Al gorrioncillo.
Hawkeye
XI. Clint.
Tengo que admitir, mano derecha en el pecho, que mi vida cambió con su llegada. Al inicio no eran más que discusiones de técnicas, caprichos por parte de ella, peleas absurdas en las que terminaba riéndome de ella, y ella riéndose de mi usual mal humor y mi falta de interés por la vida; no sé en qué momento ella comenzó a ser importante para mí: me descubrí una mañana, acelerado, acomodando todo mi caos para intentar mostrar una estabilidad que en realidad no tenía. En pocos meses ya no se trataba de Bobby hablando de cuán irresponsable era, era Kate diciéndome "viejo irresponsable" mientras juntaba mi caos y vendaba mis heridas, ni era Nat hablando con engaños para ilusionarme, sino Kate confesándome, presa de su fiebre, que yo le gustaba. No era Wanda con su mirada falsamente acongojada… era Kate, abrazándome y sonriéndome con gratitud.
Katie era auténtica, lentamente me di cuenta de ello, aun bajo esa careta ruda de niña que quiere ser adulta. No buscó jamás su propio beneficio aun en su habladuría altanera, sino una razón para seguir adelante; era estrecha en figura, cálida e inocente. Su cariño no tenía esa malicia, no tenía ese deseo de posesión… sé que sus sentimientos eran reales, y eso me llenaba de terror... el terror de hacerle daño con mi auto destructiva vida.
Siempre la vi como esa niña caprichosa pero anhelante de aprender… al menos hasta que se paró frente a mi por fuera de mi departamento con ese vestidito que me hizo odiar/amar a Natasha por habérselo escogido: era largo hasta la rodilla, tubular, ajustado a su delicado cuerpecito de adolescente, su pequeño pecho perfectamente acomodado en ese adecuado escote, tirantes de un fino color plata. Tuve que sostenerme del marco de la puerta al verla allí plantada como toda una mujer, el cabello recogido sobre su hombro izquierdo en suaves ondas, las delicadas zapatillas, el discreto maquillaje… su ceja izquierda levemente alzada. ¿Me había visto tan obvio?
-¿Estás bien, anciano?
-Claro, ¿por qué? –Contesté, intentando sonar razonable, cosa que nadie, ni yo mismo, se cree.
-Por nada… ¿sabes? Pensé que me pondrías un atuendo algo más… extravagante.
-Katie, ¿qué clase de hombre crees que soy?
-Un viejo pervertido.
Sonreí, esperándome aquello, aunque no tenía deseos de ello. Estaba realmente turbado por ella, mi organismo quería ceder ante su imagen, su muy bella imagen, pero no podía hacer eso, era una niña… tremendo lío en el que me había metido solo por actuar de forma impetuosa.
-Clint, si te sientes incómodo con esto…
-No, no te preocupes. –Me adelanté cerrando la puerta tras de mí, tomándola de la cintura para conducirla hacia el elevador antes de que me hiciera arrepentirme. –Yo he sido el que insistió, cúmpleme el capricho que yo te he cumplido bastantes.
-¡Ja! –Ella me miró indecisa cuando subimos al elevador, dejando escapar una leve sonrisa arrogante. –La verdad es que yo si me siento algo incómoda. –Y levantó sus manos hacia donde mi corbata negra, acomodándola pulcramente donde debería ir y yo no coloqué por mera pereza.
-¿Por qué? ¿Te da pena que te vean con un anciano como yo?
-No, no. –De pronto se miró algo preocupada, en parte centrada en acomodarme el saco también. –Más bien… que tú acostumbras a salir con beldades de largos cabellos ondulados y esplendorosas figuras, y, bueno, yo no soy nada de eso.
Quería abrazarla contra mi pecho hasta que se le cortara el aire, hasta que se quejara y gimiera que me golpearía si no la soltaba, que era un viejo pervertido; mis emociones me abordaron a tropel, casi matándome de ternura por ella, mi pequeño gorrioncillo. Tuve que resistirme, solo un poco, porque le obsequié un leve beso en la frente debido a su cercanía, y ella enrojeció, dirigiéndome una mirada perpleja.
-Eres perfecta, Kate.
Era perfecta para mí esa noche.
-.-.-.-.-.-
La fiesta no era precisamente como la que yo tuve en mi graduación; parecía más bien uno de esos espantosos y elegantes lugares donde Tasha se infiltraba para recabar información de alguno de aquellos elegantes y ricos invitados. Era un enorme salón con pisos esmaltados, candelabros de cristal transparente, mesas de vidrio con bebidas no alcohólicas (o al menos eso creí), y bocadillos refinados que eran casi incomibles para mí.
-Parece que no acostumbras a este tipo de eventos. –Me dijo esa bella mujer que había aparecido por mi Katie, de pie a mi lado.
-Por negocios solamente, procuro evitarlos a toda costa.
-También los evito, este sobre todo quería evitarlo. No soy muy social.
-Lo sé. –Y le ofrecí mi brazo con calma.
Ella se vio sinceramente encantada, observándome con una bella sonrisa de niña mientras tomaba mi brazo con aquellas delicadas manos; de pronto, por unos instantes, me sentí complementado al estar con ella.
