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Cena de desilusiones.

CENARON en el gran salón, como se dice; Una Delizia dell'amore, decorado en blanco y dorado y la comida era italiana. El primer platillo fue toda una delicia, unos rollos deliciosos de carne molida, pasta y una salsa muy suave. El vino era el mas puro y fuerte, y daba más sabor a la comida.

— ¿Te gusta? — Arthuro observaba a Colin mientras comía; las llamas de las velas se reflejaban en sus ojos, al mirarlo desde el lado contrario de la mesa redonda, colocada en un ángulo del salón. Las ventanas estaban abiertas para dejar entrar el aire fresco y cargado de aromas.

—Sí... ¡estoy tan hambriento! Debe ser el aire de la isla.

—El aire entre otras cosas —sus ojos tenían un brillo provocativo; alzó la copa y saboreó el vino—. ¿Sabías que la isla de Albión están rodeada por un círculo de rocas hundidas en el mar, que crean un anillo plateado cuando lo ves desde el aire?

— ¿Es por eso por lo que te gusta esta isla, Arthuro, porque, de cierta forma, simbolizan tu propia personalidad?

— ¿Crees que tengo rocas en lo profundo de mi alma, Merlin?

—Sé que las tienes —asintió sin rodeos—. Nunca cometeré el error de pensar que se puede navegar sin peligro, en lo que se refiere a ti, Arthuro. Serías un hombre menos fascinante si no tuvieras un fondo profundo cubierto de rocas. Tú saliste de las rocas que forjaron tu vida, para convertirte en un hombre duro, ¿no es así?

—Y tú me admiras por eso, cielito hermoso.

—tengo que admitir que admiro tú fuerza, el valor y la disciplina que acompañan tus logros —le sonrió mirándolo a los ojos sobre el borde de su copa de vino—. También eres rudo, por supuesto, pero eso lo perdono.

— ¡Qué magnánimo eres, querido! Pero, ¿qué pasaría si tengo que ser rudo contigo?

— ¿A qué te refieres, Arthuro? —sintió que los latidos de su corazón se hacían más rápidos y vio la silueta de Ealdor, interponiéndose entre ellos. Pronto... muy pronto, tendrían que discutir el lugar que tendría en sus vidas, pero no iba a arruinar la cena abordando el tema en ese momento. Había suficiente tiempo y no quería romper la armonía que nació en esa tarde de amor.

—A lo más obvio mi vida. Yo soy un hombre de negocios oscuros y tú mi querido y griego esposo, eres todo lo contrario a mí. Somos luz y oscuridad. e inevitablemente, tiramos en direcciones opuestas. En algunos asuntos cederé a lo que tú quieras, porque me atraes tanto físicamente, que disfruto accediendo a tus deseos.

—A mí me concederás victorias pequeñas, pero las grandes las reservas para ti, ¿es eso lo que me quieres decir?

—Pretendo ser el amo en mi propia casa —dijo, asintiendo—. ¿Me aceptarías de otra manera, Mer? ¿Seguirías admirando mi fuerza de carácter si me convirtiera en un hombre débil, dominado por su concubino empeñado en hacerlo todo como él sugiere?

—Nunca podría dominarte — Merlin rió al pensarlo, porque la sola apariencia de Arthuro descartaba cualquier esperanza... Si es que alguna vez había tenido una. Sus rasgos denotaban poder y el trabajo duro desde temprana edad había dado fuerza y resistencia a su cuerpo. El estar físicamente cerca de él, no había borrado el extraño temor que le inspiraba.

El conocimiento de su poderoso cuerpo no le daba acceso a su mente y todavía de muchas formas, seguía siendo el extraño de una tierra lejana que se había apoderado de su vida, igual que de Camelot y Ealdor. La diferencia más grande, es que él parecía indiferente a la casa, lo cual suponía, era muy natural, porque ¿quién esperaba que un hombre con su poder, encontrara interesante una vieja mansión de piedra, en los campos de Ealdor?

