Anna de Arandelle era la única aristócrata potencialmente peligrosa para el movimiento que estaba surgiendo en las zonas más pobres del reino de los Arandelle. O al menos aquello pensaba Pavel Haakonsson, el único miembro de los R.S de Arandelle que se oponía a llevar a cabo la táctica que Alexandr Fiódorovich había creado.
Su creencia, puesto que aquello sólo era una sensación sin fundamento, provenía de la fama y carácter de la princesa; Pavel, a diferencia de otros, había tenido la oportunidad de conocer a Anna como a la chica con carencias afectivas que era. Y es que la pequeña de las hermanas, desde su nacimiento había padecido una ausencia sustancial de afecto debido a su origen de cuna y los problemas de Elsa. Mas precisamente por ello, Anna, a quien la soledad y el vacío la atacaban continuamente, suplía sus necesidades mostrándose agradable con los desconocidos y llevando a cabo actos altruistas, ya que, solamente de esta forma era capaz de conseguir la atención y cariño que deseaba.
El hombre, absorto en pensamientos de carácter opuesto, se deslizó hasta el borde de la cama y observó la fotografía que había a un lado de la mesa de noche. Después, sonrió al pensar en su hijo.
Lo que Pavel no sabía es que, a miles de kilómetros de allí, cientos de números, bueno, millones de ellos, recorrían la pantalla verde que Dimitri, un rebelde ruso, observaba y transcribía.
El muchacho, colega de Pasha, estaba codificando líneas de teléfono y asegurándose de que nadie les pudiera seguir el rastro.
—¡Dimitri!— gritó un hombre al verlo cabecear.
—¿¡General Marshkov!?— exclamó el muchacho despertándose de golpe.
—¿Se estaba usted durmiendo?
—No, no, no, es sólo que necesitaba cerrar los ojos. Me duelen de tanto mirar a la pantalla.
El general se aproximó al joven castaño y observó los papeles que habían sobre la mesa.
—Una excelente labor.
—Gracias señor.
—Pero quiero que abandone su puesto.
—¿¡Qué!? ¿Por qué?
—Se le ha asignado una misión más importante. Mañana mismo cogerá un avión hasta Vyborg y allí esperará ordenes del capitán Oleg de los Blancos de Suecia.
—Yo... No sé qué decir.
—No diga nada y limítese a llevar a cabo su misión con éxito.
Dicho aquello, Marshkov le tendió un sobre lleno de información y le invitó a descansar. Acto seguido, Dimitri recogió sus cosas y llamó a Pasha, quién a su vez reordenó sus pensamientos y contactó con Pavel para poner en marcha la operación Nieve roja aún cuando estaba en contra de la finalidad de esta.
Por aquel entonces en Arkham eran las tres de la mañana y la atmósfera que reinaba en el piso de Elsa era intranquila, puesto que, Anna, no dejaba de morderse las uñas y echar discretas miradas a su hermana intoxicando la calma que procuraba mantener la otra. Y es que la pelirroja, sentada en el otro extremo del sofá haciendo ver que miraba la televisión, se cuestionaba una y otra vez la forma de actuar que había tenido Elsa aquella misma tarde.
A decir verdad, la realidad de ambas era completamente distinta, pues prácticamente vivían en mundos distintos, y aunque tuvieran problemas idénticos, los caracteres formados eran tan diferentes como complejos.
—¿Estas bien?— preguntó Elsa al ver que Anna empezaba a hacerse sangre en los dedos.
—Sí, sí.
—¿Segura? No lo parece.
Anna observó a la rubia escudriñarla con la mirada, repasar su rostro y manos con aquel feroz mirar. Entonces, sintiose desnuda ante Elsa.
—Bueno, veras...— dijo la pequeña con cierta timidez. —Hoy escuché a alguien hablar de ti y me preguntaba si aquello que decía era cierto.
—¿Y qué decían?
La menor enmudeció de repente sintiéndose insignificante y amedrentada por aquella mirada tan penetrante. Sí, tenía miedo. Miedo a ser causa de ira y volver a estar sola como antaño.
—Nada, olvídalo.
