Advertencia: Este fanfic tiene contenidos a cerca de política.


Capítulo X:

"Traición y deseo"


—Dos de Abril…—susurró en plena mañana frente al calendario que tenía colgando de una de las paredes de su habitación— dos de abril de 1982… y parece que fuera ayer cuando era libre, feliz… verlo sin que nadie ande jodiéndote con ironías macabras.

Sonrió apesadumbrado. Sus ojos se desviaron de las hojas con números y se fijaron en el espejo pequeño que tenía a un lado. Arregló un poco su cabello rubio, ordenándolo luego de haberlo secado. Sus botas militares, el uniforme; todo lucía como debía. Aunque no dejaba de ser extraño: Argentina no era una nación formal. Para nada. Le molestaban esas situaciones de extrema formalidad, en las que juntarse con sus hermanos y sus tíos europeos eran asuntos de negociaciones frías y no jornadas de risas como lo eran hace siglos.

Estaba nervioso, y temía que aquello le jugara en contra. En ese día se definía absolutamente todo. Ese día su corazón albiceleste tomaría el verdadero rumbo hacia el corazón tricolor de su vecino; mas estaba, a pesar de todo; confiado. Argentina confiaba en Chile, ahora más que nunca. Y es que lo del día anterior, aquel encuentro, el juramento, no podía tomarlos como acciones banas ni intentos baratos de preservar lo que el chileno temía perder. Eso era ridículo, bien sabía el argentino que Chile no era así. Y prefería pensar eso antes que martirizarse con ideas no basadas en absolutamente nada, salvo mentiras británicas.

Bajó al primer piso de la Casa Rosada, yendo inmediatamente a la puerta principal, saliendo de su hogar. Estaba listo para recibir a Estados Unidos, Canadá, Francia…

A Inglaterra y a Chile. Al resto de sus hermanos. O a la mayoría por lo menos…

Los militares y los ministros le hacían compañía, con la vista siempre fija en la carretera en la que prontamente aparecerían los vehículos de las otras naciones. Mas parecía ser que sólo él era el real interesado. Su superior tenía el semblante neutro, indiferente… sus ministros no eran demasiado diferentes. Eso lo irritó un poco, pero prefirió no darle importancia a cosas tan, en ese momento, triviales.

Había otros asuntos de los que preocuparse. Sí, lo demás no tenía importancia alguna.

Sólo quedaba esperar.


—¡Vámonos ya, demonios! —gritó un desesperado Inglaterra enfrente de las dos naciones del Nuevo Mundo por tener que esperar a un francés obsesionado con su apariencia.

—Aún queda mucho para llegar a tiempo—dijo Canadá, tímido como siempre.

—No me gusta llegar justo a la hora—informó irritado—. Soy puntual, deberían saberlo a estas alturas.

—No estamos en Inglaterra, Arthur—dijo Alfred, colocando en su lugar a Reino Unido—. Esperemos a Francis diez minutos. Si no está listo en ese tiempo, nos vamos.

Kirkland chistó molesto. Caminó hacia la puerta olvidándose del asunto y odiando con toda su alma a Francia—o al menos más de lo normal—.

Pasaron los diez minutos que Jones sentenció y Bonnefoy apareció de repente.

—¿Por qué te demoraste tanto? —preguntó Canadá, sin hacer cambiar ni un poquito su tono de voz.

—Estaba arreglándome. No me gusta salir desaliñado a la calle, menos en un continente en el que no ven una nación como yo todos los días—contestó orgulloso. Inglaterra rodó los ojos y abrió la puerta, invitando a todos los demás a salir del condenado hotel para dirigirse a la Casa Rosada.

El recorrido no duró más de 20 minutos. Las cuatro naciones más poderosas de la Organización de Tratado del Atlántico Norte volvieron a pisar tierra argentina. Gran Bretaña se dirigió directamente hacia la ex colonia española, saludando con cortesía. Martín respondió al gesto sólo por protocolo.

—Qué gusto verte, Argentina—ironía. Ya se le hacía extraño al argentino no escuchar ese tono.

—Lamento no poder decir lo mismo—y el mismo tono. Arthur no pareció molestarse, todo lo contrario…

Francia y Canadá se le acercaron a saludarlo. Con ellos fue más cordial, dándoles la mano con una sonrisa. Se sorprendió al ver que Francia seguía igual que hace siglos, con su mismo aire seductor. Argentina rodó los ojos con simpatía mientras sentía el abrazo de su tío francés, haciéndole un melodrama por haberlo dejado de ver por tantos años. Canadá esperó paciente a que terminara el show del galo, y le dio la mano. Nunca había tenido demasiada confianza con aquel norteamericano, pues lo encontraba demasiado parecido—físicamente, claro— a Alfred, cosa que a pesar de no ser culpa del canadiense, lo intimidaba.

