¡Saludos, después de tanto tiempo, lectores!
Desempolvo por fin este fic, ya que ciertos caballeros tenían secuestrada a mi musa, pero terminé rescatándola (la autora voltea a ver a Máscara de Muerte y a Ikki, quienes le sacan la lengua y se cruzan de brazos como si se hubieran puesto de acuerdo). Además de eso, estaba un poco sobrecargada de trabajo… Pero ya casi voy al corriente.
Tot12: Gracias por leer. Sí, esos hermanitos tan bellos que todas adoramos… Los opuestos, aquí habrá un pequeño encuentro. Pobre Shura, tienes razón, todos lo atacan y él ni idea tiene, por lo menos de una parte. Mascarita, pobre, seguí torturándolo (aunque se portó muy valiente), y ahora no será la excepción. Espero te guste este capítulo.
SakuraK Li: Muchas gracias por pasar por este rincón… Aquí hay más Ikki, espero sea de tu agrado. Un poco también de Masky, que quiere protagonismo pero que no lo atormente… No sé cómo le haré, eso ni a Shuncito se lo concedo… Y eso que es mi favorito.
InatZiggy-Stardust: ¡Gracias por seguir leyendo estos desvaríos! Perdón por la espera. Ikki, pobre, no sé qué será de él, aquí, por lo pronto, hay más de los bellos hermanitos… Y Mascarita, ves ya que no es Bello durmiente, jajajaja, se hubiera visto lindo de vestido (Ok, no… Ya está viéndome feo). Espero te guste este capítulo, en el que todos sufren, como es mi costumbre…
Fabiola Brambila: De nuevo muchas gracias por seguir esta loca mezcla de mundo prehispánico y caballeresco. ¡Sí, me encantó lo del emperador con su poderoso cosmos!, aunque no sabía que Kurumada dice eso, jaja, habrá que creerle, porque este emperador era grande, ¡me cae tan bien!, y seguro sí tenía un cosmos fuerte en realidad… Pobre Shura, aquí volverá a sufrir, un poco, y Mascarita seguirá sufriendo –para qué se le ocurre secuestrar a mi musa–. Esa confusión de dimensiones, ya verás de dónde viene… Por cierto, felicidades por tu boda :-D
A todos los que se asomen por aquí, muchas gracias por leer. Este capítulo, traducido al español, sería algo así como Mi rostro está frente a tu rostro, aunque quise titularlo Frente a frente, de nuevo el idioma se anotó otro tanto, ya ni modo.
Copyright a Kurumada por sus personajes, que nos presta un rato para hacerlos sufrir más con nuestro complejo de Víctor Hugo. Y ahora sí, pasen a leer que ya está listo este capítulo. Una disculpa, de nuevo, por mi demora…
X – X – X – X
11.- Yn noix ca ixpan moix
Avanza. Sube las escalinatas una tras otra, sin detenerse nunca. Shiryu se quedó atrás. El amanecer le pisa los talones, presiente por momentos. Y no quiere que lo alcance antes de llegar a lo alto, más allá de la casa de Piscis. Aries, Tauro, Géminis, va recorriendo cada uno de los templos sin observar la etiqueta del Santuario. No le importa. Ahora piensa en algo más. En alguien más. Shun, su hermano. Su hermano muerto. Si vuelve a decirle a Hyoga "hablé con Shun" quiere tener como ciertas esas palabras, quiere recordar con exactitud la hora de su encuentro, y no que al pronunciarlas la memoria le devuelva algo que quizá sólo fue deseado.
El caballero del Fénix se adentra a la cuarta casa, Cáncer. Piensa en el guardián. Algo ocurrió con él, según recuerda. Algo mencionó Afrodita cuando se cruzaron, cuando iba a preguntarle a Hyoga quién es Tezcatlipoca. Observa la entrada negrísima, tal vez debería detenerse unos instantes y ver a Máscara de Muerte.
