CASTLE Y SUS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE ANDREW W. MARLOWE Y ABC STUDIOS.

TODOS LOS ERRORES SON MÍOS, ME DISCULPO POR ELLOS Y AGRADEZCO DE ANTEMANO SU COMPRENSIÓN.


CAPÍTULO XI

No por ser más dulce, le está resultando más fácil la disyuntiva a la ferviente enamorada. Una vez tras la puerta cerrada de la habitación, Kate siente que, por un breve instante, se debate entre la pasión arrasadora y la ternura a la que parece determinado su marido. Rick está evidentemente más que decidido a tomarse su tiempo, a detenerse para a alargar el preámbulo, sin premura ni arrebato...aun cuando contra su vientre puede ella sentir la señal inequívoca de lo mucho que la desea. Sin embargo, todo indica que él está recreándose hasta lo indecible en el recorrido lento en que sus manos y sus labios se entretienen casi por voluntad propia; de momento es sólo la piel de los antebrazos, del rostro y del cuello de Kate, la que disfruta de la atención del ávido escritor. Las yemas de sus dedos trazan el camino de ida y vuelta a lo largo de los brazos de su mujer, quien tiembla bajo los labios insistentes que le acarician los pómulos, la mandíbula, el cuello, el área sensible que rodea al oído... Los gemidos se vuelven sonoros, intermitentes, se mezclan con suspiros a través de los cuales busca desesperadamente proveer a sus pulmones con el aire que la excitación les está robando.

Una vez más, como suele ser ya un ritual entre ellos, han terminado contra la puerta como punto de partida para el camino hacia un paraíso que por tanto tiempo les ha sido vedado. Kate siente como todo su cuerpo se enciende aun ante el más sutil de los estímulos, concentrándose en su bajo vientre e irradiando pasión y ansias que con trabajos logra contener. A decir verdad, en ella está primando el instinto por tanto tiempo reprimido... Las ganas de arrancar, de arañar, morder, tomar y darlo todo sin mesura ni reservas, en compensación por el interminable periodo de abstinencia al que se han sometido -por su culpa, se recuerda-. Pero es justamente debido a eso, a que ha sido todo su culpa, que se obliga a esperar, haciendo acopio de auto control y paciencia; a dejar que sea él quien tome a su cargo el ritmo y establezca la pauta bajo la cual han de avanzar hacia la tan esperada culminación.

Y, hasta momento, lo que le queda claro es que Rick quiere amarla despacio, poniendo de lado la urgencia en favor de una exploración meticulosa y profunda de dos cuerpos que han estado privados uno del otro por lo que para ellos han sido eternidades. Las caricias lentas y lánguidas se lo van dejando claro, mientras los cada vez más escasos restos de coherencia en su mente intentan conciliarse con la idea de que la pasión deberá ser refrenada en beneficio de un gozo mayor a largo plazo… Bueno, en realidad ella espera que el compás de espera no sea demasiado extenso; ni siquiera está segura de poder aguantar tanto. No esta vez, al menos. Pero se obliga a quedarse quieta durante unos pocos minutos, disfrutando de cada punto de contacto piel a piel, labio a labio…y rogando en silencio porque, como solía ser antes, su marido adivine sus deseos y dirija su atención hacia esos rincones que sus ropas ocultan y que claman por sus besos…ahora mismo.

Como si, efectivamente, Rick hubiera seguido el hilo de sus pensamientos, de pronto siente Kate como los dedos trémulos se cuelan por debajo de la tela de su blusa, acariciando su espalda baja, sus costados y su abdomen con movimientos fluidos, acercándose a la pretina de sus jeans, volviéndola loca de pasión y deseo en el proceso. Vuelve a besarla en la boca con ardor, con determinación y frenesí, dejándole ver sus ganas sin restricción alguna; y la mente de ella se nubla ante las sensaciones intensas que la distraen al punto de perder la noción del tiempo y de todo aquello que no sean esos labios cálidos y suaves contra los suyos. Apenas es consciente de que las manos hábiles han abandonado su piel para ocuparse de los botones de la prenda que cubre su torso, abriéndola de par en par sin pérdida de tiempo. El aire fresco que circula por la habitación eriza la piel expuesta, pero es sólo por breves instantes, pues el calor de sus palmas le provoca –paradójicamente- escalofríos al recorrer desvergonzadamente el tramo recién develado. La boca masculina abandona la de ella para deslizarse nuevamente por el cuello, al tiempo que el encaje negro que cubre sus pechos parece disolverse en nada bajo las enardecidas manipulaciones del experto amante. Los jadeos se vuelven más frecuentes y menos discretos; la fuerza de voluntad va cediendo conforme la necesidad se acentúa, avivada por caricias cada vez más íntimas aunque no más rápidas. Lo intenta pero ya no le es posible seguir pasiva… Sus dedos se enhebran en el cabello de él, empujando sutilmente su cabeza contra su pecho, desesperada por sentir más. Cuando se convence de que no es suficiente lo que por ahora tiene, logra encontrar en algún lugar de su cabeza la claridad suficiente para guiar los brazos de él hacia su espalda, hacia el broche de su sostén más específicamente, indicándole en silencio que se deshaga de la barrera odiosa que se interpone entre sus labios y esos picos sensible que se yerguen en desesperada espera.