Y allí faltaba Jones. Parado frente a él, al lado del británico, insultándole con los ojos. Le dio la mano de forma fría y demasiado falsa, invitándolo a pasar. Iba a encaminarse detrás de él cuando Inglaterra lo tomó del brazo con disimulo, besándole fugazmente la mejilla.

—¡Soltáme! —gritó, sintiendo los fríos labios británicos sobre su piel. Sintió que el calor se acumulaba en aquella zona de su rostro, haciéndolo sentirse totalmente avergonzado.

—¿Por qué debería hacerlo? —dijo el europeo—Ya todos entraron, incluso tu superior y tus ministros. No sería malo que me dieras otra clase de bienvenida

La sangre le hirvió. —Sos un…

Angleterre! ¡Entra ya! —la aparición de Francia en la puerta interrumpió el rosario que se vendría a continuación. Lo agradeció a pesar de todo, no quería empezar con el pie izquierdo en ese día tan decisivo.

El mencionado soltó el brazo argentino y se encaminó hacia adentro, siendo guiado por los ministros que lo esperaban dentro de la casa. Hernández se quedó fuera esperando a quien más le importaba ver.

Y allí lo vio llegar en su vehículo. Sonrió ampliamente, contentísimo de volver a verlo.

El pecho chileno volvió a encogerse cuando observó a Martin con la enorme sonrisa, sabiendo que aquel gesto tan tierno era provocado por él. La culpa lo asechó, lo devoró. Dudó si es que no se desmayaría en plena reunión…

Aunque ver de nuevo al rubio latino, entretanto, dibujó también una sonrisa. Una sonrisa alegre y al mismo tiempo tremendamente triste.

Bajó de su auto y se dirigió a él, saludándolo con cortesía. Argentina se olvidó del mal rato con Inglaterra y Estados Unidos, concentrándose solamente en ese adorable ser que tenía enfrente. Respondió al estrechamiento de mano y acercándolo repentinamente a él le susurró al oído.

—Si no fuera porque estamos aquí y porque todos nos miran, te saludaría como mis deseos me exigen hacerlo…

Chile se sonrojó sin remedio. Movió su cabeza suspirando por lo dicho y miró a Martin con cara de resignación.

—Tú no tenís remedio…

—Ya lo sé, boludito mío…

Pronto llegaron Perú, Uruguay, Bolivia, Paraguay, Ecuador… saludándose todos. Perú, Bolivia y Chile con cierto grado de tensión, pues aún quedaban abiertas viejas heridas. Argentina quiso ponerle fin a esas miradas entre Miguel, Julio y Manuel; invitándolos a entrar.

Se sentó cada uno en un asiento de la gran mesa redonda de la sala principal de la Casa Rosada. Argentina se sentó entre Chile y Uruguay. Inglaterra justo en frente de Chile, Estados Unidos en frente de Argentina. Francia al otro lado de Gran Bretaña y a su costado Canadá.

Estaba todo listo para comenzar.

El corazón chileno se aceleraba sin remedio. Cerraba los ojos intentando calmarse, queriendo huir de allí, huir de la mirada lasciva de Inglaterra enfrente suyo… ¡Ya no soportaba ese silencio infernal!

—Bien Martín, comienza tú—dijo Reino Unido, sin dejar de mirar con deseo al chileno.

Argentina lo ignoró y sólo comenzó a hablar.

—Para empezar, no quiero que esto sea una reunión como todas las que tenemos. Esas que hablan de negocios egoístas y de relaciones políticas hipócritas. Seré claro con mis dichos. No quiero que ninguno de nosotros sea ambiguo al expresarse. No quiero insultos camuflados por palabras cultas y bonitas. Esto se ha hecho con un objetivo, sólo uno. Y es el caso de mis islas: Las Islas Malvinas…

Chile palideció, moviendo frenéticamente las piernas bajo la mesa.

—Corrección—intervino Inglaterra—. Se llaman The Falklands Islands.

Argentina volvió a ignorarlo olímpicamente, aunque conteniendo las ganas de romperle la cara a patadas.

—Da igual como se llamen—dijo Ecuador de repente.

—¿Qué sucede con las islas? —Intervino Uruguay, un tanto tenso.

—Las Islas Malvinas tienen una posición estratégica. Son consideradas un punto geográfico importante que serviría de abastecimiento para quien las tome, gracias a la cercanía que poseen con el continente antártico. —informó Argentina.

—Y alguien quiere quitártelas por esa razón—infirió Sebastián.

—Exactamente—respondió Martín, mirando a Inglaterra.

—Quitarlas suena feo. Mal que mal, esas islas no te pertenecen oficialmente. Te recuerdo que hasta hace poco era mi gente la que las habitaba—volvió a hablar el británico.

—Eso no quiere decir que sean tuyas—contra atacó el argentino.

