RESISTANCE

X-2 SCAR

Mi vida no la planee, mucho menos quise ser una especie de renegado en mi familia. Tenía tanto tiempo en soledad, es por eso que quizás me formé como era. Con una cicatriz en el corazón.

Mi familia real era el centro de atención entre todos mis conocidos, pero yo era distinguido como "el adoptado del Rey" todo el tiempo soportando ese término hasta que mi juventud me dio para investigar más allá de esa etiqueta que cargaba en mi piel.

-Debes ser muy afortunado- me decía uno de mis amigos con quien jugaba en las praderas. -Ser hijo de un Rey te debe de dar todas las facilidades- yo obviamente me reía de lo que él me decía ya que no tenía idea de lo que significaba ser parte de una familia con renombre, mucho menos ser reconocido por no pertenecer oficialmente a ese linaje y ser un añadido entre ellos.

-No digas eso, yo no sé cómo es que el Rey me escogió como un hijo suyo- le decía mientras me creía una mentira, yo no era adoptado, pero algo me obligaba a seguir esa vil excusa para que mi padre no fuera juzgado y después hubiera una disputa con mi hermano Mufasa.

¿Quién era Mufasa?... no era más que otro obstáculo en mi vida... aunque para ser franco en un principio no lo fue, cuando eres pequeño no le das importancia al poder, a la gloria ni a ninguna de esas banalidades por las que se rige el mundo, a decir verdad siempre he pensado en quedarme joven, porque así ignoras todo ese sufrimiento del que te enfrentas cuando creces. Probablemente fue eso lo que me hizo apartarme de mi hermano Mufasa.

-¡Mufasa apresúrate!- le gritaba a mi hermano mientras jugábamos carreras a cercanías del Reino, siempre lo hacíamos cuando éramos aún unos cachorros.

-¡Espera Taka!- me decía casi jadeando de cansancio. -Eres muy rápido... vaya creo que ya sé porque te dicen la el león bólido por aquí- reía mientras tomaba aire para lanzarse al ataque contra mí, por supuesto todo era un juego, era muy normal entre nuestra edad ese tipo de peleas, aunque algunos decían que ahí se mediría la fuerza del león más fuerte en su madurez. Jamás creía eso, mi hermano era bueno para esas riñas, aunque por alguna razón sentía que siempre me dejaba ganar, eso me enfurecía porque sabía que no demostraba su verdadera fuerza.

Mientras crecíamos, los juegos se hacían más agresivos, ya dolían los golpes y rasguños, aunque seguía siendo parte de nuestro ritual de hermanos. Ya comparábamos la fuerza de cada quien, además nuestro padre ya veía aquellos combates, pero mi madre parecía preocupada cada vez que le hacíamos más daño al contrario. Inclusive ya empezábamos a retar a algunos leones jóvenes que crecieron a la par de nosotros, estábamos sacando ese ser salvaje del cual yo disfrutaba, aunque a mi padre Ahadi no le parecía que yo ganara más peleas que Mufasa, por lo tanto empezó a obligarme a quedarme con mi madre, para ayudarla, en mi sangre fluía un guerrero del cual poco a poco se fue extinguiendo por culpa de esa limitación de mis capacidades. Inclusive Mufasa llegó a verme llorar por aquella necesidad de ser algo que ya no volvería a ser nunca más.

-Eres muy peligroso, juegas muy rudo con los demás- eran las palabras de mi padre Ahadi, las cuales no entendía. Si era su hijo debía permitirme crecer... ¿o solo por ser parte de su mentira tenía que limitarme?

De pronto empecé a notar que mi padre no sólo le dejaba hacer lo que le plazca mi hermano, sino que también lo instruía para tener mejor técnicas de batalla, para seguir ejercitándose, inclusive lo ayudó para su primer rugido, cosas así que un padre debía dejarle en la memoria de sus hijos, pero no tuve eso por miedo de que lo juzgaran por tener otro hijo en la familia. Mi madre Uru siempre estuvo a mi lado apoyándome para que ignorara mi alrededor, pero era muy tarde, ella sabía que lo que hacía mi padre era injusto inclusive llegué a verlos pelear por esa decisión.

Cada noche salía a mirar las estrellas con la esperanza de encontrar alguna respuesta, pero no había nada, algo me decía: Ríndete, pero otra parte de mi gritaba: Lucha.

