11.-Bajo la Lluvia
En la mañana del 24 de diciembre Peridot se despertó de la cama con una extraña sensación de felicidad.
En las semanas anteriores se había encontrado decaída; había necesitado algunos relajantes y aspirinas para poder dormir y soportar tener que ir al hospital.
Vaya que odiaba ese maldito hospital, sin embargo por alguna razón, en la mañana de noche buena, la rubia sintió que aquel sería un gran día para ella. No era que la navidad fuera su época favorita del año, simplemente necesitaba darse ánimos.
Tenía todo el día planeado: hoy no iría al hospital; en su lugar, iría a comprar algo de desayunar a su cafetería favorita, luego daría un paseo por la ciudad -siempre era interesante pasear en esa época. Siempre le gustaba ver los adornos de las calles, el nacimiento que se encontraba en el ayuntamiento y por supuesto el Santa Claus gigante del centro comercial- y al final se pasearía un rato por la plaza central, en esas fechas normalmente era adornada para la época y tenía que admitir que le parecía hermoso, en especial ese árbol de navidad gigantesco, que se alzaba en el centro de la plaza, como si diera la bienvenida a todos los que pasaran por ahí.
Había decidido que aquel día no lo pasaría llorando y hablando con alguien que probablemente no la escuchaba. No es que no quisiera, es que no podía hacerlo, al menos no ese día en el que se levantó tan contenta. No recordaba la última vez que estuvo tan optimista.
-¿A quién engañas? Sabes que sí lo recuerdas -era de nuevo esa voz, tenía que callarla inmediatamente.
Peridot se dirigió al baño y se dio un unto de agua fría en el rostro. Eso siempre callaba a la voz, y esa vez fue igual que siempre.
Esa voz la quería confundir, quería que volviera a ser la de antes, cuando aún no conocía a Amatista; cuando pensaba que era alguien sin valor en este mundo.
Aún creía eso, pero ahora sabía que nadie tiene valor. Ya había superado eso, ya no era una niña. En ese momento tenía que ser fuerte, tenía que mantener una actitud feliz, al menos por hoy, porque si no lo hacía se volvería a derrumbar, como era siempre que iba al hospital. No quería llorar más, si lo hacía probablemente terminaría de vuelta en ese pozo oscuro.
Se secó la cara. Miró el espejo que estaba frente a ella y trató de forzar una sonrisa para darse ánimos. No funcionó, dio un suspiro y decidió que era hora de salir; se cambió la ropa de dormir y salió a la misma cafetería de siempre.
-Y dime ¿desde cuándo es la misma cafetería de siempre? -solamente ignoró a la voz.
Se tardó un poco más de lo normal desayunando; no quería apresurar el día. Incluso se dio el lujo de comerse dos rebanadas de pastel. Cuando terminó su desayuno, sacó su teléfono y miró la hora, eran las 10:30 de la mañana, todavía tenía mucho tiempo, entonces creyó que lo mejor sería dar una vuelta por el lugar, era un día perfecto para hacerlo, no hacía demasiado frio ni había salido aún el sol. Todo estaba marchando bien.
Estuvo un rato deambulando por las calles, admirando los adornos de algunas casas. Le sorprendía que incluso los hogares que parecían más pobres tuvieran al menos algunas luces en sus techos.
-A lo mejor debí haber puesto algunos adornos navideños -dijo para ella misma.
Lo estuvo pensando un momento y se le ocurrió una idea. Fue a la tienda más cercana y compró algunas luces, una corona para la puerta y un muérdago. Este último decidió comprarlo a última hora, después de habérselo pensado unos quince minutos. Después volvió a su casa y con la ayuda de una escalera colgó las luces en el techo, después puso el muérdago en el umbral de la puerta de entrada y al final puso la corona.
Nunca había puesto adornos navideños, pero al encender las luces que cambiaban de verde a rojo, luego de rojo a azul y por último de azul a amarillo la hizo sentir muy feliz, y pensó que, en efecto, ese día estaba siendo algo relajante y necesario para ella. Y lo siguió pensando mientras se bañaba para volver a salir.
Cuando salió del baño, tomó su teléfono y vio la hora, ahora eran las 4:30. Le daba tiempo de salir para comer algo antes de que las luces se encendieran en toda la plaza. Al salir, pensó que quizá debía ir en coche, pero al final decidió que sería mejor ir caminando a alguna cafetería cercana o quizá un restaurante de comida rápida. Al final decidió que iría a ambos lados, primero comería una hamburguesa y después iría por su segundo café del día.
