Disclaimer: Algunos de los personajes no me pertenecen, Stephenie Meyer los creo en su preciosa cabecita, yo solo juego un poquito con ellos. La historia es mía.
Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)
CERO Y VAN DOS
La Sra. Isabella Swan-Cullen y el Sr. Edward Cullen, en nombre de la familia Swan, requieren el placer de su presencia en la Gala de Año Nuevo Swan este 31 de diciembre en la residencia familiar de Hollywood, California en punto de las nueve de la noche. Se pide su extrema puntualidad y una vestimenta de acuerdo a las reglas del black tie.
Alice suspiró y tiró la fina, elegante y costosa tarjeta en la mesa de café junto al sobre. No sabía qué le molestó más, si el hecho de que tuvieran que recibir invitación para la cena o ver los nombres de Edward e Isabella como anfitriones, aunque sospechaba que la primera razón era la más pesada. Si aún vivieran en la mansión no habrían recibido invitación, por el simple hecho de estar ahí, pero como Jasper decidió que era una buena idea mudarlos, pues ahora habían sido rebajados a nombres en una lista de invitados.
De igual forma, ver a su cuñada y su concuñado representando a la familia en esa invitación estaba peleando por ocupar el primer lugar. De acuerdo a lo que Alice sabía, era la pareja heredera la que se encargaba de esa cena, y Edward e Isabella no heredarían Swan's, pero Jasper y ella sí. Debían ser sus nombres los que aparecían ahí, no otros.
La puerta de la casa se abrió y Jasper entró con el maletín y el suéter de cachemira en una mano y las llaves en la otra.
—Hola —la saludó—. ¿Recogiste el correo?
—Ahí está —respondió, gesticulando hacia la mesa—. Espero que estés feliz.
—¿Ahora qué hice? —preguntó él sin hacerle mucho caso y revisando los sobres.
—La invitación de la cena llegó.
Jasper asintió, encontrándose con la tarjeta.
—¿Y eso es malo porque...?
—¡Porque no deberíamos recibir invitación!
—O sea, que no debimos ser invitados.
—¡Por supuesto que debemos ser invitados, pero no de esa manera!
—¿De qué manera, entonces? Sabes que cualquiera que no viva en el lugar de la cena necesita invitación.
—Exacto —soltó ella, mordaz. Jasper rodó los ojos—. Y estoy segura que tu hermana tampoco la recibió.
—Lo hizo. Es anfitriona, pero no vive en Hollywood, y lo mismo sucedió el año pasado.
—¿Y por qué ellos son los anfitriones y no nosotros? Tú eres el heredero y ella no.
—Mi abuela ya le dio esa responsabilidad, se suponía que a partir de este año nos iríamos a Bel Air, pero después de lo que sucedió y que la fecha de Vanessa era más o menos "cualquier momento" mis padres decidieron que nos quedaríamos en Hollywood. De hecho, Edward y yo estábamos viendo la posibilidad de que ni siquiera fueran ellos.
—Y van a ir, ¿no? Digo, sus nombres están ahí.
—Las invitaciones están hechas desde hace un mes, Alice, ya no había forma de cambiarlas. Yo realmente espero que decidan no ir. Mi hermana necesita descansar. ¿Qué hay de cenar?
—Madeleine te dejó el plato en el microondas.
—Gracias.
Así que era posible que Edward e Isabella no fueran a la cena...
De repente, su humor mejoró.
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Las maletas para dos días en Hollywood estaban listas y esperando por ellos cerca de la puerta. Jasper colgó los tres protectores de ropa dentro de la camioneta y se llevó las cuatro mochilas a la cajuela.
—¡ES HORA! —gritó hacia el interior de la casa, cerrando el maletero de un aporreo. Tyler salió corriendo con sus pequeñitas piernas. Jasper sonrió y recibió a su hijo con los brazos abiertos—. ¿Listo para ir a ver a los abuelos, campeón?
—¡Sí! —gritó el niño. Jasper rio y besó la mejilla regordeta de su hijo.
—¡CHICAS! —llamó, asegurando a Tyler en su asiento.
—Solo diré una cosa, Jasper, me alegro que esa cena solo sea una vez al año, porque el nivel de estrés es horrible —soltó Cynthia, subiéndose al auto. Jasper lanzó unas risitas.
—Jasper, quita al niño de ahí, arrugara mi vestido —dijo Alice. Jasper le rodó los ojos a Cynthia.
—Tu vestido está dentro del protector, Alice.
—Cynthia, siéntalo contigo —ordenó Alice, ignorando por completo a su marido. Cynthia bufó y abrió los tres protectores, encontrando el vestido negro de su hermana junto a ella.
