Disclaimer: YOI no me pertenece, life is hard.

Advertencia: este fic contiene BL, heavy angst y violencia, más una que otra grosería junto con temas subidos de tono. Si te sientes incómodo/a o no te gusta la temática, eres libre de cerrar esta pestaña y buscar algo más acorde a tus gustos para leer! Rated M.


Lo que nunca cambió

Isabella Yang, 22 años. Novia oficial del conocido patinador artístico, Jean-Jacques Leroy. Su vida parecía la vida perfecta y lo era. Lo era mientras creyera que se podía mantener en pie como el castillo de naipes que habían construido juntos. Ella era una maestra en creerse sus propias mentiras, pero aunque tenía un corazón que se había endurecido con los años para poder sobrevivir a las tristezas de la vida, dentro de toda esa coraza todavía existía un órgano delicado latiendo, sufriendo y sangrando, por esos sentimientos que había reconocido en ella misma antes de que pudiese detenerlos.

Había sido una hazaña ocultarlos todo ese tiempo. La mejor parte de las mentiras que tenía que vivir era que no eran del todo mentiras, que los gestos de cariño le salían más naturales de lo que se suponía, pero el chico era demasiado lento para entenderlo y creía que estaban bien de ese modo. Ella había sido su amiga desde años atrás, y por eso él le había confesado que necesitaba ayuda para sacarse a sus padres de encima. No que no los quisiera pero la presión social de necesitar una pareja lo superaba, y por lo mismo ella se había ofrecido sin pensarlo mucho, creyendo que estaría bien…

Pero aunque había comenzado todo sin sentimientos de ambas partes, una vez que comenzó a acercarse más al joven y conocerlo mejor, se vio envuelta en un hechizo del que no pudo salir. A pesar de que Jean-Jacques Leroy pareciera un idiota en el amplio sentido de la palabra, existían tantas partes de él que el mundo no veía y que ella había podido apreciar con los años, que cuando se dio cuenta de la calidez que se había apostado en su pecho, ya era tarde para arrepentirse o para alejarse.

Todo hubiera sido perfecto si ella también fuera así de luminosa, si atrajera a las personas del modo en que el canadiense podía hacerlo, con su corazón dulce y de manera sincera la mayor parte del tiempo. Pues la única mentira que solía contar Jean era lo que tenían ellos dos, pero para todo lo demás solía ser tan sincero que llegaba a ser molesto y por lo mismo incomprendido. Sus nulas habilidades sociales no le ayudaban pues no sabía cuándo callarse y aunque Isabella adoraba escucharlo hablar, podía entender que otros no apreciaran tanto la charla que él intentaba crear la primera vez que veía a una persona.

Con ella era diferente, claro que sí. Podían hablar de más cosas, podían discutir de temas que tuvieran real sentido. Y solía sorprenderse de la capacidad de ese chico, que parecía siempre dispuesto a reír, para ponerse serio cuando era necesario.

Por esa y otras tantas razones, ella lo amaba desde hace más de un año. En secreto. Era la mayor y tanto la edad como su madurez mental le habían permitido darse cuenta de dos cosas. Realmente lo quería más de lo que debería y definitivamente no podía decírselo.

La sorpresa había hecho espacio en su vida en el momento en que el chico le había pedido comprometerse en matrimonio frente a su familia. Por supuesto que había aceptado, en el calor del momento y con el ánimo reinante, pero esa misma noche cuando ya estuvo a solas en su habitación las dudas comenzaron a surcar en su mente como un torbellino que amenazaba con llevarse su casa lejos mientras ella veía impotente la catástrofe.

Al día siguiente él había fallado estrepitosamente en el programa corto, por supuesto que le había prestado todo su apoyo en ese momento para animarlo junto a sus otros fans. Y aunque el chico se había recuperado para la otra parte de la competencia, e incluso había logrado una medalla de bronce, la chica tuvo el presentimiento de que se acercaba el final.

