Capítulo Décimo: Cita
-2da parte-
Niklas Keller parqueó ante un pequeño condominio entre las calles de Tribeca. Gío ayudó a Betty a descender del vehículo. Betty observó la fachada de piedra y pensó que, aunque modesto, no debía ser económico vivir en aquel edificio. Desde una de las ventanas del tercer piso divisó dos caritas sobresalir y saludarles desde lo alto.
—Tío Anny. Tío Anny —gritaron al unísono hasta que desaparecieron hacia el interior del apartamento.
Betty, Gío y el esposo de la hija mayor de la familia Rossi se detuvieron ante una puerta. Niklas introdujo la llave y no hubo bien quitado el cerrojo, dos personillas se abalanzaron contra las piernas de Gío empujando a Betty a un lado.
—Hola, chicos —le respondió Gío despeinando las cabecitas de los mellizos que tenía ante sí.
—Hola, tío Anny —dijo la niña de ojos azules y cabellos recortados en lindos bucles que formaban un aura sobre su cabecita morena.
Gío los levantó a los dos, cargándolos uno en cada brazo y entró en el apartamento. Una vez adentro giró sobre sus talones, cosa que despertó la algarabía de los chiquillos. Hizo una pausa y se acercó a Betty.
—Leah, Angelo, quiero que conozcan a la tía Betty.
—Hola, tía Etty —la niña miró a la recién llegada con interés y, sin previo aviso se enganchó al cuello de Betty quien apenas tuvo tiempo para sostenerla, azorada.
—No te preocupes —dijo Gío al ver cómo Leah jugaba con los cabellos de Betty—. Son dos niños hiperactivos pero totalmente inofensivos.
Betty sonrió al 'Gío el hombre de familia' que tenía ante sí y su corazón se enterneció ante tal descubrimiento.
—¡Vaya! 'tío Anny'. ¡Un nombre bastante varonil! —dijo en tono de burla.
—Para tu información, esa fue la primera palabra que esta señorita dijo por primera vez —atrapó la nariz de Leah entre dos dedos—. ¿Dónde está mami? —le dijo a Angelo quien jugaba con el collar de cuentas plateadas que Gío tenía en el cuello.
—Mami está aquí —una mujer entró en la sala seguida de su esposo Niklas. La hermana de Gío era joven, no parecía pasar de los treinta y cinco. Era un poco regordeta, pero eran esas libras de más las que la hacían dar esa apariencia de sensual coquetería. El pelo, rojizo con destellos dorados, lo tenía cuidadosamente arreglado en grandes rizos, largo hasta casi un poco más debajo de los hombros, sujeto en la nuca con un vistoso gancho. De ojos oscuros, expresivos y radiantes como los de Gio que se dirigían a todo con interés.
—Tuve que apartarla a empujones de su nueva 'obra de arte'. Sabía que no iba poder terminarla a tiempo —dijo su esposo en un inglés con marcado acento alemán.
—¡Ay, calla, Nik! Pórtate bien, que tenemos visita. ¡Giovanni! Viniste antes de lo que esperaba —besó las dos mejillas de Gío—. Y tú debes ser Betty. Yo soy Anna María.
Betty se sonrojó.
—Betty Suárez, es un placer conocerla.
—No seas tan seria —le besó ambas mejillas— ¿No es adorable? Ven, Angelo. Leah, no molestes a la visita. Ven a ayudarme a la cocina. Y tú no te pares ahí como una estaca. Por el amor de Dios, Nik, bríndales algo.
Niklas se dirigió al mini-bar en lo que Gío y Betty se sentaban al mismo tiempo en el sofá. Anna María le guiñó el ojo a Gío y se marchó al interior del apartamento sosteniendo a sus dos hijos por las manitas.
El hombre gritó desde el otro extremo de la sala.
—Así que, Betty, ¿tienes edad para tomarte un trago?
Betty se sonrojó. Gío respondió por ella.
—¡Vaya que sí! No te dejes engañar de ese rostro angelical, Niklas. Recuerdo cuando yo mismo le pregunté si tenía treinta años.
Betty le golpeó la rodilla con la pierna.
—Gío estoy aquí —le dijo entre dientes—. No me he desaparecido, ¿sabes?
