Y aquí está, por fin, el último utimisimo capitulo de este fic, es el doble de largo que los demás, porque no tengo termino medio, o no escribo o no paro jajajajaja y además si no había que partirlo en dos y ya os prometí que iba a ser el final xP En fin, si no me habéis olvidado y aun seguis conmigo, no me lío mas y os dejo el capi; ya sabéis que todo comentario es siempre bienvenido y agradecido =D. Y para no variar, seguiré por los SwanQueen Tales ^_^! Solo añadir, aunque seguramente muchos os daréis cuenta, que este final ya estaba pensado, como siempre se me ocurrió el final y luego surgió el resto del fic, y este final está inspirado en el capitulo de Xena "When Fates Collides" uno de mis favoritos =)
Como siempre, todavía no he conseguido que me pertenezcan los personajes, aun son de los creadores de OUAT. También como siempre gracias por leer, y espero que os guste :)!
Los soldados habían echado a Emma fuera del campamento, donde por mas que lo intentó, no pudo volver a entrar. Ella no sabía nada de ejércitos, nada de como colarse furtivamente a través de guardias. Ella no era Regina. No la quedó mas remedio que observar en la distancia, sintiéndose totalmente inútil e impotente, hasta que horas después distinguió a Blancanieves y su príncipe salir por fin de la tienda donde ella había estado encerrado, donde la habían obligado a dejar a Regina. La expresión de Blancanieves la hizo un nudo en el estómago, y si no se equivocaba, llevaba la corona de la morena en la mano. Emma prefería no imaginar que había pasado dentro de aquella tienda.
Frustrada finalmente salió de allí, tenía que volver con Ruby y la abuelita, tenía que encontrar la manera de liberar a Regina. Cuando la vieron abuela y nieta, se lanzaron sobre ella con idénticas expresiones de preocupación. La abuelita la revisó de arriba abajo como queriendo asegurarse de que había vuelto con todos los dedos en su sitio.
- ¿Qué ha pasado? ¿Has escapado? No creo que esa bruja te haya liberado ¿verdad? Regina dijo que iba a sacarte de allí, ¿ha sido ella? ¿la has visto?
Preguntó Ruby a toda velocidad, sin siquiera coger aire entre una pregunta y otra.
- Regina iba a por ti ¿Dónde está?
Dijo la abuelita también, con mas calma, frunciendo un poco el ceño extrañada de no verla allí. Le gustase o no, estaba segura de que cuando viese a Emma, si la liberaba, la rubia no iba a dejar que se marchase, Regina no iba a poder marcharse. Y aun así no estaba allí, no estaban juntas las dos, solo una Emma blanca como un fantasma que las contó lo que había pasado, destilando angustia en cada palabra.
Por supuesto no tenía precisamente un plan de rescate, contaba con la sabiduría de la abuelita y la espontaneidad de Ruby para preparar alguno, pero lo único que hicieron las dos mujeres cuando pidió ideas para salvar a Regina, fue mirarse entre ellas, no sabían como decirle a Emma que no les parecía buena idea que arriesgase su vida colándose en el castillo para salvar a la reina. La misma mujer a la que tantas veces había querido sacar de su vida y por la que ahora estaba dispuesta a enfrentarse a un ejercito. Lo que realmente querían decirla era que saliese de allí y se fuese lo mas lejos posible, pero tenían muy claro que iba a ser imposible que las hiciese el mas mínimo caso.
Todo lo que a Ruby se le ocurría en ese momento que podía hacer por ella era acompañarla a ver entrar a Regina en la ciudad cuando se corrió la noticia de que la reina Blancanieves volvía al castillo con su madrastra como prisionera. Nada podría haber impedido que Emma fuese allí, y lo único que impidió que la rubia se echase al cuello de Blancanieves fue la firme mano de su amiga en el brazo.
