Capitulo 10
Edward, ¡hijo de perra!, pensé furiosa, dándole una patada al maletero. Ese cabrón… ese demonio me había golpeado. Mi estomago todavía dolía, de seguro me saldría una cardenal. Y encima, luego cuando estaba en el mundo de los sueños aprovecho para atarme como a una morcilla; y para colmo me metió al maletero, ¡al maletero! Estúpido, gilipollas, imbécil… Di otra patada.
Cuando estuviera fuera de aquí y sin nada que redujera mi movilidad le iba a castrar. ¡Cabrón orgulloso! Solo se había casado conmigo porque patee su orgullo cuando éramos niños, esa forma de actuar era propia de los locos. Es que, mierda, ¿acaso no podía olvidar y perdonar? Además, ¡fue él quien lo empezó todo!
¡Pedazo de loco! Le di una fuerte patada al maletero. ¡Imbécil! Otra patada. ¡Ags! Alguien allá arriba debía odiarme mucho. ¡Maldito fueras! Mi vida no podía ir mejor (nótese el sarcasmo), estaba casada con un mafioso sádico-cabrón que odiaba a las mujeres, que solo me quería para darle niños y que encima había hecho todo esto para joder el resto de mi existencia.
Di una ronda de patadas seguidas al maletero y me detuve cuando sentí mis piernas adoloridas. Empezaba a tener claustrofobia. Odiaba los lugares pequeños y oscuros. Sentía que me ahogaba y como unos sudores fríos recorrían todo mi cuerpo. Quería salir de aquí, ahora mismo. Comencé a dar patada sin parar, como loca. Además de tener claustrofobia me estaba meando. ¡Mis pobres riñones iban a estallar de un momento para otro!
¡Mierda, mierda, mierda!
La puerta del maletero se abrió y tuve que entrecerrar los ojos ante el cambio de luz, para verlo a él, al culpable de mis desgracias. El maldito de Edward me miraba como si quisiera estrangularme, ja, eso es lo que quiero hacerle yo a él.
-Ni atada te estás quieta –dijo con enfado.
Quiero gritarle que me estoy meando, pero la cinta adhesiva (que ese asqueroso tuvo la ``amabilidad´´ de ponerme mientras no podía defenderme) me lo impide. Así que le miro con los ojos suplicantes, pensando: sácame de aquí. Edward debe de notar que algo pasa así que con un movimiento rápido despega la cinta de mis labios.
-¡Ay! –me queje.
-Calla, no es para tanto, además te depile el bigote.
¡Ja, que gracioso estaba hecho!
-¡Servicio! –dije desesperada-. ¡Me meo, sácame de aquí!
-¿Cómo se piden las cosas, Isabella? –me pregunta-. Creí que al menos tenias educación –se lamenta, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
¡Imbécil!
-No es momento para que te pongas graciosillo. ¡¿Quieres que me mee en tu coche!? Pues por mi vale, lo dejare hecho una guarrada –le grito.
Edward parece considerar que no quiere tener su coche sucio, así que me saca en volandas y me suelta. Yo acabo sentada en el frio pavimento con mi pobrecito trasero adolorido. Mientras el comienza a desatarme miro a mi alrededor. Estamos en mitad de la nada, con el coche estacionado en lo que parece una parada de descanso. Por encima del hombro de Edward veo lo que debe de ser el motel, un edificio bajo y rectangular, con unas enormes letras de neón brillantes en las que pone: Cooper´s son. De repente, recuerdo que no tengo ni idea de adonde me está llevando Edward, así que le pregunto.
-Chicago –es su seca respuesta. No me da más información.
¿Chicago? ¿Y que se supone que vamos a hacer allí? Arrugo la nariz molesta y miro como termina de desatar mis piernas. ¡Libre al fin! Intento ponerme de pie a duras penas. Mis piernas se han quedado medio dormidas, cuando doy un paso, adiós, me voy hacia el suelo así que me agarro a la camisa de Edward para no espatarrarme contra el suelo.