Ikki desvía sus pasos unos pocos metros, se dirige hacia una puerta entornada. La empuja un poco. Lo leve del movimiento no evita un quejido, el lamento de alguien que tuviera un mal sueño. El caballero de bronce alcanza a ver una confusión de mantas, un cuerpo que se revuelve por momentos. Quién lo viera, piensa; no parece tan amenazador. Una sonrisa chueca que se borra al voltear.
–Ikki…
Es Shura. El Fénix ni siquiera se digna a responder a su saludo. En la voz del caballero de Capricornio, en sus ojos, distinguibles pese a la oscuridad de la madrugada que envuelve el Santuario, está Shun, como lo vio antes, durante los días de oscuridad, de vuelta del pueblo: bocabajo entre las sábanas, la espalda descubierta, rojísima de heridas recientes y largas que adivinó hirviendo, tan debilitado que, se le ocurre ahora, pudo haberse roto con tan sólo un leve movimiento.
–Ikki, por favor…
El hermano mayor del caballero de Andrómeda aparta la mano de Shura de un golpe.
–No te atrevas a tocarme de nuevo–, dice, los dientes apretados, la mano en un puño. Da media vuelta. El guardián de Capricornio duda un segundo antes de pararse delante de él para cortarle el paso.
–Debes entender que nunca fue mi intención lastimar a tu hermano, que yo… No pude… No era yo…
Ikki observa un segundo al español. Detrás de sus casi gritos exhibe una mirada afligida, una cicatriz rosácea que le hace recordar los golpes que le dio con la vara allá en el pueblo. El caballero de bronce termina volteando, apretando más los dedos.
–No se trata sólo de que hayas azotado a mi hermano así, Shura. Eres un caballero dorado, perteneces a la élite, tu cosmos debió bastar para resistirte al poder de aquello… ¿Por qué no lo hiciste? ¿Por qué no peleaste?
Silencio. Es otro ángulo, Shura no había pensado en ello antes.
–Ikki…
El Fénix no le pone más atención. Mejor regresa a la cabecera del enfermo, podría necesitarte, caballero, dice, respira a fin de recuperar un poco de tranquilidad, sigue caminando hacia Leo. De escucharlo una vez más podría romperle el alma como mínimo.
Detrás de Ikki, en el halo de reproche que ahora flota muy cerca de la habitación donde sigue dormido Máscara de Muerte, Shura se sienta en la silla, derrotado. Reposa la espalda en el muro, se asoma a una ventana abierta al frescor de la oscuridad. El caballero de bronce tiene razón, debió resistirse. ¿Por qué no lo hizo? No recuerda nada en absoluto, quizás era imposible, aun para un caballero dorado. No sabe, y tampoco sabe cómo es que puede llamarse uno de los más poderosos si un simple fantasma –no un dios, no un espectro del Hades– tomó sin más posesión de su cuerpo y de su voluntad.
Una queja leve lo hace mirar de nuevo las mantas revueltas, al caballero que, bajo los párpados cerrados, gira los globos oculares como si estuviera siguiendo el movimiento de algo demasiado rápido. Máscara de Muerte, ¿qué estará soñando?, ¿por qué, casi cumplidos cinco días, no ha despertado? Cinco días, como aquellos, sólo que ahora la oscuridad es nada más para él.
–Espero que no sea tan grave…
X – X – X – X
Se salió del tiempo después de ver a Shura en Cáncer. Anduvo lento, sus pies ya no le obedecieron. Llegó a sentarse en el último peldaño, más allá de Piscis, de las habitaciones del Patriarca. Las manos, dos palomas desmayadas, la vista, una embarcación a la deriva, el cuerpo todo, ajeno al viento, a las trazas de mar que en él flotaban, a la prisa anterior.
Ahora espera. A solas, como siempre, como solitario ha sido su caminar desde niño. De pronto no recuerda qué es lo que tanto perseguía al subir las escalinatas con tal premura. Esperaba encontrarse con alguien, esperaba ver algo. Quizá sólo quería sentir de nuevo el Santuario bajo sus pies, un momento, unos segundos antes de batir de nuevo las alas del ave inmortal, antes de alejarse otra vez.
