AMARGO PASADO Y DULCE FUTURO

XI. MAL PRESENTIMIENTO

Templo de Sagitario

Una vez que Aioros regreso a su templo, un poco preocupado por su mejor amigo, se dejó caer en la cama, y no pudo evitar sonreír a pesar de su preocupación. Estaba en las nubes. Sabía que estaba enamorado. Se volvió sobre su costado derecho y tomó su celular. Se puso a escribir.

A: Lamento lo que pasó hoy. Con tu amiga, quiero decir. Espero que no te haya dado muchos problemas.

Aioros esperó unos segundos, sin quitar su vista del aparato. No tardó mucho en vibrar y aparecer la respuesta que estaba esperando.

S: No te preocupes. Cass se tranquilizará.

Aioros sonrió ampliamente al leer la siguiente frase.

S: Lamento el comportamiento de mi amiga. ¿Nos volveremos a ver?

A: Mañana. Iré a buscarte a tu departamento cuando salgas del hospital.

S: De acuerdo. Te veré mañana

El santo de Sagitario sonrió de nuevo. Las cosas estaban cada vez mejores. Había encontrado a su hermana perdida. Los problemas con la familia adoptiva de Lydia se habían solucionado. Había conocido a una chica maravillosa. Aioros cerró los ojos y se dejó sumergir en el más profundo y feliz de los sueños.

Edificio de Departamentos, Atenas, Grecia

A la mitad de la noche, la puerta de su habitación se abrió de pronto, y Casandra despertó y se incorporó de golpe. Al principio estaba alarmada, pero pronto se tranquilizó. Era solo Kostas, al parecer con una pesadilla. Vio al pequeño de pie en la puerta de su habitación, como pidiéndole permiso de entrar.

-¿Mami?- dijo el pequeño.

Casandra suspiró. Después del largo y estresante día, ahora Kostas no la dejaba dormir. Pero sabía lo que tenía que hacer.

-Ven aquí, Kostas- dijo Casandra, derrotada. El niño se apresuró a meterse a la cama de su mamá- ¿qué pasó, pequeño?-

Kostas no respondió inmediatamente. Sepultó su cabeza debajo de las sábanas, y la apoyó en el abdomen de su mamá. Casandra optó por acariciarle los cabellos. ¡Cómo se parecía a su padre! Como si necesitara el constante recordatorio de él.

Había mentido. Le había mentido a Saga. Pero, ¿cómo podía decirle la verdad? ¿Para que le exigiera ver a Kostas? ¿Para que tuviera un pretexto para volver a meterse en su vida? No, había hecho lo correcto en no decirle la verdad. O eso se repetía.

-Mami, ¿porqué peleaste con tía Sofi?- dijo Kostas de pronto.

Casandra no supo que decir. No esperaba que el niño se percatara. Pero Kostas era pequeño, no tonto. Claro que se percató de todo lo que sucedió. Suspiró.

-No peleo con tu tía, pequeño- dijo Casandra- solo estoy preocupada por ella-

-¿Porqué?- dijo Kostas.

Casandra sonrió un poco.

-Cuando seas más grande lo entenderás- dijo Casandra, acomodándose la almohada detrás de la cabeza- ahora intenta dormir, pequeño. Mañana mamá tiene que levantarse temprano-

Kostas asintió y se acurrucó.

-¿Mami?- dijo Kostas nuevamente.

-¿Sí?-

-¿Estás enojada con Saga?- dijo Kostas.

Ouch. Esa pregunta no se la esperaba. ¿Y ahora que iba a decirle a su hijo? Kostas no podría entender que era lo que estaba pasando entre ella y Saga. Pero algo tenía que decirle. Y lo peor de todo, es que Kostas se había encariñado con el santo de Athena. ¿Qué decir?

-Saga y yo…- comenzó Casandra, dudosa- tenemos algunas diferencias. Lo entenderás cuando seas mayor. Ahora, no más preguntas y a dormir-

Kostas asintió y cerró ojos ojos. Casandra le besó el cabello, intentando aclarar su mente para poder dormir.