Emma quería correr hacia Regina y sacarla de allí, cubrirla, apartarla del odio que brillaba en los ojos de la gente, de las crueles palabras que le lanzaban bajo la protección que da una multitud. Pero todo lo que pudo hacer fue susurrar su nombre al pasar, su mirada y la de Regina se encontraron, demasiado brevemente, demasiada distancia entre ambas miradas. Y para colmo detrás de la morena venía la mirada de suficiencia de Blancanieves. Emma supo que había estado a punto de saltar sobre ella cuando la mano de Ruby apretó mas su brazo para mantenerla en su sitio.
Siguió a esa lamentable procesión hasta el castillo, donde exigió una y otra vez ver a la prisionera, y estaba segura de que a Blancanieves le daba un placer intimo y personal negarselo todas las veces, cada día que fue a exigir lo mismo. Podía verlo en la cara de la nueva reina, disfrutaba con esa tortura a la que la sometía sin ponerla un solo dedo encima, hasta el día que finalmente la permitió ver a Regina. Era extraño y estaba segura de que no lo hacia por la bondad de su corazón, pero en ese momento no importaba, metía prisa al soldado que tenía que llevarla a las mazmorras, ansiosa por ver a Regina, solo para encontrarse con el horror de una morena torturada y apaleada que temblaba de dolor ante el mas leve contacto. Tenía que sacarla de allí, no podía dejarla morir. Pero fue arrancada de su lado sin piedad, siendo lanzada de nuevo fuera del castillo, donde tantas veces había estado exigiendo ver a la morena.
La noticia de la ejecución de la antigua reina corrió como la pólvora entre los ciudadanos. Se repetía de boca en boca, no existía otro tema de conversación mas que la muerte de la Reina Malvada, asunto del que hablaban con alegría y despreocupación, una novedad en su rutina, un evento curioso, una especie de venganza que ninguno de ellos se atrevería a llevar a cabo contra la mujer ante la que tanto tiempo habían doblado el espinazo con respetuoso temor. Parecía que la única que sufría con ello era Emma, y seguramente fuera cierto. Y si quien mas sufría era Emma, quien mas disfrutaba era Blancanieves, que como último acto de tortura mental a ambas, dejó de nuevo que la rubia viese a la morena antes de la ejecución. La encontró incluso peor que la primera vez que estuvo allí. A Regina su estado le daba totalmente igual, perfectamente consciente de que iba a morir en breve, lo único que aun la atormentaba era que Emma estaba allí de nuevo, no se había ido, estaba dispuesta a ver como Blancanieves la asesinaba públicamente, ante las sonrisas de quienes fueron sus súbditos.
Y aun así, en esos últimos momentos, con las manos de la morena encadenadas ante sus ojos, Emma se negaba a darse por vencida. Tenía que salvar a Regina. Pero se quedaba sin tiempo.
- No puedo dejarte morir.
Dijo tal y como había hecho la última vez, cogiendo la cara de la morena entre sus manos, la habían permitido entrar en la celda, para hacerlo todo aun mas difícil. Regina sonrió tristemente a través de las cicatrices.
- Conoces el castillo, tienes que saber como salir, debe de haber…
Intentó la rubia a la desesperada, pero la morena levantó sus encadenadas y destrozadas manos para callarla.
- No hay nada que hacer, Emma. Se acabó.
La triste sonrisa seguía en su cara, y la rubia seguía negando con la cabeza, testaruda como siempre. Regina casi se alegraba de su inminente muerte, iba a volverse loca de echar de menos a esa rubia testarudez si seguía metida en aquella celda.
- Nunca había querido mas de lo que tenía, no hasta que te conocí. Robaba aquí y allá, me mantenía con vida, sobrevivía. Y entonces llegaste tu y sobrevivir no era suficiente, estaba viviendo de verdad y quería que lo tuvieses todo, no quería que renunciases a nada, no quería que te perdieses nada. Puede que me equivocase en el modo de hacerlo, pero solo quería dártelo todo.
