Después de unos momentos, que pudieron ser horas, la pareja separó sus labios para recuperar el aliento después de ese beso tan suave pero que con el pasar de los minutos se había convertido en un beso apasionado.
-Candy, princesa debemos hablar- Albert comentó seriamente rompiendo el silencio.
-Albert, ¿qué sucede?- inquirió preocupada al observar el semblante serio de su amado.
-Preciosa, sé que es repentino, pero debo ser sincero ya que en dos días vuelvo a Auvergne. –dudando un instante Albert prosiguió-Entonces me preguntaba si…..
-Acepto- declaró ella interrumpiéndolo - no pienso estar apartada de ti ni un momento más.
- Candy, yo en realidad no deseo que tomes una decisión apresurada, porque eso es lo que sería nuestra boda , creo que necesitas una ceremonia de la manera tradicional, yo no puedo ofrecerte eso en dos días…. Y …esperaba que nos tomáramos un tiempo para….
-No! – exclamó alarmada- Cariño, no me importa nada de eso, si piensas que me voy a quedar sin hacer nada mientras pierdes la custodia de Anthony , pues estás equivocado, nada me haría mas feliz que regresar a Francia y ser tu esposa…. Además así podre contar con el apoyo de mi tío Will, porque me imagino que , no necesitas que Annie tome una decisión ¿verdad?
-Princesa, lo de Annie , solo era mi respuesta de su propia medicina a sus acciones, se lo iba a decir al final de la velada antes que los esposos se retiraran … será mejor que vaya de una buena vez a acortar su angustia-contestó guiñando con una sonrisa.
- No, cariño, mi prima estará bien, tal vez mañana se lo digas, pero esta noche quiero estar contigo, abrázame y no me dejes ir por favor- pidió susurrando.
-Candy-correspondió abrazándola- debo hablar con tu tío, y ser honesto con él, se lo debemos preciosa, él te considera su propia hija. Además quiero pedirte que si bien, nos casaremos en dos días, vayamos conociéndonos sin prisa, no quiero forzarte a nada, quiero que te sientas segura conmigo antes de que podamos entregarnos completamente. Por ahora Auvergne, me tiene atado y nuestro viaje de bodas tendrá que esperar.-En realidad me gustaría llevarte a Escocia, porque de ahí es mi procedencia.- explicó sincerándose con calma- Pero te aseguro que aunque nuestra estancia en Auvergne, no será fácil, voy a hacer todo lo que este en mi alcance para que puedas ser feliz.
-No necesita decirme más ,mi Lord-replicó divertida-porque en estos momentos creo que no podría estar más feliz.- aprovechando su cercanía para acariciarlo con ternura.
Candy dejó la copa de champán sin probarla y sus ojos vagaron a través de la ventana. Todo el día había amenazado lluvia y ahora comenzaba a caer largos hilos de agua que golpeaban los cristales. Apoyó la frente contra el helado cristal. Los alfileres que la señora Leagan le había colocado para asegurar su tocado se empeñaban en perforarle el cráneo y el velo le lastimaba el cuello.
Estaba sola, por primera vez aquel día. Después que se marcharon los invitados que acudieron al castillo para brindar por la dicha de los desposados, el cura se había quedado un rato más y Albert le estaba despidiendo ahora.
Candy había agradecido las efusivas felicitaciones. Estaba feliz de que al menos su tío Will, había creído en las intenciones de Albert con ella. Al principio, fue una sorpresa , tanto que Annie le imploró que no cometiera esa locura por el honor de la familia, sin embargo al asegurarle que no era las circunstancias por la que se casaba, le había prestado atención y estupefacta había preguntado la razón, a lo cual sin dudar le confesó:
- Es muy sencillo Annie, no puedo ser feliz sin él.
Y así habían volado con Albert hasta el castillo para celebrar la ceremonia.
Un ruido la sacó de sus pensamientos, escuchó cerrarse la sólida puerta principal y se dispuso a ver entrar a Albert. Con la ropa de etiqueta que llevaba, traje oscuro y camisa blanca, se le veía aún más alto e imponente. Un pesado silencio se alzó entre ellos.
—¿Ya se han ido? —preguntó Candy en voz baja.
