Los días siguientes al rotundo fracaso de su intento de huida, Serena no volvió a ver al Dragón. Sin embargo sentía su presencia, tan ineludible como el apagado rugido del mar. Aunque al despertar por la noche de su sueño inquieto escudriñaba las sombras sólo para descubrir que estaba sola, cada día Mal le llevaba algún nuevo tesoro sacado del arcón mágico y al parecer inagotable del Dragón: un cepillo y un peine dorados con incrustaciones de madreperla, una bañera redonda de madera llena de agua aromatizada. La Tierra e incluso su amada luna junto con sus guardianas, e incluso su amada madre, estaban empezando a palidecer bajo la sombra del Dragón, como fantasmas de otra vida. Era como si hubiera sido su esclava mimada no unos días sino siglos. Su única compañía eran Mal y el gato, y ninguno de los dos era muy comunicativo acerca de su captor. Mal la entretenía contándole historias de su animosa tía abuela, y se entretenía él pidiéndole que le revelara algunas de las aventuras en la luna y de las aventuras que vivía en su lugar de nacimiento. Ponía especial atención siempre que ella hablaba de Mina, aunque siempre tartamudeaba alguna disculpa par marcharse cuando ella mencionaba a Andrey, el pícaro pecoso que le robara la inocencia a su hermana. El gato, por su parte, simplemente se enrollaba en un enorme ovillo peludo a los pies de su cama y pasaba durmiendo las largas horas del día. Ella le envidiaba la indolencia al gato, porque cada dos por tres se sorprendía paseándose inquieta por la habitación. Aunque Malachite continuaba llevándole comidas deliciosas, preparadas con las mejores ofrendas que podía proporcionar la aldea, con más frecuencia que menos no sentía apetito, y se pasaba el rato moviendo la comida de un lado a otro del plato. Una mañana Mal entró en la habitación tambaleante bajo el peso de una larga carga envuelta en una sábana. Ella bajó de un salto de la cama, sin poder disimular una infantil expectación, expectación que no sentía desde las mañanas de Navidad de antes que muriera su Padre. Lo único que se veía de ese nuevo tesoro era un par de patas doradas que parecían garras de dragón cerradas alrededor de bolas de oro. Con un gruñido de alivio, Mal dejó el regalo apoyado en la pared al lado de la mesa, después sacó un papel doblado del bolsillo de su chaleco y se lo entregó. Mientras Mal se secaba el sudor de la frente, ella pasó la uña bajo el sello de lacre rojo sangre. En el cremoso papel vitela estaba escrita una sola frase: « Sólo deseo que se vea como yo la veo».

-¿La quito? –dijo Mal sonriendo, listo para quitar la sábana.

-¡No! –exclamó ella, adivinando de repente lo que había debajo.

Aunque Mal pareció desconcertado ante su negativa a que descubriera el regalo del Dragón, tuvo el tacto de no volver a mencionarlo. Esa noche, mucho después de que Mal le llevara la cena y se marchara, ella bajó el libro, disgustada consigo misma por haber leído ocho veces el mismo párrafo. Le era imposible concentrarse en la lectura cuando sus pensamientos volvían una y otra vez a la última visita del Dragón y sus ojos no paraban de mirar hacia su último regalo. No podía dormir, no podía comer, ni podía leer. Si no fuera una idea ridícula, pensaría que estaba sufriendo de amor.

¿Pero cómo podía estar enamorándose de un hombre al que jamás le había visto la cara? ¿Un hombre que para ella sólo era una voz humosa, una caricia seductora, un embelesador beso?

Se pasó un dedo por los labios, atormentada por un viejo temor. Tal vez era tan vulnerable como cualquiera a las tentaciones de la carne. Siempre se había creído inmune a esa seducción, y sin embargo había bastado un solo beso de los labios del Dragón para derretirle la voluntad y hacerla ansiar sus caricias. Desvió la vista del regalo hacia el plato que había dejado abandonado en la mesa, sintiendo el conocido deseo de zamparse de un solo bocado lo que quedaba de su cena. Se levantó lentamente, pero en lugar de ir hacia la 

