N/A: ¡Hola! En la primera parte de Profanadores en el capítulo 11 dije que empezaba la recta final. No sé si esta historia también va a tener 16 capítulos, porque sabéis que lo escribo semana a semana, pero sí tengo esa misma sensación de estar llegando al final que tuve entonces. Sea como sea, ¡gracias por seguir aquí! Y vamos a por el capítulo 11 ^^

Capítulo 11

Blaise tropezó en las escaleras y se agarró al pasamanos soltando una risita. Sabía que no tendría que haber bebido tanto raki, pero tampoco había querido parecer maleducado rechazando las constantes invitaciones a rellenar su vaso. Por fortuna, había pasado después de cerrar una negociación más que provechosa para sus intereses. Aunque, por si acaso, revisaría el contenido del acuerdo al día siguiente. Ahora mismo no estaba seguro de nada.

El recepcionista del hotel le había mirado con reproche, pero Blaise seguía teniendo el aspecto de Draco, quien había reservado una de sus suites más caras, y enseguida había cambiado su ceño fruncido por una expresión tan sonriente como falsa.

La puerta se abrió en cuanto Blaise llegó allí. La habitación estaba vacía. Draco aún no había vuelto, pero Blaise no le dio ninguna importancia. Si hubiese pasado algo malo, Draco le habría enviado un mensaje, y estaba convencido de que tendría que hablar muchas cosas con su padre.

Blaise se sintió tentado a acostarse sin tan siquiera desvestirse, pero se agarró a las últimas fuerzas que le quedaban para darse una ducha rápida y lavarse los dientes. Se le cerraban los ojos cuando se metió en la cama que Draco había agrandado de forma exagerada, para que los dos pudiesen pasar allí la noche de la forma más cómoda. En solo unos segundos se quedó dormido.

Cuando despertó, el sol entraba ya por la ventana. Blaise no necesitó abrir los ojos para sentir que había recuperado su aspecto. Su magia ya no estaba constreñida en las barreras de otro cuerpo, fluía dentro del suyo dentro de los límites conocidos. Aun así, lo primero que hizo fue tocarse el pelo y le alegró ver que sus mechones largos y oscuros estaban de vuelta.

La cama seguía vacía. Tampoco había rastro de que Draco hubiese vuelto en la otra mesilla y no había luz en el baño. Pero antes de que pudiera empezar a preocuparse, Blaise miró hacia el otro lado de la habitación, al pequeño salón adyacente al dormitorio, y vio a Draco allí, sentado en uno de los sillones. Le miraba fijamente, vestía la misma ropa que la noche anterior, y cuando Blaise se incorporó para sentarse en la cama y vio lo que Draco tenía en su regazo, apenas pudo creerlo.

—Draco…

—Buenos días, Blaise.

Blaise conocía ese tono de voz. Le bastaron solo tres palabras para darse cuenta de que tenía enfrente al Draco de los primeros meses de sexto curso, al que le habían confiado una importante misión, quien iba a dar un vuelco a la guerra y recuperar la gloria para su familia. Era un Draco difícil de tratar, parapetado en miles de defensas que enmascaraban todas sus inseguridades y llegar a él era casi imposible. Blaise se había dado por vencido en ese curso, poco antes de marcharse a Italia con su madre, pero ahora no estaba dispuesto a rendirse.

—Veo que tu padre te ha hecho un regalo — dijo, con un tono no menos desafiante que el de Draco.

—¿Te refieres a esto? — Draco cogió el bastón en su mano, mostrándoselo — Me temo que he estado ocultándote algunas cosas, Blaise.

—No sería la primera vez. ¿Quieres compartirlas ahora?

—¿Debería?

—La decisión es tuya, pero sabes que puedes confiar en mí. Deja que me levante y…

—¡No! Quédate donde estás.

— De acuerdo, de acuerdo — Blaise volvió a subir los pies a la cama pero no dejó que Draco tomase la iniciativa — ¿Cómo está tu padre?

—Bien. Pero no pienso permitir que siga mucho tiempo viviendo como un fugitivo.

—¿Y qué piensas hacer?

Draco no respondió con palabras. En su lugar, esbozó una sonrisa fría y acarició el bastón. Blaise podría haber jurado que vio el mango de cabeza de serpiente se movía.

—Draco, ¿qué vas a hacer? — insistió Blaise.