Enfermería del Santuario

A la mañana siguiente, Shion estaba considerando suspender nuevamente las indicaciones de emergencia en el Santuario, pero aún se preguntaba si eso estaría bien. Aunque desde hacía dos días que nadie había sido atacado y parecía que el cosmo maligno que habían sentido no se volvería a manifestar, Shion no quería bajar la guardia. Siempre que lo hacían, el enemigo volvía a atacar. Parecía un juego del gato y el ratón. Cada vez que el Santuario bajaba la guardia, los enemigos parecían saberlo, y atacaba.

El otro asunto que le preocupaba es que durante el tiempo, era que los tres santos de plata heridos iban empeorando, en vez de mejorar. Seguía sin saber que clase de quemaduras eran, pero no eran causadas por un fuego común y corriente. Solo les quedaba una opción, y aunque no le agradaba mucho, porque podía arriesgar a Athena al salir de la protección de los Doce Templos, sabía que tenía que intentarlo.

-¿Señorita Athena?- dijo Shion, mientras veía que Saori y Lydia continuaban leyendo en la biblioteca.

-¿Sí, Shion?- dijo Saori, levantando la vista hacia él- ¿has encontrado algo?-

-No exactamente, señorita- dijo Shion cabizbajo- pero se me ocurre algo… que podemos intentar. No hay garantía de éxito, pero…-

-Pero es peor que no hacer nada- dijo Saori tristemente- no hemos podido hacer nada mientras Dante, Dio y Argol sufren mucho-

Lydia miró a Saori, impresionada. Nunca la había visto preocuparse así por otra persona. Se encogió de hombros. Quizá se había equivocado sobre ella.

-¿Y bien?- insistió Saori- ¿cuál es tu idea?-

Después de que Shion le explicara su idea, éste acompañó a Saori y a Lydia a la enfermería. Milo y Camus iban con ellas también, aunque los dos santos dorados estaban un poco nerviosos, como si alguien fuera a caerles encima en cualquier momento.

Saori entró a la enfermería con el báculo de Niké en su mano derecha. Vio a los tres santos de plata tumbados en las camillas, aún inconscientes por el tratamiento que Aioria les había administrado el día anterior. Saori los miró tristemente. Podía ser mimada, pero le preocupaban sus santos.

La diosa Athena encendió su cosmo, cálido y luminoso, para que envolviera a los tres santos de plata. Lydia la miró, sorprendida. Jamás había visto a Saori en su papel de diosa, y verla así, demostrando todo su cosmo y su poder la impresionó.

-No puedo creerlo- dijo Milo, sorprendido al ver lo que estaba ocurriendo.

Poco después de un minuto de estas expuestos al cosmo de Athena, las heridas de los tres caballeros de plata comenzaron a cerrarse, como si no hubieran estado ahí en primer lugar. Scion suspiró, aliviado, al ver que su plan había funcionado. Milo y Camus también sonrieron levemente. Los tres santos de plata despertaron y se levantaron, como si nada hubiera pasado. Saori apagó su cosmo.

-Muchas gracias por ayudarnos, Athena- dijo Argol, agradecido, arrodillándose ante ella. Los otros dos santos de plata hicieron lo mismo.

-Gracias por salvarnos, Athena- dijo Dio también. Dante asintió.

-Bueno, princesa Athena- dijo Shion, aún sintiéndose aprehensivo de que Saori estuviera tan lejos de los Doce Templos- será mejor que regresa a sus habitaciones. No es seguro que esté afuera tanto tiempo fuera-

Saori asintió, y obedientemente procedió a regresar. Lydia se despidió de ella por lo pronto y la miró alejarse con Shion, mientras que Milo y Camus se quedaron con ella en la enfermería, mientras esperaba a Aioria, quien se encontraría con ella ahí para llevarla a la ciudad.

-Lydia, ¿cómo siguió Athena?- preguntó Milo de pronto.

-¿De qué hablas?- preguntó Lydia, sorprendida. Milo usualmente la ignoraba cuando la veía, no solía ser muy comunicativo en su presencia.

