llenéis vuestros cálices de agua, porque el agua es fría y clara, y limpia y pura, y brindéis conmigo - todos los alumnos, tras una mirada, llenaron sus copas y se pusieron de pie -. Por los caídos. Por sus familias y amigos. Por todos los que han luchado por un mundo mejor.
La profesora McGonnagal, el resto del profesorado y los alumnos bebieron de su copa. Y a pesar de ser simple e insípida agua, a algunos les supo dulce, a otros les supo amarga, y a unos pocos sólo les supo a nostalgia.
Cuando el banquete terminó y todos se fueron a la cama, Harry, Ron y Hermione se quedaron en la sala común. El fuego chisporroteaba en la chimenea, mientras Hermione se dedicaba a subrayar su horario con distintos colores. Harry y Ron no sabían cómo había conseguido Hermione que le dieran su horario aquella misma noche. Su obsesión por el orden estaba alcanzando límites insospechados.
Ron se dedicaba a recortar las ramitas de su escoba, y Harry se estaba leyendo el ejemplar vespertino del Profeta, con más interés del que tenía en realidad. En el fondo, estaba esperando que Ron anunciara que se iba a la cama para estar a solas con Hermione. Cuando, después de más de una hora, empezó a temerse que fuera ella la que se fuera a la cama antes que Ron, éste dejó las tijeras de plata sobre la mesa, con un suspiro de cansancio.
- Voy a dejarlo; si sigo cortándole ramitas me quedaré sin escoba. Me voy a la cama, ¿vienes, Harry?
- Ahora voy. Me termino este reportaje y subo.
Ron se levantó y, ante la mirada de Harry, se inclinó para darle un beso en la mejilla a Hermione.
- Buenas noches.
- Que descanses, Ron - le contestó ella, dejando la pluma sobre la mesa. En cuanto Ron desapareció por el hueco de las escaleras y se quedaron los dos solos en la sala común, Harry y Hermione se miraron a los ojos, con una sonrisa. Ambos se levantaron como un resorte y se acercaron para darse un anhelante beso. Harry acarició las mejillas de Hermione, mientras ella le rodeaba con sus brazos.
- Pensé que nunca iba a irse a dormir - susurró Hermione.
- Y yo… ¿cómo estas?
- Te he echado de menos. No sabes lo que me ha costado estar todo el día enfrente tuyo y no poderte besar - contestó ella. Harry vio que se ruborizaba. Al parecer, aún les sonaba raro decirse aquellas cosas. Al fin y al cabo, no estaban acostumbrados aún.
- ¿Qué no lo se? A veces pensaba que yo no iba a poder aguantarme las ganas - replicó Harry, con una sonrisa avergonzada.
- Deberíamos buscarnos una actividad extraescolar sólo para los dos. Algo que nos de una excusa para estar fuera de la sala común un par de tardes a la semana o algo - sugirió ella, en tono de broma, mientras volvía a besarle con dulzura.
- Siempre podemos reflotar el P.E.D.D.O.
- O crear una asociación nueva, para apoyar a los escregutos de cola explosiva. Seguro que Ron no se afilia.
- O puedo meterte en el equipo de quidditch como animadora.
- Estamos intentando buscar ratos para estar a solas, no metas tus fantasías en esto - bromeó ella dándole un golpe juguetón en el pecho.
- ¿Entonces está prohibida la biblioteca?
Ella asintió con la cabeza, con aire severo.
- Lo siento, es lo mejor para todos.
Ambos se echaron a reír. Estaban haciendo tanto ruido que Harry le puso la mano a Hermione tapándole la boca. Se llevó el dedo a los labios, indicando que debían tener cuidado.
- ¿Va a ser siempre así? - preguntó Hermione en voz baja al final.
- Al menos… va a ser - sentenció Harry -. No me importa cómo siempre y cuando pueda besarte al menos una vez al día - añadió, con una sonrisa. Volvieron a juntar sus labios y, ésta vez les costó un poco más no dejarse llevar. Era demasiado fácil, demasiado natural ser apasionado. Harry puso en su lista de tareas lo de trabajar el autocontrol.
- Será mejor que nos vayamos a la cama - dijo ella. Harry levantó una ceja -. Por separado - añadió ella, poniendo los ojos en blanco -. Tú a la tuya y yo a la mía.
Harry soltó una risa por lo bajo y se acercó para darle un último beso, suavemente, antes de acercarse a la escalera.
- Hasta mañana, Hermione.
- Buenas noches - se despidió ella, con la mirada clavada en él. A Harry le resultó especialmente difícil subir los peldaños, con la imagen de Hermione fija en su mente. Era difícil alejarse de ella aunque fuera unas horas. Se preguntó si estar enamorado iba a volverlo tonto. Sonrió, se dijo a si mismo que le daba igual, y se metió en su dormitorio. El sabor de los labios de Hermione aún bailaba en su boca.