—Lo tengo todo bajo control.

Todo bajo control. Esa frase a Blaise también le resultaba familiar. La había escuchado numerosas veces en el dormitorio de Slytherin, o compartiendo pupitre con Draco en algunas de sus clases. La escuchó cuando Draco dejó de jugar al Quidditch o cuando se saltaba una y otra vez las comidas. También cuando se despidieron antes de que Blaise abandonase Inglaterra. Y en todas esas ocasiones había sido mentira.

—¿Por qué tienes el bastón? — preguntó Blaise.

—Slytherin ganó aquel duelo y el bastón ha vuelto con su Profanador.

—¿Desde cuándo?

Draco volvió a sonreír de aquella manera que Blaise odiaba. Sabía que estaba tentando su suerte con tantas preguntas pero la única manera que conocía de enfrentar a ese Draco era no arrugándose y presionándole si hacía falta. Blaise no podía comenzar a temer a su mejor amigo, no quería ni siquiera pensar en las consecuencias.

Pero era bastante difícil no sentirse acobardado cuando tu mejor amigo se levantaba y el bastón en sus manos comenzaba a convertirse en una serpiente.

—Haces todas las preguntas equivocadas, Blaise. Lo que realmente importa es que el bastón está conmigo y todas las cosas sorprendentes que se pueden conseguir con él.

La serpiente era enorme. Blaise no había visto nunca a Nagini, pero había oído muchas cosas acerca de ella y ésta no le resultaba menos atemorizante. Además, Draco tenía en su mano una varita que Blaise no había visto antes. Aunque no le pudo prestar demasiada atención, porque la serpiente ya se deslizaba hacia los pies de la cama. Blaise encogió las piernas y se echó hacia atrás hasta pegarse al cabecero.

—Draco, no…

—No tengas miedo. Ella te reconoce, ya te mordió una vez, ¿recuerdas?

—¿De qué me hablas?

—Mi padre profanó tu destino. ¿Cómo crees que lo hizo? Con los colmillos de la serpiente.

—¡La del mango del bastón!

—Eso es verdad, pero yo he conseguido traerla a la vida. Yo soy mejor.

Draco avanzó hacia la cama con un brillo peligroso en sus ojos. Al mismo tiempo, la cabeza de la serpiente se asomó a la cama, invadiendo el colchón. Blaise comenzó a temblar sin poder evitarlo.

—Draco, sácala de aquí por favor.

—Vamos Blaise, eres un Slytherin, no pueden asustarte las serpientes.

Blaise sintió la piel fría de la serpiente rozar su tobillo derecho, quiso apartarlo pero el miedo le había paralizado. Se limitó a cerrar los ojos y a encogerse un poco más. Aunque casi le resultó peor sentir sin ver los movimientos helados de la serpiente sobre sus piernas, rodeando su cintura, y escuchar ese siseo cada vez más claro y más cerca de su oreja izquierda.

Cuando creyó que ya no podría aguantar más, un segundo peso se unió sobre el colchón. La serpiente pareció retirarse y lo que Blaise sintió entonces fue a Draco sentándose a horcajadas sobre sus piernas.

—Mírame, Blaise — ordenó Draco.

Ante el contacto de esos dedos en su barbilla, Blaise abrió los ojos. El rostro de Draco estaba muy cerca. Seguía sonriendo y, por un momento, fue fácil dejarse llevar en la convicción de que Draco nunca le haría daño. Blaise no pudo evitar que le gustase la caricia en su mejilla, esos labios acercándose, el soplo del aliento de Draco cuando comenzó a susurrar sobre los suyos.

—Confía en mí. No voy a lastimarte.

Blaise quería confiar. Incluso, si tenía que ser honesto consigo mismo, quería besarle. Hacía mucho tiempo que no le tenía tan cerca y había un aura alrededor de Draco que era pura seducción. Se preguntó qué habría pasado desde la noche anterior, cuando Draco no se había permitido ni bromear acerca de su compromiso con Harry, hasta ese momento, en el que no parecía ni tan siquiera recordarle.

La respuesta llegó enseguida. La serpiente volvía a estar al lado de Draco, asomándose desde su hombro. Ella y Draco tenían el mismo brillo en los ojos. Y de pronto fue obvio que era ella la que le estaba controlando.