mesa, se acercó al regalo tapado. Antes de perder el valor, estiró la mano y quitó la sábana. Ante ella estaba un espejo de cuerpo entero de purísima plata batida, en un hermoso marco de caoba tallada. Podría haberse detenido a admirar su belleza si su atención no hubiera sido cautivada por la mujer reflejada en su pulida superficie. La luz de las velas centelleaba en sus cabellos dorados; una bata de seda oriental le caía sobre sus generosas curvas; tenía las mejillas sonrosadas, los ojos luminosos, los labios húmedos y entreabiertos. No se parecía en nada a la flacucha princesa de la luna. No parecía la cautiva de un loco cruel. Parecía una mujer a la espera de su amante. Con las manos temblorosas, volvió a poner la sábana sobre el espejo, convencida de que tenía que estar tan embrujado como el hombre que se lo había regalado. No sólo ansiaba las caricias de un desconocido sino que estaba además en peligro de convertirse en una desconocida para sí misma. Ya avanzada la noche, se sentó en la cama sin lograr saber qué la había despertado. Esa noche no le hacía falta escudriñar la oscuridad en busca de la sombra del Dragón, por la ventana entraba la luz de la luna llena, bañando en un resplandor espectral la habitación. respiro el aire, pero no detectó ni un asomo de humo de cigarro. Ladeando la cabeza, aguzó el oído, pero lo único que logró oír fue el apagado rugido del mar. Se levantó y fue hasta la ventana, atraída por su canto de sirena. El Dragón podía haber ordenado que volvieran a poner la reja, quitándole toda esperanza de libertad, pero subiéndose a la mesa y poniéndose de puntillas, por lo menos podía contemplar la espectacular vista de la luna y el mar e inspirar el aire salino hacia sus resecos pulmones. De pronto se le quedó el aire atascado en la garganta. Un velero venía abriéndose paso por entre las blancas crestas de las olas en dirección al castillo. Con sus hinchadas velas brillantes como alabastro a la luz de la luna, no parecía más sustancial que un velero fantasma cargado con los espíritus de los muertos. Pestañeó maravillada, medio esperando que el velero se desvaneciera antes sus ojos.

-¡Echad el ancla, muchachos!

Ese grito muy humano fue seguido por un potente chapoteo y la aparición de una lancha que bajaron hasta el agua.

-¡Eh, ahí! -gritó ella, doblando los dedos en la rejilla-. ¡Socorro! ¡Estoy aquí arriba! ¡Auxilio, por favor! ¡Me tienen prisionera!

Y así continuó gritando, saltando sobre las puntas de los pies, desesperada porque la oyeran, mientras las oscuras figuras a bordo de la lancha empezaban a remar hacia las cuevas metidas en el acantilado bajo el castillo, dejando atrás una brillante estela plateada. Estirando el cuello, observó la lancha hasta que desapareció de su vista, y luego se dejó caer desplomada de rodillas sobre la mesa. Podía gritar hasta quedar lela, pero eso no le traería la liberación, porque ésos eran los hombres del Dragón, y ése era su barco. El velero explicaba cómo é1 se había apoderado del castillo sin que se enterara ni una sola alma en la tierra. Explicaba cómo se las había arreglado para introducir furtivamente en el castillo todos sus lujos hedonistas: la hermosa cama de cuatro postes tallados, el colchón de plumas, las velas de cera de abeja..., tal vez incluso el espejo que reflejaba sólo lo que él quería que ella viera. Y explicaba cómo escaparía una vez que le hubiera extraído a la aldea lo ú1timo de su oro y su orgullo. En otro tiempo ella había sonado con un barco así. Un barco que se la llevara lejos de La luna, a un mundo donde viejas y mohosas bibliotecas contenían vastos tesoros encuadernados en piel; un mundo donde salones con hermosos tapices resonaban con conversaciones inteligentes e ideas atrevidas; un mundo donde un hombre podía mirar a una mujer en busca de algo más que una cara acorazonada o la delicada finura de su cintura. Y de pronto comprendió de quien era ese mundo. Era el mundo de é1, del Dragón. Saltó de la mesa y empezó a pasearse por la habitación, ciega a 

todo lo que no fuera su creciente furia. Era posible que é1 se marchara sin siquiera tomarse la molestia de liberarla; los aldeanos ya la creían muerta. ¿Qué más les daba a ellos que se la comiera un dragón o se pudriera en esa elegante prisión? Él podía dejarla pudrirse ahí metida en el vestido de una de sus amantes desechadas, mientras é1 volvía a ese mundo elegante de bailes y salones, un mundo que ella nunca conocería. Con las manos temblorosas por la reacción, buscó la caja de cerillas y encendió todas las velas. Estaba furiosa con su captor sin rostro, pero estaba más furiosa consigo misma por haber caído tan estúpidamente bajo su hechizo. Recorrió la habitación con la vista. Gracias a la pródiga generosidad de su anfitrión, no escaseaban allí los objetos con los cuales podía aplastarle la cabeza la próxima vez que pasara por esa puerta panel. Pero al parecer é1 estaba evitando su compañía con el mismo empeño con que antes la había buscado. Sus ojos se posaron en la cena a medio comer. Conque milord Dragón creía que podía conquistar su favor con pródigos regalos y palabras bonitas escritas en papel caro, ¿eh? Bueno, tal vez era hora de que Serena le demostrara que estaba hecha de un material más resistente. Mal entró en la antesala a las mazmorras y dejó la bandeja sobre la mesa. El Dragón continuó haciendo anotaciones en su libro de cuentas encuadernado en piel.· Su letra podía contener rasgos de pasión, pero las cifras de las columnas eran tan claras y precisas como las de una tía solterona.