-Ponte derecha y suéltame –me ordena.
-No puedo. Mis piernas parece que decidieron tomarse unas vacaciones –Lo único que sentía era el cosquilleo que me recorría de cintura para abajo, y no era nada agradable; acompañado por los incesantes pinchazos de mis riñones-. Edward necesito un servicio. ¡Por el amor de Dios, ya sé que me odias y yo te odio, pero llévame al servicio! –le suplico, clavándole los dedos a través de la camisa.
-Llevas jodiendome todo el viaje, ¿Por qué debería hacerlo? –me mira, y veo en sus ojos que se divierte.
¿Qué? ¿Acaso no tiene una pizca de compasión? Rechine los dientes, hasta un robot en comparación con él sería más piadoso.
-¿Vas a dejar que se le exploten los riñones a tu mujer? –le grito-. ¡Es culpa tuya que no sienta las piernas, me las ataste y encima me tiraste al maletero!
-Mira que eres inútil –musita, pero me coge en volandas, después de cerrar el maletero.
-Venga, muévete –le clavo aun mas los dedos.
-Cállate o tendrás que arrastrarte por tu cuenta.
Me muerdo la lengua. Primero lo primero: el baño; luego ya iba a enterarse. La que parece ser la dueña del motel, una mujer pelirroja de bote, de unos cincuenta y tantos, con la cara pintarrajeada, se apresura a abrir la puerta de cristal, con una enorme sonrisa, llena de carmín, en la cara, que va dirigida solo a Edward.
-¡Buenas noches! –canturrea haciéndose a un lado-. Bienvenidos al hotel 24 h de Cooper´s son. Soy Cooper, pero puedes decirme Martha –le dice coquetamente a Edward, no puedo evitar soltar un bufido que no me molesto en disimular-. Sígame por aquí, apuesto joven, y yo me encargo de sus habitaciones y de darle todo, todo lo que necesite, cariñ…
-¡El servicio! –la corto, su tono meloso me empieza a sacar de mis casillas-. ¿Dónde está?
-Vas todo recto por ese pasillo y giras a la derecha –me dice de forma seca, mirándome con un brillo de odio en sus ojos. La miro de la misma manera. Esta Cooper me cae de la misma manera que Tanya, como una patada al estomago. ¡Dios, ¿acaso no ve como me va llevando Edward?! ¿Podría contenerse un poco, no? Edward podría tener la edad, de su (existente o no) hijo.
-Ya oíste –miro a Edward con odio. Él tiene la culpa de que esta vieja trate de ligárselo-. Todo recto y luego a la derecha.
-¿No puedes ir sola, querida? –comenta la tal Cooper. No se me escapa que dice querida como una palabrota. No me digno a mirarla, por mi puede morirse-. Así tu hermano y yo nos encargamos de las habitaciones.
¿Hermano? ¿Esta lagarta quiere saber cuál es nuestra relación utilizando el viejo truco de decirme que es mi hermano, para ver si yo lo confirmo o no? Apreté los dientes con fuerza y clave los dedos aun mas en la camisa de Edward, esta iba a saber.
-Tú, vieja, lo que haga con mi marido le importa una mierda –le digo, mirándola molesta-. ¡Como si me lo quiero follar en el servicio a usted no le incumbe!
-¡Así que te lo quieres follar en el servicio, ¿no?! ¡Patética que eres, querida! –se burla de mi.
Acaba de llamarme puta por toda la cara. Esa… esa… esa lagarta tenía suerte de que iba apurada o iba a ver. Yo no era violenta, pero últimamente la vena asesina se me disparaba mucho.
-Edward, que me lleves al baño, ahora.
Esa Cooper se ha ganado todo mi odio, y Edward ya se lo gano hace unas cuantas horas, pero parece ser que mi odio hacia él va aumentado por momentos por culpa de esa media sonrisa que no se a que cuento viene. Mientras nos alejamos, miro por encima a la vieja y le saco el dedo corazón.