-De cuando estaba… triste. Cuando la chica esa la hizo llorar- dijo Milo, frunciendo el entrecejo- que quería utilizar a Aioros como si fuera un objeto-

Lydia frunció el entrecejo al recordar la situación, y vio a Milo, que se veía genuinamente preocupado por no haber podido consolar a Saori en el momento en que estuvo con ella.

-Oh, no te preocupes, Milo. Saori está mucho mejor- dijo Lydia, sonriendo, en un tono tranquilizador- no hay nada que no arregle un abrazo y un enorme chocolate-

-Menos mal- sonrió el santo de Escorpión, aliviado- gracias por ayudarla…-

Lydia lo miró, pues sabía que el santo había intentado consolar a Saori justo después de que Greta la hiciera llorar. La chica le dio dos palmadas en el hombro, sin dejar de sonreír.

-Para ser sincera, creo que tú hiciste la mayoría del trabajo- dijo Lydia con una sonrisa llena de simpatía- hiciste bien, Milo-

Milo sonrió, aliviado y más tranquilo. Camus también tuvo un asomo de una sonrisa. No pasó mucho tiempo cuando los alcanzaron Mu y Aioria.

-Buenos días, chicos- dijo Aioria de muy buen humor.

-Mu- sonrió Lydia, abrazándolo. Vaya que lo extrañaba. Había pasado mucho tiempo en la villa de Athena, y el santo de Aries había estado recluido vigilando en su templo. Ya quería que terminaran esos ataques.

-El maestro Shion me dio la noticia- dijo Mu, sonriendo ampliamente y acariciando el cabello de su chica, y se volvió al santo de Leo- cuida bien de ella afuera del Santuario-

-No tienes que decirme eso, Mu- dijo Aioria, fastidiado. Mu sonrió, y besó a Lydia en la mejilla, y se despidió de ella. Lydia sonrió y siguió a Aioria fuera del Santuario, hacia la ciudad de Atenas.

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Edificio de Departamentos, Atenas

Sofía se levantó temprano, mucho antes de que Casandra o Kostas despertaran. Se preparó un sandwich de atún en la cocina para desayunar, y tras vestirse y tomar su bata clínica y su mochila, abrió la puerta para salir. Justo antes de irse, Sofía escuchó una voz.

-¿Ya te vas, Sofía?- dijo Casandra, atando el cinturón de su bata al salir de su habitación.

-Sí, y llevo prisa- dijo Sofía sin mirarla, pero también sin moverse.

-Lamento lo que sucedió ayer- dijo Casandra, cabizbaja- lo que dije, lo dije porque tú eres mi única amiga, y no quiero verte lastimada-

Sofía se volvió hacia Casandra, quien tenía una mirada muy triste. La pelirroja suspiró y sonrió.

-No te preocupes, Cass- dijo Sofía, encogiéndose de hombros- eres mi mejor amiga. Hablamos en la tarde-

Casandra asintió, y vio a su amiga salir. Sonrió levemente. Pensó que ese día tenía que decirle la verdad a su amiga, sobre Saga y Kostas. Ese día, más tarde, todo estaría arreglado.

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Recinto de las Amazonas

June regresó al recinto de las amazonas después de que Athena curó a los tres santos de plata que estaban heridos. Las otras amazonas le preguntaron sobre lo ocurrido, y June les contó todo lo que sabía. Sobre todo Shaina estaba curiosa sobre lo que estaba ocurriendo con el extraño atacante. No sabía quien podía estar de todo esto.

Shaina y Marín volvieron a salir del recinto, con dirección a los Doce Templos. La amazona pelirroja tenía la esperanza de encontrarse con Aioria en el camino al templo de Athena, pero se vio decepcionada. Al pasar por el templo de Leo, éste estaba vacío. Cuando llegó al templo de Escorpión, Milo le explicó a donde había ido Aioria: había bajado a la ciudad con Lydia a hacer un trámite administrativo.