Eso se lo confirmó la visita que le hizo la señora Leroy, la madre de Jean-Jacques. Hablar con ella fue incómodo pero necesario. Descubrir que la mujer había sabido desde hace mucho que lo de ellos no se veía real dolió. Y dolió todavía más cuando la mujer le dio un consejo que seguramente podría romperla por dentro.

−Amar algo y dejarlo ir es un cliché pero no siempre es un error. A veces necesitas velar también por tu propia felicidad y aunque quiero mucho a mi hijo, quiero que pienses realmente si estar con él es lo que te haría feliz…

La realidad fue un balde de agua fría, una aguja reventando su burbuja. No importaba todo lo que ella se esforzara por darle, no sería capaz de hacer la felicidad completa para el chico de sonrisa luminosa y por lo mismo tampoco sería feliz ella. Al parecer tendría que recaer en Isabella el salvar al rey una vez más, aunque no del modo convencional. Ya no iba a mentir más por él y aunque eso le dolería horrores, era por evitar un daño mayor. Ella lo conocía ya demasiado bien para saber qué era lo que acongojaba el corazón del menor.

Fue después del banquete al que tuvieron que asistir por la finalización del GPF, esa noche el chico se veía teóricamente bien pero ella podía atisbar en sus ojos que había pasado mala noche. Cuando terminó ellos se dirigieron a la habitación del joven y ella se invitó a sí misma a pasar pues era el momento de hablar con claridad. La expresión confundida y temerosa del chico le recordó que era lo correcto, y se esforzó porque sus palabras fueran claras.

Por su parte Leroy sentía que la vida le pesaba cada día más. Luego de todos los acontecimientos ocurridos, incluída la conversación con su madre y la exhibición conmemorativa del final de la competencia, no se sentía con mayores ánimos de vivir algún otro problema o cambio, pero Isabella había insistido en que era importante y negarse habría sido poco amable con una de las pocas amigas que sí tenía.

La conversación con ella no había ido bien, no solo porque las lágrimas las había derramado él sino porque realmente era el final de algo que Jean-Jacques había asumido como un hecho del que no se podía volver atrás. Ella no había llorado, ya lo había hecho por él al verlo fallar estrepitosamente en su programa corto. Luego había remontado para el programa libre pero no había sido suficiente. Las manecillas del reloj se habían parado para ellos dos y no había vuelta atrás. Habían sido años juntos, pero él no había podido darle lo que Isabella se merecía y ella lo notaba. Era su amiga después de todo, una de las pocas que tenía y de la que ahora tenía que despedirse, por el bien de ambos.

Leroy odiaba las despedidas, pero esa conversación había puesto en palabras lo que había estado negándose todo ese tiempo. Todo lo había detonado la llegada del GPF y ahora estaban ambos mirándose fijo hasta que ella sonrió y se levantó de donde estaba sentada para acercarse y dejarle un tibio beso en la frente. Se suponía que Jean era el hombre, él debía estar consolándola. En cambio aunque era él quien le había roto el corazón, era también el que se encontraba más herido de los dos y necesitaba aliento. Una vergüenza.

Lo siento −pidió sabiendo que no se merecía el perdón pero ella lo calló con un murmullo. No era necesario que hiciera eso.

No te disculpes por lo que ambos sabemos, lo haces más difícil −le reclamó la mujer.

El rey que sentía cada vez más pesada la corona que llevaba en la cabeza, asintió apesadumbrado. Si realmente la hubiese amado en esos momentos la habría detenido, pero luego de escucharla y en silencio, como pocas veces estaba, aceptó que Yang tenía la razón. Haber hablado de compromiso solo para hacer felices a su familia y fans no era una excusa válida para atarla a esa relación que claramente solo tenía sentimientos profundos por un lado de la moneda. Si seguían con eso ella ya no podría reponerse del daño y él realmente la quería, no del modo que ella necesitaba, pero sí lo suficiente para desearle toda la felicidad en el mundo, que se quedara a su lado no era sinónimo de un futuro brillante.