Aprovechando su momento de distracción, Draco había inclinado un poco la cabeza de Blaise hacia un lado exponiendo su cuello. La serpiente se había acercado un poco más y Draco había hecho lo mismo, rozando sus labios.

—Ven conmigo, Blaise.

Blaise se maldijo cuando ese susurro hizo que su estómago diese un brinco. Quería, quería tanto… Tuvo que cerrar los ojos de nuevo, abrumado. Entonces volvió a percibir con claridad el siseo y ese aleteo húmedo sobre la piel de su cuello. Una lengua que no era la de Draco.

—¡No! ¡Basta!

Blaise abrió los ojos y empujó a Draco hacia atrás con fuerza, quien al no esperárselo, cayó sobre el colchón de espaldas. La serpiente sin embargo se irguió frente a él, en posición de ataque. Blaise gritó un ¡accio varita! y ésta voló hasta su mano desde el baño, donde la había dejado la pasada noche. No tardó en apuntar a la serpiente.

—¡Apártala de mí o la mato! ¡Te juro que la mato! — le gritó a Draco, que ya se había sentado en la cama y le miraba sin expresión alguna en el rostro.

—¿Crees que podrías hacerlo?

No, Blaise no lo sabía. Pero estaba dispuesto a cualquier cosa antes de dejar que le mordiese. Incluso intentó la aparición pero las barreras le detuvieron. Draco había sellado la habitación.

—Por favor, deja que me marche. Por favor, Draco.

—¿Quieres abandonarme?

—No, ¡claro que no! Haz que desaparezca y me quedaré aquí. Podemos hablar de todo esto y…

—No quiero hablar. Acepta mi ofrecimiento o vete.

Era todo un ultimátum. Blaise no quería dejar a Draco atrás, pero la serpiente volvía a acercarse. Vio cómo echaba su cuello hacia atrás y abría sus fauces, y Blaise supo que estaba preparando el ataque. Tanteó las barreras de la habitación y se dio cuenta de que habían desaparecido.

—Draco… — susurró, en un último intento por llegar hasta él. Pero Draco miraba la varita entre sus manos, sentado al pie de la cama, ajeno a todo lo que sucedía sobre ella.

Por el rabillo del ojo, Blaise vio cómo la serpiente tomaba impulso y se abalanzaba sobre él. Se apareció justo cuando creía que era demasiado tarde para hacerlo. Y cuando se vio junto a una nave del puerto cerca del embarcadero donde había atracado el día anterior, Blaise se agachó en el suelo y rompió a llorar, con el corazón amenazando con salirse de su pecho.


Harry no podía parar de hacerse la misma pregunta una y otra vez. Salvo durante unas cuantas horas en que había conseguido dormir antes de levantarse para volver al Ministerio, su mente se llenaba constantemente de especulaciones para responderse a sí mismo. La pregunta era por qué. ¿Por qué Draco había recurrido a medidas tan desesperadas para deshacerse de su marca? ¿Por qué ahora? Las respuestas eran tan variopintas y extrañas que iban a acabar volviéndole loco.

Su utilidad en la oficina esa mañana resultaba tan grande como la del perchero en la esquina junto a la puerta. Ni siquiera recordaba lo que Williamson le había venido a decir diez minutos antes. Harry se había limitado a asentir con tanta indiferencia que podría haber dado luz verde a que Gawain le sustituyera en el cargo.

Estaba enfadándose tanto consigo mismo que no sabía cómo iba a ser capaz de sobrevivir a aquella jornada de trabajo. Poco imaginaba él que la respuesta aparecería por su puerta a la hora del almuerzo, de la mano de la persona de la que solían venir todas las respuestas.

Harry no había visto a Hermione tan nerviosa en su vida.

—¿Puedes salir a comer conmigo? Tengo que contarte algo importante — le preguntó ella.

—La verdad es que aún estoy asumiendo lo que me contaste ayer, Herm — contestó Harry, no muy seguro de que pudiese asumir más noticias impactantes.

—Quizá esto te ayude con ese tema. Por favor, acompáñame.

Era una batalla perdida, Harry sabía que no podría negarse. Los dos abandonaron el Ministerio a los cinco minutos para acabar buscando un restaurante en el Londres muggle, a salvo de cualquier oído indiscreto.

