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Capítulo 8: Generales
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Las primeras estrellas comenzaban a encenderse en el despejado cielo de Ralteague, iluminando tenuemente las angostas calles de tierra y piedra del pequeño pueblo en los límites del reino, cerca de la frontera con Lyzeille. Ubicado del lado interno de las murallas, y prácticamente pegado a las mismas, el pueblo no era más que un amontonado conjunto de casas bajas de roca y madera, atravesado por varias calles de tierra que conducían de modo irregular hacia las enormes puertas del reino y, a modo de caminos rurales, hacia las faustuosas ciudades ubicadas en el centro del país.
Ameria avanzó a paso lento y cauteloso por las desiertas calles, observando todo con suma atención. Sus ropas blancas de hechicera, compuestas por una túnica ajustada de manga corta, pantalones largos y una fina capa que rozaba sus talones, se encontraban en perfecto estado, en gran contraste con el lastimoso aspecto que habían presentado unos días atrás. Sin embargo, el brazo izquierdo de la princesa estaba cubierto en casi toda su extensión por un firme vendaje de lino, colgando delante de su pecho en un ángulo de noventa grados. Una ajustada tela blanca lo mantenía en esa posición, dando un giro completo alrededor de su cuello.
Habían transcurrido tres agotadores días desde el enfrentamiento con Huraker, durante los cuales habían avanzado día y noche hasta alcanzar aquel pueblo en los límites del reino. En ese momento, las puertas de salida se encontraban frente a ella, a tan solo un centenar de metros. Sin embargo, sabía muy bien que no podía atravesarlas y continuar el camino hacia Lyzeille. No aún.
Recorrer esa distancia en tan solo tres días había sido un esfuerzo demasiado grande para sus tres amigos, cuyas graves heridas, pese a sus atentos cuidados, apenas comenzaban a sanar. Por eso, a solo siete días ahora del cumplimiento del plazo, habían decidido detenerse a descansar en una de las pocas casas del pueblo que aún seguían intactas. Pero Ameria había aprendido, a la fuerza, a ser desconfiada, por lo cual había decidido salir a inspeccionar los alrededores en busca del más leve atisbo de alguna posible amenaza.
Volviendo a experimentar la misma angustiante sensación que la invadió al irrumpir por primera vez en Ralteague, la princesa observó atentamente todo a su alrededor. El lugar se encontraba desierto y lleno de marcas de destrucción, las cuales constituían los vestigios del avance que el ejército de Dolphin había hecho por esa zona. Tanto se había acostumbrado a esa gratuita demostración de brutalidad, que en un primer momento no se sorprendió del todo al ver el inmenso agujero que atravesaba de lado a lado toda una sección de las murallas.
Ameria se detuvo en seco sobre sus pasos, reprocesando en su cabeza lo que acababa de ver.
– ¿Pero qué…?
Un gigantesco hueco en forma circular, de más de veinte metros de diámetro, perforaba de lado a lado el grueso muro de piedra, cuya parte superior había terminado por derrumbarse parcialmente, generando una especie de ojo de buey gigante y deforme en la muralla. Incrédula, Ameria notó que toda el área adyacente a esa sección del muro se encontraba completamente devastada. Numerosos cráteres adornaban de forma macabra las calles, y las pequeñas casas estaban cubiertas de profundas grietas y agujeros. Algunas yacían sobre sus cimientos, completamente reducidas a escombros. Aquel cuadro contrastaba increíblemente con el resto de la destrucción ocasionada por los malvados guerreros negros, siendo aún más desgarrador y brutal. ¿Qué demonios había sucedido allí?
Ameria retrocedió unos pasos, dispuesta a volver apresurada a la cabaña donde sus amigos aguardaban, pero algo la hizo detenerse en seco sobre la calle. El frío y súbito tacto del acero sobre la piel de su cuello la inmovilizó por completo. Ameria tragó nerviosa, sin atreverse a mover ni siquiera un dedo. Durante unos atemorizantes segundos se sintió como un conejo asustado ante una serpiente.
De reojo, pudo notar el largo y curvo acero de una delgada espada, cuyo filo presionaba levemente contra el costado de su cuello. La princesa sintió un profundo escalofrío recorriendo su espalda. Sus desarrollados sentidos de sacerdotisa no habían percibido a nadie acercarse, y tampoco había escuchado el más leve sonido. Incluso en ese mismo momento era incapaz de sentir la presencia de la persona tras ella. Era como si la espada sobre su cuello estuviera siendo sostenida por sí sola en el aire, empuñada por la nada misma.
Lugo de unos eternos segundos de absoluto silencio, Ameria giró levemente la cabeza hacia atrás, intentando observar por encima del hombro.
– ¿Qué…?
Un hombre joven le devolvió la mirada con gesto inexpresivo, apenas reflejando, durante un segundo, cierto dejo de sorpresa en el leve parpadear de sus ojos azules. Vestía una fina y ajustada chaqueta, abotonada a un costado del torso con pequeños broches dorados, un par de pantalones largos que cubrían hasta el empeine de sus botas de cuero, y una larga y elegante capa, todo en un invariable color blanco. Ameria pudo ver, por el rabillo del ojo, una delgada cinta anudada en su muñeca derecha, formando una improvisada pulsera. Pero fue el estado de aquel muchacho lo que más llamó su atención. Las ropas blancas se encontraban rasgadas, sucias, y una gran mancha de sangre teñía la tela a la altura del hombro, deslizándose hacia abajo y manchando el resto de la prenda. El brazo izquierdo colgaba inerte a un costado del cuerpo, como si no formara parte del mismo.
Ameria parpadeó confundida varias veces, observando de arriba a abajo, aún en su precaria posición, al joven detrás de ella. El escalofrío en su espalda creció hasta casi convertirse en una mano de hielo trepando por su columna, reanimado por un antiguo temor, uno que creía haber olvidado hacía tiempo. Con algo de asombro, sintió como la presión de la hoja sobre su cuello disminuía poco a poco, hasta finalmente desaparecer.
– ¿Amel?
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– Ya te lo he dicho – murmuró aburrido Gádriel, inclinando la cabeza hacia un lado y observando a Lina de reojo – Huraker fue quien inicialmente se puso en contacto conmigo para el trabajo. En cuanto a Dolphin, ella se encuentra en Lyzeille, en la ciudad de Atlas y, como habrán podido comprobar, sus más poderosos subordinados la secundan. ¡Y no!, no tengo idea de cómo hace para extender su influencia maligna por todo el continente, sin ni siquiera moverse un paso de allí – torció la boca en una mueca de fastidio – Y antes de que lo vuelvan a preguntar, sí…yo fui el que dirigió la fuerza de veinte mil hombres que calló sobre Kalmart, la cual se prepara para invadir Saillune dentro de una semana... Es todo.
