Capítulo 11
Sin embargo, a la mañana siguiente tampoco hubo rastro de Feliks. El muy idiota era cada vez mejor en eso de evitarle y, al parecer, había mejorado la técnica. De bastante mal humor, Gilbert se dirigió al Gran comedor y, como no podía ser de otra manera, el rubio tampoco estaba por ahí. Conociéndole era capaz de haber arrastrado a Lovino a la biblioteca o a algún aula vacía con tal de no cruzarse con él. O eso pensaba hasta que el menor se le acercó.
―¿Has visto a Feliks?
—Daba por hecho que estaba contigo —comentó tras sacudir la cabeza, sin apenas girarse a mirarle.
—Y yo que estaba contigo —bufó con exasperación, alejándose de él y sentándose junto a unos chicos de su curso.
Gilbert frunció el ceño. ¿Dónde demonios se había metido ahora Feliks? Mira que últimamente se estaba comportando más tonto que de costumbre, pero lo suyo ya rayaba en lo enfermizo. Ni siquiera Lovino ya sabía dónde diantres estaba.
Notando que su humor cada vez iba a peor, intentó dejar de pensar en Feliks y sus estupideces, suponiendo que lo vería en clase porque no era tan idiota como para ganarse un castigo por parte de alguno de los profesores (o eso quería pensar). Sin embargo, se sorprendió cuando finalmente las clases dieron comienzo y no se presentó a ninguna.
Tampoco lo vio en el Gran Comedor a la hora del almuerzo. Finalmente, vio su oportunidad de distraerse de verdad cuando Antonio se levantó de la mesa de Gryffindor. Cuando consiguió alcanzarle por fin resollaba levemente por haber tenido que acelerar el paso antes de que le perdiera de vista por los pasillos.
—¿Dónde vas? —preguntó al castaño, que parecía tener un destino predeterminado.
—Quiero hablar con la profesora Sprout antes de volver a las clases; ya sabes, ella lleva todo lo de las mandrágoras —explicó al ver la expresión de incomprensión de su amigo.
—Te acompaño —se ofreció, aunque sin dejar lugar a réplica. No es que no confiara en la palabra de Antonio, pero temía que se le escapara cualquier cosa delante de los profesores y que toda la culpa recayera en él sin que le dieran tiempo a explicar que no era su maldita culpa entender a las serpientes.
La sala de profesores no era un lugar que los alumnos solieran frecuentar. Lo más normal era ir a buscar a los profesores a sus despachos una vez las clases hubieran terminado, nunca antes. Ninguno de ellos había estado en el Gran Comedor mientras los alumnos almorzaban y, aunque fuese inusual, no era la primera vez que se daba la situación. Al entrar en la sala de profesores el par de amigos se sorprendió de que tampoco allí hubiese ningún profesor. Iban a salir cuando una voz les llamó la atención.
―¡Antonio!
El nombrado se giró hacia la entrada por la que acababa de entrar alguien malhumorado y al ver que se trataba de Govert sonrió, tranquilizándose.
―¡Gov! ¿Qué haces aquí?
―¡No podéis estar en la sala de profesores!
―¿Por qué no?
―¿Y qué haces tú aquí entonces? ―preguntó Gilbert, mirándole con asco.
―Soy prefecto, puedo estar aquí. Y como vuelvas a hablarme en ese tono no dudaré en quitarte puntos. Como sea, fuera de aquí los dos. Largo —ordenó con frialdad, incluso más de la normal para tratarse de Govert.
Antonio iba a abrir la boca para replicar, pero una voz más le interrumpió.
—Todos los alumnos volverán inmediatamente a los dormitorios de sus respectivas casas. Los profesores deben dirigirse a la sala de profesores. Les ruego que se den prisa.
Era la voz del director Dumbledore, que sonaba por todas partes como si fuese un megáfono. Antonio,Gilbert y Govert se lanzaron una mirada de circunstancias.
―¿Qué…? ―empezó Antonio, siendo cortado por Govert.
―Ya habéis oído. Tenemos que irnos ―repitió el Ravenclaw, aunque esta vez incluyéndose a sí mismo en la frase.
―Ni de coña ―repuso Gilbert con descaro―. Ha debido de haber otro ataque.
―¿Otro ataque?
―Pero…
―Ya me habéis oído ―siguió Govert en su misma postura―. Hay que volver a las habitaciones.
—Tenemos que enterarnos —siguió Gilbert, como si el prefecto no hubiera hablado. Antes de que le diera tiempo a alguno de los otros dos a replicarle, el albino miró a su alrededor y se metió en un ropero, tirando a Antonio con él, quien tiró a su vez de Govert.
―Nos van a matar―susurró el rubio, enfadado, pero Antonio le tapó la boca mientras Gilbert se aseguraba de cerrar bien la puerta.
Al cabo de unos segundos oyeron cómo los profesores empezaban a entrar en la sala. Hablaban entre ellos bastante preocupados, hasta que una voz se elevó por encima de las demás y el resto calló. Se trataba de Dumbledore.
—Ha ocurrido —dijo con solemnidad—. Un alumno ha sido raptado por el monstruo y ha sido llevado a la Cámara de los Secretos. Ha aparecido un mensaje nuevo del heredero de Slytherin, junto al primero: «Sus huesos reposarán en la cámara por siempre».
Hubo un silencio antes de que otro profesor volviese a hablar. Antonio había contenido la respiración, Govert había hecho una mueca de preocupación y Gilbert sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago. Se estaba temiendo lo peor, intentando apartar esa estúpida idea que había aparecido en su mente.
―¿Quién ha sido? ¿Qué alumno? ―preguntó la profesora Hooch con un hilillo de voz.
―Feliks Lukasiewicz.
Al escuchar de boca del director ese nombre, Gilbert sintió como si le cayese encima un balde de agua fría. Su sospecha era cierta... Sintió cómo Antonio le tomaba de la mano y apretaba, intentando infundirle ánimos. Sin embargo, todo le parecía demasiado irreal en ese momento.
—Mañana enviaremos a todos los estudiantes a casa ―continuó el director—. Es el fin de Hogwarts.
Antes de que ningún profesor pudiese replicar, la puerta se abrió de golpe y entró alguien más.
―Perdonad, me quedé dormido ―aseguró la inconfundible voz del profesor Lockhart―. ¿Me he perdido algo?
Govert no pudo evitar rodar los ojos, sin sorprenderse realmente.
―El heredero de Slytherin ha raptado a un alumno ―fue Snape quien le contestó, con su mismo tono de siempre―. Lo ha llevado a la Cámara de los Secretos. Es tu oportunidad de salvarlo.
Oyeron cómo balbuceaba algo ininteligible antes de que la profesora McGonagall interviniese.
―Es cierto, Gilderoy. Anoche mismo afirmabas que sabías donde estaba la entrada a la Cámara de los Secretos.
―Yo... bueno, no es...
―Además, dijiste que sabías con certeza qué era lo que había dentro ―añadió la profesora Sprout.
