Disclaimer: lamentablemente ni el mundo de Incpetion ni sus personajes me pertenecen…es todo propiedad del genio de Cristopher Nolan. Yo, lo único que hago, es permitirme jugar con sus vidas y sus historias.

¡Buenas y santas! Acá les dejo el nuevo capítulo del fic…espero que lo disfruten. Perdonen la tardanza, lo debería haber subido ayer, pero la facultad me mantuvo ocupada.

Capítulo 11: Sirenas en el taller

Cada vez faltaban menos días para invadir la mente de Toru, lo que significaba que cada vez quedaba menos tiempo para terminar de organizar todo lo que tenían que preparar. Habían estado trabajando muy duro, volcando lo mejor de sí mismos en aquella misión. Los cinco integrantes del equipo se esforzaban al máximo, e incluso Saito y Steven ayudaban desde la poca experiencia que tenían. Lo que Arthur había averiguado sobre el japonés en los dos últimos días fue el hecho que desencadenó que a Eames y a Ariadne se les ocurrieran nuevas ideas.

La muchacha ya había diseñado y hecho los planos y maquetas del departamento de Emma, sólo le faltaba construir el espacio físico. Quienes la acompañaron en esta tarea fueron Eames y Yusuf. El inglés necesitaba aprovechar la situación para poder practicar como encarnar el papel de la amante de Toru.

Se recostaron sobre unas reposeras y aguardaron a ser conectados a la maquina por Dom. El extractor presionó el botón, y entonces Eames y Ariadne se sumergieron en el subconsciente de Yusuf junto a él. Habían establecido que los niveles del sueño estuvieran distribuidos de la misma manera que lo habían estado en la misión del Origen. El primero de ellos correspondería a la mente de Yusuf, el segundo a la de Arthur, y el tercero y último a la de Eames.

Ariadne giró su cabeza, y miró no muy sorprendida todo lo que había creado hasta el momento. Las calles eran londinenses, pero los locales y los detalles que había puesto pertenecían a un barrio de aspecto inglés que quedaba a unos pocos minutos de París. Había decidido no construir un lugar completo, siguiendo el consejo que Dom le había dado el día que se conocieron.

Meditó un instante, reflexionado cuál era el mejor lugar para ubicar el departamento de Emma, y entonces, lo encontró. Con una sonrisa, entrecerró los ojos e hizo que dos edificios se separaran. Inclinando la cabeza hacia un costado, se las ingenió para que una puerta de color azul creciera justo en el medio, y entonces rellenó el espacio que quedaba libre con los mismos ladrillos rojizos de los cuales estaba construido el departamento de Emma. Se acercó hasta la puerta, giró la perilla y entró a una habitación completamente vacía y tan blanca que prácticamente encandilaba la vista. Canturreó, y con una concentración absoluta, comenzó a hacer que brotaran paredes, puertas y ventanas. Una vez que finalizó de crear el aspecto arquitectónico del departamento, se comenzó a ocupar de los detalles. Se dirigió hacia el espacio que tenía como fin convertirse en la sala de estar, y lo comenzó a rellenar con los sillones, con los muebles y con todos los adornos que tenía la original. Luego, hizo lo mismo con todo el resto de la casa, ayudándose con las fotos que había tomado el día anterior. Pero en lugar de dejar la carta donde la había encontrado, la depositó sobre una mesita de acacia que descansaba al lado del sillón que Emma siempre utilizaba. No supo bien la razón por la cuál hizo eso, pero había algo en su interior que se lo pedía a gritos, como si aquello fuese a servir de algo.

Exhausta, terminó su tarea, agradeciendo no tener que hacer lo mismo en los niveles restantes. De pronto, Eames ingresó por la puerta principal, seguido de Yusuf, y echándole un vistazo rápido a todo el lugar, soltó un largo silbido.

-Vaya, pequeña, cada día me sorprendes más. Te has lucido, en serio lo has hecho…-caminó, dando pasos lentos.-¡Y has creado todo tal cual! Wow, simplemente, wow.