—Aquí está tu vestido, Alice —le dijo mostrándole el protector cuando su hermana subió al auto.
—Ah, bien —respondió ella.
—¿Llevas un vestido negro?
—Sí. ¿Algún problema?
—Ilaria también. Y sabes lo que opina Isabella de los colores repetidos dentro de la familia.
—¿Y? Isabella no irá e Ilaria se puede cambiar.
Cynthia rio.
—Seguro —se burló. Jasper esbozó una pequeña sonrisa.
—¿Qué?
—Tú eres la que se va a cambiar —le dijo Cynthia.
—Por supuesto que no. Ilaria ni siquiera es legalmente Swan...
—Tú tampoco —la interrumpió su hermana.
—Legalmente o no, las dos son de la familia, y estoy seguro de que llegarán a un acuerdo, ¿cierto?
Al único acuerdo que vamos a llegar es a las dos gemelas lejos de MI cena.
La mansión Swan se alzaba orgullosa ante ellos entre un precioso jardín de pasto verde y decoraciones navideñas. Las rejas estaban abiertas de par en par, dándoles la bienvenida de vuelta a casa.
—Que maravilloso es volver —musitó Alice. Jasper y Cynthia se miraron por el retrovisor.
Una lujosa camioneta negra estaba detenida frente a ellos en el porche de la casa. Jasper se rio, causando que Alice lo mirara con el ceño fruncido. Entonces, una mujer con un bebé en brazos y un ajustado y modesto vestido gris, cabello largo negro y morado y altos stilletos negros bajó de la parte trasera del vehículo, siendo saludada por dos mucamas y el ama de llaves con una reverencia.
—¿Estamos seguros de que dio a luz hace cinco días? —inquirió Cynthia.
Isabella se giró y saludó con la mano hacia ellos. Jasper alzó una mano, respondiendo el saludo.
—Me dijiste que no iban a venir —masculló Alice.
—Nunca te dije eso —contestó Jasper, saludando a su cuñado—. Lo que dije fue que era probable que no vinieran, es todo.
La camioneta se retiró después de que el chofer entregara dos protectores de ropa y dos maletas a las mucamas, que entraron a la casa siendo relevadas por otras tres, todas en uniformes negros y blancos para recibir a la familia Swan al completo. Las tres mucamas y Karla se hundieron en reverencias cuando el auto se detuvo a su lado. Jasper bajó y se acercó a saludar a su nana. Alice lo siguió, siendo Cynthia la última con Tyler en brazos. Jasper entregó la llave a Julian y fue él quien sacó los equipajes del auto antes de llevárselo al estacionamiento familiar.
—Bienvenidos —los saludó el jardinero.
—Matt, ¿qué tal todo?
—Perfectamente bien, joven —respondió.
—Fantástico. ¿En la sala?
—Así es.
—Gracias —le dijo Jasper y lideró la caminata a la sala, donde la familia estaba reunida, apelotonada sobre Edward que llevaba a Vanessa en brazos—. Oigan, cuidado, que la pueden abrumar.
—Se parece demasiado a su madre para que eso pueda suceder —rio Ilaria, saludando a su hermano con un abrazo y un beso en la mejilla.
—Ese es un gran problema.
—Dímelo a mí —soltó Edward—. Ahora son dos.
Todos en la sala rieron.
—No te compadezco en nada, hermano. ¿Puedo?
—Por supuesto —respondió Edward, y pasó con cuidado a Vanessa a los brazos de Jasper. Alice y Cynthia la miraron por sobre los hombros de Jasper, ambas maravillándose por lo preciosa que era. Con sus enormes y brillantes ojos verdes, sus largas pestañas, los labios rosaditos y esas mejillas rechonchas y sonrojadas, no había duda de que era la niñita más hermosa que habían visto.
—Hola, chicos —saludó Bella con voz suave, apareciendo detrás de ellos. Alice brincó y se giró, viendo realmente a su perfecta cuñada por primera vez en cuatro días.
—¿Pero qué...? —inquirió Jasper, poniendo en palabras la reacción que toda la familia había tenido al ver a la recién convertida en madre.
El vestido gris plata se adhería a su figura post-parto tan perfectamente bien haciendo parecer que no había un bulto ahí, pero existía aun y con su estrecha cintura que, en vista de su anticipado regreso, quizás nunca se fue.
Isabella lanzó unas risitas.
—¿Qué?
—¿Tan rápido bajaste de peso?
—¿Qué dices? No he bajado un gramo.
—A otro perro con ese hueso.
—En serio —dijo Edward, tomándola de la cintura.
—Estás fajada —se burló Alice.
—¿No es demasiado pronto? —preguntó Bella.