Irse, susurra, pues ya no hay nadie que lo retenga en este añejo rincón de piedras y columnas. Nada.
-x-
A punto de levantarse lo detengo. Con una mano de líneas de alba sobre su hombro, con el susurro de las frondas. Lo detengo y le hablo. Quédate. Por favor. Mírame. Como antes, cuando tenía un peso y un cuerpo sólido. Como cuando nos encontramos bajo el árbol de plumas. Ikki, repito su nombre. Con esa corta palabra llamo su atención. Lo dejo anclado a las baldosas y hago que volteé hacia arriba.
-x-
Se detiene en mitad de su intención. Iba a retirarse sin permitir que nadie volviera a verlo y ahora está ahí, de pie, el peso de una ligera ráfaga en el cuerpo. De pronto alarga la mano. Se le ocurre que tal ráfaga podría tener un peso. Mira el suelo para ver la sombra de aquel cuerpo imaginado, el de la ráfaga. Pero nada encuentra, ni la propia porque está confundida con las incontables penumbras que recorren el Santuario a esa hora del amanecer.
Baja el primer escalón y ahí está de nuevo, el roce de seda del viento, el ligero peso en el hombro. Como cuando cargaba a su pequeño hermano para jugar en el patio amplísimo del antiguo orfanato, el anterior a la Fundación Graude.
-x-
Vive alejándose. Me apresuro, no sé si el alba de este día vaya a durar más que los anteriores y los venideros. Ikki, niisan, digo, recordando el lenguaje del que fui antes del sol, antes de los cinco días negros. Y no sé si me escucha, si en cualquier momento va a alzar la vista otra vez para observar lo que tengo que decirle.
-x-
Niisan, escucha. Hace tanto que nadie lo llama así. O eso le parece. Nunca creyó posible oír de nuevo esa palabra. Pero el viento la repite. Niisan. Y entonces el caballero de bronce levanta el rostro de nuevo. Y mira el amanecer.
Se trata de uno índigo, rojo y anaranjado, más amarillo mientras más se acerca al horizonte. Al principio parece similar a otros amaneceres. Luego, son notorias dos nubes color esmeralda flotando una cerca de la otra, además de algunas hebras de viento verde, como si le hubieran arrebatado la clorofila a los árboles cercanos al pueblo, a los cercanos a las cabañas de las amazonas.
Ikki aprieta los párpados. Es imposible, dice, y por un instante cree una falsedad el encuentro con su hermano junto a aquel árbol, una ilusión del sol en lo alto de la tarde. Pero ahí están sus ojos, sus cabellos, su sonrisa que acaba de abrirse para pronunciar de nuevo esa palabra que encierra tanto cariño como respeto: niisan.
-x-
Le muestro un rincón del pueblo. Ese dentro del cual se escondió para ocultarse del sol recién nacido. De mí. Ikki, pronuncio para luego desplegar aquel patio sucio, aquellos pasamanos cundidos de polvo, el cuartucho de la puerta desvencijada. Pongo delante de sus ojos a los demás inquilinos, personas apresuradas que bajan corriendo las escaleras y se despiden con un movimiento leve de la mano en alto, con varios monosílabos. Sí, voy, vengo, regreso al rato, escucha decir mi hermano, volviendo a ver lo negro que llenaba su refugio temporal de suelo a techo, el espejo roto, el hilo amarillo que bajaba para tocar un rincón.
-x-
Las pupilas verdes de Shun se vuelven negras. Y el nombre del Fénix, el niisan en sus labios, genera otras voces. El Señor que nos borra y nos escribe, el vestido de jaguar, el creado por sí mismo, cree escuchar Ikki.
Pero ya lo había oído antes. Y repite cada una de las frases para que no se le vayan a olvidar: "Has perdido tu adoratorio, no hay una región sin puertas ni ventanas para ti, ¿a dónde te arrojaron, Señor, luego de quebrar tu espejo de obsidiana así, de un solo golpe?, ¿cómo fue que moriste al dejar de recibir el alimento divino, la flor preciosa que los hombres pagaban por la sangre y el semen y la fatiga de los dioses?, ¿quién te adora hoy, quién se enfada contra ti gritando estoy harto, por qué me hiciste, por qué me arrebataste, por qué lo merecía?, ahora ese orgullo lo tiene otro, un al que desangraron, al que se comen dentro una tortilla blanca, tiesa y pequeña, una que no llena el estómago pero sacia hambres para quienes lo adoran".