-¿Marin?- preguntó Milo, notando a la amazona preocupada. No podía ver su rostro, pero vio que temblaba ligeramente- ¿estás bien?-

-Sí, estoy bien- dijo Marín, sacudiendo la cabeza, y llevándose una mano al pecho- no sé porqué, pero tengo un mal presentimiento-

-Debe ser tu imaginación, Marín- dijo Shaina, intentando tranquilizarla.

-Eso espero- dijo Marín- vamos, Athena nos espera-

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Templo de Géminis

Aioros se levantó temprano ese día. Sonrió ante la perspectiva de ver a Sofía más tarde. Sabía que la vería cuando saliera de trabajar ese mismo día. Habían quedado que Aioros iría por ella a su departamento, y luego la llevaría a cenar.

También le dio gusto enterarse que a los caballeros de plata los había curado el cosmo de Athena. Sabía que ella no los iba a dejar luchar solos. Y eso también le dio un poco de tranquilidad. Sabía que, en caso de encontrar a los culpables y que alguien fuera herido, habría una solución a tan terribles heridas.

Al pasar por el templo de Géminis, se detuvo a ver como estaba Saga. La noche anterior había decidido, muy prudentemente, no insistir en ayudar a su amigo cuando estaba molesto.

-¿Saga?- dijo Aioros, llamando a la puerta de su habitación- ¿estás ahí?-

Un gruñido proveniente de la habitación de Saga le respondió. Aioros puso los ojos en blanco, y golpeó varias veces la puerta, hasta que el santo respondió.

-¿Qué quieres, Aioros?- dijo Saga, desde dentro de la habitación. Por su tono de voz, no se le veía con muchas ganas de abrir. Aioros de todos modos abrió la puerta.

Saga se encontraba ya levantado y vestido, sentado sobre la cama, sin mirar al recién llegado, con las manos en la cabeza.

-Pedirte que me acompañes a otra cita- dijo Aioros, encogiéndose de hombros inocentemente. Saga miró al santo de Sagitario muy molesto- digo, si no tienes nada mejor que hacer-

-Estás pidiendo que te mande a otra dimensión, Aioros- gruñó Saga- no creas que no lo haré-

Aioros se echó a reír.

-Estoy bromeando, Saga- dijo Aioros, encogiéndose de hombros- solo intento animarte-

-No estás ayudando mucho- gruñó el santo de Géminis.

-Lo sé, amigo- dijo Aioros, sentándose junto a Saga y dándole una palmada en la espalda. Borró su sonrisa- lamento mucho haberte puesto en esa situación. Jamás me imaginé que algo así pasaría. Si sirve de algo, creo que eres un buen amigo por haberme ayudado-

-No fue nada- dijo Saga, sin muchas ganas.

-De verdad, eres un buen amigo- repitió Aioros, y sonrió. Saga no pudo evitar sonreír también- y si algún día pudiera hacer algo para que te sientas mejor…-

-Gracias, Aioros- dijo Saga, relajándose un poco- pero hazme un favor: a la próxima, llévate a Shura a tus citas. O a Kanon, me gustaría verlo sufrir un poco para variar-

Aioros sonrió, y Saga hizo lo mismo. Quizá el encuentro que había tenido con Casandra no había sido del todo malo. Quizá podría usar esta oportunidad para volverla a ver, para explicarle todo lo ocurrido, y finalmente hacer las pases con ella. Era la mujer que amaba, ¿no? A Saga le dio un vuelco la sola idea de reconciliarse con ella. De tenerla de regreso. No, no podía. Ella misma le dijo que lo había superado. Suspiró de nuevo.

Aioros se puso de pie, y tras darle un golpe amistoso a Saga en su hombro, salió del templo de Géminis.

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Templo de Virgo

Dohko bajó un templo, al de Virgo, para hablar con Shaka. Aunque las cosas parecían haberse calmado, quizá Shaka sabría quien está detrás de todo esto. O al menos lo detectaría. Al santo de Libra, quien había visto a los santos de plata heridos y había escuchado de Saga y Aioros el ataque a Athena en la entrada del Santuario, no le gustaba para nada la situación. Era evidente que los enemigos sabían usar el cosmo. ¿Otro dios los estaba atacando? ¿o eran acaso desertores? Dohko sacudió la cabeza.