―¿De verdad dije eso? N-no recuerdo...
―Por supuesto que recuerdo cómo te lamentabas por no haber tenido oportunidad de enfrentarte al monstruo antes ―siguió Snape―. ¿No decías que debíamos haber dejado el asunto en tus manos desde el principio, ya que por algo eres el profesor de Defensa contra las Artes Oscuras?
―Debéis de haberme interpretado mal, yo no...
―Lo dejaremos en tus manos entonces, Gilderoy ―decidió el director―. Nos aseguraremos de que nadie te moleste mientras te enfrentas al monstruo tú mismo.
Tras un silencio bastante largo, Lockhart volvió a hablar.
―D-de acuerdo. Estaré preparándome en mi despacho.
Y después se oyó cómo iba con pasos apresurados hasta la puerta y salía de la sala tras azotar la puerta bruscamente.
―Así nos lo quitaremos de en medio ―dijo el director―. Que los jefes de las casas vayan a informar a los alumnos de lo ocurrido. Decidle que el expreso de Hogwarts los conducirá a sus hogares mañana a primera hora. El resto de profesores que se asegure que no hay ningún alumno fuera de los dormitorios.
Todos se mostraron de acuerdo y la sala de profesores no tardó en quedar completamente vacía. Cuando estuvieron seguros de que no había peligro, los tres jóvenes salieron del ropero. Antonio tuvo que tirar de Gilbert para que saliese, ya que parecía haber entrado en una especie de estado de shock. Se sentía como si eso fuese alguna pesadilla y solo fuese cuestión de segundos despertar para darse cuenta de que nada de lo que estaba pasando era real.
―Ya sé que Feliks es tu mejor amigo ―murmuró Antonio, mirándole con pena―, pero debemos irnos de aquí.
―Feliks no… No puede... ―sacudió la cabeza, sin ser capaz de asimilar lo que acababan de oír.
―Tenemos que volver a nuestras salas comunes ―intervino Govert, visiblemente nervioso―. No debemos...
―Sabemos cómo llegar a la Cámara ―le interrumpió Gilbert, mirando a Antonio―. Podemos ir a ver a Lockhart y decírselo. Después de todo va a intentar entrar.
―¡Buena idea! ―asintió Antonio, sonriendo con emoción―. ¡Quizás hasta podamos ayudarle!
—Ni siquiera sabíamos de su existencia real hasta este mismo momento. No vais a ayudar a nadie, Antonio ―le advirtió el Ravenclaw.
―Pero su amigo… ―miró al rubio con desolación―. Hay que salvar a Feliks. Podemos hacerlo.
—¿No habéis escuchado nada de la conversación de los profesores? Por si no lo habéis notado, han hablado de un monstruo —los reprendió, cruzándose de brazos―. Sé que es importante para vosotros; bueno, para Gilbert ―miró de reojo al albino, hablando ahora con un tono más suave―, pero no podéis meteros en esto.
―No nos podemos meter y una mierda ―bufó Gilbert, frunciendo el ceño―. Si puedo ayudar voy a hacerlo. Más aún si hablamos de mi mejor amigo.
Y con eso abandonó la sala a paso rápido. Antonio no dudó en seguirle, alcanzándole con facilidad. Govert se debatió entre seguirles o volver a su sala común, pero no supo por qué acabó siguiéndolos. O tal vez sí, pero aún era demasiado pronto como para admitirlo para sí mismo.
―¡Vienes con nosotros! ―exclamó Antonio con júbilo al ver que les seguía. Sin embargo Govert le dirigió una mirada cargada de sentido, sin decir nada―. Te juro que no pasará nada malo.
―Cállate si no quieres que me arrepienta y me vaya.
Antonio sonrió levemente y asintió, haciendo caso al mayor y manteniéndose en silencio.
Gilbert iba un poco más adelantado, sin poder esperar a llegar al despacho de Lockhart. De hecho, el último tramo lo hizo corriendo, siendo seguido por un animado Antonio y un molesto Govert que les recordaba que no podían correr por los pasillos. Cuando llegaron ante la puerta oyeron que había bastante ruido al otro lado. Se miraron entre ellos antes de llamar a la puerta con tres golpes secos. Se hizo el silencio. La puerta se entreabrió y Lockhart les miró por una rendija.
―Ah. Señor Beilschmidt, Señor Fernández… y Señor Van der Leden ―añadió al ver a Govert tras Antonio, con la mirada clavada en sus zapatos. Abrió la puerta más―. Ahora mismo estoy ocupado, pero si os dais prisa…
―Profesor, tenemos información para usted. Creemos que le será útil ―dijo Antonio con tono solemne.
Sin embargo Gilbert rodó los ojos y fue al grano. O lo habría hecho si en el último momento el prefecto no hubiera adivinado sus intenciones y no le hubiera tapado la boca, dejando a Antonio continuar su discurso.
―Pero preferiríamos hablar de esto dentro, si no es molestia.
―No, por supuesto ―el profesor abrió la puerta completamente, dejando a los tres chicos entrar.
El despacho estaba prácticamente vacío. En el suelo había abiertos dos grandes baúles, uno destinado a empacar sus libros y el otro para sus túnicas. En los dos casos las cosas habían sido metidas de manera desordenada, detalle que sólo Govert pareció notar. Frunció el ceño y miró al profesor con sospecha. Nunca le había caído bien, pero al darse cuenta de lo que estaba a punto de hacer, le cayó peor.
―¿Se va a algún lado? ―inquirió.
―Sí, bueno… ―tartamudeó Lockhart, mientras se disponía a proseguir en su tarea de retirar las fotografías y pósters que cubrían las paredes―. Una llamada inesperada. Es una emergencia. Debo acudir.
―¿Y qué pasa con Feliks? ―gruñó Gilbert.
―Bueno, Feliks. Es una verdadera lástima ―al pronunciar esas palabras procuró no mirar a ninguno de los tres a los ojos―. Nadie lo lamenta más que yo ―les aseguró.
―¡Es usted el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras! ―estalló el Slytherin, dándole una patada al baúl en el que estaban las túnicas. Con eso consiguió atraer la atención del hombre, que le miró con una mirada extraña―. ¡No puede irse después de lo de Feliks! ¡NO PUEDE!
―Mira, verás, cuando acepté el empleo en el contrato no se mencionaba nada de este calibre… ―siguió con sus pobres excusas el adulto, sonriendo culpable.
―¡A la mierda el contrato! ¡Es usted el famoso Gilderoy Lockhart! ¿O es que acaso no es tan fantástico como asegura en todos esos libros?
Esta vez fue Antonio el que intervino, contagiado por el mal humor de su amigo. Sabía cuán importante era Feliks para Gilbert; casi como lo era Francis para él, y odiaba ese sentimiento. Él, de alguna manera, había «perdido» a Francis, pero solo temporalmente. Gilbert había perdido a Feliks, y tal vez para siempre.
―Los libros se pueden malinterpretar ―se defendió el profesor de forma sutil.
