Notas: Sé que les dije que lo terminaría antes de año nuevo, pero como era el final de la historia quería hacer algo claramente bonito para ustedes. Obviamente no me excedí en el romance, ya que D18 es una pareja parcialmente "salvaje" pero si tendremos un romance vagamente discreto. Y buenos mis niños ¡Capitulo final!

No soy mujer que alarga sus despedidas. Volveré con más oneshot y posible MPREG de D18, quede frustrada con uno que leí que quedo injustamente abandonado. Y yo…¡nooooo! Aun debo pensar bien en la trama, porque soy de las personas que no me gusta crear un fic sóo con sexo, (aunque obviamente he hecho algunos x'D) pero el hecho es, que mi otp se llenara más de fic por parte de mi persona, Kamui y Kaoru (¡Bienveniiidaaa nuevamente al mundo de D18!) bueno, sé que estarán ansiosos por leer el final, así que me despido mis niños.

Advertencias: Como ser el cap final, supero las 10k+ no quise dividirlo así que espero que lo disfruten.

Parejas: Dino x Hibari & Byakuran x Mukuro.

Gracias por leer esta historia de esta humilde escritora, y disfruten de su capítulo final ^^

¡Dino x Hibari por siempre!


Capítulo 11.

[FINAL]

Un nuevo respiro.

x—

El estallido de la bomba junto con el estruendo atormentador, que azotó todo el muelle con su rugido, los tomó desprevenidos totalmente. Donde la gigantesca marea sonsacada por la colisión los estampó contra sus propios cuerpos o cualquier objeto resistente que soportó aquella fuerza brutal digna de la furiosa madre naturaleza. Dejando a todos los subordinados y guardianes inconscientes segundos perdidos en la infinitud.

Se tomaron un gran respiro para reaccionar, y otro más extenso al percatarse de la oscuridad que los escudó de la sorpresiva explosión con sus propias manos. Los primeros en removerse de su sitio y estar empapados con aquella agua salada fueron Tsuna y Byakuran, tosiendo con esfuerzo toda el agua que entró a la fuerza a su estómago.

Los demás guardianes tardaron un poco más en despabilarse, entreabriendo los ojos con lentitud y regurgitando toda esa agua sucia. Byakuran se incorporó al momento en que su mente logró tocar tierra, su primera reacción fue buscar con la mirada al guardián de la niebla el cual se encontraba a tan sólo unos pasos de él.

Caminó hasta a él tomándolo en sus brazos, mientras Tsuna asimilaba en su cuerpo todo el daño recibido.

—¿Muku-chan…? —le llamó con suavidad. El guardián a penas y se movió, abriendo los ojos ligeramente.

—¿Byakuran? —habló sin la total convicción del nombre que había pronunciado.

Pero, para Byakuran, esa fueron las palabras que necesitó para abrazar fuertemente al guardián de la niebla, ocultando su rostro en la curvatura de su cuello.

—Qué bueno…que estés bien —siseó modulando su voz en un volumen equilibrado, con la finalidad que sólo Mukuro pudiese escucharlo. El guardián llevó su mano a la alborada cabellera albina.

—Byakuran, no iba a morir con eso —respondió con una sonrisa, quizás sarcástica, o tal vez consoladora. No recibió respuesta, lo que conllevó progresivamente un afán de levantarse anunciándole a Byakuran para que le soltara y así lo hizo. Sacudió un poco su cabeza para terminar de ordenar por un espacio el torrente sueño y por el otro la gravedad de la situación actual. El albino seguía a su lado con la mirada en el piso y a juzgar por las manos que parecían temblar, podría deducir que seguía atropellado por la dormitación de sus nervios. Se acercó a él con cuidado y tomó entre sus mano su rostro—. Oi, Byakuran. Mírame.

Los ojos lilas se fijaron en él, teniendo su absoluta atención. Le torció una sonrisa para luego acercarse con cierto enigma, dejando un pequeño beso en las comisuras de Byakuran, quien abrió los ojos en par. No pudo reprimir su risa gutural.

—Parece que sólo de este modo volverás a tierra.

Byakuran tuvo que optar por parpadear un par de veces más, para cerciorarse que estaba despierto y no era una alucinación.

—Muku-chan… ¿acabas de…? —intentó confirmar lo que había sentido y no fuese un efecto secundario de haber quedado parcialmente sordo.

A su tímpano lastimado llegó otra risa gutural. Pero la sonrisa de Mukuro, respondía su pregunta.

—Bueno, parece que esa bomba te afectó también el cerebro —sonrió cabizbajo—. Ven, vamos a repetirlo.

Le jaló por el cuello de la camisa compartiendo otro beso fortuito beso, que en esta ocasión llevó dos cosas que no llevó el primero:

Uno, fue correspondido por Byakuran.

Dos, fue más apasionado que el anterior.

Byakuran le tomó por la cintura para aumentar la intensidad, que ocasionalmente se dio en una situación poco prevista y mal improvisada. Se alejaron casi por obligación, respirando un aire el cual tenía intenciones de volver a perderse en la cavidad del otro.

—Continuaremos luego —añadió Mukuro con picardía—. Quizás podríamos añadirle otras cosas.

El albino sonrió besándole el puente de la nariz, afirmando esas palabras con su risa jovial.

Se pusieron en pie compartiendo de su propio equilibro, canalizando finalmente la situación que traspaso sobre ellos. El cielo había desaparecido, y todo parecía estar cubierto en una oscuridad absorbente. La oscuridad no era absoluta, gracias a las llamas de sus animales que aún se mantenían encendidas.

—¿Qué fue lo que paso…? —se incorporó Gokudera con ayuda de Ryohe—. Lo último que recuerdo es al décimo… —Su mente evocó a la última acción de su jefe—. ¡Juudaime! —lo llamó con urgencia, buscando reconocer su rostro entre todas las personas que aún estaban incorporándose.

—Aquí estoy… Gokudera-kun. —respondió Tsuna intentando mantenerse en pie con la ayuda de la baranda del barco. Gokudera corrió hasta él.

—¿Se encuentra bien?

—S-si… —Alzó la vista a la pared frente a ellos—. Por otra parte, parece que algo nos protegió de la bomba…

Squalo y Yamamoto también reaccionaron, caminando hasta la baranda para ver la pared.

—¿Qué es eso?

Tsuna respiró hondo para ordenar sus ideas, y tener la respuesta correcta para esa pregunta. Volvió a alzar el vuelo para estar cara a cara con ese gran muro que se alzó sobre ellos, su palma volvió a palparse sobre la superficie y su reconocimiento fue instantáneo.

—Este muro… —moduló con sorpresa.

—¿Qué pasa, Tsuna? —preguntó Yamamoto ayudándose del hombro de Squalo.

—Hibari-san… —fue lo último que dijo.

x—

Se encontró jadeando con esfuerzo, después de exprimir sus últimas energías en esa técnica absoluta que para su suerte logró activarse a tiempo. El sudor empezó a recorrerle la frente bajando como cascada, y en la forma en la que había perdido el aire le anunciaba que era la hora de luchar para mantenerse despierto.

Arrodillado junto a Dino, con sus dos ambas manos en el piso buscando más que llenar sus pulmones, estaba Hibari.

—Kyoya… —mencionó Dino con un súbito esmero, rozando el dorso de su muñeca.

Él le había escuchado. Necesitaba responderle, pero el aire le faltaba y sentía sus fuerzas lejanas a él. Nunca había creado una burbuja de espinas tan grande, y mucho menos, en un tiempo tan excesivamente limitado. Corrió con la fortuna de haber tenido la precavida idea en dejar pequeños erizos en el muelle.

—Estoy bien. —afirmó después de tragarse todo el aire que pudo. Dirigió su vista a Elena la cual se encontró inconsciente, después de que la víbora tomara su cabeza y la estampara a la pared.

—Maldita seas, Elena —soltó ella, después de dejarla en el suelo.

Los demás en la habitación habían perdido el conocimiento, salvo de Dino que aún intentaba mantenerse despierto junto con Hibari.

—Sino fueses reforzado la burbuja con la petrificación del cielo… —jadeó el guardián, observando a su amante—, las ondas resonantes que transmitió la bomba hubiesen activado los censores de las minas de este barco…

Reborn volvió a aparecer con rostro severo.

—¿Se encuentran bien?

El agua se escurría por las aberturas del barco gracias a la marea que arropó al barco. Scarlett asintió, observando al guardián con recelo al desconocer su estado actual.

—Hey jefe…—le llamó mientras aún estaba tras la red de hilos—. ¿Se encuentra bien?