–El que nos borra y nos escribe–, la voz del Fénix se hace más alta, regresa sobre sus pasos. Es lo que dijo Hyoga, piensa. Eso lo dijo algo o alguien allá, en el cuartucho aquel, mientras yo negaba a Shun, murmura.
Y tiene un mal presentimiento. El peso del viento se hace mayor sobre su espalda. Quizás el encierro, lo oscuro de esa habitación, liberó a esa deidad furiosa tras haber sido desplazada. Entonces…
–Mi culpa… Yo…
-x-
Antes de que lo amarillo deshaga los últimos restos de madrugada, le muestro a Ikki una cuña de oscuridad. Un triángulo alargado, siempre dando vueltas sobre el terreno sin césped. Mi hermano ha vuelto a derrumbarse en las escalinatas. Se sostiene el mentón con ambas manos, parpadea, niega, estrella un puño en la piedra. Ojalá haya alcanzado a ver lo último de mi mensaje. Niisan…
X – X – X – X
Amanece por encima del Santuario. Shiryu está dentro del templo de Athena y se niega a abrir los ojos. Como si bajar al pueblo y entrar en esa pequeña biblioteca junto al Fénix hubiera agotado la totalidad de sus fuerzas. Va a sumergirse de nuevo entre las mantas cuando siente que Máscara de Muerte eleva su cosmos como si estuviera enfrentándose a un dios.
–Tal vez…–, piensa al momento de atravesar el pasillo que conecta los doce templos.
El Dragón no se detiene hasta llegar a la casa de Aries, al coliseo donde los aprendices y algunos caballeros están entrenando. De ahí procede el cosmos de Cáncer.
El guardián del cuarto templo está enfrentándose a un aprendiz como de la edad de Shun, o eso calcula Shiryu. El muchacho observa de bruces al caballero dorado, protegiéndose con las manos. Piedad, no más, por favor, ruega, exhausto. Aldebarán y Mu toman a su compañero por los brazos, Máscara de Muerte los ignora. Su cosmos, si es posible, es mucho más intenso que cuando el alumno de Dohko empezó a bajar las escalinatas.
–¿Qué, no oíste? ¡Basta!–, grita Shiryu. Máscara de Muerte se libera, como no pudo hacerlo entre aquellos troncos, y descarga una patada que envía al aprendiz contra el graderío. –¿Qué te pasa? ¿Estás demente, acaso planeas matarlo?
El caballero de bronce observa a quien fuera su adversario en aquella lejana guerra de doce horas. Su rostro moreno, el cinismo de su mirada, su sonrisa chueca, y esas carcajadas con las que intimida a sus víctimas. Antes lo odió, luego le fue indiferente para después tratar de convivir con él, aconsejado por Athena. Ahora empieza a despreciarlo. No sabe cómo es que no ha sido destituido.
–Veo que me equivoqué. Pensé que habías cambiado, pero no; eres el mismo asesino de siempre. Debería darte vergüenza.
Shiryu enciende su cosmos, se prepara para atacar. Mu, como antes lo hiciera con el caballero de Cáncer, intenta detenerlo.
–Shiryu, por favor…
–¿Crees que te tengo miedo, Dragón?– Máscara de Muerte eleva su cosmos mucho más allá de los límites a los que había llegado, aprieta los puños y agrega: –A mí no me interesa ningún estúpido entrenamiento, ya deberías saberlo. Mis peleas siempre van en serio. Siempre.
El golpe que recibe el caballero de bronce es mucho más potente que los que había probado antes de manos de Máscara Mortal. Shiryu se levanta apoyándose con las dos manos, se limpia la sangre del rostro, recupera el aliento. Es su turno. El Dragón Ascendente estrella contra una columna al caballero dorado y Cáncer, de momento la guardia baja, sólo atina a gritar, a elevar su cosmos otra vez, tan rápido como puede.