– ¡Esa información no nos sirve de nada! – exclamó Lina, sujetando a Gádriel por el cuello de las ropas y zarandeándolo para todos lados – ¡Ya lo sabíamos!
Gádriel, sentado en el suelo con las manos encadenadas a las espaldas y éstas apoyadas contra la pared, apretó los dientes con fuerza. Una hinchada vena latía en su sien en forma insistente, acompañada de una muy poco amigable expresión en su bonito rostro.
– Pues es todo lo que sé – dijo en forma pausada, intentando sonar amable.
Lina, lo soltó, incorporándose de un salto, para luego empezar a tronar los nudillos de sus manos con una malévola y amenazadora sonrisa.
– Y con eso me das cada vez menos excusas para mantenerte con vida, miserable mercenario – un escalofriante brillo iluminó los ojos de Lina, la cual ensanchó su tan característica sonrisa de demonio – ¿Tienes idea de lo fácil que sería acabar contigo en estos momentos?
Gádriel la observó con tanta burla y descaro que habría sido capaz de irritar al más tranquilo de los caballeros.
– ¿Por qué no lo intentas, huesuda pelirroja?
– ¿CÓMO HAS DICHO, MALDITO BASTARDO ARROGANTE?
Las palabras que Huraker había utilizado para con ella hicieron eco nuevamente en los oídos de Lina, la cual, con los ojos echando chispas, levantó un enorme puño en el aire, dispuesta a matarlo a golpes ahí mismo.
– Suficiente, ustedes dos.
La voz aburrida de Zelgadiss interrumpió la escena. El rubio mercenario, aún sonriendo burlón, y la enfurecida hechicera, hirviendo en deseos asesinos, giraron la cabeza hacia él. Zelgadiss, recostado con los brazos cruzados sobre una rústica cama de madera, los observó con reproche, como si estuviera regañando a un par de niños. La cama, la cual había sido arrastrada hasta allí desde una de los dormitorios contiguos, se encontraba apoyada contra una de las paredes de la amplia habitación rectangular. Los pisos, las paredes, el techo, todo estaba trabajado en una madera gruesa y rústica, con excepción de la gran chimenea de piedra que adornaba la pared opuesta a la entrada. Una amplia mesa con sillas a juego, ubicada en el centro de la habitación, constituía, junto con la cama, el único mobiliario del cuarto. Gourry, el que más recuperado se encontraba de sus heridas, descansaba sentado en una de las sillas, observando sin demasiado interés la trifulca montada por sus amigos.
– ¿Eso es todo lo que puedes decirnos? – preguntó Zelgadiss, acariciando distraídamente su hombro izquierdo. La herida, si bien comenzaba a sanar, aún dolía terriblemente.
Gádriel se encogió de hombros, girando la cabeza hacia un lado mientras sonreía divertido, mofándose del enfado de la hechicera, la cual lo miró con las mejillas infladas y enrojecidas de rabia.
– Es lo que estoy tratando de hacerles entender desde hace tres días. ¿Qué más quieren que les diga?
– Puedes empezar por explicar por qué tú, un mortal que no se encuentra bajo el influjo maligno de Dolphin, sirve a la Señora de los Mares – inquirió Lina, pasando una de sus manos por su larga cabellera roja, intentando calmar los ánimos luego del descarado comentario y de la insultante actitud de aquel maldito sujeto.
– ¿Otra vez esa pregunta? Me aburren – respondió Gádriel, alzando la vista hacia el gran candelabro de hierro que colgaba del techo.
– Contesta.
La voz dura de Gourry se oyó como un trueno en la habitación, aún cuando el espadachín no había levantado demasiado la voz. Sus ojos azules, amenazadores como pocas veces los habían visto antes, traspasaron a Gádriel, el cual le sostuvo la mirada, sonriendo soberbiamente.
– Soy un profesional. La gente me contrata y a cambio yo presto mis servicios...y de más está decir que pongo todo mi empeño en ello – la voz de Gádriel sonó espesa, ponzoñosa – Hace algunos meses, Huraker se puso en contacto conmigo. Me dijo que tenía un buen trabajo que ofrecerme, con una paga que no podría reusar.
– ¿Contratos, servicios…pero de qué rayos hablas? ¿Cómo podrías emplear la paga en un mundo destruido y dominado por los demonios?
– Te confundes, hechicera. Nadie habló de plata y oro… Mi retribución se encuentra en aspectos más modestos – Gádriel sonrió de un modo repulsivo – Para mí, no existe mayor placer que la sensación del acero cortando la carne…ni más bella melodía que la del crepitar de las llamas al devorarlo todo… Esa es mi paga. Y déjenme decirles que la misma ha sido muy abundante gracias a este encargo.
Durante unos silenciosos segundos nadie dijo nada. Lina se sintió incapaz de despegar sus ojos de aquel joven de rostro perfecto pero de alma tan negra como la noche, sintiéndose profundamente asqueada.
– Estás enfermo… – la voz de Gourry rompió el hipnótico silencio que se había apoderado de la habitación – ¿Entonces el asesinato de niños y mujeres inocentes forma parte de tu "trabajo", es eso también una parte de tu "paga"?
– Por favor, Gourry, no me subestimes. No hay ninguna emoción en matar a mujeres y niños – Gádriel sonrió aún más, observándolo con unos ojos grises y cortantes como el acero – La verdadera emoción se encuentra en asesinar a tus oponentes en combate, demostrándoles poco a poco tu superioridad como guerrero, provocándoles la deliciosa desesperación que supone el saber que, irreversiblemente, morirán en tus manos. Los niños, los ancianos, las mujeres, los civiles en general, son solo un efecto colateral del trabajo – la expresión de Gádriel, siempre acompañada de aquella desagradable sonrisa, ensombreció hasta el punto de volverse casi inhumana – De todos modos, ¿qué más puedo decir? Tal vez no sean emocionantes…pero no por eso dejan de ser divertidos.
El silencio se hizo presente nuevamente, tenso y desagradable. Lina y Gourry observaron con asco y desprecio al joven sentado frente a ellos, con las manos encadenadas a la espalda. ¿Qué era exactamente lo que estaban observando? ¿En verdad se trataba de un hombre, de un muchacho de rostro angelical? ¿O en realidad era un animal salvaje, una bestia que de humana solo tenía la apariencia?