Dijo la morena recorriendo con la mirada la cara de la otra mujer, como queriendo grabarla en su retina para sus últimos momentos.
- Querías dármelo todo y me dejaste sin la única cosa que de verdad quería.
Respondió Emma levantando sus manos hasta las de Regina.
- Lo siento…
Intentó disculparse una vez mas, incluso sabiendo que eso no serviría de nada, pero la rubia negó con la cabeza intentando silenciarla con ese gesto.
- Todo está pasando como tenía que pasar, Emma. Yo misma he construido este camino, soy quien ha creado este desastre en mi destino.
Acarició los temblorosos labios de una rubia que estaba negándose a mirarla y que de pronto levantó unos brillantes ojos lloroso llenos de determinación.
- Debe de haber una forma de cambiarlo.
- Emma…
- No. Encontraré una manera.
Emma iba a negar lo inevitable hasta el final, Regina lo sabía bien. Le habría gustado que la rubia lo aceptase, eso haría mas fácil para las dos lo que iba a pasar, pero era imposible que la rubia aceptase algo así. No pudo añadir nada mas porque escucharon pasos acercarse a la mazmorra, y un grupo de soldados hizo su aparición con Graham a la cabeza, fue él mismo quien abrió la celda.
- Es la hora, Majestad.
Dijo apretando la mandíbula y dejando que sus compañeros entrasen en la celda.
- Te quiero.
Susurró Regina besando los dedos de la rubia, que se revolvió contra los soldados cuando agarraron bruscamente a la reina.
- No la toques.
Gruñó luchando contra el soldado que la mantenía apartada de la morena, a quien habían levantado y sacaban a rastras de la celda. Con un último arrebato de fuerza Regina consiguió parar el tiempo necesario delante de Graham.
- Sácala de aquí con vida.
Murmuró antes de recibir otro empujón al que ya no pudo resistirse. El soldado clavó la mirada en la desamparada figura que quedaba dentro de la celda, esa mujer era el motivo por el que nunca había tenido oportunidad de ganar el corazón de la reina, era el motivo por el que habían atrapado a su reina. Pero ya le había fallado lo suficiente a la morena, si quería que sacase de allí a esa rubia con vida, es lo que haría, a esa chica si podía sacarla, aunque la cambiaría con gusto por la reina. Y Emma compartía ese pensamiento, aunque ninguno de los dos pudiese hacer nada al respecto.
Lo que Graham no esperaba era encontrarse con la resistencia de la camarera a ser sacada de allí, Emma estaba decidida a presenciar la ejecución, pensaba estar en primera fila mirando a los ojos de Regina, no quería que lo último que viese antes de morir fuesen caras hostiles y burlonas alegrándose de su desaparición. Vio como arrastraban a la morena ante la complacida vista de Blancanieves y su príncipe encantador, y vio como la encadenaban a un grueso poste de madera justo delante de los reyes, en el centro del círculo que formaba la multitud.
- ¿Unas últimas palabras?
Habló Blancanieves con voz potente para que todo el mundo pudiese escucharla. Emma estaba delante de Regina, reclamando en silencio todo su campo de visión. La ternura la tenía toda reservada para la rubia, pero para esa niña malcriada y la gente que se había reunido para verla morir solo tenía veneno en la lengua.
- Puse fin a la guerra. – Empezó apartando la vista de Emma para recorrer con una mirada cruel las caras de la gente. – Hice que vuestras esposas y maridos, que vuestros hermanos y hermanas, hijos e hijas, que vuestras madres y padres volviesen victoriosos de la guerra. Os devolví vuestras cosechas y vuestros animales. ¡Os devolví todas las cosas que el rey os quitó para su guerra! Escuché cada uno de vuestros estúpidos problemas mientras esa mujer… - Clavó una mirada cargada de odio en Blancanieves. – os desatendía y abusaba de vosotros, mientras os atacaba y destrozaba vuestros hogares y empleos en su búsqueda de venganza contra un hombre a quien jamás encontró. – Devolvió la vista a la multitud. - ¡Era vuestra Reina! Y cuidé de vosotros, os protegí, queráis admitirlo o no. ¿Y ahora queréis matarme, queréis a esta mujer como reina y a su príncipe mascota como rey? Yo os maldigo ¡Os maldigo a todos! ¡A todo el reino! Os maldigo con miseria y enfermedad, con dolor y horribles muertes. Escuchad lo que digo, simples campesinos, yo, vuestra Reina, ¡os condeno a todos! Y ojalá os hubiese matado uno a uno cuando pude.