—Disculpa que sea tan directo —rió Nik—. La verdad que no pareces un año mayor de veinte años. No le hagas mucho caso a lo que Gío dice. Gusta de gastarle bromas a la gente —le pasó un cóctel de colores verde y rosa brillantes. Se apresuró a añadir luego de percibir la expresión de curiosidad que surco el rostro de Betty—. Estimula el apetito.
—Gracias —Betty respondió justo antes de probar el dulce líquido dentro de su boca.
—Te aseguro que no necesita estimulantes. Tiene un apetito envidiable —Gío escondió su sonrisa burlona en su vaso de whisky. Nunca era temprano para beber en la casa de su hermana.
La mesa del comedor era un verdadero derroche de abundancia y elegancia: manjares de los más diversos sabores y orígenes al alcance de su mano. Como la propia familia de Betty, parecía que en casa de los Keller el almuerzo era la comida más importante del día, quizás debido a la herencia italiana de Anna María. Betty probó todos los platos, supervisada constantemente por Anna, quien no perdía un momento en la espera de la opinión de Betty ante sus creaciones.
Anna se quedó un momento contemplando a Betty engullir una de las costillas al vino, hasta que le dijo de repente:
—¡Vaya! Sí que tienes una copiosa y divertida cabellera.
¿'Divertida'?
Betty se tocó instintivamente el pelo tratando de arreglarlo, tomada por sorpresa ante el comentario de la hermana de Gío, quien continuó sin más miramientos:
—Me gustaría tener tu pelo.
Gío estuvo a punto de decir algo pero Niklas fue más rápido que él.
—No me sorprende, Anna. ¡Con todos esos químicos que utilizas en esos cabellos! No tienes idea de cuánta falta me hace tu copioso pelo negro lacio de antes. Ahora estás toda rojiza como una zanahoria y toda… calva.
Las cejas de Betty se dispararon sorprendida de su indelicadeza para con su esposa. Pero Niklas, por todo castigo, tan sólo recibió un ligero golpecito en el hombro, le dio un beso a la mejilla de su esposa y terminaron ambos riéndose de la ocurrencia. Betty, aunque se sintió contrariada, no pudo negar que toda la escena le parecía familiar. ¿Acaso era la forma que los demás veían su propia familia?
Gío, con el cuchillo en su mano izquierda tocó el brazo de Betty para que le prestara atención. Ella se acercó a él para escucharle.
—¿Sabías que estos dos —dijo señalándoles con el cuchillo—, además de chiflados, están bien posicionados como cocineros profesionales en Manhattan? Pero no dejes que empiecen a adularse ante ti, no dejan de ser meros empleados.
Ellos rieron con más ímpetu.
¿Demasiado vino en la comida?
—Tú lo que estás es celoso, Giovanni. Sabes bien que tenemos buenos contactos. Conocemos dos o tres personas del medio. Podríamos introducirte en la industria a través de uno de nuestros amigos.
Gío no quería iniciar la conversación que siempre tenía con ellos. No había forma de convencerles que quería hacer las cosas a su manera.
—Betty, deberías haber visto la cara de Papa cuando Gío le dijo que iba a tener su propio deli y dedicarse a los sándwiches. Si Papa hubiera tenido algún dinero qué llamarle herencia lo hubiera desheredado en ese mismo momento.
El rostro de Gío se ensombreció de repente pero trató de que nadie notara su molestia. Gío miró a Betty como si tratara de pedirle disculpas por el comentario de su hermana.
—Familia de cocineros, una verdadera pesadilla.
Ella le sonrió y entendió un poco. Ella sabía lo que era tratar de romper el molde y hacer las cosas diferentes. Lo difícil que era para los demás aceptar que personas como ellos dos tengan sus propios sueños y ambiciones. Colocó su mano en el regazo de Gío tratando de transmitirle que lo comprendía. Sus miradas se encontraron y no se movieron por un momento que para ellos fue como una eternidad.
De repente unas risas los despertaron de su encanto. Cuatro pares de ojos los estaban mirando fijamente. Gío tosió y Betty se apresuró en pescar un camaroncillo y entretenerse masticando el bocado con los ojos fijos en el plato.
Anna María la miró a través de la copa de vino blanco que bebía con sus ojos marrones brillantes y su sonrisa pintada de rosa.
—No te pareces en nada a las chicas que Giovanni acostumbra a traer aquí.
Su esposo, quien la abrazaba en ese momento, la secundó con un movimiento de la cabeza.
