Capítulo 21 - Los Polvos Flu

La vida en La Madriguera no se parecía en nada a la vida en Privet Drive. Los Dursley lo querían todo limpio y ordenado, en cambio, la casa de los Weasley siempre estaba llena de sorpresas y cosas asombrosas.

El azabache se llevó un buen susto la primera vez que se miró en el espejo que había sobre la chimenea de la cocina. Este hablaba.

- ¡Vaya pinta! - le gritó el espejo. - ¡Métete bien la camisa! -

- Es camiseta, - le corrigió Harry, sintiéndose aliviado. - no camisa…¡bah! -

El espíritu del ático aullaba y golpeaba las tuberías cada vez que le parecía que reinaba demasiada tranquilidad en la casa. Fred y George experimentaban y hacían explotar cosas en su habitación, algo que, para la casa, aparentemente era normal.

- Hacen explotar muchas cosas, pero no tantas como Seamus. - pensó Harry divertido. - Él sí que es un experto. -

Se sentía como uno más de la familia Weasley. Una familia humilde y bondadosa, con quienes compartía muchos ratos de diversión.

La señora Weasley era como la madre que no tuvo por culpa de Voldemort. Ella se preocupaba en alimentarlo bien, además de preocuparse por el estado de su ropa, sobre todo, cuando Harry la ensuciaba después de entrenar al Quidditch con Ron y los gemelos.

- Para ser una atareada ama de casa, tiene tiempo para hacer de todo. - pensó Harry, impresionado con la cantidad de cosas que era capaz de hacer la señora Weasley. - Incluso divertirse ella misma. -

Al señor Weasley le gustaba que Harry se sentara a su lado en la mesa para someterlo a un interrogatorio sobre la vida con los muggles, y le preguntaba cómo funcionaban cosas tales como los enchufes o el servicio de correos.

- ¡Fascinante! - decía, cuando Harry le explicaba cómo se usaba el teléfono. - Son ingeniosas de verdad, las cosas que inventan los muggles para apañárselas sin magia. -

- El señor Weasley es como un muggle que se impresiona al ver magia, pero a la inversa, siendo él un mago. - pensó Harry sonriente. Le gustaba compartir sus experiencias muggles con el señor Weasley. - Es decir, hay magos que se impresionan con cosas de muggles, y hay muggles que se impresionan al descubrir y aceptar la magia. -

Además de su coche volador, el Ford Anglia, el señor Weasley tenía otro tipo de cachivaches muggles en el cobertizo como, por ejemplo, la lavadora. A Harry le dio la impresión de que el espíritu de un perro rabioso se había apoderado de ella, porque actuaba como tal.

- Si, esa es nuestra lavadora. - señaló Ron, esquivando por poco un gran chorro de agua y espuma.

- Mi padre la encantó hace unos años para que se encargara de nuestra ropa, - comentó Fred, cubriéndose con la tapa de un cubo de basura. - pero creo que la hemos sobrecargado demasiadas veces. -

- Y ahora es todo menos encantadora. - añadió George.

- Hm…¡Wow! - dijo Harry, esquivando otro gran chorro de agua y espuma. - Pues creo que no fue buena idea sobrecargarla. -

La lavadora temblaba, saltaba e incluso ladraba como un perro guardián con muy malas pulgas. Como se mantenía activa gracias a la magia, no necesitaba electricidad, y eso, según Harry, solo la podía volver más peligrosa. Pronto pudo confirmar lo que pensaba.

- ¡Que viene, que viene! - gimoteó Ron, cuando la lavadora empezó a moverse peligrosamente hacia ellos, como si acechara.

- Salgamos de aquí, - dijo Fred, riéndose. - antes de que quiera lavarnos la ropa con nosotros dentro. -

Apresuradamente, Harry, Ron y los gemelos salieron del cobertizo, y entre los cuatro tuvieron que hacer un gran esfuerzo para cerrar las puertas y evitar que la lavadora se les echara encima.

- ¿Qué ha pasado, chicos? - inquirió el señor Weasley, llegando hacia ellos a zancadas.

- Es la lavadora, papá. - jadeó Ron. - Se ha vuelto a enfadar. -

- ¿Se ha enfadado? ¿Qué habéis hecho esta vez? - preguntó el señor Weasley, como si se sintiera dolido. - Fred, George, no habréis vuelto a colar dentro vuestras "Fabulosas bengalas del doctor Filibuster" ¿verdad? -

- Que va, - atajó George. - aún no hemos hecho nada de eso. -

- Sin embargo, - sonrió Fred. - es una idea muy interesante. Gracias, papá. -

- ¡No hagáis tonterías con la lavadora! - dijo el señor Weasley con firmeza, mientras se remangaba y blandía su varita. - Bien, me ocuparé de ella, vosotros ya podéis entrar en casa. A Molly le vendría bien algo de ayuda en la cocina. -

Mientras regresaban a la casa, a Harry le pareció escuchar ruidos de golpes y hechizos volando dentro del cobertizo, como si el señor Weasley se estuviera peleando con la lavadora.

El doce de agosto, cuando Harry y Ron bajaron a desayunar, encontraron al señor y la señora Weasley sentados con Ginny en la mesa de la cocina. Al ver a Harry, Ginny dio sin querer un golpe al cuenco de las gachas y éste se cayó al suelo con gran estrépito. Ella solía tirar las cosas cada vez que el azabache entraba en la habitación donde ella estaba. Se metió debajo de la mesa para recoger el cuenco y se levantó con la cara tan colorada y brillante como un tomate.

Haciendo como que no lo había visto, Harry se sentó y cogió la tostada que le pasaba la señora Weasley. - Me sigo preguntando porque se pone así al verme…- pensó, sintiéndose cada vez más incómodo con el comportamiento de la niña.

- Han llegado cartas del colegio. - dijo el señor Weasley. entregando a Harry y a Ron dos sobres idénticos de pergamino amarillento, con la dirección escrita en tinta verde. - Dumbledore ya sabe que estás aquí, Harry, a ese no se le escapa una. También han llegado cartas para vosotros dos. - añadió, al ver entrar tranquilamente a Fred y George, todavía en pijama.

Hubo unos minutos de silencio mientras leían las cartas. A Harry le indicaban que cogiera el tren a Hogwarts el 1 de septiembre, como de costumbre, en la estación de King's Cross. Se adjuntaba una lista de los libros de texto que necesitaría para el curso siguiente, pero al leer el material, el azabache frunció el entrecejo.

Los estudiantes de segundo curso necesitarán:

- El libro reglamentario de hechizos (clase 2), Miranda Goshawk.

- Recreo con la "Banshee", Gilderoy Lockhart.

- Una vuelta con los espíritus malignos, Gilderoy Lockhart.

- Vacaciones con las brujas, Gilderoy Lockhart.

- Recorridos con los trols, Gilderoy Lockhart.

- Viajes con los vampiros, Gilderoy Lockhart.

- Paseos con los hombres lobo, Gilderoy Lockhart.

- Un año con el Yeti, Gilderoy Lockhart.

- ¿Pero qué narices es todo esto? - pensó Harry, haciendo una mueca. No entendía porque casi todos los libros de la lista eran de Gilderoy Lockhart.

Después de leer su lista, Fred echó un vistazo a la de Harry. - ¡También a ti te han mandado todos los libros de Lockhart! - exclamó. - El nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras debe de ser un fan suyo. Apuesto a que es una bruja. -

- Bueno, con tal de que sepa enseñar bien…- murmuró Harry. - creo que no hace falta que mencione a Quirrell…- pensó, deseando que su siguiente profesor en la materia fuera alguien idóneo para el puesto.

- Todos estos libros no resultarán nada baratos. - observó George, mirando de reojo a sus padres. - De hecho, los libros de Lockhart son muy caros...-

- Bueno, ya nos apañaremos. - repuso la señora Weasley, aunque parecía preocupada. - Espero que a Ginny le puedan servir muchas de vuestras cosas...-

- Oh, ya veo. - sonrió Harry. - ¿Irás a Hogwarts este curso? – preguntó a Ginny.

Ella asintió con la cabeza, enrojeciendo hasta la raíz del pelo, que era de color rojo encendido, y metió el codo en el plato de la mantequilla. Afortunadamente, el único que se dio cuenta fue Harry, porque Percy el hermano mayor de Ron, entraba en aquel preciso instante.

- A caso ella…- pensó Harry, negando con la cabeza. Sospechaba que Ginny no se sentía "incomoda" con su presencia precisamente. - no, eso no puede ser…-

Percy ya se había vestido y lucía la insignia de prefecto de Hogwarts en el chaleco de punto.

- Buenos días a todos. - saludó a todos. - Hace un hermoso día…-

Se sentó en la única silla que quedaba, pero inmediatamente se levantó dando un brinco, y quitó del asiento un plumero gris medio desplumado. O al menos eso es lo que Harry pensó que era, hasta que vio que respiraba.

- ¡Errol! - exclamó Ron, cogiendo a la maltratada lechuza y sacándole una carta que llevaba debajo del ala. - Ya era hora, aquí está la respuesta de Hermione. Le escribí para decirle que ya estabas aquí. -

Ron llevó a Errol hasta una percha que había junto a la puerta de atrás e intentó que se sostuviera en ella, pero Errol volvió a caerse, así que Ron lo dejó en el escurridero. Luego rasgó el sobre y leyó la carta de Hermione en voz alta.

Queridos Ron y Harry.

Me alegra saber, Ron, que por fin Harry te haya podido visitar. Me imagino que ya le habrás enseñado a desgnomizar el jardín, como si no os conociera…

Ya casi he acabado los deberes escolares ¿Cómo vais vosotros?

- Espera…eso no puede ser, o sea, ¡estamos de vacaciones! - exclamó Ron, frunciendo el entrecejo.

- ¿Te extraña? Yo ya acabé los deberes el mes pasado. - dijo Harry como si fuera la cosa más normal del mundo.

Ron bufó. - Si, como no empollón…- y siguió leyendo.

El próximo miércoles mis padres y yo nos vamos a Londres a comprar los nuevos libros. ¿Por qué no quedamos en el Callejón Diagon? Contadme qué ha pasado en cuanto podáis.

Un beso a los dos, Hermione

Harry se sonrojó, al pensar que tenía una gran oportunidad de reencontrarse con su castaña favorita. Cuando Ron se volvió para mirarle, vaciló y carraspeó un poco. Al girarse, se pudo dar cuenta de que Ginny ya no parecía tan nerviosa como estaba antes. Mas bien, parecía molesta.

- ¿Hm? ¿Y ahora qué le pasa? - pensó Harry.