Sus fondos habían estado subiendo mucho en las últimas semanas, porque cuando no estaba llorando en el hospital o abrazando una almohada, se ponía a dibujar. Ahora tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo. Al principio pensó que sería incapaz de hacer siquiera un boceto, pero cuando tomó la pluma de su tableta y empezó a trazar líneas no se sentía diferente a antes, de hecho, por momentos se olvidaba de Amatista. Sentía que nada había cambiado.
-Es porque nadie tiene valor, ¿recuerdas?
Fue cuando escuchó la voz por primera vez. Era una voz familiar. Le causó un escalofrío, se dio la vuelta en un acto reflejo, creyendo que la persona que le habló estaba en la habitación. Se sintió tonta, comenzó a reír mientras secaba una tonta lágrima que se le escapó. Era la voz de Amatista. Luego de aquella vez, la voz se presentó incontables veces en el transcurso de aquel tan frío triste como lo era diciembre. Era desolador escuchar su voz, repitiéndole cosas que eran una mentira, burlándose de ella por no ser honesta. No podía pensar que aquello era menos que un castigo, porque seguía creyendo que su estado era culpa suya.
Recordó lo que le dijo a Lapis.
-Quizá vio tu número .
Todavía se preguntaba si había sido eso, si fue su número el que causó su actual situación. También pudo haber sido aquel dibujo, el que hizo el día que conoció a la ojiazul. Era tonto creerlo, pero cabía la posibilidad de que Amatista comprendiera el significado de aquella imagen. Eso le aterraba.
El dibujo era bastante simple. Un chica bajo el mar, llorando mientras que arriba, sobre el oscuro y desolador lugar había una luz verde. La chica miraba hacia arriba, con unos ojos llorosos pero brillantes, como si aquella luz fuera el consuelo que tanto esperaba.
Peridot se sacudió la cabeza, debía dejar de pensar en ello. Al menos por hoy.
Llegó a la cafetería. Antes de entrar vio un vistazo por dentro, repasando con la mirada el lugar.
-No te rindes ¿eh? -siguió ignorando la voz. No era tan grave cuando decía esas cosas, después de todo ella sabía que las cosas que decía no eran verdad.
Luego de haber terminado de comer, se dirigió al ayuntamiento para poder observar el nacimiento que se colocaba ahí cada año desde 1912, según decía el cartel informativo que estaba justo enfrente de ella. Mientras veía al niño Jesús al lado de María y José, pensó en cómo habría sido su vida si hubiera nacido en esa época.
-A lo mejor me crucificaban -se dijo y luego empezó a reír mientras bebía el último trago de una lata de refresco.
La gente a su alrededor eran todos familias y parejas, la hacían sentir rara, como si no encajara ahí, comenzaba a sentirse triste. Estaba a punto de borrar su sonrisa causada por su propio comentario, cuando de pronto sintió vibrar su celular. Era el recordatorio de que las luces de la plaza comenzarían a encenderse.
Mientras caminaba por la avenida central, fue recordando cómo había sido su navidad pasada con Amatista. No fue diferente a ese momento; habían estado fuera todo el día comiendo en la calle, viendo los adornos y visitando el centro comercial para escuchar los villancicos que ponían como música de fondo. Luego, al anochecer fueron a esa misma plaza, donde admiraron las luces que estaban regadas por todo el lugar, aunque admirar no era la palabra correcta, la verdad no les prestó mucha atención porque estaba más enfocada en besar a Amatista que en otra cosa. Sintió que ella misma se clavaba una estaca en su corazón, por permitirse recordar esas cosas en esos momentos.
Se puso cómoda en una banca y esperó a que el árbol encendiera sus luces a la vez que recordaba a Amatista y su sonrisa, sus jugueteos, su cabello maltratado y el tacto de su mano con la suya mientras estaban sentadas en esa misma banca. Pensó en como las cosas a su alrededor no habían cambiado para nada, sin embargo ellas sí que habían cambiado. Observó cómo el árbol comenzaba a prender sus luces e involuntariamente, a pesar de emplear todas sus fuerzas para evitarlo, las amargas lágrimas rodaron por sus mejillas, que eran camufladas por las primeras gotas de lluvia.
Eran las 7:00 de la noche.
Ya había oscurecido.
Y la lluvia comenzaba a arreciar.