Un destello de la alegría que ella siempre parecía poseer pudo atisbar en la última sonrisa que le dedicó antes de abrazarlo. Él cerró los brazos contra el fino cuerpo de la joven y así se quedó, sabiendo que si decía una palabra los sollozos terminarían por nublar todo.

No supo cuántos minutos pasaron de eso cuando sintió que el cuerpo de la chica se removía inquieto. Supo que era el final. Sintió como algo en él se rompía, pero sabía que no era ella quien tenía que recoger los pedazos.

Suéltame JJ, ya es la hora −dijo ella que ya había hecho los preparativos para abandonar la ciudad luego de esa conversación. Porque tenía plena claridad de lo que había escogido, y de que no podía ser de otra forma.

−… Está bien. Cuídate y avísame cuando llegues, yo... −intentó buscar algo que lo hiciera sonar no como el idiota que había sido todo ese tiempo pero no lo encontró.

No te llamaré. Dame unos días para reponerme, ¿Sí? No más mensajes, ni llamadas, ya no necesitas nada de eso −le dijo al fin separándose del cuerpo contrario.

Ya, no te molestaré… P-pero tu puedes hablarme cuando quieras −le aseguró sintiéndose del todo derrotado y destrozado.

Isabella lo miró una última vez pero no hizo nada más que dejar en sus manos dos objetos, darse la vuelta y caminar a la salida. La puerta sonó demasiado fuerte para el gusto del joven que tomó asiento en el primer lugar que encontró luego de verla desaparecer. Le costó pero miró sus palmas, allí donde estaba la cadena que le había regalado y el anillo de compromiso y se sintió más vacío que antes. Ahora necesitaba muchas cosas, comenzando con la explicación que le debería a sus padres y a sus fanáticos de lo ocurrido. No podría ocultar por mucho tiempo que su amiga y antigua prometida había cortado toda relación con él, al menos por una temporada, hasta que se sintiera capaz de animarlo sin sentirse herida por las fallas que habían cometido ambos durante esos años.

La medalla de bronce que descansaba sobre la mesa parecía burlarse de él y cuando la vio quiso lanzarla lejos. Si hubiese ganado, si hubiese mantenido su marca, habría obligado a una de las personas a las que más cariño le tenía a llevar una vida pintada con la frustración de no tener el amor que se merecía de su pareja.

El rey no era así. Podía comportarse como un idiota de vez en cuando pero jamás dañaría solo por el gusto de hacerlo y mucho menos sabiendo lo que estaba haciendo. Isabella le había ayudado a entender eso, a comprender que ya no podía seguir negándole al mundo una verdad que seguramente costaría aceptar y que no estaba seguro de si lograría decir en voz alta y para todos.

Tienes que aceptarlo Jean-Jacques… Nunca podrías ser feliz completamente al lado de una mujer. Puedes fingir toda la vida pero no me siento preparada para verte engañándote a ti mismo y dándome esperanzas que no existen. ¿Estás enamorado de mí? ¿Lo estuviste alguna vez? Tu silencio me lo dice todo. Y como tu amiga no me merezco esto. Y tú tampoco.

Esa noche las palabras de ella se repitieron una y otra vez en su cabeza, a sabiendas de que Isabella sabía bien de quien hablaba cuando se trataba del tema del amor. Jean-Jacques había podido ocultarlo de varias personas pero no de ella, no de quien le había escuchado todos sus arranques de celos cuando el chico todavía estaba en Canadá, ni tampoco las pocas palabras que habían cruzado sobre el joven al volver a verlo durante la competencia.

No podía dormir ni quería estar más en esa habitación, se sentía asfixiado. Todavía no lloraba lo suficiente y aun así no le importaba, se escapó tan rápido como pudo de ese lugar y salió a recorrer las calles de Barcelona de madrugada. Como si en ellas fuese a encontrar la respuesta a las cosas que su mente todavía no era capaz de asumir o aceptar.