– Me das lástima – la fría voz de Zelgadiss, quien se había mantenido ajeno a la discusión, rompió el silencio provocado por las terribles palabras – No eres más que un maldito animal carroñero que se regodea en la muerte y en el sufrimiento ajeno; alguien que, en su brutal inhumanidad, no es mejor que el más vil de los demonios a quienes sirve – Zelgadiss lo observó con un desprecio que prácticamente rayaba la indiferencia – Alguien que no conoce la culpa ni el perdón porque jamás ha tenido nada de qué preocuparse en la vida, nadie en quien pensar, nadie a quien proteger. Eres patético.
Ni palabras altaneras ni comentarios sarcásticos salieron de los labios del mercenario. Gádriel simplemente no respondió a lo que acababa de oír; pero sus ojos si lo hicieron. El semblante burlón y arrogante fue reemplazado por una muy seria mirada, la cual se clavó en Zelgadiss como si fuera un cuchillo. Durante un segundo, Lina y Gourry tuvieron la oscura sensación de que el mercenario se levantaría y se arrojaría sobre su amigo, sin importarle las cadenas que apresaban sus manos. Sin embargo, fue el fuerte sonido de la puerta al abrirse lo que interrumpió y puso fin a la tensa situación, haciendo que los cuatro giraran la cabeza hacia la entrada de la cabaña.
Ameria hizo su ingreso a la habitación, seguida de cerca por un joven alto vestido de blanco. Lina, Gourry, Zelgadiss, e incluso Gádriel, enmudecieron al ver a la persona que acompañaba a la princesa de Saillune, observando de ella hacia él con los ojos sumamente abiertos.
– ¿Amel? – preguntó Lina en tono incrédulo, recordando recién en ese momento que el antiguo general de Phibrizzo también había partido desde Saillune hacia Lyzeille.
– Ehh…chicos… – susurró Ameria – Me encontré con él en mi inspección de los alrededores, cerca de las murallas, y él aceptó venir hasta aquí para que todos podamos ponernos al tanto. Espero no haberme equivocado… – esto último lo dijo en un susurro tan bajo que sus compañeros tuvieron que esforzarse para escucharla.
Ignorando completamente a todos, Amel avanzó a paso lento a través de la habitación, sin decir una sola palabra. Los presentes observaron con desconfianza como, con un pesado movimiento, se dejaba caer sobre una de las sillas. Fue en ese momento que todos notaron el estado en el cual en verdad parecía encontrarse. Las ropas blancas estaban hechas jirones y cubiertas de tierra, y una gran mancha de sangre seca cubría el hombro izquierdo, lo cual, junto con el claro pesar en su forma de moverse, indicaba que había pasado un tiempo considerable tratando él mismo sus propias heridas. Heridas que parecían graves y que aún no sanaban del todo. Sin embargo, ninguno pudo evitar mantener la guardia en alto, atentos al más leve movimiento del joven de la cicatriz. Zelgadiss incluso llevó una mano hacia la empuñadura de su espada, acariciándola suavemente. Amel levantó la vista, paseando sus gélidos ojos azules por todos los presentes. En forma pausada, apoyó su particular espada sobre la mesa, dejándola descansar sobre la madera a la vista de todos.
– No tengo pensado hacer daño a nadie. Ni siquiera a este miserable gusano – dijo observando de reojo a Gádriel, el cual le sonrió en forma desagradable, mostrando todos los dientes – Así que no hay necesidad de que permanezcan en guardia.
Tras estas palabras, Amel se recostó sobre el respaldo de la silla, reclinando la cabeza hacia atrás. Durante un segundo, todos pensaron que iba a caer desmallado allí mismo; no obstante, los ojos expertos de Gourry y Zelgadiss pudieron percibir la tensión de sus músculos bajo las ropas blancas, así como la deliberada forma en la cual había dejado descansar la mano derecha sobre la mesa. Era claro para ellos que Amel sería capaz de incorporarse a la velocidad del rayo si fuera necesario, desenfundando la espada en menos de un parpadeo.
– ¿Pero qué demonios te sucedió? – preguntó de repente Lina, observándolo de arriba abajo con cierta incredulidad.
Amel la observó con atención durante un segundo, sin decir nada. Luego bajó la cabeza lentamente, cerrando sus fríos ojos azules, sumergiéndose en el recuerdo de lo que había ocurrido tres días atrás.
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La capa negra cayó con inusual estruendo sobre la calle, levantando una pequeña nube de polvo. Amel se paró firmemente sobre sus pies, separando las piernas y llevando rápidamente la mano hacia la empuñadura de su espada, listo para entrar en combate en cualquier segundo. Sabía muy bien que a partir de ese momento la más leve distracción podría costarle la vida.
Una sonrisa casi imperceptible adornó el semblante de la mujer de pie ante él. Su atlético cuerpo, si bien poseía las curvadas formas femeninas, ostentaba una desarrollada musculatura que la hacía ver más imponente de lo que en realidad era. Vestía un muy ajustado traje negro de una sola pieza, de manga corta, el cual se adhería a los contornos de su figura como si fuera una maya. Una armadura ligera de plata completaba su atuendo, compuesta por un par de pequeñas hombreras de forma esférica, protecciones que cubrían desde las muñecas hasta la mitad del antebrazo, y un peto en forma de V, cuyos extremos nacían a izquierda y derecha desde las mismas hombreras.
Pero era en el rostro de aquella mujer donde Amel tenía toda su atención. Sus rasgos, sin bien bellos, poseían una dureza casi masculina, acorde con su fornida complexión. Su ojo izquierdo era de un color celeste intenso, de mirada dura, a diferencia del derecho, el cual estaba tuerto y cruzado por una larga cicatriz vertical, dándole un aspecto amenazador. Un pequeño tatuaje, formado por dos triángulos con las bases enfrentadas, adornaba su pómulo izquierdo, debajo del ojo sano. Sin embargo, era su cabellera lo que más llamaba la atención de toda su apariencia. Peinado en una melena corta, similar a la de Xellos, el cabello era de un intenso y extraño color verde, con dos mechones sumamente largos y curvados, los cuales nacían desde la frente. Tan largos eran estos mechones que sus extremos llegaban hasta los hombros, descansando sobre los mismos, dando la extraña sensación de parecer dos enormes antenas de insecto brotando desde la parte superior de su frente.
Amel torció ligeramente los labios.
– Riksfalto…la imponente general de la Señora de los Mares.