—Lo que hayas hecho, cariño, estás preciosa —le dijo Charlie.
—Gracias, papi.
Karla se aclaró la garganta, llamando la atención de toda la familia.
—Doña Elise y doña Marie están llegando —avisó.
Alice se tensó al escuchar el nombre de la temible matriarca Swan y se colgó del brazo de Jasper, haciéndole difícil pasar a la bebé a los brazos de Isabella. Sin duda Elise era el único miembro de la familia que podía causarle escalofríos.
Los que estaban sentados se pusieron de pie y se arreglaron la ropa. Ilaria ayudó a Afton y a los Vulturi y de inmediato se sintió la gran diferencia entre ella y su familia adoptiva. La sangre estaba haciendo su trabajo.
Cynthia dejó a Tyler en el suelo y Jasper lo tomó de la manita, la chica se alejó dos pasos, manteniendo su distancia de una familia a la que realmente no pertenecía. Alice se sintió mal por su hermana, un poco, porque de inmediato volvió a pensar en lo que haría esos dos días para mantenerse lejos del radar de Elise. Era sin duda más importante que preocuparse por la posición de su hermana en la familia. Que se casara con Seth y asunto arreglado.
Elise y Marie ingresaron a la sala, provocando que Karla se hundiera en una reverencia automáticamente. Charlie y Renée se acercaron y saludaron a sus madres con mucho afecto. Las abuelas se acercaron a saludar a Jasper, Tyler y Alice, ella solo recibió escuetos saludos antes de que las abuelas se acercaran a Ilaria, y finalmente, a Edward e Isabella y todo para conocer al nuevo miembro de la familia. Elise tomó en brazos a la recién nacida y la meció con dulzura.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó. Jasper se tensó, al tiempo que Edward e Isabella se dirigían una mirada, y después a Charlie, quien les asintió.
—Vanessa Andreína Elizabeth —respondió Isabella. Elise alzó la vista, mirando a los recién estrenados padres y apretó los labios en una fina línea. La familia contuvo la respiración.
—Bienvenida a la familia, Elizabeth —murmuró, sonriéndole a la bebé. Se escuchó un suspiro colectivo cuando todos sacaron el aire que contenían. Elise pasó a la bebé a Marie y se giró hacia el resto—. Iré a refrescarme —anunció.
—Por supuesto que sí, mamá —dijo Charlie—. Karla —indicó. La nana asintió y guio a Elise hacia el vestíbulo.
Marie tuvo unos momentos con la bebé antes de regresarla a Isabella
—Respiren, chicos —rio, frotando un brazo de Edward e Isabella—. Es una niña preciosa y su nombre es digno de una princesa. Felicidades, mi niña.
—Gracias, nonna.
—Y tú, muchacho, espero que sepas lo que te espera —musitó.
—Creo que sí, Marie —respondió Edward.
Marie asintió, girándose. La mujer podía ser una simple ama de casa de pueblo, pero tras más de treinta años de vivir con los Swan había adoptado diversas costumbres y modos de ellos, comenzando con el porte que distinguía tanto a las mujeres de la familia. Si ella pudo llegar hasta donde estaba ahora, ¿por qué Alice no?
La abuela Marie se encontraba en la misma posición de la abuela Elise y fue guiada por Karla a su habitación, la señal que todos esperaban para poder subir a cambiarse.
Alice no le vio sentido a ponerse otra ropa y simplemente se quedó ahí, asegurándose de que su ropa estuviera donde debería estar. Salió de la habitación, encontrándose con Isabella saliendo de la suya. Se había cambiado el vestido por algo más... "cómodo" de acuerdo a sus cánones: un pantalón palazzo color marfil a la cintura que abarcaba perfectamente bien su estómago, una blusa negra sin mangas lo suficientemente holgada para disimular el tamaño de sus pechos y con el cabello lacio y perfecto cayéndole sobre los hombros y en la espalda. Las cuñadas se miraron por unos segundos hasta que Edward —en jeans, camisa y suéter de punto— salió de la habitación morada con el monitor de bebé en la mano.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—¿Vanessa?
—Perfecta. ¿Bajamos?
—Sí.
Edward e Isabella se tomaron de las manos y, sin dirigir una sola mirada a Alice, bajaron de nuevo a la sala. Fue entonces cuando Alice escuchó la voz de Elise peligrosamente cerca. Miró a todos lados buscando un lugar donde esconderse. No volvería a quedarse sola con ella nunca más. Se metió a una de las habitaciones, que resultó ser la de Charlie y Renée.
Pintada y decorada con suaves tonos neutros, la habitación principal siempre resulto más acogedora que la de Jasper que no había cambiado en nada su paleta negra, gris y roja ni siquiera después de su boda.