El karma o alguna fuerza superior, estaba siempre en su contra. No pudo evitar ponerse a reír amargamente en el momento en que le vio aparecer a pocos pasos de él, justo al frente de sus ojos, como si todo su sufrimiento y estrés hubieran podido llamar al causante de sus confusiones, a aquel a quien siempre había dejado de lado.

Altin…

Leroy…

El silencio atravesó entre ellos, con el recordatorio de la última vez que habían estado a solas. Cuando Otabek le había golpeado tanto verbal como físicamente y Jean-Jacques sabía que el chico tenía más que la razón en varios puntos, al menos ahora lo comenzaba a entender. Lo miró sin saber qué decir varios segundos.

Era más fácil cuando todavía estábamos en el instituto… −fue lo único que logró decir, que tuviese algo de coherencia, y la risa seca se le escapó.

La diferencia es que ahora ya somos adultos −comentó el menor con expresión cansada, casi tanto como la del canadiense, al parecer ninguno de los dos estaba en su mejor momento.

Leroy rebuscó en su bolsillo hasta dar con un anillo, ese que le había sido devuelto y que brillaba ahora entre sus dedos. Pudo notar la expresión contrariada de su acompañante fortuito y supo que necesitaba explicarle al menos eso.

La boda se canceló… El bronce no es suficiente para tener una fiesta e invitar a todos, supongo −intentó bromear aunque sonó bastante mal y luego suspiró.

¿Se canceló…? −repitió incrédulo el kazajo.

Sí… Isabella dijo que ya no podía seguir, así que ya… Se acabó −no pudo evitar que su voz sonara rota al final y se tuvo que limpiar los ojos que habían vuelto a llenarse de lágrimas con el recuerdo del momento.

Altin guardó silencio mientras veía al chico frente a él. Su ira se había apaciguado, bastante, desde que le había gritado cosas y golpeado unas noches atrás. Y ahora cuando sentía que al fin podía mirarlo sin demostrar lo que sentía, resultaba que al otro se le ocurría demostrarle lo triste que estaba por terminar con su novia. Esa que nunca había sido su novia real en primer lugar, pero logró contenerse de repetirlo.

¿Tú tampoco podías dormir? −preguntó finalmente Jean-Jacques al notar que el otro no parecía dado a comentar el otro tema.

Yo… Necesitaba algo de aire también.

El canadiense se fijó mejor en el chico en ese instante y su ceño se frunció.

Estuviste llorando… −afirmó sin delicadeza alguna.

Perdí una oportunidad importante… De conectar con alguien que es valioso para mí, creo que no hay retorno explicó finalmente el joven.

Jean-Jacques sintió un conocido ardor en su pecho, su estómago revolviéndose por causa de los celos y la envidia. ¿De quién hablaba exactamente el motociclista? Se acercó un paso hacia él, pero en vez de decir algo terminó actuando sin pensarlo mucho y sus brazos se cerraron sobre el cuerpo que era más pequeño que el suyo. Lo primero que encontró fue resistencia pero no se apartó del tenso chico.

Puedes usar mi hombro si quieres… −ofreció en voz baja y sintió el espasmo que recorrió el cuerpo ajeno.

N-no tienes que… −trató de negarse a la ayuda, pero fue más por las reacciones complejas que le generaban esos brazos.

Aun así no fue capaz de separarse de él. Luego de varios segundos y de un silencio todavía más incómodo, cerró sus brazos alrededor de la cintura del mayor. Y tuvo que apretar los ojos mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Era increíble que después de todo ese tiempo, el culpable de sus lágrimas, aunque fuera indirectamente, siguiera siendo él.

La discusión había comenzado en las horas finales del banquete, había estado allí con Plisetsky compartiendo con los demás. Pero el rubio había comenzado a insistir una y otra vez sobre un tema del que Otabek no quería hablar. Leroy, para ser exactos. El ruso le repetía que quien se había merecido la medalla era él y no el rey idiota, y su lengua se dedicó a soltar más de una grosería y comentarios poco adecuados sobre el canadiense hasta que el kazajo había terminado cansándose y en vez de mantener su postura afable había optado por defender al enemigo según las palabras del furioso Yuri que había terminado con un arranque adolescente de ira, gritándole lo doblemente idiota que era.