Y el hombre cede bajo el influjo de ese hechizo que ya no puede ni quiere romper. La desea, la necesita, la anhela con una impaciencia que mantiene a raya porque su intención es hacerle el amor esta vez; compensarla por aquel último encuentro que aún no acaba de perdonarse. Ya habrá oportunidades de sobra para dejarse arrastrar por la pasión, sin culpas ni remordimientos…pero por ahora, esto es lo que a ambos les hace falta; hacerse el amor con calma, a consciencia, dejándose claros una vez más los motivos por los que siguen recorriendo juntos el camino que estuvieron a punto de abandonar.

Va a amarla, a adorarla, a venerarla, a reconstruir el último eslabón de la cadena que los une y que, ahora ambos lo saben, nada puede destruir. Lo hará sin prisa pero sin pausa. Y así se dispone a demostrárselo, deslizando por sus extremidades los obstáculos para luego consagrar su boca a la placentera labor de estimularla hasta dejarla jadeante, balbuceante, suplicando piedad. En un acto que pudiera parecer de magnánima compasión pero que no es otra cosa que una concesión a los deseos propios tanto como a los ajenos, Rick le desabotona los pantalones, despojándola de ellos sin que Kate oponga resistencia pese a que apenas si la sostienen sus piernas temblorosas por la anticipación y el anhelo. Besos de fuego recorren su abdomen plano hasta llegar muy cerca del centro húmedo y caliente que palpita, incitándolo a probarlo. Sus miradas se cruzan durante un instante fugaz en el que abren los ojos con la única intención de hablarse sin necesidad de romper el silencio. Las pupilas castañas, brillantes de súplicas, descienden hacia el enamorado que, de rodillas ante ella la contempla como quien venera a una divinidad encarnada, dispuesto a poner el mundo y el cielo a sus pies a cambio de solamente una sonrisa o una palabra. Es un segundo intenso, cargado, electrizante…pero un segundo y no más. La necesidad insatisfecha se impone y las caderas giran en un movimiento que provoca, que seduce, que invita, que urge y exige más, ahora, ya y en nombre de todo lo que es sagrado.

La última prenda desciende por las interminables piernas y un suspiro ahogado se escapa de la garganta de Kate, quien vuelve a enredar sus manos entre el cabello oscuro de su marido en un intento de guiarlo hacia la parte donde más lo necesita. Pero no todo es tan fácil ni tan rápido como ella quisiera; Rick sigue determinado a atormentarla con la más dulce de las torturas, y así se lo prueba cuando con labios ávidos le recorre la parte interna de los muslos…besando, mordiendo, marcando y dejando señales visibles de su osado trayecto. La oye maldecir entre dientes -en una exhalación que más habla de excitación que de enfado- y una sonrisa traviesa y arrogante se dibuja en el rostro del escritor antes de inhalar, con profunda satisfacción, para luego perderse en ese núcleo ardiente, pulsante, regado con el único elixir capaz de saciar su sed y su apetito.

Los jadeos se vuelven gemidos sonoros, la respiración parece entrecortársele a la mujer que se retuerce contra la madera fría, sacudida por un clímax que no se hizo esperar demasiado. Los espasmos de placer la estremecen como exquisitas descargas eléctricas, llenándola de energía, de ímpetu, de vida. La cara preciosa se convierte en un poema de euforia, de plenitud y amor reavivado. En medio de la niebla en que el éxtasis envuelve su mente, con voz ronca, apenas audible, sólo atina a decir:

-Rick, te amo…y te necesito…en mí…ya.