- Bueno, no estaría mal, podríamos ir también a comprar vuestro material. - dijo la señora Weasley, comenzando a quitar las cosas de la mesa. - ¿Qué vais a hacer hoy? -

Harry, Ron, Fred y George planeaban volver a subir la colina hasta un pequeño prado que tenían los Weasley, que era donde los cuatro fueron practicando Quidditch durante los últimos días. Como estaba rodeado de árboles que lo protegían de las miradas indiscretas del pueblo que había abajo, allí podían practicar el Quidditch, con tal de que tuvieran cuidado de no volar muy alto. Aunque no podían usar verdaderas pelotas de Quidditch, porque si se les escaparan y llegaran a sobrevolar el pueblo, la gente lo vería como un fenómeno de difícil explicación; en su lugar, se arrojaban manzanas. Se turnaban para montar en la Nimbus 2.000 de Harry, que era con mucho la mejor escoba.

Cinco minutos después se encontraban subiendo la colina, con las escobas al hombro. Habían preguntado a Percy si quería ir con ellos, pero les había dicho qué estaba ocupado. Harry sólo había visto a Percy a las horas de comer, el resto del tiempo lo pasaba encerrado en su cuarto.

- Me gustaría saber qué se lleva entre manos, no parece el mismo. - dijo Fred, frunciendo el entrecejo. - Recibió los resultados de sus exámenes el día antes de que llegaras tú, tuvo doce TIMOs y apenas se alegró. -

- ¿¡DOCE!? - exclamó Harry, con los ojos desorbitados. - ¡ES INCREIBLE! Jamás podré superar eso…- añadió cabizbajo, reconociendo que sería casi imposible lograr una hazaña de semejante calibre. - Pero, de todos modos, ¿cómo es que ni siquiera se alegró? Qué raro…-

- Recuerdo que Bill también sacó doce. - dijo George. - Si no nos andamos con cuidado, tendremos otro Premio Anual en la familia. Creo que no podría soportar la vergüenza. -

- ¡Bah! ¿Porque os preocupáis por eso? - preguntó Harry. - ¿Qué más da lo que os digan vuestros padres? Sois geniales, sois unos genios. - repuso con una sonrisa. - Sé que si profundizáis en vuestras ideas podéis llegar a hacer grandes cosas. O no es así, ¿emprendedores? -

Los ojos de los gemelos se iluminaron.

- Harry tiene razón Georgie. - dijo Fred, muy animado. - ¡Tenemos nuestros propios planes para el futuro! -

- Eso es Freddy. - asintió George, lanzando confetis. - ¡Algún día abriremos nuestra propia tienda de artículos de broma y nos forraremos! -

- Así está mejor…- dijo Harry con aprobación.

Sin embargo, al cabo de unos minutos, los gemelos volvieron a mostrarse pesimistas. No por su futuro, sino por los libros de Lockhart, y lo caro que resultaría conseguirlos.

- No sé cómo se las van a arreglar papá y mamá para comprarnos todo lo que necesitamos este curso. - dijo George, desanimado. - ¡Cinco lotes de los libros de Lockhart! Y Ginny necesitará una túnica y una varita mágica, entre otras cosas. -

Harry no decía nada, se sentía un poco incómodo. En una cámara acorazada subterránea de Gringotts, en Londres, tenía guardada una pequeña fortuna que le habían dejado sus padres. Naturalmente, ese dinero sólo servía en el mundo mágico; no se podían utilizar galeones, sickles ni knuts en las tiendas muggles.

- Me gustaría poder ayudarles con su falta económica…- pensó el azabache, tristemente.

De repente, recordó que a los Dursley nunca les había dicho una palabra sobre su cuenta bancaria en Gringotts. Y la verdad es que no creía que su aversión a todo lo relacionado con el mundo de la magia se hiciera extensiva a un buen montón de oro. Además, no les daría un solo knut ni aunque le vendieran la casa de Prive Drive.

Al domingo siguiente, la señora Weasley los despertó a todos temprano. Después de tomarse rápidamente media docena de emparedados de beicon cada uno, se pusieron las chaquetas y la señora Weasley, cogiendo una maceta de la repisa de la chimenea de la cocina, echó un vistazo dentro.

- Ya casi no nos queda, Arthur. - suspiró la señora Weasley. - Tenemos que comprar un poco más... ¡bueno, los huéspedes primero! ¡Después de ti, Harry, cielo! - dijo, ofreciéndole la maceta.

Harry vio que todos lo miraban. - ¿Qué es lo que tengo que hacer? - preguntó.

- Él nunca ha viajado con polvos Flu. - dijo Ron de pronto. - Lo siento Harry, no me acordaba. -

- ¿Nunca? - le preguntó el señor Weasley. - Pero, ¿cómo llegaste al Callejón Diagon el año pasado para comprar las cosas que necesitabas? -.

- A pie, - respondió el azabache, encogiéndose de hombros. - del Caldero Chorreante a King's Cross. En cualquier caso, no, nunca he viajado con polvos Flu. -

- Los polvos Flu son mucho más rápidos. - dijo la señora Weasley. - Pero la verdad es que si no los has usado nunca...-

- Lo hará bien, mamá. - dijo Fred. - Harry, primero míranos a nosotros. -

Cogió de la maceta un pellizco de aquellos polvos brillantes, se acercó al fuego y los arrojó a las llamas, produciendo un estruendo atronador, las llamas se volvieron de color verde esmeralda y se hicieron más altas que Fred.

Éste se metió en la chimenea y gritó: - ¡Callejón Diagon! - y tras un instante, desapareció.

- Tienes que pronunciarlo claramente cielo, - dijo a Harry la señora Weasley, mientras George introducía la mano en la maceta. - y ten cuidado de salir por la chimenea correcta. -

- ¿Qué? - preguntó Harry un poco nervioso, al tiempo que la hoguera volvía a tronar y se tragaba a George.

- Bueno, ya sabes, hay una cantidad tremenda de chimeneas de magos entre las que escoger, pero con tal de que pronuncies claro...-

- Lo hará bien, Molly, no te apures. - le dijo el señor Weasley, sirviéndose también polvos Flu.

- Pero, querido, - le dijo la señora Weasley a su marido. - si Harry se perdiera, ¿cómo se lo íbamos a explicar a sus tíos? -

- ¡Ha! A ellos les daría igual - la tranquilizó Harry, riéndose. - Si yo me perdiera aspirado por una chimenea estarían encantados de la vida…así que no se preocupe por eso. -

- Bueno, está bien..., ve después de Arthur. - dijo la señora Weasley. - Y cuando entres en el fuego, di adónde vas. -

- Y mantén los codos pegados al cuerpo. - le aconsejó Ron.

- Y los ojos cerrados. - le dijo la señora Weasley. - El hollín...-

- Y no te muevas. - añadió Ron. - O podrías salir en una chimenea equivocada...-

- Pero no te asustes y vayas a salir demasiado pronto. - le advirtió la señora Weasley. - Espera a ver a Fred y George. -

- Comprendido. - asintió el azabache. - Esto será interesante…-

Harry cogió un pellizco de polvos Flu y se acercó al fuego, respiró hondo, arrojó los polvos a las llamas y dio unos pasos hacia delante. El fuego se percibía como una brisa cálida, abrió la boca y un montón de ceniza caliente se le metió en la boca.

- Ca-ca-llejón Diagon…- dijo el azabache, tosiendo.

Le pareció que lo succionaban por el agujero de un enchufe gigante y que estaba girando a gran velocidad. El bramido era ensordecedor. Harry intentaba mantener los ojos abiertos, pero el remolino de llamas verdes lo mareaba. Algo duro lo golpeó en el codo, así que él se lo sujetó contra el cuerpo, sin dejar de dar vueltas y vueltas. Luego fue como si unas manos frías le pegaran bofetadas en la cara. Con los ojos entornados, vio una borrosa sucesión de chimeneas y vislumbró imágenes de las salas que había al otro lado. Los emparedados de beicon se le revolvían en el estómago. Cerró los ojos de nuevo, deseando que parase, y de repente cayó de bruces sobre una fría piedra

- Vaya golpe…- pensó el azabache, doliéndose. - Viajar con polvos Flu no es algo tan fascinante como esperaba. ¿Será mi falta de experiencia? Debe serlo, de lo contrario, ¿por qué seguirían usando polvos Flu? -

Mareado, magullado y cubierto de hollín, se puso de pie con cuidado. Estaba completamente solo, pero no tenía ni idea de dónde. Lo único que sabía es que estaba en la chimenea de piedra de lo que parecía ser la tienda de un mago, apenas iluminada, pero no era probable que lo que vendían en ella se encontrara en la lista de Hogwarts.

En un estante de cristal cercano había una mano cortada puesta sobre un cojín, una baraja de cartas manchada de sangre y un ojo de cristal que miraba fijamente. Unas máscaras de aspecto diabólico lanzaban miradas malévolas desde lo alto. Sobre el mostrador había una gran variedad de huesos humanos y del techo colgaban unos instrumentos herrumbrosos, llenos de pinchos. Y lo que era peor, el oscuro callejón que Harry podía ver a través de la polvorienta luna del escaparate no podía ser el callejón Diagon.

- Hm…más bien no…- observó el azabache. - No lo sé, pero este sitio me recuerda un poco a las tiendas de Halloween…o a las mazmorras donde Snivellus nos da clases…-

Con la nariz aún dolorida por el topetazo, Harry se fue rápida y sigilosamente hacia la puerta, pero antes de que hubiera salvado la mitad de la distancia, aparecieron al otro lado del escaparate dos personas, y una de ellas era la última a la que Harry habría querido encontrarse en su situación: perdido y cubierto de hollín. Era su archirrival, Draco Malfoy.

- ¡Hmph! Lo que me faltaba. - pensó Harry, poniendo mala cara. - ¿Qué narices hace aquí este idiota? Ni hablar, será mejor que me esconda. -

Harry repasó apresuradamente con los ojos lo que había en la tienda y encontró a su izquierda un gran armario negro, se metió en él y cerró las puertas, dejando una pequeña rendija para echar un vistazo ( "A ver que se trae entre manos", pensó.). Unos segundos más tarde sonó un timbre y Malfoy entró en la tienda.

El hombre que iba detrás de él no podía ser otro que su padre. Tenía la misma cara pálida y puntiaguda, con los mismos ojos de un frío color gris. El señor Malfoy cruzó la tienda, mirando vagamente los artículos expuestos, y pulsó un timbre que había en el mostrador antes de volverse a su hijo.

- No toques nada, Draco…- susurró.

Malfoy, que estaba mirando el ojo de cristal, le dijo: - Creía que me ibas a comprar un regalo. -

Harry reprimió rápidamente sus ganas de reír.

- Te dije que te compraría una escoba de carreras. - le dijo su padre, tamborileando con los dedos en el mostrador.

- ¿Y para qué la quiero si no estoy en el equipo de la casa? - preguntó (Dragón) Malfoy, enfurruñado. - Harry Potter tenía el año pasado una Nimbus 2.000, y obtuvo un permiso especial de Dumbledore para poder jugar en el equipo de Gryffindor. Ni siquiera es muy bueno, sólo porque es famoso...Famoso por tener esa ridícula cicatriz en la frente…- se inclinó para examinar un estante lleno de calaveras. - A todos les parece que Potter es muy inteligente sólo porque tiene esa maravillosa cicatriz en la frente y una escoba mágica...-

A Harry le estaba costando ocultar la enorme satisfacción que sentía.

