Capítulo 11: Onceavo despiste

Mi habitación parecía que se hacía cada vez más grande, o yo cada vez más pequeña. Mis nervios estaban a flor de piel y se notaba en mis manos temblorosas mientras le limpiaba la herida del contorno de su boca por el puñetazo. No era la primera vez que estábamos solos y tan cerca el uno del otro en mi habitación, pero por alguna extraña razón me sentía muy avergonzada. Cuando mi mirada se cruzaba accidentalmente con la suya rápidamente la apartaba rehusándome a tener más contacto de lo que fuera estrictamente necesario con él.

– No tienes que hacerlo si no quieres. –dijo mientras miraba hacia la ventana de mi habitación.

Me sorprendí por su comentario, no era mi intención que pensase eso, realmente quería ayudarlo y curarlo. Era mi culpa que se hiriese de esa forma, no lo podía dejar solo, además aunque la herida no era grave, me sentía muy culpable por ocasionarle esos problemas.

– No es eso. –dije tremendamente arrepentida. Su cara se suavizó y formó una burlona sonrisa.

– No te preocupes, no es nada, él sí que se llevó un par buen de golpes. –dijo él riendo.

A veces me sorprendía lo maduro que podía llegar a ser, sin palabras pudo entender que yo me sentía culpable por lo que le había ocurrido. Tal vez me había equivocado y sí había cambiado más de lo que yo creía. Después de curarle su herida me dio las gracias y me dijo que tenía que ir a casa porque iban a llegar unos invitados y ya se le he había hecho tremendamente tarde y seguramente su madre estaría hecha una fiera cuando lo vea. Lo acompañé a la puerta y lo vi marchar corriendo. Al ver alejarse su ancha espalda me di cuenta cuanto habíamos cambiado, ya no éramos los mismos, y por un momento entendí por qué era tan popular con las chicas.

Al día siguiente cuando fui al instituto ya casi no quedaba señal del golpe, me tranquilicé bastante. No lo demostraba pero realmente estaba muy preocupada por ese tonto. Cuando nuestras miradas se encontraron rápidamente se formó una sonrisa burlona en su rostro; él sabía que estaba preocupada y agradecida y pensé que se quería aprovechar de ello. Pero no hizo ninguno de sus habituales comentarios haciéndome poner en guardia.

Con el transcurrir de los minutos y sin ningún comentario de su parte, me ponía cada vez más nerviosa, como una presa que espera a que su depredador ataque. Aunque yo jamás sería su presa, nunca; acabaría yo antes con él. Sabía que me encontraba nerviosa y parecía disfrutar de ello. En medio de la clase me miraba de reojo y en su rostro se formaba la silueta de una risa burlona; él sabía que a mí no me gusta deberle nada y se aprovechaba completamente de ello.

Cuando las clases terminaron no podía aguantarlo más, así que le dije que quería a cambio por haberme ayudado, volvió a poner esa ridícula sonrisa suya y me dijo que me estaba preocupando por tonterías, que no quería nada, que no hay que agradecer por tener que salvar a un pobre animal en problemas. No caía en la cuenta de sus insinuaciones hasta segundos más tarde, para después perseguirle como loca por toda la clase gritando todo tipo de cosas en su contra.

Las risas de mis compañeros inundaban el aula y algunos de sus amigos gritaban cosas como "ya salgan" o "sí que se quieren". Pero me hacía la despistada y hacía que no los oía mientras lo seguía corretean. Entonces mis amigas se unieron al revuelo.

– ¡Vamos Kotake no seas infantil y dile! –gritó Aiko a todo pulmón, haciéndolo sonrojar mucho.

Cuando llegué a casa Popu se encontraba sentada en el sofá viendo tele y parecía muy molesta.

– ¿Estas molesta? –pregunté mientras me sentaba al otro costado del sofá.

Pero no decía nada, así que decidí volver a intentar preguntarle.

–Vamos ¿Qué ocurre? –volví a preguntar tranquilamente. – ¿Ha pasado algo en el cole?

Su cara cambió drásticamente a una de sorpresa y su mueca de enfado despareció por completo para dejar una de asombro y perplejidad. Parecía que quería ocultarlo a toda costa. Por ello decidí que lo mejor era no presionarla y que si quería decírmelo yo la apoyaría.

– No tienes porqué decímelo si no quieres. –dije calmadamente.

Me miró fijamente y unas delgadas lágrimas cayeron por sus mejillas y me abrazó con fuerza mientras casi inaudiblemente decía "Kimitaka es un tonto".