-Te dije que no tengo hambre, Mal -dijo, y pasando una página sin siquiera alzar la vista- Pero este ventoso mausoleo me ha helado hasta los huesos. No logro encontrar mi capa. ¿La has visto?

-No me imagino dóndepodría haberse metido -repuso Mal, y se aclaró la garganta antes de poner la bandeja encima del libro-. Pero por lo visto no eres el único que no tiene hambre.

El Dragón estuvo un largo rato contemplando la bandeja con su contenido intacto, después miro a Mal.

-¿Está enferma?

-No tiene aspecto de estarlo. Pero esta es la sexta comida que rechaza.

-Dos días -musitó el Dragón, empujándose hacia atrás con las manos en el borde de la mesa-. Dos días sin alimento ¡Qué clase de juego es este!

-Uno peligroso, si quieres mi opinión. Esta noche no pude dejar de notar lo pálida que está. Además, se tambaleó, y se habría caído si yo no la hubiera sujetado por el codo.

Con los dedos tensos, el Dragón se echó hacia atrás el mechón rebelde que le caía sobre la frente. La falta de sueño no le mejoraba nada su vivo genio. Su primer impulso fue coger la bandeja, ir directamente a la torre y obligarla a comer aunque tuviera que meterle a cucharadas la comida por la garganta. Comprendiendo que este era también su segundo impulso, se levantó y cogió la bandeja. Malachite lo detuvo poniéndole una mano en el brazo.

-El sol recién se está poniendo –le advirtió-. Todavía no está totalmente oscuro.

Soltando una maldición, el Dragón volvió a sentarse. Él había elegido su papel, por lo tanto, como cualquier predador nocturno, tendría que esperar que cayera la oscuridad para ir a enfrentar a su presa.

-¿Adónde vas? –gritó, mirando ceñudo la espalda de Mal, que iba saliendo.

-A aterrorizar a los aldeanos, como sabes. Se me ocurrió que esta noche podría saltarme el toque de la trompeta y comenzar temprano.

-Comenzar temprano y terminar tarde, supongo. Últimamente has estado acometiendo tus deberes con encomiable entusiasmo. Anoche ya era bien pasada la medianoche cuando te sentí llegar.



-Ya sabes lo que dicen –dijo Malachite, sonriendo con sonrisa angelical y saliendo por la puerta-. El demonio nunca termina su trabajo.

-No –musitó el Dragón, con los ojos sombríos, mientras cogía una galleta dulce de la bandeja y metiéndosela en la boca-. Supongo que no.

Serena había estado esperando al Dragón, pero de todos modos pegó un salto cuando el panel se abrió con tanta fuerza que fue a chocar contra la pared, despertándola.

Se acurrucó junto a la cabecera de la cama, con el corazón palpitándole en la garganta. La luna aún no pasaba sobre su ventana, de modo que en la oscuridad sólo logró distinguir una figura negra. El sonido desapacible de su respiración le dijo que si fuera un dragón de verdad, estaría echando fuego por las narices, fuego que le abrasaría los mechones que se le habían salido del gorro de noche. Él colocó algo sobre la mesa y se giró a mirarla. Incluso en la oscuridad, su mirada era tan palpable como su contacto. Serena no logró desechar la sensación de que sus ojos veían perfectamente bien en la oscuridad, de que le veía claramente el alocado palpitar del pulso en la garganta, el desacompasado subir y bajar de su pecho. Debería haber sabido que él la iba obligar a romper el tenso silencio.

-Buenas noches, milord Dragón. ¿A qué debo el honor de esta visita?

-A su estupidez. Malachite me ha dicho que durante dos días no ha comido nada.

Ella levantó un hombro en elegante gesto de indiferencia.

-No tiene por qué preocuparse, señor. Como puede ver, sin duda, me haría falta saltarme mucho más de unas cuantas comidas para enflaquecer de modo peligroso.

É1 echó a andar hacia la cama. Ella ya se creía muy capaz de no amilanarse ante é1; pero estaba muy equivocada. No sabía bien qué nefando acto de villanía esperaba que é1 cometiera, pero ciertamente no era que la cogiera en los brazos como si no pesara más que una pluma y la llevara hasta la mesa. Allí se sentó en la silla con ella en sobre los muslos.

-Abra la boca -le ordenó, sujetándola con tanta fuerza que le hacía difícil, si no imposible, debatirse.

La primera confusa idea de ella fue que tal vez é1 pretendía besarla más concienzudamente de lo que había hecho antes. Pero no fue su boca la que le toco los labios sino una lisa y fría cuchara.

-Abra la boca y pruebe un poco, ¿ya?-susurró él, con un ronco matiz de súplica en la voz.