La situación se volvía tensa. Demasiado tensa.

—Tampoco tuyas—insistió el europeo.

—Pertenecen a Argentina por mera cercanía al continente—dijo Bolivia.

—O sea que Irlanda puede pertenecerle a Inglaterra por mera cercanía a Reino Unido—intervino Francia, quien sorprendió a Gran Bretaña por haberlo hecho a su favor.

—Irlanda es un país. Las Malvinas son sólo islas—contraatacó Paraguay—. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

—¿Y si las Malvinas fueran un país no sería lo mismo? La cercanía a una nación o a un continente no determina la soberanía de esas islas—insistió el galo.

Estados Unidos se mantenía al margen de la situación al igual que Chile. Aunque el primero no parecía estar interesado, el segundo estaba pálido como el papel.

Argentina se entristeció al darse cuenta de la posición de Francis.

"Vaya que te gusta beneficiarte del conflicto ajeno, tío Francia…" Pensó con aflicción.

—Sea como sea no voy a entregarle mis islas a Inglaterra tan fácilmente. Si las quiere de verdad que luche por ellas. No le tengo miedo. —dijo firme el argentino, intentando poner fin a las tensas palabras entre Bolivia, Paraguay y Francia, volviendo a hacerlos concentrarse en el real problema.

—¿Crees que me faltará valentía para luchar contigo, Martín? —Dijo el británico—. No estoy solo en esto, ¿sabes?

—No, no lo sé. Pero lo que sí sé es que yo tampoco lo estoy.

—Claro que no lo estás, Martín—dijo Perú, dándole el apoyo a su hermano latinoamericano—. Yo voy a ayudarte.

—Yo también—dijo Uruguay, mirando a su vecino. Chile se percató de ello, dándose cuenta de cierto tinte especial dibujado en los ojos de Sebastián.

—Y yo—intervino Ecuador.

—Gracias, che—dijo el argentino de la forma más sincera que podía.

Y Chile… en total silencio. Tenso como mil situaciones de ese tipo.

—¿No ves, Arthur? —Volvió a hablar Hernández—Yo tengo a mis hermanos. ¿Vos a quién tenés? —dijo amenazante y burlista.

Kirkland rió irónico.

Allí terminó la paz del chileno.

—¿De verdad quieres saberlo?

González casi siente morirse.

—¡Claro, che! —reclamó.

Inglaterra sólo miró a Estados Unidos, quien asintió indiferentemente al británico.

—¿Norteamérica? —dijo Argentina, ofendiendo un poco a Canadá quien seguía indiferente—. ¡No será suficiente! ¡Necesitarías soldados por mil y armas a toneladas!

Inglaterra rompió aún más la tensa calma chilena, mirándolo otra vez.

Su entorno se quebró, derribándose sobre él. Los ojos verdes europeos gritaban que ya no había vuelta atrás.

Estaba condenado. No había escapatoria.

Todo había terminado. Ya no más… estaba a la puerta de la utopía.

Un solo paso y el sueño se derrumbaría sobre él.

—Chile, has estado muy callado en toda la reunión—acusó Perú. Manuel no supo si lo dijo con segunda intención o sólo por curiosidad.

González lo miró desconcertado. Hernández frunció el ceño, asustado.

—Chile… ¿estás de mi lado también, verdad? —preguntó Argentina, con un hilo de voz. El silencio del chileno era intimidante, amenazante.

Miró a Martín, y sus ojos terminaron por destruirlo.

—Contesta, Chile—dijo Estados Unidos. Eso acabó por sumirlo en lo que menos quería hundirse: un horrible cargo de consciencia gritándole a cada momento que era un mentiroso, que era un traidor.

—No dejes a Argentina con la pregunta hecha, González—intervino Inglaterra, captando la mirada nostálgica y nerviosa del chileno.

No. No había nada más.

"Perdóname Martín…"

Ante la atenta mirada de Gran Bretaña, se dedicó a hablar por primera vez en todo el rato que llevaba la reunión.

"Perdóname…"

—¿Manu…?—Argentina estaba destruido.

"Por favor… perdóname…"

—No Martín—Inglaterra sonrió triunfante alzando la cabeza. El corazón de Chile se detuvo y Argentina sintió el propio romperse en mil pedazos…—Yo apoyaré a Reino Unido.

Lo dicho, dicho estaba. El curso de su historia, de su espíritu… cambió para siempre a partir de ese momento.

—¿Q-qué…?—Las lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos verdes, sin poder creer lo que escuchaba.

—Lo que oíste, Argentina…

El cielo pareció caer sobre los hombros del rubio. Las gotas cayeron por sus mejillas, sus piernas flaquearon, su cerebro corría de un lado a otro no dejándolo pensar. Su corazón no le respondía.