Eran pocas veces las que Alice entraba ahí, pues de alguna manera sentía que invadía la privacidad de sus suegros, y estuvo a punto de salir, pero escuchó de nuevo a Elise y decidió que no estaría mal si se quedaba unos minutos. Charlie y Renée tomaron su habitación como una pequeña casa más donde podían estar completamente solos; ahí tenían todo lo que necesitaban para no salir en todo el día, algo que Alice deseaba mucho en ese momento porque prefería mil veces quedarse encerrada en la habitación que pasar una tarde en familia con los Swan.
Las voces de Elise y Marie pasaron por la habitación y se hicieron débiles conforme se alejaban, señal que Alice tomó para salir de ahí, y estaba haciéndolo cuando entró a su campo de visión el tocador de Renée y los portarretratos que ahí estaban. Desde la puerta hizo un rápido conteo —sin ver las fotografías— reuniendo cuatro cuadros de cristal templado y se acercó cuando captó un vistazo de cabello rubio. El estómago se le fue a los pies cuando vio las fotografías. Jasper en su boda, serio y con los ojos azules opacos, haciendo que el ceño de Alice se frunciera. Ilaria en el jardín de la residencia en Seattle, parada sobre un columpio y riendo. Isabella y la fotografía del velo volador, tan feliz e inocente, ambas provocándole a Alice un retortijón en el estómago. Y Edward con su esmoquin de la boda civil, con los brazos cruzados pero una enorme sonrisa torcida contagiosa a la que Alice no pudo evitar imitar. Buscó por toda la habitación, abrió cajones y esculcó armarios, sin encontrar nada. Ni una sola fotografía suya que hubiera sido colocada en otro lugar u olvidada de acomodar.
Edward estaba ahí. Edward, que era un hijo político, tenía su imagen en el santuario de Charlie y Renee, ¿por qué no ella? ¿Por qué sus suegros la rechazaron así? Aprobaron la boda y recibieron a Alice y Cynthia en su familia. ¿Qué significaba la inexistencia de una fotografía suya ahí? ¿Acaso no la querían?
La cena se sirvió en punto de las seis y media de la tarde. Todo el clan Swan se encontraba ahí, llenando el amplio comedor y dejando al servicio con las manos llenas. Los Cullen se quedaban en la casa de Edward e Isabella, y los Vulturi declinaron la invitación de quedarse, o al menos eso fue lo que Jasper le dijo a Alice. Ella no le creyó. Conocía a Isabella y Elise, sabía de lo que eran capaces cuando algo amenazaba su perfecto cuadro familiar, no le sorprendería enterarse que, en realidad, ellas dos los habían sacado de ahí.
Aunque les daría el beneficio de la duda a juzgar por el rostro tenso de Elise y cómo se suavizaba su mirada cuando veía a una imperturbable Ilaria.
—Y, chicos, ¿ya saben quiénes serán los padrinos? —pregunto el tío Billy. La plática en ese momento se centraba en la pequeña Vanessa y cómo lidiaban Edward e Isabella con sus primeros días como padres.
—Yo —respondió Jasper, muy orgulloso. Toda la familia rio.
—Sí —dijo Isabella entre risitas—. E Irina, una de las hermanas de Edward.
—Oh. Muy bien —musitó Elise—. Excelente elección, chicos. No. Perfecta elección.
—Gracias, señora —asintió Edward.
Eso de que ella no sería la madrina de Vanessa era un dolor en la espinilla, sobre todo porque, de nuevo, una rubia tonta fue elegida sobre ella y era algo que tenía que solucionar. Y pronto.
La cena terminó sin mucha efusividad. Las mucamas retiraron las tazas de café y té y la familia se puso de pie, saliendo lentamente del comedor. A lo lejos escuchó como Elise preguntaba a Ilaria sobre su vestido para la cena y Alice recordó el pequeño detalle que usarían vestidos del mismo color. Una vez que Elise se alejó, Alice se acercó a la rubia, provocándole un saltito por la sorpresa.
—Jasper dice que tu vestido de mañana será negro.
—Sí...
—El mío también —dijo—. Sé que encontraremos una solución, ¿verdad?
—Oh, por supuesto. No te preocupes.
—¡Ilaria, ven aquí! —la llamó Isabella que se encontraba hablando con las dos abuelas. Ilaria le sonrió a Alice y fue hacia su hermana.
Eso fue sencillo.
Jasper estaba con Tyler cuando ella subió. El niño metía algunas piezas de joyería infantil en pequeñas bolsitas de organza morada que Jasper abría para él. Más regalos para Vanessa.
—No vas a ser su padrino, ¿cierto?