La cena continuó al igual que el intercambio de miradas. Sirvieron entonces un vino más generoso y Colin pensó, que al final de la velada, estaría bastante mareado.

Al dejar la copa de vino sobre la mesa, vio que Arthuro fruncía el entrecejo.

— ¿No te gusta el vino? —le preguntó.

—Es un poco fuerte —sonrió—. No bebo mucho y el vino se me sube muy pronto a la cabeza.

—Si no puedes subir solo a tu alcoba, yo te llevaré en mis brazos. Vamos, toma tu copa y bebe conmigo.

— Arthuro, ¿estás tratando de embriagarme?

— Quiero que te sientas libre de todo. Estamos en nuestra luna de miel y debemos saborear cada momento; no debe existir ninguna sombra que oscurezca los momentos que pasamos juntos, así como no hay partícula alguna que enturbie la claridad de este vino, que ha sido destilado de las uvas silvestres de Albion.

—Muy bien —Colin bebió de la copa—, ¿cómo puedo rehusarme cuando recurres a tu carisma de esposo?

— ¿Así que sabes que esa es una palabra griega?

—Consulté el diccionario y supe que venía del griego y que significa "poder sobrenatural y talento". Tú tienes esas cualidades, ¿no es verdad, Arthuro?

— ¿Eso crees? —sonrió evasivo—. Vas a tener que aprender tu idioma, Mer, porque tus raíces están muy relacionadas con el inglés. Hay un excelente maestro de idiomas cerca de la catedral, con quien yo aprendí y creo que sería bueno que tomaras lecciones con él. ¿Te gustaría?

—Arthuro —bebió un largo trago del vino, porque necesitaba adquirir valor—, ¿quieres decir que, cuando nos vayamos de Albion, vamos a vivir en Londres?

—Tengo un apartamento muy grande allí por lo que me parece natural que así sea —cortó con cuidado un dorado trozo de carne—. ¿Tienes alguna objeción a mi plan?

—Yo esperaba... —respiró profundo—. Yo soñaba que tendríamos nuestro hogar en Ealdor por lo menos, durante una parte del año. ¿No podríamos hacerlo?

Él comía despacio, vacilando en contestar su pregunta.

—Arthuro, por favor, dime que sí —sus ojos estaban fijos en él, en el hombre que lo había tenido en sus brazos aquella tarde y que no podía ser tan cruel para decirle que vivir en Ealdor era un sueño imposible que debería borrar de su mente.

—Sugiero que lo discutamos con el café —dijo—. Primero vamos a disfrutar nuestro postre, ¿te parece?

—Es que no me agradará tu decisión sobre ir a vivir a Londres —Colin trató de hablar con serenidad, pero su voz tembló. Casi no se atrevía a enfrentar lo que iba a ocurrir en unos momentos más. La actitud de Arthuro era una advertencia de que toda la armonía que habían disfrutado juntos iba a convertirse en discordia cuando hablaran de Ealdor. ¿Qué haría, cómo iba a reaccionar si "su Arthuro" le decía que había decidido vender la casa?

Sirvieron el postre y, aunque era un apetitoso flan de frutas calientes y aromáticas, cubierto con crema fría, Colin había perdido el apetito. Notó que Arthuro lo observaba y se obligó a comer una pequeña parte del dulce.

Él no le llamó la atención ni habló hasta que entraron en la sala, donde les sirvieron el café. Arthuro permaneció de pie, sosteniendo la taza y el platito en una mano. Merlin era muy consciente del carácter resuelto que sugería su alta figura, proyectada en la pared blanca, bajo el techo azul de donde pendía una enorme lámpara en forma de campana. La alfombra circular era de astracán; en el antepecho de la amplia ventana, había jarrones de barro negro con incrustaciones simbólicas, pero no para él.