El guardián tragó saliva para poder controlar sus cuerdas vocales con fineza, y no salieran palabras mal articuladas.

—Estoy bien. —Su mirada tomó la dirección del arcobaleno—. Dile a Irie Shoichi que… —La voz se fue cortada por falta de aire, volvió a tomar otra bocanada de aire más profunda logrando entonar sus siguientes palabras—: Sólo dile que tiene que venir a desactivar las bombas que hay en el subsuelo.

Reborn asintió y volvió a desaparecer. Scarlett se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el piso, escondió su rostro entre las hebras azabache que caían por su rostro y de la misma forma que el guardián, jadeaba con esfuerzo. La explosión la había dejado aturdida al igual que todos. Cerró sus ojos para intentar re-animar su sistema nervioso.

—Cavallone…—nombró el guardián, al ver que Dino había cerrado los ojos. Colocó una mano en su hombro y notó que éste no respondía—. Hey.

Dino ladeó cuidadosamente la cabeza, sus últimas fuerzas se habían ido al reforzar las de Kyoya. Luchaba por mantenerse despierto, y bien sino fuera por el entrenamiento espartano al que fue sometido, gracias a Reborn.

El guardián terminó por sentarse a un lado de él, le observó cuidadosamente dejando una imperceptible caricia en su rostro. Quería decirle algo que pudiera transmitir la calidez que le transmitía aún en ese estado, intentar desahogar ese inmenso hueco que sentía en el pecho y subía hasta su tráquea. Se había prometido ser más abierto con Cavallone después de esa experiencia, ser más comunicador, o al menos el intento.

En un pestañear, casi lo pierde todo. Y eso no quiere decir que Dino sea un todo para él, porque eso sería radicalmente exagerado, y más cuando él se abstiene de ese sentimiento: El necesitar. No necesita ser llamado mafioso, no necesita pertenecer a esa sucia mafia. Quizás si necesite morder hasta la muerte, pero eso lo puede hacer con cualquiera.

Aun teniéndole frente, sus palabras sencillamente se le atoraban en la garganta. Porque su orgullo aún mantenía la promesa que se hizo a sí mismo. No depender nadie. No ser nadie. Haz lo que te plazca y se más libre que la misma nube. O al menos, eso quería ser y estaba conforme a todo lo era hoy en día. Obviamente en un pasado más lejano que diez años, tal vez unos veinte, se dijo a si mismo que no volvería a llorar, que no volvería a llorar la pérdida de alguien, por estar necesitado a él. Pero quizás, el necesitar a alguien aunque sea con la simple idea de que esté vivo, puede ser el incentivo a seguir siendo quien era. Porque aun sin saberlo, o al menos no directamente, Dino había dejado una gran huella sobre él. Huella, que no sería borrada inclusive con la concepción lógica y monótona que trae consigo la muerte.

Le besó la frente e intentó mantener su orgullo a la raya, cerciorándose que nadie estuviese en los alrededores.

Ya había perdido a sus padres, que fueron un todo para él. Ese fue el punto y final que se marcó en su vida. No volvería a dejar que ni siquiera las mismas circunstancias le arrebataran lo que le pertenece, no esta vez. Había obtenido poder, poder para proteger a lo que él llamaba territorio, a lo que él llamaba presa. No dejaría que ni en esa vida ni en las que siguen que le arrebataran a su Cavallone.

Aunque tampoco es que quiere tenerlo cerca todo el día, eso sencillamente le destruiría los nervios. Tampoco quiere verle todos los días, eso sería aburrido y terminaría cansándose rápidamente de él. Sólo quiere una cosa. Simple, sencilla y fácil de cumplir:

Cuando él llame, Dino venga. Sólo quería eso. Que cuando él quiera pelear, Dino apareciera. Sólo eso. Esa, es su libertad. Esa, es su necesitada atención.

—Desde ahora, nadie volverá a tener las agallas de separarte de mí, Cavallone.

x—

Las siguientes horas, después que Kyoya luchara con sus energías para poder destruir su propia burbuja de púas, los ingenieros de Vongola, subordinados de Cavallone, médicos y demás personal de ambas mafias tuvieron permitido el acceso para entrar al barco, o al menos el vestigio que restaba de la estructura antes de que se perdiera en las profundidades del mar.

La mayoría estaban aturdidos, con los nervios dormidos y aislados del mundo actual a causa de la destructiva y masiva bomba que sucumbió sobre ellos. Los paramédicos tomaron prioridad de los más afectados como Byakuran y Tsuna que tuvieron contacto directo con la bomba, que afecto varios de sus sistemas; Nervioso, sensitivo e inclusive inmunológico. En comparación al resto, que sólo se les aplicaron primeros auxilios a las heridas superficiales.

Los principales a cargo como Irie Shoichi, Spanner y Gianni tomaron como prioridad las minas que aún se encontraban en espera de un propenso error, que conllevaría al fin de todos que no logró llevar a cabo la primera supernova. Spanner y Gianni se encargaron de obstruir las ondas sensitivas, para cuando se removieran los hilos. Fue un trabajo minucioso, pero después de un lapso de tiempo de total atención y un instinto meticuloso; todos los que conformaban el círculo de sangre fueron removidos del piso.

Algunos seguían inconscientes por la gran dosis que recibieron de anestesia, ya sean como Shamall y Steve. Los otros dos líderes no corrieron con la misma suerte. Ya llevaban más de doce horas muertos, a causa de las mismas heridas infligidas anteriormente y, una sobredosis predispuesta. Romario y Petter fueron tratados cuidadosamente ya que fueron los primeros en reaccionar.

Kyoya y Lucy fueron tratados para verificar el estado en que se encontraban, pero fue el guardián quien se negó rotundamente.

Se levantó tambaleante, observando cómo se llevaban a Dino fuera de ese infierno, mientras se llevaban a sus espaldas a una Elena esposada. Pasó por su lado y con sus ojos delineados del escurridizo negro a causa de sus lágrimas, le dedicó una sonrisa cínica.

—¿Crees que Dino… sobreviva? —Una expresión burlona se dibujó en el rostro de esa mujer. Como si aún tuviera algo entre manos.

—Que poco conoces a Dino Cavallone. —fue lo último que dijo antes de perderla de vista en el marco de la puerta.

Subió a la superficie sosteniendo sus costillas, el dolor que descompensaba su movilidad articular estaba empezando a ser molesto. Una vez arriba, observó como todos los subordinados iban y venían, correteando por todos lados. Unos trataban las heridas de algunas de las sabandijas que tenía como "compañero" y otros se aseguraban se haber sacado a todas las víctimas que aún habitaban en los camarotes del barco.

Su vista buscó el faro dorado recostado en una camilla, y después de que sus ojos jugaran un rato al gato y al ratón consigo mismo, logró dar con ella. Estaba junto a Steve, esperando el momento que otra ambulancia llegara por ellos antes que la marea de fotógrafos y, la misma prensa hicieran presencia. De hecho, ya habían ciertos curiosos que se detenían a observar el alboroto que se había creado en ese muelle abandonado. Pero como era de esperarse, un muro de subordinados obstaculizaron el paso y la misma vista, que ni las cámaras profesionales con alta resolución y un sinfín de pixeles pudiese alcanzar salvo de los retratos intimidantes de los inmensos mastodontes.

Caminó lentamente hasta donde estaba Cavallone y después de tener que detenerse a tomar por el cuello el equilibrio, logro estar a su lado. Le habían extraído los anzuelos de sus brazos, dejando sólo los agujeros impresos que mermaban sus ganas de querer dejar a su Cavallone sin sangre. Una mascarilla de oxígeno, mas pulcra y conectada a una bomba de oxigeno tomó nuevamente parte en su rostro.

Removió uno de los cabellos que caían por su lastimado rostro, incluso en ese estado, su encanto seguía brillando en él. Buscó su mano para sostenerla unos instantes, antes de darse cuenta en como la aglomeración de médicos y subordinados querían tener en sus manos más de una tarea habían menguado. Con el pulgar dejó una caricia, dándose el gusto de volver a tener el honor de sentir la piel de Cavallone.

—Dino… tenía razón —se escuchó a la espalda del guardián, quien al momento giró su cabeza estudiando a Steve con una indiferencia profesional.

Los efectos de la anestesia fueron contrarrestados gracias a unas soluciones creadas por los paramédicos, que no perdieron el tiempo tomando eso como antelación. No sabían qué tipo de anestesia era, ni mucho menos que efectos secundarios podría causarles. Ya que dos Cavallone's ya habían muerto a causa de ella.