Riksfalto sonrió desafiante, elevando su mano derecha hacia el cielo. Una brillante luz comenzó a tomar forma en su palma, estallando de repente en cientos de destellos luminosos. Amel observó seriamente como una enorme espada se materializaba en la mano de la mazoku tras el estallido de energía. Era un arma de un tamaño fuera de lo común, con una hoja recta de acero tan ancha como tres espadas juntas. La empuñadura era larga como un antebrazo, y se encontraba separada de la hoja por una guarda de oro con forma de alas de ángel, las cuales se extendían majestuosamente hacia los lados. Sin embargo, el detalle más llamativo de aquella increíble espada era la punta de su hoja, la cual se abría en un extraño filo triple, como si fuera un tridente. Riksfalto cruzó su arma por delante del cuerpo, blandiéndola como si no pesara absolutamente nada, y luego adoptó una fiera pose defensiva, clavando sus ojos en Amel.
– Dejaré que tú hagas el primer movimiento – dijo en tono amable, con una clara sonrisa de emoción adornando su rostro.
Más allá de lo que la fidelidad hacia su señora le exigía, Riksfalto era una mazoku que amaba las batallas, colocando el honor del guerrero por sobre todas las cosas. Por ello, no podía ocultar la emoción que le provocaba enfrentarse a alguien como Amel. Por más que ahora se encontrara en un cuerpo humano, recordaba a la perfección que en el pasado él había sido el más poderoso mazoku entre todos los generales y sacerdotes, siendo superado solo por el temible Xellos. E incluso ahora, encerrado en ese cuerpo mortal, estaba muy al tanto de cómo había logrado poner en aprietos al ciervo de la Señora de las Bestias en el combate en el Templo Blanco. En pocas palabras, Amel era un rival que bajo ninguna circunstancia debía ser subestimado. Y bastó solo su invitación a atacar para terminar de corroborarlo.
Un chasquido. Solo un leve chasquido fue todo lo que Riksfalto pudo escuchar antes de dar un paso al costado apresuradamente, abriendo los ojos con asombro. Una especie de ráfaga de aire cortante pasó junto a ella a una velocidad descomunal, generándole un profundo corte en la mejilla. La extraña presión eólica continuó su trayecto hacia las murallas detrás de la mazoku, impactando contra una de las pequeñas torres de piedra que se alzaban sobre los muros. Riksfalto observó en silencio como la torre era cortada limpiamente en dos mitades, en toda su extensión, como si fuera un simple pedazo de mantequilla bajo el filo del cuchillo.
Limpiando lentamente la sangre negra que resbalaba por su cara con el dedo pulgar, la mazoku clavó su seria mirada sobre Amel. El joven continuaba de pie unos cuantos metros delante de ella, sin haber variado en lo más mínimo su postura. Los pies seguían firmes sobre el suelo con las piernas separadas, una apoyando el peso por delante y la otra extendida hacia atrás, la mano izquierda aún sostenía la funda de la espada y la derecha sujetaba firmemente la empuñadura blanca. Parecía que no se había movido en lo más mínimo, con sus ojos azules todavía observando seriamente a su rival. Riksfalto sonrió.
– Sorprendente, ni siquiera vi el movimiento. Solo pude escuchar el chasquido de la hoja al ser nuevamente envainada – la general alzó su enorme espada, cargándola sobre un hombro tranquilamente – Desenfundaste tu espada a una velocidad que escapó incluso a mi ojo, arrojando un golpe al aire con ella para luego volver a envainarla. Ese solo movimiento generó la enorme presión con la que intentaste golpearme. Sin embargo… – Riksfalto señaló el corte en su mejilla – no hay modo de que pudieras dañarme con una simple presión de aire. Solo con magia Negra o Astral dañas a un verdadero mazoku, los ataques físicos no sirven. No obstante no hubo magia alguna en tu ataque, la presión de aire fue solo un vehículo para transportar otra cosa… – Riksfalto ensanchó su sonrisa, complacida – Ya veo…esa esa no es una espada cualquiera ¿verdad?
Durante un segundo, una imperceptible sonrisa se dibujó en los labios de Amel, el cual continuó firme en su postura, sin moverse un centímetro. Riksfalto supo enseguida que estaba en lo correcto.
– Orihalcón, la hoja de tu espada está hecha de orihalcón. Eso es algo muy inteligente de tu parte, Amel. El orihalcón no solo es un metal sumamente resistente, también posee poderosas propiedades mágicas. Dime… ¿lo utilizas como un conducto para proyectar la energía demoníaca de tu alma en la hoja?
Riksfalto estaba en lo cierto, como era de esperarse de ella. El orihalcón era un material poderoso, utilizado por los hechiceros para contener y sellar grandes cantidades de energía mágica. Una armadura de ese metal, por ejemplo, era capaz de absorber la magia de hechizos muy poderosos. No obstante, él utilizaba el orihalcón de su hoja de un modo diferente. Amel aprovechaba las propiedades del metal para concentrar la poderosa energía de su alma de mazoku. Esa energía era su esencia, parte de él mismo, no simple Magia Negra o Astral, por lo cual podía conducirla a través del orihalcón de su espada para generar auténtico daño con ella. El orihalcón no la sellaba, simplemente la contenía.
Amel volvió a sonreírle, esta vez en forma claramente visible. Riksfalto alzó su inmensa espada, apuntando con ella al joven de blanco.
– Genial, con eso me aseguras una buena pelea cuerpo a cuerpo. Cada corte que hagas, impregnado de tu esencia mazoku original, tendrá el potencial necesario para dañarme. Y también debo admitir que esa técnica de golpear a distancia con tu espada fue en verdad sorprendente. Sin embargo….
Amel abrió los ojos enormemente, incrédulo. Riksfalto había desaparecido de su vista, se había esfumado como una ilusión ante sus ojos. Entonces pudo escuchar su voz. La oyó antes de en verdad ser capaz de sentir la presencia a sus espaldas.
– …aún sigue siendo demasiado lenta – susurró Riksfalto, de pie detrás de él, a menos de un metro de distancia.