Y aquella pregunta se respondió un día que fui a pasear solo mientras seguía a mi padre y a Mufasa a escondidas, era otro de esas caminatas para mostrarle el Reino, pero yo perdí el rumbo y me seguí hasta una parte verdosa la cual había ignorado porque no tenía la sabiduría que mi padre le propiciaba a mi hermano.

-¡Mira eso Banzai!- escuché en el largo pastizal dorado, mientras los largos árboles se movían, yo trataba de buscar de donde había escuchado esa voz, parecía que estaba muy cerca, pero por más que daba vueltas en mi lugar no encontraba de donde había prevenido esa voz.

-¡Un león!- gritó de nuevo aquella voz. -Oh, pero no hay nada de qué preocuparse chicos, apenas es un cachorro.

-Lo sé Shenzi, pero eso significa que su familia está cerca- dijo ahora alguien más, al parecer era un trío de animales que me veían ya que se escuchó una risa tonta junto a la charla, pero no sabía de donde podían verme, así que traté de ocultarme entre la hierba para que no me encontraran, hasta que di varios pasos atrás y choque con lo que parecía una hiena joven.

-Oh, hola amiguito, ¿te perdiste?- me dijo una hiena con sus ojos saltones amarillos con un pelaje gris oscuro, las tres tenían un mechón en la cabeza de color negro, pero uno distinto en cada una, la hembra tenía el más largo mechón, mientras que los machos apenas si tenían unos cuantos pelos en la cabeza. En su lomo crecía un largo pelaje negro en punta. Tenían unas manchas oscuras en su cuerpo. En las puntas de las patas su pelaje se volvía oscuro mezclado con el color de la tierra marrón. -¿Qué te quedas viendo?, ¿acaso te damos miedo?- al decir eso las tres hienas empezaron a reír.

-No es eso, sólo que jamás había visto animales como ustedes... creo mi padre me dijo que eran hie... hien- antes de terminar las hienas me interrumpieron para presentarse.

-Hienas- ríe la joven del grupo. -Él es Banzai- lo señala con su pata a quien estaba mordisqueando a su amigo quien sólo reía de la situación. -¡Banzai!

-¿Qué?- respondió soltando a la otra hiena que parecía que moría de un ataque de risa.

-¡Deja de morder a Ed!- le ordenó la hiena mientras se acercaba a él y lo golpeaba con su pata en la cabeza.

-Pero... ¡tengo hambre!- dijo Banzai quien recibió otro golpe de la hiena que parecía enfurecida.

-Oh... lo siento yo soy Shenzi, la única inteligente cuidando a ese par de tontos- voltee a verlos y parecía que Banzai seguía intentando comer a su amigo a mordidas.

Yo no pude aguantar la risa por aquel grupo tan peculiar, lo cual a los tres los dejó en duda.

-¿Qué pasa?, ¿qué es divertido?- me preguntó Shenzi.

-Pues... ustedes- y volví a reír.

-¿Se supone que hacemos algo gracioso?- le preguntó Banzai a Shenzi, quien me miró molesta por mi actitud.

-Oye si mi amigo dice que tiene hambre es en serio, de verdad tenemos hambre, no hemos comido en días enteros, no sé qué tiene de gracioso para ti.

-De acuerdo, lo siento no sabía eso, pero bueno, ¿por qué no han comido?, ¿acaso no hay comida en su Reino?- solté la pregunta equivocada, yo no sabía dos cosas de las hienas, en primer lugar no tienen reino porque ellas son excluidas en cavernas o en pequeños grupos, segundo no tienen dónde comer ya que hay depredadores a la orden, en realidad ellas eran la comida, ellas sólo se alimentaban cuando estaban en un grupo considerable, pero en aquellos casos debían esperar mucho tiempo o terminando comiendo los restos de otros, por lo tanto su alimento era un poco más difícil que a los leones que sólo salíamos a cazar y listo, la diferencia de peso y tamaño es abismal.

-¡Oye niño!... es en serio que tengo hambre- me dijo Banzai tocándose su panza que rugía constantemente.

-Si... la verdad es que llevamos buscando ayuda para que nos propiciaran un poco de alimento y queríamos saber si por casualidad- decía Shenzi de manera que me pudiera convencer, la verdad no veía nada de malo el que ayudara a otros, mi madre decía que tenía que ayudar a quien más lo necesitaba, darles un poco de nuestra recolección que llevaban las leonas a mi hogar no era nada malo, así que cada semana me encontraba con aquellas hienas para darles una ración. A cambio ellas me daban información del Reino y sus alrededores, al mismo tiempo que me decían dónde estaría mi papá para poder llegar a tiempo sin que me descubriera.