A estas palabras cargadas de maldad las siguió un espeso silencio. Algunos tuvieron el gesto de bajar la vista avergonzados o incómodos, un pequeño grupo de personas se marchó de allí, otros simplemente apartaron la mirada por un momento, pero nadie movió un musculo en defensa de la reina. Seguía siendo la Reina Malvada, daba igual como hubiese empezado su reinado, daba igual lo que hubiese hecho por ellos, en su mente seguía el recuerdo de los interrogatorios, las torturas y los encarcelamientos en su búsqueda de Blancanieves. A la hija del rey podían perdonarle eso, pero no a la mujer que había ocupado el puesto de Eva.
La nueva reina hizo un gesto y un puñado de arqueros se colocó en fila ante la antigua reina.
- Emma, no tienes que ver esto.
Escuchó de pronto la camarera, que por un segundo pensó que había sido Regina, que le estaba diciendo exactamente lo mismo con la mirada, desaparecido ya el odio y la rabia de ellos. Por supuesto no era la morena, era la abuelita, que estaba detrás de ella junto con Ruby, su amiga parecía dispuesta a dejarla inconsciente para sacarla de allí a cuestas si era necesario; pero ver allí a la anciana le recordó algo a Emma, una antigua historia que esa mujer les había contado hacia tiempo a ella y a Ruby, algo que su nieta había escuchado un millón de veces mientras crecía y que la rubia aun tenía fresco en la memoria. Murmuró algo ininteligible para las otras dos y lanzó una última mirada a Regina, ignorando totalmente la voz de Blancanieves enumerando los crímenes, reales o inventados, de su madrastra. La morena le devolvió la mirada, situada altivamente en el centro de la multitud, dispuesta a morir tan erguida como pudiese, despidiéndose de Emma y alegrándose cuando vio como la rubia se daba la vuelta y salía corriendo de allí. No quería que lo viese.
Pero Emma no huía de la ejecución, perseguía la idea que acababa de golpearla como un mazo. Era una locura, un imposible, algo ilógico e irreal, pero era todo lo que tenía. Sin preocuparse mucho de ser sutil, robó el primer caballo que encontró y salió a galope de la ciudad.
Blancanieves seguía hablando, se había aprendido los cargos de memoria, y estaba añadiendo mas sobre la marcha. Ruby había intentando seguir a su amiga, pero la perdió enseguida y volvió con su abuela. Emma no tenía que ver la ejecución, pero ellas dos si iban a presenciarla, lo tenían casi como una obligación. Habían conocido a Regina, a la autentica Regina, y aunque no era lo mismo que Emma sentía por ella, al menos habría dos caras amigas entre la multitud.
La rubia iba a toda velocidad, espoleando al caballo sin piedad, llevándole al limite de su resistencia, metiendole prisa al animal y a si misma como si tuviese un tic tac en la cabeza, una cuenta atrás con la vida de Regina.
La reina calló por fin y levantó una mano hacía los arqueros, que levantaron sus armas cargadas en dirección a la antigua ladrona. Ruby apretó con una mano la de su abuela, conteniendo la respiración, estrujando en la otra un par de viejos y remendados guantes que había llevado para su rubia amiga sin llegar nunca a dárselos.
Emma bajó del agotado caballo, que había recorrido el camino en un tiempo récord, le dejó suelto sin preocuparle mucho si la esperaría o no y contempló la negra entrada de una cueva medio escondida entre la maleza. Sin pensarlo dos veces entró de cabeza en esa oscuridad.