—Me alegra mucho —terminó tomando un nuevo sorbo de la copa.
Betty hubiera estado aún más estupefacta si no fuera porque estaba ocupada tratando de liberar un trozo de camarón que se había atorado en su garganta. La verdad que no estaba acostumbrada a ser centro de atención de nada.
Gío la trató de ayudar dándole ligeros golpecitos en la espalda y le acercó un vaso de agua para tomar mientras amonestaba a su hermana:
—Mi familia insiste en avergonzarme en público.
—Pero yo no dije nada malo. ¿Verdad, Nik?
—Claro que no. Giovanni, definitivamente la mejor chica que has traído. De verdad que sería bueno que la presentes a tu madre y te cases con ella antes que te abandone.
Era realmente difícil para Betty diferenciar cuando hacían una broma o si hablaban en serio. Los Rossi eran realmente una familia interesante.
—¡Ay, Nik! Me sorprendería si no lo abandona en este mismo instante. La estás asustando con todo eso de la propuesta de matrimonio.
—No hay nada malo en eso. ¿No te recuerdas de la de nosotros?
—¿Cómo podría olvidarlo? Casi te golpeaba con un bate por tu atrevimiento de llegar tan tarde a nuestra cita esa noche. Tus retrasos siempre me traen de cabeza.
—Pero tú sabes que me amas de todas formas.
Empezaron a besarse ahí mismo en la mesa olvidando todo y a todos alrededor de ellos. Los mellizos empezaron a aplaudir, acostumbrados a esas muestras de afecto. Gío volteó hacia donde Betty.
—Ignóralos. Están completamente locos.
—¿Cuánto tiempo tienen casados? —le preguntó en voz baja.
—Ocho largos años y todavía se comportan como adolescentes.
—Increíble —dijo Betty mientras miraba por el rabillo del ojo cómo continuaban besándose en la mesa. Gío puso los ojos en blanco.
—De acuerdo. Tú no tienes que aguantar esto —lanzó su servilleta sobre la mesa—. ¿Terminaste?
—¡Vaya que sí! —Betty respondió con rapidez. La verdad que se sentía bastante incómoda. Ambos se levantaron de la mesa y dejaron a los dos tórtolos disfrutar su momento.
Se sentaron en el sofá de la sala por un momento antes de partir. Gío dejó que Betty se acurrucara en su hombro.
—¡Silencio por fin!. Voy a tener que pedirte disculpas, mi hermana es demasiado escandalosa. Pero no le hagas mucho caso. Me gusta venir para acá pero la mayor parte del tiempo se la pasan peleando y discutiendo. Los únicos que gozan sus rencillas son Angelo y Leah.
—¿Pelean con tanta frecuencia?
—Quieren hacerse creer que están peleando pero en realidad lo que les gusta es molestarse por pura diversión. Estos dos se enfrentaban constantemente en las competencias culinarias, y se perseguían mutuamente en el hotel donde trabajaban. El día que anunciaron el compromiso te aseguro que yo no fui el único sorprendido. ¡Una verdadera ridiculez!
—No creo que conozco a ninguna pareja capaz de discutir tanto y aún así disfrutar de la compañía mutua con tanta pasión.
—La verdad que yo tampoco. Mi hermana siempre fue bastante original.
Y dicen que el amor es ciego.
Gío y Betty se despidieron por fin de los Keller y se dirigieron al lugar donde Gío había parqueado la furgoneta. El la transportó a través del río del Este hasta su casa en Queens. En cuanto se encontraron ante su casa le dijo:
—Bien, en resumen: disfrutamos de un concierto gratis en el metro, me tuviste caminando y hablando hasta el agotamiento —recibió, como esperaba, un golpe por parte de Betty y se divirtió contemplando su expresión enojada—. También tuvimos un almuerzo cinco estrellas en casa de mi hermana. Ya cumplí con mi parte del trato. El resto de la noche es tuya. ¿O prefieres que se me ocurra algo? ¿Quieres bailar?
—En realidad te tengo una sorpresa. Dos boletos para… algún lugar. No te voy a decir —pensó por un minuto—: No te vistas demasiado. Por favor, puedes usar ropa cómoda a donde vamos.
Trató de sacarle la información amenazándola con mil y un ingenios pero ella no cedió.