- Me lo has dicho ya una docena de veces por lo menos…- repuso su padre dirigiéndole una mirada fulminante. - y te quiero recordar que sería mucho más... prudente dar la impresión de que tú también lo admiras, porque en la clase todos lo ven como el héroe que hizo desaparecer al Señor Tenebroso... ¡Ah, señor Borgin! -

Tras el mostrador había aparecido un hombre encorvado, alisándose el grasiento cabello.

- ¡Anda! - pensó el azabache. - ¡Como Snivellus! -

- Señor Malfoy, qué placer verle de nuevo…- saludó el señor Borgin, con una voz tan pegajosa como su cabello. - ¡Qué honor...! Y ha venido también el señor Malfoy hijo. Encantado. ¿En qué puedo servirles? Precisamente hoy puedo enseñarles, y a un precio muy razonable...-

- Hoy no vengo a comprar, señor Borgin, - dijo el padre de Malfoy. - sino a vender…- y Harry prestó mas atención a la conversación.

- ¿A vender? - la sonrisa desapareció gradualmente de la cara del señor Borgin.

- Usted habrá oído, por supuesto, que el ministro está preparando más redadas…- empezó el padre de Malfoy, sacando un pergamino del bolsillo interior de la chaqueta y desenrollándolo para que el señor Borgin lo leyera. - Tengo en casa algunos…artículos que podrían ponerme en un aprieto, si el Ministerio fuera a llamar a...-

El señor Borgin se caló unas gafas y examinó la lista. - Pero me imagino que el Ministerio no se atreverá a molestarle, señor...-

El padre de Malfoy frunció los labios.

- Aún no me han visitado…- respondió con molestia. - El apellido Malfoy todavía inspira un poco de respeto, pero el Ministerio cada vez se entromete más. Incluso corren rumores sobre una nueva Ley de defensa de los muggles...Sin duda ese rastrero de Arthur Weasley, ese defensor a ultranza de los muggles, anda detrás de todo esto...-

- ¡Hmph! El señor Weasley es el único que tiene el valor necesario como para destapar todas tus artimañas, Malfoy. - pensó Harry con ira, aguantándose las ganas de salir y darle una patada a Malfoy y a su padre. - Oh vaya, esta información es muy interesante…-

- Y, como ve, algunas de estas cosas podrían hacer que saliera a la luz...- repuso el señor Malfoy.

- ¿Puedo quedarme con esto? - interrumpió Draco, señalando la mano cortada que estaba sobre el cojín.

- ¡Ah, la Mano de la Gloria! - dijo el señor Borgin, olvidando la lista del padre de Malfoy y encaminándose hacia donde estaba Draco. - ¡Si se introduce una vela entre los dedos, alumbrará las cosas sólo para el que la sostiene! ¡El mejor aliado de los ladrones y saqueadores! Su hijo tiene un gusto exquisito, señor...-

- Espero que mi hijo llegue a ser algo más que un ladrón o un saqueador, Borgin…- repuso fríamente el padre de Malfoy, y Harry tuvo que esforzarse en reprimir una carcajada.

El señor Borgin se apresuró a decir: - No he pretendido ofenderle, señor, en absoluto...-

- Aunque si no mejoran sus notas en el colegio…- añadió el padre de Malfoy, aún más fríamente. - puede, claro está, que sólo sirva para eso…

- ¡No es culpa mía! - replicó Malfoy hijo. - Todos los profesores tienen alumnos enchufados, como Potter y esa…Hermione Granger…-

- Vergüenza debería darte que Potter y una chica que no viene de una familia de magos te supere en todos los exámenes…- dijo el señor Malfoy bruscamente.

- Vaya, vaya, ¿Draco Malfoy nos tiene envidia por las notas o…porque dos magos con sangre muggle le han superado? - pensó Harry, con una sonrisa orgullosa.

- En todas partes pasa lo mismo...- dijo el señor Borgin, con su voz almibarada. - Cada vez tiene menos importancia pertenecer a una estirpe de magos. -

- ¡No para mí! - repuso el señor Malfoy, resoplando de enfado.

- No señor, ni para mí, señor - dijo el señor Borgin, con una inclinación.

- En ese caso, quizá podamos volver a fijarnos en mi lista…- dijo el señor Malfoy, lacónicamente. - Tengo un poco de prisa, Borgin, me esperan importantes asuntos que atender en otro lugar. -

Malfoy soltó un bufido. - No sé para qué te preocupas tanto, - dijo. - ella está con mamá. Me imagino que la estará volviendo loca con lo de su estúpida muñeca. -

- ¿Hm? ¿De quién estarán hablando? - se preguntaba Harry.

- ¿Muñeca? - murmuró el señor Borgin, pero el señor Malfoy, al parecer, le escuchó.

- Ah, sí, este año mi hija ha recibido su carta para asistir a Hogwarts. - comentó el señor Malfoy, y su semblante ya no era tan frío. Parecía más contento. - A estado impaciente por ir desde que el año pasado trajimos a mi hijo al Callejón Diagon para comprar su material de primer curso. -

- ¿Malfoy tiene una hermana? - pensó Harry, con sorpresa. - Vaya, quien lo diría. -

- Es una plasta. - repuso Malfoy, con indiferencia. - Es cierto que le gusta el Quidditch, pero se pasa el día pensando en chuches y muñequitas tontas…Bueno…tal vez lo que quede de la estúpida muñeca…- añadió, sonriendo maliciosamente.

- Sin embargo, ella es más estudiosa que tú. - dijo el señor Malfoy con frialdad. - Estoy convencido. Mi princesa hará grandes logros en Hogwarts señor Borgin…una vez sea seleccionada para Slytherin…-

Harry no podía evitar reírse de su archirrival. - Vaya, pobre Malfoy, su hermana es mejor que él. - pensó. - Pero si acaba en Slytherin de seguro que será una insoportable. Tal vez se parezca a este crético que…¡Oh, porras! ¡No te acerques! -

Draco se acercaba a su escondite, curioseando los objetos que estaban a la venta. Se detuvo a examinar un rollo grande de cuerda de ahorcado y luego leyó, sonriendo, la tarjeta que estaba apoyada contra un magnífico collar de ópalos:

Cuidado: no tocar Collar embrujado.

Hasta la fecha se ha cobrado las vidas de diecinueve muggles que lo poseyeron.

Draco se volvió y reparó en el armario. Se dirigió hacia él, alargó la mano para coger la manilla...

- Si…ábrelo…- pensó Harry, con muchas ganas de darle una paliza a Malfoy. - Ábrelo y tal vez no vuelvas a ver nada más en meses…-

- De acuerdo. - dijo el señor Malfoy en el mostrador. - ¡Vamos, Draco! -

Cuando Draco se volvió, Harry bufó un poco decepcionado. En realidad, quería soltarle un puñetazo en la nariz a Malfoy.

- Que tenga un buen día, señor Borgin. - se despidió el señor Malfoy, una vez su hijo atravesó el umbral de la puerta. - Le espero en mi mansión mañana para recoger las cosas…-

En cuanto se cerró la puerta, el señor Borgin abandonó sus modales afectados.

- Quédese los buenos días, señor Malfoy, y si es cierto lo que cuentan, usted no me ha vendido ni la mitad de lo que tiene oculto en su mansión…-

Y se metió en la trastienda mascullando. Harry aguardó un minuto por si volvía, y luego, con el máximo sigilo, salió del armario, se puso su capucha negra y, pasando por delante de las estanterías de cristal, se fue de la tienda por la puerta delantera.

Tan pronto como salió, se percató de donde estaba: Era el Callejón Knockturn. Y la tienda que acababa de abandonar, era Borgin y Burkes. Con la boca llena de cenizas, no debía de haber pronunciado claramente las palabras al salir de la chimenea de los Weasley.

- ¡Maldita sea! - maldijo desde su mente. - No me extraña que me encontrará con los Malfoy en este lugar. ¡Qué horror! -

Salió corriendo de la tienda, esquivando a todos los que veía al frente suyo, sin tan siquiera preocuparse por si le decían o susurraban algo. Tenía que alejarse lo antes posible de allí, antes de que los transeúntes comenzaran a sospechar.

De repente, el joven mago se chocó con una gran mole. Al alzar la vista, se dio cuenta de quién era.

- ¡HARRY! - gritó un hombre muy grande, alto y corpulento. - ¿¡Qué demonios estás haciendo aquí!? -

- ¡Hagrid! - exclamó el azabache, cuando se dio cuenta de quién era. - ¿Eres tú? -

- Si. - repuso Hagrid, ayudándolo a levantarse. - ¿Qué haces aquí, Harry? -

- Es un poco difícil de explicar. - dijo el azabache, tratando de limpiarse inútilmente su túnica llena de hollín. - Primero…salgamos de aquí por favor. -

Y sin decir más, Harry y Hagrid salieron de allí, pasando por el retorcido callejón hasta que llegaron a un lugar iluminado por la luz del sol. El azabache vio en la distancia un edificio que le resultaba conocido, de mármol blanco como la nieve: era el banco de Gringotts. Se sintió más aliviado, porque habían regresado al callejón Diagon.

- ¡No tienes remedio! - gruñó Hagrid de mala uva, sacudiéndole el hollín con tanto ímpetu que casi lo tira contra un barril de excrementos de dragón que había a la entrada de una farmacia. - Merodeando por el Callejón Knockturn...sabes que no debes ir allí. Pensarán que no tramas nada bueno...-

-Ya lo sé, ahora te lo explico. - repuso el azabache, quitándose la capucha. - Iba a ir con los Weasley al Callejón Diagon, usando polvos Flu. Lamentablemente me atraganté (¡Si, era mi primera vez, no te hace falta que te rías!) y sin darme cuenta, caí sin querer en la chimenea de Borgin y Burkes. -

- Ah…los polvos Flu. - dijo Hagrid, mirándolo con comprensión. - Bueno, en ese caso, ten más cuidado la próxima vez que los uses. -

- Ya tomé nota. - bufó Harry, haciendo un mohín. - Por cierto, ¿qué hacías tú por ahí? -

- Buscaba un nuevo repelente contra las babosas carnívoras, - gruñó Hagrid. - están echando otra vez a perder las berzas. -

- Deberías usar un exterminador de plagas…- le sugirió el azabache, aunque no estaba seguro de que Hagrid supiera lo que era.

- ¡Harry! ¡Harry! ¡Aquí! -

A Harry se le enrojecieron las mejillas y su corazón brincó al oír aquella voz. Lentamente, alzó la vista: vio a Hermione en lo alto de las escaleras de Gringotts. Ella bajó corriendo a su encuentro, con su espesa cabellera castaña al viento.

- Hermione…- susurró el azabache, corriendo hacia ella para envolverla con un fuerte abrazo.