―¿Perdona? ―dijo Govert, dando un paso al frente―. ¿Cómo que se pueden malinterpretar? ¿No fue usted mismo quien los escribió, relatando todas esas aventuras?
―Muchachos ―Lockhart se irguió, encarándolos por primera vez―. Usad el sentido común. Esos libros no se habrían vendido ni la mitad de bien si la gente no se hubiera creído que yo hice esas cosas ―Antonio iba a replicar algo, pero el profesor continuó hablando―. A nadie le importa la historia de un mago serbio feo y viejo, a pesar de librar de hombres lobo a un pueblo. No habría quedado muy bien en la portada, ¿no creéis?
―Así que ha estado quitando el triunfo de lo que otros han hecho ―confirmó Govert, alzando una ceja.
―Govert, Govert ―sacudió la cabeza, sonriendo de lado―. No es tan simple. Tuve que hacer un gran trabajo. Tuve que encontrarlos, preguntarles sobre sus logros y encantarlos con un hechizo desmemorizante para que no pudieran recordar nada. Si hay algo de lo que me enorgullezco es de mis hechizos desmemorizantes.
Cerró los baúles con llave y se giró a ellos.
―Y bien, eso es todo. No, solo queda una cosa.
Sacó su varita y les apuntó.
―Lo siento mucho, chicos, pero ahora que sabéis esto debo echaros uno de mis conjuros desmemorizantes. No puedo dejar que reveléis mi secreto.
Govert sacó su varita justo a tiempo. Lockhart no había alzado la suya cuando el prefecto gritó un expelliarmus que lo desarmó. Gilbert corrió a por ella y la partió en dos, sonriendo triunfal.
―¿Qué queréis que haga yo? No sé dónde está la Cámara… ―murmuró Lockhart, siendo aún apuntado por Govert.
―Estás de suerte. Nosotros sí lo sabemos ―respondió Gilbert―. Y qué es lo que hay dentro. Andando.
El prefecto dirigió una mirada de desconcierto a Gilbert y, al notar el plural, a Antonio. Lo único que recibió en respuesta fue un gesto vago del castaño, dándole a entender que le explicaría después.
Hicieron salir al profesor de su despacho, fueron hacia el corredor en el que estaban los mensajes del heredero y llegaron hasta los baños del segundo piso, los baños femeninos, más concretamente.
―¿Qué…? ―tartamudeó Lockhart, pero Antonio le mandó callar.
Gilbert se acercó a los grifos de los lavabos y se puso a buscar algo.
―¿Qué se supone que hay que ver ahí? ―le preguntó en un susurro Govert a Antonio.
―La entrada a la Cámara.
―¿En el lavabo de las chicas? —volvió a preguntar, dando por hecho que los chicos habían perdido por completo la cabeza.
Le miró con una ceja levantada, pero el Gryffindor se encogió de hombros. Seguramente hubieran escuchado cualquier nuevo rumor estúpido y se lo hubieran creído más de la cuenta. Ese baño no tenía nada de especial salvo que ahora mismo había tres chavales y un profesor dentro, obligado a ir con ellos a punta de varita.
Fue a replicar cuando Gilbert soltó un suspiro de alivio. La idea de Arthur no parecía estar desencaminada porque había encontrado algo: grabada en el grifo de cobre, había una pequeña serpiente. El Slytherin pasó los dedos por encima y acto y seguido intentó abrirlo, pero no obtuvo nada.
―Está averiado ―se quejó, intentando abrirlo de todas maneras.
―Mi hermana suele quejarse de eso. Al parecer lleva roto muchísimo tiempo y nadie hace nada por arreglarlo —puntualizó Govert cada vez más interesado.
―¿Qué hacemos? ―preguntó el albino, girándose a los demás.
―¿Tú no hablabas pársel? ―preguntó Antonio―. Di algo. No creo que eso sea una serpiente de pura casualidad.
El de ojos rojos dudó, pero hizo eso.
―Ábrete ―murmuró, mirando el lavabo y sintiéndose totalmente estúpido.
No pasó nada durante unos segundos que se hicieron eternos para los tres chicos. Justo cuando Lockart soltaba una carcajada triunfal, el grifo brilló con una luz blanquecina y comenzó a girar. Los cuatro se echaron hacia atrás, viendo cómo el lavabo empezaba a moverse. Se hundió, dejando a la vista una enorme cañería.
―¿Hay que bajar por ahí? ―preguntó el Ravenclaw mirando la cañería con desconfianza.
―Eso parece ―asintió Gilbert, acercándose y mirando por ella. Sin embargo a medida que se hacía profunda se volvía más oscura, por lo que apenas vio nada―. Es larguísima…
―Vamos, entonces ―dijo Antonio, acercándose. Se sentó en el hueco, dispuesto a tirarse por él, pero Govert le sujetó del hombro.
―Espera ―dijo, mirándole con preocupación―. No sabemos si eso es seguro.
―Yo voy a bajar―declaró Gilbert, cruzándose de brazos―. Quedaos aquí si queréis, pero yo bajo.
―Bueno ―intervino entonces Lockhart―. Creo que no os hago ya falta aquí… ―se dirigió hacia la puerta.
Pero Govert le tomó violentamente de la túnica y tiró.
―Usted bajará primero ―señaló la cañería.
Antonio se levantó, dejando sitio al profesor. Lockhart miró a donde le indicaban con desconfianza.
―Pero venga, chicos. No pensaréis que…
Gilbert alzó la varita, apuntándole. Lockhart se sentó en el hueco y metió las piernas por él, tal y como había estado haciendo hasta entonces Antonio.
―Pero esto no va a…
El Slytherin le metió una patada y Lockhart cayó por la tubería, gritando. Los tres alumnos se miraron entre ellos antes de que Gilbert se decidiera a seguirlo. Oyó cómo los otros dos no tardaron en hacer lo mismo.
Era como un inmenso tobogán. Se podían ver otras cañerías que salían como ramas, más pequeñas, ninguna de tal magnitud como aquella por la que iban. Era tan profundo que Gilbert pensó que debían ir por las mazmorras, o incluso más abajo… De manera brusca, la cañería tomó un giro horizontal y cayó al húmedo suelo de piedra de un oscuro túnel, lo suficientemente grande como para poder estar de pie. Vio cómo Lockhart intentaba ponerse en pie, pasándose las manos por su túnica, manchada por las viscosidades del camino. Gilbert se acercó a él, sacando la varita, y llegó en ese momento Antonio, seguido de cerca por Govert.
―Esto debe de estar a kilómetros de Hogwarts ―murmuró Govert, acercándose a Antonio y ayudándole a levantarse.
―No olvidéis cerrar los ojos al menor signo de movimiento ―les recordó Gilbert, susurrando lumos e iluminando el tunel. Estaba tan oscuro que Govert y Antonio le imitaron, aportando algo más de claridad. Sin embargo, Lockhart se abalanzó encima de Antonio cuando éste terminó de formular el hechizo y le arrebató la varita, apuntándoles con ella.