—No… no… ¡No puede ser! ¡Me dijiste que me apoyarías! ¡ME LO JURASTE, MANU! —Ya no pudo hacer mucho por controlarse, yendo de inmediato hacia el chileno dispuesto a hacerlo despertar.

Queriendo regresarlo a la utopía…

—Te mintió—dijo Inglaterra, tremendamente odioso. Se colocó entre Argentina y Chile evitando que el rubio más joven pusiera las manos encima de Manuel.

—¡VOS NO TE METÁS! ¡EL ÚNICO CULPABLE DE ESTO SOS VOS! —Gritó, desesperado. Las lágrimas parecían tener vida propia huyendo de sus párpados rebeldes, escapando de los orbes verdes de todas formas. —¡SI VOS NO HUBIERAS APARECIDO OTRA VEZ NADA DE ESTO ESTARÍA PASANDO!

—¡Calmate, Martín! —dijo Uruguay sosteniéndolo por la espalda, intentando evitar que ya le llenara la cara de golpes al británico—¡Tranquilo!

—¡SOLTAME! ¡NO TENÉS IDEA DE LO QUE ESTO SIGNIFICA! —Bramó intentando soltarse del agarre uruguayo—¡ERES UN HIJO DE PUTA, ARTHUR! ¡OJALÁ TE PUDRÁS EN EL INFIERNO!

Chile sólo retenía como podía las ganas de llorar. No podía hacerlo…

—Supongo que ahora estás feliz—dijo Bolivia a Chile, más enojado que nunca.

Manuel sólo guardó silencio ante ese atrevimiento. No tenía energías para librar otra batalla en contra de Julio. No en ese momento…

No en ese MALDITO momento…

—¿Quién ríe ahora, Argentina? —Inglaterra… ¡Cómo detestó a Uruguay en ese momento por sostenerlo con tanta fuerza! —Chile será mi aliado más fiel. Sus costas son mías. Estarás rodeado; la Cordillera que compartes con él será tu mayor perdición. El Atlántico terminará por destruirte.

—¡CERRÁ EL PICO! —Gritó, librándose por fin de Sebastián. Caminó hacia Chile apartando con brutalidad al inglés, lo agarró de su uniforme haciendo que estuviera de pie frente a los ojos verdes—Chile… Manu… boludito mío… Por favor, despierta… ¡MANU!

"Perdóname…" le dijo en su mente. No podía hablar, moverse, mirar a Argentina como quisiera. Hacerlo significaba demasiado.

Pero sólo lo miró, y Argentina juró que nunca en su vida había visto los ojos miel tan vacíos como en ese momento.

Ni los labios, ni los ojos ni su cuerpo decían absolutamente nada. Parecía que entre sus palmas sostenía el rostro de un muerto y no de quien más amaba en el mundo.

"Perdóname…"

—¡Chile…! ¡Amorcito lindo! ¡Decíme que Inglaterra miente! ¡Decíme que no me mentiste! ¡DECIME QUE ME AMAS! —Ver a Martín desesperado era demasiado tortuoso. Verlo llorar así por su culpa… ¡Por culpa de quien tanto odiaban ambos!

—¡Basta, Martin! ¡No te tortures!—dijo Uruguay detrás de él.

Argentina no se molestó por eso.

Verde nostálgico. Para Chile, la peor pesadilla de todas.

Sólo lo miraba pero no podía hacer absolutamente nada por él. Sólo mirarlo con los ojos miel vacía. Con la miel amarga y que nada tenía de esa dulzura que a Argentina solía embriagarlo en esas últimas noches en las que compartían todo lo que tenían. Conversaciones, caricias… Sólo mirarse significaba una tranquilidad. Pero ahora… Los ojos perdieron su belleza, su gracia…

—Perdóname…—lo único que podía decir era eso. Ni siquiera alcazaba a ser un susurro. La voz del chileno estaba tan debilitada que el argentino creyó que un pajarito había piado en el exterior de la Casa Rosada— Por favor… perdóname…

Y cuando Argentina menos lo esperaba, un recuerdo asechó sus pensamientos torturándolo de la peor forma.

Tanto que te preocupás por Chile, Argentina. No sé ni me importa qué clase relación tenés con él, pero sólo espero que toda esa preocupación valga la pena, y no termine saliéndote el tiro por la culata.

"Él tenía razón…"

Come on, Chile. ¿Pides perdón por actuar inteligentemente? —Inglaterra se burló de nuevo. Los ríos carmesí que corrían debajo de la piel argentina intensificaron su velocidad. Estaba furioso, y juró que jamás en su vida odiaría tanto a una nación, como lo hacía con Reino Unido. —Sólo hiciste lo que te convenía a ti y a tu gente. Me alegra que lo hayas entendido.

González lo miró a los ojos, débil. Su cabeza no podía levantarse casi nada. La situación era demasiado tensa.