Serena no logró recordar ninguna ocasión en que la hubieran instado a comer. Lo que siempre solía oír era «Deja esa última galleta, ¿ya?», o sentía el golpe que le daba Luna en los nudillos con la cuchara de palo cuando estiraba la mano para servirse otra ración de avena. El fuerte olor a canela le recordó lo hambrienta que estaba. Le partía el corazón resistirse a é1..

-No -masculló con los dientes apretados, agitando la cabeza como una malhumorada niñita de dos años.

Los dos sabían muy bien que é1 tenía la fuerza para meterle la cuchara por entre los dientes si lo deseaba. Pero resultó que no fue ese su deseo. Desapareció la cuchara, siendo reemplazada por el seductor y cálido aliento de él sobre la comisura de sus labios. Ese tierno susurro de aliento fue seguido por el ligerísimo roce de sus labios sobre los de ella. Le pareció que los labios se le ablandaban y entreabrían como por voluntad propia, y cuando é1 aprovechó esa blandura para introducir la lengua entre ellos, ella gimió por la impresión. Antes que lograra despejar su aturdida mente, é1 ya había reemplazado la lengua por la cuchara y vertido el contenido caliente en su garganta. Ella trató de escupirlo, pero é1 volvió a cubrirle la boca con la de é1, obligándola a tragarse la deliciosa cucharada de pudin de pan.



El pudin era dulce, pero no tanto como la deliciosa lengua de él moviéndose sobre la suya.

Lo empujó por el pecho, obligándolo a interrumpir el beso, pero cuando abrió la boca para emitir una ofendida protesta, é1 simplemente volvió a meterle la cuchara llena por entre los labios, como si ella fuera una pajarilla recién nacida caída del nido y é1 el naturalista resuelto a salvarla. Antes que él pudiera volver a levantar la cuchara, ella ya había logrado recuperar el sentido común que él le había desperdigado con tanta pericia.

-Si me pone una cucharada más de eso en la boca sin mi permiso se lo escupiré en la cara.

-Vamos, vamos, no querrá herirle los sentimientos a Mal, ¿verdad? É1 se cree todo un chef de cocina, ¿sabe?Debería haberlo dejado que probara en usted su nueva receta de cerdo asado–añadió.

-Malachite puede ser un buen cocinero, señor, pero usted es un despreciable déspota.

-Sólo cuando me veo obligado a tratar con una niña testaruda.

Serena trató de zafarse de sus brazos, hirviendo de furia.

-¿Qué soy, milord Dragón, un animalito mimado o una niña testaruda? ¿O eso depende de mi docilidad para someterme a sus caprichos?

Él la estrechó con más fuerza.

-No sabe nada de mis caprichos, si lo supiera dejaría de moverse de esa enloquecedora manera.

Ella dejó de moverse. La oscuridad que los envolvía parecía sensibilizarle más todos los sentidos; sentía intensificados la resollante cadencia de su respiración y el golpeteo de su corazón en la palma; el vello crespo que le salía por el cuello abierto de la camisa le hacía hormiguear las yemas de los dedos. Pero fue la forma rígida y cálida que sintió debajo del trasero la que le produjo un estremecimiento de terror por todo el cuerpo. Se tensó, quedándose tan rígida como una marioneta.

-Ahora bien –dijo él, en tono mortalmente serio-, ¿va a comer o tengo que volver a besarla?

Su aliento le rozó la ardiente mejilla, advirtiéndole que tenía toda la intención de cumplir su amenaza.

-Comeré –ladró, abriendo la boca.

-Conoce muy bien la manera de desinflar la opinión de un hombre sobre sus encantos -comentó é1, pesaroso, dándole una cuchara a rebosar de pudin.

El conocimiento de ella de la anatomía masculina podía limitarse a lo que había oído en las conversaciones entre las chicas del castillo, pero por lo que podía decir, los encantos de é1 no daban señales de desinflarse. Tragó.

-La mayoría de los hombres no se sienten impulsados a ofrecer besos como forma de castigo.

-Vamos, en el pasado he conocido damas que los consideraban una recompensa.

-¿Las tenía cautivas o esta es una diversión reciente para usted?

-Puedo asegurarle que ninguna de ellas era tan divertida como usted –contestó él, pasándole la cuchara bajo el labio inferior para recoger un poco de pudin que le había caído.

La enloquecía estar tan cerca de é1 y no poder distinguir nada de su fisonomía aparte de una máscara de oscuridad. Tendría que resultarle insoportablemente violento estar así acunada en el regazo de un desconocido, pero en algún momento entre su primer encuentro y ese momento, él había dejado de ser un desconocido. Podía no ser nada más que un fantasma hecho de sombras y texturas, pero esas sombras y texturas se le estaban haciendo tan familiares como el fino pelo de su padre entre sus dedos y el sonido de la respiración de un fino gatito en la oscuridad.