Govert empujó a un desarmado Antonio hacia atrás, empuñando su varita contra el profesor al igual que Gilbert.
―Aquí termina todo ―Lockhart esbozó una sonrisa triunfal―. Diré que el monstruo era demasiado para todos nosotros y que perdisteis la cabeza al ver el cuerpo destrozado de Feliks. ¡Obliviate!
Govert gritó un protego antes de echar a Gilbert también hacia atrás cuando hubo una pequeña explosión. Los tres alumnos salieron despedidos hacia atrás aunque no se hicieron mucho daño al caer a varios metros de donde se encontraban. Por su parte, Lockhart fue golpeado por una de las piedras que se habían desprendido con el estallido y yacía inconsciente en el suelo.
―Se lo merece ―murmuró Antonio, yendo a recoger su varita.
―Vete ya, Gilbert ―le apremió Govert―. Nosotros nos quedamos aquí, vigilando que este idiota no de más problemas.
El albino decidió hacer caso a las palabras del prefecto y se fue, cruzando lo que parecía ser una piel de serpiente en la que no había reparado hasta entonces, pero no perdió tiempo examinándola; tenía que ir cuanto antes a la cámara. Pronto dejó de oír las voces de los demás. El túnel se le hizo eterno, serpenteando cada dos por tres. Tenía la varita alzada e iba con los ojos entrecerrados, preparado para cerrarlos al menor indicio de movimiento. Solamente quería llegar hasta el final, preparado para lo que fuera que hubiese. Al doblar una última curva logró llegar hasta una pared gruesa en la que había dos serpientes entrelazadas, con grandes esmeraldas por ojos. Se acercó a la pared, sintiendo un escalofrío al notar que las serpientes parecían de verdad a causa de esos peculiares ojos. Decidió hacer como había hecho antes en los lavabos. Aclarándose la garganta, dijo en pársel:
―Ábrete.
Las serpientes se separaron al abrirse el muro. Las dos mitades de éste se deslizaron a los lados hasta quedar ocultas y Gilbert entró sin vacilar.
Se encontraba en un extremo de una sala bastante amplia cuya iluminación era muy pobre. El techo estaba sostenido por columnas de piedras talladas con serpientes enlazadas con una altura considerable, tal que se perdían en la oscuridad, proyectando largas sombras sobre la penumbra verdosa que había en el lugar.
Gilbert sintió un escalofrió cuando empezó a caminar a la vez que su corazón iba a cien por hora. Temía que el basilisco estuviera acechando tras algunas de esas columnas. En alguna que otra ocasión sintió que se movían y acabó parándose, cerrando los ojos de golpe. Pero a los pocos segundos volvía a abrirlos y a seguir, dándose cuenta de que solamente era producto de su imaginación. Encima, para empeorar las cosas, ese silencio de ultratumba era inquietante. Se preguntó dónde estaría Feliks ya que no había rastro del polaco por ninguna parte.
Sin embargo, al llegar al último par de columnas pudo ver una estatua cuya altura era la misma que la de la cámara. Tenía un porte imponente, pegada al muro del fondo. Un rostro gigantesco la coronaba. Era antiguo, con una barba larga que llegaba hasta casi el final de su túnica de mago, donde había dos figuras boca abajo. Al reconocer la melena rubia de su mejor amigo, Gilbert reaccionó.
―¡Feliks!
Corrió lo que quedaba de distancia entre ellos. Se arrodilló junto a él y le dio la vuelta, soltando la varita a su lado. Su corazón le dio un vuelco al ver que estaba muy pálido y tenía la piel helada, aunque sus ojos estaban cerrados, lo cual significaba que no estaba petrificado.
―No estés muerto ―pidió en un susurro, llevándole los dedos al cuello y tomándole el pulso, con el corazón aún más desbocado de lo que estaba antes. Le costó encontrarle las constantes vitales, las cuales estaban muy débiles. Le zarandeó de los hombros con insistencia―. Vamos, despierta, no es para tanto. ¡Despierta! ―más que a petición, sonaba a súplica. Al no recibir ninguna respuesta, Gilbert le zarandeó con más fuerza, pero paró de golpe al escuchar una voz a sus espaldas.
―No lo hará.
Gilbert se giró. De pie ante él había un hombre anciano que le miraba con indiferencia. Sus contornos eran borrosos, como si no fuese una persona real.
―¿Quién eres tú? ―gruñó Gilbert― ¿Y a qué te refieres?
―Slytherin. Eikki Slytherin ―respondió de mala gana―. No está muerto aún, pero no tardará en hacerlo.
―Slytherin... Tú eres el heredero, ¿verdad? ―al ver que asentía, Gilbert continuó―. ¿Eres un fantasma?
―Un recuerdo ―sacudió la cabeza―, guardado en un diario.
Y por primera vez Gilbert reparó en el diario de Feliks, que estaba a pocos metros de su amigo. Quiso preguntar que cómo era eso de que era un recuerdo, pero tenía asuntos más importantes que atender.
―Ayúdame ―prácticamente le ordenó, girándose otra vez hacia su amigo y levantándole a pulso en brazos―. Hay que sacar a Feliks de aquí. El basilisco podría venir en cualquier momento.
―No vendrá si no es llamado.
―¿Qué?
Vio que el recuerdo había tomado su varita y jugueteaba con ella.
―Devuélveme la varita ―exigió.
―No vas a necesitarla ―repuso con calma.
Al ver que Eikki no estaba dispuesto a ayudarle por el momento, volvió a dejar a Feliks en el suelo.
―¿Pero qué demonios te pasa? ―le encaró, realmente furioso―. Hay que salir de aquí, ¿no entiendes que estamos en peligro?
―Ahora mismo no hay ningún peligro.
Gilbert bufó, llevándose las manos a la cara.
―¿Qué coño haces aquí?
―Hablar contigo―dijo con tranquilidad, acercándose un paso hacia él―. Eres Gilbert Beilschmidt, sin duda alguna.
―¿De qué me conoces? ―bajó las manos, lentamente.
―Albino de ojos rojos no hay muchos, ¿no crees? ―hizo una mueca extraña parecida a una sonrisa.
―¿Cómo sabías de mí? ―insistió.
―Feliks me contaba muchas cosas de ti.
―¿Cómo que te contaba cosas de mí?
―Feliks consiguió el diario hace varios meses y me reveló muchas cosas que me fueron muy útiles.
Gilbert frunció el ceño, mirando de reojo a Feliks.
―¿Qué te reveló?
―Me contaba prácticamente todo lo que le ocurría. Y no había día que pasase en que no hablase de un tal Gilbert Beilschmidt ―rió, aunque más bien pareció un jadeo ―. Se preguntaba qué podía hacer para dar «el paso»; cómo hacer para que te dieses cuenta de que él existía.
―¿Qué estás diciendo? Él es mi mejor amigo, obvio que me doy cuenta de su existencia ―rodó los ojos.