De nuevo el silencio reinó entre ellas, pero Elsa no iba a ser quién abriera la boca; así pues, el silencio gobernó durante lo que quedaba de película hasta que fueron a dormir y la mayor volvió a insistir en el tema.
—No es nada— respondió Anna. — Es sólo que he leído unas afirmaciones tuyas por internet y me parecen totalmente inventadas.
Fue entonces cuándo Elsa comprendió que no tenía escapatoria alguna si quería mantener aquella reciente amistad, pues si bien es cierto que podía mentir, o explicarle lo que algunos tildarían de retorcido plan, prefería decir una de aquellas mentiras piadosas que tan bien se le daban.
—No te preocupes peque, no es nada. Son parte de una entrevista.
—Pero Elsa, ¿por qué dijiste aquello? — insistió Anna.
—Anna, en política uno debe hacer pactos con el diablo si es necesario. Es algo muy complicado, no lo entenderías.
—¿¡Cómo que no!?
En vista del posible nefasto final para ambas, Elsa atrapó el menudo cuerpo de Anna para no soltarlo durante un buen rato. Y Anna, ante el cálido contacto de su hermana se dejó llevar por la extraña sensación que sentía en el pecho y se relajó.
—Tu tranquila, cuando llegue el momento ya lo sabrás — murmuró Elsa mientras bajo el pesado edredon intentaba hacer sucumbir a su hermana a través de dulces caricias.
— Esta bien, sólo una cosa más. ¿Es cierto que papá te ha prometido?
—Sí, pero eso no significa que lo vaya a hacer.
Ambas volvieron a sumirse en un atractivo silencio que permitió a la pequeña paladear la soledad y autocompasión que desprendía su hermana, ya que, aunque Elsa jamás lo aceptase, desprendía una extraña sensación de reclamo de afecto que evidenciaba a través de ese carácter frío e hiriente.
—¿Qué crees que nos pasará? ¿Crees que te enviará a Rusia?
—Espero que no. Dejar el reino en tus manos sería un suicidio.
—¡Eh!— exclamó Anna saliendo del embrujo de las caricias. —¡Ya no soy una niña!
—Lo sé peque, era sólo una broma.
—No es agradable que te traten como a un mocoso— se quejó la pequeña mientras le daba la espalda a Elsa.
—Vamos, no te enfades. Ya sé que eres toda una mujer.
—Pues no lo parece— gruñó la pelirroja sintiéndose ofendida.
—¿Y qué quieres que haga para demostrarlo? —preguntó Elsa mientras se deslizaba entre las sabanas. —¿Susurrarte al oído lo hermosa que eres?.— preguntó al tiempo que se lo susurraba.
—¡Elsa!— se quejó Anna mientras volteaba. —¡No hagas eso!
Elsa soltó un suave risa y se separó de la pequeña lo suficiente como para dejar de invadir su espacio vital.
—¿Por qué?— preguntó curiosa.
Enrojecida de la vergüenza e inapropiadas palabras de su hermana, Anna se recostó en la cama y se enfrentó a la crapulosa que tenía frente a ella.
—No es eso, pero, ¿es que a caso no tienes pudor alguno?
—¿Pudor? ¿A qué viene eso?— preguntó sin comprender nada.
—¿De verdad me lo preguntas? ¿Ves normal decirle eso a tu hermana?
—¿Sí?— preguntó en forma de afirmación. —Sí, ¿no?—. Pero la cara de Anna le hizo decantarse por el otro lado. —No, no. Claro que no.
—De verdad, Elsa, ¿qué haré contigo? Era cierto que no tienes ni idea de cómo interactuar conmigo.
Frente aquellas inocentes palabras Elsa enmudeció; al reflexionar sobre las palabras de Anna, la verdadera historia de ambas se entrevía. Y es que pese a ser familia y poseer un vínculo sanguíneo, todos aquellos años de separación, el vacío de la perdida repentina de afecto, había impactado con tal magnitud que la simple idea de que algo así se repitiera se había vuelto un representación fóbica por parte de ambas; Elsa, entristecida por ello murmuró unas disculpas y Anna acarició su mejilla mientras sonreía con complicidad.