Todo iría bien hasta el momento en que la comida para los leones también empezó a escasear, y la demanda del Reino era mayor así que las visitas de las hienas tenían que ser muy minuciosas para que mi padre no se diera cuenta de lo que hacía con la comida, pero Tale se enteraría de lo que estaba haciendo, además de la amistad que me estaba formando con las hienas, así que le informó a mi padre lo ocurrido y esa noche quise olvidar ser parte de todo lo que involucraba a esa familia, la cual ni siquiera admitía que yo era parte de ella.

-Taka... estoy enterado de lo que has hecho- era la voz de mi padre, profunda e imponente, a todos intimidaba su apariencia y tamaño. -Creo hijo...

-No me llames hijo- le dije en voz baja y sin verle a los ojos, aún era joven, pero mi presencia como príncipe ya la hacía notar al ir a la contraria de mi padre.

-No estoy para tus tonterías Taka, ¿sabes lo que acabas de ocasionar?- me gritó y me mencionó sobre lo que ocasionó la escasez de comida en el Reino, pero yo aún no podía creer que tres hienas habían acabado en tan sólo unos días con la comida. -¡Mírame Taka!- me gritó exigiéndome que le tomara atención, pero yo trataba de ignorarlo.

-¡Tú nunca me haces caso!, ¿por qué tengo que hacerte caso a ti?- le dije comenzando a llorar, me dolía hablarle así a mi padre, pero él tan sólo permanecía callado cuando le reclamaba cosas así.

-Te he dado hogar, comida y el cariño que una manada puede propiciarte, ¿por qué insistes en que no te doy nada?- me dijo, pero eso me hizo sentir peor, mi padre tan sólo me satisfacía para callarme, pero no para verme feliz.

-Te odio- y así le dije una frase que me quemaba la garganta el decírsela, pero no me arrepentiría después de que mi padre alzara su garra y me golpeara en el rostro.

-¡Eres un insensato!- sus garras se enterraron y rasgaron mi ojo izquierdo, pero no sangraba, era un dolor seco que ardía demasiado, lo cual me hacía regar más lágrimas por la acción de mi padre. –Aún eres un niño, no tienes idea de la carga que significa ser un rey Taka, ¡no todo trata de ti y si no te he prestado atención es porque estoy ocupado!- me gritó para después voltearse e irse hacia un manantial el cual acostumbraba para meditar las cosas. Ni siquiera me pidió perdón, yo tan sólo corrí junto a mi madre para contarle lo que había pasado, ella siempre me escucharía y sabría que tenía razón.

Aquella rasgada se volvería parte de mi identidad que no olvidaría, mi cicatriz que simbolizaría todo el sufrimiento que mi propia familia había causado, que cargaré para mostrarles a los demás que aún permanezca con las heridas abiertas, mi corazón es el que ardería porque mi interior busca esa felicidad interior, ese lugar donde seré uno más con todos y no por un título. Esa cicatriz era yo a gritos en mi piel. Le mostraría a todos los que me vieron crecer mi verdadera piel, que está debajo de mí. Ésa que mi padre siempre quise que viera.

A la mañana siguiente, mi padre se iba del Reino, al parecer en búsqueda de algo importante, pero serían unos días, mi madre en parte estaba complacida con que se fuera porque después de lo que me había hecho, no podía ni verlo a los ojos de la rabia que sentía. Mi hermano Mufasa se enfurecía porque pensaba que era mi culpa el que se fuera, pero yo no tenía que darle explicaciones a él, no entendería ni creería que nuestro padre el cual lo trata como el Nuevo Rey, sea capaz de atacar a su propio hijo.

Durante ese tiempo mi hermano y yo volvimos a pasar juntos, pero esta vez se notaba la distancia entre ambos. Pero gracias a las hienas yo ya conocía los alrededores del Reino, cosa que a Mufasa se le prohibía para que no se involucrara con demás reinos, ese día conocería a una de las razones por la que mi búsqueda por la felicidad se volvió constante, perseverar era de las cosas que tenía que hacer para mantenerme estable. Pensé que olvidar todo lo que me afectaba, lo de mi padre, mi hermano y mi situación en la que era parte de una mentira.