—Sí —El alzó las cejas en un gesto interrogante—. ¿Ansiosa estás de quedarte a solas conmigo?- bromeó
Ella trató de disimular su turbación.
Era la primera vez que hablaban a solas aquel día Candy, había notado en él una fuerte emoción que a duras penas podía controlar, aunque su expresión no lo demostrara. La miró con ojos velados cuando se inclinó a darle el beso tradicional después que el sacerdote los declarase marido y mujer.
-Albert, quiero disculparme por el camisón que deje destrozado en tu habitación .
-Eso tiene arreglo hermosa-puedo regalarte otro y lo llevarás el día que te sientas dispuesta para mi- replicó con la voz áspera.
A Candy le dolía la cabeza y, en un esfuerzo por calmar su tensión, se despojó de la diadema y el velo, se quitó todos los alfileres y dejó que el pelo le cayera libremente sobre la cara.
Escuchó una apagada exclamación y volvió los ojos, sorprendida, hacia el rostro de Albert que la observaba sonriente.
—¿Puedo cambiarme de ropa? No vamos a tener ya más visitantes hoy, ¿verdad?
—Creo que no. Serán respetuosos de... nuestra intimidad —contestó,—. ¿Por qué tanta prisa en cambiarte? Estás así muy hermosa señora Andley!
—No creo que pueda olvidarlo —murmuró ella, dirigiendo sin querer los ojos al anillo de oro que él había puesto en su dedo unas cuantas horas antes—. Esto será un constante recordatorio.
—Y será permanente —se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre el respaldo de una del sillón del comedor —. Quizá debería pensar en la forma de hacer más real tu identidad- comentó seductor.
Candy se sintió ruborizada, pero se esforzó en permanecer serena.
—Ya he pensado en una forma—dijo.
—¿De verdad? —su sonrisa era deslumbrante—. Me fascinas, querida-Y se inclinó a besarla.
Candy se quedó sorprendida por la ternura de aquel beso. La noche de la boda de su prima había sido todo muy distinto.
Lo de ahora era diferente. Exquisitamente diferente.
Más suave, más reposado y sensual, pero no menos excitante. Sentía el mismo calor subiendo desde las puntas de los pies hasta el centro mismo de su feminidad, mientras él deslizaba la lengua por la comisura de sus labios.
Ella abrió la boca para él y gimió de placer cuando sus lenguas se abrazaron con naturalidad, como dos viejos amantes después de una larga ausencia.
Él parecía tan familiar y sin embargo tan excitante y seductor… Su lengua se unió a la suya en una danza erótica y sensual. Ella deseaba más, más besos, más caricias, más de todo de él.
Continuaron besándose hasta que él puso las dos manos en la parte baja de su espalda y la atrajo hacia sí, haciéndola sentir de inmediato la dureza y el calor de su miembro entre los muslos. Su cuerpo estaba ya preparado. Cada poro de su piel respiraba el deseo que sentía y que anulaba cualquier asomo de sensatez.
Albert le desabrochó el corpiño del vestido, botón a botón, con mucha parsimonia y luego deslizó los dedos por la hendidura de su escote. Ella se estremeció al contacto y se apretó a su cuerpo, deseando más. Y él se lo dio. Inclinó la cabeza y acarició uno de sus pechos desnudos con los labios y la lengua hasta que el pezón se puso terso y duro y ella se puso a jadear.
–Dime que no lo deseas y me detendré –le dijo él con la voz apagada mientras acercaba su boca al otro pecho.
–No, no pares por favor –dijo ella soltando un gemido al sentir su lengua en el otro pezón.
Albert la besó entonces en la boca con renovada pasión y ella le devolvió el beso, entregada y sin ninguna reserva.
–Cielos! –dijo Albert apartando la boca unos segundos para respirar–. No sé si debemos seguir. No estoy seguro de saber controlarme. Podría hacerte daño.
-No te detengas–dijo ella con las manos alrededor de su cuello para impedir que se fuera.
–Candy, te deseo tanto… –replicó él con la respiración entrecortada.
–Entonces tómame –susurró ella.
Él la levantó en brazos con suma facilidad, como si fuera más ligera que una pluma, y subió las escaleras con ella hacia el dormitorio principal. La dejó en la cama y le quitó el vestido mientras la miraba con ojos encendidos .