Habían pasado 11 días desde que Lapis fue a la casa de sus padres. Desde entonces, Jasper se había comportado de buena forma, ya ni siquiera se veía molesta por el hecho de no poder tener sexo. Había vuelto a ser la misma de antes. Por lo menos, eso quería aparentar, eso quería ser.
Era 24 de diciembre, mañana de noche buena. Ese día Lapis comenzaría sus vacaciones. Eran 5 días de descanso pagados. En realidad no le apetecían, pero era política de la tienda descansar a por lo menos 3 trabajadores cada época festiva y esta vez le tocó a ella.
-¿No puede ser alguien más? -le había preguntado al gerente el día anterior, rogando que cambiara de opinión.
-No, lo siento. Podría hacerlo, pero los otros trabajadores ya pidieron otros días. Topaz, Sadie y Lars pidió año nuevo; y Jamie, Kevin y Ágata me pidieron los días de semana santa. No puedo negárselos, todos tienen aquí el tiempo suficiente para pedir sus días de vacaciones, lo siento.
-Ya veo -dijo Lapis rendida.
Ella no lo entendía, ¿cómo es que nadie quería pasar sus vacaciones en navidad?, entendía que la mayoría de sus compañeros eran de su edad y que no tenían familia ahí porque solo estaban estudiando. Pero al menos podrían ir a visitar a sus familias.
-Tú también podrías -se dijo.
Se sacudió la cabeza, suspiró y se resignó a su destino.
En la mañana de ese día, Jasper le llevó el desayuno a la cama y le dijo que se pusiera su mejor ropa y el pasador de mariposa que tanto le gustaba. Cuando Lapis le preguntó el por qué ella simplemente le contestó con una sonrisa. Así que sin alguna otra opción, empezó a escoger su ropa, luego se dio un baño y se preparó para lo que sea que hubiese preparado Jasper.
A las 4:30 de la tarde, ambas ya estaban arregladas, la morena todavía no le decía a la peliazul que era lo que tenía planeado para ese día. Tampoco es que le importara mucho. Últimamente Lapis era muy indiferente a los gestos que hacía Jasper por ella; desde llevarle el desayuno, acompañarla y traerla del trabajo, hasta poner sus programas y películas favoritas. Todo era a sus ojos, una enorme disculpa por su comportamiento del día anterior. ¿Acaso había perdón para aquello? No lo sabía. Para Lapis, lo importante era no quedarse sola, tenía miedo de estar tan sola. No se había dado cuenta de eso, hasta que fue a la casa de sus padres. Todo había cambiado, y ella no era la excepción.
Cuando estaba a punto de subir al auto, Jasper la detuvo y le dijo que irían a pie. No sabía muy bien sus motivos pero no le puso objeción, además ella también tenía ciertas ganas de caminar.
En todo el camino ambas intentaron hacer plática, pero ninguna de las dos podía, cuando una decía algo la otra respondía y hasta ahí llegaba la conversación. Lapis no recordaba ese sentimiento de incomodidad desde que Amatista fue a visitarlas.
De repente, Jasper se detuvo en frente de un restaurante bastante elegante.
-Bien, es aquí -le informó.
-Vaya, parece muy exclusivo -dijo sorprendida.
-Lo es, pero conozco a alguien que me hizo una reservación.
Nada más al entrar, una empleada les preguntó sus nombres y si tenían reservaciones, Jasper le dijo su nombre y la señora las guió a su mesa.
Fue una cena muy deliciosa, pero demasiado silenciosa para el gusto de ambas, la mayoría del tiempo se limitaron a comer o decir uno que otro comentario acerca de la comida. Todo era demasiado incómodo y bastante aburrido para su gusto. Mientras esperaban el postre, Jasper le hizo una seña con la mano para que se acercara más a ella.
-Al salir te tengo una gran sorpresa ¿sabes? -lo susurró en el oído con una gran sonrisa.
Cuando terminaron el postre, Jasper pidió la cuenta rápidamente. Se veía un poco nerviosa, golpeaba la mesa como si fuera una batería con los dedos y se acomodaba el escote como si fuera un tic nervioso. Luego de pagar la cuenta, tomó a Lapis de la mano y la llevó casi arrastrando hacia la salida, se le veía toda agitada y nerviosa.
Al salir del restaurante, caminaron hasta la acera y ahí Jasper se paró, luego se arrodilló en frente de Lapis y se buscó algo en su bolsillo. Era una caja, y al abrirla le mostró un anillo.
-Lapis, cásate conmigo -aquella frase fue acompañada por las pequeñas gotas que comenzaron a caer del cielo, que empezaba a oscurecer lentamente.