-¡Ayuda!- gritaba alguien de voz femenino a lo lejos de donde estaba. Yo me la pasaba investigando mis alrededores, hasta que escuché esos gritos pidiendo socorro. -¡Por favor alguien!- en ese momento estaba cerca de un pantano profundo, lo cual vino a mi mente el como una cría de jirafa fue atrapada por aquel fangoso lugar, pensé que alguien más había sufrido lo mismo así que corrí hacia el pantano que tenía cerca de mí y acercándome lentamente para no caer, avisté a una leona joven, que por su apariencia parecía rondar por mi edad.

La leona sacudía sus patas desesperadamente en busca de poder salir, pero unas ramas dentro del pantano la impedían nadar a la orilla. Se estaban haciendo nubes de polvo por la manera que el agua se agitaba y golpeaba la tierra, al mismo tiempo que esto creaba más lodo, haciendo más extensa la distancia entre la joven leona para su salida.

-¡Espera un momento!, ¡voy por ayuda!- era lo único que podía hacer ya que mi madre me había dicho que si alguien estaba en peligro debía pedir ayuda a un mayor. Volteé a todos lados, pero no encontré a nadie capaz de ayudar, lo pensé por un segundo, pero la leona seguía gritando, no podía salir huyendo de la situación así que corrí y me lancé al pantano para poder ayudarla, aunque al principio parecía lo contrario.

El pantano definitivamente estaba profundo, mi cuerpo completo estaba hundido bajo el agua, se sentía viscosa, además parecía que las plantas se adherían al pelaje. El sol también me agotaba más y era la primera vez que nadaba, pero debía permanecer tranquilo como el padre de aquella jirafa que logró rescatarla.

-Relájate, ya me estoy acercando- le dije para intentar calmarla, pero ella permanecía nerviosa, además el agua ya le llegaba a su rostro, lo cual me preocupaba aún más. En ese momento intente sumergirme, pero las plantas que estaban debajo parecía que me impulsaban a la superficie, pero al mismo tiempo se enredaban en mis patas. Yo con unos simples pataleos logré liberarme de ellas, pero aún sentía que las hojas se adherían a mi piel y por alguna razón hacían torpe mi nado.

De repente no escuché su voz, y en un intento más para sumergirme, logré permanecer bajo el agua aguantando mi respiración, abrí los ojos bajo el agua, el ambiente era verdoso y oscuro, con tonos grisáceos y con un tapiz de vegetación que estaba viviendo en ese hábitat. Una corriente me succionaba, pero yo seguí pataleando hasta poder avistar a aquella leona que estaba a punto de tocar el fondo del pantano. La luz que llegaba del sol a la profundidad me ayudaba para guiarme.

Mi cuerpo estaba necesitando aire, así que me apresuré por llegar al fondo. Ahí sentí una gran presión para poder patalear, inclusive sentía como de repente mi cuerpo era impulsado hacia arriba. Y como si estuviera empujando algo, seguí yendo contra corriente, tratando de evitar las enredaderas y las grandes plantas que se abrazaban a mí.

Ese último esfuerzo ayudó a que pudiera acercarme a la leona que ya había tocado fondo, formando una polvareda en el agua, lo cual me llegó a afectar la vista, pero aun así ya estaba cerca. La traté de tomar con mi hocico y jalar su cola, pero una rama se había atorado en mi pata trasera. Debido a eso alcé mi pata derecha para tomar su cola y con mi boca la tomaría para que el agua me impulsara junto a ella. Primero tomé su cola con mi garra, aunque fue difícil ya que seguía atorado. Para cuando la pude tomar el pantano parecía que nos quería fuera de él, así que las plantas me sujetaron, pero jalaban y así pude liberarme, aunque el peso de ambos dificultaba el que pudiéramos subir a la superficie.

Una vez afuera tomé un gran respiro, mi cuerpo estaba completamente empapado, lo cual me hacía pesado el caminar, pero tenía que seguir para salvar a aquella leona que permanecía inconsciente. Me preocupé, mientras la arrastraba para que se alejara del agua. Seguía agitado, mi aliento acelerado y la situación me mantenían en un estrés que llegaba a darme demasiada presión, ahora yo no sabía que hacer ya que la leona permanecía con los ojos cerrados, por más que le hablaba no me respondía, lo cual me daba miedo, algo claramente no estaba haciendo bien.