Desde un lugar en el exterior, llegaban los acordes de una melodía que resonaba en el viento de la noche; inseparables notas de alegría y tristeza que hacían que la música fuera lo más cautivador que Merlin había oído jamás.

Parecían decirle que en la vida con un Mafioso, era imposible llegar a un acuerdo; era como en Arcadia, donde acechaban las sombras que producían alegría y sufrimiento al mismo tiempo.

Apartó su taza de café y pasó, con gesto nervioso los dedos entre su cabello que, como un velo de seda, ocultaban de él su mirada. Estaba reuniendo valor para hablar; buscaba palabras que no los condujeran a una discusión, cuando él rompió el silencio con su voz grave y pausada, desarmándolo.

—He estado tratando de encontrar una manera adecuada para describir tus ojos, Mer , y se me ocurrió que... es como el destello plateado del ala de un halcón en vuelo.

A través de las ventanas, podía oír la música como el latido de un corazón metálico y los pinos se llenaron de vida con el canto de las cigarras. Merlin encogió las piernas; allí en el sofá, su camisa parecía flotar como el humo, envolviendo su perfecto cuerpo. Sus ojos, muy abiertos, examinaron la habitación: la alfombra de color marfil, las lámparas con base de mármol blanco y los muebles de madera, labrados a mano. Su mirada se posó finalmente en un jarrón lleno de rosas rojas y blancas.

Sus nervios se pusieron muy tensos cuando oyó el chasquido del encendedor y una nube de humo de tabaco flotó hasta él.

— Dime lo que piensas, Merlin —ordenó—. Ya hemos bebido el café y prometí una respuesta a tu pregunta sobre Ealdor.

Sin dejar de mirar el jarrón, Colin le preguntó de nuevo si podían pasar parte del año en Ealdor.

—Temo que eso es imposible.

Su respuesta lo dejó pasmado; parecía tan cruel y sin corazón. Sus ojos lanzaron relámpagos al mirarlo a la cara; se sentía lastimado y perplejo; los rasgos de Arthuro parecían de bronce a través de las volutas de humo; hacían juego con su corazón duro, se dijo, desesperado.

—Tú no temes nada —replicó, cortante—. Las personas necesitan un corazón para sentir algo y ya que tú estás cubierto, hasta el cuello por una armadura, ¡no te importa lastimarme así!

Herido en lo más profundo, se arrodilló en el sofá y suplicó, con las manos extendidas hacia él.

— ¿Por qué te disgusta tanto la idea de pasar algunos meses allá? Tú sabes cuánto quiero a Ealdor. Se me rompió el corazón cuando supe que mi padre ya no lo podía mantener. ¿Por qué, Arthuro? ¿Por qué no lo vendiste de inmediato si no pensabas vivir allí? ¿Sólo lo conservaste como una carta que ocultabas en tu manga... como un truco para lograr que me casara contigo? ¿Es eso todo lo que Ealdor significaba para ti?

Él siguió fumando en silencio durante unos momentos, la mirada fija en su angustiado rostro enmarcado por el cabello oscuro. Entonces, de súbito, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un sobre. En un instante llegó al sofá, deteniéndose y se lo entregó.

—Es mejor que leas esto.

Las manos de Merlin estaban tranquilas cuando tomó el sobre y miró el interior. Sacó lo que parecía un mensaje de telex y lo abrió. Estaba escrito en griego "Oh,¡Genial!",pero reconoció una palabra que pronunció con voz alta.

— Ealdor.

Su mirada se dirigió rápidamente a la cara oculta en volutas de humo que se cernía sobre él, con expresión sombría.

— ¿Qué dice, Arthuro? ¿Qué dice el mensaje?

—Antes que te lo diga, Merlin, sugiero que te sirvas una copa de brandy —con el cigarrillo atrapado entre los labios, Arthuro fue hacia una mesa lateral. Lo único que se oyó fue el ruido que hicieron las copas al chocar, cuando servia el licor en ambas; ese fue el único indicio de que estaba nervioso por lo que debía traducir.