Quienes observan lo que desde hace unos instantes dejó de ser un entrenamiento rutinario, escuchan aún la voz de Máscara de Muerte, no su eco. Parece que hubiera ocupado el lugar del viento, que nunca fuera a extinguirse. Algo esconde, piensa de pronto Mu, acercándose de nuevo al caballero de bronce. Afrodita interrumpe a Aldebarán antes de que Tauro haga lo propio con Máscara de Muerte.
–Ven, vamos–, le dice a su amigo, le ofrece los hombros pero él se niega a apoyarse y se aleja no hacia su templo, sino en dirección contraria.
–Todavía no hemos terminado, Shiryu–, grita.
–Siempre será igual.
–No deberías juzgarlo tan duramente, Shiryu–, susurra el portador de la armadura de Aries. El Dragón lo observa extrañado y luego sube para leer o algo, para consultar la página que le arrancó al libro de esa biblioteca. Le han espantado el sueño.
X – X – X – X
Te dije que me dejaras en paz, grita Máscara de Muerte a la sombra que poco a poco se hace más larga junto a él. Si es el Dragón va a enviarlo al Yomotsu sin pasaje de regreso.
–No tienes por qué ser tan maleducado.
La tranquilidad en esa voz lo hace volverse. Es Afrodita.
–P-perdón…
Apretando un poco la mandíbula, el guardián del templo de Cáncer espera soportar el dolor en la planta de los pies, que de nuevo se incrementa al no estar encendido el cosmos del caballero.
–No me siento de humor, vete, ¿quieres? Necesito estar a solas.
El caballero dorado de Piscis niega en silencio, el ceño fruncido.
–No voy a irme. Sé que algo te ocurre, y no te voy a dejar en paz hasta que me lo digas–. Máscara de Muerte aprieta los puños, va a decir algo pero su amigo alza la mano, indicándole que guarde silencio. –Sentí cómo elevaste tu cosmos más allá de lo necesario mientras entrenabas, fue como al momento de despertar. Yo sé que no eres más el asesino de poca monta que Shiryu sigue viendo, que lo que dijiste hace un momento, luego de mandar a ese aprendiz contra las gradas, es una mentira con la que ocultas algo más. Cuéntame. Sabes que puedes confiar en mí.
Cáncer mira a Afrodita directo a los ojos por un segundo. Sí, puede confiar en él. Es su mejor amigo, cómo no podría serlo: dos apestados haciendo equipo. Sonríe con un poco de tristeza, y recuerda cómo pidieron clemencia a Radamanthys allá, en el Inframundo, cómo los venció Mu en tan poco tiempo, cómo sus cuerpos se contaminaron debajo de aquellas armaduras negras. Apestados, repite, susurra. El nudo de lágrimas empieza a formarse de nuevo, alimentado por esa sola palabra. El caballero no quiere aceptar que, en el fondo, le lastima el que ambos sean dignos de desprecio, que muchos los consideren no merecedores de su investidura.
–Vete.
Si sigue hablando con Afrodita, el llanto humedecerá su rostro otra vez. Y aunque se trate de su amigo, no quiere que el duodécimo caballero lo vea en semejante estado.
–No.
–¡Con un demonio, afeminado imbécil, no voy a repetirlo: lárgate de una maldita vez!–, le responde Máscara de Muerte. Su cosmos, de nuevo elevado, le permite ponerse de pie sin necesidad de sostenerse del tronco en el que estaba recargado. Atacará de ser necesario.
Afrodita se muerde el labio inferior con rabia. Prueba su propia sangre. Sabe que Máscara de Muerte lo está insultando sólo para alejarlo, para ocultarse; pero de cualquier modo esa es una palabra que no creyó escuchar nunca en labios de su mejor amigo.