En ese momento recordé lo que el padre de la jirafa había hecho para que su hija recobrara la consciencia. Entonces mis recuerdos me dieron la respuesta. Un acto un poco extraño en donde acercaba su boca y soplaba dentro de ella. Probablemente esté mal, pero era mejor que no hacer nada, así que inmediatamente me acerqué a ella, con un poco de dudas y tratando de no hacer algo mal, me acerqué a su rostro y abrí su boca, me sentí raro por un momento, olvidando lo que tenía que hacer, pero antes de que soltara aire dentro de ella, sentí como su boca se movía y sus ojos se abrían en sorpresa.

Ella gritaba aunque por mi boca se lo impedía, así que nos separamos y ella soltó un grito que inclusive asustó a los suricatos que estaban por ahí.

-¡¿Qué estás haciendo?- alarmada, dio pasos atrás y nuevamente cayó al agua, pero esta vez estaba más cerca de la orilla, por lo que en un segundo se volvió a levantar y se incorporó hacia la tierra, llenándose de lodo todo su cuerpo. Yo no pude evitar reír, pero ella no parecía muy contenta.

-¿De qué te ríes tonto?- al decir eso la joven leona, se molestó y pidió explicaciones al respecto. -¡¿Qué estabas haciéndome antes?

-¡Te salvé la vida!- le grité para que entendiera lo que había pasado.

-¿Tú me salvaste?, pensé que te habías ido a buscar ayuda… no sé qué decir- ahora ella estaba sonrojada, algo que no entendía del sexo femenino era como cambiaban de sentimientos rápidamente.

-Un gracias estaría bien- le dije porque ya me había molestado que tomara tan insignificante que la salvaje.

-Lo siento, es que… bueno… tienes razón… muchas gracias- lo dijo con una ternura que me conmovió profundamente, y aunque ella estuviera envuelta en lodo, de alguna manera sus ojos verdes me gustaban, jamás me había fijado en una leona de esa manera, era un sentimiento muy extraño. –Bueno… me tengo que ir, porque si mi padre me encuentra aquí se molestará- río y como si no hubiera pasado nada… corrió para regresar con su familia, pero antes regresó para decirme algo más. –Oye… me llamo Sarabi… ¿y tú?- me quedé pensando un momento… pero no salían palabras así que ella se adelantó y dijo. -¡Ah ya sé!, te llamaré Scar.

-¿Scar?- pregunté por su palabra.

-Sí, por tu cicatriz… te hace ver… fuerte- al decirme eso sonreí. –Muy bien, nos vemos mañana aquí mismo.

Y se fue. Estaba pensando en lo que había hecho por ella, pero lo que hizo por mí era mucho más, y era su amistad. Nos seguimos viendo durante mucho tiempo, inclusive ya cuando dejamos de ser jóvenes, prácticamente había crecido a su lado. Cada dos días la veía y todo el tiempo pensaba en ella, trataba de disfrutar cada minuto, inclusive una vez mi hermano trató de seguirnos, pero obviamente él no sabía dónde quedaba nuestro lugar especial. Toda esa alegría opacaba todo lo del pasado, inclusive ya no me importaba si mi padre le daba más atención a Mufasa, ya no me importaba mientras estuviera con ella, porque Sarabi inclusive notaba que mi melena ya estaba creciendo, tomaba en cuenta cada palabra que le decía, pero no quería admitir ese sentimiento que ya me había explicado ella; amor. ¿Pero qué era el amor?, ¿inclusive una persona como yo podía amar?, eso me cuestionaba cada que la veía.

Algunas veces inclusive me imaginaba el hecho de que éramos pareja y teníamos una manada, si mi familia no me admitía como rey, yo haría mi propia historia en otro lugar alejado de todo.

Hasta que un día ella llegó llorando a aquel lugar, yo en cambio tenía mi idea para huir y crear nuestra manada, pero en ese momento ella no tenía ánimos para soñar despierta. Su padre había fallecido.

-¿Cómo pasó?- le pregunté, pero ella no respondía, hasta que se arrojó hacia mí ahogada en su llanto, yo en ese momento no sabía qué hacer, me sentía raro, no había palabras, todo estaba en silencio.