―No de esa manera precisamente.
A Gilbert nunca se le había dado bien leer el ambiente ni pillar los dobles sentidos, por lo que no supo a qué se refería.
―Supongo que tú tienes que ver en el cambio de Feliks ―adivinó, recordando la manera en que se había comportado últimamente el rubio.
―Por supuesto. Al darse cuenta de que empezaba a olvidar cosas empezó a hilar cabos e intentó deshacerse del diario. Sin embargo acabó volviendo a por él, temiendo que alguien más pudiera leer lo que había escrito. Imbécil… ―murmuró, sonriendo de lado―. Sin embargo, se lo quitaron anoche.
Gilbert alzó una ceja.
―¿Qué?
―Hace un par de noches la persona a la que le quitó el diario lo consiguió de vuelta.
―¿Y quién…?
―Él ―se giró hacia la otra figura que yacía en el suelo, a la que Gilbert no había dado importancia hasta entonces―. Mi sucesor.
Al ver de quién se trataba, se le heló la sangre. Tino, ese alumno callado y agradable de Hufflepuff, estaba tirado de lado, con los ojos cerrados y, al igual que Feliks, estaba completamente pálido.
―¿Tino? ¿Qué hace él aquí?
―¿Es que no has oído nada de lo que he estado diciendo? ―preguntó Eikki con molestia―. Él es el actual heredero de Slytherin… una pena que acabara renegado a una casa como esa.
―Mientes ―sacudió la cabeza.
―Él abrió la Cámara. Él mandó al basilisco a que atacara a los sangre sucia y mató a los gallos. Estaba completamente poseído por mí. Sin embargo, no se daba cuenta. También él temía perder el diario. ¿Sabes? Tenía problemas con su novio. Escribía en el diario las cosas que no se atrevía a decirle. Cuando vio que se lo habían quitado se volvió loco. Pero acabó averiguando dónde estaba y fue a por él. Hice que viniera aquí y luego ya me encargué de Feliks. El muy cotilla le quitó el diario a Tino y así hice que escribiera con su sangre su despedida y bajara aquí.
A medida que iba escuchando se le iban poniendo los bellos de punta. ¿Cómo es que no sabía nada de eso? ¿Por qué Feliks, tan hablador, no le había hablado en ningún momento sobre su preciado diario?
―Pero, entonces…
―Esta noche podré lograr lo que llevo décadas deseando…
Gilbert fue a responder con mordacidad, pero se calló al ver cómo la expresión del otro cambiaba. No supo identificar la expresión que cruzó su cara, pero se temió lo peor, mirando a Feliks. Su mejor amigo seguía en la misma posición en la que estaba cuando le había encontrado, con la palidez más marcada si eso era posible. Se centró en su pecho; subía y bajaba, sí, pero era algo tan sutil que se temió haberlo imaginado.
Un sonido rompió el silencio; un rítmico aleteo seguido de un leve graznido que provocó el suficiente impacto en Gilbert como para dejar de contar los segundos entre cada superficial movimiento en el pecho de Feliks.
—¿Eso es lo mejor que pueden mandarte de ayuda? —alzó una ceja con una sonrisa en el rostro—. Creo que no apuestan demasiado por ti.
—Un fénix.
—Un estúpido Fénix —le corrigió Eikki con sorna—. Y lo que parece ser un trozo raído de vieja tela. Incluso yo esperaba una ayuda mejor por parte de Dumbledore.
Gilbert ignoró por completo esas palabras centrado en el animal, que se dedicó a planear hasta posarse a su lado, dejando la tela sobre el suelo.
—Es… ¿el Sombrero Seleccionador? —Gilbert lo cogió del suelo para estudiarlo con detenimiento. En efecto, era el mismo gorro que hacía años le había mandado a Slytherin, su casa.
—Un pájaro y un sombrero. Sin duda la mejor ayuda que podrías obtener de un colegio repleto de poderosos objetos.
Gilbert hizo una mueca, sin querer reconocer la veracidad en las palabras del otro, pero sabiendo que eran ciertas. ¿Qué podría hacer el sombrero para salvar a Feliks? Dio un paso hacia delante, echando de menos tener la varita en sus manos y la seguridad que esta le aportaba.
—No necesito ayuda de allí arriba para acabar con un simple recuerdo —dejó caer el Sombrero Seleccionador a un lado.
—¿Un simple recuerdo? —Eikki se rió—. No creerás de verdad que voy a mancharme unas manos que ni siquiera he podido aún estrenar con sangre de alguien como tú. No, no pienso luchar contigo; voy a presentarte ahora a mi querida mascota.
Se giró, dándole la espalda a Gilbert, pero no le dio tiempo al albino a decidirse a atacarle cuando se le heló la sangre… estaba hablando en una lengua que, para cualquier otra persona, habría sonado como una serie de silbidos y sibilancias sin sentido pero que él pudo entender sin problemas.
El basilisco iba a matarle, sin más.
Un crujido resonó por toda la cámara, siendo el eco incluso más fuerte que el mismo sonido. La boca de la imponente estatua en la que se había fijado comenzó a abrirse, dejando salir una sombra rápidamente identificable.
—Basiliscos, qué majestuosos animales, ¿no crees? —preguntó el recuerdo mirando fijamente al enorme reptil.
Gilbert dio un paso para atrás y miró rápidamente al suelo para no establecer contacto visual con el monstruo.
—¿Asustado de un animal tan noble como él? —volvió a preguntar con diversión en la voz.
Con una maldición, el albino dio otro paso hacia atrás. Apenas un segundo después escuchó un golpe seco: el basilisco acababa de caer sobre el suelo de la Cámara. Sin forma alguna de defenderse, Gilbert solamente fue capaz de pensar en una cosa: sin vacilar se agachó y recogió el sombrero antes de correr.
La risa de Eikki hizo que se le crispara el rostro pero el instinto de supervivencia era más fuerte que el orgullo. Además, si no sobrevivía él, tampoco lo haría Feliks y eso era algo que no podía permitirse siquiera el considerar. Iba a salir de allí con su mejor amigo aunque tuviera que matar al basilisco con las manos desnudas.
Giró un recodo y se paró a escuchar, pero no hubo sonido alguno. Se apoyó en la pared y dejó resbalar la espalda mientras se obligaba a tomar respiraciones profundas que le ayudaran a tranquilizarse para poder pensar. Necesitaba un plan y no tenía ni la menor idea de cuál podría ser. A su lado, el Sombrero Seleccionador estaba en el suelo, tan inútil como Eikki había augurado que sería, y tampoco había rastro del fénix. Gilbert tomó otra respiración honda antes de alargar el brazo hasta el sombrero y colocárselo en la cabeza.
—Más te vale decirme cómo salir de esta, porque estoy bastante jodido —le susurró al trozo de tela que, como era de esperar, no le contestó.