-Vi el barco -dijo, desesperada por distraerlos a los dos de la manera como sus alientos 

mezclados parecían ir acercando sus labios.

Le tocó a é1 ponerse rígido.

-Ah, ¿y eso fue lo que le estropeó el apetito?

-Sí, porque todavía no logro entender por qué un hombre de sus evidentes recursos quiere robarles a personas que tienen tan poco.

-Tal vez no lo considero un robo. Tal vez simplemente lo considero aligerarlos de algo que nunca fue legítimamente de ellos para empezar.

-Si se refiere a las mil libras, ¡no existen! Nunca han existido.

-¿Y por que habría de creerle, señorita? -preguntó é1, nuevamente con ese enfurecedor matiz de diversión en la voz. Sólo hace unos días no creía que existieran los dragones.

-Y sigo sin creerlo. Y aun falta que me demuestre que estoy equivocada.

-Entonces tal vez yo tampoco creo en las doncellas. ¿Está dispuesta a demostrarme que existen?

Serena no encontró respuesta para ese provocativo reto. Sólo pudo echar atrás la cabeza para mirar el brillo de sus ojos.

Él cogió una de los mechones dorados escapadas de su gorro y se la enrolló en los dedos.

-Tenerla aquí... –le dijo, bajando la voz a un ronco susurro-, así... ¿Tiene una idea de lo que le hace eso a un hombre como yo?

-¿Le adormece las piernas? –osó preguntar ella.

Él estuvo un largo rato en silencio y de pronto se le escapó un agudo ladrido de risa. Sin dejar de reírse, la levantó en los brazos y se dirigió a la cama. Sin siquiera inclinarse un poco, la lanzó sobre el colchón. Ella callo hasta la cabecera de la cama, creyendo por un instante que él podría tener la intención de acostarse también. Pero él se sentó a su lado y apoyó las palmas en la cabecera, dejándola aprisionada entre sus brazos.

- Come, Serena –le ordenó, acercando su cara a la de ella-, porque si no te comes todo lo que hay en esa bandeja, volveré con el cerdo asado de malachite. Y entonces lamentarás no haber elegido mejor mis malditos besos.

-Un instante después, ya había desaparecido por el panel, dejándola sola, pensando si no lo lamentaba ya.

El díasiguiente amaneció pesadamente opresivo. Serena se comió obedientemente todas sus comidas bajo el vigilante ojo de Malachite, aunque la comida le sabía a serrín. No sabía si su pobre y asediado corazón sería capaz de soportar otra de las visitas nocturnas del Dragón. Durante todo el interminable día, incluso Mal parecía distraído. En lugar de parlotear como solía hacer, se pasaba la mayor parte del tiempo mirando ansioso la puerta, como si fuera é1 el prisionero y no ella. Después de tragarse el estofado y el tazón de sopa de pescado, le dijo que podía marcharse, convencida de que prefería irse a la cama temprano antes que soportar un momento más de sus penosos intentos de hacer conversación. Se había levantado de la mesa y acababa de apagar la última de las velas cuando entraron por la ventana las primeras conmovedoras notas de música de trompeta. Estremeciéndose en la oscuridad, subió a la cama, y se sentó con la espalda apoyada en la cabecera y los brazos alrededor de las piernas flexionadas hasta el pecho. Aunque ya sabía que los dedos que pulsaban los tubos eran muy humanos, su doliente lamento seguía evocándole sus propios fantasmas de tristeza y pesar.

Por un melancólico momento la belleza pura de la música le permitió olvidarse del Dragón y recordar al esbelto muchacho cuyo rebelde mechón de pelo oscuro insistía en caerle sobre los ojos azul cielo. Ese castillo había sido su hogar, y si alguien no hubiera traicionado a su padre delatándolo a Beril, todavía podría ser el señor allí. Levantó la vista hacia las ninfas 