-Fueron los Rebeldes- me dijo casi gritando de dolor. –Lo atacaron en emboscada, ni siquiera le dieron tiempo de pedir clemencia- yo ya había escuchado de esos Rebeldes, al parecer era un grupo de leones jóvenes que tomaban justicia y tomaban territorios para ampliar su poder. En ese momento no quise decir nada porque yo en lo personal había tomado una admiración por los Rebeldes, aunque jamás había pensado que ellos comenzarían a atacar a miembros de la realeza.

-Tenemos que irnos- le susurré al oído, pero ella quedó perpleja por mis palabras.

-¿Qué estás diciendo?

-Te estoy diciendo que…

-Escuché lo que dijiste Scar, pero no puedo creer que en el momento que estoy pasando te pongas a pensar en eso… no estoy preparada ahora te lo he dicho… ¡mi padre me ha dejado!- gritó con furia. –Malditos Rebeldes… me separaron de mi única familia… debo de ir con los Sabios… ellos me ayudarán para que pueda vencer a los Rebeldes.

-¿De qué hablas?... ¿derrotar a los Rebeldes?... ¿estás pensando lo que dices?... ellos son unos mercenarios, no pueden ser vencidos tan fácilmente y menos tú sola… ¡no lo permitiré!, ¡iré contigo si es así!

-No Scar… yo iré sola… es mi padre y yo debo luchar por él, por favor prométeme que no me seguirás…

-¿Cómo me puedes pedir eso?, llevamos varios años juntos, ¿sólo vienes y me dices adiós?

-Sé que es precipitado, pero quiero resolver esto sola Scar… por favor… cree en mí, es lo que más necesito ahora, por favor espera por mí- aunque ella seguía llorando, no quise seguir su estado, porque sabía que no serviría, pero el adiós era doloroso, aunque por alguna razón, sabía que todo era un hasta luego.

Y un adiós trae una bienvenida, o quizás un mal recuerdo. Mi padre volvió después de su larga ausencia, cuando pensaba que todo estaba peor, mi padre empezó la iniciación de mi hermano para cazar, ya nada podía empeorar más.

Los días sin Sarabi eran eternos y vacíos, pronto todo el tiempo era revivir esos días a su lado y mirar el cielo en búsqueda de ella, pero pronto recordé algo que ella misma me dijo sobre mi situación con mi padre. "Hazlo tú mismo" esa frase estaba en mi cabeza todo el tiempo mientras yo intentaba cazar animales, aunque fracasaba, sentía que esa era la única forma de seguir adelante, fallando era la manera de mejorar. Yo no me alimentaba de lo que cazaba Mufasa, sino de lo que yo podía recolectar, que eran animales de pequeño tamaño, pero para mí eso me llenaba más que todo lo que llevaba al reino Mufasa, pero ese sentimiento de rencor y furia volvía cada que veía a lo veía triunfar. Todas las leonas del reino estaban locas por él, al igual que de otros reinos, estaba enfermo de escuchar todo el tiempo su nombre, que para todo era él, y el inútil era yo. Estaba enloqueciendo, más porque tenía la prueba en mi rostro de que yo era una broma de mi familia, un ser abandonado que sólo era arrumbado junto a las memorias del olvido.

Cuando me di cuenta que ya podía cazar pequeñas crías, me dispuse a cazar unos antílopes que estaban a cercanías del reino, eran de color grisáceo y parecían distraídos. Tomé la iniciativa y sigilosamente me arrastré para poder cazar por lo menos a uno, iba a ser mi más grande presa, pero antes de que me lanzara al ataque, escuché una voz irritante y chillona.

-¡Principe no lo haga!- era mi mayordomo real; Tale. Un pájaro de color verde que llegó junto a su hermano Zazú enviados por los Sabios para cuidar de Mufasa y yo. En un principio Tale era en ese momento el único en la familia que sabía cómo me sentía realmente detrás de todo, aunque después esas cosas cambiaron una vez que me enteré que le contaba todo a mi padre Ahadi. En ese momento me preguntaba, ¿en quién podía confiar?

-¡Cállate!, ¿qué no ves que estoy casando?- le dije al ave molesta que seguía revoloteando arriba de mí.

-Lo siento su alteza, pero pienso que es peligroso para usted.

-Yo decidiré que es peligroso para mí, ¿de acuerdo?

-¡Pero príncipe!- insistía Tale, pero en ese momento empecé a ignorarlo y me lancé a los antílopes. Después de eso mi mente se puso en blanco. Después desperté y me levanté rápidamente, miré a ambos lados, pero tan sólo miré a un león de melena negra y ojos azul-verdoso, con melena corta, parecía que reía, pero yo sólo pregunté:

-¿Dónde están?- pregunté, pero nadie me respondía.