El príncipe encantador se inclinó y dejó un beso en la mejilla de Blancanieves, que ensanchó aun mas su sonrisa sin apartar su mirada cargada de venganza de su prisionera, disfrutando de ese momento de tensión antes de ordenar su muerte. Esperaba que esa insistente rubita estuviese observando en alguna parte, estaba segura de que si, no podría perderse los últimos momentos de Regina.
Emma seguía un camino de antorchas, repitiéndose mentalmente la historia de la abuelita sobre los tres Genios del Destino, rezando por no estar persiguiendo tan solo un cuento mientras Regina moría.
Los brazos de los arqueros temblaban ligeramente manteniendo la posición, esperado la orden para disparar, sin asomo de duda en su gesto, atentos a la mano de su reina. Ruby apretó mas la de su abuelita.
- ¿Qué buscas en mi oscura cueva, niña?
Dijo una voz de pronto, asustando a Emma, que vio a un hombre acurrucado contra la pared como si quisiera mantener el calor.
- Busco a los Genios del Destino, ¿es este el lugar correcto?
No tenía tiempo para sentirse estupida por sus propias palabras. El hombre se echó a reír con voz cascada.
- Los Genios del Destino son solo un cuento, niña.
Se carcajeó el hombre. Por toda respuesta Emma apretó la mandíbula dispuesta a seguir, pero el mendigo desapareció en una nube de humo, reapareciendo de nuevo ante ella como una imponente figura encapuchada.
- Nadie ignora a Zoso, muchacha.
Retumbó la voz en la cueva.
La mano de Blancanieves cayó por fin, dando así la orden de disparar. La primera flecha salió a toda velocidad, clavándose justo en la rodilla de la reina, que apretó los dientes intentando aguantar un grito, sin conseguirlo.
Emma observaba la alta figura en que se había convertido el simple mendigo.
- ¿Quién osa perturbar al Destino?
Preguntó con su atronadora voz, al rubia tragó saliva para humedecer su garganta reseca.
- Necesito pediros algo.
Esta vez la risa de Zoso no sonó para nada cascada, al contrario hizo eco por toda la cueva.
- Nadie pide favores al destino.
- No es un favor, tenéis que arreglar un error.
- El destino no se equivoca.
Decía esa oscura figura, sin conseguir amedrentar a Emma ni un poquito.
- Esta vez si.
Dijo totalmente convencida. Por respuesta Zoso desenvainó una daga de alguna parte de su amplia túnica, agarrando el pelo de Emma y apretando la hoja contra su cuello.
- El destino no se equivoca.
Una segunda flecha siguió a la primera, hundiéndose esta vez en el hombro de Regina, acompañada de otro grito y una sorda risa de Blancanieves, que observaba el espectáculo con un desquiciado brillo de victoria en los ojos.
En los ojos de Emma brillaba un inquebrantable determinación, si ese hombre, ese ser o lo que fuese, intentaba asustarla para que volviese sobre sus pasos, iba a tener que matarla, porque no pensaba regresar, menos ahora que había visto que los Genios del Destino eran reales.
- Esta vez si. – Gruñó con la hoja todavía contra su garganta. – Si vas a matarme hazlo ya, no tengo tiempo para juegos.
Añadió con los dientes apretados, clavando la vista en los reptilianos ojos de Zoso.
- Reconozco un alma desesperada cuando la veo.
Dijo el oscuro ser con una perversa sonrisa, desapareciendo en una nube de humo tan repentinamente que Emma casi pierde el equilibrio. Todo lo que quedaba de la presencia de aquel ser era la ondulada daga que había caído al suelo, sin pensarlo dos veces la rubia la recogió y siguió su camino.