en sombra retozando en el cielo raso, pensando si alguna vez é1 habría dormido en esa habitación. Si hubiera vivido, ella tendría que haberlo observado desde las sombras casándose con otra mujer, la hija noble de su propio pueblo o alguna de las muchachas más bonitas de la tierra, o tal vez?. Habría tenido que sonreír a través de las lágrimas al ver a su hijo de ojos azules montado en su propio pony pasando bajo el árbol que fuera su refugio cuando niña. Pero su pena habría sido un pequeño precio a pagar por la alegría de ver crecer a Endimión chiba hasta la edad adulta, como la esperanza y orgullo de su pueblo. Se tocó la mejilla y la sorprendió encontrarla mojada de lágrimas. No lloraba sólo por ese muchacho muerto sino también por la niña que lo había amado. La niña que merodeaba por la espesura de los valles y los serpenteantes corredores de su castillo suspirando por divisarlo aunque fuera de lejos. A veces tenía la impresión de que los dos habían muerto en el momento en que la primera bala de cañón atravesó la torre del homenaje del castillo. La música de la trompeta terminó con una nota lastimera. Se tendió de costado y se cubrió con la sábana hasta el mentón, pensando qué habría pensado ese muchacho de la mujer en que se había convertido. En el sueño, Serena volvía a ser niña e iba corriendo por el laberinto de corredores del castillo; lo oía pero no lo veía. É1 iba delante de ella, danzando por la escalera de caracol, llegando de un salto a los rellanos, con la rauda agilidad de un gato. A los oídos llegaba su risa, osada y traviesa, pero por mucho que ella le gritara que se detuviera, é1 seguía corriendo, negándose a creer que podía ocurrirle algún daño. Ella miró aterrada por encima del hombro, estremecida por el fuerte retumbo de los cañonazos. Si no le daba alcance pronto, sería demasiado tarde. Pero era demasiado gorda, demasiado lenta. Sus piernas cortas y regordetas no podían con las largas y delgadas de é1. Antes que ella pudiera doblar por una esquina, é1 ya iba doblando por la siguiente. «¡Serena!», canturreaba é1, instándola a que no renunciara a la persecución. Los cañones ya sonaban más fuerte, y los esporádicos cañonazos hacían temblar el suelo. ¿Es que é1 no los oía? ¿Nolos sentía? Cuando bajaba por la escalera principal, alcanzó a verlo entrar corriendo en la sala grande, su manta de tartán escarlata con negro ondeando detrás de é1 como alas. El pecho se le hinchó de esperanza; si lograba cogerle esa manta, podría sujetarlo firme, podría estrecharlo en sus brazos y mantenerlo allí a salvo para siempre. Cuando sus pies tocaban las losas del pie de la escalera, un ensordecedor rugidoestremeció el castillo. Cayó de rodillas tapándose los oídos con las manos. Cuando por fin se atrevió a abrir los ojos y bajar las manos de sus oídos, había acabado el ruido de cañonazos, dejando un espeluznante silencio. Se puso lentamente de pie, atraída por la enorme puerta en arco de la sala grande. La voz le salió ronca al gritar su nombre. La única respuesta que recibió fue el murmullo del polvo que caía del techo. Deseó creer que el tozudo muchacho estaba escondido, que probablemente estaba reprimiendo la risa, preparándose para saltar a asustarla desde un oscuro rincón. Pero entonces vio el bultito escarlata con negro tirado en el suelo de la sala. Se arrodilló a pasar suavemente la mano por la lana, esperando encontrarla empapada de sangre, como la había encontrado en miles de otros sueños. Pero la manta estaba seca y no le manchó los dedos. Esos dedos comenzaron a temblarle cuando cogió una esquina de la manta y le dio un tirón. En lugar de resistirse, como hacía siempre, la prenda voló hacia ella, dejándola boquiabierta de asombro. No había nadie debajo de la manta; el muchacho había desaparecido.

El Dragón se sentó bruscamente en su jergón, su musculoso torso brillante de sudor a pesar del aire frío. Ahí venían, los oía; oía el ruido de los cascos de los caballos; el retumbo de las 

ruedas de un carro por el surcado camino hacia el castillo; oía el enredo de voces, maldiciendo y gritando órdenes; oía los esporádicos disparos de mosquetes. Se levantó de un salto, con la respiración rápida y jadeante, y se puso la camisa. Subió a tientas la escalera, sin molestarse en encender una veía ni una lámpara. Desembocó en la casa del guarda y se desconcertó al encontrar oscura y desierta la cavernosa habitación, en lugar de estar llena de hombres preparándose para la batalla. Echo a andar hacia la capilla, rogando a Dios que encontrara a alguien ahí, pero sus gritos interrogantes volvían a él en resonantes ecos. Parecía que hasta Dios lo había abandonado. Cuando pasó corriendo junto a una ventana, un relámpago de luz casi lo cegó. Había llegado demasiado tarde, ya habían encendido la primera mecha. Se detuvo en el vestíbulo principal del castillo, con el pecho agitado y las manos apretadas en puños. Nunca más volvería a esconderse asustado en la oscuridad, esperando oír el maldito silbido de esa primera e inminente bala de cañón. Nunca más volvería a confiar su destino a una liberación que no llegaría. Abrió la puerta y salió a la noche. Llegó hasta el medio de patio y abrió los brazos, invitando a los cabrones a volarle los huesos y convertírselos en astillas. Cerrando los ojos, echó atrás la cabeza y lanzó un rugido que pareció salido del fondo mismo de su alma. Pero ese angustiado aullido no podía compararse con el estallido que estremeció la tierra bajo sus pies. El estallido continuó en un apagado retumbo. Abrió los ojos, sorprendido al encontrarse todavía de pie. La lluvia le caía a chorros, pegándole la camisa y las calzas al cuerpo y llevándose con ella los últimos restos de la locura que se apoderara de é1.