-¿Así que vamos a follar por fin? Si lo hubiera sabido te hubiera puesto celosa antes –me comenta con tono casual Edward, mirándome. Aparto la mirada.
-Deja de inventarte cosas –replico. ¿Celosa yo? Anda y tírate de un puente, yo no estaba celosa para nada. ¡Ag! Solo irritada y molesta.
Edward entro al servicio de mujeres y me horrorice por completo. ¡Pero qué asco de baños! Incomoda me revolví entre sus brazos, ya sentía mis piernas un poco mejor y el cosquilleo iba desapareciendo.
-Oye, te dije que me llevases al servicio, no que entrases conmigo –Me pongo sobre mis pies.
-Tengo que asegurarme de que luego lo hacemos –dice.
Entro en una de las cabinas y cierro. ¡Mierda, ¿porque de todas las cosas que podía decirle a esa lagarta, le dije que me iba a tirar a Edward?!
-Vete –grito-. ¡Tú y yo jamás vamos a hacer nada!
-No estés tan segura.
No me gusta su tono de voz. No me gusta nada, pero ahora tengo casa más pendientes en las que pensar que en eso. Cubro la taza con un montón de papel higiénico y me siento. Pero nada. Aprieto los labios, si hay alguien al otro lado no puedo hacerlo, y eso que siento que voy a explotar de un momento a otro.
-¡Si estás ahí no puedo! –Vuelvo a gritar-. ¡Que te largues!
De improviso, escucho correr el agua, de seguro Edward abrió uno de los grifos. ¿Cree que con eso voy a poder hacerlo y… Vaya, pues funciona. En cuestión de segundos mi vejiga se vacía y suspiro aliviada.
-¿Ya terminaste o vas a empezar a ponerte a tono? –Mis mejillas enrojecen, de rabia.
Ya no me siento incomoda, mis piernas están funcionando de nuevo y ya no estoy ni atada ni amordazada. Ahora podía vengarme de ese cerdo asqueroso. Miro a mi alrededor, en busca de algo que me sirva para golpearlo, pero bien fuerte, pero nada. A no ser que utilice el rollo de papel higiénico o el asqueroso desatascador, nada me servía.
-Isabella, deja de pensar en cómo noquearme y sal ya –dice.
Demonio lee mentes, pienso.
-Estoy cansado y no estoy de humor para una sesión de lucha a muerte.
Me levanto y tiro de la cadena, yo también estoy cansada, pero el enfado por el golpe que me dio y la forma que me trato no se me iban. Salí afuera. Edward estaba apoyado contra la puerta de salida con los brazos cruzados y mirándome con atención, como si esperase que me lanzase sobre él.
-Yo también estoy cansada –digo. Levanto una mano en señal de conciliación-. ¿Tenemos una tregua?
Edward enarca una ceja escéptico.
-¿No vas a intentar vengarte y huir?
-Ya te he dicho que estoy cansada, además de que estamos en mitad de la nada, llevo un condenado localizador –Me llevo una mano a la gargantilla para darle más énfasis-, y si te mato aquí de seguro tu ``admiradora´´ –mi boca se frunce al visualizar el rostro de Cooper-, me arranca el corazón.
Edward no me cree. Bufo estoy siendo sincera. A mí eso de mentir no se me da muy bien, tampoco lo de fingir.
-No estoy mintiendo. Así que, ¿tregua?
-Si intentas cualquier cosa te meteré de nuevo al maletero –dice. Traduzco eso como que acepta.
Se hace a un lado y me permita pasar. Vaya, pues después de todo tal vez sea un caballero, se lo comento, mirándole burlona.
-No estoy siendo un caballero –me contradice-. No me gusta tener detrás de mí a nadie en quien no confió.
Vale, retiro lo que antes pensé de él; no sé cómo no me di cuenta antes de que era un mafioso, por Dios, si todo en él lo decía a gritos con esa actitud suya. Volvimos a la sala, donde la lagarta se abalanzo sobre Edward, colgándosele de un brazo sin que este hiciera nada. Yo me cruce de brazos y me quede aparte, mientras Edward se encargaba de rentar las habitaciones con la lagarta.