—No pensé que fueras capaz de esto. Siempre marcando la diferencia, ¿Verdad? ¿Cuál es la puta idea, chileno? —gritó Perú, quien estaba a un lado de Bolivia. Esa intervención lo sacó del trance en el que estaba.

—¡Cállate hueón! —gritó.

—¿Por qué? No hay razones para callar lo que es cierto. Siempre egoísta. Terminarás solo, Chile. Bueno, siempre lo has estado. —continuó Bolivia, hiriéndole el orgullo; mas sólo guardó silencio. Ánimos de pelear con esos dos otra vez no tenía.

—¡Qué mierda se meten ustedes! —volvió a bramar. No sabía qué hacer, donde esconderse, cómo excusarse…

Francia y Canadá quisieron intervenir en ello. Sacaron a Chile, Ecuador, Bolivia, Perú, Paraguay, Uruguay… dejando a Inglaterra y a Argentina solos.

Estados Unidos le dio una palmadita en el hombro a Kirkland. La mirada inglesa por sobre la norteamericana no fue un gracias, y por supuesto, el viceversa no fue un "de nada".

—Me debes una—dijo Jones. Gran Bretaña asintió sabiéndolo a la perfección. Luego el líder de la OTAN se retiró también.

Las puertas se cerraron.

El silencio los envolvió. Argentina lloraba furioso, Inglaterra… nada.

Con Inglaterra nunca pasaba nada.

—Sos un hijo de puta…

—Quizás.

—¡Sos la nación más repudiable de todas!

Maybe.

—¡¿QUÉ CARAJO LE HICISTE?! —Ya no pudo contenerse. La pregunta sonó plana, no había signos de interrogación en los extremos de la frase.

—¿A Chile? Yo nada—Fue acercándose al argentino, haciéndolo caminar hacia atrás. Tener ese rostro británico tan encima de nuevo era una burla a su sufrimiento, a su decepción. —. Tengo influencias, creo habértelo dicho antes.

—¡Lo chantajeaste! —Le gritó en la cara. Su espalda baja chocó contra la mesa redonda en la que antes habían conversado tensamente la situación.

—¿Quién dice que fui yo?

—¡¿Y quién más sino?!

—¿Estados Unidos, quizás? —la pregunta sonó irónica, como no queriendo ser un cuestionamiento realmente—. Te dije que no iba a quedarme de brazos cruzados. Sólo me dediqué a buscar un poco de ayuda, así como tú encontraste la tuya hoy.

—¡PERO POR QUÉ ÉL! ¡POR QUÉ CHILE! —pareció que por un segundo Argentina se derramó sobre el pecho de Inglaterra. Sus puños lo golpeaban como queriendo desquitarse infantilmente, sabiendo bien que aquello era por demás estúpido.

—Por su posición estratégica. Si Chile está de mi lado puedo atacarte por ambos flancos. —Crudeza pura. Lanzó la frase sin inmutarse por lo que el argentino pudiera sentir. Pero Martín supo que Arthur mentía. Esa no era la razón real.

—¿Que me viste cara de pelotudo? ¡Quiero saber la verdad!

—Insistes. Eres un necio. ¿Por qué más sería? —sostuvo los brazos de Hernández para impedir más golpes sobre su pecho. Ya estaba comenzando a dolerle.

—¡Porque te conozco! —contestó. Suspiró intentando detener las lágrimas pero éstas, caprichosas, no se detenían, y seguían corriendo por su nariz hasta llegar al suelo donde se perdían en la alfombra gruesa. Levantó la cabeza y el verde se volvió a enfrentar su par—Sé que buscás otra cosa… ¡Decíme que es!

Arthur sonrió depravadamente cruel. Tomó el mentón de Hernández con su mano, acercó su boca a la argentina y sus manos se posaron en su cintura haciéndolo caminar hacia la pared más cercana. Allí lo aprisionó posesivo, directo, sin rodeos.

—Chile y tú son demasiado especiales…—confesó, rozando su nariz una y otra vez con la húmeda del otro rubio— a ti ya te tuve. Ahora lo necesito a él…

No…

¡Eso no!

—¡A CHILE NO LE TOCÁS UN SOLO PELO! —Gritó furioso, y poco le importó recibir futuros regaños de su superior o del que sea.

—¿Quién me lo impedirá? ¿Tú? ¿Pondrás guardias alrededor de La Moneda para protegerlo de mis soldados o de mí? Please, Martín. No seas ingenuo. Sólo te queda hacerte la idea de que lo compartirás por unas horas…

Apretó sus puños con fuerza.

No podía creer en lo odioso que resultaba aquella sonrisa irónica que Inglaterra usaba cuando le hablaba.

De verdad que lo detestaba. Demasiado.