Se introdujo al templo de Virgo, y encontró a Shaka sentado en su flor de loto, meditando como solía hacer.

-¿Anciano Maestro?- dijo Shaka al detectar que no estaba solo- ¿a qué debo el placer?-

Dohko hizo una mueca.

-Ya te dije que me gusta que me digas Dohko a secas- dijo el santo de Libra, y Shaka sonrió levemente- he venido a preguntarte tu opinión sobre los eventos recientes-

-¿Eventos recientes?- preguntó Shaka.

-Los ataques al Santuario, y a los santos de plata- dijo Dohko- creo que estoy en lo correcto en asumir que le has dado un buen pensamiento al asunto-

Shaka asintió, y respiró profundo.

-Sí, lo he pensado un buen rato- dijo Shaka- debo admitir que la situación no me gusta ni un poco. El enemigo es usuario de cosmo, pero sabe esconderlo muy bien. Y sus ataques me parecen erráticos, como si quisieran atacar solo por atacar. Como si quisieran llamar nuestra atención con eso. Están jugando con nosotros, nos están intentando confundir-

-¡Pero si el primer ataque fue contra Athena!- dijo Dohko.

-Lo sé, y el siguiente contra santos de plata- dijo Shaka- no tiene sentido. ¿Porqué desperdiciaran su ataque en ellos si iban contra Athena?-

Dohko meditó en las palabras de Shaka.

-Entonces si quieren llamar nuestra atención- dijo Dohko- no puede ser… ¿nos estarán distrayendo?-

Shaka asintió.

-Esa es mi creencia- dijo Shaka- que nos están distrayendo con esos ataques. Pero creo que no hay que bajar la guardia. Hay algo más detrás de todo este asunto-

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Villa de Athena

Shaina y Marín llegaron a la villa de Athena. Saori las estaba esperando junto con Shion. La joven diosa estaba muy preocupada por lo que había muy preocupada por toda la situación. Las amazonas se arrodillaron al llegar con ella.

-Buenos días, chicas- dijo Saori, acercándose a ellas y haciéndolas levantarse- me da gusto que estén bien-

-Nosotras estamos muy aliviadas que usted esté bien, princesa Athena- dijo Shaina- sobre todo con los ataques que hemos estado sufriendo…-

-Es por eso que las llamé, chicas- dijo Saori impacientemente- creo que el recinto de las amazonas no está muy bien protegido-

Shaina hizo una mueca debajo de su máscara.

-No quiero decir que ustedes no lo sepan proteger, Shaina- dijo Saori, adivinando la molestia de Shaina- es solo que… están casi al límite del Santuario, muy cerca de donde atacaron a los tres santos de plata…-

-No se preocupe tanto, princesa Athena- intervino Marín- Afrodita de Piscis ya colocó sus rosas rojas en los alrededores, y es imposible entrar por otra parte que no sea la entrada principal, donde siempre hay una amazona de plata o bronce vigilando. Además, la entrada está en uno de los trayectos de las rondas: cada 5 minutos siempre pasa alguien vigilando-

Saori sonrió, un poco más tranquila. Shion sonrió, también aliviado, pues ese asunto lo había tenido preocupado.

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Calles de Atenas

-Bueno, ya soy oficialmente griega- dijo Lydia, riendo- ¿qué te parece, Aioria?-

Ella y Aioria acababan de salir de la oficina del registro civil, pasado el mediodía. Les habían dado un documento que avalaba que la custodia de la chica recaía en sus dos hermanos mayores. También le habían cambiado su nacionalidad de inglesa a griega.

-Siempre lo has sido, pequeña- dijo Aioria, sonriendo y revolviéndole el cabello. El santo de Leo no llevaba su armadura, pues el asunto que lo llevaba a la ciudad no lo requería.

-¡Aioria!- se quejó Lydia, intentando acomodarse de nuevo el cabello. Sus cabellos castaños, siempre alborotados, parecían empeorar con esa maniobra que Aioria solía hacer- siempre haces lo mismo…-

Aioria se echó a reír, feliz de ver a su hermana tan contenta. Por fin parecía que todos los problemas estaban resuelto. Miró la tienda de helados cercana, y sonrió.