No la veía desde que se despidieron en la estación King's Cross, al acabar el curso pasado. Harry tuvo la impresión de que Hermione se veía más guapa que el curso anterior. No sabía si era porque ganó unos cuantos centímetros de altura, o porque su espesa cabellera estaba mejor arreglada…o porque sencillamente, parecía más guapa que antes.

Sentirla entre sus brazos fue como un torrente tranquilizador para él. Sé quedó abrazado a ella durante unos segundos. Hermione no parecía tener ningún problema, porque tampoco se soltaba. Al final, los dos se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, y se separaron, tosiendo nerviosamente y sonrojándose.

- M-me alegro mucho de verte…- farfulló Harry, desviando la mirada.

- Y-yo también Harry…- dijo Hermione, con una sonrisa radiante. Entonces y vio a Hagrid y le saludó: - ¡Oh, hola Hagrid! Me alegro de verte también por aquí. -

- Lo mismo digo, Hermione. - dijo el semigigante con una amplia sonrisa.

- ¿Tú también vienes a Gringotts, Harry? - preguntó Hermione.

- Iré, - respondió Harry. - tan pronto como encuentre a los Weasley. Por cierto, ¿dónde estarán? -

- No tendréis que esperar mucho… - dijo Hagrid, sin dejar de sonreír.

Harry y Hermione miraron alrededor, corriendo por la abarrotada calle llegaban Ron, Fred, George, Percy y el señor Weasley.

- Harry…- jadeó el señor Weasley. - Esperábamos que sólo te hubieras pasado una chimenea…Molly está desesperada...ahora viene...-

- ¿Por dónde has salido? - preguntó Ron.

- Por la chimenea de una tienda del Callejón Knockturn…- respondió Harry, haciendo un mohín.

- ¡Fenomenal! - exclamaron Fred y George emocionados. Harry rió con sarcasmo.

- A nosotros nunca nos han dejado entrar. - añadió Ron, con envidia.

- Y han hecho bien. - gruñó Hagrid.

- Si, no te aconsejo entrar en ese lugar, Ronald. - repuso el azabache. - El lugar en si es siniestro. -

La señora Weasley apareció en aquel momento a todo correr, agitando el bolso con una mano y sujetando a Ginny con la otra.

- Ay, Harry...Ay, cielo...- jadeó. - ¡Podías haber salido en cualquier parte! -

Respirando aún con dificultad, sacó del bolso un cepillo grande para la ropa y se puso a quitarle a Harry el hollín con el que no había podido Hagrid.

- Bueno, tengo que irme. - dijo Hagrid, a quien la señora Weasley estaba estrujando la mano en ese instante ("¡El callejón Knockturn! ¡Menos mal que lo has encontrado, Hagrid!", le dijo con alivio.). - ¡Os veré en Hogwarts! - añadió, mientras se alejaba a zancadas, con su cabeza y sus hombros sobresaliendo en la concurrida calle.

- ¿A que no adivináis a quién he visto en Borgin y Burkes? - dijo Harry a Hermione y Ron, mientras subían las escaleras de Gringotts. - A Malfoy y a su padre...-

- ¿Y compró algo Lucius Malfoy? - preguntó el señor Weasley, con acritud.

- No, él quería vender…- susurró Harry sonriente. - objetos comprometidos…-

- Así que está preocupado. - comentó el señor Weasley con satisfacción, a pesar de todo. - ¡Cómo me gustaría coger a Lucius Malfoy con las manos en la masa! -

- Ten cuidado Arthur. - le dijo severamente la señora Weasley mientras entraban en el banco y un duende les hacía reverencias en la puerta. - Esa familia es peligrosa, no vayas a dar un paso en falso. -

- ¿Así que no crees que un servidor esté a la altura de Lucius Malfoy? - preguntó indignado el señor Weasley.

Mientras la señora Weasley le señalaba unas cuantas razones a su marido para que no se acercara demasiado a lo Malfoy, Harry aprovechó para acercarse al mostrador que se extendía a lo largo de todo el gran salón de mármol, donde estaban Dan y Jean: los padres de Hermione.

- Hola Dan, hola Jean. - les saludó con alegría, mientras le estrechaba la mano a Dan. - Me alegro mucho de verles de nuevo. ¿Venís a hacer el cambio de monedas? -

- Así es, cielo. - respondió Jean afablemente. - Nuestra pequeña Herm necesita el material nuevo. ¿Sabías que casi todos los libros de la lista son del mismo autor? Es un poco raro. -

- Créame, no ha sido la única que lo ha pensado. - repuso Harry.

- ¿Qué más da? - dijo Hermione de pronto. - ¡Es la colección de libros de Gilderoy Lockhart! Me muero de ganas por comprarlos. Salieron a la venta no hace mucho en Flourish & Blotts. -

Harry sintió algo removiéndose dentro de su estómago. Tenía la impresión de que a Hermione le fascinaba Lockhart, tal vez, demasiado.

- Por cierto, Herm. - le dijo Dan a su hija. - ¿Estás segura que no quieres una de esas escobas voladoras? Ahora que estas en segundo año (y según la lista) puedes tener una. -

- Oh, no, no me hace falta en este momento. - respondió ella, casi de inmediato. - Me dedico más a estudiar que a volar. Eso de volar prefiero dejárselo a Harry. -

- Pero si tú también sabes volar bien…- suspiró Harry. Él sabía que su mejor amiga no era muy afán del vuelo, a pesar de que controlaba bien la escoba.

- Bueno, eso ya lo sé, pero…- farfulló Hermione, pero en ese momento irrumpió el señor Weasley, saltando de alegría.

- ¡Pero si son muggles! - observó encantado. - ¡Esto tenemos que celebrarlo con una copa! ¿Qué tienen ahí? ¡Ah, están cambiando dinero muggle! ¡Mira, Molly! - dijo, señalando emocionado el billete de diez libras esterlinas que Dan tenía en la mano.

- Eh…esto…- dijo Dan, frunciendo el entrecejo.

- Es el señor Weasley. - explicó Harry. - A él le fascinan las personas no mágicas, como ustedes. -

- ¡Ah, ya veo! - dijo Dan, muy contento. - No sabía que a los magos os fascinaba tanto lo nuestro. Es decir…¡SOYS MAGOS! ¿Quién no querría usar magia? Tal vez debería invitarle a un trago en el pub que tenéis en este callejón. ¿Qué me dice, buen hombre? -

- ¡Un muggle al que le fascina la magia! - dijo el señor Weasley, estrechando entusiasmadamente la mano del señor Granger. - Eso es estupendo. Me gustaría mucho compartir unas jarras de cerveza de mantequilla con usted. ¡Usted debe saber mucho sobre su mundo! Estaré encantado de unirme a usted en el Caldero Chorreante para pedir una ronda. -

- ¡Claro! - sonrió Dan, riéndose. - Después de todo nos vendría bien un poco de orientación por parte de alguien tan experimentado en este mundo como usted, señor Weasley. -

La señora Granger esbozó una sonrisa nerviosa, mientras que la señora Weasley se llevaba una mano a la frente y murmuraba "¿Qué hice para merecer esto?".

- ¡Eh Harry! - dijo Ron. - Ya nos van a llevar a las cámaras. -

- Está bien. - dijo Harry, volviéndose para ver a Hermione. - Ahora nos vemos, Hermione…-

- S-sí, - dijo Hermione, ligeramente ruborizada. - no te preocupes, os esperamos. -

Harry disfrutó del vertiginoso descenso hasta la cámara acorazada de los Weasley, pero cuando la abrieron se sintió mal, muy mal. Dentro no había más que un montoncito de sickles de plata y un galeón de oro. La señora Weasley repasó los rincones de la cámara antes de echar todas las monedas en su bolso.

- Oh…no puedo creer que esto sea verdad…- pensó Harry, devastado, cabizbajo e incrédulo.

Harry aún se sintió peor cuando llegaron a la suya. Intentó impedir que vieran el contenido metiendo a toda prisa en una bolsa de cuero unos puñados de monedas.

- Algún día…haré algo por ellos. - pensó azabache, sintiéndose fatal por la situación económica de una familia, de quien se encariñó. - Tengo que hacer algo por ellos. No pueden seguir con estos problemas económicos…-

Cuando salieron a las escaleras de mármol, el grupo se separó. Percy musitó vagamente que necesitaba otra pluma. Fred y George habían visto a su amigo de Hogwarts, Lee Jordan. La señora Weasley y Ginny fueron a una tienda de túnicas de segunda mano. Y el señor Weasley insistía en invitar a los Granger a tomar algo en el Caldero Chorreante. El señor Granger quería acompañarlo, pero su mujer insistía en que primero, tenían que comprar el material para Hermione.

- Nos veremos dentro de una hora en Flourish y Blotts para compraros los libros de texto. - le dijo la señora Weasley a sus hijos. - ¡Y no os acerquéis al callejón Knockturn! - gritó a los gemelos, que ya se alejaban, con sonrisas idénticas.

El grupo se dispersó, y en mitad del callejón, Harry, Ron y Hermione se quedaron solos con la señora Weasley y Ginny.

- Esto…mamá…- dijo de repente Ginny, aunque parecía tener problemas para hablar.

- ¿Qué ocurre, cielo? - le preguntó la señora Weasley.

- Bueno, no te lo dije porque primero teníamos que encontrar a Harry. - dijo Ginny, respirando hondo antes de seguir hablando. - Los polvos Flu se estropearon, y varias de mis cosas se cayeron por las chimeneas que he pasado. -

- Oh vaya, justo lo que faltaba. - bufó Ron.

- ¡Ronald! - le regañaron Hermione y la señora Weasley.

- ¿Por cuantas chimeneas pasaste, Ginny? - le preguntó el azabache. - ¿Sabes dónde se te cayeron tus cosas? -

Ginny, a diferencia de cuando estaban en la Madriguera, no se mostraba tan tímida. Harry tuvo la impresión de que, por fin, se estaba mostrando tal y como era ante él.

- Creo que se me cayó la balanza de latón cuando entré en la chimenea de la tienda de Animales. - respondió Ginny. - Seguro que la pluma cayó en la trastienda de Gambol y Japes; Y recuerdo que aún llevaba el celo cuando caí en la chimenea del Caldero Chorreante, pero por mucho que rebusqué no conseguí encontrarlo. -

Era como una actividad fijada para el perfecto aventurero, y Harry, era muy aventurero.

- Tienda de Animales, Gambol & Japes y el Caldero Chorreante…- repitió. - Lo tengo. No hay problema, será divertido buscar tus cosas, Ginny. -

- No estás hablando en serio…- dijo Ron, mirándolo raro.

- ¿De verdad lo harás? – preguntó Ginny, con asombro. - ¡Gracias, Harry! -

- ¡Una actividad de búsqueda! - dijo Hermione, entusiasmada. - ¿Puedo apuntarme? -

- Si, siempre…- dijo el azabache, sintiendo que se ruborizaba.

- Están locos. - murmuró Ron.