—Venga ya —se arrancó el puntiagudo sombrero con rabia y lo tiró contra la pared—. ¿De qué me sirve un gorro de mierda para luchar contra un basilisco? —masculló entre dientes, las manos temblando de rabia y un miedo que no iba a reconocer tener.
El eco de un silbido resonó más cerca de lo que esperaba, provocándole un estremecimiento. Bajó los ojos para mirar al suelo, maldiciendo de todas las maneras posibles al estúpido de Eikki por tener su varita y un basilisco de mascota, y al estúpido de Dumbledore por mandarle el sombrero inútil que descansaba en el suelo.
Si no hubiera sido porque se centró en él para mantenerse completamente en silencio, no habría visto cómo este se iluminaba débilmente. El albino pestañeó, pensando que era una ilusión creada por su cerebro. Cuando volvió a abrir los ojos el sombrero ya no brillaba, lo que lo hacía era la empuñadura de la espada que sobresalía de él.
—¿Qué? —se preguntó con asombro mientras alargaba el brazo.
La espada era pesada (lo suficiente como para saber que iba a cansarse de sujetarla en alto), afilada y con el mango decorado con gemas que no se molestó en estudiar. Una sonrisa de confianza se instauró en su rostro. Nunca había tenido una espada, y menos luchado con ella, pero al menos ya no estaba indefenso ante la muerte. Sopesó la espada, pasándosela de una mano a otra; su mano encajaba tan bien en la empuñadura que se podría pensar que estaba hecha para él. Se decidió a salir del recoveco antes de que el basilisco le encontrara. Se giró al sombrero e inclinó levemente la cabeza, sintiéndose algo estúpido al hacerlo.
—Gracias —le susurró antes de comenzar a andar.
Lo primero era apuñalar al bicho en los ojos, después cortarlo por la mitad. «No es difícil», se dijo. Salió a un pasillo tan húmedo como el resto. El suelo estaba completamente encharcado así que sus pisadas resonaban por las paredes de la cámara, pasos que fueron acallados por un chillido desgarrador; un animal sufriendo, otro animal atacando.
Sin pensar, corrió hacia donde se escuchaba el ruido para presenciar una escena impresionante a la vez que perturbadora: el fénix parecía haberle leído el pensamiento y le estaba quitando parte del trabajo. Una y otra vez, descendía sobre el basilisco, picando y arañando los ojos de la bestia que no paraba de chillar y revolverse intentando clavar los colmillos sobre el pájaro, que graznaba cada vez que descendía y se elevaba rápidamente sobre la serpiente.
—¡ESTÚPIDO PÁJARO! —gritó Eikki.
Con la espada en la mano, Gilbert se rió; una carcajada nerviosa que resonó por la cámara.
—Aún así no serás capaz de acabar con él —el recuerdo pasó la vista del basilisco al fénix y, por último, al Slytherin—. Aún puedes olerle —dijo con una serie de silbidos—. Acaba con él, maldito —le ordenó.
El basilisco se giró a Gilbert quien, por primera vez, pudo mirar cómo era realmente el basilisco. Los colmillos sobresalían peligrosamente de su boca y los ojos goteaban sangre, dándole un aspecto aún peor de lo que había imaginado.
Sin embargo ahora tenía una espada y la ventaja de la vista. Por mucho que pudiera olerle ya no era un ser invencible.
—Observa cómo acabo con tu maldita mascota y recuerda que el siguiente vas a ser tú —amenazó Gilbert antes de atacar sin dudar al reptil.
Corrió hacia él como si ya no corriera peligro por el simple hecho de tener una espada que no sabía utilizar en sus manos. Si Feliks le hubiera visto en ese momento seguramente le habría gritado que era un idiota irresponsable, pero ese pensamiento solo hizo que atacara con más fiereza. Sin embargo, la piel del basilisco era mucho más dura de lo que esperaba y apenas pudo conseguir hundir la espada unos centímetros.
Se echó para atrás de un salto antes de volver a arremeter contra él con la clara idea en la cabeza de acabar con esa pesadilla.
El basilisco se removía y daba coletazos por todos lados mientras mantenía la cabeza en alto, buscando el olor de Gilbert. Uno de los coletazos impactó de lleno sobre su estómago provocando que cayera varios metros más lejos y sin aliento. Como pudo se puso en pie mientras escuchaba como Eikki gritaba ordenes en pársel para que terminara con él de un bocado. Notaba un dolor intenso en las costillas que se acentuaba con cada respiración, pero se obligó a hacerlo a un lado y respirar de forma más superficial, cosa que solo ayudó a que el cansancio que ya sentía se acrecentara más rápidamente.
La siguiente vez que atacó al basilisco apenas si tuvo fuerzas para levantar la espada con un quejido antes de recibir otro golpe. Esta vez fue el morro del basilisco, que no acertó a morderle por apenas unos centímetros, pero sí que le tiró al suelo. Se arrodilló notando el dolor profundo en las costillas y ahora en el hombro, que se irradiaba a su clavícula y un mareo cada vez mayor producto de la falta de oxígeno por no poder respirar con normalidad. Pero aún con el mareo, desde esa posición pudo ver el cuerpo inmóvil de Feliks; la palidez tan marcada como para poder distinguir las venas de su sien.
Una oleada de odio le dio la fuerza suficiente como para volver a ponerse en pie y empuñar la espada, olvidando los calambres de su brazo.
En un último ataque desesperado arremetió contra el basilisco a la vez que este bajaba la cabeza para morderle, al parecer más encaminado en esta ocasión. Aprovechando que el monstruo había agachado la cabeza, Gilbert hincó la hoja de la espada en una de las cuencas heridas y empujó la espada con todas sus fuerzas; ayudada con la fuerza del propio ataque del animal, la hoja rompió el hueso y atravesó limpiamente el cerebro, matando al basilisco al instante.
Cayó de nuevo de rodillas, tomando una honda respiración y notando de nuevo el dolor en las costillas pero aliviado con el sabor de la victoria.
—Veo que estás dispuesto a morir por otra persona —comentó el recuerdo, cruzado de brazos cruzados—. Al parecer Feliks es más importante para ti de lo que él mismo creía. No todas las personas son capaces de tal sacrificio, menos alguien de la casa de las serpientes.
—Qué sabrás tú de mis sentimientos hacia Feliks —jadeó volviendo a ponerse de pie con un ligero tambaleo.
—Más de lo que puedas adivinar, he vivido en un diario durante muchos años; sé leer los sentimientos de las personas que me rodean. Son como libros abiertos para mí y tú no eres ninguna excepción, Gilbert Beilschmidt.
—Haces que te obedezcan, eso no es entender a nadie. No sabes leer en ellos, solo le hechizas para que cumplan lo que quieres —Gilbert se fijó en que, aunque seguía sin ser del todo corpóreo, se notaba con bastante más definición que cuando había llegado a la Cámara. Se preguntó si podría hundir en él también la espada, pero acabó por descartarlo.
—Ellos se abren a mí, yo solo uso sus debilidades a mi favor. Deberías poder ver la utilidad de ello.
