Capitulo Once
Cuando vio al herrero levantar una enorme mano contra Hinata, Gaara se preguntó si la máscara se le habría prendido fuego. Pero no. Era la manifestación de su propia rabia, con una intensidad que podría haberlo asustado. Pero solo tuvo tiempo para actuar, con una rapidez que impedía cualquier pensamiento. En un abrir y cerrar de ojos, tenía el puño del herrero sujeto contra la puerta.
- Si le tocas un solo cabello, Zabuza Momochi, lo lamentarás toda la vida.
La amenaza apenas murmurada penetró en el cerebro empapado de alcohol de herrero.
- No, Lord Lucifer... coronel Sabaku... ¡señor!
- Y si le hace algún daño a su esposa - continuó en un tono menos amenazador -no me necesitará a mí para lamentarlo.
Toda la rabia que el hombre llevaba dentro desapareció como por encanto.
- Lo sé, señor
Gaara soltó su mano.
- Demos un paseo.
Miró a Hinata.
- Quédese aquí hasta que yo vuelva.
Ella se limitó a asentir. Una vez hubo salido el herrero, entró a toda prisa al lado de la señora Momochi. Gaara se detuvo en la puerta del jardín mirando al herrero, que era la viva imagen de la tristeza, y luego comenzó a andar a paso lento, para que el borracho pudiera seguirlo.
- Es por Waterloo, ¿verdad?
Casi no necesitaba preguntar, porque él había sentido también que se acercaba el aniversario de la batalla como quien presiente un eclipse.
- Maldito sea ese día - masculló el herrero.
- Maldito - repitió Gaara en un suspiro - ¿Le ha hablado de ello a su esposa?
- No. Y no quiero hacerlo.
- Lo sé.
Quizás le haría bien hablar de ello. Sería doloroso al principio, pero siempre era mejor que permitir que ese veneno le siguiera destrozando la vida. Siguieron hasta llegar a la herrería de Momochi, muy cerca de su casa. A la pálida luz de la luna, Gaara vio un banco de madera sin pulir junto a la puerta y se sentó.
El herrero dudó, pero también se sentó. Los dos hombres quedaron en silencio un momento, escuchando el croar de las ranas en un estanque cercano, y Gaara se preguntó si aquellos acres de tierra de camino a Bruselas respirarían en paz aquella noche. ¿O estaría demasiado empapada de sangre, violencia y dolor para volver a sentir paz alguna vez?
- ¿Ayuda la bebida? - preguntó con curiosidad.
- Un poco - el herrero se encogió de hombros - Bebo cuando parece que estoy a punto de explotar.
Gaara asintió. Él también había sentido la tentación de emborracharse hasta perder el sentido, especialmente en aquellos días en que sus heridas estaban todavía en carne viva. Pero al final, temía más la pérdida de control que a sus demonios. Y su modo de escapar había terminado siendo el contemplar las estrellas.
- ¿Herido? - le preguntó, aunque sabia que era una pregunta absurda. Todos habían vuelto heridos, incluso los que no tenían ni un rasguño.
- Bah. Entonces no. Me hirieron un par de veces en España, con el viejo Narizotas.
Gaara sonrió. Hacía mucho que no oía llamar así al duque.
- Mi compañero, Kakashi Hatake - continuó el herrero, casi más para sí mismo - quedó hecho pedazos a los pies de un soldado francés de caballería.
Un ruido desagradable acompañó a aquellas palabras y Gaara supuso que el herrero debía estar vomitando, igual que deseaba hacer él. Porque él había tomado parte en una carga salvaje de caballería contra la artillería francesa en Waterloo, y él mismo había hecho pedazos a varios artilleros franceses.
Era lo último que recordaba antes de haberse despertado en un verdadero infierno, rodeado de muertos de ambos bandos, con las costillas rotas y la cara aplastada.