—Claro que sí. Mi hermana y mi cuñado me lo pidieron, ¿por qué no lo sería?
—Porque yo...
—Ya vas a empezar —masculló Jasper.
—Estamos casados, Jasper, es momento de que tu hermana lo entienda de una vez por todas.
—Alice, ni Bella ni Edward van a permitir que la madrina de su hija sea una persona que los odia demasiado.
—No serás el padrino, Jasper, y se acabó —ordenó y salió de la habitación, segura de que Jasper le haría caso.
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Alice volvió de la estética con el cabello atado en un moño apretado y un llamativo maquillaje que destacaba sus ojos. Las mucamas estaban vueltas locas dando los últimos detalles a la gran cena, todas en sus largos uniformes de gala como marcaban las reglas de Renée e Isabella. Alice las ignoró y subió a su habitación para vestirse.
Ilaria estaba ahí, ayudando a Jasper con el moño del esmoquin. Alice se detuvo en seco cuando vio a la rubia con el mismo peinado que ella, y la misma reacción tuvieron los hermanos, que la miraron con los ojos abiertos de par en par.
—Carajo —masculló Alice.
—Peter no se ha ido. Espera un segundo —dijo Ilaria y salió corriendo, gritando el nombre del estilista.
Peter entró pavoneándose con todo su sequito detrás de él.
—De acuerdo, de acuerdo. ¿Cuál es el...? ¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿Qué es esto?
—¿Puedes solucionarlo? —le preguntó Jasper.
—Por supuesto. Toma asiento, niña, tenemos solo diez minutos. ¡SHELBY! ¡A trabajar! —gritó. Peter hizo que Alice se sentara frente al tocador y le soltó el cabello descubriendo que tenía espantosas extensiones puestas—. ¿Fuiste con un estilista o un carnicero, cariño? Mira nada más la manera en la que masacró tu cabello. Llámame cuando se caigan y lo repararé. No hay forma que permita que una Swan tenga este nido de pájaros como cabello, y ciertamente mi Princesa me mataría si me hago el desentendido ante esta falta de respeto.
Alice sonrió. Por fin alguien la trataba como se merecía.
Peter simplemente le rizó el cabello en un estilo de años cuarenta y le disminuyó intensidad al maquillaje, manteniendo el smokey eyes, pero de una forma mucho menos intimidante con los labios en gloss rosa suave.
Alice se miró al espejo y se tocó el rostro que aparentaba no tener una sola gota de maquillaje. Era la primera vez que se veía como una princesa, y le gustaba.
—Bien —dijo Jasper—. Muy bien, Peter. Gracias.
—No fue nada. Chicas, vámonos.
No necesitaron más órdenes para recoger sus cosas y seguir a Peter hacia la puerta, mientras Alice desaparecía en el clóset.
Se colocó el vestido negro de tul y encaje con transparencias y cuello alto. Colgó un par de aretes de diamantes en sus lóbulos y se subió a los tacones de encaje y peep toe negros.
Jasper asintió cuando la vio.
—Te ves excelente —le dijo. Alice le sonrió.
—Gracias.
Jasper le extendió el brazo y la escoltó al vestíbulo por el estrecho pasillo y las escaleras, ahí los esperaba solo la familia, que discutían acerca de la entrada a la cena. La recepción ese año había sido sometida a un cambio en deferencia a Vanessa, ya que Edward e Isabella decidieron que no querían a los cerca de trescientos invitados encima de su bebé recién nacida y la única manera de controlarlos era mantenerlos en sus respectivos asientos.
No había señales de los Cullen-Swan y se quedaron esperándolos, aunque no por mucho porque después de unos minutos bajaron con la niñera de Vanessa, que llevaba la versión de gala de su uniforme de estilo Mary Poppins, con el que fácilmente pasaría desapercibida. Isabella y Edward eran un caso aparte. Como siempre, ambos estaban impecables y no le pedían nada a Jasper y Alice, o incluso a Charlie y Renée. No había duda alguna de quiénes eran los anfitriones de la noche.
Alice miró a su cuñada hasta que salieron al jardín, haciéndose la misma pregunta que tenía en la mente desde el día anterior: ¿Cómo podía estar tan perfecta después de tan solo días de haber dado a luz? ¿De verdad fue ella la parturienta? Porque no podía ser posible que estuviera entera con todo y que tuvieron que suministrarle oxígeno después del parto. ¿No debería estar cargando un tanque en vez de una tiara?
Edward e Isabella se quedaron en el vestíbulo preparando a Vanessa para su primera aparición en público, mientras el resto salía a la cena. Los invitados esperaban con emoción la llegada de la familia y fueron recibidos por fuertes aplausos que los siguieron hasta sus correspondientes mesas.