—Steve Cavallone. —Le observó con poca insistencia. Su atención total la tenía ese rubio delante de él—. Supongo que debo preguntarte qué tipo de razón, es a la que te refieres.

Steve reveló una sonrisa con un significado que el guardián no supo definir; ¿Tristeza? ¿Satisfacción? ¿Felicidad?

—Dino dijo…que tú te harías cargo de mi esposa —dijo con suavidad—. Eres un buen chico…

—¿Por qué dejarme todo a mí? —Torció la mirada para encontrarse con la de Steve, sus pupilas apenas y destilaban la rabia que sentía—: Si sabían que era ella, ¿por qué no matarla de una vez? Y ahorrarnos este show.

Steve volvió a sonreír. Se dio tiempo para pensar una respuesta poco conflictiva y bastante sencilla.

—Especulaciones.

El guardián alzó una ceja.

—Elena fue muy precavida, Hibari Kyoya —su voz tenía el mismo tono diminuto que tenía Dino cuando habló, a penas y podía oírse. Y la lentitud de las palabras eran extremadamente exasperante para el guardián—. Nos apuntó de todos los ángulos… no sabíamos de donde venía el verdadero disparo.

—Cavallone… —Se mordió el labio presionando con más fuerza la mano que sostenía—, él sabía que Petter y Elena eran espías.

—Ciertamente. Pero una cosa es espía y, otra es ser el que mueve los hilos, chico.

Hubo una pausa en sus vocales, dándose a ambos un momento de digerir esas palabras sin utensilios caseros.

—Pintura.

—¿Hm?

Steve le miró con suavidad al guardián, quería reírse por la expresión que otorgó el Kyoya con esa palabra pero si lo hacía, no quería desatar las quimeras que tenía por heridas. Volvió a entonar y ajustar su voz con parsimonia.

—Dino me dijo que odias la pintura.

—Te equivocas —contradijo retomando su tono neutral—. Simplemente no entiendo ese gusto artístico y arisco que tiene este Haneuma —volvió su mirada a Dino—. Es horrendo y no se entiende que tipo de forma hay en el maldito lienzo.

Steve sonrió.

—Quizás haya ocultado el nombre de mi esposa en uno de sus cuadros.

Hibari pareció pensarlo, donde en esa instancia una sensación de letargo le invadió. Tanto campo que abordó y aun así obvio ciertos detalles. Aunque ya importaba, Dino estaba de vuelta.

En ese momento una silueta apareció de la nada con una pistola en su mano, teniendo como dirección directa el cuerpo de Kyoya. El gatillo fue presionando seleccionando a tientas a quien iba el disparo. El guardián quiso responder con la misma rapidez para activar a Roll, pero su cuerpo ni su mente parecieron coincidir en sus órdenes. Su sistema nervioso también había sido afectado, donde apenas y podía mantenerse en pie. Sólo se resignó a esperar que la bala profanara su cuerpo, ya que no iba a moverse. Si lo hacía, Dino iba a ser el principal afectado y, no lo iba a permitir.

Todo paso demasiado rápido, para cuando volvió a abrir los ojos lentamente, notando que estaba en el piso con un cuerpo encima de él. Y el subordinado que restaba, había sido detenido por Ivan y Brutus. Quien en un abrir y cerrar de ojos le partieron el cuello.

El guardián intentó incorporarse temiendo lo peor, ¿Dino no habría…? Observó los brazos que le rodeaban y las punzadas de los anzuelos estaban ahí.

—Cavall…

—¿Me puedes hacer un favor…? —Una voz temblorosa le hablo al oído—: Dile a Dino… que gracias… por perdonar la vida de mi esposa…, y confiar en mi hasta el final. —Sonrió con esfuerzo mientras un hilo de sangre bajaba de los bordes de sus labios—. Gracias a ti también, Hibari… Kyoya. Esto es lo menos que puedo… hacer por ti, no, por ustedes.

El guardián permaneció en estado de shock.

—No dejes que esto los afecte y los aleje…ustedes merecen estar juntos…habrá un nuevo inicio después de este final —se alejó mostrando su rostro, sí. Era Steve, su voz a penas y podía salir de su garganta—. Te encargo a mi primo…Hibari Ky…ya.

Su voz se perdió en el tono decadente, pronunciado su nombre como últimas palabras. El cuerpo cayó sobre él, quedando inerte con los ojos abiertos y una suave sonrisa. Digna y solemne… la sonrisa que caracterizaba a los Cavallone.

El guardián intentó captar lo que había ocurrido, si hubiese podido reaccionar, si hubiese podido llamar a su erizo… Steve no estuviese muerto ahora. Alzó la vista entreviendo su furia. Cubrió sus ojos con su antebrazo, canalizando y sometiendo sus emociones. Pequeñas gotas empezaron a descender del cielo, mientras otro rio que no era precisamente de agua acudían hasta ellos.

"¿Tú llorarías, Dino?", pensó, antes que su vista se cubriera de una manta de color negro.


EPÍLOGO.

x—

Despertó en una habitación vestida totalmente de blanco con ventanas entreabiertas, dejando entrar la luz solar como lluvia. Un cálido silencio era el velo de esa habitación y los accesorios eran los pequeños mobiliarios que habían junto a él. Sus ojos parpadearon un poco antes de abrirse totalmente, intentó despabilarse un poco removiéndose en la estrecha cama donde se encontraba, pero una vena intravenosa lo ajustaba fuertemente a la cama. Tenía las piernas entumecidas, y la cabeza parecía querer imitar la bomba que había explotado… ¿en el barco? Su mente evocó todos los recuerdos, todos los sucesos, la muerte de Steve y…

—¡Cavallone! —Sus ojos terminaron por abrirse. No había nadie en la habitación, salvo de Hibird que desplegó sus alas hasta a él para saludarle una vez que le vio despierto. Lo recibió con su dedo índice acariciando su cabeza en señal de saludo—. Perdona, pero tengo otros asuntos que resolver.

Se arrancó las vías intravenosas que se inducían en el dorso de su mano y en una de las venas del antebrazo, para salir con prisa fuera de la cama. Se percató que había un traje al parecer de su talla en uno de los muebles que había en la habitación, si Hibird estaba ahí junto con esa ropa solo había una explicación y esa era Tetsu. Se quitó el kimono blanco que tenía para empezar a tomar lugar con cada prenda de ropa en su cuerpo, desde el pantalón hasta la corbata y por último la americana.

Una vez listo se preparó para ir en busca de su presa principal, pero antes de girar el pomo de la puerta Kusakabe entro por ella primero, con una bolsa en su mano que al parecer contenía unas hamburguesas compradas en Burger King junto con su bebida.

—¡Kyo-san! ¡Está despierto! —anunció el subordinado con una alegría bastante usual.

—Tetsu —llamó el guardián, intentando ocultar su ansiedad—, ¿dónde estoy?

—En una de las salas de enfermería de la mansión Vongola —respondió recobrando la seriedad—. Tiene tres días inconsciente. Pero no sólo usted, todos los que tuvieron contacto ya sea directo como indirecto con la bomba están en las mismas condiciones. Sólo usted ha despertado, ni siquiera Sawada Tsunayoshi ha vuelto en sí. Al parecer esa bomba tenía la capacidad de inhabilitar...

—¿Dónde está Cavallone? —interrumpió el guardián. El espacio que ocupaba Vongola y sus guardianes sólo era una pequeña porción comparando el gran espacio que el nombre "Dino Cavallone".

Tetsu bajó la cabeza, evitando la penetrante mirada del guardián.

—Kusakabe Tetsuya…—reiteró su pregunta tan solo nombrando el nombre de su subordinado.

—Está en la mansión Cavallone…—soltó casi en un suspiro—. Acabo de llamar, Dino Cavallone está…

—Dejá el rodeo, Kusakabe.

—Está vivo, señor —afirmó el subordinado—. Pero, su estado es crítico…

El guardián no esperó una siguiente respuesta saliendo de la habitación, como cuando era un infante de quince años y algún estudiante tenía el deseo de ser mordido hasta la muerte. Tetsuya decidió seguirlo para ser él quien lo escoltara a la mansión Cavallone, conocía las reacciones del guardián como si fuera su madre y eso le causó cierta gracia. Más cuando ese conocimiento, nunca sería comparado al que poseía Dino Cavallone. Él siempre iba detrás del guardián, pero Dino, siempre había estado en frente a él. Esa era una gran diferencia que siempre se expandía cuan más transcurrían los años.

"¿Crees que Dino… sobreviva?"