Gilbert miró alrededor, buscando una manera de poder terminar con Eikki, ignorando deliberadamente la zona en la que Feliks estaba tirado e inconsciente.
—¿Debería ver la utilidad de ello por qué, exactamente?
—Los Slytherin somos así: astutos y líderes natos. Todo líder sabe cómo obtener beneficio de los demás.
—Primero: ni se te ocurra meterme en el mismo saco que a ti —sus ojos se detuvieron sobre el diario tirado en el suelo a unos pasos de donde se encontraba y tuvo una idea que terminó de formarse al divisar a apenas un par de metros de él uno de los colmillos del basilisco que debería haberse roto al caer sin vida sobre el suelo—. Y segundo: se te olvida la parte en la que somos leales. Ser leal significa ser capaz de hacer lo que sea por esa persona.
Se acercó hasta coger el colmillo y le dio una vuelta en su mano con curiosidad. Si Eikki se dio cuenta de su movimiento, no dijo nada.
—Ser leal, hacer lo que sea por esa persona ¿significa eso arriesgar tu vida? ¿De verdad tu vida es más importante que la de él? —desvió los ojos a Feliks, pero Gilbert no siguió su mirada, sino que se acercó al diario—. ¿Qué ganas tú si mueres para que él viva?
El albino se quedó callado unos segundos. Aunque no quería, las palabras de Eikki le hicieron pensar en lo que acababa de hacer. Realmente había antepuesto la vida de Feliks a la suya sin dudarlo un solo momento.
—¿No respondes? —insistió—. Estoy enseñándote lo que es necesario para ser un líder. El amor es una debilidad y más si es por alguien tan inútil como Feliks —el recuerdo alzó una ceja al notar la cercanía del albino al diario.
Gilbert se arrodilló sobre el cuaderno y lo abrió.
—Hazme un favor y deja de decir semejantes gilipolleces —dijo antes de sonreír sardónicamente a Eikki.
Bajó el colmillo sobre el diario y pudo disfrutar de cómo la expresión del ya casi corpóreo recuerdo pasaba de la soberbia al asombro, de este al miedo y, por último, se descomponía en un grito desgarrador. El fénix, que había desaparecido volando, volvió con el Sombrero Seleccionador en el momento preciso en el que Eikki gritaba y le acompañó con un graznido que retumbó por toda la cámara. Y se deshizo en humo. Sin más, el recuerdo ya no estaba ante Gilbert quien, por si acaso, se quedó vigilando los ríos de tinta que salían del diario y manchaban su túnica.
Oyó un jadeo y se giró, viendo cómo Tino se incorporaba, llevándose una mano al pecho.
―¿Gilbert? ―preguntó desconcertado al ver al albino, mirando alrededor con temor―. ¿Qué…?
El mencionado llegó hasta él en varias zancadas y se arrodilló junto a Feliks, quien aún no despertaba. Tomó una mano entre las suyas, soltando una maldición por lo bajo al notarlas igual de frías que antes.
―Tienes que salir de aquí, Tino ―le miró muy seriamente―. Ve al final de la Cámara y sal. Encontrarás a Antonio Fernández al otro lado. Ve allí y dile que enseguida salgo.
—N-no ha sido mi culpa —se excusó el Hufflepuff, cuyos ojos se habían llenado de lágrimas—. Ni siquiera sabía que ese hombre era mi antepasado. Me engañó, yo no quería hacer nada de esto.
—Claro que no querías hacer nada de esto.
—Estaba resentido. Le maldijeron por atacar a nacidos de muggles y no podía salir del diario —explicó a toda carrera—. Quería vengarse y por eso hizo todo esto pero yo no quería, de verdad.
—Tino, está bien —intentó tranquilizarle, notando que Feliks comenzaba a coger algo de temperatura—. Pero será mejor que eso lo expliques cuando los profesores estén delante, ellos sabrán entender toda la situación. Ve con Antonio, estará preocupado.
Tino asintió, haciendo lo que el Slytherin le había dicho. Éste, por su parte, volvió a zarandear a Feliks, más fuerte que las otras veces. Ya no estaba frío, pero no despertaba.
―Venga, idiota, no es el mejor momento para que te pongas a dormir.
No se había dado cuenta, pero tenía el corazón desbocado. Temía que Feliks no llegara a despertar. Decidió que lo mejor sería llevarlo a la enfermería y que allí se encargaran de él. Le tomó en brazos y fue entonces cuando Feliks abrió los ojos de golpe, profiriendo un grito.
―¿Qué pasa? ―preguntó Gilbert asustándose en reflejo, agachándose para dejarlo en el suelo.
Feliks se había abrazado a él y había escondido la cabeza en su pecho.
―Eikki. El basilisco…
―Está muerto. Todo se ha acabado.
Feliks se separó y vio el cuerpo sin vida de la bestia.
―¿Qué…?
―Lo he matado.
Se volvió a él, mirándole con asombro.
―¿Cómo…? ¿qué…?
―Es una larga historia, pero ahora cuando se la cuente a los profesores podrás escucharla.
Al mencionar a los profesores los ojos del rubio se humedecieron y bajó la cabeza.
―¿Qué pasa?
Murmuró algo ininteligible, llevándose las manos a la cara.
―¿Qué?
―Me van a expulsar ―respondió, empezando a llorar.
―¿Sólo eso? ―le preguntó, dándose cuenta cómo sus preocupaciones desaparecían de golpe.
―¿Cómo que solo eso? ―gritó el rubio escandalizado, levantando la cabeza y mirándole con el ceño fruncido.
―Obviamente no te van a expulsar ―aseguró, soltando un suspiro de alivio―. Además, estás vivo, que no es poco.
―¿Y tú que sabrás?
―Sé todo lo que ha pasado y tanto tú como Tino estabais poseídos ―afirmó con seriedad.
―¿Dónde está Tino? ―preguntó, mirando alrededor.
―Le he dicho que saliera y fuese con Antonio.
―¿Qué hace él aquí?
―No creerás que he venido hasta aquí solo, ¿no?
―No me ha dado tiempo a pensarlo todavía. Es más, no sé qué haces aquí, ahora que lo dices.
―Da igual, luego te lo cuento. Vamos ―se puso en pie, apartando la cara para que el otro no pudiera verle el sonrojo que le había aparecido en la cara, y le tendió una mano. Feliks se la tomó, levantándose, pero estaba tan metido en sus preocupaciones que no notó nada.
―¿Cómo es que te quedaste tú con el diario de Tino? ―quiso saber el albino, recogiendo el sombrero y la espada.
―Lo encontré en la biblioteca sin dueño y quise quedármelo por si encontraba algún cotilleo ―respondió, prefiriendo no preguntar qué hacía ahí el Sombrero Seleccionador y una espada―. Pero en vez de eso…
―Te encontraste con Eikki.
Feliks asintió.
―Tú también estabas poseído ―afirmó el de ojos rojos―. Lo entenderán.