No fue sino hasta que Ilaria tomó asiento en su respectivo lugar de la mesa principal que notó lo que se convertiría en uno de sus peores traumas. El día anterior ella misma le había dicho que no tenía que preocuparse por los vestidos, lo que significaba que cambiaría de color, ¿cierto? ¿Por qué estaba usando ese vestido negro? Alice se enfrentó a ella.
—Dijiste que lo cambiarías —reclamó. Ilaria la miró con el ceño fruncido.
—Jamás dije eso. Te di permiso de usar este color.
—¿Tú me diste permiso? —se burló—. Yo lo compré primero.
—Y debiste avisarnos así nadie repetía, ahora te atienes a las consecuencias.
—¿Qué pasa? —inquirió Charlie con severidad.
—Nada, papá —respondió Ilaria, esbozando una inocente sonrisa.
—No queremos discusiones hoy, ¿entendieron?
—Por supuesto —musitó Jasper.
Alice se dejó caer contra el respaldo de la silla con los brazos cruzados y lanzando balas por los ojos hacia Ilaria.
Se hizo un revuelo en la puerta del jardín, donde se encontraban Edward e Isabella entre demasiados invitados que querían tener un vistazo de la nueva princesa de la familia. Lograron hacerse paso entre el mar de gente que se había arremolinado y llegaron a la mesa sin más contratiempos, ocupando los últimos dos lugares libres.
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No sabía qué le había poseído, solo recordaba haber estado muy, muy enojada. Jasper la desobedeció y permaneció como el padrino de la mocosa. Ilaria usó el mismo color que ella. Isabella volvió a cantar con el grupo. Fueron pequeñas gotitas que derramaron su vaso y la hicieron explotar en el peor momento y lugar, se había golpeado mentalmente cuando recordó dónde estaba. No era su casa, apenas era la de Jasper y definitivamente Isabella tenía más autoridad que ella, pero no se pudo controlar. Sacó un año entero de coraje en menos de diez minutos y... bueno, se sentía condenadamente bien.
Le dijo a Isabella todo lo que se calló en el año —y, debía decirlo, se lo tenía bien merecido— y fue como quitarse un peso de los hombros. Ahora sí ya era feliz.
Aunque, claro, había un pequeño detalle: toda la familia en verdad no lo tomó con la misma positividad, sin embargo, no pudo importarle menos. Por fin todos vieron de lo que era capaz cuando se metían entre ella y su posición en la familia, así que ya estaban advertidos.
—Ah. Curiosa portada —masculló Heidi, tomando el más reciente ejemplar de la revista HOLA, donde hicieron un reportaje completo acerca de la cena, con Edward, Isabella y Vanessa en la portada bajo el titular LOS CULLEN-SWAN SE LLEVAN LA ATENCIÓN EN LA GALA DE AÑO NUEVO—. ¿Por qué la tienes aquí?
—Jasper la compró.
—¿La has leído?
—Iba a hacerlo, pero en eso llegaste tú y lo olvidé.
—¿Sabes? En realidad no entiendo por qué le dan tanta importancia a esa cena.
—Solo lo dices porque no me permitieron invitarte, acéptalo.
—Bueno, mi familia y yo somos parte del círculo social de los Swan...
—Pero también eres enemiga declarada de Isabella, Heidi, y ella podrá ser muchas cosas menos hipócrita.
—Y la odio por eso. Yo me hubiera visto mejor que todos —masculló. Alice rodó los ojos—. Menos que tú, amiga, por supuesto —se apresuró a corregir, hojeando la revista. Rápidamente llegó al reportaje y miró a Alice—. ¿Quieres hacerlo tú?
—Todo tuyo.
Heidi comenzó a leer el reportaje con voz monótona, solo interrumpiéndose para dar sus opiniones acerca de lo que encontraba. Alice la escuchaba atentamente, rodando los ojos cuando un comentario favorable hacia Isabella aparecía.
—Como sucediera en el pasado mes de agosto, la dinastía Swan dio muestra magistral de su estilo, elegancia y buen gusto al vestir. Los patriarcas, Charlie y Renée Swan, encabezan nuestra lista. Respetando al pie de la letra la etiqueta elegida, el presidente de Swan Holdings se engalanó con un tradicional esmoquin negro, al que le dio un toque especial con el pañuelo verde que se asomaba por el bolsillo del saco y combinando con el vestido de crepé y encaje que Renée eligiera para dar la bienvenida al nuevo año, acompañándolo con discretas joyas de perlas e impresionantes zapatillas doradas. El heredero, Jasper Swan, acudió acompañado por su esposa Alice, y la hermana de ella, Cynthia. Siendo ésta su segunda cena, la nueva señora Swan se decantó por un atrevido vestido de tul y encajes color negro, muy diferente al discreto diseño de tirantes color maquillaje que su hermana escogiera.