-Oh, gracias, Eames.-respondió la aludida, sonriendo de oreja a oreja.-A ver, muéstrame que tienes tú.

Eames levantó y bajó las cejas reiteradamente, dejando asomar la lengua por sus dientes. Y entonces, hizo sonar sus palmas, y antes de que Ariadne pudiera siquiera pestañear, tomó la apariencia de Emma.

-Oh, Tú eras Marie, ¿no es así? Ven, pasa, pasa.-dijo acompañando sus palabras con gestos.

-Wow, me asustas.-se estremeció.

-Hola, sigo aquí ¿saben? Pero todo el mundo olvida al bueno de Yusuf.-sollozó sarcásticamente el ignorado.

-Yusuf.-exclamó Ariadne extendiendo los brazos hacia arriba.

Rieron un instante antes de escuchar la canción de Edith Piath, y antes de que pudieran reaccionar, ya se encontraban de vuelta en la vida real.

-Lo he hecho.-festejó Ariadne. Arthur la miró, sonriendo con orgullo. De repente, se irguió sobre su lugar, y entrecerró los ojos.

-¿Sucede algo?-preguntó Dom.

-¡He tenido un momento de iluminación!-gritó, eufórica.-Ya sé que es lo que debemos utilizar en el último nivel, ¡ya lo sé, ya lo sé!

-Cuéntanos.-pidió el líder.

-¡La oficina en la cuál Toru y Saito trabajan juntos! Estoy segura de que es el lugar perfecto para que Toru esconda algo, lo sé.

-¡Eso es brillante, Ariadne!-replicó Yusuf, saltando de su lugar.

-Eso será fácil.-asintió Saito.-Trabajamos en muchos lugares y puedo conseguirte la cantidad de fotos que necesites. Incluso puedo darte los planos…sigo en contacto con mi arquitecto, y como tengo una excelente relación con él estoy seguro de que me los dará.

-Muchísimas gracias, Saito.-sonrió ella.

-Espera un instante…-tomó el celular del pliegue interior de su saco y marcó un número. Llevándoselo a la oreja, aguardó un instante y habló.-Hola, sí, necesitaría que me envíes ahora mismo por mail los planos de mis oficinas.-hizo un silencio.-Sí, de todas.-otro silencio.-Eso no importa, los necesito y para ahora.-se llevó la mano hacia la boca y aguardó.-Sí, eso sería de gran ayuda…sí, sí, eso también. –Entonces, cortó y esbozó una sonrisa ancha.-En unos minutos recibirás un mail con todo lo que necesitas. –Oh, muchas gracias, Saito.-sonrió Ariadne.

Arthur se acercó a ella y se sentó a su lado. Le sonrió de medio lado, provocando que ella le devolviese el gesto.

-Ariadne, ordenando unos papeles, descubrí esto.-y entonces sacó de su valija un cuaderno.- Lo has hecho tú?-sobre un papel se veía el gráfico de una casa. Ella asintió.

-Sí, la he creado yo. Es la casa con la que siempre soñé.

-Es fantástica.-admitió.-Estoy realmente sorprendido.-sacudió su cabeza.-Espera, no es lo que quise decir.-dijo corrigiendo sus palabras.-Me refiero a que cada día tus talentos me sorprenden más.-ella sonrió, asintiendo con la cabeza.

-¡Mira, Ariadne!-gritó Saito-Ven para aquí, ya me han enviado todo. La muchacha se paró y se aproximó a él. El japonés le tendió unas cuantas hojas de papel, y ella comenzó a revisarlas una por una. Cada plano pertenecía a una oficina distinta: se sorprendió, no sabía que Saito hubiese trabajado en tantos lugares.-Me quedaré con ésta.-decidió.-Es fácil de hacer y tiene una estructura interesante.