Las manos inglesas viajaron por su espalda, subiendo por su abdomen hasta su pecho, su cuello; acariciando lascivamente.

—Ya quiero verlo retorcerse de placer entre mi cama y yo…

Las manos seguían viajando, ahora hacia abajo. Los ojos verdes más viejos fijos en los suyos.

—Escucharlo gritar mi nombre mientras entro y salgo de él una y otra y otra vez hasta hacerlo agonizar de puro goce…

Los dedos tocando el broche de su cinturón, la boca tan cerca de la suya casi queriendo posarse en ella.

—Y mirar sus ojos miel entrecerrados, su boca abierta gimiendo sólo por y para mí… diciendo cuánto le gusta que lo tome, que lo toque sin ningún tipo de cuidado ni consideración…

Los ojos recorriéndolo, mostrándose macabros y posesivos. La boca susurrándole al oído.

—Igual que tú… hace años.

Suficiente.

—¡YA! ¡BASTA! —Kirkland dejó caer sus brazos permitiéndole a Argentina salir del reducido espacio entre el terreno británico y la pared. —¡NO VOY A PERMITIR QUE LE HAGÁS DAÑO!

—¿Lo sigues defendiendo luego de que te traicionó? ¿Después de que te prometió seguir a tu lado a pesar de todas las cosas? No eres demasiado distinto de Chile entonces. Al parecer vivir al sur del Atlántico y el Pacífico te termina convirtiendo en un imbécil.

Se quedó callado. Era cierto… le había mentido…

La palabra de Chile valía menos que cualquier cosa…

—¡Lo chantajeaste! ¡¿Qué carajo fue lo que le dijo Alfred esa vez?!

—Ni yo lo sé.

—¿Estuviste estos dos días sin saber? —y de nuevo la pregunta pareció no ser pregunta.

—Sí—volvió a hacer desaparecer la distancia entre ambos—. Lo importante es que abrió los ojos.

—¡No me digás esas estupideces!

—Y tú deberías hacer lo mismo.

Lo abrazó por la cintura haciendo que su rostro volviera a enfrentarse al propio. Martín sólo lo miraba asustado, con el odio consumiéndole toda acción y pensamiento sensato para que así sus ojos verdes concentraran sólo la ira con la que miraba a Gran Bretaña.

—Entrégamelas por las buenas, Argentina.

—Tengo suficiente dignidad como para enfrentarme a vos.

—¿Seguro? —las manos lo recorrieron de arriba abajo, queriendo desvestirlo. Hernández forcejeó.

—Soltáme.

—¿Por qué? —sonrió otra vez. Sus labios volvieron a mostrar intenciones de devorarlo.

—Me das asco.

—No decías eso hace años.

—Hace años era un pelotudo. Ahora sé lo que realmente sos.

—He sido siempre igual y tú también. Los años de vida de las naciones no influyen en el hecho de que éstas no cambian.

—Nadie ha dicho que cambiaste.

Silencio otra vez. Las manos invasoras se detuvieron en sus caderas; una en La Pampa, la otra en Entre Ríos.

—¿Entonces?

—Cuando te amé no quise darme cuenta de cómo sos en realidad. Sólo veía lo que quería ver…—su voz sonó nostálgica. Tomó con brutalidad el rostro de Inglaterra entre sus manos con tanta fuerza que sabía que lo dañaba, pero sin querer alejarse realmente de esa mirada posesiva— de niño te vi como a un padrino, alguien tan grosso que parecía de fantasía como los personajes de todos los cuentos que me contabas —sus ojos lloraron… sentidos—. Crecí, y esa admiración se transformó en otra cosa… En un deseo irremediable que me consumía cada noche y que hacía latir mi corazón tan rápido cuando te veía que España muchas veces pensó que estaba borracho o algo por el estilo—tomó esas manos posadas en sus caderas, colocando una en su pecho, la otra rodeó su cintura por instinto—.Yo te amé… y no tenés idea de cuánto…

—Aún lo haces… puedo sentirlo…—la tortura de saber que tocaba su pecho y su cintura mientras Argentina no forcejeaba para soltarse estaba consumiéndolo.

Martín negó con la cabeza.

—No, Inglaterra… Ya no…

—¡Sí lo haces!

Volvió a negar.

—Yo te hice un regalo hace años… pero fue tu culpa que lo hayás perdido…—la mano europea arrugó el uniforme militar de Hernández, dejando un relieve extraño en la zona de su pecho—. No sabés cómo lo lamento… Fuiste un descuidado…

Argentina acarició las mejillas de Inglaterra subiendo hasta su cabello, apretándolo entre sus dedos y tironeándolos por el roce brusco. Arthur juró que no eran los ojos verdes quienes lo miraban; las esmeraldas no eran verdes. Por un momento parecieron ser rojo. Uno sangriento, despiadado…

—Te atreviste a rechazar lo que con tanto cuidado reservé para vos… más que mi cuerpo, más que intercambios de miradas cómplices…—los dedos se deslizaron hasta el cuello, acariciando apasionado, frenético e enfurecido— ¡Más que a cualquier cosa yo te amaba!