Amel dio un enorme salto hacia adelante, evitando por menos de un centímetro el poderoso mandoble que se hundió en la calle, haciendo explotar el suelo en mil pedazos. Con un ágil movimiento, el joven aterrizó de pie sobre el tejado de roca y paja una de las casas del pueblo, llevando velozmente la mano derecha hacia la empuñadura de su espada. Sin que Amel hiciera ningún movimiento aparente, y sin que la hoja, a simple vista, abandonara su funda en ningún momento, numerosos y breves destellos de plata comenzaron a dibujarse en el aire alrededor de él, uno tras otro, acompañados de los leves chasquidos producidos por el metal al deslizarse a través de la vaina. Los golpes de espada con los que Amel cortó el aire, a una velocidad que iba más allá de las posibilidades del ojo humano, generaron múltiples y letales ondas cortantes, las cuales avanzaron hacia Riksfalto con increíble rapidez. No obstante, la mazoku avanzó a través de los ataques a una velocidad aún mayor, eludiéndolos con escalofriante facilidad. Su cuerpo parecía esfumarse en el aire, como si estuviera hecho de humo, para un segundo después reaparecer en un punto diferente, concretando un avance imparable hacia su objetivo.
– ¡Te lo dije! ¡Demasiado lento! – gritó mientras se encaramaba de un impresionante salto en el tejado de la casa.
Amel se vio obligado a desenfundar totalmente su espada para contener las poderosas embestidas de Riksfalto, la cual, blandiendo su enorme arma como si no pesara absolutamente nada, lo atacó con una sucesión de mandobles y estocadas tan veloces como el rayo. Amel trastabilló, apretando los dientes. Él era un hombre fuerte, capaz de asestar puñetazos que derribarían un muro de piedra. Sin embargo, los golpes de Riksfalto llevaban una fuerza descomunal, incluso para alguien como él. Cada mandoble bloqueado hacía temblar sus brazos y crujir sus huesos, como si los mismos fueran a romperse en cualquier segundo. El propio suelo de roca del tejado se agrietó con cada golpe detenido, haciendo temblar toda la estructura. Si no hacía algo pronto sus brazos serían arrancados de cuajo por la fuerza bruta de Riksfalto. Debía sacar ventaja de algún modo.
Utilizando la increíble fuerza de su oponente en su favor, Amel comenzó a desviar los ataques en lugar de bloquearlos. Con su espada trazó movimientos ascendentes y descendentes en forma lateral, presionando sobre la hoja enemiga y desviando el peso de los golpes hacia los costados, en lugar de contenerlos en forma directa interponiendo su acero. La mazoku notó la astuta maniobra, pero no se detuvo en su ofensiva. Sonriendo complacida, aumentó aún más la fuerza y la velocidad de sus ataques.
Viéndose nuevamente en dificultades para evitar las feroces arremetidas, Amel se deslizó rápidamente por el suelo, esquivando un mandoble horizontal que a punto estuvo de partirlo en dos por la cintura. Incorporándose de un ágil salto, el joven contraatacó por la espalda con un certero corte directo hacia el cuello de su enemiga. No obstante, Riksfalto se dio vuelta a una increíble velocidad, girando sobre sí misma y arrojando un mandoble horizontal a una mano con una fuerza devastadora. Sorprendido por la veloz reacción de la mazoku, Amel apenas pudo interponer su espada por delante del cuerpo a modo de defensa. La violencia del brutal impacto lo arrojó hacia atrás como si fuera un muñeco de trapo, cayendo de espaldas sobre la calle desde lo alto del tejado.
Amel rodó varios metros sin control por los adoquines, hasta que finalmente consiguió apoyar una mano sobre el suelo, incorporándose con un improvisado salto. Inmediatamente después de tocar tierra con los pies, el joven volvió a enfundar su espada, colocándose en posición de ataque. Riksfalto no tardó en arrojarse sobre él desde lo alto del tejado, dando un descomunal salto.
– ¡Te dije que esa técnica sería inútil! – exclamó, cayendo hacia él con ambos brazos extendidos hacia arriba y la espada lista entre sus manos.
No obstante, Amel no corrigió su postura. Con sus gélidos ojos azules clavados en la mazoku, siguió inexpresivamente sus movimientos hasta que ya prácticamente la tuvo encima de él.
– ¡Muere! – gritó Riksfalto, arrojando un brutal mandoble vertical, cortando el aire de arriba hacia abajo.
Entonces Amel actuó. Con una velocidad aún superior a la demostrada al crear las ondas cortantes, el joven liberó la hoja de su funda en un invisible movimiento, arrojando un único y poderoso golpe horizontal, el cual dibujó una estela que deformó el aire en su trayecto.
La espada de la mazoku salió despedida por los aires, girando sobre sí misma, y luego cayó, hundiéndose con fuerza sobre los adoquines de la calle.
– Bien hecho…
Amel y Riksfalto quedaron uno frente al otro, cara a cara, observándose inexpresivamente. Un fino hilo de sangre oscura resbaló por la comisura de los labios de la mazoku, la cual sonrió en forma siniestra, entornando la mirada hacia abajo con tranquilidad. La hoja de Amel se encontraba enterrada hasta la empuñadura en el vientre de la general de Dolphin, sobresaliendo la punta ensangrentada por su espalda. El primer golpe, arrojado a una velocidad inigualable, había logrado cortarla en la muñeca, haciéndola soltar, sorprendida, su enorme espada. Encontrándose desarmada y aún presa del asombro, la mazoku no pudo evitar el segundo ataque de Amel, el cual la alcanzó menos de un segundo después como si fuera un parpadeo de plata, atravesándola de lado a lado.
Pero Riksfalto estaba lejos aún de decir su última palabra.
Antes de que pudiera alzar su mano libre para reanudar la ofensiva, aprovechando la corta distancia entre ambos, Amel recibió un feroz cabezazo en pleno rostro, cayendo confundido hacia atrás. Dando un fuerte tirón, Riksfalto arrancó la espada enterrada en su vientre, arrojándola hacia un lado de la calle. Con una ligera mueca de dolor, la mazoku palpó la herida abierta en su abdomen, de la cual manaba una sangre muy oscura. Podía sentir claramente como los restos de la energía demoníaca de Amel, su esencia original, quemaban la carne de la herida, lastimándola. Sonrió ampliamente. Eso lo hacía mucho más divertido.
Olvidándose completamente del profundo y sangrante corte en su vientre, Riksfalto extendió su mano derecha hacia un costado. Su espada, enterrada en el suelo a varios metros de distancia, salió disparada por los aires por sí sola, regresando a la mano de su ama, la cual la empuñó con fuerza para luego arrojarse contra Amel a toda velocidad.
Amel, totalmente desarmado y aún aturdido por el impacto, se hizo a un lado apresuradamente, esquivando a duras penas el golpe de espada de su enemiga. Sin su arma, no tuvo más opción que eludir los poderosos ataques, algo que, teniendo en cuenta la velocidad y fuerza de Riksfalto, no podría hacer durante mucho tiempo. Debía poner distancia entre los dos cuanto antes o, mejor aún, apartarla a la fuerza; de lo contario, no tardaría en quedar reducido a pedazos en el suelo. Apenas moviendo los labios, Amel comenzó a murmurar el conjuro de un hechizo que, dada la distancia cuerpo a cuerpo, confiaba en que tendría el efecto deseado.
