Capítulo 11 – La ira de Dios
-¿A qué viene tanto grito?
Varias mujeres cuchicheaban formando un corrillo, cerca de él. El carnicero se encogió de hombros. Sucio de sangre y grasa de animal lo único que quería era llegar a casa, ver como su mujer le daba la teta a su séptimo hijo y quizás, si ella no estaba de mal humor, probarla él. Por eso no se interesó por el espectáculo que seguramente estaría teniendo lugar junto a la catedral o junto al río. Una de las vecinas, que oyó al cirujano se acercó:
-Están interrogando a una bruja. Dame costillas -añadió mirando al carnicero, que negó.
-Ya no quedan mujer, haber venido antes.
-¿Una bruja? -repitió Richard. La mujer, miró el poco género que quedaba y señaló un trozo sangriento de carne de cerdo. Luego asintió:
-Eso dicen. Guárdame costillas que mañana vengo a por ellas -dijo de malas maneras al otro, quien replicó:
-Aquí no se guarda nada, si quieres costillas madrugas.
-Imbécil -masculló.
Richard se alejó, suspirando. Una bruja... otra mujer inocente que moriría ahogada por la estupidez de otros. Sería mejor marchar de la ciudad cuanto antes, no quería que Kate supiera de aquel lamentable suceso.
Pero cuando llegó al carromato lo encontró todo revuelto. Se sorprendió aún más cuando Perro fue junto a él andando a tres patas, la trasera izquierda estaba como torcida.
-¿Qué diablos? -se arrodilló junto a él. Alguien lo había golpeado. El animal aulló, herido. Richard se incorporó con el perro en brazos, que empezaba a resultar pesado. Cuando fuera completamente adulto sería un animal muy grande. Angustiado y temiendo lo peor lo dejó en el interior del carromato y lo cubrió con una manta. -Quédate aquí -le dijo, al ver que intentaba levantarse.
Al volver a la ciudad se encontró con una multitud que al verlo se quedó parada, mirandolo con ojos acusatorios. Richard respiró hondo.
-¿Dónde está la muchacha? -dijo, despacio. Algunos hombres se echaron hacia atrás, cautelosos.
-La soltamos -respondió uno.
-¿Dónde está? -repitió levantando un poco la voz. Pero nadie habló. Richard perdió la paciencia y enfurecido se abalanzó, tirando al suelo a quien le había respondido. Enseguida varios hombres intentaron apartarlo, pero él era más fuerte. Era un hombre corpulento y robusto y no era fácil vencerlo. -Dime donde está. ¿Qué habéis hecho con ella?
Le dio un puñetazo, haciéndolo sangrar. El hombre farfulló algo apenas entendible. Richard volvió a golpearle, poseído por la rabia.
-¡Suéltalo!
Aquella voz lo detuvo. Era una voz de mujer, conocida. Miró hacia atrás, donde Kyra se acercaba a él, con la mirada fría.
-Un cura los hizo parar y se la llevó -dijo, mientras los demás ayudaban al otro a ponerse en pie -. Pero no te molestes, estaba casi muerta.
-No -musitó.
A su alrededor la gente se dispersó, temiendo que el cirujano los atacara. Sólo una mujer quedó allí; en su semblante se reflejaba la culpa. Richard la reconoció. Era la joven recién casada que se había ruborizado esa mañana, cuando él había coqueteado con ella.
-Creímos que... que era una bruja -susurró. Él no dijo nada, ni tampoco Kyra, quien le tendió la mano.
-Vamos, te daré un poco de vino.
-Tengo que encontrarla -respondió.
-Ya estará muerta. Déjalo, es mejor así.
La ignoró, aunque por dentro sentía que si la volvía a oír la mataría con sus propias manos. Se volvió hacia la muchacha.
-¿A dónde la llevó el cura?
-No... no lo sé -contestó, mirando al suelo. Parecía avergonzada.
-¿Por dónde se fue? -insistió -. Por favor... tengo que encontrarla.
Ella señaló hacia el lado contrario de la calle. –El último callejón. No sé nada más.
Kyra no pudo evitar gruñir al verlo. ¿De verdad iría a buscar a aquella niña? Para ella no era más que una chica flacucha, hermosa, sí, pero insulsa. Aunque debía reconocer que era fuerte, había durado bastante en la silla cuando otras apenas resistían un par de zambullidas.
-¿Por qué tanto interés por ella? –preguntó -. Antes estabas solo y te iba bien. Ya encontrarás a otra que te caliente el lecho.
-Calla –se limitó a decir -. Cállate.
-o-
-Debes despertar, mi niña.
-Madre… allí me duele.
-Lo sé, pero más dolerá no hacerlo.
-¿Aún no despierta?