Las flechas salían de una en una con desesperante lentitud entre ellas. O al menos eso le parecía a Regina, que pensaba que esa tortura nunca tendría fin, ya que las flechas se clavaban por todo su cuerpo sin llegar a dar nunca el golpe mortal. Una flecha mas se clavó en su cadera y al mismo tiempo vio como Ruby apartaba la vista, escondiendo la cara en el hombro de su abuela. Nunca esperó que nadie aparte de Emma llorase por ella, era una sensación extraña.
El sonido de una risita fue creciendo alrededor de Emma, llenado la interminable cueva. La rubia dio unas cuantas vueltas con la daga en alto, buscando al dueño de esa risa.
- Ten cuidado querida, podrías sacarle un ojo a alguien con esa cosa. Probablemente a ti misma.
Un hombrecillo de aspecto escamoso y pelo ondulado había aparecido ante ella con una floritura.
- ¿No vas a hacerte pasar por mendigo ni nada así?
Preguntó Emma con desconfianza, apuntándole con la daga. El hombrecillo rió de nuevo.
- Eso ya no es necesario, son trucos del viejo Zoso, no los necesito. Yo soy Rumplestiltskin. – Hizo una graciosa reverencia. – Aunque no puedo decir que esté a tu servicio.
Completó con una risa, dando un saltito para erguirse. Esa actitud juguetona ponía nerviosa a la rubia, percibia la amenaza en cada movimiento.
- Supongo que tu también vas a hacerme perder el tiempo, querido.
Regina notó con agradecimiento como su vista empezaba a nublarse y su cuerpo a insensibilizarse por la perdida de sangre, no debía de quedarle mucho tiempo, aunque eso no impidió que otra fecha saliese volando hacia ella, incrustándose esta vez en su estómago, tocando por fin, para mala suerte de su dolor, órganos importantes.
- No quiero hacerte perder el tiempo, Emma. – La rubia frunció el ceño al escuchar su nombre. – Quiero hacer un trato.
Los ojos de la camarera se entrecerraron con sospecha.
- Sé a que has venido, sé lo que quieres. Y realmente no me importa, no me importan muchas cosas a estas alturas.
Se dio unos golpecitos en la barbilla, dándole vueltas a sus propias palabras antes de decidir que eso tampoco le importaba.
- El caso es que pasar aquí la eternidad es muy aburrido si no pasa nada digno de observar, ¿me entiendes? – Movió las cejas con una risa. – Y tu Regina es algo digno de observar, no me había divertido tanto en siglos. – Dio dos palmadas. – No puedo dejar que deshagas el destino, pero si que lo cambies, que lo…reescribas. Podrás salvar a tu morena, pero solo a cambio de que siga siendo esa malvada y divertida reina en la que se ha convertido.
Fue la propia Blancanieves quien se acercó a ella a hundir un poco mas la segunda flecha que acababa de atravesar su estómago. A Regina su muerte se le estaba haciendo muy larga.
- Por fin se hará justicia por todos tus crimenes.
Dijo Blancanieves con su voz de reina, sonriendo cruelmente a la otra morena, extendiendo su mano libre para que le diesen un arco y una flecha. Soltó la que que Regina tenía en la tripa y se apartó unos metros para poder apuntar.
- Quitate de mi camino, Rumpleloquesea. No voy a hacer ningún trato contigo.
Iba a salvar a Regina y además recuperar a la ladrona que fue. Una sonrisa de sapo se extendió por la cara de Rumplestiltskin.
- Vamos, todo el mundo tiene un precio, todos estamos dispuestos a cualquier cosa por la persona indicada. ¿Acaso Regina no es la persona indicada?
Blancanieves tensó el arco ante la silenciosa mirada de todos sus súbditos, que esperaban ansiosos el golpe final a la antigua reina, el disparo que pondría fin al reinado de a Reina Malvada.
- Está bien, tengo otro trato para ti. Deberás salvar a Blancanieves.
Cambió de opinión el diablillo, Emma volvió a fruncir el ceño sin comprender.