-Vamos, pequeña, no te enojes, te compraré un helado- dijo Aioria, sonriente.

Lydia sonrió y asintió. Miró a su hermano: Aioria estaban tan de buen humor, que decidió que era buen momento para hacerle una pregunta que quería formular desde hacía un buen tiempo.

-Por cierto, Aioria, ¿porqué no le pides a Marín que salga contigo?- dijo Lydia con una sonrisa astuta.

-Creo que te estás juntándote demasiado con ese latoso de Kiki, Lydia- dijo Aioria, restándole importancia al asunto, pero borrando su sonrisa- no hagas esas preguntas indiscretas-

-Oh, por favor, Aioria- dijo Lydia- Marín me agrada, y tú…-

-No hagas preguntas indiscretas, Lydia- gruñó Aioria, interrumpiéndola. La chica supo que el comentario no le había hecho nada de gracia a su hermano, por lo que decidió dejarlo por el momento.

-Perdona, Aioria- dijo Lydia, abrazando su brazo izquierdo- pero se ve que te gusta mucho. Y que tú le gustas a ella. Me gustaría verte feliz con ella-

Aioria miró a Lydia, sorprendido, pero no respondió. Su hermana menor era más lista de lo que creía. Sonrió levemente, pero algo hizo que se borrara su sonrisa de pronto. Un cosmo maligno. El mismo que los santos de Athena llevaban días buscando. El mismo que había atacado a Athena en la entrada del Santuario. El mismo que había dejado tan malheridos a los santos de plata. Y demasiado cerca de ellos para su gusto.

-¿Aioria?- dijo Lydia, notando el cambio en su hermano, soltándolo y dando un paso atrás para mirarlo mejor- ¿estás b…?-

Pero Aioria no la dejó terminar. Dio un salto hacia ella, y la abrazó con fuerza. Mientras estaban aún en el aire, a punto de caer al suelo, Lydia sintió su brazo derecho como si estuviera en el fuego. No, se sentía mucho peor. Como si miles de pequeños cuchillos se encajaran en su brazo y antebrazo. Intentó gritar, quitar su brazo, hacer algo, pero el grito solo se ahogó en su garganta.

Aioria y Lydia cayeron al suelo pesadamente, y ella se deslizó unos centímetros de donde había caído su hermano. Sintió una fuerte onda de choque, que quebró los vidrios de todos los establecimientos alrededor. Algunos fragmentos de vidrio y roca se clavaron en sus manos al intentar levantarse, pero nada tan doloroso como lo primero que había sentido en su brazo, el fuego que la quemó.

Lydia se miró el brazo izquierdo. Estaba todo, desde su hombro hasta la muñeca, cubierto de una fea quemadura azulada, idéntica a la que había visto antes en los santos de plata. Y era demasiado dolorosa, tanto que se le escapaban lágrimas de los ojos, y no podía ni siquiera pensar bien. Dejo escapar un gemido involuntario de dolor. Los habían atacado con una bola de fuego azul. Lydia levantó la mirada, y vio a Aioria tumbado en el suelo, a escasos centímetros de él.

-No, no, no…- dijo Lydia, arrastrándose hacia donde se encontraba su hermano. No podía creer lo que estaba viendo.

Aioria estaba tumbado en el suelo, boca abajo, con sus brazos extendidos sobre su cabeza. Tenía toda su espalda, brazos y piernas cubiertos de esas horribles quemaduras azuladas. Su camisa se había consumido por completo, y los protectores de los brazos y las piernas se habían desprendido y deshecho por el fuego. Lydia se acercó a él y lo miró de cerca. Incluso su mejilla tenía una pequeña quemadura.

-Aioria…- dijo ella, con lágrimas en los ojos. El dolor en la expresión de su hermano era más que evidente.

