Cuando dos imanes coinciden en el mismo espacio y momento, pueden atraerse, o repelerse si presentan polos semejantes. Esta ley magnética, puede aplicarse a los seres humanos y a su impredecible habilidad para socializar. Las personas son cajas de sorpresas andantes: nunca sabes qué te vas a encontrar; son como los iceberg, sólo se ve una puntita y lo demás está escondido. Son como las sandías, no sabes su estado hasta que no ves el interior. Son como los libros, hay que leerlos para conocerlos.
Sasha y Connei comentaron esto, mientras, paralelamente, ocurría la cita a ciegas de cierto par.
—¿Crees que se llevarán bien? —dudó el marido.
—Conociéndolos a los dos, y siendo como son —dijo la mujer—, yo diría que lo más probable es que se emborrachen y acaben acostándose. Pero, no lo tengo muy claro, parecían muy formales y dispuestos a ir en serio.
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—Mi primer matrimonio fue un error de juventud, ¡sólo tenía veintitrés años! Duré un año casada. Por el amor de Dios, no sé cómo pude estar con ese mastodonte rubio. Y la segunda vez, fue con veintiséis. No sé cómo pudimos enamorarnos... Bueno, él se enamoró, yo solamente estaba ahí. A los dos años, ya estaba felizmente divorciada.
Eren asintió, balanceando su sexta copa de vino. Cielos, medio ebrio, y no podía estar más de acuerdo con Mikasa. La había conocido hacía media hora y ya notaba esa complicidad tan particular: la complicidad de los divorciados.
—Yo sólo estuve casado un año... u once meses, no lo tengo muy claro —Hizo un alto, y liquidó el contenido de su copa—. El último piropo que mi exmujer me dedicó fue "mujeriego inmaduro". Yo tenía un argumento perfecto para destrozarla, de verdad, la hubiese destrozado, pero no me dio el turno de palabra cuando levanté la mano.
Mikasa se rió, notándose las mejillas encendidas a causa del alcohol. Cielos, sí que tenían buen vino en ese restaurante. Y vino, más excelentes vistas masculinas, eran un coctel delicioso. Llevaba todo el rato pensando en que Eren estaba de (muy) buen ver.
Tenía el cabello castaño un pelín encrespado, despeinado cuan melena de león. Unas atractivas greñas le caían por la frente. Lo que más resaltaba en él, sin duda, eran sus ojos verdes con matices azulados. Y además, su barbita de tres días le encantaba. Siempre le gustaron los chicos con un poco de vello facial.
¿Todos los primos de Sasha eran tíos buenorros, o sólo la rama de los Jaeger contaba con genética maravillosa?
—No debí levantarla... —sentenció él.
Comenzaron reírse como desquiciados. Los demás clientes los miraban incrédulos, curiosos y extrañados. Jesús, se hallaban un poquito beodos. Hablaban tan alto que, involuntariamente, estaban enterando a los comensales de sus intimidades.
—Mira, tengo que admitir que este rollo no me va para nada —afirmó Mikasa, abanicándose con la mano—. Este restaurante no me gusta.
Eren dio la solución:
—¡Vámonos de fiesta!
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—¿Formales? —Connei no pudo evitar reír, sarcástico—. Si no los conociera, me lo creería.
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—¡Bébete uno más, invito yo! —Mikasa, alentada por su acompañante, tragó otro chupito de ron de miel recubierto de nata y canela. Era el cuarto. Se relamió los labios, saboreando la crema de leche que había quedado en ellos.
La discoteca estaba a tope de gente perreando, enrrollándose o bebiendo. Sin duda, la obscenidad en las letras de reggaeton motivaban a darlo todo en la "pista de baile". Las jovenzuelas restregaban el trasero contra las entrepiernas de los mozos. Por otro lado, unos veinteañeros se habían metido a los baños, a inhalar algunas rayas para aguantar toda la noche.
Eren, apoyado en la barra y vaso de vodka en mano, admiraba el cuerpazo de Mikasa Ackerman. Le había caído muy bien y, para rematar, su belleza quitaba el hipo. No había necesidad de escotes, porque a él, a diferencia de muchos hombres, disfrutaba dejarle cosas a la imaginación.
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—Venga, son adultos, que ya no tienen dieciocho —puntualizó Sasha—. Seguro que están charlando relajadamente.
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Mikasa se movía al ritmo de la mier—, música, perdón, que reverberaba en el ambiente. Una canción perteneciente al género reggaeton (Dios nos salve), cuyo nombre no quiero saber por mi salud mental y cultural. Su pecho rozaba con el de Eren, y este mantenía las manos en sus caderas, moviendo la cintura a la par que la de ella.
La abogada deslizó las manos por su pecho, acariciando la camisa negra, y Eren se mordió el labio inferior ante el contacto.
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—Son adultos físicamente y en el carné de identidad, Sash, pero psicológicamente...
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Se besaron con ansía, dejándose llevar por el más placentero pecado capital: la lujuria, que los condujo hasta el loft de Eren. La lascivia bañaba cada beso, cada caricia, cada suspiro. Manos que se buscaban, que iban y venían, dedos trazando labios hambrientos. Jadeos que decían más que mil palabras.
Dos cuerpos que emergieron en uno solo. Perfecto y momentáneo. Diez uñas clavadas en una espalda morena, unos labios insaciables trazando senderos en un cuello níveo.
Un vaivén, lento, como la caída de una hoja meciéndose de un lado a otro. Luego uno agitado, fuerte, profundo. Posteriormente, nació esa sensación, ese gran comedor de palabras, la antítesis de la retórica que sólo permite el gemido, el aullido, el grito; y va acompañada de una explosión que puede crear vida, cuan Big Bang, pero, afortunadamente, había una barrera para impedirlo.
Eren se desplomó al lado de ella, agotado. Se miraron, sus respiraciones aceleradas, y volvieron a buscar la boca del contrario por un instante, con calma.
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—Psicológicamente... son unos críos —finalizó Connei Springer.