Esas palabras jugueteaban en la mente de Kyoya, rebotando una contra la otra en un ciclo aparentemente infinito. Apretó los puños y, con ello endureciendo más su mirada.

"Más te vale que estés bien, Cavallone. Aún no has saldado tus cuentas conmigo."

A pesar de mostrar un rostro flemático delante de los subordinados que pasaban junto a él, dentro de su cabeza todo era diferente a la fachada que mostraba con frecuencia. Tetsu sabía que el guardián estaba siendo torturado por sus propias emociones, siendo cubiertas por otras afirmaciones más contraproducentes.

¿Dino puede sobrevivir?

Él mismo había visto esas heridas, él mismo había corroborado su estado. Dino fue uno de los más afectados físicamente, era por ello que palabras de Elena cobraban un mayor peso cuan más analizaba la situación. Aunque se negaba a tan siquiera pensarlo, puede que las palabras de Elena llegaran a suceder.

Detuvo al primer taxi que se pasó por el frente olvidándose que tenía auto o chofer propio, poco le importó y junto con Tetsu abordando en el auto.

Llegaron con rapidez a su destino ya que la distancia que separaba a las mansiones no era muy extensa.

Y, una vez más, estuvo frente al portón de la mansión. Donde el guardián ya sentía hastío por esa barrera metálica.

El portón volvió a abrirse con el chirrido habitual y la multitud de periodistas en la calle anunciando la reconstrucción de la mansión en tan sólo cuatro días.

El guardián pensó que podía ser una ilusión, pero últimamente los subordinados de Dino habían tomado una sorprendente habilidad con la reconstrucción, que quizás se debía a él. Eso imperceptiblemente le arrancó una media luna en el rostro. El auto arrancó nuevamente, dejando atrás el bullicio de herbívoros que sólo quieren ser masticados por él.

El auto se estacionó cuando consiguió un lugar concurrente por todos, Kyoya se bajó del auto aún cuando el chofer ni siquiera había terminado de detenerse por completo. Su primera visión fue captar la fuente, que en un principio estaba rota había sido magistralmente reparada. Habían subordinados por todos lados, aumentando en más de cuatro proporciones la seguridad. Todo era tal cual lo recordaba, molesto e irritante pero era quizás, lo que esperaba ver. Las enormes puertas de color anacardo, con sus enormes aldabas en el centro aguardaban el empuje que el proporcionaría, pero un subordinado se le adelantó cuando subió las pequeñas escaleras que daban vía a la entrada. Cordialmente le abrió la puerta haciendo una leve reverencia, sonriendo con clara gratitud.

—Bienvenido, señor Hibari.

El guardián asintió, dando inicio a su andar, donde en ese plano se mostró el salón principal de la mansión. Las refinadas escaleras, los muebles de la realeza y las cortinas que parecían hacerle competencia a la altura del mismo techo de la mansión. Nuevas lámparas de arañas más grande y más brillantes que las anteriores decoraron el techo, nuevos adornos y nueva pintura clásica. Todo tal cual le gustaba al jefe de esa familia. El regreso de los Cavallone.

—Está en su habitación —habló el subordinado con tono suave dándole también la espalda al guardián—. Imagino que sabe llegar.

—Naturalmente.

Emprendió su nuevo ascenso a las escaleras que se alzaban delante de él, para ir a encontrarse con el ser que más se había ganado el derecho de morir bajo su tonfa. Demasiadas emociones aglomeradas en su interior era un precio que debía pagar alguien. Y ese causante era ese maldito Haneuma.

Caminó casi por inercia mientras navegaba en la ruta que sus pensamientos habían creado, abrió la puerta de la habitación con cuidado adquiriendo una postura decente. La habitación estaba con poca iluminación, dándole al jefe más profundidad en su descanso. Habían ciertos aparatos médicos junto a la cama, reconoció a sólo dos, o al menos las funciones que ejercía cada uno. Uno medía las pulsaciones y el otro enviaba un oxígeno artificial a través de una cánula nasal.

La habitación estaba intacta, era como si todo lo que hubiese ocurrido hubiese sido una ilusión o simplemente una pesadilla, sino fuese por las heridas que presentaba ese bronco. La poca luz que había en la habitación, permitía el desplazamiento seguro por ella sin tener que tropezar con algún objeto. Trajó con el uno de los pequeños asientos acolchados que hacían juego con la nueva cama.

Se sentó en el pequeño asiento observando como los párpados de Dino estaban ligeramente cerrados. Las heridas que recordaba habían sido tratadas, pero tenían la esencia de la hinchazón dando peor aspecto que el que recordaba, o al menos en parte de los rasguños que había en su cara. Las punzadas de los anzuelos habían sido cubiertas por unas vendas de contorno grueso, ocultando su tatuaje que tanto le identificaba. Pasó un tiempo observándole dormir plácidamente, no calculó cuanto tiempo estuvo en esa posición hasta que regresó de sus pensamientos.

—Haneuma. —nombró débilmente, a pesar de no querer despertarlo. Pero quería ver su mirada nuevamente, llevó una de sus manos a su mejilla dando un suave roce con las falanges de sus dedos.

La cabeza de Dino ladeó tenuemente, dándole al guardián un pequeño respingo.

—¿Kyoya…? —reconoció el tono de voz que aulló en sus oídos. Esa manera tan inconfundible que tenía de pronunciar su nombre, sin duda, era de Dino. Los dedos de su mano derecha hicieron un leve movimiento, como si buscaran la fuente de esa caricia aún con los ojos cerrados—. ¿Estás… ahí?

El guardián le rodeó la mano. Haciendo que Cavallone girara lentamente la cabeza en la dirección que Hibari le había dado, abriendo con lentitud sus párpados. Se quedaron en silencio unos segundos, cuando la atención de ambos recayó entre ellos mismos. Detallándose las heridas, y recobrando en su memoria a cómo eran antes de esa batalla.

—Me alegra que estés bien…—dijo después de un breve momento, intentando quitarse la cánula nasal con su mano derecha. Kyoya terminó por extraérsela, dejándole espacio para que el verdadero oxígeno circulara por sus pulmones.

—No sé si pueda decir lo mismo de ti —respondió el guardián.

Dino esbozó una pequeña sonrisa, entrelazando sus dedos con los de él.

El guardián tuvo que reprimir con un esfuerzo atroz, la alteración emocional que sintió al sentir nuevamente esa clase de afecto por parte de Dino.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó con la misma dulzura que tanto lo caracterizaba.

El guardián negó con la cabeza, dejando en claro que su estado físico era lo de menos.

—Soy yo el que debería preguntar eso.

—Me recuperaré pronto —respondió cerrando sus ojos. Su mano izquierda descansaba en su pelvis, cubriendo con ella, la herida mayor—. Espero que mi familia también...

El guardián aumentó el agarre entre sus manos, dando más conformidad al vínculo que mantenían sus manos. Dino conocía esa reacción, estaba enojado.

—Lamento la muerte de Steve.

Dino se dio su descanso para responder, ya que nuevamente un gigantesco nudo se le atoró en la garganta. Sin darse cuenta un par de lágrimas bajaron por sus mejillas, aún cuando la sonrisa estaba trazada en su rostro.

—Yo también.

—Quiero que sepas que fue...

—Kyoya. —Levantó un poco la voz, haciendo que el aludido le observara—. No menosprecies el sacrificio de Steve. Por favor…

—Lo siento, Cavallone —Se encogió de hombros el guardián, entrecerrando los ojos con cansancio—. Pero yo hubiera preferido recibir ese disparo.

—No digas eso... la idea de perderte... —gimoteó teniendo una pequeña corriente de dolor, cuando hizo un afán de hacer un movimiento brusco.

Kyoya le calló los labios con sus dedos.

—No hables, maldito bronco, estás muy débil.

Dino cerró los ojos dejando salir las últimas lágrimas. Le observó finalmente.

—A veces hay que perder alguien, para atesorar a los que restan.

—Hiciste un gran trabajo, Cavallone —reveló con suavidad. De un momento a otro sintió que la pequeña distancia que había entre ellos era exageradamente extrema—. Estoy sorprendido.

Dino invitó a Kyoya a sentarse a su lado, él también sintió que estaban demasiado lejos. Necesitaban tenerse más cerca, mientras más fuera la distancia… más se revivía el trauma de perderse.

El guardián que siempre se mantuvo objetivo es cuestión a la cercanía, con Dino esa objetividad se iba por el caño. Atendió a la petición de acercarse un poco más, sentándose en el borde la cama. Instintivamente ambos buscaron besarse, logrando ese cometido con esfuerzo.