–No pienso responder a eso–, murmura, respira hondo a fin de alejar la idea de que una Rosa Piraña sería una corbata excelente para su amigo. Un viento leve entre las frondas oculta a medias el quiebre en la voz del caballero.
Afeminado, reacciona de pronto Máscara Mortal. Es el peor insulto que se le puede dedicar al guardián de Piscis, que odia que lo confundan con una mujer.
–Lo siento, Afr…
Un puñetazo lo devuelve al suelo.
–Si lo sientes en verdad vas a decirme en este momento qué es lo que pasa contigo.
Silencio.
–No soy estúpido, sé que es algo grave; nunca te había visto llorar.
–N-no estaba llorando, yo…
Afrodita se sienta en el césped. Cruza las piernas, apoya los codos sobre sus rodillas, ladea un poco la cabeza. Observa al guardián del cuarto templo. Reiría de no ser tanta su preocupación: Máscara de Muerte tiene la cara de un niño al que le han negado un caramelo.
–Sé lo que vi al entrar en tu habitación.
No podría equivocarse. Ese temblor iridiscente sobre el rostro del caballero de Cáncer eran lágrimas, el "¿Qué parte de "no te quiero cerca" no entendiste?" fue un grito lleno de fisuras.
–Pues estarás miope–, intenta bromear Cáncer. Con esas palabras el aire vuelve a ser ligero.
X – X – X – X
Un poco retirado, su sombra parte de la sombra de los árboles. Mu observa cómo el caballero de Piscis se pone de pie y le tiende la mano a Máscara de Muerte a fin de ayudarlo a levantarse. El guardián de la primera casa sonríe a medias. Comparte la preocupación de Afrodita; Cáncer no está bien. Se siente en las intermitencias de su cosmos, violento y al mismo tiempo a punto de resquebrajarse.
–¿Por qué?–, piensa. El cosmos de un caballero es sólido, constante. Y el de Máscara de Muerte no es la excepción. –Pero ahora es, es… No sé cómo explicarlo.
Mu duda en acercarse. ¿Qué será preferible, guardar silencio o comunicarle su descubrimiento al Patriarca? ¿Ofrecerle ayuda a su compañero? Quizá los días lo resuelvan, decide al fin, mientras allá, Máscara de Muerte acepta pasar el brazo por encima de los hombros de Afrodita y apenas arrastra los pies para caminar.
–Parece tan frágil por momentos–, susurra, se esconde tras un tronco cercano cuando Afrodita voltea. Cierra los ojos. Le gustaría que Shiryu no fuera tan inflexible. –Máscara de Muerte ha cambiado, igual que Afrodita.
Mu comprende a sus compañeros. Antes debió enfrentar a Cáncer en los Cinco Picos, en China, para evitar que asesinara a Shiryu y al viejo maestro. Pero le habían dado una orden. Y no podía desobedecer. Como él, Afrodita recibió órdenes. Ayudó a Milo a matar a Albiore en la isla de Andrómeda. Ese lastre sigue marcándolos ante los ojos de varios de los caballeros.
–Es difícil–. Y él, en cierto modo, lo sabe. Un tiempo fue Aries el rebelde al Santuario. Él. Y Dohko. Y Aioros.
Un suspiro. Da la vuelta y mientras Afrodita y Máscara de Muerte parecen bajar al pueblo, Mu se dirige al su templo. Debe vigilar que su aprendiz complete las tareas del día.
X – X – X – X
…Continúa…
El más hermoso de los caballeros se acerca a la autora. El puño en alto, amenazándola desde su lejanía. Otro que viene a quejarse, piensa ella con cierto fastidio, mientras se asegura de que su musa siga cerca de ella.
–¡Cómo que afeminado!
La autora intenta explicarle que eso fue sólo con la intención de alejarlo, no para insultarlo realmente, pero Máscara de Muerte la interrumpe…
–Yo la oí mientras escribía, no es cierto eso Afro…
Piscis convoca una rosa negra mientras Máscara Mortal ríe a carcajadas y la autora corre a esconderse detrás de su musa. A ella sí que le tienen miedo, ¡se le ocurre cada cosa!