—Me está asustando verte tan nerviosa, Herm — confesó Harry viendo cómo su amiga no dejaba de juguetear con la esquina del mantel sobre la mesa — Y que no esté Ron con nosotros tampoco me tranquiliza.

Hermione suspiró, se recolocó el pelo y espero a que el camarero sirviese sus bebidas, para darle un sorbo a la suya. Solo entonces pareció armarse de valor.

—Lo que voy a contarte es confidencial. Ron no lo sabe y si te lo cuento a ti es porque creo que debes saberlo.

—De acuerdo. Pero dijiste que podría ayudarme con el tema del que hablamos ayer. ¿Es sobre Draco?

Hermione asintió. Ahora estaba jugueteando con su servilleta.

—Cuéntame lo que sea, Herm, porque desde que me enteré de lo de ese conjuro ya no sé qué pensar ni qué hacer.

—Harry, Draco me pidió que no hablase de esto con nadie más. Bueno… En realidad, me dedicó una variante del hechizo fidelio por la espalda cuando acabamos de hablar. Pero lo que él no sabía es que mi despacho tiene unas barreras especiales. ¿Las recuerdas?

—Sí, yo mismo las levanté cuando las requeriste.

Hermione asintió e hizo una nueva pausa mientras el camarero dejaba su comida en la mesa. Como Directora del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, recibía visitas a menudo. Muchas eran para proponerle nuevas leyes, algunas para que se derogasen otras. La mayoría de magos se conformaban con hablar y exponer sus opiniones, pero su predecesor había tenido varias experiencias desafortunadas con magos que pensaban que un hechizo a tiempo era mucho más efectivo que las palabras. Hermione había evitado sin consecuencias varios imperios, otros tantos obliviates y algún que otro intento de usar sobre ella la legeremancia, gracias a las barreras que había levantado Harry.

—¿Qué quería ocultar Draco? — preguntó él cuando volvieron a estar a solas.

—En realidad nunca me pareció algo tan grave. Es más, creo que era una petición más que justa. Si el Wizengamot estuviese renovado y no compuesto por esa serie de carcamales con un pie en la tumba…

—Herm… — le interrumpió Harry, que ya había escuchado varias veces aquella teoría — ¿Qué quería Draco?

—Quería derogar una de las leyes redactadas en la posguerra, una en relación a los marcados.

Varias leyes pasaron por la mente de Harry. No era excesivamente bueno en eso, pero el control de los marcados era competencia exclusiva de los aurores y estaba bastante al tanto de la legislación al respecto. No era precisamente escueta. El Mundo Mágico había sentido mucho recelo hacia los ex mortífagos en esos primeros meses tras el fin de la Guerra, y el Wizengamot se había encargado de regular todos los posibles pasos del futuro de aquellos que no acabasen, palabras literales de Kingsley, pudriéndose en Azkaban.

—¿Cuál de ellas? — acabó preguntando Harry.

—La que dice que ni los marcados ni sus dos generaciones siguientes podrán formar parte del Wizengamot, de la División de Aurores o del Departamento de Misterios.

—Espera, ¿Draco quería entrar en el Wizengamot?

Fue el primer motivo lógico en el que Harry pensó. Draco participaba en el Wizengamot a menudo como Embajador, se sentía cómodo allí, era bueno en lo que hacía. Y era un hombre ambicioso, tener un asiento en el Wizengamot para los Malfoy tras su papel en la Guerra habría sido todo un triunfo. Pero arriesgarse a un conjuro así por pura ambición… Harry no lo creía viniendo de Draco.

—No, Harry. La verdad es que… — Hermione suspiró, a Harry le pareció que estaba avergonzada — Draco quería abolir la ley por Scorpius. Su hijo quiere ser auror.

Harry dejó los cubiertos sobre el plato. De repente se le había cerrado la garganta. Scorpius. Eso ya sonaba como un buen motivo para que Draco lo arriesgase todo. Scorpius quería ser auror y esa ley se lo prohibía. Scorpius, el novio de James. La asociación en la mente de Harry fue inmediata y recordó una pregunta de Draco sobre James apenas un par de semanas antes, justo cuando se había enterado de la relación que unía a sus hijos: ¿Qué va a hacer James al acabar Hogwarts? ¿No quiere ser auror? La satisfacción en su cara cuando supo que James quería trabajar en Gringotts... Ahora que empezaba a manejar todas las piezas de aquel puzzle, Harry no entendía cómo no lo había visto antes.