—Te amo, Kyoya. —susurró sobre la boca del guardián—. En verdad, te amo.

—Lo sé —Acarició el contorno de los labios Dino—. Lo sé…

Juntaron sus frentes, fundiéndose en un delicado abrazo. El guardián mantuvo a Dino entre sus brazos durante unos segundos, donde en esa posición podía escuchar las pulsaciones de su corazón, que no era precisamente los latidos que se escuchaban salir de la máquina. Su latido rítmico era regulado, manteniendo un contaste latido dejando entrever que estaba recuperando sus fuerzas.

El guardián se alejó lentamente, dado que ya fue el tiempo suficiente que estuvieron abrazados. Dino seguía llorando manteniendo sus manos a los costados de Kyoya, recorriendo débilmente sus fracciones físicas.

—Elena murió.

El guardián alzó una ceja.

—¿Otra vez?

Dino no pudo contener otra sonrisa, tuvo que apretar fuertemente sus labios para no reír. Alzó su mano con cuidado apoyando una mano en la curvatura del cuello del guardián, dándole vía para rozar su labio inferior con el pulgar.

—Al parecer, está vez es cierto.

—¿Cómo lo sabes? —El guardián cerró los ojos unos momentos, dejándose degustar en la fruición que causaban los roces de Dino contra su piel, realmente las había extrañado.

—Se suicidó.

Kyoya volvió a abrir los ojos, teniendo un encaje directo con la mirada de Dino.

—¿Estás seguro?

El rubio simplemente hizo un gesto con la boca, mostrando duda a sus propias palabras.

—¿Quién te lo dijo? —inquirió, dando otra caricia con sus dedos a los rasgos de su ex-tutor—. ¿Quién te dijo que también Steve estaba muerto?

—Reborn.

—Tendré que confirmarlo —respondió. Sabía que el bebé era una fuente confiable. Pero francamente, ya no confiaba en nadie—. ¿Sabes porque se suicidó?

—Según Reborn, fue por la muerte de Steve —Seguían delineando sus contornos faciales, como asegurándose que eran ellos quienes estaban ahí y no otra ilusión. Dino aún con la mano detrás de la nuca de guardián, lo atrajo en busca de otro beso, donde Kyoya sin protesta permitió tal acto—. No soportó la noticia, dándonos la culpabilidad de su muerte a nosotros y como ya no podía hacer nada para desquitarse se suicidó.

Al Kyoya realmente poco le importaba lo que le pasase a esa mujer; si se quitó la vida, ese era asunto de ella. Pero, lo más irónico del asunto, era que ella misma casi lo mató. Así que en parte ella también era la culpable, y más cuando uno de los subordinados estaba bajo su cargo. Ya verificaría si realmente estaba muerta, no iba a cometer los mismos errores dos veces.

Un pequeño quejido de dolor, lo atrajo de nuevo al borde de la cama, dándole prioridad a la fuente del sonido.

—Cavallone —lo llamó suavemente.

—Disculpa, aún me duele moverme —sonrió nuevamente, esa estúpida sonrisa. Esa sonrisa que le despojaba de sus emociones restrictivas.

—Debo irme, no creo que tenga el derecho de estar aquí —dijo observando la puerta entreabierta de la habitación.

—¿Qué? ¿Por qué? —Dino se alarmó, pero el guardián puso una mano en su pecho evitando que se incorporara—. Eres mi pareja, Kyoya…

—No legalmente —respondió el guardián sonriendo ladinamente.

—No te rías. —reprochó haciendo un puchero pequeño.

El guardián respiró suavemente, entreabriendo un interfaz entre su mente y entre lo que quería decirle.

—Entonces, propónmelo de nuevo —Le llevó uno de los mechones dorados detrás de la oreja.

Dino abrió ligeramente los ojos, para luego volver sonreír. Se incorporó lentamente con ayuda de Kyoya, por supuesto, quedando ligeramente incorporado en esa extensa cama que al parecer era más acolchada que la anterior.

—Hibari Kyoya —Tomó ambas manos del guardián, observándolas con cuidado para luego mirarle a los ojos—, ¿tendría el honor de volver a casarte conmigo?

—Siempre y cuando sea sólo entre nosotros.

El jefe sonrió, abrazando nuevamente a su ex–pupilo. Su mano bajo a la pelvis del guardián, causándole una repentina sorpresa cuando empezó a acariciarlo.

—Aquí espera mi hijo.

—No digas tonterías —desvió la vista aparentemente molesto—. Y no me vengas a decir que es porque te gusta mi vientre.

Una risa diminuta fue la respuesta.

—Quizás pueda inventar algo para que quedes…

—Olvídalo. —cortó el guardián—. No quiero estar lidiando con otro dispositivo tuyo, y que vengan otras mafias a querer tomarlo porque quieren ser papás. Está demás decir, que destrozaré el primero que creaste. Así que, más vale que lo escondas bien y después de despedazar a ese juguete, tú serás el siguiente.

Dino con una sonrisa extensa, enterró su cara en el cuello de Kyoya.

—He estado preparado para eso, desde el principio. Y tranquilo, ya envié a destruir el dispositivo junto con todos los prototipos.

Un silencio los arropó nuevamente, dejándolos degustarse solo de la sensación del calor que provenía del otro. Dino fue el primero en romper el silencio, teniendo temblores en su voz. Kyoya lo había olvidado… Ese hombre aún en estado crítico, siempre seguiría siendo muy hablador.

—Quizás si no hubiese sido el jefe de los Cavallone y me hubiese dedicado sólo a la ingeniería… hubiese tenido más éxito y menos muertes… pero sólo pensarlo, me invade una melancolía enorme.

—¿Por qué?

—Porque si no fuese por la mafia, Tsuna y Reborn… —Hubo una elástica coma entre esa oración y la que proseguía—: No te hubiese conocido. Y tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

El guardián lo despegó lentamente de su cuello tomándolo por los hombros, topándose con una mirada cristalina. Levantó el mentón de Dino haciendo que esa intensa mirada le ahogara.

—Cavallone, tu vida me pertenece. Naciste para ser de mi propiedad.

—Kyoya… —Dino no ocultó su sorpresa.

—Cual sea el camino que hubieses elegido, tarde o temprano nos encontraríamos nuevamente.

Dino no respondió al instante. Estaba demasiado sorprendido como para tan siquiera reaccionar, pero al cabo de unos minutos volvió a sonreír robándole un intenso beso al guardián.

—Tienes razón. —dijo sobre la boca del guardián—. Ven, acuéstate conmigo.

—Oh, ¿puedes soportar una ronda en ese estado?

—No lo creo. Pero si sobreviví a estas heridas, quizás aún pueda sobrevivir a otras —respondió en un tono suave, mostrando claras señales de tranquilidad en su cuerpo.

El guardián se levantó de la cama, empezando a desabotonar la americana junto con las demás piezas que conformaban su ropa; ya sea como el pantalón, corbata y los zapatos. Quedándose sólo con la camisa púrpura con los botones abiertos hasta la mitad del pecho. Rodeó la cama buscando el otro extremo, para luego subirse a la colcha gateando hasta donde se encontraba Dino, quien gratamente lo recibía con los brazos abiertos.

Recostó la cabeza sobre su pecho, siendo rodeado por los fornidos brazos de ese bronco. Ambos se descolgaron de la aparente fuerza que fingieron al verse, que fingieron delante todos, rindiéndose por fin al cansancio y dormir una vez más juntos. Diez años eran suficientes para aprender a conocerse las mañas y acostumbrarse a ellas. Kyoya antes de sumergirse totalmente en el sueño, acarició con su mano el pectoral derecho de Dino.

—Dino…—nombró el guardián, teniendo otra sorpresa. Ese día…Kyoya estaba bastante extraño…nunca esperaba oír su nombre de pila constantemente en los labios de esa traviesa nube.

—Dime, mi amore.

—Si vuelves a ocultarme algo, te morderé hasta la muerte.

Dino esbozó una extensa sonrisa.

—Como si eso fuese una novedad.

—Estás advertido.

x—

Pasaron días en descanso para quienes participaron en esa lucha, Tsuna se había recuperado por completo al igual que sus subordinados. Petter, Romario y Shamall salieron del hospital otros días después, donde cada uno volvió a su vida diaria intentando olvidar esa pesadilla. Pesadilla, que sin duda había dejado marcas físicas y psicológicas en los cuerpos de todos.