Merlin tomó la copa con la mano izquierda, apretando con temor el mensaje entre los dedos de la derecha.

—Dímelo —dijo con ansiedad. Los huesos de su cara se podían ver muy definidos, había pequeñas sombras bajo sus pómulos.

Arthuro bajó los ojos para mirarlo y no hizo ningún intento para quitarle el mensaje.

—Conozco las palabras de memoria —contestó—. Dice que Ealdor fue devastado por un incendio y que quedó muy poco de la casa.

Oyó las palabras, sufrió al oírlas, pero no tenían sentido. Ealdor había sido parte de su existencia desde el día en que nació. En invierno y en verano, en cualquier estación, se erguía fuerte e indestructible en el campo, dominando la aldea, donde la carretera hacía una curva para tomar la dirección a la vieja taberna situada entre las casas con fachadas de piedra, todas unidas, pero sus techos inclinados quedaban a diferentes alturas. Estaban hechos con pizarra de la piedra local, dura y brillante que resistía tan bien el clima. Algunos muros eran de piedra y el contraste era pintoresco.

La carretera misma estaba hecha con piedras lisas y planas y el pavimento era un angosto carril. Había una antigua iglesia de piedra oscura, rodeada de tiendas que habían sido construidas en sus muros empedrados y la singular taberna con sus paredes blancas, cubiertas de enredaderas y rosas, las ventanas con prominentes montajes y las cadenas negras que sujetaban a los pilares que adornaban el frente.

Tantas veces había pasado por allí, caminando, al ponerse el sol, cruzando los prados, frente a la antigua fábrica de tejidos, con sus ventanas de vidrio en forma de diamantes y los muros revestidos de madera. Las maravillas crecían en el jardín y cada verano había cortado algunas flores para llevarlas a casa, porque el jardinero de Ealdor se rehusaba a permitir que creciesen en sus elegantes y bien cuidados parques.

—No —movió la cabeza negativamente, no pudiendo creerlo—. ¿Cómo pudo quemarse?

Arthuro se sentó a su lado, apagando el cigarrillo en un cenicero.

— Vamos, toma el brandy, amado mio, te ayudará a sentirte un poco mejor.

Pero sus pensamientos se encontraban muy lejos de Arthuro en ese momento. Recorría de nuevo la casa donde había pasado sus primeros años. ¿Acaso ahora eran cenizas esas maderas de roble fuerte, al igual que las ventanas de batientes y los vitrales que retrataban a los legendarios soldados y amantes que llevaron el nombre Morgan? ¿Cómo podían haber desaparecido el trabajo de marquetería y las antiguas bancas con marcos de roble? No podía creer que esas puertas altas, decoradas con pinturas, no se abrirían más para dar paso a las lujosas habitaciones, cuyas ventanas estaban cubiertas con brocados color marfil y que tenían sillones de piel, de alto respaldo que invitaban a sentarse.

—No puede ser cierto —sus ojos imploraban una negación, pero en vez de ello, Arthuro puso su propia copa de licor sobre sus labios, ordenándole con los ojos que bebiera.

Merlin obedeció atragantándose un poco con la bebida que hubiera entibiado las manos de Arthuro.

—La casa está destruida por dentro —dijo, enfrentando su mirada—. De acuerdo con lo que me informaron, sólo quedan algunas paredes en pie... paredes exteriores.

Merlin se estremeció.

— ¡Como monumentos conmemorativos de piedra!

—Temo que sí, cielo —una vez más lo instó a que bebiera el licor, tuvo que hacer un esfuerzo para pasarlo por el nudo que se estaba formando en su garganta.

— ¿Cuándo sucedió, Arthuro? ¿Cómo ocurrió?

Le explicó que creían que algunos materiales de decoración como pinturas y telas mojadas de aceite, habían originado el fuego cuando alguien dejó un cigarrillo encendido en la habitación donde estaban guardados.