Una sensación incómoda se apoderó del estómago de Hinata cuando oyó pasos y voces ahogadas que se acercaban a la casa de los Momochi una hora después. No era miedo, o al menos no el convencional. Sabía que el herrero nunca se atrevería a hacerle daño después de la advertencia de Lord Sabaku, y por el tono de las voces, el señor Zabuza ya no iba a ser una amenaza para nadie aquella noche.
Un alivio, porque según le había contado la señora Momochi, sumado a lo que ella misma había deducido, aquella familia ya había sufrido demasiado. La puerta de la casa se abrió y entró el herrero con la cabeza baja. Lord Sabaku entró tras él. El herrero miró a Hinata. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados, y una expresión de tal tristeza en su cara sin afeitar que cualquier temor que podría haber albergado se desvaneció.
Lord Sabaku hizo una leve inclinación ante la señora Momochi.
- Acompañe a su marido a la cama, señora Momochi. Creo que, después de esto, se comportará, pero si no es así, envíe a alguien a buscarme, sea la hora que sea, y vendré.
Hinata nunca le había oído hablar en un tono tan suave y solícito, precisamente cuando su presencia allí debía haberle resultado difícil. La señora Momochi tomó a su marido por un brazo con suavidad.
- Así lo haré, Milord. Gracias por haber venido esta noche - y mirando a Hinata,añadió - Y a usted también, señorita. Ha sido muy valiente.
Hinata intentó sonreír y Lord Sabaku le hizo un gesto para que saliera. La verdad era que todo su valor se había esfumado al pensar en la reprimenda a la que iba a tener que enfrentarse. Una vez fuera, Lord Sabaku desató a su caballo.
- Supongo que debería haber traído el coche, pero tenía prisa por llegan. ¿Le importa volver andando a Netherstowe?
Sería lo mejor si pretendía hablarle muy seriamente sobre asuntos de razón y responsabilidad. Sería muy difícil hacerlo hablando por encima del hombro a una persona que se le agarraba a la cintura, a la grupa de un caballo que se movía. Estuvo a punto de decirle que podía volver sola a su casa, pero seguramente empeoraría las cosas.
- En absoluto - contestó. Tras una pausa, continuó hablando - No lo oí llegar. Supongo que el corazón me latía tan fuerte que no me dejaba oír nada más. Gracias por haber venido a rescatarme. Me habría estado bien empleado que no hubiera llegado a tiempo.
- Sí... bueno... pienso cobrarme la cabeza del vicario por esto.
- No, por favor. Tuvo que irse por una urgencia, y fui yo quien lo convenció de que no iba a pasarme nada.
Caminaron en silencio durante un rato. A cada segundo, Hinata esperaba el golpe de la hoja en la guillotina, y cuando oyó que Lord Sabaku se aclaraba la voz, se preparó para un golpe verbal que iba a hacerle más daño que la mano del herrero.
- Ha sido muy valiente esta noche.
¿Habría oído bien?
- Y no me refiero solo al hecho de que se haya enfrentado al señor Zabuza - continuó Lord Sabaku - Hace falta un valor muy especial para involucrarse en las vidas de los demás como lo hace usted.
No parecía enfadado. Ni siquiera sonaba gélida su voz, sino que parecía cálida y sincera. Incluso con una nota de... admiración. Entonces, ¿por qué se le llenaban de lágrimas los ojos? ¿Y por qué sentía una extraña mezcla de risa y llanto en la garganta?
- Hinata... - soltó al caballo - ¿qué ocurre?
¿Qué ocurría?, se preguntó. Pues sentirse tan bien, tan segura y querida en los brazos de Gaara Sabaku, sabiendo que no era mas que una ilusión. Ocurría que no se debía correr el riesgo de recibir un golpe de un hombre borracho y violento, para luego no atreverse a revelar sus sentimientos hacia el hombre que la abrazaba.
- Es que... estaba segura de que ibas a... enfadarte conmigo - dijo entre sollozos.