-Ay, Dios -susurró, cayendo de rodillas.

Si hubiera sabido que se aproximaba una tormenta, no se habría permitido dormir. Si Malachite hubiera estado ahí habría intentado distraerlo con alguna graciosa anécdota, con una partida de ajedrez, una copa de oporto, con cualquier cosa, para aliviarle la torturante locura que amenazaba a su alma. Se cubrió la cara con las manos. Era capaz de mantenerse erguido en la cubierta de un barco y aguantar sin encogerse los cañonazos ordenados por é1, pero ahí, en ese maldito lugar, hasta el ruido de un trueno lo llevaba al borde de la locura.

Levantó la cabeza justo en el momento en que un relámpago le reveló que estaba arrodillado a los pies de Afrodita. La tormenta anterior le trajo a Serena, recordó, una distracción mucho más agradable que cualquiera que pudiera ofrecerle Malachite. Lo estremeció caer en la cuenta de lo mucho que deseaba ir a verla en ese momento.Se puso de pie, con los huesos doloridos, capeando el azote del viento y la lluvia, corrió hacia el castillo, resuelto a recurrir al único solaz que se merecía.

Serena despertó bruscamente. Al principio confundió los latidos de su corazón con el eco de los cañonazos de su sueño, pero esto sólo duró hasta que la luz de un relámpago fue seguida por un fuerte trueno. Ráfagas de viento azotaban la torre y aullaban de frustración al resistirse esta a desmoronarse bajo su fuerza. Se rodeó con los brazos, sin dejar de temblar. Casi deseó que el Dragón estuviera ahí, casi deseó que la dulzura de subeso le lavara el amargo sabor de la pesadilla. Pero la deslumbrante luz de un relámpago le demostró que estaba sola. Poco a poco el viento se fue calmando. Ladeó la cabeza al sentir un curioso golpeteo, demasiado rítmico para ser un trueno. Casi soltó un chillido cuando el 

gato aterrizó sobre sus pies con un suave ruido.

-¿De dónde diablos vienes, grandullón? -le preguntó, pasándole los dedos por el peludo lomo-. Juraría que Mal te hizo salir cuando se marchó.

La única respuesta del gato fue un retumbante ronroneo. Serena se levanto de la cama y empezó a caminar a tientas afirmándose en la pared. Entre relámpago y relámpago, la habitación se volvía oscura como boca de lobo. A tientas buscó la puerta panel, pero su mano sólo tocó aire. Entonces comprendió: el ruido que la despertó era el panel al golpearse suavemente contra la pared, atrapado en los potentes dedos de la ráfaga de viento que lo abrió. La puerta estaba entreabierta. La libertad era suya.

Serena se apartó de la puerta retrocediendo, pensando si no estaría soñando todavía. Si se atrevía a atravesar ese umbral, ¿oiría el golpeteo de los pasos de un muchacho en la escalera? ¿Oiría el burlón sonido de su risa instándola a seguirlo? Se pellizcó la tierna piel del interior del brazo, bien fuerte. Tranquilizada por el dolor, hizo una honda inspiración y pasó por la abertura. Al encontrarse en el aire frío y húmedo comprendió que hasta el momento no había pensado en el trabajo que costaría hacer cálida y acogedora su habitación de la torre. Bajó a tientas la estrecha escalera de caracol, pegada al muro para esquivar un chorro de lluvia que caía de una grieta en el techo. De pronto el ruedo del camisón se le quedó cogido en un bloque de piedra roto, lo liberó de un tirón y con el impulso bajó a tropezones tres peldaños; el torpe movimiento la dejó cara a cara ante...

El vacío.

En la pared norte había quedado un inmenso agujero irregular, dejando a la vista el mareante panorama de las blancas crestas del mar azotado por la tormenta. En el cielo sin luna bailaban las parpadeantes luces de los relámpagos, iluminando la rugosa cara del acantilado y el inmenso abismo que caía hasta las rocas de abajo. Retrocedió unos peldaños, aplastándose contra la pared opuesta. ¿Esos eran los terrores que tenía que vencer el Dragón para ir a visitarla en la oscuridad de la noche? Por unos momentos temió no ser capaz de apartarse de la pared. Pero respirando lento y cerrando los ojos, consiguió pasar junto al inmenso agujero y continuar bajando hasta la galería de abajo. Al final de la galería había un tramo ancho de peldaños de piedra. Empezó a bajar por esa escalera, no del todo convencida de que no era un sueño. En su sueno sus pasos no eran lentos ni torpes, parecía ir volando por la escalera, con los volantes de la orilla del camisón flotando detrás.