-Ly… Lydia…- dijo Aioria a su vez, acariciando el rostro de su hermana con una mano temblorosa. No, todo su cuerpo temblaba violentamente de dolor, y el santo apretaba los dientes- corre…-

-No, Aioria…- dijo Lydia, manteniendo su brazo herido pegado a su cuerpo, ignorando su propio dolor por un momento, y mirando a su hermano- no puedo…-

-Lydia.. vete de aquí…- dijo Aioria, haciendo muecas de dolor, pero evidentemente preocupado por ella. Al ver que la chica no se movía, el santo de Leo alzó la voz, aunque pareció que solo logró que su voz se quebrara aún más- por una vez… obedece…¡vete!-

Con una última mirada desesperada hacia Aioria, Lydia obedeció, y se arrastró hacia uno de los negocios, el cual estaba vacío, pues todos los compradores y sus dueños habían huido al ser éste impactado por el fuego y la onda de choque que le siguió. La chica se escondió detrás de uno de los mostradores, manteniendo su brazo herido pegado a su cuerpo, y apretando los dientes de dolor. En su escondite, no podía ser vista desde la calle, pero ella aún podía ver a Aioria tendido en el suelo.

-Aioria…- susurró ella, apretando los dientes. Intentaba mantenerse consciente, aunque el dolor la hacía quererse tender en el suelo y apretar los ojos.

Y fue cuando los vio. Entre las calles vacías, y los transeúntes escondiéndose igual que ella en las ruinas de los negocios cercanos, dos hombres se acercaron a su hermano, y lo miraron por un momento, así tendido como estaba. Aioria ya no se movían.

-Creí que el jefe había dicho que quería que le lleváramos a la chica- dijo uno de los dos hombres, empujando el costado de Aioria con la punta del pie, haciendo que el santo dejara escapar un lastimero gemido, pero no se movió más que eso.

-Él dijo que quería de preferencia a la chica, pero cualquiera de los dos hermanos serviría- dijo el otro hombre, con una voz demasiado bien conocida por Lydia, provocándole un horrible vuelco, casi tan doloroso como la quemadura en su brazo- éste caballero servirá-

El primer hombre que había hablado levantó a Aioria del suelo, quien había quedado inconsciente, y se lo echó a la espalda como si fuera un muñeco de trapo. Los dos hombres desaparecieron tan pronto como habían llegado. Una vez que se perdieron de vista, Lydia cerró los ojos y se tendió en el suelo, detrás del mostrador, donde se encontraba. El dolor de su herida, el mismo que ella había estado intentando ignorar mientras averiguaba que pasaba con Aioria, había empeorado considerablemente. No podía soportarlo. Apretó sus ojos y se concentró. Tenía que encender su cosmo otra vez, aunque sea por un minuto. Tenía que llamar a alguien. Tenía que llamar a Mu o a Aioros. Pero necesitaba ayuda.

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Templo de Aries

Mu estaba de pie, caminando en círculos en la entrada de su templo, esperando a que Lydia y Aioria regresaran de su asunto en la ciudad. Los dos se habían tomado su tiempo, pero Mu sabía que los trámites legales y administrativos en la ciudad eran largos y engorrosos. Su tardanza no era nada extraordinario.

-Maestro- dijo Kiki, apareciendo junto a él.

-¿Qué sucede, Kiki?- dijo Mu con paciencia- te dije que terminaras esos ejercicios que te encargó Aldebarán-

-Ya terminé hace mucho tiempo- dijo el pequeño aprendiz en un tono aburrido- y ya no quiero que estar en la casa de Tauro. Aldabearán me pone a entrenar muy duro y no es divertido-

Mu lo miró sospechosamente.

-¿Insinúas que no entrenas duro conmigo?- dijo Mu, y Kiki se apresuró a sacudir la cabeza.

-Por supuesto que no, Maestro- dijo Kiki rápidamente- pero el entrenamiento es muy diferente. No me gusta levantar rocas gigantes con las manos- añadió enfurruñado- para eso tengo psicoquinesia-

Mu iba a decir algo, cuando lo sintió. El cosmo maligno que había estado manifestándose todos esos días en Atenas se apareció una vez más, en el centro de la ciudad. Solo duró unos segundos, y se apagó de nuevo. A Mu no le hizo mucha gracia: la oficina a la que iban Lydia y Aioria estaba demasiado cerca de ahí.