—¿Y qué le dijiste, Herm?

—Le dije que lo consultaría. Y lo consulté, directamente con Kingsley. Me dijo que no sería posible, que no me molestase ni en hacer la proposición.

—¿Kingsley lo sabe?

—No. Aunque el fidelio de Draco no funcionó, no quise traicionar su secreto. A Kingsley le hablé del tema a rasgos generales. Así que Draco piensa que sigo sin poder decírselo a nadie. Pero Harry, aún recuerdo su cara cuando le dije que esa ley no iba a cambiar próximamente.

—¿Cuándo sucedió eso? — preguntó él.

—Hace unos seis o siete meses.

—Mierda, Herm… Hace año y medio que estamos juntos. No entiendo por qué no me dijo nada. Por qué nunca confía en mí.

—Quizá pensó que te iba a poner en un compromiso…

—Tendría que ser yo quien valoraría eso. ¿Cree que no me habría puesto de su parte? Esa ley es injusta, habríamos encontrado la manera.

—Harry…

Cuando Hermione cogía su mano y ponía esa mirada para atraer toda su atención, Harry sabía que no podía venir nada bueno.

—Dime — le contestó, preparándose para el impacto.

—Tú la firmaste. El Ministro y tú, como todas las leyes de posguerra que salieron del Wizengamot.

Era verdad. Harry había firmado todos los papeles que le habían puesto por delante en aquel entonces. No había entendido cómo un chico de apenas dieciocho años podía tener tanta responsabilidad en el futuro del Mundo Mágico, pero solo quería acabar con aquella guerra. Irse a casa, dormir durante meses, dejar de recibir papeles. Y restarle privilegios a los ex mortífagos le había parecido lo más coherente en aquel momento, eso no podía negárselo a nadie.

Pero habían pasado más de veinte años. Harry había aprendido sus lecciones.

Draco no confiaba en él. No tenía ni idea de cómo iba a sacar su relación adelante.

Hermione apretó su mano antes de soltarla. Harry no quería imaginar cuánto tiempo había pasado perdido en sus pensamientos.

—Creí que tenías que saberlo. Conocer las razones de Draco para exponerse de esa manera. Tú también tienes hijos y harías cualquier cosa por ellos.

—Sin duda.

—Y yo… Desde que descubrí el libro con la contra-maldición no he dejado de sentirme culpable. Todos tendríamos que haber pensado mejor las cosas, ¿qué culpa tiene Scorpius de lo que haya podido hacer su padre?

Harry hizo su mejor esfuerzo por distinguir la defensa férrea de Hermione de su parte de culpa. No le resultó fácil.

—Hablaré con él. Scorpius no puede pagar por los errores de su familia. Lo arreglaremos de alguna manera, Herm.

Cuando Harry decía esa frase, Hermione solía mirarle con confianza y asentir convencida.

En esta ocasión, no le ofreció ninguna de esas dos cosas.


A veces, Andrómeda se sentía muy sola. No es que su casa fuese muy grande, pero Teddy la había ocupado de tal manera desde niño, que ahora que no estaba le parecía gigante. Harry seguía viniendo a comer con ella casi todos los domingos, pero Andrómeda era la primera que le apremiaba para que se marchase. No es que viese con los mejores ojos la relación de Harry con su sobrino, pero reconocía que era con él con quien tenía que pasar sus días libres y no con una vieja como ella.

Porque así se sentía, como una bruja vieja y, en su opinión, algunos días tenían demasiadas horas.

Quizá fue por eso por lo que el chisporroteo de la red flú y ver el rostro de Teddy entre las llamas le hizo mucha más ilusión de la que le convenía. Al fin y al cabo, su nieto llevaba más de seis meses sin pisar su casa.

—Teddy, ¿cómo estás cariño? ¿Te has acordado de que tienes una abuela?

Andrómeda se arrodilló delante de la chimenea y sus rodillas protestaron con dos sonoros crujidos.

—Hola, abuela. Yo también te quiero — le dijo Teddy sonriendo.

—Sí, sí… Menos cuentos. ¿Por qué no cruzas? Me mata estar de rodillas.

—No puedo, no estoy en Inglaterra.