Shamall visitó la mansión Vongola saludando a los guardianes, su principal motivo era explicar que no recordaba mucho cuándo y cómo había sido secuestrado. Y que tampoco recordaba cuanto había dormido. Según sus palabras lo último que recordaba, era beber con una mujer rubia bastante sexy en un bar, y que no recuerda nada más después que se fueron a una habitación. Muchos se palparon la cara y otros quisieron golpearle. Pero ya Shamall había huido a ser sus mamadas otra vez, quizás él si se merecía haber pasado por eso.

Byakuran y Mukuro, habían desaparecido de la faz de la tierra una vez de haber reaccionado. Pero Tsuna sabía, que regresarían cuando se le necesitaran nuevamente. Esa pareja de amantes se habían ido a la habitación que una vez mantuvo a Mukuro cautivo, donde una vez más tuvieron el honor de entregarse mutuamente. Sin extorciones, violaciones y estrangulaciones. Esa vez, fue por voluntad propia.

Dino, logró levantarse de la cama otro par de días después, siendo ayudado por el guardián quien en todo momento estuvo a su lado.

—¿A dónde pretendes ir en ese estado? —reprochó con atisbes obvios de total desaprobación a la decisión de Dino, quien sólo soltó una risita cuando se puso la americana.

—Quiero ir a despedirme de ciertas personas.

El guardián soltó un bufido, pasándole por el cuello la cinta del cabestrillo ajustando el brazo derecho de Dino.

—Sera rápido, Kyoya. No te enojes.

—Cállate, Haneuma.

—¿Por qué estás tan enojado? —Ladeó la cabeza buscando un significado coherente a la mirada felina del guardián—. ¿Hice algo que no te gustó?

—¿Algo, Cavallone? —ironizó cruzándose de brazos molesto—. Aún no has pagado tu deuda conmigo, y si sales de esta casa supongo que ya está listo para la paliza de tu vida.

El bronco con su brazo izquierdo ileso lo tomó por las caderas para atraerlo para sí. Le besó la mejilla descendiendo lentamente al cuello, sellando su recorrido con una pequeña mordida en la clavícula del guardián. Kyoya arrojó un suspiro a los oídos de Dino, dándole motivos para sonreír lascivamente.

—Estoy listo también para otras cosas.

Kyoya curveó una sonrisa, empujando a Dino sobre la cama y dejar caer su peso sobre su pelvis. De la misma forma que acababan de vestirse, empezaron a desvestirse besándose con profundo apetito quemándole los huesos. Quizás hubiesen podido tener la entrega que tanto anhelaban tener, sino fuera por el llamado de Romario, quien esperaba detrás de la puerta.

El guardián se alejó molesto y Dino con el nerviosismo creciendo, no era la primera vez que su subordinado le interrumpía en una escena como esa. Después de recibir un golpe seco en la cabeza como compensación por parte de su nube, salieron de la habitación rumbo al aeropuerto.

Fueron escoltados por una lujosa limosina color negro fúnebre de al menos tres metros de largo, con los vidrios abajo que anunciaron a la salida de la mansión que Dino Cavallone había vuelto. La multitud alzó la voz en la prensa, radio y TV enviando muchas felicidades y cálidos abrazos por su regreso. En cambio al guardián, que tuvo que ser contenido por el látigo de Dino en sus piernas para no salir del auto y machacarlos a todos.

Mientras iban al aeropuerto, el bronco dejó caer su cabeza en las piernas de Kyoya dejando a relucir su falta de sanidad. Aún estaba débil, y su cuerpo no rendía con la total eficacia. El guardián no le quedó de otra más que aceptarlo y, más allá Dino no tardó otros minutos en dormitar hasta que llegaron a su destino.

Bajaron del lujoso transporte captando la vista de muchos de los viajeros y demás extranjeros que correteaban con sus maletas por doquier, mientras se adentraban en el aeropuerto internacional. Caminaron un poco entre la multitud, hasta que en un asiento para tres personas cerca de una máquina de refrescos de la marca estadounidense Coca cola estaban Petter, Anarella y Lucy. Vestían ropas civiles, bastante casuales, y cómodas para un viaje fuera del país. Vaqueros con blusas tommy vestían a Ana y a Lucy, y un vaquero de color negro con un pullover sin mangas de rombos que jugaban con la degradación del azul, y una pulcra corbata debajo vestía a Petter. No importa a dónde se dirigiera, Petter siempre luciría su atuendo formal.

—¡Jefe…! —Reaccionó consternado al ver el rostro de Dino entre la multitud—. ¿Qué hace aquí? ¡Debería estar descansando!

—Lo mismo le dije —secundó el guardián y Dino rió suavemente llegando hasta el mayordomo. Lucy se levantó enseguida con un claro afán de lanzarse a sus brazos, pero fue interceptada por el guardián—. Estás muy cerca, herbívora.

—Ohhhh, vamooooos jefe —Alargó los brazos para tocar a Dino—. ¡Al menos déjame despedirme!

El guardián alzó una ceja. El bronco volvió a sonreír posándole una mano sobre el hombro.

—Se van del país.

Petter inclinó la cabeza.

—Ya no tenemos nada que hacer aquí… le hemos hecho mucho daño.

Hibari buscó la mirada de Anarella.

—¿Y qué pasa con ésta herbívora? ¿No deberían ejecutarla en las sombras por traicionarnos?

—¡K-Kyoya! —Le tomó por los hombros haciéndolo retroceder—. Disculpa, Anarella…

El guardián contuvo una risa, dándole el espacio para que Ana se descruzara de piernas y se levantara de su asiento; al igual que Dino, ella tenía las manos vendadas ocultando las heridas de los anzuelos. Se acercó, para luego hacer una inclinación de cabeza.

—Sé que… ni con mi vida pagaré las muertes de sus familiares, señor Dino —Con su cabeza inclinada ante los dos capos, intentaba ocultar sus lágrimas y el fuerte candado que trancaba sus palabras—: Pero quiero disculparme por dejarme manipular por Elena, sé que debí dejar que me matara y con eso hubiésemos evitado todo esto…

—Es lo más probable.

—¡Por favor, Kyoya! —reprochó el jefe aún reteniendo al guardián por sus caderas—. ¡Déjala hablar!

—Pero… —Levantó su cabeza mostrando una mirada valiente—, yo también quería vivir, señor Dino Cavallone.

Dino ladeó la cabeza, revelando una afable sonrisa. Sonrojando a Ana, Lucy e inclusive a Petter.

—Me alegra que quisieras vivir, Ana —dijo en tono consolador. Se acercó a ella y le posó una mano en la cabeza—. Me alegra que sobrevivieras.

El guardián se cruzó de brazos, mientras la pelirroja empezó a llorar desconsoladamente. Echó un vistazo a la víbora quien estaba afincada a la máquina de refrescos sonriendo también, era la primera vez que vestía una ropa deportiva.

—Quien diría, que una mujer como tú, escaparía como una rata asustada.

Lucy compartió la mirada petulante, volviendo a esa personalidad feroz.

—Regresaremos, eso tenlo por seguro —Le extendió la mano al guardián con una sonrisa—. Regresaré como el jefe de los Scalenetti, así que más vale que te prepares porque vendré por la mano de Dino Cavallone. Ya que no están casados.

Kyoya estrechó la mano de Lucy con sorna, empezando a apretarse la mano cuan niños que desean ver quién soporta más.

—No creas que te dejaré el camino libre, herbívora.

—Ya lo veremos.

Los demás observaron esa escena bastante sugestiva, y brillaron con sonrisas en sus rostros.

—Regresa pronto, Petter. Te estaré esperando.

—Jefe… —gimoteó el mayordomo—. Volveremos, se lo prometo. Además, el señor Kyoya es el padrino en la boda de Ana y Mattew.

—¡¿…?! —espetaron Dino y Hibari, donde el guardián obviamente se negó.

Ana rió suavemente y se acercó al guardián.

—Nos veremos pronto, Hibari.

—No creas que te he perdonado.

—Espero que algún día lo hagas…

El guardián se dio vuelta y esbozó una diminuta sonrisa entrecerrando los ojos.

—Lo hare cuando aprendas a luchar por ti misma, sin dejar que otros te manipulen.

—Es un trato —asintió suavemente.

Todos sonrieron ante la alegría de Ana y su recién llegado carisma, donde se despidieron nuevamente y entre la multitud se volvieron a sumergir.

Dino y Kyoya se fueron del aeropuerto cuando el vuelo de Petter emprendió su ruta. Regresaron a la limosina que los esperaba pacientemente en la entrada, con un subordinado abriendo la puerta para su ingreso. El motor arrancó nuevamente regresando su andar a la mansión, o eso creyó el guardián cuando hubo un repentino desvió en una calle.