Feliks no dijo nada, ya que no estaba de acuerdo con él en eso de que lo iban a entender, pero no le apetecía decir nada más. Anduvieron en silencio hasta que llegaron a la salida de la Cámara, cuando Gilbert se hartó y lo rompió.
―¿Qué te pasa? Estoy hasta las narices de que ya no me dirijas la palabra.
―¡¿Que me vayan a expulsar no te parece motivo suficiente como para no querer hablar?! ―gritó Feliks, apretando los puños.
―¡Pero si llevas así desde hace semanas!
―¿Tal vez por esto mismo? ¡Llevo semanas sin saber qué hacer! Asustado, sin poder confiar en nadie.
―¿Y por qué no me dijiste nada?
―¿A ti? ―soltó una carcajada seca―. A ti es a la última persona a la que habría pedido ayuda. Después de todo eso de que eras el heredero de Slytherin ni de coña te iba a decir nada.
―Y… ¿ahora?
―¿Ahora? ―preguntó descolocado.
―¿Sigues pensando que lo soy?
―¡Pues claro que no, idiota! ¡Es Tino!
Gilbert soltó una risita, negando con la cabeza.
―¿Qué pasa?
Hizo un gesto con la mano, quitándole importancia, y subió la escalerilla que daba salida a la Cámara. Tras él lo hizo el rubio, que había vuelto a cerrar la boca y parecía ensimismado.
―En serio, no deberías preocuparte más de lo necesario ―le aconsejó el albino, girándose a la puerta―. ¿Esto lo dejamos abierto o qué?
―¿Cómo has entrado?
―Como Toño me dijo; hablando en pársel.
―Pues hazlo otra vez ―propuso Feliks, encogiéndose de hombros como si que Gilbert hablara el idioma de las serpientes fuera lo más natural.
Gilbert asintió, murmurando ciérrate en pársel. Como esperaba, la puerta se cerró, sellando de nuevo la entrada a la Cámara. Caminaron por el túnel durante varios minutos que se les pasaron muy rápidos, hasta que percibieron las voces de los demás. Encontraron a Govert y Antonio hablando entre susurros en una esquina y a Tino intentando ayudar a Lockhart a recordar quién era (sin éxito).
Al ver a su amigo de vuelta, Antonio alzó las cejas y se acercó a él para envolverle en un abrazo.
―¿Cómo te ha ido?
―Mejor de lo que esperaba ―sonrió, mirando de reojo a Feliks. Éste se había acercado a Tino, con el ceño fruncido, preguntándole qué pasaba.
―No lo sé muy bien ―repuso el Hufflepuff―. Pero dice que no sabe quién es.
―¿Cómo que no sabe quién es? ―preguntó Feliks escandalizado. Se giró a los demás y les preguntó seriamente―. ¿Qué ha pasado?
―Se le cruzaron los cables y pretendió matarnos a los tres ―explicó Govert con indiferencia―. Nos quiso echar un hechizo desmemorizante pero no le salió como esperaba.
―¿Cómo que pretendió mataros?
―Al parecer no es más que un farsante ―dijo Gilbert, acercándose a él, mirando con recelo al profesor―. Hacía creer que escribía los libros tras conseguir los testimonios de quienes realmente lograban tales hazañas.
―¡Imposible!
―Nos lo dijo él mismo ―afirmó Gilbert―. Al parecer sabía qué era el monstruo que había aquí. Toño y yo fuimos a decirle que sabíamos llegar y entonces se rajó, contándonos la verdad. Así que le obligamos a venir y el resto ya lo sabes.
―Pues vaya decepción ―murmuró Tino, mirando con tristeza a Lockhart, quien murmuraba cosas sobre lo extraño del lugar y les preguntaba cosas que ninguno se dignaba a responder (a excepción del mismo Tino, que le decía con paciencia que no vivían ahí y que él era profesor).
―¿Alguno ha pensado en cómo vamos a salir de aquí? ―preguntó entonces Govert.
―Tenemos un fénix, será suficiente ―intervino Feliks, quien miraba al ave con brillo en los ojos.
―¿Cómo que será suficiente? ―preguntó Antonio, sin entender.
―Los fénix pueden soportar mucho peso ―aclaró Tino, tímidamente.
―No pienso dejar que un pájaro me lleve de vuelta al castillo ―se negó el Ravenclaw en rotundo.
―Pues aquí te quedas ―Féliks se encogió de hombros, acercándose al fénix.
―Quizás Feliks tenga razón ―le apoyó Gilbert―. Yo me fío del pájaro este.
―Yo también ―sonrió Antonio.
Govert le miró con cara de circunstancias, pero no se volvió a quejar. De esa manera llegaron de nuevo hasta los baños de las chicas y Gilbert murmuró en pársel otro ciérrate, sellando de nuevo aquella gran abertura en el suelo.
―¿Qué hacemos ahora? ―preguntó Antonio, quien parecía tener ganas de más aventura.
―Tú te vas a tu dormitorio ―le ordenó Govert. Al ver que iba a protestar, se apresuró a añadir―. Soy prefecto, Antonio, y recuerda que puedo quitarte puntos por desobedecerme.
―Pero eres mi novio, compórtate como tal ―se quejó el Gryffindor, sin importarle que hubiera más gente ahí escuchando.
―¿Son novios? ―preguntó Feliks al albino en un susurro.
―¿Tú tampoco te lo crees? No pegan en absoluto ―confirmó Gilbert, chasqueando la lengua.
Feliks les miró entonces con desagrado, dando un codazo a Antonio al pasar por su lado.
―¿Qué te pasa ahora? ―preguntó Gilbert al notar esa actitud, siguiéndole.
―Olvídalo ―el rubio rodó los ojos.
―Espera ―le paró Gilbert, tomándole del hombro―. Hay que ir a hablar con Dumbledore.
Feliks tragó saliva forzosamente, pero no se opuso. El camino hasta el despacho de Dumbledore fue eterno, al menos para Tino y Feliks, quienes temían por la reacción del director.
―Es comprensivo ―les dijo Antonio, intentando tranquilizarlos―. Además, tampoco es que haya sido vuestra culpa directamente; no erais vosotros.
Tino iba prácticamente llorando, silenciosamente, murmurando que si le expulsaban sería lo peor que le hubiera pasado jamás y que deshonraría a toda su familia. Feliks iba mirando al suelo, perdido en sus pensamientos. Al notarlo, Gilbert se acercó a él.
―Todo va a estar bien ―le susurró, sonriéndole de manera confiada para infundirle ánimos―. Después de todo la culpa es solo de Eikki.
―Pero yo la cagué cogiéndole el diario a Tino ―murmuró, sin apenas mirar a su amigo.
―Es que eres muy cotilla, joder. A ver si esto te sirve de lección. Pero, quitando eso, no has hecho nada malo.
Feliks le miró con tristeza pero no dijo nada más. Acababan de llegar delante de la gárgola del despacho del director, y ya no había vuelta atrás. Tenía que enfrentar las consecuencias de sus actos.