- ¿Y qué te hace pensar que no lo estoy? - preguntó con tan exagerada y fingida severidad que Hinata se echó a reír entre lágrimas.
- Pues que no me has amenazado con lamentarlo si no hago caso de tus advertencias.
Una risa profunda reverberó en su pecho.
- Me da la sensación de que no responderías bien a las amenazas, mi querida Hinata.
Sabía que pretendía decirle un cumplido, pero no se atrevía a confiar en aquel cambio de modales. Tenía la sensación de estar entrando en una trampa, de sentirse atraída por un cebo tentador que desaparecería de improviso en cuanto se acercara demasiado. Aunque deseaba seguir en sus brazos, retrocedió ligeramente y Lord Sabaku la soltó de inmediato.
- Lo que pasa con... el señor y la señora Momochi - dijo - tiene que ver con la guerra,¿verdad? Y con el primer marido de la señora Momochi.
- Sí - Lord Sabaku recuperó las riendas de su caballo y comenzaron a andar - Zabuza y el otro hombre estaban en el mismo regimiento de artillería. El amigo le pidió a Momochi que se ocupara de su mujer si le ocurría algo, que desgraciadamente fue lo que pasó. Esa clase de cosas pasa muy a menudo entre los hombres alistados.
- Entiendo. ¿Pero por qué siente la necesidad de beber para luego enfadarse tanto?
- Supongo que lo que quieres decir es por qué ahora, ¿no? - le preguntó, alzando la cara hacia el cielo - Descubrí la respuesta a esa pregunta poco después de que te marcharas con el vicario. Por eso vine a buscarte. Sabía que solo otro veterano de Waterloo podría hacer razonar a Momochi esta noche.
- Waterloo. Ya - Hinata se llamó estúpida por no haberse dado cuenta. El año anterior, los problemas con el herrero habían sido por aquella misma fecha - Pero sigo sin entender por qué se enfada tanto con su mujer.
- Porque está enfadado consigo mismo. No sería el primero de los veteranos que se siente culpable por haber sobrevivido cuando la mayoría de sus amigos murieron.
¿Estaría hablando del señor Momochi, o de sí mismo?
- Puede que cometiera algún pequeño error aquel día - continuó Lord Sabaku con una voz llena de dolor - Quizás no obedeció una orden con la suficiente rapidez, o siguió alguna otra estúpida a la que no debería haber prestado oídos.
En la tranquilidad de aquella noche en el campo, Hinata intentó imaginarse el horrísono clamor de la batalla que sabía debía estar oyendo él, pero fue inútil. Nunca había oído más que unos cuantos disparos en la temporada de caza. ¿Cómo comprender a hombres como el herrero o Lord Sabaku que habían vivido aquel funesto día? Sin embargo, sí sabía algo sobre heridas del corazón.
- Quieres decir que puede sentirse como si fuera culpa suya, y que por eso no merece ninguna felicidad, ¿no?
Ella no había visto morir camaradas en el campo de batalla, pero si se había sentido en sus años más jóvenes como una carga o una molestia para la familia de su madre. ¿Sería esa la razón por la que siempre había albergado dudas sobre su valía o su derecho a ser feliz?
- Una estupidez, ¿verdad? Pero los hombres somos así, criaturas estúpidas.
Hinata lo vio allí de pie, bañado por la luz de la luna, fría y fantasmal, y en aquel momento se sintió atraída por él de un modo distinto, mucho más profundo. ¿Cómo podría imaginar qué demonios perseguían al pobre señor Momochi, a menos que él mismo estuviera enredado en aquel alambre de espino?
¿Sería posible que aquella misma luna y aquellas mismas estrellas estuvieran presentes en el campo de batalla aquella noche tres años atrás?
No podía creerlo, y sin embargo...