—De acuerdo. Ahora bien, sorpresa o no, estás hacienda trampa. Acordamos no gastar dinero en esta cita.
—Para tu información, no pagué por ello. Le dije a Daniel sobre la cita al pedir el permiso y se ofreció a regalarnos las boletas.
Gío arrugó su frente.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó Betty.
—Tendremos que hablar luego sobre esa frecuente tendencia de tu jefe a regalarte cosas.
—Tú sabes que sólo está siendo amable.
—Yo no creo en amistad incondicional de los hombres.
—Ahora ese eres tú de comportándote como un verdadero necio. ¿Qué me dices de ti? Siempre me has hecho muchísimos favores de gratis sin ningún tipo de interés...
El se quedó mirándola significativamente esperando que extrajera de su expresión la obvia respuesta.
—¿... o sí? —concluyó Betty, ruborizándose.
—Exactamente —Gio arqueó una ceja cuando se cercioró que comprendió el mensaje—. Soy el ejemplo perfecto de que no existe tal cosa como la amistad inocente entre un hombre y una mujer.
—Pues ese es tu problema. Daniel es mi amigo y más vale que lo aceptes —se golpeó los muslos en frustración—. ¡Maravilloso! Ahora tengo un maniático novio celoso. Me imagino que tampoco existe tal cosa como el hombre perfecto.
El hizo un gesto conciliador con la mano.
—¿Sabes qué, linda? Por el día de hoy, olvídate de eso. No más peleas, ¿de acuerdo?
Ella le sonrió y le miró por un rato. Tendría bastante tiempo para cambiar el concepto que Gío tenía de Daniel. El continuó.
—Así que, ¿a dónde me llevas esta noche?
—Buen intento pero sigue siendo una sorpresa. Es un lugar que de seguro te va a gustar.
—Más vale que sí. Estaba pensando en llevarte a la inauguración de una nueva disco en Brooklyn…
Betty sabía que le iba a gustar la sorpresa. No había vacilado un instante en responderle a Daniel cuando él le preguntó si quería algo en especial. Se acercó a Gío y lo abrazó, sintiendo el calor de su pecho contra su rostro.
—¿Sería demasiado cursi si te digo que hoy tuve uno de los mejores días de mi vida?
Gío sonrió mientras acariciaba su pelo.
—Sí, es bastante cursi… ¡Ay! –Betty pellizcó su barriga en venganza. El tomó la mano traviesa y entrelazó sus dedos colocándola sobre su propio pecho que no cesaba de tamborilear rítmicamente como si hiciera música. Se quedaron así por un momento abrazados en plena tarde a la vista de todo el vecindario, sin ningún otro sonido que el de su propia respiración.
–Betty …
El teléfono sonó interrumpiéndole. Gío soltó la mano de Betty y buscó en sus pantalones. Y respondió. Betty pudo captar la voz, la voz de mujer en la otra línea gritarle emocionada. No podía reconocer las palabras y trató de acercarse. Gío se apartó de Betty y descendió los escalones. Cuando llegó hasta la calzada empezó a susurrar palabras rápidas. Caminaba haciendo círculos en la acera y Betty pudo observar una sonrisa dibujarse en su rostro mientras le escuchó pronunciar:
—Allá estaré. Espérame. Lo prometo. No te vayas, ¿de acuerdo?
Ella apartó la mirada en cuanto se dio cuenta que había finalizado la conversación. Gío se regresó al lado de Betty.
—Bueno, linda. Ya es hora de irme.
Las cejas abundantes y desordenadas de Betty se levantaron al darse cuenta que Gío no iba ni siquiera a tratar de darle una explicación. Pero también, pensó, ese era su primer día juntos. Decidió dejarlo pasar por esa vez y borrar cualquier pensamiento o duda de su cabeza.
—Además, yo también te tengo una sorpresa —continuó mientras tomaba un mechón del pelo de Betty entre sus dedos—. Y tú necesitas tiempo para prepararte para la continuación de nuestra cita de esta noche.
Ella se acercó a su rostro y le olió.
—Y tú necesitas deshacerte de ese olor a whisky.
—¿Qué? ¿Y qué tiene de malo? Yo huelo a hombre.
—Tú lo que hueles es a borracho.
El sonrió.
—¡Tan solo fue un trago!
—No hay beso para tí. ¿Me oyes?