Sonriendo con una mezcla de entusiasmo y crueldad, Riksfalto no tardó en incrementar aún más la velocidad de sus poderosos golpes, decidida a llevar al límite a su oponente. De pronto, Amel tuvo el filo triple del arma enemiga a pocos centímetros de su rostro, apenas llegando a ver el movimiento de muñeca que la mazoku había ejecutado con maestría. Inclinando el cuerpo hacia atrás a último segundo, el joven escapó de ser decapitado por solo unos pocos centímetros, notando demasiado tarde el violento puñetazo que Riksfalto le arrojó a continuación con su mano libre. Amel salió disparado hacia atrás como una bala de cañón, incrustándose en el muro de piedra de una casa cercana. Con un lento movimiento, el joven cayó de rodillas contra el suelo, dejando colgar los brazos y hundiendo la cabeza entre los hombros. Sus labios aún continuaban moviéndose en forma casi imperceptible.
– ¡Te tengo!
Riksfalto cayó sobre él dando un gran salto, empuñando la espada con ambas manos. Sin embargo, un breve instante antes de que la hoja lo alcanzara, Amel levantó la cabeza, arrojándose rápidamente hacia el suelo y dando un perfecto giro al ras del mismo. El golpe de la mazoku impactó contra el muro, cortándolo limpiamente en dos enormes mitades, las cuales se deslizaron lentamente hacia el suelo, separándose una de otra. Riksfalto entornó la vista a hacia su flanco derecho, asombrada, dándose cuenta demasiado tarde de la treta de su oponente. Amel, arrodillado a menos de un metro de ella, extendió velozmente su brazo hacia el frente, apoyando su mano en el costado desprotegido de la mazoku, sin darle siquiera tiempo a retirar su espada de entre los restos del muro.
– ¡Dragon Slave!
La masa de energía escarlata devoró a Riksfalto, golpeándola de lleno a tan solo un palmo de distancia. Por delante de la mano extendida de Amel, el suelo se abrió en una enorme zanja ante el avance del poderoso rayo carmesí, el cual impactó contra las murallas del reino con un enorme estruendo, atravesándolas de lado a lado como si fueran una fina hoja de papel.
El silencio se extendió, lúgubre, sobre el humeante y destruido campo de batalla.
Respirando agitadamente, y con sus ojos azules clavados al frente, Amel estudió con suma atención los resultados de su contraofensiva, alerta al más leve indicio de movimiento. Un enorme hueco, de más de veinte metros de diámetro, abría el muro que marcaba los límites de Ralteague, apenas visible debido a la gruesa capa de humo y polvo que la explosión y el derrumbe habían generado.
De reojo, pero sin desenfocar sus sentidos, Amel notó algo brillando en el suelo, a unos pocos centímetros de sus pies. Su espléndida espada de orihalcón yacía sobre los adoquines de la calle, con la empuñadura blanca extendida hacia él, como si lo llamara. Con gran cautela, Amel se agachó, recogiendo su arma con cuidado. Pero entonces, al intentar incorporarse, su cuerpo se paralizó por completo, abriendo enormemente los ojos.
Amel tardó en entender lo que estaba sucediendo cuando, como si fuera un relámpago, una mano manchada de sangre emergió de entre el humo, tomándolo poderosamente por el rostro. Riksfalto embistió contra él con la fuerza y la velocidad de una bala, incrustándolo brutalmente contra el muro de una casa, sin retirar en ningún momento la mano con la cual le estrujaba el rostro. A través de los dedos de la mazoku, los ojos desorbitados de Amel pudieron ver lo que había ocurrido, cayendo recién en cuenta de ello.
Riksfalto tenía el brazo derecho extendido hacia adelante, sujetándolo por la cara y a la vez hundiéndolo de espaldas contra la roca de la pared. El brazo con el que lo apresaba se encontraba cubierto de sangre negra, lo cual, sumado al hecho de que no tenía su enorme espada con ella, constituía la única señal visible de daño. Todo parecía indicar que la mazoku había intentado contener el inmenso poder destructivo del Dragon Slave apoyándose solo en su fuerza física, interponiendo su espada como única defensa.
Y lo había logrado…
Amel no podía terminar de creerlo; incluso Xellos, a esa distancia, había sido dañado por el Ra Tilt, el equivalente astral del Dragon Slave. Sin embargo, Riksfalto únicamente había sufrido un daño superficial en el brazo derecho, siendo capaz de contener solo con su fuerza física todo el poder de choque del más potente hechizo de Magia Negra. Era algo sencillamente monstruoso…
– Muy bien, Amel…apenas vi cuando te escabulliste de mi espada – susurró de pronto la general de Dolphin, con una siniestra sonrisa curvando sus labios – Creo que cuando te lo tomas en serio me superas en agilidad, aún encerrado en ese frágil cuerpo, lo cual es algo admirable. Pero… – la sonrisa creció, oscureciendo su rostro – necesitarás mucho más que eso para vencerme. Ahora… ¡muere!
La presión sobre el rostro de Amel creció enormemente, haciéndolo gemir de dolor. Riksfalto iba a hacerle estallar la cabeza, como si solo apretara una simple naranja entre sus manos. Intentando hacer a un lado el dolor, Amel giró la espada empuñada en su diestra a una velocidad increíble, enterrando la hoja en el antebrazo de su enemiga. Riksfalto soltó un alarido ahogado cuando el metal atravesó su carne, pero no lo soltó. Entonces, con un violento movimiento horizontal, Amel desplazó la hoja hacia un costado, arrancándola del brazo de la mazoku y abriéndolo a la vez como si fuera una llaga. Riksfalto gritó de furia y dolor, liberando el rostro de Amel de su poderoso agarre. Amel se hizo a un lado, eludiendo con un veloz juego de piernas la lluvia de puñetazos que la mazoku le arrojó a continuación, derribando el muro a sus espaldas.
Poniendo distancia entre ambos con un gran salto, Amel se encaramó en el borde de las murallas. El rostro le latía de dolor, y el cuerpo le pesaba como si estuviera hecho de plomo, pero aún así intentó pensar rápidamente que era lo que debía hacer. Riksfalto había soportado sin problemas un impacto directo del Dragon Slave… si quería salir con vida de ese terrible enfrentamiento, entonces su siguiente ataque debía ser definitivo. Si seguía arriesgándose a un combate de desgaste, estaría muerto en cuestión de minutos.