—La compañía de seguros descubrirá con exactitud la causa del incendio —Arthuro apuró con brusquedad el brandy, sus dedos sujetaban con fuerza el tallo de la copa.

Poco a poco Merlin iba asimilando la noticia; seguía estudiando el mensaje, sus ojos estaban fijos en la única palabra que entendía... el nombre de la casa que un pintor descuidado había convertido en ruinas. Se estremeció con dolor al aparecer en su mente la imagen de su hogar en llamas.

— ¿Cuándo recibiste... esto? —miró a Arthuro con tristeza—. ¿Lo trajo el barco con tu correspondencia?

Él pareció dudar un momento y después apretó la mandíbula de tal forma, que parecía de hierro.

—Lo recibí en mi hotel, el día de nuestra boda.

Colin escuchó sus palabras, luego fue entendiendo su significado y, de pronto, pareció como si una chispa encendiera el fuego que llevaba latente dentro de él.

— ¿Por qué no me lo dijiste? Tenía el derecho de saberlo.

—Estaba preocupado.

— ¿Qué te preocupaba, Arthuro? —clavó su mirada en la cara de él—. ¿Creíste que hubiera rehusado casarme contigo?

—Existía esa posibilidad —confesó—. Soy consciente de que Ealdor era una de las razones por las que te casaste conmigo. Además, de la libertad de tu hermano.

—Me alegra que te des cuenta de ello —en ese momento, Merlin necesitaba un objeto para desahogar el dolor de su pérdida, la furia y desesperación al imaginar a Ealdor como una ruina ennegrecida por el humo, en lugar de un bello edificio que sobresalía en el paisaje y que había estado allí en el campo, durante siglos.

Los recuerdos de todos y cada uno de los Morgan se había ido en aquel incendio. En especial los de sus padres.

El dolor que sentía era mucho mayor que la indignación que experimentó al enterarse de que la casa era propiedad de Arthuro. Entonces, era un desconocido, pero ahora, Arthuro era la persona más cercana a él y no había tenido la confianza suficiente, el día de su boda, para compartir con él la tragedia de Ealdor.

Habían permanecido uno junto al otro, frente al altar de la iglesia y estaba seguro de que, durante toda la ceremonia el mensaje estuvo oculto en el bolsillo de su traje.

—Sí —dijo con voz muy fría—; ya no habría existido ninguna razón para casarme contigo, Arthuro. Mi hermano estaba fuera de tu alcance y tú sabías que si me hubieras enseñado el telegrama, con seguridad no me habría casado contigo.

Alguien carraspeo intencionalmente cerca de ellos.

— Pero ¿Qué carajo haces tú aquí?

El hombre adoptó un continente de majestad herida.— Vamos, Arturo soy tu primo.

—¿Lancelot? —Merlín se giro al ver al hombre aparecer enfundado en un traje blanco de playa.

— Sinceramente; Lancelot. Ni me acordaba de ti.

— No quise escuchar su discusión. Pero…, temo decir… qué no es lo único que tu esposo te oculta.

—¿Quién te ha dado vela en este entierro? Anda, lárgate.

— Arthuro, ¿de que habla?.

—Nada.

—Nada. ¡¿Le llamas nada ha heredar en vida bajo la cláusula de casamiento?! Pero qué descaro, Arthuro, qué descaro, hermano.

— Yo no soy tu hermano.¡No hables de algo que no sabes!, ¡no es justo!, siempre he tratado de ser un buen hombre, siempre he intentado ayudarte, ¡no es justo!, no es justo que intentes arruinar mi vida. vete, déjanos solos.

— Ahora entiendo todo. No podías esperar más para poner tus manos en la herencia que te dejaría tu padre. Eso cambiaría todos tus planes, ¿no es así? Además… tanto tus hermanas como tus amigos no podrían comprender porqué tu prometido estaba tan afectado por la destrucción de una casa que tenía siglos de antigüedad.