- Sois muy amables. - dijo la señora Weasley. - Pero tened cuidado. No entréis en una tienda si el dueño no lo permite. Con toda la gente que hay de seguro que estarán atareados. -

- Descuide. - repuso Harry, y se marchó en dirección a la tienda de Animales. Antes de llegar a rozar la puerta, Ron los alcanzaron. - ¿Qué haces aquí? - preguntó. - ¿No decías que estábamos locos? -

- Si, pero si me quedo con mamá y Ginny me aburriré. - jadeó Ron. - Venga, entremos. -

Encogiéndose de hombros, Harry entró en la tienda, seguido de ellos.

Capítulo 22 - La hermana de Malfoy

La tienda de animales era muy pequeña y ruidosa, con cada centímetro de pared cubierta por jaulas. Harry pudo ver que se vendía todo tipo de animales: caracoles venenosos naranjas; una tortuga gigante con joyas incrustadas; ratas elegantes negras, muy inteligentes; búhos, cuervos, gatos de todos los colores, Puffskeins (Un animal de forma esférica y cubierto por un pelaje suave, de color natillas. Una criatura que parecía ideal para darle mimos) y un conejo que parecía contar con la capacidad de transformase (Se había convertido en una tetera).

- ¿Qué es ese ruido? - se escuchó una voz gruñona y amortiguada. - Crookshanks, ¿no serás tu de nuevo? Gato tarado…-

Harry y sus amigos no tuvieron mucho tiempo para reaccionar. La puerta del almacén se había abierto y por el umbral entró un anciano. Era calvo, canoso, con la nariz ganchuda y cara de pocos amigos.

A pesar de que muchas veces había pasado por la tienda en cuestión, Harry nunca se encontró con el propietario. Siempre que pedía delicia para lechuzas solo tenía que acercarse a la pequeña estantería, al lado del mostrador, para coger una y dejar el dinero antes de marcharse.

- Hm…hola señor. - dijo Harry. - Veníamos a…-

- Lo siento chico, - gruñó el viejo. - estamos cerrados. -

Hermione dio un paso al frente y dijo: - Pero señor, es que…-

- ¿No has escuchado lo que acabo de decir, muchacha? - inquirió el viejo. - Estamos cerrados, ¡váyanse! - gruñó, volviéndose y abriendo la puerta de su almacén mientras murmuraba "Estos niños de hoy…" y cerrándola de un portazo, de donde se escuchó el sonido amortiguado de un maullido.

- Caray, vaya genio. - se quejó Ron. - ¿Cómo lo vamos a hacer para recuperar la balanza de Ginny sin que ese viejo estúpido nos grite? -

- Bueno, si no podemos recuperar la balanza por las buenas…- empezó Harry, sonriendo maliciosamente.

- ¿Por qué tenemos que hacer las cosas por las malas? - bufó Hermione.

- Porque el viejo no quiere hacer las cosas por las buenas. - dijo Ron, encogiéndose de hombros.

Sigilosamente, atravesaron el mostrador, y una vez miraron cuidadosamente por el rabillo de la puerta, se infiltraron en el almacén. Era increíble lo grande que era, mucho más que la tienda, donde estaban los animales. El almacén estaba repleto de estanterías con comida y delicias para animales. Entre las estanterías, había una puerta.

- La chimenea debe estar ahí dentro…- pensó Harry.

Rápidamente, los tres se escondieron detrás de un muro de sacos de paja. El anciano dueño se paseaba por su almacén como el típico guardia de turno. A Harry le recordaba a Filch.

- ¿Que vas a hacer, Harry? - susurró Hermione, cuando Harry blandió la varita.

- Una maniobra de distracción… - respondió este en voz baja, mientras apuntaba con su varita hacia una estantería con cajas llenas de licor de regaliz, unas golosinas que (literalmente) muerde a quien intenta comérselas. - ¡Cistem Aperio! - susurró, agitando la varita.

- ¿¡Que ha sido eso!? - saltó el anciano, volcando la cabeza hacia todas direcciones, pero sin encontrar el motivo del ruido. - ¡Crookshanks! ¡Ya te serví tu comida, así que no toques nada! -

Una luz blanca salió disparada de la varita de Harry, golpeando la estantería que contenía las cajas de licor de regaliz. Las cajas salieron disparadas, dejando escapar a las pequeñas golosinas, que saltaban y enseñaban los dientes como si fueran diminutas pirañas.

- ¡Oh no! ¡Mis licores de regaliz! - gimoteó el anciano, tratando de recoger las golosinas mordedoras con sabor a licor. - ¡Auch! ¡Ay! ¡Estaros quietos! - gruñó, mientras las chuches le mordían las manos.

Harry hizo un gesto con la cabeza para indicar a sus amigos que se pusiera en marcha. Pasaron sigilosamente a través de las estanterías y los sacos repletos de delicia para lechuzas, ratas muertas, ranas y estiércol. Una vez alcanzaron la puerta, Hermione lanzó un "Alohomora" en la cerradura para abrirla, entrando los tres de inmediato.

La habitación era bastante deprimente: pintada de un gris rustico, con unas pocas sillas y una pequeña ventana que apenas dejaba entrar la luz del sol. La chimenea era con diferencia lo más atractivo que pudieron hallar, además de la balanza de latón de Ginny.

- Aquí está la endemoniada. - dijo Ron, recogiendo la balanza. - Venga, larguémonos de aquí, antes de que ese vejestorio nos mate. -

Tras comprobar que el anciano seguía ocupado con el licor de regaliz, y maldiciendo en voz alta, los tres atravesaron sigilosamente el almacén, hasta marcharse por la puerta.

- Pobre hombre. - dijo Hermione tristemente, una vez salieron de la tienda de animales. - Creo que hiciste mal en tirarle los licores de regaliz encima, Harry. -

- ¿Por qué lo lamentas? - bufó Ron. - Es solo un viejo amargado. La verdad es que debería jubilarse ya. Total, para que se comporte como un troll frente a los clientes…-

Era como si su nueva aventura hubiera empezado antes de lo esperado. Lo normal hubiera sido volver a Hogwarts, y que la aventura comenzara de nuevo. Harry empezaba a emocionarse, y no podía esperar a comprobar que más se encontraría en la siguiente tienda que debían visitar. Decidieron pasarse por la tienda de artículos de broma de Gambol & Japes, como siguiente parada.

Cuando entraron, Harry pensó por un momento que se encontraba en la clásica tienda de fuegos artificiales, combinada con algunos objetos propios de las fiestas de Halloween. Estanterías con montones de cajas, repletas de juguetes y artículos de broma cubrían las paredes, e incluso el techo de la tienda. Había mucha gente, y una ruidosa carcajada como música de ambiente. A un rincón, Fred y George rebuscaban en una estantería repleta de las Fabulosas bengalas del doctor Filibuster.

- Estupendo. - dijo Fred, muy contento, mientras sujetaba cuatro cajas alargadas. - Creo que tendremos suficiente para todo el curso escolar. -

- Tampoco es que tengamos mucho. - dijo George, con otras cuatro cajas entre manos. - Hay que sobrar algo para los libros de Lockhart. Menuda lata. -

- ¿De verdad pensáis tirar el dinero comprando esas chorradas? - preguntó Hermione, señalando las cajas.

Fred y George se volvieron para mirar a Hermione. Luego se miraron entre ellos, suspirando con aparente tristeza.

- ¿Has oído eso, Fred? - dijo George en tono dramático.

- Si, querido Georgie, sí. - repuso Fred, con seriedad. - Me parece que ha nuestra querida Granger se le acabó la infancia. -

- Es verdad. - dijo George, haciéndose el deprimido. - Ahora parece una de esas viejas aburridas sin sentido del humor. ¡Como McGonagall! -

Ron se puso a reír, mientras que Harry no sabía si hacerlo o no.

- ¡Oh, por favor! - bufó Hermione. - Solo digo que deberíais ahorrar más para los libros, que son esenciales para vuestra educación, y vuestro futuro. Tenéis un problema de fondos y aun así, para vosotros, los artículos de broma son más importantes que los libros del colegio. - añadió en tono mandón.

- La diversión es vital en la vida, Hermione. - dijo Fred, mientras que Ron bajaba por las escaleras para hablar con el vendedor que atendía el mostrador. - Y los libros no nos dejan vivir. No puedes pasarte todo el día enfurruñada en ellos. -

- Efectivamente mi querido hermano. - dijo George. - Enterrarse en libros y olvidarse de la diversión es equivalente a un funeral. No, preferimos más los artículos de broma. -

Hermione estuvo a punto de decir algo, probablemente uno de sus sermones, pero Fred la interrumpió.

- Bueno, nosotros nos vamos, figuras. - dijo. - Andando George, antes de que a Hermione se le dé por interpretar de nuevo a nuestra querida madre. -

- Cierto, cierto. – repuso George. Y los dos se marcharon alegremente hasta el mostrador.

Hermione estaba que echaba humo. - ¡No soy una vieja aburrida! - se quejó.

- Olvídate de esos pirados, - dijo Harry, cogiéndola de los hombros. - mejor vamos a buscar la pluma de Gin...-

- No hace falta. - dijo Ron, regresando a ellos rápidamente.

Harry y Hermione lo miraron. Ron ya tenía la pluma de Ginny en su mano.

- ¿Entraste en la trastienda? - inquirió Hermione. - ¿Así de fácil? -

- Pues claro, - respondió Ron. - el gerente de la tienda nos conoce a mis hermanos y a mí. No por nada somos tres de sus clientes favoritos (No por el dinero precisamente). Me dejó pasar por donde estaba la chimenea y así pude recuperarla. -

- ¡Bah! Yo quería algo de acción. - bufó Harry. - Pero bueno, lo prioritario ya lo tenemos. Oye, tengo una idea, ¿qué te parece si compramos unas bombas fétidas antes de irnos? - añadió, con una sonrisa.

- ¡Genial! - sonrió Ron, y los dos bajaron hacia el mostrador mientras que Hermione negaba con la cabeza.

Después de pagar por las bombas fétidas, los tres salieron de la tienda para caminar hasta el Caldero Chorreante. Allí, Tom recibió a Harry como si fuera una especie de rey.

- ¡Señor Potter! - dijo alegremente. - Encantado de volver a verle. Póngase cómodo y tómese una cerveza de mantequilla. Invita la casa. -

- Gracia Tom, pero tendrá que ser luego. - dijo Harry, sonriendo. - Estoy buscando el celo de mi amiga Ginny. ¿Le importa si inspecciono la chimenea? -

- No hay problema. - dijo Tom. - Pero tenga cuidado, no se acerque mucho al fuego. -

Entre los tres revisaron cada centímetro del hueco de la chimenea. Nada, no había rastro del celo de Ginny. Decepcionados, volvieron con el tabernero.