Diez minutos después me encontraba en una cutre habitación de motel, en el que solo había una cama con las sabanas tan usadas, que el color verde se había desgastado en algunas partes, y un televisor, que según comprobé, no le iba el sonido. Sencillamente genial. Suspiro y pienso que cambiarme la ropa no estaría de más, ya que la falda gris a cuadros y mi camisa negra estaban toda arrugadas y sucias, por culpa del tiempo que pase dentro del maletero.
-Dime que has traído mi equipaje –Me giro a ver a Edward, después de apagar el televisor.
-No, cuando lleguemos a Chicago ya te comprare lo que necesites –Edward se tira de espaldas sobre la cama, y es cuando me doy cuenta de que si no quiero dormir en el suelo, tendré que hacerlo a su lado.
Mierda. No iba a pegar ojo en toda la noche, eso seguro.
-Hazte a un lado –Me tumbo en mi lado cuando Edward me deja espacio-. Yo no quiero que me compres nada, quiero mis cosas, al menos podías haber pensado en traérmelas, ¿no? –le pregunto, echando veneno.
-No empecemos, Bella –Edward apaga la lamparita de aspecto antiguo que hay sobre la mesilla, y la habitación se queda a oscuras-. Duérmete y no me ralles.
Molesta y le doy la espalda. Toda mi ropa, mis cosas se han quedado atrás, en Seattle.
Bueno, Bella, no te lamentes. Cuando vuelvas seguirán allí, me dice una vocecita conciliadora.
Si vuelves, replica otra vocecita. Ese mafioso a saber para que te lleva a Chicago.
¿Pero qué dices? No le escuches, Bella. De seguro que vuelves, replica la vocecita conciliadora.
Ya claro, y seguro que lo harás en una caja de madera, mete leña la otra voz.
-Cállense ya –siseo-. Quiero dormir.
-¿Con quién hablas? –me pregunta Edward.
-Hablo sola –digo. Las voces de mi cabeza se callan. Menos mal, no estaba para pegarme toda la noche debatiéndome que era lo que íbamos a hacer a Chicago. Ya tenía bastante con tratar de tranquilizarme para poder dormir.
-Pues deja de hablar –me ordena.
Siempre dando órdenes. Buuf, tenía que haberse hecho soldado y no mafioso, digo yo. Con toda esa agresividad y esa actitud, ese trabajo le iba como un guante. Meto mis manos debajo de mi cabeza y trato de encontrar una posición cómoda en la que tumbarme. Desisto en ponerme cómoda y me tumbo boca arriba, con las manos entrelazados sobre mi estomago.
-¿Sabes? Podrías ser un poco más amable conmigo, ¿no crees? –le digo, al cabo de varios minutos, mirando al oscuro techo.
-…
-Lo digo en serio. Haber, desde que estamos juntos solo me das ordenes, me amenazas y me golpeas –continuo hablando, al ver que no dice nada-. Si herí tu orgullo cuando éramos niños, lo siento –En realidad no lo sentía ni pizca-, pero no sé porque no acabas ya con todo esto. No sabía que hubiera personas que pudieran odiar durante tantos años.
-Yo no te odio, Bella –dice en un susurro.
-Pues da la impresión de lo contrario –replico. Al menos no me odia, supongo que eso es bueno-. Si no me odias, entonces, ¿me das el divorcio?
-…
Aprieto los dientes y giro la cara hacia él, esta tumbado de lado dándome la espalda. Debió de quitarse la camisa que traía puesta en algún momento, pues está desnudo de torso para arriba. Mis mejillas enrojecen involuntariamente y yo me pateo mentalmente al pensar que tiene una espalda muy sexi.
Sacudo la cabeza y trato de centrarme. Maldición, ya me he disculpado (aunque no haya sido sincera), él ha dicho que no me odia, pues, ¿a que espera para terminar con esta locura?