— Ya basta, Merlin —trató de tocarlo pero, en un arranque de rabia, Merlin retiró su mano con violencia.

— Todo lo que te importaba era tu orgullo, ¡tu gran sentido de diplomacia! Tu dignidad, mantener la cabeza en alto, respetar tu propio honor... eso es lo que te importa, ¿no es cierto, Arthuro?

— Sí, importan —estuvo de acuerdo—, pero no vi lo que se ganaría echando a perder el día para todos. Sabía muy bien que la casa significaba mucho para ti, pero al final, todos debemos crecer, Colin o debería llamarte Merlin… y ya era tiempo de que te convirtieras en mi esposo, de que vivieras tu vida unida a la mía y, aunque es trágico que Ealdor desapareciera, devorado por las llamas, también sentí, de una manera muy clara, que el destino lo había ordenado así.

Merlin lo miró fijamente. Sus palabras habían encendido aún más la furia que ardía en él y el humo de esta ira salía por sus ojos brillantes.

— ¡Espero que no la hicieran quemar a propósito! —le gritó.

Arthuro contuvo la respiración y los nudillos de su mano palidecieron al apretar con fuerza el cristal cortado de la copa que todavía sostenía. El silencio se rompió cuando la copa se desprendió de repente de la base que él apretaba. Soltó el tallo roto y cayó a la alfombra.

— ¿Cómo te atreves a decirme eso?

Por un momento, Merlin se sintió asustado por su expresión de furia, pero trató de no acobardarse frente a él.

— ¿Me puedes culpar por pensarlo? —preguntó, desafiante—. Hubiera sido una forma de obligarme a permanecer en Albión.

—El incendio que destruyó a Ealdor no fue deliberado —sus cejas daban una apariencia amenazante a su rostro—. Estaba decorando la casa porque pretendía que la disfrutáramos cuando me fuera posible pasar algún tiempo ahí. Creí que sabrías que la mayor parte de mis negocios estaba en Londres. Nunca existió la alternativa de que Ealdor fuera nuestro hogar permanente, pero habría sido nuestro hogar durante las vacaciones y esa es la verdad.

Su sentido de justicia advirtió a Merlin que lo que oía, era la verdad, pero eso no alivió en nada lo que sentía, ni disminuyó su ira por la injusticia de haberlo mantenido ignorante de lo ocurrido durante todo este tiempo.

El aplauso a un lado de ellos, les recordó que no estaban solos. — bravo,…bravo, bravísimo, ahora bésalo y hagamos de cuenta que nunca le haz ocultado nada. como el hecho de que estabas comprometido y tus planes de herencia eran con otra persona.

— ¿Qué?

—Eso no es cierto, Merlín.

— Gwen se sentirá decepcionada. — Merlín no podía creer lo que escuchaba. Observaba a Arturo pero escuchaba a Lancelot, siendo qué esté solo le arrojaba piedras con punta directo al corazón — Es una lastima que ella ya estuviera comprometida con alguien más.

— ¡Ya cierra tú maldita boca! — le exigió y busco los ojos de su esposo. — Merlín.

—Es cierto.

— Gwen fue mi prometida. Eso es verdad… pero…

— Ella le traiciono conmigo. Tú fuiste la distracción perfecta para olvidarla. Eres tan diferente a ella… en obvias razones claro está — Soltó con maldad — Arthuro siempre ha amado a Gwen a pesar de su traición. Seguramente estarán planeando ser amantes.

— Eso no es verdad. ¡Yo amo a Merlín! Y no e amado a nadie como a él. Jamás le seria infiel, jamás, aun si me negara el solo derecho de estar a su lado.

— No creerás semejante blasfemia. Solo te engaña.