Y a la voz de ese comando emitido entre exhalaciones, el aludido reacciona con la premura de quien ha encontrado la entrada al cielo y se ha decidido a atravesarla sin demora. Se pone de pie y se deja arrastrar hasta el borde de la cama; se deja desvestir con prisa y torpeza; la tiende sobre el lecho, colocándose encima de ella, perdiéndola en un beso cargado de promesas…y, sin más preámbulo, cruza el umbral secreto que lo recibe suave, estrecho, abrasador, dispuesto para elevarlo a las alturas que sólo esa comunión puede prodigarles.

Los embates de la pasión son tan profundos como breves. No es mucho lo que se requiere para echarlos a volar luego del extenso proemio al que se han sometido esta noche y de las largas semanas de antojo reprimido. Con la pericia que conceden los años de compartir la alcoba, ambos logran, de forma instintiva encontrar el ritmo que, tras minutos gloriosos, los catapulta hacia un universo magnificente, brillante, exclusivo, al que han aprendido a llegar únicamente por una ruta común. Suspiros saciados, frentes sudorosas, cuerpos laxos que se niegan a romper el íntimo contacto… Un cuadro idílico, enmarcado por palabras de amor a media voz y caricias remanentes a media luz, que convierten el descenso a la Tierra en un planeo sutil y delicado.

-Te he extrañado tanto… -Le confiesa Kate casi con timidez, impidiéndole que abandone su posición encima de ella.

-Y yo a ti… -Le responde contra sus labios que se abren para recibirlo-. Perdóname por haber estado retrasando lo inevitable. Si te sirve de consuelo, la espera fue quizá más difícil para mí que para ti.

-Lo dudo, pero…haré como que te creo –Le asegura entre sonrisas coquetas.

-Puedo probarlo…

-Entonces hazlo…


En la habitación en penumbras sólo rompe el silencio el rumor de la brisa constante. colándose entre las copas frondosas de los árboles del huerto trasero; el chirrido incansable de los grillos; el lejano croar de las ranas cuyo eco reverbera a la distancia… y los suspiros intermitentes que se intercalan con frases dulces y promesas renovadas en la intimidad que brinda la hora más oscura de la noche.

En la espaciosa cama, las sábanas arrugadas y revueltas cubren, a medias, los cuerpos extenuados y satisfechos de los amantes que a lo largo de la velada han dormido a intervalos. A la segunda ronda le siguió una larga sesión de besos y caricias en medio de la cual fueron quedándose dormidos para luego despertar Rick en las primeras horas de la madrugada, seducido por los labios y las manos de su esposa que, sin empachos, exploraron todos los caminos hasta lograr reconquistarlos. No puede él imaginar una manera mejor de retornar a la consciencia que esa… Y ahora, yace recostado sobre su espalda, con la cabeza reposando en el montón de almohadas mientras su mujer descansa boca abajo, con las piernas sobre el colchón y el torso desnudo encima del pecho de su marido; su pierna izquierda enlazada a la de él, que la envuelve en estrecho abrazo. Es la hora de las confidencias, de los secretos, de las palabras que son más fáciles pronunciar cobijados por la complicidad que brindan las tinieblas.

-¿En qué piensas? –Le pregunta Rick con tono perezoso-. Y no me digas que en nada, porque casi puedo escucharte.

-¿Ah sí? Entonces deberías saber en qué pienso puesto que me puedes escuchar ¿no? –Le replica alzando el rostro hasta alcanzar los labios que la encuentran a medio camino con un beso efímero-. ¿Quieres intentar adivinar?

-¿Qué me ganaré si acierto?

-Mmm… Si aciertas, puedes pedirme lo que quieras –le asegura mirándolo a los ojos con un brillo juguetón que luego se vuelve más serio-. Aunque, honestamente, también puedes pedir lo que quieras si no aciertas…

-¿Segura, capitana?

-Segura… Pero aquí, contigo, soy sólo Kate; recuérdalo.

-Okay…entonces haré un intento y veré que tanta suerte tengo.

-No sería suerte y tú lo sabes –le roba otro beso-. Anda, inténtalo.