-Oye Edward, si no me odias dame el divorcio, ¿sí? Ya te pedí perdón… Si estas preocupado porque me chive de que eres un mafioso no tienes porque preocuparte, tu vida me importa un rábano. Solo quiero volver a mi vida de siempre. Ir a trabajar, quedar los fines de semana con Ángela, y lamentarme pensando que podría hacer algo mas con mi vida y no lo hago, y…
-¿Desde cuanto eres amiga de Ángela? –me interrumpe.
Frunzo el ceño. ¿A qué viene esa pregunta? Se me pasa por la cabeza ignorarla y continuar exponiendo los motivos por los que nos tenemos que divorciar, pero le respondo:
-Nueve años. La conozco desde hace nueve años. La única razón por la que estoy contigo es porque la amenazaste a ella –le recuerdo-. Y no puedo permitirte que le pongas un dedo encima. Ángela es la persona más dulce, y maravillosa y bondadosa que conozco…
-¿De verdad la conoces tanto como para asegurar eso, Isabella? –no sé porque, pero creo que está molesto.
Miro su espalda con los ojos entrecerrados, no sé si es por la oscuridad o no, pero parece que esta tenso. Ángela… pienso en ella y como le dije al mediodía que cubriera mi ausencia y que no tardaría en volver. Ella debía de estar preocupada por mi y por no haber contactado con ella. Tendría que llamarla, pero no sabía por dónde andaba mi móvil, esperaba que no estuviera en Seattle con el resto de mis cosas. Y también esperaba que Santiago no me despidiera.
-¿A qué viene ese tono? Ángela es un cielo, y si, si la conozco lo suficiente como para asegurarlo.
Edward se da la vuelta y se tumba de lado, mirándome con sus ojos verdes brillando en la oscuridad. No sé cómo pueden brillar, ni que fueran dos bombillas.
-Bella, eres demasiado ingenua –Edward posa una de su manos en mi mejilla y comienza a acariciarla-. Y no nos vamos a separar, todavía no me has dado un heredero.
-Mira, hay algo llamado agencias de paternidad –le siseo-. Vas allí, pagas, te buscan una madre de alquiler y en nueve meses ya tienes cuántos niños quieras.
-Yo quiero que me lo des tú. Y me lo vas a dar –ya ha vuelto otra vez con ese tono de aquí se hace lo que digo yo.
Quiero golpearle en la cara, pero no es buena idea. Esta es la única conversación larga y seria que hemos mantenido hasta el momento, y no quiero arruinarla. Tengo que lograr convencerlo de que acabemos ya con todo esto o a este paso vamos mal.
-¿Puedes pensar de manera racional por un momento, Edward? Te estoy diciendo que esto no va a funcionar, idiota, ni ahora ni nunca.
Edward me mira fijo, tranquilo, a pesar de que acabo de insultarle. Su mano ha descendido de mi mejilla y se ha posado en el hueco que hay entre mi mandíbula y mi cuello, enviándome escalofríos. Debería apartar su mano, aunque, claro, no me molesta tanto como debería.
-No veo por qué no. Si dejases de ser tan cabezota y de complicarlo, todo iría como la seda –dice con seguridad.
¿Complicarlo yo todo? Yo no estaba complicando nada, sino él. Junto los labios con fuerza. Edward era el cabezota, y luego decía que no me odiaba. Ya claro, pues parecía disfrutar molestándome.
-Así que date prisa y enamórate de mí –Esas palabras me descolocan. ¡¿Qué me enamorase de él?! ¿Lo decía en serio?
-¿Para qué me llevas a Chicago? –decido cambiar de tema, mi cerebro no estaba para tontadas.
-Vas a conocer a la Familia.
-Ya me imagino –musito-. Papa, mama os presento a mi esposa. Me case con ella solo por venganza mientras estaba borracha. ¡Ah, sí! ¿Os he dicho que solo la quiero para tener un estúpido heredero? –digo, tratando de imitarle.