Durante unos instantes, Amel observó su mano libre, abriéndola y cerrándola frente a sus ojos. Tal vez…podría utilizar "aquello". Lo pensó detenidamente. No…si lo hacía y fallaba, entonces quedaría tumbado en el suelo, incapaz de levantarse de nuevo. No podía correr ese riesgo dado su estado actual… Además…aún había otra cosa que podía intentar.
Con un veloz movimiento, Amel extendió horizontalmente su espada frente a él, concentrando todo su poder.
– Señor de las pesadillas...concédele a mis manos la ira de los cuatro mundos...genera una espada de oscuridad de vacío congelado...
Riksfalto, con el brazo derecho colgando y abierto en una horrible herida, sonrió como una fiera al sentir la poderosa energía que su oponente comenzaba a acumular.
– ¡¿Acaso crees que te permitiré hacerlo?
Soltando un feroz grito, la general de Dolphin voló en línea recta hacia las murallas, sin dejar de sonreír con entusiasmo. Amel la esperó, inmutable en su tranquila frialdad.
– …con nuestro poder y nuestros cuerpos combinados...caminaremos como uno por el sendero de la destrucción...
El puño derecho de Riksfalto, aún con su brazo terriblemente lastimado, se hundió con una fuerza descomunal en el borde superior de la muralla, donde solo un segundo antes Amel había estado de pie. La roca voló en mil pedazos, mientras una enorme grieta se extendía verticalmente hacia abajo, despedazando por completo aquella sección del muro. Con todo su cuerpo envuelto en un aura violácea y la hoja de su espada rodeada de intermitentes descargas eléctricas, Amel cayó de pie sobre la calle, poniendo la distancia que necesitaba para concluir la invocación.
– …capaces de aplastar las almas de los Dioses…
Amel abrió enormemente los ojos, furiosamente sorprendido. Riksfalto se había materializado de la nada ante a él, descendiendo desde lo alto de la muralla a una velocidad imposible, y ahora lo observaba con una burlona sonrisa a menos de un metro de distancia.
– ¡Te dije que no te lo permitiría! – gritó, arrojando un poderoso golpe de puño.
Amel solo atinó a levantar su brazo izquierdo, interponiéndolo delante de su cuerpo. El impacto lo hizo retroceder varios pasos, sintiendo como un dolor seco, cortante, se extendía por todo su brazo. El hueso se había quebrado, rompiéndose en varias partes, lo cual le provocó un dolor tan intenso y repentino que, por unos instantes, estuvo a punto de caer inconsciente al suelo, quedando a completa merced de su rival.
Pero no…no iba a hacerlo. No iba a rendirse. No importaba a quien enfrentara, ni el dolor que sufriera. Ahora las cosas no eran como alguna vez habían sido; cuando no tenía nada que perder.
Ya no.
Él no moriría allí.
Girando sobre sí mismo, Amel se apartó hábilmente hacia un lado, esquivando el segundo puñetazo que Riksfalto le arrojó medio segundo después. Aún impulsada hacia adelante por la inercia del golpe, la general lo observó con asombro por el rabillo del ojo, consciente de la posición en la cual había quedado expuesta. Amel, impasible, le devolvió la mirada, alzando levemente la hoja de orihalcón.
– ¡Ragna Blade!
La Magia del Caos rodeó por completo la espada del joven, adquiriendo la forma de una gran hoja de energía pura, un poder purpúreo impregnado de oscuras descargas eléctricas. Amel había evitado el golpe de Riksfalto, situándose a un lado de ella, a menos de un metro de distancia, quedando en una inmejorable posición para el contraataque. Con toda la fuerza de su brazo derecho, el joven dejó caer la espada en un poderoso mandoble vertical, seguro de una victoria inmediata. Pero entonces, sin percatarse del veloz movimiento, una fuerza aún mayor a la suya presionó contra su muñeca, inmovilizándole el brazo. Amel abrió los ojos sorprendido, observando la afilada sonrisa de su enemiga. Retrocediendo un único paso, Riksfalto había alzado su herido brazo derecho hacia arriba, sujetándolo por la muñeca y deteniendo su mortal ataque.
Los dos quedaron cara a cara, cada uno luchando contra la increíble fuerza del otro. Amel, con los dientes apretados, presionó hacia adelante con el peso de todo su cuerpo, de arriba hacia abajo, intentando continuar con el trayecto de la mortal Ragna Blade, la cual relampagueaba ansiosa, impregnando la hoja de su espada. Sin embargo, la mano de Riksfalto, aún encontrándose tan terriblemente herida en su brazo derecho, continuó sujetándolo con la fuerza de una prensa de acero, inmovilizando su ofensiva.
Fue el ligero cambio en la expresión de su enemiga lo que Amel no alcanzó a percibir a tiempo, maldiciéndose por ello. Un casi imperceptible curvar de los labios en una sonrisa, y un breve brillo de astucia cruzando su único ojo, fue todo lo que Amel pudo notar antes de sentir un atroz dolor golpeando su hombro izquierdo, justo por encima del brazo que le colgaba inerte a un costado del cuerpo. Intentando no ceder ante la fuerza de la mazoku, la cual continuaba sujetándolo por la muñeca, deteniendo la poderosa Ragna Blade, Amel observó de reojo hacia su costado izquierdo. La mano de Riksfalto, colocada en forma de lanza, se encontraba hundida hasta el pulgar en su hombro, el cual sangraba copiosamente, manchando sus ropas y el suelo de un brillante color carmesí. Con un brutal movimiento, Riksfalto arrancó su mano del cuerpo del joven como si fuera una espada, haciendo crujir sus huesos de forma escalofriante.
Amel trastabilló, sintiendo que las fuerzas lo abandonaban y que su vista se nublaba poco a poco. Difusamente pudo ver como Riksfalto, sin liberarlo aún de su agarre, alzaba nuevamente una mano cubierta en su propia sangre, dispuesta a rematarlo. El tiempo pareció detenerse a su alrededor mientras veía como, muy lentamente, la mano de la mazoku avanzaba sin piedad hacia su rostro. Por el rabillo del ojo, casi por casualidad, Amel pudo notar que la energía de la Ragna Blade continuaba envolviendo furiosa su espada, la cual empuñaba con la diestra, apresada a la altura de la muñeca por el poderoso agarre de su rival.
No…
No iba a permitirlo.
Él no moriría allí.