Aunque apenas los escuchaba podía distinguirlos. Un hombre y una mujer. Y hablaban de ella y de alguien más. Pero no le importaba, Kate sólo deseaba quedarse con su madre. En aquel lugar, blanco y limpio todo era distinto. Allí no había sangre, ni turba enardecida, ni dolor. Pero tampoco estaba él.
-No. Me preocupan sus heridas, ni el vinagre parece ayudarla.
-Quizás… quizás deba ir a buscarle –sugirió la mujer.
-Te quedarás aquí –respondió el otro -. Te habrán visto conmigo y sabrán quien eres. No quiero que satisfagas su sed de sangre.
-Pero, ¡yo no soy una bruja, no tienen nada contra mí!
-¿Crees que les importa? Sólo se han detenido porque soy un hombre de Dios. Quédate aquí –le ordenó -. Él vendrá… Nuestro Señor lo guiará.
-Madre, ¿por qué nos dejó? –lloró. Pero Madre sólo sonrió con tristeza, acariciando su rostro.
-No importa, hija mía. Ahora sólo importas tú. Debes volver.
-o-
Richard sólo tenía un pensamiento en su mente y ese era Kate. Debía encontrarla y sabiendo lo que una multitud ignorante y sádica como aquella podía hacer, debía hacerlo pronto. No estaba muerta. Sabía que no estaba muerta. Tras esos meses viviendo con ella había establecido una especie de conexión. Y estaba dispuesto a jurar incluso por su vida que Kate seguía respirando.
-Te encontraré –dijo para nadie, sólo para darse ánimos -. Una vez te abandoné y me perseguiste en todos mis sueños. No volveré a dejarte.
Caminaba deprisa, entraba en casas ajenas y preguntaba, preso del temor y la ira. Algunos hogareños, ajenos a lo ocurrido negaban y esperaban asustados a que saliera de sus hogares. Otros, que habían participado en el tumulto miraban al suelo, avergonzados y había quienes mentalmente deseaban la muerte de la muchacha. Porque era una bruja. Una amante del diablo y, ¿acaso desear que acabara en el infierno era pecado? No, no lo era, aunque aquel cura encolerizado que había liberado a la joven los había maldecido a todos. ¡Habéis cometido un crimen terrible! No habrá lugar en el que podáis esconderos de la ira de Dios.
-Esperad.
Un hombre desobedeció la orden silenciosa de su esposa de callar y esperar a que el cirujano marchara. No por vergüenza ni por culpa, sino por miedo. Porque si temía a su mujer, gruñona y siempre malhumorada, más temía a Dios. Y el Todopoderoso le perdonaría si hacía un acto de caridad.
-No sé quién es ese cura, pero sé dónde puede estar.
-Habla. Habla por los clavos de Cristo, te lo ruego.
-No es de la ciudad, de eso estoy seguro. Debe alojarse en alguna posada de peregrinos. Buscadle en alguna.
-Gracias –susurró -. No sabes cuánto te lo agradezco.
Se volvió para salir de aquella casucha con olor a orina y comida podrida, pero el otro lo frenó. -¿Creéis que Dios me perdonará?
-Él no sé, pero yo sí –respondió.
-o-
-Señor –susurró el cura, clavando la mejilla en el frío suelo -. No permitáis que esta mujer muera, haced caer vuestra ira sobre aquellos que maltrataron su cuerpo, pero ella es inocente. ¿Acaso alguien puede culparla de ser mujer? ¿No fuisteis vos quien en vuestra infinita sabiduría quiso que naciera como tal? Traedla de vuelta, os lo ruego humildemente como un día os rogué que me permitierais ver a mi hijo. Y pronto lo haré. Me perdonasteis mis pecados, a mí, que pequé de lujuria y yací con una mujer. Me habéis bendecido con un hijo. Cuidadla a ella que es pura. María, Madre nuestra, acunadla en vuestros brazos como la niña que es, pero por favor, permitid que vuelva.
-Levanta, te lo ruego.
-Jane…
El padre Ryan se vio obligado a obedecer. Había permanecido tumbado en el suelo de la capilla durante una hora, rezando y suplicando, con los brazos en cruz. Los hombres que habían entrado con él, dispuestos a pedir por sus propios pecados, temerosos de la ira del Señor ya había abandonado la estancia. Otros esperaban, mirando con recelo a la mujer que acababa de entrar. Nada podía ser más pecaminoso que la presencia de una hembra, aunque esta sólo tuviera ojos y pensamiento para uno. En silencio vieron salir a la pareja y después, suspirando aliviados y tratando de olvidar olor a fémina, cayeron de rodillas, santiguándose.
-Sigue gimiendo en sueños –le informó Jane, agotada.
-¿Y las heridas?
-Nada más podemos hacer por ella.
-Debo volver a rezar –dijo, con decisión.
-Amor mío –lo detuvo -. Tú mismo lo dijiste una vez, si Dios pudiera curar, no hubiéramos ido en busca de un cirujano. Debemos encontrarlo.