-No vas a conocer a mis padres –me corrige, su voz no parece tan tranquila como antes-. La Familia son los jefes de las demás mafias que trabajan para mí.
-¿Qué trabajan para ti? –pregunto, sintiendo un pequeño pinchazo de curiosidad.
-Yo soy el Gran Jefe –dice, sonriéndome con prepotencia.
Genial, pienso. Ahora no solo es un mafioso, sino el jefe de todos ellos, lo que me faltaba.
-Aun así, a saber que mentira le contaras a tus padres –insisto, imaginándome la clase de persona que serán. De seguro que tendrán la misma actitud de Edward.
-Mis padres están muertos.
El tono con el que lo dice me sorprende. ¿Cómo puede decirlo de esa manera? ¿Cómo si estuviese comentado el tiempo que hacia afuera? ¿Con indiferencia? ¿Cómo si le importase muy poco el hecho de que estuvieran muertos?
-Lo siento –digo, porque en verdad si lo siento. Si mi padre se muriera me quedaría destrozada. Con René, me pasaría lo mismo, pero de seguro que al cabo de dos días volvería a estar tan fresca como siempre.
-Yo no –Edward saca su mano de mi cara. Vuelve a tener la misma cara carente de emoción, y sus ojos no me transmiten nada-. Isabella, duérmete ya.
-Pero… –Cierro la boca ante su mirada. ¿Se puede saber qué demonios le pasa?
¿A qué viene ese cambio de actitud? Bufo y giro sobre mí misma, dándole la espalda. Mañana, cuando la tregua terminase me iba a escapar de él, aunque llevase el localizador. Esta situación era un pedazo de cosa sin sentido, conseguiría el divorcio, y de paso le devolvería con creces el haberme encerrado al maletero.
-Isabella, te quedan tres días –me susurra, sin entonar.
-¿Tres días para qué?
-Para que te decidas a consumar el matrimonio –Decido ignorarle. Que se hiciese cuantas ilusiones quisiera-. Pasados eso tres días no pienso tener ningún miramiento contigo –añade.
-Eso si tu pene sigue en su sitio –musito en voz alta, al cabo de un buen rato
Edward me ha odio, estoy segura de ello, pero no dice nada. Sé que está despierto, porque va recorriendo suavemente con los dedos mi espalda de arriba abajo, como si estuviera trazando un camino; a la vez que tararea en voz baja, lo que debe de ser una nana.
Cierro los ojos e intento ignorar la sensación de malestar que siento. Para cuando pasasen esos tres días, él y yo no seguiríamos juntos.
…...
Hola, hola a todos. Aquí me tienen de nuevo.
Antes que nada, gracias por los reviews y no, no me molesta que me den opiniones constructivas. Valeee, tal vez me pase con el rodillazo que le dio Edward a la pobre de Bella, pero es que a si es como me lo imagine. ¿Violento? Si, así que lo siento (culpen a los violentos programas de tv que me trague durante mi infancia), tal vez debí poner en el prologo alguna advertencia de que habría violencia, ya que el rated M lo puse por que de seguro habrá una escena subidita de tono (lo sé, soy una pervertida :D). Bueno, pero ahora lo digo bien claro: VA A HABER ESCENAS VIOLENTAS, así que si hay alguien que odie la violencia, que se atenga a las consecuencias si continúa leyendo.
Ahora a otra cosa mariposa, como habrán visto en este capi no sale Anthony (jejeje aunque algunas ya le esperan con ansias :P). Me pareció que estaría bien que Bella y Edward mantuvieran una charla madura acerca de la situación en la que están, al menos Eddie no odia a Bella, así que ya voy vislumbrando un brillito de esperanza para ella…
Les doy un adelanto, en el siguiente vernos a nuestro Anthony y no, no pienso decirles si su actitud es mejor o peor que la de Edward. Anthony será como Anthony decida ser, así que con esto y un bizcocho… besitos a todos y yo me voy a hacer la tarea.
Chao.