-¿Quiénes su alteza?- dijo Tale, pero no entendía todavía lo que había pasado.

-Los antílopes, ¿dónde se fueron?- el otro león siguió riéndose, quería saber que era lo gracioso así que no dudé en preguntar. -¿Qué… quién eres tú?- pero él seguía ignorándome y continuando divertido. -¡Oye te estoy hablando!- grité desesperado y lancé un pequeño gruñido que me hizo avergonzarme de mí, mi rugido aún no lo había descubierto.

-¿Cómo osa burlarse del príncipe Taka en Tierras del Reino?- indignado, Tale ya se había molestado por la actitud de aquel león, pero yo ya había comprendido que era una vez que empezó a hablar de "los príncipes" como seres ineptos.

-Déjalo Tale, es clásico de un Rebelde- al decirle a Tale que él era un Rebelde, él se alarmó, pero el otro león pareció tranquilo, hasta que empecé a hablar de los Rebeldes. –Ellos intentan sabotear al reino para imponer sus propias reglas, porque les parecen injustas las ya propuestas- en realidad sabía eso porque yo ya había visto varias reuniones a escondidas, pero antes de que siguiera hablando de los Rebeldes, mi padre llegaría con su arrogancia a pretender ser superior a todos.

-Y tú cachorro, ¿qué se te ofrece?- le preguntó mi padre a aquel Rebelde, él estaba diciendo que me había salvado de aquellos antílopes que me habían golpeado.

-¿Salvarlo dices?... pero mi hijo tiene mi sangre de guerrero, es absurdo que digas que no puede con un antílope, ¿acaso te burlas de mi hijo?- cada vez que decía mi padre "mi hijo" sentía que me clavaban una espina en mi corazón. ¿Por qué con otras personas me presumía como si fuera lo mejor, pero con otros me desconocía completamente?

Después de eso hubo otra pelea con mi padre, en donde decía que yo era diferente y por qué no me parecía a mi hermano en absoluto, eso me hizo estallar, hasta el punto de gritarle lo que quizás en un futuro me hubiera arrepentido, maldito el momento en que regué esas palabras, porque unas horas después, tu tiempo se detendría y mi razón por continuar se iría contigo.

-¡Ojalá mueras, estoy harto que siempre le des más preferencia a mi hermano!, ¡es por eso mismo que ya no quiero permanecer a esta maldita familia!- ese deseo se volvería realidad… mis palabras al parecer ardían de dolor por un padre que jamás me reconocía, pero que en su último suspiro me soltó lo mejor que me haya dicho mientras lo conocí.

"Basta, no necesito saber más, es culpa mía, jamás tuve el valor para apreciarte y conocer más allá de tus habilidades. Eres más grande de lo que crees... por favor no te dejes vencer por tus límites, Taka... digo... Scar"

Hasta siempre papá, es lo que mi mente pensaba mientras lo veía despedirse, el tiempo entre ambos fue muy corto, pero probablemente a tu manera me entregabas ese cariño que quizás fui ciego para ver.

Hasta siempre conmigo, porque yo soy parte de ti, y aunque siempre quise ir a la contraria, no era por estar en disputa contigo, sino porque me miraras y notaras todo lo que hago por ti, porque por nadie más lo hacía, siempre soñé con un "Bien hecho", pero era un sueño y se quedará en eso, porque ahora eres parte de las memorias de todos los que te conocieron, porque eras un ser del que una vez conoces jamás se podrá borrar de la mente. Porque eras único, mi ídolo al que no abandonaré sobre todo lo que dije.

Ahora se abre la tierra y se rompe el cielo para recibir a un rey que hasta el último instante entregó todo por proteger a su familia.

Eres una estrella a la que le entregaré todo de mí, a la que le seguiré preguntando, ¿por qué?, ¿por qué fuiste así conmigo?, pero inmediatamente voltearé a mi madre y hermano entendiendo que sacrificaste todo por nosotros.

Y ahora que eres parte del viento, ya no me abandones, porque tengo miedo de estar sin ti.