—Tranquila— respondió la pequeña.
Aunque ella no lo estaba en absoluto, pues en ella, esa falta de cariño, al haber sucedido en una edad tan temprana, la excesiva variación de afecto sufrido había contribuido al desarrollo anómalo de su sexualidad y crecimiento. Algo observable en momentos como aquel, momentos en los que si alguien mostraba un mínimo de deseo hacia ella (o que al menos que así creyera ella), su libido reaccionaba instintivamente pese a lo que ella pensara. Y eso, sumado al tiempo que habían estado distanciadas y sus desesperados intentos de ser querida por Elsa, le ofrecía cierto nerviosismo que en podían ser malinterpretado como deseo.
—Aún así— intervino la platinada al ver que Anna no contestaba. —Si te es molesto no volveré a hacerlo; sé que no soy la mejor hermana y que no sé tratarte como debería pero me esfuerzo por ello.
—Gracias— respondió Anna sintiendo como todo el malestar dejaba su cuerpo.
A diferencia de la pelirroja, las carencias afectivas de Elsa habían hecho mella de una forma muy peculiar; en la preadolescencia, la falta de cariño por parte de sus padres le habían provocado fuertes
trastornos del comportamiento que la habían llevado hacia el camino de la rebeldía y la formación de un grupo de amigos en los que ella, gracias a sus dotes sociales y oratoria, la habían ayudado a ser la cabecilla. En consecuencia, en la adolescencia, y embriagada por este poder e invencibilidad, se había dejado llevar por actos impulsivos de forma frecuente y había caído en la primera adicción de su vida: alcoholismo.
—No hay de qué— contestó con timidez Elsa. La misma mujer que, ahora, en su juventud, había sufrido una gran pérdida de la capacidad de amar a los demás pero que ahora parecía valorar a alguien más que a sí misma.
Pues, a decir verdad, una importante disminución del amor propio la había llevado a llenar su vida con acciones impulsivas o que causasen dependencia para suplir ese amor sin necesidad de tener que ser reciproco.
—Será mejor que vayamos a dormir— comentó finalmente Anna.
—Sí, mañana me espera un largo día— añadió Elsa.
Como si de dos amantes se tratase y envueltos por un aire misterioso, dos hermanos paseaban por la plaza del palacio. Allí, abrigados por los edificios circundantes que formaban la residencia del zar, confabulaban para huir del inminente caos; desde la Rusia más profunda y rural llegaban las noticias de revueltas. Campesinos que se habían armado y quemaban tierras, destrozaban hogares de terratenientes o decapitaban a aquel que estuviera en contra de Dios sabe qué. Todos tenían un motivo distinto, cada uno quería una cosa, pero aquella insatisfacción y rebeldía se estaba contaminando en la ciudad.
—Mañana saldrás hacia Peterhof con los chicos. Quiero que guardes bien la documentación de todos ellos y que se la entregues a Ivan, él se encargará de que os rechacen la salida del país y tengais que volver. Obviamente tú, te quedarás, porque esa documentación se extraviará y tendrás que quedarte a la espera de que aparezca. Cuando Peter te diga que has de volver, el capitán Yuri se encargará de llevarte hasta Smolyachkovo y yo te esperaré allí. ¿Me has entendido?
La muchacha asintió con la cabeza y el muchacho prosiguió con la explicación.
—Yo no podré quedarme contigo, ya que una vez lleguemos a la frontera Oleg se hará cargo de ti.
—¿Y tú?
—Yo debo luchar por la madre patria.
Ambos hermanos se miraron a los ojos con tristeza sabiendo que iban a ser separados, se abrazaron y poco después tuvieron que volver a sus respectivos quehaceres.
Sveta iría a preparar la ropa para el viaje, empaquetaría la comida y guardaría la documentación de los hermanos. Su hermano, por el contrario, debía llamar a sus compañeros y avisar de que ya se había puesto en marcha el plan.
Con suerte para ambos, cuando la hermana estuviera fuera los primeros manifestantes obreros ni se habrían levantado.