»Pero quienes llamaron la atención durante la noche, fueron las gemelas. Acompañada por su novio, Ilaria Swan demostró que la elegancia se hereda con un sencillo y clásico vestido negro, dándole originalidad con la pequeña capa color rosa que ató a su cuello con un moño, mostrándolo por su apretado moño a la nuca. La benjamina del clan y recién convertida en madre, Isabella Swan-Cullen, volvió a hacer gala de su belleza y buen gusto al inclinarse por un diseño en un vivo color rojo que mostraba su vientre post-parto sin pena alguna, decidiéndose esta vez por una desordenada trenza para sostener su larga melena y coronándola con una discreta tiara de cristales Swarovsky, algo que se ha convertido en su marca personal tanto en su propia familia como en la de su marido, el empresario originario de Windsor, Inglaterra, Edward Cullen.
Alice suspiró.
—¿Es todo? —inquirió. Heidi siguió hojeando y asintió—. ¿No dicen nada más de mí?
—Parece que no.
—¿Qué? —musitó. Le arrebató la revista y revisó todo el reportaje, corroborando las palabras de Heidi—. Idiotas —masculló y lanzó la revista hacia la puerta, que en ese momento se abría revelando a Jasper. Él miró el ejemplar tirado en el suelo.
—Creo que ya lo leíste.
—¡Solo me mencionan una vez, Jasper! ¡UNA!
—¿Y?
—¿No te importa?
—No realmente.
—Pero es tu esposa, Jasper —intervino Heidi.
—Bueno, Heidi, permíteme decirte que a ella no le importó hacer un escándalo en casa de mis padres e insultar a mi hermana, no veo por qué debería interesarme que ella solo aparezca una vez en un reportaje de una cena que no fue organizada por ella. Y, si no te molesta, preferiría que no te metas.
Heidi abrió y cerró la boca como pez, sorprendida de que el "blandengue" e "idiota" de Jasper se hubiera atrevido a hablarle así, y Alice no se sentía diferente.
—¿¡Por qué le hablas de esa manera!?
Jasper alzó una mano.
—Tengo que salir mañana a Seattle y encargué una remodelación a la casa. Tú, Cynthia y Tyler irán a quedarse con mi mamá. ¡Oh! Y otra cosa, Edward también se va mañana a Suiza, mi hermana y Vanessa estarán en Hollywood. Compórtate.
—¿Qué? No pienso estar en el mismo lugar que... ella.
—¿Prefieres irte a un hotel? Porque te prometo que ella no lo hará y mi mamá tampoco la dejará sola.
—Pues que se vayan a Bel Air...
—¿Para que te quedes sola en la casa de mis padres? Olvídalo. Estarás en la misma casa con mi hermana y su hija, te guste o no —le dijo, y subió las escaleras dando largas zancadas.
—¿Qué hiciste? —rio Heidi.
—Nada. Solo le dije a esa perra lo que se merecía.
—Muy bien —la felicitó—. Me imagino que la dejaste llorando como bebita.
—Algo así... Bueno, hice que se fuera.
—Y ustedes se quedaron, ¿verdad?
Alice torció el gesto, recordando cómo Jasper la tomó del brazo y la sacó a rastras justo después de que Edward, Isabella y Vanessa se fueran. Esa fue toda la respuesta que Heidi necesitó.
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Su regreso a la mansión fue tan aparatoso como lo sería el resto de su estancia. Renée y las gemeperras unieron fuerzas para demostrarle a Alice que ella ya no era más un miembro de su club, y eso fue durante el día; en la noche no le fue mejor. Las mucamas se encargaron de arreglar las habitaciones de Isabella, Vanessa, Cynthia y Tyler, dejando la de Alice en el abismo. En la mañana cuando se quejó con Renée, ella simplemente se encogió de hombros.
—Yo ordené que se prepararan las habitaciones de todos, pero supongo que no les dio tiempo de hacerlo con la tuya. Bells fue especialmente exigente con la habitación de Vanessita. Lo entiendes, ¿no es cierto?
—Lo que entiendo, Renée, es que en esta casa son unos malditos rencorosos.
—Bueno, Alice, lo que sucedió no fue cualquier cosa. Insultaste a mi preciosa hija en mi presencia. Gracias a Dios que no lo hiciste frente a Elise porque de otra forma... Bueno, supongo que te lo imaginas. Y, ahora, si me disculpas, estoy por recibir a Kebi. Tenemos que hablar acerca del bautizo de Vanessa.