El rostro de Andrómeda se llenó de preocupación.

—Oh, por Merlín, ¿te han encerrado otra vez? ¿Ésta es la llamada de cortesía que os dejan hacer? ¡Deberías haber llamado a Harry entonces!

—Abuela… No estoy en la cárcel. Estoy bien, en una casa, con amigos.

—¿Pero dónde estás, Teddy?

—Eso no puedo decírtelo. Pero créeme, por una vez no estoy en problemas.

—¿Entonces por qué me llamas?

El pelo de Teddy perdió un poco de su azul, pero Andrómeda no sintió el más mínimo remordimiento por la pulla gratuita que le había lanzado.

—Quería consultarte una cosa.

—Ah claro, dime.

—Abuela… Si tú quisieras mucho a alguien, y supieses algo que le conviniese saber, pero a la vez no quisieses meterte en algo que no te concierne del todo, porque claro, en relaciones de dos no está muy bien meterse… ¿Tú se lo contarías igual o te quedarías callada?

Andrómeda se había perdido en la tercera frase.

—Teddy, cariño, ¿podrías repetirme la información previa a la pregunta un poco más despacio?

Teddy resopló y se acarició el pelo. El azul había desaparecido dando paso a un gris apagado. Andrómeda se ablandó un poco y decidió hacérselo más fácil.

—Yo quiero mucho a alguien, ¿no? Y me entero de una información que a ese alguien le convendría saber.

—Eso es, abuela.

—¿Y ese algo está relacionado con esa persona que quiero tanto y su pareja?

—Sí, sí, eso es.

—¿Algo malo?

Teddy dio otro resoplido.

—Digamos que es difícil juzgarlo.

—De acuerdo… ¿Esa persona a la que quiero tanto está en peligro si no se lo cuento? ¿Le evito algún mal si lo hago?

—Pues… no, la verdad es que no.

—Ya veo… Pues mira, yo sería discreta y me encargaría de mis propios asuntos.

—¿No se lo contarías?

—No. Como tú dices en cosas de dos y entre dos mantícoras no está bien meterse.

—Está bien. Pues muchas gracias abuela.

—No hay de qué. ¿Cuándo vas a venir a verme?

—En cuanto pueda, pero no creo que sea muy pronto. ¡Pero tú no te preocupes! Cuídate mucho.

Antes de que pudiese responderle, Teddy cerró la conexión. Andrómeda tuvo que recurrir a la magia para ponerse en pie sin sufrir tanto dolor. Las malditas rodillas… Aun así, se sentía mejor. Su nieto aún confiaba en ella para ciertas cosas. Cosas sentimentales, por supuesto. Pero menos era nada. Mientras se dirigía a la cocina para preparar algo de cena, se preguntó si su nieto tendría una nueva novia.

En Capadocia, Teddy había tomado su decisión. Hablar con su abuela le había aclarado las cosas. Su regla en la vida era hacer lo contrario a lo que ella le aconsejaba. Hasta el momento siempre le había funcionado.

Hablaría cuanto antes con Harry.

Continuará...


Murtilla: ¡Hola! Teddy sabe la localización de Lucius, ¿supongo que te refieres a eso? ^^ ¡Muchas gracias por leer y comentar!

Nancy: ¡Muchas gracias a ti por tu comentario y por hacerme saber que estás leyendo la historia! Me alegra mucho que te guste. Y sí, por fin ya sabemos las razones de Draco :)

Dan: ¡Hola de nuevo Dan! Gracias por comentar los dos capis seguidos. El nombre de la pareja James/Scorpius es de lo más complicado, no te creas. La verdad es que no sé cómo se lo va a tomar Albus como se entere... XD Teddy también es de mis favoritos. En este capi tienes la respuesta a lo que piensa hacer sobre el tema. Sopa de huesos de Voldy? Wow, eso sí que sería horrible. Te puedo decir que no ha sido eso jajaja Yo no tengo tan claro que la gente haya cambiado la mentalidad, por mucho que Harry sí lo haya hecho. Y estos dos siguen teniendo un problema importante de comunicación. A ver si son capaces de resolverlo! ¡Muchas gracias por comentar! Besos

Maye: WTH! Let her login in, you ass! XD I am so glad you loved the chapter! Thank you! And of course, Hermione owns all the secrets. One more in this chapter XD Love you too!