—¿Hm? ¿A dónde vamos?

—Quiero despedirme de alguien más…

—¿Alguien más? —repitió el guardián, notando como la mirada de Dino se perdía a través del vidrio de la limosina, observando con ello las calles que pasaban por su vista.

—Ya lo sabrás… —Buscó la mano de Kyoya, entrelazando sus dedos—. Te necesito para eso.

El guardián no supo a lo que se refería, sólo para cuando estuvo frente a él. Las lápidas juntas con los nombres de Steve Cavallone y Elena Cavallone. Ambas estaban juntas, en ese pacífico lugar. Dino dejó sobre cada lápida un ramo de flores que había comprado antes de entrar al cementerio, en una floristería cerca del lugar.

Dino se mantuvo arrodillado frente a las lápidas observándolas en silencio, el guardián sólo se inmuto a esperarlo detrás.

—Steve, sé que… ahora me resulta difícil creer que ya no estarás para nuestra familia… —empezó con un tono suave, arrastrando sus lamentos—. Pero tu valentía y tu carisma siempre se guardarán en mi corazón. Te agradezco por haber salvado a Kyoya, aún a costa de tu vida. Gracias, por pelear a mi lado en esta batalla y mantenerme de pie cuando estuve a punto de perder la cabeza. Gracias por estar conmigo en primera fila recibiendo los disparos que nos lanzó la familia Scalenetti y, gracias por protegerme. Protegeré a la familia que ambos prometimos cuidar y velaré por ella sin duda. Inclusive por los familiares de aquellas personas que murieron injustamente —Sonrió, aun cuando las lágrimas empezaron a asomarse—. Y cuidaré de aquellas vidas que los Scalenetti creyeron quitar… Descansa, amigo.

El guardián guardó cierta sorpresa al subrayar una línea en el elogio de Cavallone.

—¿Creyeron quitar?

Dino se puso en pie, acercándose cuidadosamente al guardián. Besó su frente y tomó su mano.

—¿Recuerdas las fotografías de los cadáveres de los Cavallone?

Kyoya endureció su mirada, teniendo un destello sorpresivo antes de ser cubierto por la negrura glacial.

—Eran ocho en total, cuatro desapariciones y cuatro muertos.

Tanta astucia en su pupilo le hacían sentirse realmente feliz, volvió a besarle pero esta vez en los labios; saboreando ese cappuccino con crema que se habían comprado al salir del aeropuerto.

—Así es. Dos de los desaparecidos están muertos, son los que no sobrevivieron a la anestesia —dijo con melancolía—. Los otros dos, fueron desaparecidos por mí.

—¿Qué quieres decir? —Enarcó una ceja, aunque al ver el rostro pasible de su amante cambió de pregunta—: Oh, espera Cavallone, ¿eso significa…?

Kyoya recordó las palabras que le había confiado Sawada en su conversación con Uni. Teniendo una genuina confusión y una rápida respuesta que silenció sus preguntas.

"Nunca encontraron los cadáveres".

Buscó una respuesta en el rostro del bronco y efectivamente allí estaba. Una sonrisa ígnea y atrevida.

—Desde la incineración del auto que trasladaba a ciertos parientes no directos de mi padre, fue la alerta para tomar medidas al momento. Las fotos fueron escenas que creamos con el dispositivo.

—¿Cómo sospechaste que venían por tus familiares? —Kyoya pasó sus brazos por el cuello de Dino, acercándose más.

—Empezaron a enviarme mensajes con advertencias que el incendio del auto era sólo el comienzo —respondió rodeando el torso de Kyoya con su mano izquierda—. Que a cambio de las vidas de mi familia, querían el dispositivo.

Hubo otro silencio, donde aprovecharon para volver a besarse.

—¿Qué pasó con Suzaki Kishimoto?

Dino parpadeó antes de responder, reapareciendo esa sonrisa que tanto le gustaba al guardián.

—Steve llegó a tiempo. Le disparó al teléfono para que cortara el mensaje y enviara una señal a los Scalenetti para "confirmar su muerte", en caso que hubiesen escuchado la conversación. Ya que al parecer habían interferido todas las líneas de nuestros teléfonos con ayuda de Anarella —El guardián quería sorprenderse, pero es que sencillamente no podía. Ya sabía de lo que era capaz ese Haneuma y en como hacia honor a ese sobre nombre, eso le enloquecía. No ser capaz de ver los movimientos, nunca poder acostumbrarse totalmente a la agilidad de su látigo.

—Entonces, ¿en dónde está?

—En Japón, después de recuperarse la envié en un vuelo privado junto a sus hijos. Igual hice con la mayoría de los que creía que eran blanco fácil.

—Eres todo un depredador, Cavallone. Me excitas —Dio una lamida a la manzana de adán del bronco—. ¿Y no se supone que yo era su blanco?

—Literalmente todos estábamos incrustados a la diana y Elena estaba apuntándonos a todos —Rió suavemente—. Envié subordinados encubiertos para que hablaran con Gamma, sólo para que te animaras a cazar a alguien que ya te estaba cazando.

Kyoya rió por debajo.

—Me hicieron enojar cuando desapareciste sin dejar rastros, Cavallone. ¿En verdad crees que puedes huir de mí?

—¿Y quién te dijo que quiero huir de ti? —Le atrajo con fuerza, creando más fricción entre ellos—. Quería lograr otra cosa con todo esto.

—Hm, ¿y qué es? —Enredó sus dedos en la melena rubia, para cuando Dino antes de responder volvió a besarle. Volvieron a separarse donde Dino acercó sus labios al oído del guardián, creando un ambiente integro de provocación.

—Tu madre estaría orgullosa…

Kyoya abrió los ojos en par, tragando con más de un litro de agua esas palabras.

—Estás demente, Cavallone.

Terminó de entender quizás uno de los propósitos de Dino al dejarse secuestrar, todo, todo fue planeando… y en ese plan, estuvo su última evaluación como tutor y pupilo. Probar sus conocimientos adquiridos en NY, conocimientos que no había tenido que aplicar en el mundo de la mafia, no en su totalidad al menos. Cerró el espacio entre sus bocas y le besó con una demanda de urgencia que venía siendo prolongada por culpa del estado físico de Cavallone. Donde en ese beso, Dino coló su mano bajo la ropa de guardián acariciando su espalda, levantando de poco la camisa.

—No, Kyoya —retomó su encaje en los labios del guardián, sintiendo una vez más ese cosquilleo en su paladar cuando chocaban sus labios—. Confié ciegamente en ti.

—Casi te llevo a la muerte.

—Pero llegaste a tiempo. Estoy orgulloso de ti…

Kyoya no quiso oír más, selló con su boca los labios de Cavallone casi masticando sus comisuras callando todo momento catastróficamente romántico, sólo imbuyó sus sentimientos en su lengua. No quería oír más. No necesitaba oír más.

—Quiero que regreses conmigo a Japón —siseó sobre la lengua de Dino, en un momento que obtuvo de tomar de aire—. Quiero que nos alejemos de este país un tiempo, si me mantuviste aquí más de dos meses, es tu turno, Cavallone. Es momento que seas sólo mi presa.

Dino juntó su frente con la del guardián asintiendo a sus palabras.

—Sí, mi amore. Vayamos a la mansión para al menos avisar.

—Si te tardas más de diez minutos, incrustaré tu cabeza a tus malditos cuadros falsos de Picasso.

x—

Tomaron su regreso a la mansión, donde a Dino le costó bajar del auto por las cadenas que traía consigo llamadas, "estás jodido físicamente, Dino. Entiéndelo". Kyoya le ayudó a mantenerse en pie, sin mucho esfuerzo sermoneándolo que eso era culpa de él por salir de la cama. Acordaron en descansar esa noche para mañana emprender su vuelo a Japón, en busca de un nuevo descanso para ellos.

Se adentraron en la mansión, teniendo la sorpresiva respuesta que no había rastro de sus subordinados ni su familia.

—¿Qué…?

Las luces estaban apagadas, y sólo una velas encendidas tenuemente en un candelabro abandonado en la mesa del centro era solitariamente la única fuente de luz. Ambos capos se observaron con dudas. Caminaron por los alrededores topándose con la misma escena desolada del salón principal. Registraron los otros salones, habitaciones, incluso la oficina de Dino, teniendo en todos los recintos la misma respuesta. No había nadie.