Y ahora que estaba abrazado a Jean-Jacques, parecía redescubrir el efecto que tenía sobre él tener cerca al otro patinador que todavía no lo soltaba. ¿Por qué lo abrazaba de ese modo? ¿Por qué la espalda del canadiense temblaba de ese modo suave bajo sus manos? Cuando entendió que no era el único que soltaba silenciosas lágrimas, sus deseos de llorar aumentaron y aunque odió ese segundo, sus ojos no detuvieron el torrente que bajó sin dudarlo por sus mejillas cuando se lo permitió.

Perdieron la cuenta del tiempo que pasaron así, hasta que Jean-Jacques recargó su frente en el hombro ajeno, sin permiso alguno, pestañeando todo lo necesario para que los últimos vestigios de lágrimas abandonaran el borde de sus ojos.

Somos un desastre… ¿Qué hacen los adultos cuando están deprimidos? −tuvo que romper el silencio con una pregunta fuera de lugar, aunque sinceramente en ese momento poco le importaba, su pecho dolía por más razones de las que podía contar.

Tonterías… Estupideces, eso hacen −fue la respuesta del kazajo.

Ja… No te imagino haciendo una estupidez, ni aunque lo intentaras −suspiró todavía sin soltarlo, había extrañado tenerlo cerca demasiado tiempo para perder lo que parecía ser una oportunidad única en su especie.

¿Quieres comprobarlo? −inquirió casi como si se tratara de un reto.

Bromear nunca se te dio bien, ¿Me dirás que ahora sí haces locuras? −sonó dudoso, incrédulo por lo que escuchaba del menor.

Hablo en serio… −dijo a secas Altin.

Explícate.

Tal vez si no hubiera sido tan tarde en la noche, tal vez si no hubiera perdido toda esperanza de volverse amigo de quien había admirado por años, tal vez si no se hubiera encontrado en ese estado de debilidad, solo tal vez, habría tomado la ruta segura y se habría alejado en ese mismo instante de la calidez de quien le abrazaba.

Pero el frío que sentía en su pecho, ese que se había clavado en su corazón, le había dejado en necesidad. Y requería sentir algo luego de tanto tiempo. Su silencio fue solo interrumpido por el sonido de su propio movimiento para armar la distancia necesaria hasta quedar de frente al rostro de quien le había roto el corazón tiempo atrás. Su estómago se hizo un nudo mientras movía una mano para tomarlo del mentón.

Los ojos enrojecidos lo miraron confundidos, los suyos estaban en similares condiciones pero se veía decidido a hacer algo de lo que no sabía si luego podría arrepentirse. En una exhalación sus alientos se encontraron hasta que sus labios se vieron conectados sin más demora. Fue solo cosa de unos segundos pero se sintió como si el mundo se hubiera detenido por completo antes de comenzar a girar con rapidez.

Así.


Notas Finales:

¡Hola!

En este capítulo nuestros protagonistas se encuentran una noche luego del GPF, todavía en Barcelona. Consideré que la primera parte necesitaba ser contada por Isabella (A modo de despedida) pues desde este punto ella ya deja de formar parte oficial de la vida de JJ.

Con la salida de Isa, el fic comienza a tomar el rumbo con la pareja de la que se trata ya más oficialmente y podemos dejar atrás el angst más pesado. Aunque nunca se puede quitar del todo el angst con estos dos, sorry not sorry at all.

Gracias por los follows y los favs. ¡También se agradecen comentarios! El próximo capítulo subiremos el tono, if you know what I mean (?)

Grazzie a Maiev-S por betear este capítulo.

Que tengan un buen día/tarde/noche/madrugada!