- Es sencillo, esa niñita no puede morir en su fiesta de cumpleaños.
La rubia sabía a que se refería, Blancanieves se había atragantado en aquella fiesta en la que Regina se coló, en donde terminó salvandola y por lo que el rey le pidió matrimonio. Lo último que quería era repetir eso, salvar la vida a ese demonio de princesa, pero era su mejor opción en ese momento, su única opción. Asintió con la cabeza y Rumplestiltskin hizo un gesto para cederla el paso. Emma echó a correr, no debía de quedarle mucho tiempo. ¿Seguiría viva Regina siquiera a esas alturas? Esos seres la estaban haciendo perder mucho tiempo. Y para su desgracia una tercera persona la cortó el paso.
- ¿Cuántos sois?
Preguntó molesta, frenando en seco para no chocar con lo que esta vez era mujer mas o menos de su estatura.
- Solo quedo yo, Emma. Puedes llamarme Nimue.
Emma no quería llamarla de ninguna manera, solo quería que la dejase pasar.
- ¿Vamos a luchar? ¿Vamos a hacer un trato? ¿Cuál es tu truco?
Estaba impaciente por terminar de una vez. Nimue se echó a reír.
- Yo no tengo que recurrir a trucos, pequeña. Soy simplemente una guardiana.
Dibujo un semicirculo con la mano por encima de su cabeza y tras ella aparecieron cuatro puertas idénticas.
- No me lo digas, solo una es la correcta.
A Emma se le cayó el alma a los pies, la abuelita nunca decía cual era la puerta correcta, cambiaba cada vez que contaba la historia, nunca terminaba bien, la contase como la contase, nunca se abría la puerta correcta.
- Es el final del camino, Emma. Tienes que elegir, ya no hay vuelta atrás.
La rubia paseaba su mirada frenéticamente entre las cuatro puertas, buscando alguna señal que le indicase cual era la correcta, aunque no sabía a donde le llevaría esa puerta, nadie lo sabía, esa parte quedaba a la imaginación de quien contase la historia, para la abuelita era un lugar lleno de riqueza y comodidad, pero eso daba igual, Emma nunca podría comprobarlo si se equivocaba de puerta. Y en la historia…en la historia nunca se encontraba la puerta, porque ninguna era la puerta correcta, la rubia se dio cuenta de ello de golpe, mirando a Nimue y su tranquila expresión, esperando con calma verla fallar como a tantos otros. No había puerta correcta, pero ese ser era la guardiana de algo. Emma miró la daga en su mano y comprendió.
- No.
Gritó Nimue al tiempo que en otra parte Ruby gritaba lo mismo al ver como la flecha salía disparada del arco de Blancanieves, atravesando el pecho de Regina hasta clavarse en la madera tras ella. La morena ni siquiera gritó esta vez, no podía con la boca llena de sangre. Su última mirada fue para Blancanieves, pero mientras sentía como la vida se escapaba de ella, sus pensamientos eran todos para Emma.
Nimue era la puerta, y la daga era la llave, tuvo que hundirla en el pecho de la guardiana para aparecer por fin en el lugar que había estado buscando, aunque no era como esperaba, no era como lo había descrito la abuelita, no era un lugar maravilloso, era una biblioteca cargada de infinitos libros. Y como si la estuviese esperando, había uno abierto en una mesa frente a ella. Emma cogió una de las antorchas de la pared y se acercó al libro, mirando de vez en cuando a su alrededor, esperando ver aparecer de nuevo a los Genios del Destino, pero estaba sola. Pasó algunas páginas del libro, allí estaba su historia; y allí, en la última página escrita aparecía Regina cubierta de flechas, agonizando en sus últimos momentos de vida. La hoja se iba escribiendo según la miraba, contando como la vista de Regina se apagaba poco a poco, como todo en ella dejaba de funcionar finalmente para… Emma arrancó la hoja a la desesperada, arrancó una hoja tras otra hasta tener un puñado en la mano, hasta volver al momento en que se rompió todo, y sin pensarlo un segundo prendió fuego a todas esas páginas, mirándolas arder hasta que no quedaron mas que cenizas.