- No hay rastro del celo de Ginny. - bufó Ron, cuando volvieron a la barra. - ¿No será que alguien lo encontró? -

- ¿Te diste cuenta de lo que había detrás del caldero? - preguntó Hermione. - Había un hueco, no muy grande, pero si lo suficiente como para colar una pelota. -

- Tal vez se haya caído en el sótano. - dijo Tom, riéndose. - Si, la verdad es que debería arreglar eso. Hace poco una niña me dijo que su hermano tiró su muñeca por la chimenea. Pensamos que el fuego lo había fundido, pero al parecer no fue así. De modo que le dije que mirara en el sótano. -

- ¿A dejado entrar a una niña en el sótano? - inquirió Hermione, alarmada. - ¿¡Sola!? -

- Bueno, tampoco es que nosotros seamos mayores de edad, precisamente. - observó Harry.

- ¿Podemos entrar? - preguntó Ron.

- Claro, adelante. - respondió Tom. - Pero os sugiero que andéis con cuidado…El sótano está muy cerca de las cloacas, y puede que esté lleno de Diablillos. -

- ¿Di-diablillos? - inquirió Ron, haciendo una mueca. - Odio a esos bichos. Son tan insoportables como Peeves. -

- Bueno, yo quería acción y ya la tengo. - dijo Harry con arrogancia. - ¡Al sótano! - declaró animado, mientras se marchaba hacia la trampilla.

Harry nunca había entrado en el sótano del Caldero Chorreante, a pesar de todo el tiempo que se alojó allí. Para acceder al sótano, había que pasar por una trampilla, que inevitablemente le recordaba a la que encontró en el tercer piso de Hogwarts.

- Hm…no habrá otro lazo del diablo allí abajo, ¿verdad? - preguntó Hermione, mientras observaba las profundidades del sótano.

- Me da muy mala espina bajar ahí…- susurró Ron.

- De acuerdo, más diversión para mí. - repuso Harry, preparándose para saltar. - Os veo en unos minutos y…-

- ¡Vamos a ir contigo! - exclamaron Ron y Hermione.

Pero Harry ya había saltado. Al final, fue una caída ligera. Poco después, Ron cayó a su lado, y Hermione, encima suyo.

- Ay…creo que salté mal…- gimió Hermione, reincorporándose. - Lo siento, Harry. -

- Tranquila. - dijo Harry de inmediato, e ignorando que le dolía la espalda. - Estoy bien. -

- Pues vaya suerte. - resopló Ron.

- Como sea…¡Ay! - gimió el azabache, tras acomodarse la espalda. - De acuerdo, me alegro de que no os perdáis la aventura. ¿Listos para ir a por el celo? -

- ¿Os dais cuenta de lo que estamos haciendo por un celo? - preguntó Hermione, cuando Harry iluminó la sala con el hechizo "Lumos".

- ¿Jugarnos el cuello? - sugirió Ron. - Me parece que ya es una costumbre. -

Tras explorar la habitación, encontraron una puerta. Una vez la atravesaron, dieron de lleno con un amplio pasadizo, con olor a cloaca, e iluminado vagamente con unas cuantas antorchas.

- Diabliiiiillos…- canturreó Harry, sujetando firmemente la varita. - ¿Dónde estáis, diablillos? Solo vengo a jugar con ustedes…-

- Muy gracioso, Harry. - gruñó Ron. - ¿Qué haremos una vez encontremos a esos bichos? -

- Para librarnos de los diablillos hay que aturdirlos, - respondió Hermione, quitándose unas telarañas de la túnica. - y buscar un buen sitio donde encerrarles. -

- Buena información, Hermione. - sonrió Harry.

Entonces, al dar la vuelta en la siguiente esquina, encontraron a alguien que chillaba como una gansa enfadada, mientras se quitaba a varios diablillos de encima con el palo de una silla. Uno de los diablillos voló hacia ellos y por poco atina a Ron.

- ¡Quítense de en medio! ¡Barbie me necesita! -

- ¿¡Como!? - gritó Ron, cuando se dio cuenta de quién era. - ¿¡Qué diablos haces tú aquí!? -

La niña de cabellos rubios y claros se volvió. Era Chloe, a quien conocieron en el andén nueve y tres cuartos a finales del curso pasado. Seguía tan pequeña e infantil como la última vez que la vieron.

- ¡Oh! ¡Sois vosotros! - dijo alegremente, mientras golpeaba a otro diablillo. - Vaya, no esperaba encontraros aquí. ¿Habéis perdido algo? -

- Una amiga nuestra perdió algo. - dijo Harry, mirando con curiosidad a Chloe. - Y tu…me imagino que perdiste a tu muñeca, ¿cierto? -

- ¡Es todo culpa del idiota de mi hermano! - chilló Chloe, enfadada, y dándole un buen golpe a otro diablillo. - ¡Cuando lo encuentre le cogeré del cuello y lo arrojaré a un caldero hirviente! ¡Así aprenderá! -

Harry pensó detenidamente. ¿A caso Chloe era la hermana de Malfoy? Después de todo, cuando estaba espiando desde el armario de Borgin & Burkes escuchó como su archirrival la mencionaba, al igual que el señor Malfoy, pero ninguno de los dos dijo su nombre. Aunque lo tenía bastante claro, necesitaba una confirmación definitiva.

- ¿Estas bien? - le preguntó Hermione a Chloe, quien también la miraba con sorpresa.

- Si, estoy bien. - bufó ella, golpeando a otro diablillo como si fuera una pelota de beisbol. - Solo tengo a un grupo de estúpidos diablillos en medio. -

Los diablillos eran unos seres pequeños, grises, calvos y no volaban. Corrían alborotados por todo el pasadizo, riéndose sin parar y arrojando por los suelos un extraño liquido viscoso y verdoso.

- Han puesto el suelo perdido de…esa cosa viscosa y repugnante…- dijo Chloe, asqueada y haciendo una mueca. - No me atrevo a pasar…-

- Bueno, pues suerte con lo de tu arma homicida. - dijo Ron, frotándose la cabeza. - Me voy. -

- ¡Tú te quedas! - le dijo Hermione en tono mandón, y agarrándolo del hombro. - Aun no hemos encontrado el celo de tu hermana. -

- De acuerdo, - gaznó Ron. - pero si encuentro de casualidad a esa endiablada muñeca la arrojaré al fuego de la chimenea. -

- Ronald…- Harry rodó los ojos, mientras aturdía a un diablillo con un hechizo aturdidor: "Desmaius". - Vamos a aturdir a los diablillos. ¿Tienes varita? - le preguntó a Chloe.

Chloe alzó el palo amenazadoramente - ¿Ves esto? - masculló. - Si tuviera una varita habría acabado antes. Me leí algunos hechizos, pero aún no pasé por la tienda del señor Ollivander, así que…-

- ¡Qué gran noticia! - dijo Ron con sarcasmo, blandiendo su varita y lanzando "Flipendo" para aturdir a otro diablillo. - Solo a alguien tan inteligente se le puede ocurrir bajar aquí y enfrentarse a estos bichos sin una varita con la que hacerles frente. ¡El mejor plan de la historia! -

- ¡Con esto me basta! - gritó Chloe, golpeando por poco a Ron cuando aturdió a otro diablillo que estaba cerca de él. Ron vaciló con cara de miedo.

- ¡Ronald, céntrate! - le regañó Hermione, lanzando un "Petrificus Totalus" hacia un diablillo en movimiento. - ¡Otro menos! -

Y con varios hechizos ofensivos (y el palo de Chloe) lograron dejar aturdidos o mareados a los diablillos sueltos. Chloe les indicó que cerca de un desagüe había una jaula grande y vacía. Allí dentro metieron a todos los diablillos, y Hermione, con un encantamiento para sellar jaulas, impidió que los diablillos se escaparan, quedándose encerrados dentro.

- Muy bien. - dijo Harry, limpiándose las manos. - Es hora de seguir. ¿Nos sigues, Chloe? -

- ¡Claro! - dijo la niña rubia, dando un saltito.

Ron puso mala cara, pero antes de que dijera algo Hermione le dijo "Chissst" y siguieron hacia delante. Después de pasar por cuidado cerca de la sustancia pringosa, esquivar unos cuantos barriles, y otros objetos rotos, lograron alcanzar un muro. Se podía oír el ruido del pub y su gente. Mirando por los alrededores, Harry no solo logró encontrar el celo de Ginny, sino también la muñeca de Chloe. Los dos objetos estuvieron a punto de caerse por las rejas que conducían a las profundidades de las cloacas.

- ¡Oh no! - se quejó Ron, señalando a la muñeca de Barbie. - Ahí está esa arma homicida. -

- ¡Ronald! - exclamó Hermione con severidad. - Las muñecas no golpean tu cabeza por si solas. -

- Por eso digo que es un arma homicida. - repuso Ron. - En manos de esa plasta, otra cosa no puede ser. - añadió, señalando a Chloe.

- Gracias por ayudarme a recuperarla. - le dijo Chloe a Harry, con una sonrisa muy chistosa.

- De nada. - respondió Harry. - ¿De verdad será ella la hermana de Malfoy? Sería muy difícil de creer. Parece muy graciosa y amable. - pensó, mientras la observaba con detenimiento.

Después de atravesar de nuevo los barriles, los cuatro regresaron hasta el hueco de la trampilla. Durante ese tiempo, Ron intentó mantenerse a cierta distancia de Chloe, pero le resultaba difícil, porque la niña cambiaba de lugar rápidamente.

- Genial. - bufó Ron. - ¿Alguien ha pensado como vamos a subir de nuevo? -

- Pues…- dijo Hermione, mirando la habitación de canto a canto. - ¡Mirad! - exclamó, señalando hacia una caja donde había una larga cuerda. - ¡Fantástico! -

- ¿Y de que nos servirá esa cuerda? - preguntó Ron, frunciendo el entrecejo. - No hay manera de lanzarla y que esta se quede sujeta en algo allí arriba. -

- Podemos usar Wingardium leviosa para elevarla, mientras que uno de nosotros sube hacia arriba para pedir una escalera. - explicó Hermione. - Harry, ve tú. - le dijo. - yo mantendré la cuerda elevaba para que puedas subir. -

- Buen plan. - dijo Harry, sonriendo.

Hermione lanzó un encantamiento levitatorio sobre la cuerda, manteniéndola recta y flotante en el aire. Todo lo que Harry tenía que hacer era subir por ella, hasta alcanzar la salida. Fue corriendo hacia la barra para preguntarle a Tom si tenía una escalera ("¿¡No me acordé de dejar la escalera!? ¡Cielos!", dijo, corriendo a por la escalera). Al final, entre Harry y Tom sacaron a Ron, Hermione y Chloe del sótano.

- Lo siento mucho, chicos. - jadeó Tom. - Con lo ocupado que estaba me olvidé de dejaros la escalera para subir. -

- Pues vaya consuelo. - gruñó Ron.

- Mirad, para compensarlo, ¿Qué tal si os invito a una ronda de cerveza de mantequilla? -

Los cuatro intercambiaron miradas, antes de asentir. Tom los llevó a una mesa para cuatro y así ellos pudieron tomarse una cerveza de mantequilla. Entonces, Chloe miró su reloj de bolsillo, que era de color rosa (Harry pensó que era de juguete).