-Muy bien. En un instante te daré todo el material que necesites para llevar el lugar a cabo.

oOoOoOo

Salieron del taller, tomados de la mano. Arthur se las ingenió para envolverla en un medio abrazo, entrelazando los dedos con los suyos. Seguía igual de fresco que el día anterior, pero el cielo ya se había despejado. En el horizonte, por sobre los edificios, se podía observar al sol ponerse, tiñendo de anaranjado a toda la ciudad. El atardecer en Londres era una maravilla, en pocos lugares podía verse un fenómeno como aquel. Ariadne respiró profundamente el aire puro, y cerró los ojos, sonriendo. Antes de que los volviese a abrir, Arthur giró su cabeza para besar su sien. Le encantaba tanto sentirla bajo sus labios que si hubiese sido por él no la habría dejado escapar ni un sólo instante. Se acurrucó bajo él, y siguieron caminando, sin poder borrar la sonrisa que se había dibujado en sus rostros. Ninguno de los dos podía controlar sus reacciones fisiológicas, ellas estaban más allá de su alcance. No hablaron, pero tampoco necesitaron hacerlo: les bastaba con estar fundidos en un abrazo, sintiéndose el uno al otro. De repente, ambos se detuvieron en seco, perplejos. En la vereda de enfrente, unos cuantos metros más adelante, vieron a Dom saludar con un cariño bastante particular a una mujer. Arthur entrecerró los ojos, intentando enfocar la escena con mayor claridad. No había dudas de que aquel hombre era Cobb, pero la pregunta que carcomía su cabeza era quién era esa mujer: jamás la había visto. Aguardaron a que el semáforo se pusiera en rojo, y entonces cruzaron la calle. Dom se dio vuelta y los miró sin saber bien qué decir. Sin embargo ninguno de los dos lo miraba con enojo, simplemente estaban curiosos. El líder del equipo chasqueó la lengua, y sacudió la cabeza.

-La he conocido hace un par de semanas…pero como todavía no es algo serio, me pareció prudente no decir nada al respecto.

Arthur asintió.

-Oye, Dom…está todo bien. Te mereces ser feliz, no tienes por qué preocuparte ni avergonzarte.

-Arthur tiene razón.-habló Ariadne. La realidad era que le alegraba la idea de que Dom conociera a otra mujer porque significaba que ya había dejado ir a Mal por completo, aunque a veces la recordara.

-Gracias, en serio, gracias. Y por favor…no digan nada. Yo ya blanquearé la situación, pero antes tengo que asegurarme de que esto no sea cualquier cosa.

-Por supuesto.-respondieron los otros dos al unísono. Arthur soltó a Ariadne un instante para abrazar a su amigo. Dom le dio unas palmadas en la espalda, riendo.

-Oye, Ariadne.-le dijo.-Has hecho un gran trabajo hoy.-asintió con la cabeza, les sonrió, y saludándolos con la mano, dobló por la esquina para seguir su camino.

La muchacha echó a reír, arrugando su nariz, y Arthur se unió a su risa. Se volvieron a abrazar, y no se separaron hasta que llegaron al hotel.

Se encontraron con que en la puerta los esperaban Eames y Yusuf, sonriendo maquiavélicamente.

-Iremos a un bar, y ustedes van a venir con nosotros.-sentenció Yusuf.

-¿Para qué Eames termine dado vuelta de nuevo?-Arthur levantó las cejas.

-Yo no fui el único que me pase de copas aquella noche, cariño, ¿eh?-desvió su vista a Ariadne y le guiñó un ojo.

-¿Quieres ir?-le preguntó Arthur a Ariadne, pero ella sacudió la cabeza.

-Estoy cansada y quiero terminar de ver algo de los afiches que Saito me dio hoy, pero ve tú.-lo incentivó.

-¿Segura?-preguntó.

-Sí, en serio, ve. Nos vemos cuando llegues.-sonrió. Arthur asintió y le dio un pequeño beso sobre los labios.

-Pensándolo bien...yo también me quedaré.-dijo Yusuf.-Me falta poco y nada para perfeccionar los sedantes sobre los cuáles he estado trabajando.

-Qué aburrido eres, Yusuf, pero bueno…supongo que iré con el divertido de Arthur.