-Estás pensando en lo que pasó después de la última vez que…estuvimos juntos, así –se aventura a exponer su teoría con solemnidad que parece rayar en el temor-. Estás preocupada por…porque pueda suceder lo mismo. Tengo el presentimiento de que no te sientes segura de en dónde estamos parados después de esta noche…

Para entonces Kate se ha reacomodado hasta quedar apoyada en su codo, mirándolo de frente con una expresión que mezcla perfectamente el asombro y la fascinación. Realmente no debería sorprenderla pero no lo puede evitar; es como si estuviera dentro de su mente, siguiendo de cerca el rumbo de sus cavilaciones y sus temores, siempre listo para disolverlos con un puñado de frases certeras. En ese momento siente que lo ama más que nunca y que lo que más ansía es el confort y la seguridad que sólo sus palabras pueden proporcionarle. Necesita la promesa de que bajo la luz de sol no se disolverá este momento como se evaporan los sueños ante el penoso despertar.

-Puedes pedirme lo que tú quieras… -Le dice a modo de única respuesta, segura de que con eso le deja más que claro que ha acertado.

-Lo que quiero es que no te sientas así, Kate –le pide, viéndola a los ojos con ternura al tiempo que le acaricia el mentón con la yema de los dedos-. Pero creo que soy yo el único que puede hacer algo al respecto…

-Sé que tal vez es una tontería…pero no sé cómo evitarlo. Yo… sí tengo miedo –confiesa finalmente en medio de un profundo suspiro-. No quiero saber lo que puede pasar cuando amanezca y…

No la deja terminar; antes la empuja suavemente sobre la cama y la besa como si la vida se les fuera en ello…con dulzura y vehemencia, tratando de verter en ese beso toda la certeza que le hace falta y que ha sido él quien se ha encargado de robarle. Una vez que se hace necesario romper el contacto, vuelven a enganchar sus miradas antes de que las verdades emerjan:

-Cuando amanezca va a suceder lo que tú quieras que suceda –le promete sin vacilaciones-. Sólo tienes que decirlo y te será concedido.

-Sólo te quiero a ti –se apresura a pedirle, rozando su mandíbula con los nudillos de sus dedos-. Necesito que te quedes conmigo, sin arrepentimientos, si dudas, sin recelos ni rencores. Quiero que me convenzas de que no es un sueño; de que no lamentas lo que ha pasado hoy; que no ha sido sólo un impulso… Rick, quiero sentir que otra vez te tengo…que no pende sobre mi cabeza la amenaza de perderte.

Por toda respuesta, Rick deshace el abrazo en el que habían permanecido envueltos, toma la mano izquierda de su mujer y retira de ella la alianza de matrimonio sin darle tiempo a que se lo impida siquiera. Luego se levanta de la cama, dirigiéndose a hurgar en uno de sus cajones para volver hasta donde su mujer lo mira con ojos llenos de lágrimas y en los que se dibujan el desconsuelo y el desconcierto a partes iguales. Si las deducciones de Castle resultan ciertas –una vez más-, Kate debe estar pensando lo peor por el simple hecho de que le retiró su anillo del dedo. Pero está convencido de que, una vez que sepa el motivo, valdrá la pena el breve susto. Se acerca a ella y, con sumo cuidado, toma entre las suyas su mano derecha, no sin que su musa oponga cierta resistencia. Una vez extendida su palma, Rick coloca en ella la argolla plateada de la que hace algunas semanas él mismo se despojó, fijando la mirada en el rostro atónito que parece no dar crédito a lo que sucede. Es evidente el momento exacto en que sus ojos reconocen el objeto metálico, haciendo la conexión con su cerebro, pues es casi cómica la forma en que los delicados labios se abren y cierran sin saber muy bien por dónde empezar los cuestionamientos.

-Es…tu anillo, Rick… ¿Cómo…? Es decir…yo…

Una sonrisa traviesa se dibuja en la cara de Rick ante los titubeos de su esposa, quien no acierta más que a devolverle una mirada que pretende ser de reproche y que no alcanza a reflejar más adoración genuina. Ante lo cual, el escritor no puede sino apiadarse de ella y aclararle las dudas.