—Le creo.— Lancelot se sorprendió ante aquellas dos labras. — Pero no tenías derecho a ocultarme todo esto. —le espetó; Arthuro se había sentado muy cerca de Merlin en el sofá, así que se puso de pie y se alejó. Lancelot mantuvo su distancia— Me amas. Pero, allí nací, Arthuro, crecí en Ealdor y amaba cada rincón y cada grieta de la casa, por dentro y por fuera. ¡Cómo se habrán asustado los aldeanos al contemplar el incendio! ¡Oh, Dios, casi no me atrevo a pensar en ello!

— No me sorprende que estuvieses comprometido. Ni que amaras a alguien antes qué a mí.

—Eso no. Eso jamás.

Escondió la cara entre las manos. Arthuro se puso de pie y se acercó a él pero, por el momento, no intentó tocarlo.

—Tal vez me equivoqué al no decírtelo, Merlin, pero con sinceridad te digo que tenía mis razones. Los Pendragon tenemos un refrán que dice: "Hay cosas tan peligrosas que no se deben siquiera mencionar". Y en eso pensé aquella mañana en la que debíamos unirnos como esposos. Te amo y temo perderte más que perder la vida.

Suspiró profundamente, como un hombre que se preparaba para enfrentar un nuevo peligro.

—Cuando recibí la noticia aquella mañana, sentí que era un presagio y tenía que ignorarlo. Era algo demasiado peligroso para mencionarlo y tuve que esperar hasta que considerara que podía hacerlo sin peligro.

— ¿Sin peligro? — Merlin levantó la cara y se obligó a mirarlo—. ¿Qué quieres decir con eso, Arthuro? ¿Cuando me tuvieras aquí, en tu isla y después de haberte asegurado de mí en la cama?

—Oh, Merlin, no debes hablar así de esto —casi gimió al pronunciar su nombre.

— ¿De nuestra nido de amor? —preguntó con cinismo—. No creo que la destrucción de Ealdor cruzara por tu mente, ni por un segundo, esa noche. Habías logrado tu meta una vez más y a eso está dedicada tu vida, ¿no es así, Arthuro? Sin importar las consecuencias, te vas a vengar de todos los desaires que sufriste en tu infancia. Seguirás demostrando a los demás, que lograste salir vencedor de la pobreza y que, al hacerlo, tomaste por esposo al hermano de un hombre que tú ayudaste a caer en la ruina.

— ¡Demonios, eso no es verdad! — tiró de el con visible ira, de pronto parecía un hombre que estaba a punto de perder el control de sus emociones—. Tu Hermano era un jugador insaciable, dispuesto a destruirse no sólo a sí mismo, sino a todos aquellos a que debió haber protegido a pesar de sus desenfrenos. Tenía muchas deudas acumuladas en el Club Camelot y cuando mi padre rehúso seguir dándole crédito, se fue a otro sitio hasta que no había una piedra, un ladrillo o una teja de Ealdor que no hubiese perdido en el juego. Yo adquirí las escrituras de la persona que las tenía, de mi padre y el día que tú me conociste en aquel mercado de frutas. Yo ya sabia de ti, yo sabia de ti mucho antes de que salvaras a Morgana en aquel accidente.

Y ese posiblemente fue el día fatal.

Arthuro hizo una pausa y metió los dedos entre su cabello una y otra vez, hasta ponerlo en desorden.

—Si, querido, te vi por primera vez. Estabas en el corral cerca de la casa entrenando un caballo joven. Fue un mes antes de aquel accidente…, Lo sujetabas con una cuerda larga... Era un potro de pelo oscuro y lo hacías caminar en amplios círculos, alrededor de tu figura blanca y esbelta. No te diste cuenta de mi presencia en ese momento, porque estabas absorto en lo que hacías. Entré en tu casa para devolver las escrituras de Elador a tu padre, pero el no estaba en cambio, tu hermano había estado bebiendo y me di cuenta de que tu hogar volvería a caer en manos del propietario de algún otro casino. Ah, sí, soy propietario de un club, Merlin, pero tengo mis normas, aunque no lo creas. Y es verdad que cuando nos encontramos en aquel mercado, yo ya era el dueño de la casa y no tu padre. Desde ese momento, te sostuve yo, pero no porque encontrara satisfacción dando órdenes a un griego…. Hable con tu padre y el entendió, tu hermano, Gwain, juro que cambiaria y le di un puesto en mi casino. Pero, luego de la muerte de tu madre el se hundió más. Estaba caído. Despreciaba su falta de carácter, mas no disfrutaba viendo su deterioro y estaba decidido a que tu vida no se arruinara por su causa.