No se movieron de su lugar hasta que los vieron perderse de vista. Entonces, pararon el primer taxi que vieron, y se dirigieron al mismo bar que habían ido la otra vez. La atmósfera del mismo, a esas horas de la tarde, era completamente distinta. Las luces de león habían sido reemplazadas por las de techo, y la música fuerte y movediza, por una suave que tranquilizaba el ambiente.

Se sentaron en una mesa y ordenaron una cerveza.

-Hoy ha sido un día demasiado agotador.-Eames cerró los ojos y se frotó las sienes.-Tendré pesadillas con Toru. Soñaré que me perseguirá pensando que soy Emma, y cuando se entere de que no lo soy, me perseguirá todavía más pero para arrancarme la cabeza.-Arthur echó a reír, llevándose el vaso a los labios.

-Yusuf puede darte un sedante para que eso no pase.-sugirió, uniéndose a su broma.

Por primera vez en todos aquellos días, entablaron una conversación seria. Remontaron a los viejos tiempos en los cuales se conocieron. Habían pasado muchos años, casi diez, y aún así se acordaban de todo como si hubiese sucedido la noche anterior. Se conocieron con Dom, trabajando en una extracción, y al instante supieron que juntos serían imparables. Un par de años más tarde, las circunstancias impidieron que continuaran trabajando en equipo, y así fue como cada uno de los tres tomó su camino. Durante aproximadamente cinco años, ninguno volvió a saber del otro, hasta que un día Dom y Arthur se reencontraron y volvieron a trabajar juntos. Si bien contactaron con Eames más de una vez, pasarían otros cuatro años hasta que Cobb decidiera ir a Mombasa en busca del inglés. Y antes de que alguno puediese darse cuenta, el equipo se hallaba formado de vuelta, y no sólo eso, sino que ampliado: y aquella vez, que eran imparables.

Pasadas las dos horas, ambos se dieron cuenta de que debían emprender el regreso al hotel. Se las ingeniaron para pagar, y como pudieron, se subieron al taxi que los llevó de vuelta al hotel. Si bien Arthur no estaba borracho, había perdido la coordinación de su cuerpo. Se comenzó a reír: hace años que no bebía demás.

-Oye, Eames.-le preguntó al inglés.

-¿Sí, Arthur?

-Hoy no me has hecho ninguna pregunta extraña sobre Ariadne ¿por qué es eso?

-Digamos que no se me apetecía fastidiarte…pero yo que tú, cariño, no me acostumbraría.-y le guiñó un ojo.-Aunque sí tengo una pregunta… ¿qué tanto la quieres?-Arthur miró por la ventanilla y apretó sus dientes, sonriendo.

-Muchísimo, la amo.

oOoOoOo

Ariadne se frotó los ojos cuando por fin, después de una hora intensa de trabajo, terminó con los dibujos de la oficina. Se dirigió al baño, prendió los grifos de la ducha, y una vez que el agua estuvo tan caliente que el vapor inundó todo el lugar, se metió dentro de la bañadera. Dejó que el chorro cayese sobre su cabeza y su espalda. La temperatura ayudó que se le aflojasen todos sus músculos. Si bien no estaba estresada, trabajar duro como lo había estado haciendo aquellos días, lograba contracturarla casi por completo. Se quedó unos buenos minutos bajo la lluvia artificial, y entonces se envolvió en una toalla y dirigió al lavatorio para cepillarse los dientes. Desempaño el vidrio del espejo, se observó y se desenredo el pelo. Una vez que se vistió, se recostó sobre la cama para cerrar los ojos un instante pero el sueño la terminó venciendo. Se despertó a la media hora cuando escuchó al teléfono sonar. De mala gana, se incorporó en su lugar, y se llevó el tubo a la oreja.

-¿Sí?-preguntó con voz somnolienta.

-¿Hola? ¿Ariadne? ¿Estabas durmiendo? Lo siento si te desperté…

-Hum… ¿Steven?-preguntó, rascándose la cabeza.