Sus manos apretaron allí. Los ojos verdes británicos se cerraron. El deleite morboso de aquella escena sufridamente lujuriosa lo excitó.

—Apriétame… vamos, Argentina, hazlo…—lo incitaba. Su razón le reprochaba, le exigía hacerlo. Apretar el cuello inglés hasta que sus dedos delgados y blancuzcos se cansaran, hasta que la furia de sus ojos verdes rojizo se disipara—Aquí tienes mi cuello…

—Te odio… ¡TE ODIO!

—Aquí me tienes… ¡Apriétame! ¡Desquítate! —dijo, volviendo a abrir sus ojos y a quemarlo con ellos.

Lo odiaba. No mentía cuando se lo decía. ¡Pero no era capaz de apretar ese cuello apeteciblemente indefenso entre sus dedos! Había algo que lo detenía…

El aire se hacía pesado, la ira y el deseo comenzaron a hacer de las suyas entre ambos, borrando todo ápice de ternura, de paz.

Y la tribulación de ambos, la oscuridad de ambos pares de esmeraldas dominaron sus cuerpos.

Inglaterra no hacía absolutamente nada, estaba inmóvil. Argentina temblaba frenéticamente sin poder decidirse. Los labios finos abiertos sólo lo necesario para dejar pasar el aliento comenzaban a hacer nacer algo dentro de su pecho. El deseo de matarlo, de desgarrarlo…

De besarlo…

—Te diste el lujo de rechazarme…—continuó Martín al borde de la locura.

Un barranco directo al vacío del que era imposible escapar.

—No sabés cuánto te odio…—volvió a decir, escabullendo la tentación de apretar el cuello.

Reino Unido cerró los ojos ante esas palabras. No las creía en lo más mínimo. O quizás sí, pero aquella situación era demasiado contradictoria. ¡Martín era una contradicción! ¿Por qué simplemente no apretaba aquella presa indefensa entre sus manos? ¡Inglaterra estaba allí! ¡En bandeja de plata listo para ser devorado por el odio y la ira!

Las manos se posaron en los antebrazos latinos, prohibiéndole alejarse de aquella región de su cuerpo. La rigidez que nacía entre sus piernas, imposible de ignorar, comenzó a tomar dominio de sus instintos.

—Hazlo, Martín…—insistió, tentándolo… conduciéndolo hacia la perdición.

Los dedos subieron desde el cuello hasta la barbilla, y luego, como en un paso a paso, subieron más aún. Los dedos tocaron sus labios finos, húmedos y fríos. Los pellizcaron, se deslizaron por el contorno.

Y los ojos parecían temblar junto con las manos.

No quería abrir los ojos. Sentir esos dedos en sus labios era todo lo que necesitaba. La dureza que pesaba entre sus piernas fue doliendo cada vez más, necesitando un mayor contacto, una caricia más brusca…

Una mejor humillación… una mejor tortura.

Una mano argentina se quedó en la boca, la otra subió hasta el cabello otra vez, tironeándolo, sintiéndolo ahora mucho más fino. Parecía que la ira consumía todo lo que tocaba…

Lo deseaba. Allí fue cuando se dio cuenta de la humillante realidad.

—Adelante… Mátame… si te hace feliz hacerlo, hazlo…

Lloró por esas palabras. Arthur había sonado... extraño, enternecido… comprensivo… ¿Cómo demonios explicar esa voz?

Más tentación, más deseo, más odio, más tortura…

—Mátame…

—No puedo…

—Eres un cobarde…

—No puedo matarte…

—¿Por qué?

—Porque te odio…

—Eso no tiene sentido…

—Lo tiene para mí…

—Y para mí también: me amas aún.

—¡No! —Y la mano otra vez fue a su cuello, haciendo que Gran Bretaña cerrara los ojos más fuertemente aún—Yo no te amo… ¡Ya no te amo!

¿Por qué entonces no podía dejar de tocarlo? ¿Por qué lo sentía tan adictivo?

¿Por qué sentía muy dentro de su corazón que Inglaterra lo sentía a él de la misma forma?

—Sí lo haces…

—¡Que no! —gritó, apretando la garganta inglesa con su mano. La otra aún estaba pellizcando ambiciosa e imperiosamente sus labios. Recorrió el superior con la yema de su dedo índice e hizo lo mismo luego con el inferior disfrutando de la suavidad martirizante. La frialdad de la boca británica era abrumadora, excitante, deliciosa…

Los ojos verdes más viejos se cerraron más fuertemente aún al sentir esa presión en su cuello. La falta de aire no le importó en comparación a la placentera sensación dolorosa que reinaba tanto en su garganta como en Londres.