-¿Maestro…?- comenzó Kiki, pero Mu hizo un gesto para hacerlo callar.

-Silencio- dijo Mu, cuando Kiki abrió la boca nuevamente para hablar. El pelirrojo cerró la boca nuevamente.

Y fue cuando lo sintió. Ese cosmo. El cosmo de Lydia, no el de Aioria, en el mismo lugar donde minutos antes había sentido el cosmo maligno. El cosmo de su chica estaba latiendo, débilmente, pero ahí estaba. ¿Porqué Lydia encendería su cosmo, y Aioria no? ¡Era porque estaba en peligro!

-Kiki- dijo Mu, encendiendo su cosmo- quédate aquí en mi lugar. Ahora regreso- y desapareció, teletransportándose al sitio donde había sentido el cosmo de Lydia.

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Hospital de Atenas

Sofía estaba a punto de terminar su turno en el hospital. Pasó todo el día sonriendo, a pesar de tener mucho trabajo. Acababa de llegar un grupo de al menos cuatro ambulancias: al parecer hubo una explosión en el centro. La chica puso los ojos en blanco cuando por las bocinas del hospital anunciaron dos simples palabras: código verde. Sabía lo que eso significaba.

El código verde significaba que hubo un desastre en la ciudad, y que todos, todos, tenían que quedarse en urgencias y atender a los heridos, niños o adultos. Y Sofía odiaba atender adultos. De repente, la pelirroja sintió una palmada en su espalda. Era Oskar.

-Vamos, pieni- dijo el chico rubio- mucho trabajo hoy-

Sofía asintió, desganada. Todos los pacientes habían llegado con heridas causadas por vidrios rotos, ladrillos o con ataques de pánico. Ninguna herida de gravedad hasta el momento. Eso tranquilizó a Sofía.

Oskar y Sofía llegaron a urgencias. La situación era todo un caos. Había mucho ruido, y gente corriendo de un lado a otro. Sofía suspiró, consolándose en pensar que ya pronto terminaría su turno.

-Doctor Laine, tiene paciente en cubículos dos. Doctora Lombardi, hay un paciente en el cubículo cinco- dijo la enfermera.

-Voy, lo atenderé antes de que acabe mi turno- dijo Sofía, sonriendo y tomando su expediente y entrando al cubículo.

El paciente que le esperaba ahí era un hombre alto, musculoso, de edad un poco mayor a la de ella, con cabellos negros. Estaba vestido demasiado elegantemente como para acudir a un hospital público, pero Sofía no se fijó en eso. Su rostro estaba afeado por una horrible cicatriz que cruzaba verticalmente toda la parte izquierda de su rostro, que seguramente antes era muy bella sin esa marca.

-Buona sera, señor- dijo Sofía, y sonrió al ver el nombre de su paciente- Bellini? Signor Bellini? Anche lei è italiano? Vaya, ¿de qué parte de Italia es?-

-De Roma- dijo el hombre, sonriendo. La cicatriz le afeaba aún más el rostro- ¿y usted?-

-De Torino- dijo Sofía, aún sonriendo- ¿en qué le puedo ayudar el día de hoy?-

-Tengo una herida- dijo el paciente, encogiéndose de hombros- me la hice en la explosión en el centro de la ciudad. Quisiera que le echara un vistazo, doctora Lombardi-

Sofía asintió y le dio la espalda, para lavarse las manos en el lavabo que estaba en el fondo del cubículo. Se secó las manos, y tomó su estetoscopio. Se dio la vuelta y miró al hombre. Su sonrisa se borró de pronto.

-Oh…- dijo Sofía. El estetoscopio cayó al suelo.

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CONTINUARÁ…

¡Hola chicos! Espero que les esté gustando la historia. Las cosas iban mal y ahora se pondrán mucho peor, ya saben como debe ser esto. Muchas gracias por sus reviews. Nos leemos muy pronto.

Abby L.