-Sí…

-Descuida, estaba despierta.-mintió.

-Oh, bien. Te he llamado para felicitarte. Me he enterado lo de Arthur…¿eres feliz junto a él?

-Sí.-admitió.-Sí, lo soy.

-Me alegro, entonces, porque realmente te lo mereces ¿sabes? -a Ariadne le pareció que su voz sonaba totalmente sincera. Aquello le pareció tierno.

-Oh, cielos. Gracias, Steven, te lo agradezco mucho.-sonrió, aunque el no pudiese notar aquello.

-Bueno…llamaba para eso. Eh…adiós.-y antes de que Ariadne pudiese saludarlo, colgó.

Ariadne volvió a poner el teléfono en su lugar, perpleja, y se frotó los ojos: aquello había sido extraño. Aunque lo intentó, no pudo evitar volverse a dormir, en momentos como aquel, el sueño era mucho más fuerte que ella.

Cuando Arthur llegó a la habitación y la vio en ese estado, sonrió. Se acercó a ella, la tapó con la frazada y besó su frente con ternura. Ya era tiempo de cenar, pero como no quiso levantarla, bajó a comer él primero, junto a Eames y Yusuf, y luego volvió a subir, escondiendo algo de comida en una bolsa que conservaba el calor. Dejó las cosas en su mesa de luz, y se sentó en su sillón para seguir leyendo. Aún cabeceando por culpa del sueño, se obligó a mantenerse entretenido hasta que Ariadne despertó. La muchacha apretó los párpados con fuerza antes de abrirlos, y cuando giró su cabeza y lo vio allí, observándola, le sonrió. Se quedó perpleja cuando notó el gesto que él había hecho: no podía creer que cuidase de ella de esa manera. Una vez que terminó de comer, Arthur se permitió prepararse para ir a la cama. Se recostó junto a ella, acunándola bajo uno de sus brazos, y entonces pegó los labios sobre su pómulo. Ariadne llevó su mano al pecho de él y comenzó a trazar líneas con las yemas de los dedos. Al igual que las dos noches anteriores, se durmieron abrazados.

oOoOoOo

A la mañana siguiente, Arthur despertó a Ariadne con un beso. Se vistieron en silencio, y bajaron a desayunar con Eames y Yusuf. Ninguno de los cuatro abrió la boca en toda la comida, sus mentes estaban demasiado agotadas como para pensar a aquellas horas de la mañana. Se animaron un poco más cuando llegaron al galpón. Cada vez les quedaban menos cosas que hacer, y cada vez perfeccionaban más lo que ya habían hecho hasta el momento. Los límites y niveles del sueño ya habían sido establecidos por completo, y lo único que faltaba terminar de verse con respecto a ello eran algunas de las estructuras y la sincronización de las patadas que los despertaría. Además de eso, cada uno debía terminar de trabajar sobre lo suyo. Yusuf estaba a un sólo paso de conseguir el sedante que necesitaban, y eso era algo que les animaba mucho porque no correrían el riesgo de caer al limbo en caso de ser matados allí abajo.

Todo marchaba bien, todo iba como lo planeado…o al menos eso fue hasta que se escucharon unos disparos. Y entonces se dieron cuenta de que habían cometido el grave error de olvidarse de Ingeniería Cobol. Se levantaron prácticamente de un salto cuando una bala perforó la ventana, atravesando por completo el galpón. Antes de que alguien pudiese hacer algo, se abrieron las puertas de par en par e ingresaron tres figuras. Ariadne sintió un escalofrío al percatarse de que una de aquellas siluetas pertenecía a Nash: había escapado. Ni bien el antiguo arquitecto la vio, sonrió macabramente. Arthur, en un acto reflejo, se colocó delante de ella.

-Ni se te ocurra tocarla.-siseó.

-Bueno, supongo que también puedo divertirme contigo.-sonrió Nash de medio lado.-Después de todo, lo nuestro se convirtió en un asunto personal ¿no es así?

-Ariadne, vete.-le dijo, sin desviar su vista de Nash.