—Esto me da mala espina…—confesó Dino, empezando a caer en el pánico—. Vayamos a fuera, llamaré a Romario.

Bajaron por las escaleras rumbo a la salida, donde antes de salir el bronco recordó un lugar que no había revisado.

—¡El jardín!

Kyoya seguía con su rostro neutral, ayudando ligeramente a Dino sosteniendo su brazo. Salieron a la parte trasera de la mansión, donde una vez se encontró el cuerpo falso de su Haneuma, ese recuerdo simplemente le hizo fruncir más el ceño.

La luz que se divisaba en dirección al jardín, estaba imprevistamente encendida, hundiéndolos más en la perplejidad.

—¿Otra amenaza? —inquirió el guardián en tono neutral.

—No lo sé…

Una vez en la puerta de salida, fueron sorprendidos por el sonido del estallido de las serpentinas y dos explosiones al cielo nocturno con fuegos artificiales.

—¡Felicidades a la pareja! —gritaron en unísono todos los subordinados Cavallone.

El jardín había sido revestido por el hermoso blanco que escolta por ley, una boda. Un gran manto blanco fue su alfombra hasta el altar preparado para ellos, donde esperaba Reborn vestido de cura. Junto a la alfombra habían sillas repartidas, decoradas con la misma tela blanca y flores en sus esquinas. Pétalos de rosas rojas empezaron a caer como lluvia anunciando la entrada finalmente de los novios.

No sólo se toparon con la sorpresa de una boda improvisada a sus espaldas, creada por los subordinados de Dino, sino que también Vongola estaba involucrada. Sus respectivos guardianes aguardaban en las sillas aplaudiendo su llegada, desde los guardines hasta los científicos de la familia, Haru y Kyoko también lucían vestidos con canastas en sus manos llenas de más pétalos. Corrieron hasta ellos parándose frente a los capos que no podían creer lo que sus ojos estaban viendo.

—¿Me pueden explicar este teátrico, payasos? —Kyoya fue el primero en reaccionar.

—¿Romario…? —llamó Dino a su subordinado que esperaba por él en el altar.

Reborn con su bigote falso cubierto por canas, sonrió.

—Kyoko entrégale a los novios sus trajes. —La chica asintió con sus mejillas sonrojadas, las bodas le encantaban verdaderamente. Junto con Haru e I-pin fueron en dirección a los novios a entregarles las ropas que vestirían en su célebre boda.

—¿Qué significa esto, bebé? —preguntó el guardián entornando su mirada—. ¿Otra clase de juego?

—Sí, Reborn —contribuyó Dino—. ¿Qué es todo esto?

—¿No es obvio? —Esbozó una sonrisa llena de sorna en cada línea que dibujaba la curva—. Su verdadera boda.

—Debe ser un chiste. —bufó el guardián adentrándose nuevamente a la mansión—. No seré parte de este circo.

—¿Eh? ¿Kyoya? —nombró Dino a sus espaldas, pero el guardián ya había desaparecido tras el umbral de la puerta, perdiéndose en la penumbra que habitaba en la mansión. Dino sonrió, esa era su nube. Se giró a los invitados e inclinó su cabeza, para luego ir detrás de Kyoya.

El guardián sabía que detrás de él tenía que venir Haneuma, más le valía ir tras él. Después de adentrarse a la habitación de Dino se arrojó en la cama hundiendo su cara en la almohada, que absurda era esa situación. Patéticamente herbívora, debió haberlos cortado a todos en trocitos con su tonfa.

—¿Kyoya? —se escuchó la voz de Dino detrás de la puerta. La puerta se abrió y esa melena rubia fue símbolo de reconocimiento. Se acercó a la cama, sentándose en la amplia cama acariciando con ello la cabellera azabache que se mostraba ante él—. Si no quieres salir, les diré a todos que se vayan. No te pongas de mal humor.

—Tú… ¿quieres hacer esto? —preguntó el guardián aun con la cara hundida en el almohadón.

—¿Hm? —Dino no logró armar las palabras que fueron tragadas por la almohada—. Perdón, Kyoya, no te escuché.

Hibari se reincorporó bruscamente, casi tumbando a Dino de la cama por la repentina reacción.

—¡¿Qué si verdaderamente quieres hacer eso, maldito Haneuma?! —le gritó enfrentándose a la mirada de su ex-tutor, perdiendo dominio sobre sí mismo y entregárselo de una vez por todas.

Dino actuó paulatino, masajeando primero su cabeza antes de responder. Seleccionando con cuidado sus palabras, para no meter la pata en ese silencio estratégicamente corto.

—Kyoya, sino quieres hacer esto lo cancelamos y ya.

—Esa no fue mi pregunta, Haneuma.

—Mira, Kyoya —Llevó su mano a la mejilla del guardián bajando gradualmente su mano hasta cuello—. Para mí lo importante es estar contigo, ¿sí? —Le besó la coronilla y volvió a alejarse—. Una boda no significa nada para nosotros. Claro está, que significa enlace y amor eterno prometido, pero tú y yo no necesitamos eso para tener un enlace y amarnos eternamente, ¿no?

El guardián no respondió.

—¿Qué dices, Kyoya?

—El único quien tiene derecho a matarte, soy yo, Cavallone.

—Mi vida te pertenece, Kyoya. Lo sabes, lo sabemos, es por ello que una boda no desmentirá ese hecho.

El silencio tomó parte en la siguiente respuesta de Kyoya, volvió a tumbarse en la cama y Dino tomo esa reacción como la respuesta que necesitaba. Sonrió nuevamente, dejando un beso en la cabellera azabache para progresivamente levantarse de la cama.

—Espera.

Esa voz lo detuvo, Hibari se encontró incorporándose segundos más tardes quedando frente a él.

—Hagamos esto. Tomaré eso de excusa para sacarte de este país el tiempo que se me antoje —Dino volvió a reír suavemente. Le tomó de la mano y juntos salieron de la habitación donde le esperaban Romario y Kyoko con su trío de amigas con los trajes en mano.

Se revistieron con trajes formidablemente elegantes y fueron escoltados por las damas que alimentaron su rumbo al altar con los pétalos de rosas decorando su andar. Reborn los recibió con una sonrisa, dando inicio a la ceremonia. Donde sólo la promesa de soportarse, amarse y sobrevivir a las peleas tanto internas como externas, serían el sello de la noche. Compartieron los mismos anillos que compartieron en su falsa boda y otros nuevos de tributos Nube y Cielo. Cielo para Kyoya, Nube para Dino.

Demostrando que donde esté el cielo estará la nube, y la nube por distante que esté, siempre será guiada por el cielo.

—¿Alguien tiene la valentía de impedir la unión de estos dos? —se hizo la pregunta, donde después de un silencio de obvia negación fue la respuesta—. Entonces, los declaro oficialmente una pareja de amantes peligrosamente depredadora. —finalizó Reborn con una sonrisa. Donde la pareja tuvo que optar por besarse en público, siendo acompañada por otra lluvia de fuegos artificiales y el bullicio de los invitados aclamando el beso final.

El mismo Romario preparo un avión privado que los guiaría hasta donde ellos quisieran pasar su luna de miel, dándole el tiempo que necesitarían para estar juntos. Dino tomó la mano de Hibari y juntos se fueron, siendo despedidos con aplausos y fuertes cohetes en el aire creando en el cielo "D&H"

—¡Insieme per l'ternita! —se escuchó a lo lejos mientras el helicóptero emprendía su vuelo rumbo al aeropuerto.

Donde una vez en el avión con habitación privada, dos personas se entregaron mutuamente, discutiendo sin palabras lo mucho que se ansiaron, se extrañaron y lo mucho que se amaban y amaran. No importa que circunstancia los enfrentara, juntos la vencerían la siguiente vez. Nadie puede arrebatarle una presa que ya tiene depredador, y quien intente hacerlo sólo se le puede decir…

¡Buena suerte!

FIN.


Notas finales: Bueno, sólo queda por despedirme. Y agradecer a mis lectores: Kamui, Maacka, Pacozam, Kaoru y demás comentarios por acompañarme en esta historia. Gracias por ser pacientes y haberme motivo a seguir. Realmente me hace feliz que hayan disfrutado esta historia, así como yo disfrute al escribirla.

Aclaraciones: La boda fue planeada por Reborn, quien oyó la conversación a escondidas. Él también empezó a cuidar a Dino, siendo más precavido como Kyoya.

No quisiera alagar más mi despedida, porque siento que lloraré así que… ¡Gracias a todos! Y… esto fue:

¿Quién caza a quién?

¿Eres la presa o el cazador?