No podía morir.
Todavía…había muchas cosas que debía hacer. Palabras que aún debían ser escuchadas.
"¡Reacciona!"
Amel volvió a la realidad como impulsado por los mismísimos Dioses, escapando del letargo que suponía el eterno sueño de la muerte; letargo que conocía muy bien. Logró apartar la cabeza hacia un lado en el último segundo, esquivando el mortal golpe de Riksfalto por apenas unos centímetros. En el mismo movimiento, actuando por instinto, Amel conectó una feroz patada en la zona baja del abdomen de su rival, golpe en el cual concentró parte de la mismísima energía del Caos nucleada en su espada. Riksfalto se retorció de dolor, sujetándose el estómago con ambas manos, finalmente soltando la muñeca de Amel, lo cual supuso el principio del final de aquel terrible combate. Con un movimiento que fue como un relámpago en la noche, Amel ejecutó un poderoso golpe doble con la Ragna Blade, abanicándola primero en diagonal e inmediatamente después, casi en forma simultánea, en forma horizontal.
Riksfalto retrocedió varios pasos, gritando de dolor. Dos líneas oscuras se dibujaron sobre su carne, desprendiendo una extraña sustancia gaseosa de un color muy oscuro. La primera, en forma diagonal, la cortaba desde el hombro hasta el extremo opuesto de la cadera, drenando una sangre negra y espesa, al igual que el segundo corte, el cual la atravesaba horizontalmente a la altura del estómago.
De pronto, con una sincronización casi perfecta, ambos cayeron de rodillas al suelo, jadeando profundamente. La energía del Caos no tardó en desvanecerse por completo de la hoja de Amel, el cual, observando fijamente a su rival, se llevó la mano hacia el hombro izquierdo, intentando contener la fuerte hemorragia. Riksfalto, de rodillas unos cuantos metros frente a él, le devolvió la mirada llena de furia, cubriéndose ambas heridas con las manos. Amel pudo ver claramente como el turbio humo oscuro se escapaba entre sus dedos, al igual que la espesa sangre, la cual caía en forma intermitente sobre los adoquines de la calle. Nuevamente con una sincronización casi coreografiada, ambos alzaron un brazo hacia adelante, apuntándose el uno al otro con la mano abierta.
Durante unos segundos, ambos permanecieron en absoluto silencio, con los brazos temblorosos extendidos hacia el frente y una mirada tan dura como el acero reflejada en los ojos. Entonces Riksfalto sonrió a medias, bajando su brazo y dejándolo colgar a un costado del cuerpo.
– Has…has sido un terrible oponente, Amel. No me has decepcionado, tal como yo lo esperaba. Ten por seguro…que volveremos a vernos pronto…
Tras estas palabas la mazoku se esfumó en el aire en menos de un parpadeo, dejando solo una gran mancha de sangre oscura sobre la calle. Amel se incorporó muy lentamente, con esfuerzo, sintiendo como el dolor de su hombro, de su brazo, de todo su cuerpo, lo atravesaba como un cuchillo. Rengueando torpemente, se acercó hacia la mancha oscura sobre los adoquines, observándola fijamente.
– No lo dudo… – murmuró.
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Madrugada.
Una fina capa de nubes grises cubría los cielos de Ralteague, dejando que el brillo de plata de las estrellas y la luna en cuarto creciente se filtrara en forma fugaz. La noche era fría, pero Gourry, quien mejor había respondido a los efectos restauradores de la Magia Blanca, parecía no sentirlo. De pie en el exterior de la pequeña cabaña, con los brazos cruzados sobre el pecho, montaba guardia en la oscuridad, atento al más leve sonido que perturbara el tranquilo silencio de la noche.
Sus tres amigos (más Amel y el inesperado prisionero) descansaban en el interior de la cabaña, aún recuperándose de las graves heridas sufridas durante el combate que había tenido lugar tres días atrás. Lina se había quedado dormida sentada en una de las sillas, dejando descansar la parte superior del cuerpo sobre la mesa. Zelgadiss y Ameria, en cambio, dormían sentados sobre la cama a un costado de la habitación, uno junto al otro, el primero con los brazos cruzados y las espaldas apoyadas contra la pared, y la segunda dejando descansar la cabeza sobre el hombro de su compañero, acurrucada junto a él. En la esquina más alejada de la habitación, detrás de la mesa central donde se encontraba Lina, Amel dormitaba sentado sobre el suelo, con las piernas y los brazos cruzados. Su espada, oculta en la funda, descansaba entre sus brazos, con la empuñadura blanca al alcance de su mano derecha.
Finalmente, apoyado de espaldas contra la pared opuesta a la entrada, a un costado de la gran chimenea de piedra, se encontraba el último de los habitantes temporales de la casa. A simple vista parecía dormido, con la cabeza inclinada hacia abajo y las manos encadenadas a la espalda. Sin embargo, sus ojos grises se encontraban abiertos, observando el suelo con una furia que dejaba entrever un leve dejo de melancolía. Una muy pequeña nube de humo gris se elevaba, silenciosa, detrás de él, escapándose por el pequeño espacio entre su espalda y la pared. Las cadenas que apresaban sus muñecas ardían al rojo vivo, calentadas por la poderosa Magia de Fuego que concentraba silenciosamente en sus manos. El metal candente se adhería a la carne de sus muñecas, lacerándolas y quemándolas atrozmente, pero él parecía no sentir el dolor. Su rostro era una máscara del odio más violento y de la tristeza más cruel.
– Así que…nadie a quien proteger, eh… – murmuró Gádriel, separando violentamente las manos detrás de la espalda, despedazando el metal casi fundido de las cadenas.
Fin del capítulo 8
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Glosario de términos:
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. Orihalcón: un material muy codiciado en el mundo de Slayers, ya que es muy resistente, inmune a la magia y tiene la cualidad de bloquearla. Es tan codiciado que su valor en el mercado es mayor que el del oro. En el manga se dice que se formó a partir de las escamas y pedazos destrozados de Shabranigudú y Ceiphied en la batalla ocurrida cinco mil años atrás, pero es una teoría que no se demuestra ni refuta a lo largo de la saga.
. Riksfalto: al igual que Huraker, Riksfalto es un personaje original de Knight of the Aqualord, siendo su aparición en ese manga la única hasta la fecha. Es la general de Deep Sea Dolphin, y por lo tanto una mazoku de muy alto rango. Detesta las mentiras y las manipulaciones, confiando siempre en su propia fuerza y en las acciones directas, pues ama las batallas y el honor del guerrero.