Alice rodó los ojos y salió del despacho de Charlie. Se encontró con Isabella en el pasillo del vestíbulo. Ambas simplemente se miraron por unos segundos, sin hablar ni hacer un solo sonido.
—Señorita —llamó una mucama—. Su madre la espera en el despacho.
Isabella asintió.
—Gracias, Gertrude. Puedes retirarte —le dijo. La mucama le hizo una reverencia y se fue. Isabella le dedicó una mirada más a Alice y pasó de ella dirigiéndose al despacho.
Isabella y Vanessa se quedaron solo tres días, el tiempo que a Edward le tomó inspeccionar que la nueva empresa estuviera a la altura de los Cullen. Edward llegó a Hollywood con traje de oficina y su pequeño equipaje, directo del aeropuerto. Alice vio desde el jardín como Isabella salió corriendo de la casa sin importarle sus delgados tacones ni el estrecho vestido marfil que estaba más destinado para caminar que para correr, y se lanzó a los brazos de su marido, quien la recibió con mucho gusto, alzándola en vilo y dándole un apasionado beso.
Pero Edward no llegó solo. Jasper y Charlie bajaron del mismo auto. Isabella los saludó también con fuertes abrazos y se sostuvo del brazo de su marido para entrar a la casa. Alice entró desde el jardín con Tyler en brazos, caminando rápidamente hacia ellos, sin embargo fue adelantada por Renée e Ilaria, esta última dándole "sin querer" un golpe en el hombro libre.
—Llegaron justo a tiempo para la cena —les dijo Renée.
Edward e Isabella se dirigieron una mirada.
—Mami, ¿no te molesta si nosotros nos vamos a casa? Edward está muerto.
—Por supuesto que no, cariño. Adelante. Aprovechen que Vanessita está dormida.
—Gracias, Renée —musitó Edward, sonriéndole a su suegra.
—Ve a descansar, hijo —le dijo.
Edward ya tenía a Vanessa en brazos y la sostenía con tal cuidado y ternura que derretía el corazón. Isabella echó una manta rosa de punto encima de la bebé, cubriendo un hombro de Edward.
—¡JULIAN! —llamó Charlie—. ¡Prepara el auto!
No fue necesaria una respuesta, Julian lo haría incluso si nadie de la familia se aseguraba de eso. Edward e Isabella se despidieron de la familia y se fueron, Isabella con la pañalera rosa en el hombro sobre el suéter de cachemira negro. Y la calma se fue con ellos.
—Vamos a cenar —dijo Renée con voz tensa.
Alice estaba segura de que, si no fuera por la remodelación de la casa, ellos también se hubieran ido y es que la incomodidad que había en el ambiente era insoportable. Fue así como le cayó encima la realidad de lo que había hecho. Estuvo mal, sí, definitivamente. Debió morderse la lengua como lo estuvo haciendo todo el año y explotar con Jasper en la privacidad de su propia casa, no en el territorio de los Swan ni en contra de Isabella, que ya la tenía en su lista, sabía que cualquier paso en falso le costaría muy caro.
Ya sin Isabella cerca Alice pudo bajar la guardia y disfrutar de sus días de vuelta en la mansión, sin embargo no pudo hacerlo tanto.
Jasper la dejó en su habitación mientras él se quedaba con Tyler, igual que en su casa y eso le daba una desesperación enloquecida. Jasper no se esforzaba en ocultarlo, era como si disfrutara que sus padres, su hermana y el metiche servicio lo supieran, poco le faltaba para gritarlo a los cuatro vientos.
Su matrimonio se estaba derrumbando frente a sus ojos y no había mucho que pudiera hacer para rescatarlo...
Aunque había una persona que sabía muy bien por lo que estaba pasando.
Clarissa.
Pero no salió muy bien...
—Ten sexo con él, ¿no fue así como lo conquistaste? —le había dicho su comprensiva y tierna madre. Eso la hizo sentir sucia en un nivel inexplicable, como si simplemente fuera la otra mujer y no la esposa.
Y aun así lo hizo. Sedujo a Jasper hasta que él claudicó, también dispuesto a salvar su matrimonio.
Después de todo, tomó una decisión y tenía que vivir con ella como el hombre responsable que sus padres criaron.
Hola, chicas, ¿como están? Aquí tienen un nuevo capítulo. ¿Que tal la reacción de Alice a la discusión que tuvo con la Princesa? Por si no la recuerdan, esta en Realeza ;)
Gracias a Yoliki, Tecupi y Pili por sus reviews en el capítulo anterior, y al resto por leer. Espero que les haya gustado y no olviden pasarse por Sobreviviendo...
Nos vemos en el siguiente.
Annie. xx