— ¡Qué galante, Arthuro!

Se miraron de nuevo... Merlin sintió que una ola de tristeza y confusión lo envolvía... no había quedado nada que pudiera reclamar como suyo... ahora reconocía lo que era, lo que siempre fue, el esposo, el concubino que Arthuro había comprado.

El desaliento puede terminar en lágrimas o puede originar la necesidad de expresarse con violencia.

Miró a Arthuro, y su expresión parecía más impenetrable que nunca, tenía los músculos contraídos. No encontró en él ni siquiera un poco de compasión por la destrucción de Ealdor. En un segundo se lanzó hacia él y su mano golpeó dos veces el atractivo rostro, con violencia, dejando huellas muy claras en la piel que, después de todo no era de hierro.

—Supones que tu dinero puede comprarlo todo y compensar la pérdida de las cosas que importan. Ealdor me importaba a mí y tú estás allí, mirándome como si hubiera sido un establo el que se quemó y no mi hogar.

— ¿Tu hogar? —repitió—. Me dijiste en Londres que, cuando la casa pasó a mis manos, ya no la consideraste como parte de tu vida.

—Eso fue antes que yo... —se mordió con tanta fuerza para no pronunciar la palabra, que casi se arrancó la piel del labio.

—Antes de casarte conmigo —le dijo, mirándolo irónico—. Pero cuando te convertiste en mi esposo, la casa grande y maravillosa volvió a ser muy importante para ti. ¡Por Dios, qué infantil eres! ¿No has aprendido nada de la vida en las horas que hemos pasado juntos?

—Sí —contestó desafiante—. He aprendido que todo lo que quieres de mí es mi cuerpo y tu jodida herencia. No te importa que esté sufriendo por lo que le ha pasado a Ealdor.

— Esa era tu herencia también. Por supuesto que me importa tu sufrimiento.

— ¿Porque no quieres dañar la mercancía? —estaba usando el vocabulario que normalmente consideraba muy vulgar—. Pagaste un precio muy alto por mí, ¿no es así, Arthuro? Es natural que desees obtener el valor de tu dinero, así que, en términos de dracmas, debes estar furioso por la pérdida de Ealdor.

—Sí, estoy furioso en este momento —sus dientes apretados parecían más blancos cuando dio un paso intempestivo hacia Merlin, quien sintió que el pánico sacudía sus entrañas y, en ese instante, se dio cuenta de todo lo que había dicho. Bueno, lo tenía muy merecido, se dijo, alejándose de él. Estaba mostrándose con un hombre sin corazón en lo referente a la bella y antigua mansión de la que sólo quedaban algunas paredes chamuscadas como memoria de todos los recuerdos que guardaba Ealdor.

Sentía un profundo e intolerable dolor en el pecho y no encontraba consuelo en el hombre, con expresión dura, que lo observaba con intensidad... lo miraba como si su amor por la mansión destruida le causara disgusto, en vez de pena.

—Quizá, si tuvieras recuerdos de la casa en que creciste, podrías comprenderme mejor —dijo Merlin sin consideración—, pero creciste en el monte, ¿no es así? Eso es muy diferente.

El silencio siguió a sus palabras... un silencio aterrador que Merlin tenía que romper con palabras crueles o alejarse de allí y prefirió esto último.

El silencioso Lancelot, sonrío de medio lado y Arturo se debatía entre golpear a su primo o correr detrás de su esposo.