- ¡Es verdad! - dijo de pronto. Se había acabado su cerveza de mantequilla de un solo trago. - ¡Había quedado con mi mamá en la tienda de varitas del señor Ollivander! -

- ¿Te van a comprar una varita? - dijo Ron con dramatismo. - ¡Socorro, mi cabeza está en peligro! -

- Ignórale. - le dijo Hermione a Chloe. - A sido un placer verte de nuevo. -

- Lo mismo digo. - dijo Chloe alegremente. Poco después, Harry captó su atención. - Un momento…- susurró. - ¿Tu no serás de casualidad Harry Potter? ¿Verdad? - preguntó, mirándolo de cerca.

- Hm…¿no? - balbuceó el azabache, inútilmente.

- ¡Por las barbas de Merlín! ¡Eres tú! - dijo Chloe, con asombro. - Mi hermano siempre habla de ti. Todo el tiempo se queja de lo inteligente, presumido y popular que eres. -

- ¿De verdad? - preguntó Harry, alzando la nariz. - ¿Lo conozco? -

Pero Chloe no respondió. Estaba al pendiente de su reloj. - Lo siento, pero se me hace tarde. ¡Ha sido un placer verlos de nuevo! - y tras saludar infantilmente con la mano, se dirigió hacia la puerta del bar. - Con suerte le daré a mi hermano una buena patada en el trasero…¡Se va a enterar! - añadió con el puño al aire, antes de perderse de vista.

- Os lo digo en serio. - dijo Ron. - Esa niña está chiflada. Lo voy a lamentar mucho por su hermano. -

- ¿El mismo hermano al que querías dejarle un ojo nuevo? ñ le preguntó Harry con diversión.

- Creo que ya sufrirá bastante con esa loca. ñ suspiró Ron, mientras que Hermione le daba un golpe en la nuca, haciendo que se atragantara con la cerveza de mantequilla.

Después de acabarse las cervezas de mantequilla, el trío de oro paseó por la tortuosa calle adoquinada. Las monedas de oro, plata y bronce que tintineaban alegremente en la bolsa dentro del bolsillo de Harry estaban pidiendo a gritos que se les diera uso, así que compró tres grandes helados de fresa y mantequilla de cacahuete, que devoraron con avidez mientras subían por el callejón, contemplando los fascinantes escaparates.

Ron se quedó mirando un conjunto completo de túnicas de los jugadores de los Chudley Cannons en el escaparate de "Artículos de calidad para el juego de Quidditch", hasta que Harry y Hermione lo arrastraron a la puerta de al lado, donde debían comprar tinta y pergamino.

En la tienda de artículos de broma Gambol y Japes encontraron a Fred, George y Lee Jordan, que se estaban abasteciendo de las "Fabulosas bengalas del doctor Filibuster, que no necesitan fuego porque se prenden con la humedad".

En una tienda muy pequeña de trastos usados, repleta de varitas rotas, balanzas de bronce torcidas y capas viejas llenas de manchas de pociones, encontraron a Percy, completamente absorto en la lectura de un libro que se titulaba "Prefectos que conquistaron el poder".

- "Estudio sobre los prefectos de Hogwarts y sus trayectorias profesionales"- leyó Ron en voz alta de la contracubierta. - Suena fascinante...-

- ¡Marchaos! - les dijo Percy de mal humor.

- Oh, ¿porque se enfada? - pensó Harry, interesando en llegar a ser prefecto, y tal vez, algún día, Premio Anual. - A mí me parece un tema interesante. Eso de ser prefecto…-

- Desde luego, Percy es muy ambicioso. - dijo Ron a Harry y Hermione en voz baja, cuando salieron dejando allí a Percy. - Lo tiene todo planeado. Quiere llegar a ministro de Magia...-

- ¿Ministro? - repitió Harry, pensativo. - Hm…que raro. Con lo ambicioso que es me extraña mucho que no haya terminado en Slytherin…Oh, no es por hablar mal de él, Ronald, pero, quitando el asunto de los magos tenebrosos, los de Slytherin se definen también por ser muy ambiciosos. No sé si me explico. -

- No, si te entiendo perfectamente. - repuso Ron. - De hecho, a mí también me pareció extraño verlo en Gryffindor. No pongo en duda su valor, pero con lo tremendamente ambicioso que es mi hermano bien pudo acabar allí con las serpientes, o en Ravenclaw, ya que también es muy inteligente. -

- Oh, es cierto, me dijisteis que obtuvo doce T-I-M-O-s. - dijo Hermione. - ¿Cómo es que no está contento? ¡Yo ya me hubiera puesto a bailar y todo! -

- Muy fácil. - bufó el pelirrojo. - Mi hermano es bieeeeeeen aburrido…-

Una hora después, se encaminaban a Flourish y Blotts. Al acercarse, vieron para su sorpresa a una multitud que se apretujaba en la puerta, tratando de entrar, el motivo de tal aglomeración lo proclamaba una gran pancarta colgada de las ventanas del primer piso.

GILDEROY LOCKHART

firmará hoy ejemplares de su autobiografía

EL ENCANTADOR

de 12.30 a 16.30 horas

- ¡Gilderoy Lockhart va a estar aquí! - chilló Hermione, saltando emocionada. - ¡Podremos conocerle en persona! -

En ese momento, Harry se sintió como si alguien le hubiera dado una patada en el pecho.

La multitud estaba formada principalmente por brujas de la edad de la señora Weasley. En la puerta había un mago con aspecto abrumado.

- Por favor, señoras, tengan calma..., no empujen..., cuidado con los libros...-

El trío al fin consiguió entrar. en el interior de la librería. Una larga cola serpenteaba hasta el fondo, donde Gilderoy Lockhart estaba firmando libros. Después de que Harry le devolviera sus cosas a Ginny ("¡Gracias por el favor, chicos!", les dijo.), cada uno cogió un ejemplar de "Recreo con la Banshee" y se unieron con disimulo al grupo de los Weasley, que estaban en la cola junto con los padres de Hermione.

- ¡Qué bien, ya estáis aquí! - dijo la señora Weasley. Parecía que le faltaba el aliento, y se retocaba el cabello con las manos. - ¡Enseguida nos tocará! -

Harry pudo notar que Jean Granger estaba algo sonrojada, mientras que Dan bufaba molesto.

- Algo me dice que ese Lockhart no me va a caer bien…- pensó Harry, negando con la cabeza.

A medida que la cola avanzaba, podían ver mejor a Gilderoy Lockhart. Estaba sentado a una mesa, rodeado de grandes fotografías con su rostro, fotografías en las que guiñaba un ojo y exhibía su deslumbrante dentadura. El Lockhart de carne y hueso vestía una túnica de color añil, que combinaba perfectamente con sus ojos, llevaba su sombrero puntiagudo de mago desenfadadamente ladeado sobre el pelo ondulado.

Un hombre pequeño e irritable merodeaba por allí sacando fotos con una gran cámara negra que echaba humaredas de color púrpura a cada destello cegador del flash. - ¡Fuera de aquí! ¡Es para el diario "El Profeta"! -

- ¡Vaya cosa! - exclamó Ron, frotándose el pie en el sitio en que el fotógrafo lo había pisado.

Gilderoy Lockhart lo oyó y levantó la vista. Vio a Ron y luego a Harry, y se fijó en él, entonces se levantó de un salto.

- ¿No será ese Harry Potter? -

- Oh no…- se quejó Harry mentalmente. - tiene que ser una broma…- tenía ganas de salir corriendo, pero con tanta gente le sería complicado.

No pudo hacer nada para evitarlo. La multitud se hizo a un lado, cuchicheando emocionada. Lockhart se dirigió hacia Harry y cogiéndolo del brazo lo llevó hacia delante, la multitud aplaudió.

Harry se notaba la cara encendida cuando Lockhart le estrechó la mano ante el fotógrafo, que no paraba un segundo de sacar fotos, ahumando a los Weasley.

- Y ahora sonríe, Harry. - le pidió Lockhart con su sonrisa deslumbrante. - Tú y yo juntos nos merecemos la primera página. -

- ¡Yo no quiero salir en una foto de "El Profeta"! – se quejó Harry desde su mente, mientras forzaba una sonrisa. Quiso volver con sus amigos, pero Lockhart le pasó el brazo por los hombros y lo retuvo a su lado.

- Señoras y caballeros ¡Éste es un gran momento! ¡El momento ideal para que les anuncie algo que he mantenido hasta ahora en secreto! Cuando el joven Harry entró hoy en Flourish y Blotts, sólo pensaba comprar mi autobiografía, que estaré muy contento de regalarle. –

La multitud aplaudió de nuevo, mientras que el azabache bufó.

- Él no sabía, que en breve iba a recibir de mí mucho más que mi libro "El encantador". Harry y sus compañeros de colegio contarán con mi presencia. ¡Sí, señoras y caballeros, tengo el gran placer y el orgullo de anunciarles que este mes de septiembre seré el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en el Colegio Hogwarts de Magia! –

- ¿¡QUE!? - pensó Harry dramáticamente. - ¡Tengo que aguantar a este sujeto todo el año! Tierra, trágame…-

La multitud aplaudió y vitoreó al mago, y Harry fue obsequiado con las obras completas de Gilderoy Lockhart. Rápidamente, el azabache se acercó hasta la señora Weasley.

- Te-tenga, se los regalo. - farfulló Harry, entregándole los libros de Lockhart. - Yo mismo me compraré mis propios libros…- añadió, antes de meterse entre la multitud, sin darle tiempo a la señora Weasley de replicarle nada.

Le costó bastante escapar de la multitud que estaba apiñada cerca del mostrador, pero al final lo logró.

- Te habrá encantado, ¿¡eh, Potter!? - dijo una voz que Harry no tuvo ninguna dificultad en reconocer. Se encontró cara a cara con Draco Malfoy, su archirrival en la escuela, que exhibía su habitual aire despectivo. - ¡El famoso Harry Potter, ni siquiera en una librería evita ser el protagonista! -

- Malfoy…- le saludó Harry, con ojos amenazantes y una sonrisa burlona. - No sabes cómo te echaba de menos. - añadió con sarcasmo.

Los dos archirrivales se fulminaron mutuamente con la mirada. Parecía que salían chispas entre ellos. El ambiente se cargó, y daba la sensación de que una batalla, estaba a punto de estallar.

En ese momento, Hermione alcanzó a Harry y se puso en medio. - ¿¡Es que ni siquiera te puedes comportar en una librería, Malfoy!? - exclamó enfadada. - ¡Deja ya de molestarle! ¡Él no quería provocar todo ese revuelo! -

- Oh vaya, pero si es la novia de Potter. - se burló Malfoy, arrastrando las palabras. - Me preguntaba cuando ibas a aparecer para defender a este zoquete…-

Hermione se puso roja, al igual que Harry, pero este estaba también molesto con Malfoy. Harry hizo a un lado a Hermione y justo cuando iba a pelearse con Malfoy llegaron Ron y Ginny, con montones de libros de Lockhart. La niña pelirroja llevaba los libros que Harry le había dado a la señora Weasley, en su caldero.