Tuvo un extraño sueño en el que recorría el castillo de un lado a otro, por pasillos desconocidos y a través de salas oscuras. Se movía como un resorte, caminando cómo si la ruta estuviera prefijada, a pesar de que no reconocía ninguno de los sitios por los que pasaba. Al final, abrió una puerta tras la cual estaba Hermione, de pie ante una ventana. Harry sonrió al verla y alzó una mano para llamar la atención, pero ella no lo vio. Él volvió a llamarla, comenzando a impacientarse, pero Hermione no se inmutaba. Cuando se acercó a ella vio con horror cómo se inclinaba ante la ventana y luego, tras subirse al alféizar, saltaba al vacío. Harry corrió hacia ella y se asomó. Y cuando miró hacia abajo, era Ron el que colgaba del saliente, con los dedos apenas asidos a la piedra. Le suplicaba con los ojos llorosos que no le dejara caer. Pero, a pesar de todo, Harry no hacía nada para evitarlo, hasta que las fuerzas de Ron fallaron y los dedos le resbalaron…
Harry se despertó sobresaltado con el cuello y la cara empapados de sudor. Instintivamente miró a su izquierda, a la cama de Ron, y le vio allí durmiendo profundamente. El cielo empezaba a aclararse tras el cristal de las ventanas.
En el desayuno la profesora McGonnagal se encargó de entregarles a Harry y Ron su horario. Hermione, que ya lo tenía, les informó de que su primera clase sería encantamientos. Ron y ella se dedicaron a discutir sobre lo que podría entrarles en el examen de los E.X.T.A.S.I.S. mientras Harry se comía los huevos revueltos. Apenas se preguntaba ya por qué Ron aún seguía discutiendo con Hermione. Era obvio que, tratándose de temas académicos, ella iba a llevar la razón, pero eso no era un impedimento para Ron, que parecía disfrutar llevándole la contraria. Los que se pelean se desean, solía decirle a Dudley cuando le encontraba pegando a algún chico. Le embargaron por un momento unos celos monstruosos. Ron y Hermione estaban muy unidos, y era obvio que él estaba enamorado de ella. ¿Y si con el tiempo los sentimientos de Hermione cambiaban? Apenas podía soportar la idea de verles juntos, como pareja. Su mente, siempre inoportuna, evocó el momento en el que Hermione besó a Ron, hacía apenas cuatro meses. La sangre le burbujeó en las venas. Jamás podría ver a Hermione besar a cualquier otro chico sin sentir aquello, estaba convencido. Ahora, entre ellos, todo era tan perfecto que el miedo a perderla, de cualquier forma, le atenazaba incluso de forma subconsciente. Decidió que nunca le daría motivos para querer dejarle. Ni una sola razón. Sería el chico que ella se merecía, siempre.
Algo le salpicó la cara, sacándolo de sus pensamientos. Un sobre había caído sobre sus huevos revueltos, haciendo que Hermione y Ron dejaran su debate acerca del nuevo profesor de pociones. Hermione sostenía que era joven, treinta y pocos, como mucho, mientras que Ron pensaba que tenía por lo menos cincuenta. Harry, que se había perdido la conversación, cogió el sobre y en él vio la irregular letra de Hagrid. Con una sonrisa, leyó la nota que había dentro.
Queridos Harry, Ron y Hermione:
¿Una taza de te a las cinco y media? Espero que estéis bien,
Hagrid.
Harry se lo leyó a Ron y Hermione y ambos sonrieron también. Un te con Hagrid. Algo tan sencillo como eso les hizo sentir que apenas tenían doce años otra vez. Fue una sensación curiosa.
Siento no haber actualizado antes. He estado de vacaciones, y pensaba subir un nuevo capítulo antes de irme pero al final no me dio tiempo así que no pude avisar. Además, en las vacaciones no he tenido acceso a un ordenador, así que ha sido imposible xD. Eso sí, prometo recuperar el ritmo de antes, que las vacaciones me han dejado con más ganas de escribir. Y me voy a agenciar un portátil para poder escribir también fuera de casa, así que ya no os libraréis de mi, muajajaja. En fin, espero que os guste este nuevo capítulo. Me gusta la idea de combinar la relación de Harry y Hermione con la vida cotidiana en Hogwarts, y sobre todo el ambiente de amor prohibido y a escondidas que ronda por la historia. ¡Gracias a todos por leer! Besos,
Nelletha
PD: El editor de textos no me deja poner más espacio entre los párrafos T.T