-Ha oscurecido y mis ojos aún no están listos para poder ver a la luz del fuego.
-Iré yo –Él trató de protestar, pero ella lo calló con un dedo en los labios -. No me alejaré –le prometió –pero debo ir en su busca o Katherine morirá.
-Está bien –suspiró derrotado –Ten cuidado –murmuró, colocando ambas manos sobre su vientre. Ella asintió pues aunque no temía por su vida, si temía por la de su pequeño.
-Volveremos pronto.
-Dios nunca lo perdonará –Johanna Beckett acariciaba el cabello de su hija, pensando en su propia muerte. Apenada por el futuro que le esperaba a aquel que años atrás la había llevado allí.
-¿Perdonar? –repitió, olvidando su miedo y el único motivo por el que debía regresar. -¿Perdonar a quién? ¿Quién te hizo daño, madre?
-No debo decírtelo, pequeña. Debes averiguarlo, tú sola.
-o-
-Os digo que está completo –el posadero miraba agotado al barbero, que parecía desesperado.
-No quiero un catre, sólo estoy buscando a una persona. Por favor, permitid que mire.
-¿Para qué luego no queráis marchad, como las chinches? No eres el primero que usa esa treta, amigo.
Se dejó caer en su taburete y soltó un gruñido. Las almorranas un día terminarían por matarle, pensó. Bien sabía Dios que no necesitaba más peregrinos a esas horas, que sólo deseaba poder subir y dormir. Pero aquel pesado no estaba por la labor de marchar.
-¿Almorranas? –Richard preguntó, acostumbrado a aquellas muecas. El posadero lo miró sorprendido y asintió. –Soy cirujano. Os daré un remedio si me permitís pasad.
-¿Cirujano? –repitió, pensativo -. ¿No seréis vos aquel que andaba con la muchacha? ¿La que creyeron bruja?
-El mismo, por Dios, ¿sabéis dónde está ella?
-El cura y su manceba la trajeron –respondió -. Pero este hogar es decente y cristiano y nada quiero con gente tocada por el Diablo. Mas el cura insistió y al final les dejé preparar un catre en mis establos. Los hallarás en la parte de atrás.
-Gracias.
-Esperad –le reprochó -. ¿Y mi remedio?
-Nada queréis con gente tocada por el Diablo –le respondió.
Jane no había tenido tiempo de cubrirse con la capa cuando chocó con un cuerpo fuerte y alto. Apenas pudo contener un grito de emoción y alivio al verlo allí. Gracias, Dios mío.
-¿Jane? –la miró, confuso.
-Vinimos a dar gracias al Santo, para mantener las formas. Ryan no podía decir en su parroquia que lo había curado un sarraceno.
-Pero… vosotros, Kate…
-Está muy grave. Vamos, ven, ven conmigo.
-¿Está mal lo que por él siento, Madre? Este deseo que me enciende el cuerpo…
-Miedo tenía de aquello cuando era doncella, mi niña pero no fue eso lo que me hacía esconder el cuerpo de tu padre. Lo temía a él.
-¿Entonces?
-Nada de lo que sientes es malo, no dejes que otros te digan lo contrario.
-No… Kate por favor no… despierta… despierta mi amor.
-Es él –dijo, sin saber que la Kate dormida sonreía al oírlo -. Es él, madre.
-¿A qué esperas entonces, mi niña? Vamos, ve en su busca.
-Pero… no quiero dejarte.
-¿Qué te han hecho? ¡Los mataré! Mataré a todos aquellos que han osado hacerte esto, pero primero te cuidaré. Cuidaré tu cuerpo y tu alma y te protegeré de todo. Por favor, Kate, vuelve conmigo.
-Yo estaré aquí, Katie. Esperaré aquí por ti y por tus hermanos. Pero ahora debes partir.
-Te extrañaré siempre, madre.
-Mi niña, te lo suplico, vuelve conmigo. Te necesito, no me dejes. No me abandones.
-Lo sé, mi bien, tanto como yo a ti. Pero marcha, antes de que no puedas. Y, ¿hija mía? Cuando lo averigües, cuando entiendas quien me trajo a este lugar, por favor, no lo odies. Bastante castigo tendrá él con la ira de Dios.
Kate despertó de aquel sueño. Salió de él sin apenas tener tiempo de entender lo que había sucedido pues, antes de que pudiera siquiera parpadear, los brazos de Richard la estrecharon con fuerza, lastimando su maltratado cuerpo sí, pero también aliviando su alma.
-Gracias –lo oyó susurrar -. Gracias.
En el próximo capítulo:
Sólo eran ellos. Besos. Saliva. Dos bocas que no podían ni deseaban separarse. Cuatro manos celosas que querían poseer al otro y no soltarlo jamás. Ojos avellanas que querían perderse en el azul. Azul que quería que el avellana quedara grabado para siempre en él.