-Pero…

-Ahora.-le ordenó.

-Arthur, no…

-Eames, llévatela.-le pidió al inglés.

Si bien los hombres que acompañaban a Nash no habían hecho nada hasta el momento, dejaban mucho que temer: sus manos descansaban sobre la funda de sus armas.

Eames tomó a Ariadne del brazo y la arrastró hacia la puerta que llevaba al depósito.

-¿Qué quieren?-preguntó Dom, intentando simular tranquilidad. Su propósito era entretenerlos mientras Saito llamaba a sus hombres de Proclus Global para que pudieran enfrentar a los otros. Yusuf se había incorporado, escondiendo algo en su mano. Entonces, antes de que alguno de los otros pudiera darse cuenta, lanzó al suelo una bomba que comenzó a desprender un humo verde. Aprovecharon para correr y esparcirse por el resto del balcón.

-¿Quién ha tirado eso? –dijo una voz.

-Vaya, vaya.-rió Nash, con sarcasmo.-Están en problemas, en graves problemas.-se escuchó el sonido de un disparo al aire.-Entréguennos todo lo que han hecho hasta ahora, y quizás considere no matar a todos. Y también quiero a la chica, necesitamos una arquitecta.-hubo un silencio, el humo comenzaba a extinguirse.-Oh… ¿no piensan decir nada?- dio otro disparo.-Bueno, supongo que su respuesta es clara.-y, como si viese a través de la humareda, apuntó hacia Arthur y jaló del gatillo. Un gemido ahogado inundó el galpón, seguido por el grito de Ariadne. Si no hubiese sido porque Eames la detuvo y se le adelantó, la muchacha habría corrido hacia Arthur. El inglés se acercó rápidamente hacía a él, y lo tumbo de un golpe antes de que el otro pudiese disparar, y Dom apuró el paso para tomar del suelo el arma que había soltado, apuntándole a la cabeza con ella. Sintieron que recibieron un regalo del cuelo cuando llegaron al menos diez hombres de Saito que se encargaron de manejar a los otros dos restantes.

Entonces ella se dirigió tan rápido como pudo hacia donde estaba Arthur. Se hallaba tendido en el suelo, aparentando con fuerza los dientes como si eso fuese a calmar su dolor. Ariadne vio a su camisa teñida de un rojo oscuro, y entonces se desesperó. Prácticamente se la desgarró para ver en qué lugar le había dado el disparo. En su pecho, junto al hombro derecho, había una herida de la cuál no paraba de brotar sangre, y en suelo se hallaba la bala que no había podido penetrar su carne.

-Ari…adne.-susurró. Ella se sacó el pañuelo del cuello y se lo presionó con fuerza sobre la lesión.

-¡Alguien llame ya a una ambulancia!-pidió a gritos, sollozando.-Demonios, Arthur…tus manos están heladas.

-Si, bueno…-tosió.-Ya sabes…lo que dicen-dijo, intentando sonreír-Manos frías…cora…zón caliente.

-Sh…calla ya.-le ordenó.-Todo estará bien, te lo prometo.-le dijo, dejando escapar lágrimas de sus ojos.

-Por supuesto que sí.-cerró los ojos.-Estoy aquí contigo.

Diez minutos más tarde, que para todos aquellos pareció una eternidad, llegó la ambulancia chillando con sus sirenas. Ariadne no se separó de Arthur ni un sólo instante, ni siquiera cuando lo anestesiaron y lo pusieron en la parte trasera del vehículo.

Bueno, bueno ¿Qué les pareció? Este capítulo va dedicado a mis lectoras de siempre (las cuáles son las que hacen posible que se siga escribiendo, porque si no hubiese sido por sus reviews, habría frenado con la historia hace rato), y a mi amiga Kat (hatakektyza) a la cuál volví loca leyéndole y preguntándole sobre todo lo que escribí.

Así que bueno, como siempre, ¡dejen sus reviews! Su opinión es muy importante para mí.

Besos, y hasta el próximo capítulo

Jises