- Genial, eres tú…- bufó Ron, mirando a Malfoy con desprecio. - Apuesto a qué te sorprende ver aquí a Harry. -

- No me sorprende tanto como verte a ti en una tienda, Weasley. - replicó Malfoy. - Supongo que tus padres pasarán hambre durante un mes para pagarte esos libros. -

Las orejas de Ron se tiñeron de un rojo intenso. - ¡Serás…! - gruñó. Tiró el caldero y se dispuso a pegar a Malfoy, pero a penas en unos segundo algo lo detuvo.

La puerta de la librería se abrió, golpeando a Malfoy en la espalda. Por ella, entró Chloe, con una cara que parecía de enfado, y a la vez graciosa.

- ¡Ajá! ¡Aquí estas! - exclamó ella, fulminando con la mirada a Malfoy, quien se dolía en el suelo. Tenía una varita nueva y a su muñeca entre sus brazos. Cerró la puerta y le gritó: - ¡Te crees muy gracioso! ¿¡Eh!? ¡Tirando mi muñeca favorita al fuego de la chimenea! ¡Casi conviertes a Barbie en masilla! -

- ¿Eh? - dijo Harry. Ya no había ninguna duda. Chloe tenía que ser la hermana de Malfoy.

- ¡Al diablo con esa estúpida muñeca! - gritó Malfoy, poniéndose en pie rápidamente y encarándose con Chloe, que no retrocedió. - ¡Es increíble que tengas once años y sigas llevando ese plástico con peluca a todas partes! -

- ¡Y es increíble que tengas doce años y te sigas comportando como un imbécil! - replicó Chloe. - Espera a que se lo diga a papá...- dijo, sonriendo maliciosamente. - te dejará sin dulces durante tres meses por esto…-

- ¡Mira, mejor lárgate! - exclamó Malfoy, perdiendo la paciencia. - ¿¡No ves que estoy ocupado!? -

- ¿Ocupado en qué? - inquirió Chloe. - Ah, ya veo. - miró a Harry y los demás. - Si…lo sé, "¿Cómo puede ser este tonto tu hermano?" - bufó. - Créanme, yo sigo preguntándome de donde salió semejante tonto. Pero es un misterio que ni siquiera mis padres me pueden revelar. -

- ¡Cállate! - dijo Malfoy, de mal humor.

- A mi no me parece raro. - dijo Ron, más malhumorado que Malfoy. - Eres digna hija de los Malfoy. Tan pesada y odiosa como ellos. -

- ¡Ronald! - saltó Hermione hacia él, pero Ron se mantuvo firme en su postura.

- ¿¡Que está pasando aquí!? - dijo el señor Weasley, abriéndose camino a duras penas con Fred y George. - ¿Qué hacéis? Vamos afuera, que aquí no se puede estar. -

- Vaya, vaya..., ¡Si es el mismísimo Arthur Weasley! -

En la tienda, acababa de entrar el padre de Draco y Chloe. Lucius Malfoy había cogido a sus hijos por los hombros y miraba con una expresión de desprecio dirigida hacia el señor Weasley.

- Lucius…- dijo el señor Weasley, saludándolo fríamente.

- Mucho trabajo en el Ministerio, me han dicho...- comentó el señor Malfoy. - Todas esas redadas... Supongo que al menos te pagarán las horas extras, ¿no? - se acercó al caldero de Ginny y sacó de entre los libros nuevos de Lockhart un ejemplar muy viejo y estropeado de "la Guía de transformación para principiantes". - Es evidente que no…Querido amigo, ¿de qué sirve deshonrar el nombre de mago si ni siquiera te pagan bien por ello? – preguntó malévolamente. Harry observó como Draco Malfoy sonreía con maldad a espaldas de su padre, mientras que Chloe parecía incomoda.

El señor Weasley se puso rojo, pero de enfado. - ¡Tenemos una idea diferente de qué es lo que deshonra el nombre de mago, Malfoy! - exclamó.

- Es evidente…- observó el señor Malfoy, mirando de reojo a los padres de Hermione, que lo miraban con aprensión.

Harry se dio cuenta y fulminó con la mirada al señor Malfoy, apretando los dientes y cerrando el puño derecho.

- Por las compañías que frecuentas, Weasley... - dijo el señor Malfoy finalmente. - Creía que ya no podías caer más bajo…-

Entonces el caldero de Ginny saltó por los aires con un estruendo metálico. El señor Weasley se había lanzado sobre el señor Malfoy, y éste fue a dar de espaldas contra un estante. Docenas de pesados libros de conjuros les cayeron sobre la cabeza.

- ¡Oh no! - gimió Chloe, llevándose las manos a la cabeza. - ¡Por favor, no os peleéis! -

- ¡Machaca a ese traidor, padre! - gritó Draco Malfoy, animando a su padre.

- ¡Dale papá, dale! - coreaban Fred y George, animando al señor Weasley.

- ¡No Arthur, no! - exclamó la señora Weasley desde la multitud.

La multitud retrocedió en desbandada, derribando a su vez otros estantes.

- ¡Caballeros, por favor, por favor! - gritó un empleado.

Y luego, más alto que las otras voces, se oyó: - ¡Basta ya, caballeros, basta ya! -

Era Hagrid, quien vadeaba el río de libros para acercarse a ellos. En un instante, separó a Weasley y Malfoy. El primero tenía un labio partido, y al segundo, una "Enciclopedia de setas no comestibles" le había dado en un ojo. Malfoy todavía sujetaba en la mano el viejo libro sobre transformación, se lo entregó a Ginny, con la maldad brillándole en los ojos.

- Toma, niña, ten tu libro, que tu padre no tiene nada mejor que darte…-

Librándose de Hagrid, que lo agarraba del brazo, hizo una seña a sus hijos y salió de la librería.

- S-siento mucho todo este desastre. - farfulló Chloe, disculpándose, cuando su hermano salió de la librería. - Discúlpenle, es muy impulsivo e imprudente a veces…- añadió y salió por la puerta. Parecía muy avergonzada.

- No debería hacerle caso, Arthur. - dijo Hagrid, ayudándolo a levantarse del suelo y a ponerse bien la túnica. - A Lucius Malfoy le gusta provocar altercados, todo el mundo lo sabe. Vamos, salgamos de aquí. -

Dio la impresión de que el empleado quería impedirles la salida, pero a Hagrid apenas le llegaba a la cintura, y se lo pensó mejor. Se apresuraron a salir a la calle. Dan y Jean, los padres de Hermione, todavía temblaban del susto y la señora Weasley, que iba a su lado, estaba furiosa.

- ¿Vi-visteis su cara? ¿Visteis sus ojos? - farfulló Jean, algo pálida. - Era horrible, parecía el diablo…-

- Sí, - dijo Dan con enfado. - me gustaría saber que tiene ese individuo en contra de nosotros. Que yo sepa, ¡no le hemos hecho nada! -

- Es uno de esos magos a los que no les gusta los muggles. - dijo Harry, aún molesto con el Malfoy padre. - Y sí, me refiero a personas no mágicas en general…-

Hermione sostenía la mano de su madre para que se sintiera mejor, mientras que la señora Weasley regañaba a su marido.

- ¡Qué buen ejemplo para tus hijos, peleando en público! - bramó enfadada. - ¿¡Qué habrá pensado Gilderoy Lockhart!? -

- ¡A mí me da igual lo que piense él! - replicó el señor Weasley. Harry nunca pensó que lo llegaría a ver tan furioso.

- Pues Lockhart estaba encantado. - comentó Fred. - ¿No le oísteis cuando salíamos de la librería? Le preguntaba al tío ese de "El Profeta" si podía incluir la pelea en el reportaje. Decía que todo era publicidad. -

- Bueno, en cualquier caso, hemos despejado algunas dudas. - dijo Ron. - Como, por ejemplo, saber de dónde viene esa chiflada con muñeca. -

- Ron, por favor, - replicó Hermione. - ella no es mala. -

- ¿¡Y que te lleva a pensar eso!? - inquirió Ron.

- No le gustó que su padre se peleara con el nuestro. - intervino Ginny, uniéndose a ellos. - La he visto. Se marchó muy avergonzada. -

- Al menos ella tiene educación. - añadió Harry. - Se tomó la molestia de disculparse con nosotros, ¡Lo que OTROS no han hecho! -

A pesar de que Harry, Hermione, Ginny e incluso los gemelos se pusieron de acuerdo en que Chloe no se parecía a su padre y a su malvado hermano. Ron seguía insistiendo testarudamente en que todo era teatro. Al final decidieron no hacerle caso y dejar el tema aparcado.

Los ánimos ya se habían calmado cuando el grupo llegó al Caldero Chorreante. El señor Weasley iba a pedir cervezas de mantequilla, pero se habían quedado sin fondos debido a los gastos escolares. Por suerte, el señor Granger, que era muy amable, se encargó de pagar una ronda para todos. Charlaron durante un par de horas sobre las diferencias y similitudes entre el mundo mágico y muggle. Después, Harry y los Weasley se despidieron de los Granger, antes de regresar a la Madriguera por medio de los polvos Flu.

- A sido un placer ir con ustedes a hacer las compras. - dijo Jean, más contenta. - A pesar del lío en la librería, en general, todo ha ido bien. – añadió.

- Nosotros regresaremos hoy en autobús. - dijo Dan. – Ya es la segunda vez que no podemos usar el coche. Creo que es el último motor que compre, tal vez esté defectuoso. ¿y ustedes? ¿Cómo vais a volver? -

- Usaremos polvos Flu. – respondió Harry.

- ¿Polvos qué? – preguntaron al mismo tiempo Dan y Jean, frunciendo el entrecejo.

- Son unos polvos mágicos que les permitirá regresar a su casa. – respondió Hermione. Sus padres asintieron, entendiendo, a medias, la explicación de su hija.

- Oh, por cierto, ¿cómo funcionan las paradas de autobús? – preguntó el señor Weasley interesando, pero a cambio, recibió un tirón de orejas de su mujer. – Esto…mejor os lo pregunto en otra ocasión…- dijo entre gemidos de dolor.

Y la señora Weasley, tras despedirse de los Granger, arrastró a su marido hasta la chimenea, acompañado por sus hijos.

- Bueno, nos veremos en septiembre…- dijo Hermione, mirando a Harry con las mejillas algo sonrojadas.

- Si…- respondió el azabache, afablemente. - Cuídate mucho. Te escribiré…-

Los dos se dieron un último abrazo antes de alejarse, cada quien, por su camino, sin apartar la vista del otro. Fue así hasta que Harry desapareció por la chimenea, tras usar los polvos Flu. Se puso contento porque el viajo, esta vez, salió bien.