La vi desfilar entre compañeros ataviados elegantemente, haciéndome sentir una especie de mesero con mi poco usual atuendo funerario, sonriendo con cortesía y falsedad practicada, contestando los casuales saludos con toda la diplomacia que podía tener una chica de su status social mientras me mantenía sujeto a ella del brazo; estaba consciente de que estaba atrayendo miradas tanto de compañeras como otros adultos que allí se encontraban, pero en ese momento ella…
-Katherine, qué gusto mirarte.
Vi de reojo a aquella mujer que le habló, una maestra que… vaya, parecía sacada de una de esas revistas de moda, perfectamente curvilínea de no más de treinta y cinco años, con una flamante melena roja y un descarado vestido azul tan ajustado que podía jurar no llevaba debajo ropa interior. Verla así junto a mi Katie me hizo pensar en aquellas palabras que me dijo al salir del departamento, mientras ajustaba mi corbata y saco con sus lindas manos, puesto que la dorada mirada de esa mujer oscilaba entre mi gorrión y yo mismo, mostrando ese interés característico de deseo.
-Profesora Simmons, buenas noches. –Saludó ella con el mismo tono que al resto. Me hizo pensar en Natasha, por la facilidad con la que se podía desenvolver entre esa gente.
-Pensé que no te miraría, siendo que esta noche te la has merecido por tu esfuerzo tan pulcro… ¿quién es este atractivo compañero que te acompaña?
-Es mi profesor de arquería…
Fue lo último que pude escuchar de ella, pues aquella mujer se había adelantado con descaro sin dejar que ella terminara de hablar, extendiendo su enjoyada mano hacia mí, sonriendo de forma provocativa; sus labios eran rojos, de un grosor perfecto, y sus ojos destellaban en dorado como el ámbar. Tomé su mano con cortesía y sonreí.
-Clint Barton.
-Margaret Simmons. Su apellido me suena familiar…
Entablé una conversación con aquella esplendorosa mujer, casual y calmo, apenas prestando atención a lo que sucedía a mi alrededor y de cómo aquella mujer se estaba interponiendo entre Katie y yo; no pude evitarlo hasta que noté que mi gorrión se había alejado de mi de forma discreta, y que la hermosa Margaret se había tomado de mi brazo disponible. Me sentí un completo idiota.
-Disculpe, Margaret.
Dijo algo pero no alcancé a escucharla, pues me había separado de ella abruptamente con la vista en todas partes; busqué a Kate por todo el salón, asustado y acelerado, sin importarme que me viera como un loco… yo era su acompañante esa noche, y lo que hice no era correcto. Tardé veinte minutos de carreras aceleradas hasta que comprendí que debía estar fuera; salí nuevamente, sintiendo un viento gélido en cuanto atravesé la puerta, y noté que alguien estaba parado en un jardín al lado de dos enormes abedules. Ella estaba allí, abrazándose asimismo como un cachorro extraviado, de espaldas al tumulto que era la fiesta.
-¡Kate!
Podía jurar que estaba llorando, allí bajo aquellos árboles, pero era mi imaginación envuelta en culpabilidad; ella me dirigió su mirada de zafiro, curiosa y despreocupada, mientras yo luchaba por no correr hacia donde se encontraba parada.
-Clint. –Me llamó con una inusual voz suave.
Me acerqué a ella, preocupado; le tomé suavemente del brazo para mirarla, pero ella se encontraba muy tranquila.
-Perdóname, no quise dejarte así…
-No te apures, anciano. –Y me sonrió, altanera, así como era ella normalmente. –Yo sé que tu sex appeal no te deja caminar libremente.
-No digas locuras, Katie-Kate.
Ella miró nuevamente hacia delante, donde había un bello lago que reflejaba la luna en la clara noche, al parecer bastante entretenida en ese panorama; guardé silencio, algo más relajado, contemplándole detenidamente... había dentro de mi una fuerte opresión, algo que me había tenido preocupado desde aquella noche cuando ella me había confesado que yo le gustaba. Le tenía cariño, si, pero hasta este instante yo no la miré como una mujer, sino como una niña, mi protegida. Ahora ella estaba allí de pie frente a mi, echándome en cara lo bella que era, lo perfecta que era para mi... sin una sola gota de alcohol de por medio.
-Katie.
-¿Dime? -Y me miró bellamente, con esos ojos de niña en el cuerpo de una mujer.
Ella era una chiquilla de dieciseis años, y yo un divorciado irresponsable de treinta y tres (en registros reales, para Shield tengo treinta y seis); le tomé delicadamente del mentón con la yema de los dedos y le obligué con sutileza a que me observara. "No importa, el sentimiento está allí así tengas cien años y yo cincuenta". Noté que se había sonrojado levemente, y me pareció sumamente adorable.
-Clint, me estás poniendo nerviosa.
-Es lo normal, ¿no lo crees?
-A veces pienso que...
Eché a un lado mis temores y prejuicios, algo que me pasaba muy a menudo y razón por la que me hacían llamar un impetuoso; tomé aquella bella carita con ambas manos y me incliné a dejar un beso en sus delicados labios, temblorosos y fríos, cortando sus palabras de forma abrupta. Aquella sensación fue dulce y grata, y sentí que algo se había liberado dentro de mi pecho; ella, tras unos instantes, se había acurrucado junto a mi y yo la dejé ser, centrándome tan solo en su bella boquita de miel.
Ella era mi gorrioncillo de miel.
-.-.-.-.-.-
Yuy.