- Cuando me desperté después de la batalla, creí que había muerto y que estaba en el infierno. El dolor. La agónica sinfonía de gemidos, quejidos y lamentos. El hedor sofocante de la sangre y la pólvora.
- Sin embargo, todo parecía tan tranquilo y sereno en el cielo que seguí mirándolo con mi ojo sano, esperando que algún ángel viniera a rescatarme. Y poco a poco, llegué a la conclusión de que así había sido.
- Qué espanto - musitó el ángel.
Demonios... Gaara cayó de golpe a la tierra. No se había dado cuenta de que estaba dando voz a sus pensamientos. No quería hablarle de aquello a Hinata, a pesar de que estaba seguro de que lo aliviaría. Quería protegerla del horror de lo que le había pasado, del mismo modo que había querido protegerla de las manos del herrero.
Y no solo por su propio bien, o por la promesa que le había hecho a su hermano, sino por preservar su inocencia y su bondad. Estar cerca de ella, escuchar su voz, respirar el mismo aire le había devuelto la salud que tanto tiempo llevaba eludiéndolo. Y lo que no quería de ningún modo era teñirlo con el veneno que aún infectaba su interior.
Hinata se acercó a él de tal modo que pudo percibir su aroma a dulce de pastelería.
- No me extraña que te enamorases de las estrellas. Son más que un interés al que puedes dedicarte en las horas nocturnas, ¿verdad?
Él asintió.
- Siguen teniendo la capacidad de alejarme de quién soy y del ser en que me he convertido.
Había otra empresa que podría surtir el mismo efecto. Una que como mejor se llevaba a cabo era en la oscuridad de la noche. Su cuerpo respondió ante esa idea y la cercanía de Hinata. Lo que daría por verla solo una vez desnuda como una diosa, tocada por la sonrosada luz del amanecer o el crepúsculo, sus rizos sueltos sobre los hombros y cayendo por encima de sus pechos... despertarla, sacarla de su virginidad haciéndole el amor del modo más delicado y perderse por fin en su carne cálida y acogedora... ¿Qué daría por algo así?
¿Su título? Sin pestañear
¿Su fortuna? Sin dudarlo un segundo.
¿Su alma? Puede que incluso la diera.
Sintió que tomaba su mano. Si se giraba un poco, podía demostrarle cuánto podía afectarle y con qué poco. Pero eso podía asustarla, lo mismo que la más mínima muestra de su ardor había conseguido en otras ocasiones. Y aquella noche no podría soportar tener que separarse de ella un segundo antes de lo estrictamente necesario.
- A mí no me parece que te hayas convertido en algo tan terrible - dijo con timidez, casi como si temiera provocar una reacción contraria en él - Yo nunca me siento ansiosa por abandonar tu compañía.
Sus palabras le penetraron como si fueran una hoja del más puro y afilado oro, y no pudo responder inmediatamente por temor a perder el control. Y puede que fuera precisamente su silencio lo que la invitara a decir más.
- Tú, el señor Momochi, y todos los demás hombres que lucharon en la guerra entregasteis vuestros cuerpos, vuestros corazones y vuestras almas, que resultaron con heridas tan profundas como vuestros cuerpos, sino más. Los hombres que murieron fueron quizás los más afortunados.
Él había pensado lo mismo en varias ocasiones durante los últimos años, aunque no aquella noche. Los últimos tres años le parecieron de pronto un precio exiguo que pagar para llegar a momentos como aquel, aun en el caso de que no llegaran a ser nada más. Aun en el caso de que no duraran. Sería mejor que volviera a casa antes de que el embrujo de la noche de luna pudiera hacer algo que lamentase después.
- ¿Es que siempre sabes ver el bien en los demás? - le preguntó y echó a andar con la mano de Hinata en la suya - ¿Incluso cuando los demás son incapaces de reconocerlo en si mismos?
Ella tardó en contestar.
- No... siempre.
- Pero sí a menudo.