—¡No importa! Te lo voy a cobrar con intereses.
Pasó su mano por sus propios cabellos y le guiñó un ojo mientras se dirigía al vehículo. Dijo un último adiós y se marchó. Mientras Betty le miró alejarse por la calle pensó que había hecho bien en haberle abierto el corazón y permitido una oportunidad a aquel hombre.
—0—
—¡Listo! —Hilda le facilitó un espejo. Ya le había hecho las uñas y el pelo estaba tan liso como había podido. El pelo le caía al lado y desapareció el flequillo de su ahora frente desnuda, aprisionándolo con varias horquetillas doradas. La primera reacción de Betty fue tocarse la frente para volver a cubrirse la frente con su pelo.
Hilda golpeó su mano.
—¡Detente o lo vas a arruinar!
Ignacio silbó al ver a su hija tan bonita y Justin intervino:
—Te ves totalmente 'chick'. Pero esas horquetillas no van con tu cinturón. Si tan solo tuvieras algo dorado por ahí —le tocó la cintura.
Betty se levantó del asiento en el que había pasado las últimas horas y se dirigió a la puerta del salón de Hilda.
—Yo tengo un cinturón dorado. Iré por él.
En lo que atravezaba la cocina rumbo a las habitaciones escuchó a Hilda gritar.
—No olvides usar la ropa interior más sexy que tengas.
Las miradas de Ignacio y Justin convergieron en Hilda. Ella se defendió.
—¡Qué! Tan solo era una sugerencia.
Betty puso los ojos en blanco ante el comentario de Hilda, pero al subir las escaleras, no pudo evitar considerar la idea por un momento y su rostro se encendió en llamas de solo pensarlo. ¿Sería posible que llegaran a acercarse tanto esa noche? Pensó. Después de todo, Gío seguía siendo Gío. Cuando alcanzó a llegar a su habitación, descansó en el marco de la puerta y posó sus dedos sobre su boca. Cerrando los ojos rememoró su aroma y dejó que su fecunda imaginación la transportara a algún lugar a solas entre las penumbras mientras fantaseaba con sus labios sobre los suyos y su calor dominarla contra el piso frío de la furgoneta…
¿En qué estás pensando, chica atrevida? ¡Esa no es tu forma de ser!
Podría parecer que esos pensamientos no conjugaran bien con su forma de ser. Pero, mientras rebuscaba entre las gavetas de su armario por el cinturón dorado, pensó que siempre era otra persona con Gío. Más libre, más desinhibida, más ella cuando estaba a su lado. Y si pudiera estar aún más cerca, entre sus brazos, cuerpo a cuerpo, su aliento sobre su cuello, sintiendo cada uno de sus besos debilitarla y excitarla y hacerla sentir deseada, única, hermosa…
La despertó el sonido del manubio.
–¿Gío?
La cara de Hilda asomó por la puerta entreabierta.
–No, no ha llegado todavía. Quería saber si quieres cenar con nosotros mientras esperas —se acercó a la gaveta revuelta—. Y, para cambiarte la ropa interior no tenías que tardar tanto, ¿eh? Te hubiera prestado una de mis bragas.
Betty le dió una palmada en el brazo.
–¡Qué asco! Sabes que no haría eso —susurró por debajo—. Es nuestra primera cita.
Hilda tomó entre sus dedos una de las pantaletas que Betty había apartado. Eran de un rojo brillante.
—Como quieras, Betty —dio media vuelta y se marchó de regreso a la cocina—. Te esperamos, no tardes.
Betty empezó a recoger el desorden que tenía en la habitación y luego bajó a reunirse con su familia.
No había bien acabado de cenar cuando Betty empezó a sentirse enojada.
—¡Eso es! ¡Me está engañando con otra!
Betty saltó del sofá de la sala donde había estado sentada. Hilda siguió masticando su trozo de pudín de pan y le habló sin apartar la vista del televisor.
—¿Cómo puede estarte engañando si apenas hoy es tu primera cita?
Betty empezó a dar pasos en círculos por toda la sala.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Nunca debí confiar en Gío. De seguro se la pasó coqueteando con esa… —puso una expresión de desagrado en su rostro enfatizando sus palabras—esa vulgar morena de trasero gigantesco, y ridículos ojos amarillos.
—¡Tía Betty! —se quejó Justin.