-Es decir que tú lo mandaste pedir a Nueva York, Kate; sin decirme nada al respecto. Y hace dos días llegó por paquetería mientras tú estabas fuera de casa, acompañando a tu tía. Entonces recordé haberte dicho que lo usaría otra vez de no ser porque lo había dejado en la ciudad. El hecho de que te hayas dado la tarea de mandarlo traer fue… Significó mucho para mí. Ahora, si tú quieres, podríamos renovar nuestros votos… aquí, ahora, así, solos. De momento se me ocurre que es la mejor forma de ahuyentar miedos y reforzar promesas.

Kate le echa los brazos al cuello a modo de contestación, humedeciéndole el cuello con lágrimas calladas. Luego, en un acto de fe y esperanza, toma la mano izquierda de él, desliza la alianza en su dedo y promete con fervor:

-Si en el pasado no supe honrar los votos que pronuncié la tarde en que me hiciste tu esposa, te prometo que he sido yo la primera en llorarlo…y en aprender de cada lágrima. No sé qué habré hecho para merecer a alguien como tú, y tampoco sé si el resto de mi vida sea suficiente para ganarme tu perdón y reconstruir tu confianza en mí…en nosotros, pero sí sé que dedicaré cada día a intentarlo y a lograr que el dolor haya valido la pena. No voy a bajar la guardia, pero si lo hago, te ruego me recuerdes lo que padecimos durante la separación; porque fue en entonces cuando me quedó más claro que nunca todo aquello sin lo cual no puedo subsistir: la luz de tu mirada, la calidez de tu sonrisa, la fuerza de tu abrazo y el refugio de tus palabras. Es lo único con lo que quiero vivir…siempre.

Aún en las sombras puede percibirse la humedad en los ojos azules del que está conmovido hasta lo más profundo. Cada palabra ha calado muy hondo… ha llegado al lugar dentro de él donde sólo habita ella y el inmenso amor que le profesa. Las últimas doce horas han logrado lo que quizá no pudieron conseguir las recientes semanas, a pesar de la cercanía física y de las buenas intenciones de ambos. La tarde divertida que compartieron, la noche de pasión, las confesiones liberadas y las promesas que ella ha tendido ante él sin restricciones ni reservas han, de alguna manera, restaurado la conexión averiada…y lo han hecho más allá del mero contacto carnal; las almas han vuelto a encontrarse al inicio de un sendero nuevo en el que no se admiten caminantes solitarios. No será fácil ni corto, dados los antecedentes, pero han dado los primeros pasos y con ellos ha nacido la certidumbre de que se vuelven más fuertes conforme avanzan de la mano. La ama y con eso es suficiente para hacer los esfuerzos necesarios, siempre que los dos estén dispuestos a luchar. Ella lo está…y ahora le queda claro que él mismo lo está también. Ahora puede darle toda la certeza que le haga falta…y de la manera que haga falta. Por lo pronto, de la única forma que se le ocurre.

-Desde el momento que te conocí, lo único que he recibido de ti es enseñanza. Algunas veces entre alegrías y otras entre penas, pero siempre ha habido un mensaje que la vida ha querido darme a través de ti. Mi aprendizaje más grande ha sido el de cómo amar genuinamente a quien no lleva mi sangre. Nunca pensé amar a nadie con la pureza con la que amo a mi hija…hasta que llegaste tú, Kate. A un hijo se le ama sin condiciones, sin intereses, por todo y a pesar de todo. Y siempre me dije que sabría quién era el amor de mi vida una vez que lograra quererla así, con una capacidad infinita de entrega y de perdón. Sé que ya lo sabes, o al menos deberías saberlo, pero esa mujer eres tú. Has cometido errores como los he cometido yo; me has lastimado como te he lastimado yo; y me has perdonado como te he perdonado yo. Quiero reemprender el camino contigo, sin resentimientos, sin reproches…con la intención firme de caminar sobre las ruinas de los errores pasados, extrayéndoles la savia e ignorando todo lo demás. Y ahora, esa es la ofrenda que te hago en prueba de cómo y cuánto te amo…siempre.

Desliza la alianza en el lugar que le corresponde, besa su mano con reverencia y sella el pacto con un beso para el que no hay mañana. Las primeras luces del amanecer sirven de testigo al restaurado juramento y a las dos palabras que se pronuncian a un mismo tiempo como el más bello de los presagios:

-¡Te amo!

-¡Te amo!

Continuará...


Déjenme saber qué les pareció, por favor. Gracias a todos por sus amables comentarios para el pasado capítulo; vamos por los 300. Un abrazo desde México.

Valeria.