Se echó al lado de ella, de costado, poniendo una pierna sobre su cuerpo con mucho cuidado para no aplastarla con su peso y la besó en la boca de nuevo.
Él comenzó a besarla por todo el cuerpo, empezando por los pechos y siguiendo por el estómago, el ombligo y el abdomen hasta llegar al centro mismo de su feminidad.
–Tenías un aspecto muy sexy en aquella capilla, y condenadamente atractiva –dijo él acercando allí su boca. Le acarició su punto más sensible y erógeno con la lengua y con los labios. Candy arqueó la espalda.
Todo su cuerpo ardía de placer. Estaba a punto de alcanzar el clímax. Lo estaba deseando, pero él la hizo esperar. Prolongó su placer, llevándola al borde del orgasmo y trayéndola de nuevo una y otra vez hasta que, entre sollozos y espasmos de placer, ella le rogó que la llevase al final.
Él hizo lo que le pidió, pero no como ella esperaba. Lamió de forma suave pero continua aquel pequeño brote hipersensible, hasta que todo su cuerpo se estremeció de placer y cada una de sus miles de terminaciones nerviosas se excitaron al unísono como activadas por una corriente eléctrica que la elevara a la cima de una montaña para dejarla luego caer dulcemente a los verdes prados del valle.
-Eres preciosa, pero será mejor que me detenga , aún no es momento querida mía .
Ella se quedó tumbada boca arriba mirándolo y preguntándose si él tendría alguna idea aproximada de lo mucho que ella lo amaba. Él podía haber insistido en hacer el amor de forma tradicional, con penetración, pero había preferido no hacerlo para protegerla a ella. Él aun no le había dicho que la amaba.
Albert se levantó de la cama.
–¿A dónde vas? –le preguntó ella.
–A traerte un refresco y algo de comer –respondió él–. Llevas sin tomar nada desde que vinimos al castillo y necesitas alimentarte.
Cuando Albert volvió con una bebida y algo de comida en una bandeja, Candy se había quedado dormida. Estaba acurrucada, en posición fetal, con una mano debajo de la mejilla. El intenso color negro de sus largas pestañas contrastaba con el rubio dorado de su cabello.
Dejó la bandeja en la mesita sin hacer ruido y se sentó al borde de la cama para mirarla.
A veces le resultaba difícil saber exactamente lo que sentía por su esposa. Nunca había querido enamorarse de ninguna mujer. Durante toda la vida, había buscado en su trabajo la forma de controlar sus emociones.
Los sentimientos le asustaban. La sensación de sentirse vulnerable e indefenso por estar enamorado le daba pánico. Pensaba que amar a alguien demasiado podría acarrearle un sufrimiento del que luego sería imposible librarse.
Lo veía en Candy. Ella trataba de controlar sus emociones, pero al final eran sus emociones las que la controlaban a ella, quedando a merced de sus sentimientos. Ellos eran los que dictaban su conducta, impidiéndole actuar de forma racional y sensata.
Se inclinó hacia ella y le apartó un mechón de la cara. Ella dio un pequeño suspiro y sus labios temblaron una fracción de segundo, como si fuera una niña. Seguía con una mano debajo de la mejilla.
Candy se despertó durante la noche y encontró a Albert sentado a su lado, apoyado en un codo, mirándola a la luz de la luna cuya luz se filtraba a través de una de las ventanas. Había un leve gesto de contrariedad en su mirada, como si se sintiera molesto por algo, como si tuviera una pesada carga en su conciencia.
–¿No te he dejado dormir? Espero no haberte molestado –dijo ella, pasándose la punta de la lengua por los labios resecos.
–No, no me has molestado –dijo él apartándole un mechón de la cara y colocándoselo por detrás de la oreja–. Suelo tener a menudo problemas para conciliar el sueño.
–Trabajas demasiado –dijo ella inclinando la cabeza a un lado para rozar con su mejilla la mano que Albert había dejado sobre su hombro–. Quieres hacerlo todo tú solo. ¿Cuándo fue la última vez que te tomaste un día libre?
Él hizo un gesto de indiferencia mientras seguía jugando con su pelo.
–Creo que me tomaré unos días libres cuando se resuelva lo de Anthony… Quizá podríamos irnos los dos a algún sitio a nuestra luna de miel.