—¡Betty! Cuida el lenguaje frente a Justin.
—Sabía que había reconocido la voz melosa de esa zorra.
—¡Tía Betty! —volvió a quejarse Justin.
Esta vez Hilda levantó la minara en dirección a Betty.
—¡Qué! Betty, ¿Me estás diciendo que sabes quién es?
Betty se encaró ante Hilda. Su rostro estaba rojo de furia.
—¡Tiene que ser ella! La ví lanzarse sobre él en el deli. Frente a mis propios ojos. Y él ha estado recibiendo esas llamadas de esa mujer durante todo el día.
Hilda hizo una mueca y continuó viendo el programa en la televisión—: Así que no sabes nada. Lo sabía.
—¡Tiene que ser ella! —volvió a retomar su andar errante en la estancia— ¡Maldición! ¡Dios! Nunca debí hacerle caso a Gío.
—Tía Betty, ¿podrías hablar más bajito? Estoy tratando de escuchar.
—Lo que deberías es hacer la tarea —dijo Hilda.
—¡Mamá! Terminé hace horas —acercó la silla a la televisión—. Por nada del mundo me perdería este maratón de 'Grey´s Anatomy'.
Hilda se encaró con Betty, frustrada.
—No puedo creer que apenas sales con este hombre y ya estás celosa de él. Deja de ser tan paranoica. De seguro que sólo está un poco tarde.
—'Tarde' era hace dos horas. En estos momentos yo ya estoy más bien plantada —pesó sus palabras por un momento y su furia se convirtió en tristeza.
Plantada.
Ella realmente había tenido grandes expectativas de esa noche. Se tumbó de nuevo en el mueble. Tenía ganas de llorar en ese mismo instante.
–¡Ay! Betty. ¿Haz probado llamándolo?
—¡Claro que sí! Le he dejado docenas de mensajes y nada. Ni siquiera me devuelve las llamadas.
—Tal vez algo le pasó. Lo cierto es que todo debe tener una explicación lógica. ¿Acaso no crees en él?
—No, no creo en él —dijo.
Hilda la miró con seriedad.
—Pues, quizás no lo quieres después de todo.
—Pues, tal vez eso sea cierto —dijo enojada.
—¡Ay! Vamos, Betty —Hilda aprovechó los comerciales para buscar un vaso de agua y empezó a hablar en voz alta causando el enojo de Justin—, te has pasado toda la tarde contándonos sobre lo fantástico y perfecto que fue tu día. "Gío esto y Gío aquello…" Si en verdad quieres a este hombre pues deberías empezar a confiar en él incondicionalmente.
—¿Tú confiabas en Santos incondicionalmente?
Hilda retornó a su asiento con un vaso de agua y otro pedazo de Pudín de Pan.
—¡Claro que no! Pero soy tu hermana mayor y tengo que decirte esas cosas.
Betty volvió a levantarse de su sitio. Rebuscó dentro de su bolso, sacó dos boletas y las puso sobre la mesa. Su padre, Ignacio, que estaba escuchando el juego de pelota en la cocina se acercó a la sala ante tanto alboroto y hechó una mirada de reojo a las boletas.
—Para el juego de esta noche de los Mets y los Yankees. Y en un palco. ¡Vaya!
—Ya no vale la pena —dijo con cara de desilusión—. Me voy a dormir. Si Gío decide llamar o viene a rogar a la puerta, díganle que no quiero volver a ver su cara de delincuente nunca más.
Se alejó dando ruidosos pasos que chocaban pesados contra los peldaños de la escalera.
—Lo que digas, Betty —dijo Hilda volviéndose a concentrar en la televisión.
Caminó haciendo círculos en su habitación lanzando las ropas que desvestía contra el suelo mientras hablaba consigo misma.
—Si Gío se cree que voy a esperar por él y tratar de golpearle con un bate y luego besarle y aceptar cualquier excusa que se le ocurra, está chiflado. Puede que sirva para su hermanita pero está muy equivocado si cree que funciona conmigo.
Cuando quedó desnuda solamente con la ropa interior roja brillante, respiró profundamente y se dejó caer sobre la cama con pesadez.
Su cita casi perfecta había acabado, pensó. Sólo existía una única oportunidad en la vida para una primera cita en cualquier relación y Giovanni Rossi la había arruinado.
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Próximo capítulo: Adiós