Cuando llegó a1 vestíbulo de entrada, sintió en la cara una brisa fresca de olor a lluvia; la puerta astillada que daba al patio estaba abierta, colgando de la mitad de sus goznes, en una invitación que ella no podía declinar. Aceleró el paso en dirección a la puerta, tratando de imaginarse la alegría que iluminaría la cara de su Madre cuando ella se arrojara en sus brazos. Entonces se detuvo, no lograba enfocar sus queridos y conocidos rasgos, y por su cabeza pasó un inquietante pensamiento. ¿Ysi é1 no la había echado de menos? Cuando el Dragón la hizo su prisionera, había pensado que los regaños de su madre era una bendición; pero en ese momento no estaba tan segura de que lo fuera. ¿Ysi su madre se limitaba a apretarle la mano, llamarla «su niña buena» y enviarla a la cama? Entonces no tendría nada que hacer aparte de ir a meterse en su cama con uno de los libros, preocuparse por Mina.



Se giró lentamente. La enorme puerta en arco de la sala grande parecía llamarla, igual que en su sueño..

Dio un paso, dio otro paso, y se le aceleró el pulso con una extraña mezcla de fascinación y miedo.

La sala grande había sido en otro tiempo el corazón del castillo de los reyes de la tierra, y fue ese corazón el que destruyó el ataque de Beril. Una bala de cañón aplastó una buena parte del techo, dando libertad a las nubes para descargar el agua sobre su rota lona. Ya había escampado bastante la lluvia, y por entre el velo de nubes empezaba a asomar la luna, tímidamente al principio, como para asegurarse de que la tormenta se había marchado y era seguro salir. Maltrechos estandartes colgaban de las macizas vigas que no quedaron rotas por el golpe; el color escarlata de los dragones que danzaban en su fondo negro había tomado el matiz de sangre seca. Un macizo hogar de piedra dominaba en la pared del fondo, su repisa tallada a mano cubierta de telarañas.

Entró en la sala, sintiéndose apenas más sustancial que los fantasmas que sin duda vivían en ese lugar. Casi oía los ecos de sus risas, de sus voces elevadas en un himno, con las copas alzadas en un victorioso brindis al poderío y majestad de los reyes de la tierra.

Sacudió la cabeza para desechar esa fantasía. No eran los fantasmas de esos guerreros muertos los que la atormentaban sino, el fantasma de la mujer que en ese tiempo se esforzaba en hacer un hogar de esa ventosa sala. Recordaba a la reina; era una mujer robusta, de alma bondadosa, que se reía muchísimo y adoraba a su único hijo. Su toque dulcemente femenino estaba en todas partes. Bajo un espejo quebrado había un sofá enmarcado por cenefas de madera labrada con espirales y volutas, el relleno de algodón colgando de los cojines rotos. En lugar de oscuros y tristes tapices, las paredes habían estado revestidas por lino francés de etéreos colores rosa y azul pastel. Una columna corintia estaba caída de costado sobre un charco de agua de lluvia.

Para atravesar la sala tuvo que abrirse paso por un campo de cerámica rota. Se inclinó a recoger un trozo de un tiesto de porcelana fina y pasó el pulgar por su lustrosa superficie. Se había pasado la vida deseando tener cosas tan hermosas, y no pudo dejar de lamentar su destrucción y los fragmentos rotos de los sueños que representaban.

Estaba haciéndolo girar en la mano cuando su pie tocó una cabeza sin cuerpo. Estaba a punto de lanzar un chillido cuando cayó en la cuenta de que era la cabeza de mármol de la estatua que estaba en el patio, Afrodita, sus bien formados labios curvados en una sonrisa de complicidad, compasiva y burlona al mismo tiempo.

Entonces fue cuando lo vio.

Estaba sentado, como siempre, en las sombras. Pero esa noche parecía que ni siquiera las sombras bastaban para ocultarlo. Estaba sentado en la silla central de una larga mesa de caoba, con la cara apoyada en los brazos cruzados sobre la mesa. Delante de é1 había un decantador de cristal con un dedo de whisky en el fondo, junto con una caja de cerillas de plata y una vela que no se había molestado en encender. No llevaba chaqueta ni chaleco, sólo una camisa blanca arremangada descuidadamente hasta encima de los codos. Por la forma como tenía el fino lino pegado a sus potentes hombros, marcando todas sus fibras y músculos, Serena supuso que debía de estar empapado hasta los huesos.

É1 parecía no haber advertido su presencia; lo único que tenía que hacer era salir de puntillas, y estaría libre de é1 para siempre. Pero antes de que pudiera girarse y echar a andar, retumbó un trueno en la distancia, y por los rígidos músculos de é1 pasó un 

estremecimiento.

Antes de darse cuenta de lo que iba a hacer, ella ya estaba junto a él poniéndole suavemente una mano en el hombro.

É1 levantó la cabeza sin mirarla, dejando caer gotas de lluvia.

-Buenas noches, señorita Serena