Al tomar una curva, aparecieron las luces de Netherstowe. ¿Estaría alguno de los sirvientes esperando su regreso? ¿El mayordomo, quizás, que era su amigo? ¿O la cascarrabias de Kurenai, a la que tanto quería?
- Supongo que sí - admitió - ¿Acaso es malo?
- Malo; no. Peligroso. Como esta noche.
- Entonces, ¿es más seguro suponer siempre lo peor de los demás?
Gaara reconoció el desafío que había implícito en la pregunta.
- Ahorra tiempo.
El caballo había seguido caminando tras ellos en silencio pero en aquel momento piafó. Fue como una especie de suspiro exasperado. Hinata se rió.
- ¡Pero qué bruto más cínico eres, Gaara Sabaku!
De aquellos labios tan exquisitos fue casi un cumplido.
- Y hasta en un bruto tan cínico como yo, eres capaz de encontrar algo bueno.
- Mucho.
Aquella palabra privó de un latido a su corazón.
- Tienes el valor de mirar al mundo sin hacerte ilusiones. A veces me pregunto si no me engaño al ver a la gente y a las circunstancias bajo un paraguas de bondad porque temo enfrentarme a ellos tal y como son.
Preferiría no haber recibido el cumplido, si para ello tenía que condenarse ella.
- Yo no creo que carezcas de valor, querida. Hace falta tener temple para descubrir al verdadero Lord Lucifer, y también para enfrentarse al señor Momochi. Y hace falta valor para fingir ante mi abuelo día tras día, cuándo yo sé que debes tener miedo a lo que ha de venir.
- ¿Tú también lo tienes?
- Yo también - y no solo por perder a su abuelo, sino también por perderla a ella - Al menos no tengo que fingir alegría. Mi abuelo sospecharía.
Había estado reduciendo el paso en un intento de retrasar el momento de separarse, pero estaban a unos metros de la puerta de Netherstowe. Incluso tuvo la sensación de que tras una de las ventanas había visto la silueta vigilante de la señora Kurenai.
Por un momento sintió la tentación de besar a Hinata para despedirse, solo para que aquella vieja bruja se llevara un buen susto. Bueno, en parte. ¿Pero podía confiar en sí mismo, una vez diera rienda suelta a la pasión que tanto había contenido? Hinata era una amenaza demasiado seria para ese control.
- Tú eres alegre por naturaleza - continuó - Yo no - tenía que recordarse a sí mismo... y a ella, que aquel cortejo fingido no podía llegar a ser nada más.
-Tú eres confiada; yo, desconfiado. Tú, compasiva; yo, implacable. Tú llevas el corazón en la solapa, y yo le oculto mis sentimientos a todo el mundo... a veces incluso a mí mismo.
La lista de contrarios podía continuar. Evidente era, por ejemplo, que él era un hombre desfigurado y ella una mujer de belleza impoluta. Qué maravillosa estaba en aquel momento, iluminada suavemente por la luz de los candelabros que se colaba por el cristal de las ventanas. Se parecía a Saturno, la joya del firmamento: cada vez más hermosa.
El sombrero le había resbalado de la cabeza y caía a su espalda, y la brisa nocturna había extraído unos deliciosos mechones de su pelo. Sus ojos nunca habían estado tan luminosos, brillantes de admiración, incluso de afecto hacia el hombre que ella creía que era.
Aquel noble ideal no existía, lo mismo que Lord Lucifer tampoco. Aún menos. Tenía que despedirse y hacerle olvidar aquellas ilusiones... no fueran a seducirlo también a él.
- Tú y yo somos tan distintos como el día y la noche.
Hinata cambió totalmente de expresión. Gaara no se lo esperaba.
- ¡Día y noche! - los ojos le brillaban más que Sirio en una despejada noche de invierno, y sus labios dibujaron una sonrisa de brillo arrebatador.
- ¡Qué idea tan maravillosa! ¡Eso es exactamente lo que vamos a ser!