Candy pasó la yema de su dedo índice por el borde del labio superior de Albert.
–¿Y si no es posible?
Él tomó su dedo y lo besó tiernamente, mientras clavaba sus ojos en ella.
–Hasta ahora todo ha ido bien, amor. No pierdas la esperanza. Esta vez lo vamos a conseguir, vamos a tener lo que los dos deseamos.
Cuando él acercó los labios a los suyos, Candy elevó en silencio una plegaria al cielo rogando para que lo que él acababa de decir fuese verdad, aunque sabía muy bien que lo que ella deseaba era mucho más de lo que él estaba dispuesto a darle.
—La señora Leagan me ha dicho que una vez que nos casáramos, esperaba tener ella más tiempo para otras labores. ¿Piensas tú lo mismo? ¿Voy a tener alguna autoridad aquí?
—¿Qué clase de autoridad deseas?
—Podrían hacerse algunos cambios en beneficio del castillo. Me gustaría que el sitio en que vivimos fuera un poco menos austero también tengo dinero para empezar.—añadió —. ¿Dispongo de plena libertad o debo consultar contigo primero?
—Yo aprobaré los gastos de mayor consideración, pero preferiría que no gastaras tu dinero en esto. No estoy en la miseria.
—Nunca he pensado que lo estuvieras —dijo ella, mordiéndose los labios—. Sin embargo, me gustaría ayudar.
—No rechazo tu ayuda; sólo te pido que la dediques a asuntos prácticos — se acercó a ella y le puso una mano bajo la barbilla, sonriendo ante la protesta que asomaba al rostro de Candy—. Si lo deseas, prepara un cuarto para Anthony. Ahora que ya estamos casados, mi abogado se comunicará con Kate, informándole que obtendré la custodia del niño. Estará muy pronto con nosotros.
—Ya veo. ¿Qué edad tiene Anthony?
—Va a cumplir cinco años. ¿No te molesta asumir la responsabilidad de un niño que no conoces?
—Me gustan los niños —replicó ella sin pensar.
—Lo tendré en cuenta —repuso él y Candy le miró, desconcertada, , pero te advierto que Sara se escandalizará. Ya lo hizo porque no le permití que pusiera tus ropas en mi cuarto mientras estábamos en la iglesia. Lo menciono porque tal vez decida echarte un sermón maternal sobre tus deberes de esposa.
—¡Ah! —exclamó, avergonzada—. ¿Y qué le dijiste?
—¿De verdad quieres escucharlo? Puede que no te agrade. Hemos quedado ir despacio ¿recuerdas?
—¡Es lo más seguro! —,contestó dudosa. Le oyó reírse cuando se retiraba.
Ya en su habitación, se quitó el vestido de boda con una sensación de alivio. Era delicado, frágil, y le hacía sentirse más vulnerable. Un suéter y unos pantalones vaqueros serían lo mejor. Pero una vez que se cambió, ya no estuvo segura. Estudió su imagen en el espejo. Los pantalones destacaban sus caderas y sus muslos; le quedaban muy bien. Nunca se había preocupado de su cuerpo como ahora. Cruzó los brazos sobre el pecho; era ridículo que empezara a fijarse en el posible efecto de cada prenda que usaba. No lo había necesitado hasta ahora. Se cepilló el pelo enmarañado,dejándolo suelto sobre los hombros y con un toque de color para atenuar la palidez de sus mejillas, era casi la misma de antes.
No se veía a Albert por ningún lado cuando bajó la escalera. Sin duda había ido a cambiarse y a ponerse al día en su trabajo. Aparte de los muchos platos y vasos sucios que había en el comedor, nada sugería que aquella fuera una fecha diferente. El día de su boda había concluido ya.
Muchas gracias preciosas por seguirme en esta locura de amor...aun no concluye , se lo aseguro .
Un abrazo en la distancia a :
Laila , Josie, Rose Grandchester, sayuri1707, GatitaAndrew, Victoria40, MiluxD.
Patty A. , Lu de Andrew ,patty81medina, Elsy, Patty Castillo,Samm, Karina,Carito Andrew.
Y a todas las lectora anonimas que participan en el mundo CandyCandy