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Fiel a su palabra, Regina marchó la noche siguiente con el vestido en la bolsa para colarse en el baile, asegurandole a Emma no tardar mas de dos horas como máximo. La rubia se quedó en la taberna, intentando no pensar en lo que estaría pasando en palacio, pero la noche pasaba, llegó la hora de cierre y Regina aun no había aparecido. Pasaban las horas, con el cielo ya tan oscuro como el animo de Emma, que estaba sola tras la barra de su negocio, rezando porque se abriese la puerta y apareciese Regina con la bolsa cargada de joyas y alguna loca historia para explicar el retraso.
Casi saltó por encima de la barra cuando la puerta se abrió por fin, con la respiración contenida y el corazón acelerado, casi esperando que nada hubiese cambiado y que fuese de nuevo Ruby que iba a buscarla para presenciar el anuncio del compromiso de Regina con el rey.
Pero no, esta vez no era su amiga, esta vez era quien debía ser: Regina, con la bolsa colgando al costado y el vestido en la mano arrastrado por el suelo sin ningún cuidado. Emma dejó caer el trapo con el que estaba limpiando la ya mas que limpia barra, Regina soltó el ya inservible vestido y corrió hasta la rubia, que esta vez si saltó por encima de la barra para abrazarla.
- Pensé que…
Empezó, pero probablemente Regina no supiese nada de lo que había pasado, del cambio de destino, de que casi muere.
- Lo sé, lo sé. Pero todo ha vuelto a donde debía estar.
Emma se separó lo justo para mirarla con sorpresa. La morena lo sabía, recordaba perfectamente esa otra vida que habían vivido y que la camarera acababa de destruir.
- Lo sentí, Emma. Sentí como moría, y todo lo que podía hacer era pensar en ti, y en todas las cosas que nunca debí hacer.
La rubia negó con la cabeza, sin poder evitar una sonrisa de alivio. Había funcionado, Regina estaba allí, ya no habían estado separadas, ya nada había pasado, aunque ellas si lo hubiesen vivido, aunque fuesen las únicas que lo recordarían, que sabrían la verdad. Una parte de Emma le decía que todo eso había pasado de verdad, daba igual que lo hubiese borrado del propio destino, Regina había sido reina, la había abandonado, se habían abandonado. Pero no podía evitar la segunda oportunidad, el intentarlo de nuevo con la ventaja de haber aprendido ya de sus errores.
- ¿Blancanieves…?
Preguntó la rubia muy a su pesar, tenía aun presente su trato con Rumplestiltskin, esa princesa caprichosa no podía morir.
- La salvé, en vez de partirla el cuello como quería hacer, se lo desatasqué.
Gruñó Regina llevandose una mano al vientre, Emma no sabía lo que Blancanieves le había robado, quizá se lo contaría alguna vez, quizá no, eso ya no importaba realmente, no había pasado. Pero el caso era que si quería evitar todos los errores que Emma había borrado, tenía que ser la mujer que fue, y la mujer que fue había salvado a Blancanieves.
- Evité que se atragantase y salí de allí antes de que el rey supiese a quien darle el anillo.
Explicó con una risita. Había estado tentada a rechazarle públicamente, pero de su ahora inexistente matrimonio con ese hombre, recordaba como era, nunca las habría dejado en paz, no habría perdonado esa ofensa.
- ¿Entonces ya está? ¿Se acabó?
Preguntó Emma pasando los brazos por la cintura de la morena.
- No Emma, al contrario, hemos vuelto a empezar, gracias a ti.
Sonrió y antes de que la rubia pudiese añadir nada mas, Regina la había callado con un beso, ambas ignorando que habían dado pie al reinado de la Reina Malvada, Blancanieves. Pero en ese momento no lo sabían, no les importaba.