—Entonces mátame…

Suplicó que dejara esa maldita petición. No soportaría mucho más sin poder desgarrarlo con sus uñas mientras…

Mientras…

—Mátame y sé feliz…

¡¿Mientras qué?!

—Mátame…

—No puedo…

Se sonrojó y fue esa la gota que rebalsó el vaso. El cuello británico volvía a hablarle por sí solo… ¡quería apretarlo con todas sus fuerzas!

¿Pero por qué sus dedos no respondían a las órdenes que su cerebro les daba?

Si sus dedos no lo hacían…

—Mátame…

"¡BASTA!"

Furioso, como envuelto en el mismísimo fuego salido del infierno acercó su boca al cuello inglés, raspando y arrastrando sus dientes por la piel salada, deseando morder pero sin hacerlo tampoco…

Cuánta tortura… cuánta contradicción.

Inglaterra echó su cabeza hacia atrás aún con sus ojos cerrados, soltando un alarido placentero, sabiendo bien que Argentina lo hacía con sus segundas intenciones. Estaba excitando a Reino Unido hasta donde nunca llegó.

La lengua lo recorría, los dientes intentaban perforarlo. Frunció el ceño soltando un jadeo necesitado. Quería más de Argentina, no sólo la boca… ¡Volvió a desearlo como tantas veces hace años!

Pero… como un botón en su memoria, el recuerdo volvió. No podía estar dándole ese placer. Hacerlo era abandonar la dignidad, SU dignidad y la de su gente…

Se alejó de él repentinamente, olvidándose de sus deseos de matarlo y no matarlo, de besarlo y no besarlo, de desgarrarlo o no…

—Andate de aquí—pidió en un hilo de voz, dándole la espalda.

Inglaterra, al sentir que aquel contacto tan obsceno y lujurioso terminaba, abrió los ojos un tanto frustrado.

Pero Argentina tenía razón. Sólo era odio y deseo. Nada más que eso.

Sin negarse, pero sin querer obedecer a esa petición, se retiró de allí, dejándolo solo.

Había otras cosas ahora en mente.

"Chile".

Claro, Chile. Sería él quien iba a satisfacerlo ahora. Y así lo supo cuando al salir y cerrar la puerta lo vio correr en dirección a la salida de la Casa Rosada, huyendo de su presencia.

Sería divertido a pesar de todo. La indiferencia y el egoísmo volvieron a plantarse en su corazón de piedra. Las cosas que antes volvieron a despertar su deseo aparecían otra vez, frente a la silueta de González alejarse de él, huyendo despavorido.

Escapando de sus palabras, de su mirada, de su olor, de su voz…

Aquello realmente volvía a ponerse antes que cualquier cosa.

De pronto la imagen de Argentina apareció tras las grandes puertas de la sala principal de la Casa Rosada.

—Hoy, 2 de abril, te declaro la guerra. —habló específicamente hacia Inglaterra, pero sin dejar de referirse a los demás.

El mencionado no dijo nada. La guerra no sería un problema, no del lado de Estados Unidos quien seguía mirando la escena con indiferencia. Y tampoco si Chile también estaba en ese bando…

A Chile lo deseaba como nunca deseó a nadie. Ni como a Argentina.

Manuel sería suyo, tal cual lo fue Martín.

Volver a Hernández era como mirar otra vez un trofeo ya ganado, volver a competir en una carrera de la que ya había salido vencedor. González era uno distante aún, demasiado alejado de sus manos con olor a pólvora y metal.

Eso lo hacía más tentador que cualquier cosa.

Volvió al hotel junto con Francia, Canadá y Estados Unidos. Esa noche había cosas que planear y hacer. Una guerra se avecinaba, y un galardón lo esperaba al otro lado de la cordillera.


Notas Finales:

Capítulo 10 listo :3

Este cap, particularmente, fue el que más me gustó escribir. Hace mucho tiempo ya que venía fantaseando con esa escena de Martín y Arthur. Ojalá lo hayan disfrutado leyendo tanto como yo lo hice escribiéndolo.

Un detalle que creo no está demás, es la aclaración de Francia: Sé que quizás no estuvo bien su intervención a cerca de Irlanda, sin embargo todos sabemos que el galo es alguien que ama beneficiarse del conflicto ajeno. De una u otra forma, él también sale ganando con ese asunto de Argentina e Inglaterra.

Me costó un poco el hecho de acomodar las fechas exactas xD La guerra de Las Malvinas comienza el 2 de abril de 1982, es por eso que quise narrar esta parte de la historia específicamente ese día.

En fin, muchísimas gracias por leer! se los agradezco de todo corazón!


Hetalia © Hidekaz Himaruya.