Tiempos de caminar en medio de la nada, con unos grandes elefantes a nuestro lado. Mi familia estaba destrozada por la partida de mi padre, la cual fue por culpa de los Rebeldes. En ese momento entendía el sufrimiento de Sarabi, ese vacío que no se llena con nada. Al igual que ella buscaba justicia, y aquellos elefantes al parecer nos llevaban con los Sabios.

Cuando llegamos, durante un tiempo mi hermano y yo fuimos cuestionados por los Sabios, todas eran pruebas de mente, preguntas sobre nuestro pasado, nuestra familia y demás cosas, pero yo en ese momento me distraje al ver que había un miembro más en esas pruebas, y era Sarabi, no podía creer que Sarabi se encontraba ahí, pero en un principio ella parecía no querer hablar conmigo, estaba enfocada con las pruebas de los Sabios, quienes eran cuatro animales, una otoción llamada Abiria, un marabú llamada Nadia, el impala era Haki y finalmente un babuino llamado Rafiki, del que se decía era amigo de mi padre.

Todavía no comprendía en qué podíamos ayudar nosotros, pero mientras más me hablaban de su plan, más mi corazón se llenaba de felicidad, al parecer era una sociedad llamada: La Resistencia, la cual buscaba orden, no como los Rebeldes que buscaban el orden para su propio bien, sino que la Resistencia intentaba restaurar todo de una manera en que los animales sean iguales los unos con los otros, respetando una filosofía que se llamaría "El Ciclo sin fin" el cual decía que todos dependemos de todos y en algún momento inclusive aunque estemos muertos ayudaremos a otros. Quizás a mi padre no le hubiera fascinado la idea, era muy conservador, al igual que Sarabi, quien estaba alegando que los Rebeldes no merecían nuestro respeto o el que los adaptáramos a nuestro modo de pensar, y eso quería decir que aquel león Rebelde que me había salvado debía ser castigado.

-El ciclo sin fin es para todos Sarabi- dijo Rafiki quien trataba de darle a entender que era mejor solucionar las cosas por la paz y no generando más guerras.

-¡No lo acepto!- ella se fue por un instante, y yo la seguí. El Santuario de los Elefantes era grande a pesar de estar dentro de una cueva. Cuando al fin la hallé la vi nuevamente, quise mirarla detenidamente para recordar lo bien que la pasábamos antes, los viejos tiempos, pero quería hablar con ella. Tenía miedo, pero tímidamente me acerqué para saber que le sucedía.

-Sa-sarabi, soy yo… Scar… ¿me recuerdas?- mi aspecto ya había cambiado por completo, era ya un adulto joven, con esperanzas a que ella regresara a su antigua yo, pero no respondía como era.

-Ya no podemos estar juntos Scar… lo siento, pero tú no eres a quien eligió tu padre… no eres rey…

Había escuchado, pero no quería digerir esas palabras, no quise saber más… sólo di unos pasos atrás…

-Fue un error… yo estaba destinada a casarme con tu hermano… Mufasa.

Mi mundo se desmoronaba, y nuevamente por mi familia, por esas malditas leyes, por tener poder… era claro, el poder te daba el amor, la familia y la felicidad, era claro que debía hacer algo para tener parte de eso. Era tarde, mi hermano ya lo tenía todo… me robó a mi padre, a mis amigos y mi futuro… debía hacer algo que detuviera ese enfermo destino. Yo sabía que no merecía eso, yo tenía claro que valía más, y es por eso que mi venganza debía comenzar. Tenía que liberar esa energía contenida y atacar… pero no a mi amada… No. Ella no tiene la culpa. La culpa la tiene él. Mi hermano.

¡No! Grité en lo más profundo de mi ser cuando Sarabi me dijo eso, y regresé a donde estaban los Sabios, tan sólo escuché un "Lo siento" de parte de ella, quería detener el tiempo… quería deshacerme de él.

Y esperé a que saliéramos para declararle guerra a mi propia sangre, quizás había cosas más importantes como salvar a aquella princesa Moyo y encontrar a los Rebeldes, pero nada me importaba más que destruir a quien acabó con todos mis sueños.

-¡Mufasa!- le grité antes de que prosiguiéramos con la búsqueda de la princesa de Acacia del Norte, Rafiki seguía insistiendo en que ya no había tiempo, pero yo ya estaba ansioso por terminar con este sufrimiento de una vez por todas. -¡Ya es suficiente!

Todos se preguntaban qué es lo que sucedía, pero yo sonreía, estaba seguro que terminaría con él de una vez por todas.