Lapis no sabía que decir ni que hacer, puso sus manos en su boca, formó una sonrisa y comenzaban a brotarle lágrimas. Comenzó a pensar en todos los momentos felices que habían pasado juntas, solamente que no recordó ninguno. Recordaba lo molesta que era por chat contradiciéndola, recordaba que por su culpa bajaron sus calificaciones en la escuela, que por ella se fue de su casa, y recordó que casi la violaba hacía apenas veinticuatro horas. Y de pronto su sonrisa desapareció, y sus lágrimas se transformaban en rabia, una tan fuerte que, después de un tiempo ni siquiera pudo creer que había sentido algo similar.
-No puedo hacerlo.
Intentó salir corriendo pero fue sujetada del brazo.
-¿Cómo que no puedes? ¡Acaso piensas que soy una mascota o un juguete con el que puedes jugar y luego desechar! -la mirada de Jasper era la de una persona desdichada, las lagrimas comenzaban a asomarse por sus ojos. Lapis nunca la había visto llorar.
De pronto Lapis sintió una profunda lástima por ella, dejó de intentar liberarse de su agarre y la vio a los ojos.
Jasper vio de nuevo esa mirada. Esos ojos que eran azules pero se veían como el más oscuro de los pozos. Esos ojos que se sentían como navajas apretando su cuello en la noche oscura, amenazando con romper su cordura. No podía soportar seguir viéndola. La soltó. Pero ella no se fue. Seguía ahí, mirándola. Sus ojos color miel vieron esos ojos azules que no lloraban pero transmitían la mayor de las tristezas.
Lapis tomó las manos de Jasper, que le habían dado y quitado tanto, mientras se seguían viendo a los ojos.
-Lo siento Jasper, pero nada es para siempre.
Luego se dio la vuelta y salió corriendo, cruzando la carretera. Esquivó los coches, uno de ellos casi la atropella. No notó al conductor que le gritaba varios insultos, sólo quería correr. Y corrió aún más mientras la lluvia comenzaba a arreciar, no tenía idea de a dónde iba, sólo corrió recto.
De pronto, se vio inundada por luces. Se encontraba en la plaza central. La luces eran muy hermosas, en especial las del gran árbol, que seguramente se podría ver desde muy lejos.
Se detuvo.
Dejó de huir, pero no estaba segura si lo que la perseguía la había alcanzado.
Ahora simplemente caminaba alrededor del árbol gigante. De pronto vio a alguien sentada en una banca, sola, bajo la lluvia. Lapis se quedó mirando un poco más hasta caer en cuenta que era alguien conocida. Era Peridot; ya era la única persona que quedaba ahí. Sus ojos verdes resaltaban a través de la oscuridad y las gotas de lluvia que eran cada vez más.
Lapis se puso frente a ella y la saludó. Ella volteó su cabeza y dio un pequeño salto al verla, pero le devolvió el saludo. Lapis se sentó junto a ella. Conversaron bajo la lluvia alrededor de una hora, aunque ellas sintieron que fue menos, contaron el cómo habían llegado a ese lugar. Primero fue Peridot y luego Lapis. Cuando la última terminó, la rubia derramaba lágrimas.
-Vaya, eres muy sentimental -dijo Lapis sorprendida.
-Ja, sí, eso parece -respondió la rubia sonriendo de lado.
-Vamos, dilo -le dijo la voz
-No quiero -le respondió Peridot
-Claro que quieres, es tu sueño -contestó.
-¡No es verdad!
-HAZLO.
-¡Bien! -gritó en voz alta, de repente se cubrió la boca y miró a la chica que estaba a su lado, la cual la miraba de una manera extraña, entre divertida y confusa, le hizo tornarse de un tono carmesí.
-Este, hem, como decirlo, ¡si quieres puedes quedarte en mi casa! -volvió a gritar.
Lapis la miraba extrañada, pero le divertía la actitud de la pequeña chica. Era una rara combinación entre una niña excéntrica y tímida.
-Entonces aceptaré tu oferta -dijo sonriendo-, muchas gracias, ¿y qué tal si nos vamos ya de aquí? Si seguimos bajo la lluvia mañana de seguro enfermaremos -le dedicó otra sonrisa.
Peridot se ruborizó.
-¿Ves que no era tan difícil?
Fue la última vez que Peridot oyó alguna voz.
Eran las 9:00 de la noche.
La lluvia dejó de caer.
