Bueno, este fin de semana estuve en Londres y vi varias cosas que me inspiraron para escribir los siguientes capítulos, entre ellas el musical de The phantom of the opera, con el que hago alusión a dos de los protagonistas, Christine Daae y Raoul Chagny, aunque en el fic les he cambiado los apellidos. No sé si alguien conocerá la obra, pero os la recomiendo bastante.

Y bien, se abre el telón.


Capítulo 9: Presentación del equipo

–¡Mirch! –la nombrada se despertó sobresaltada por el grito de Reborn.

Estaba sentada en la silla de su despacho e iba totalmente despeinada. Sobre la mesa se encontró muchos papeles desordenados en los que había escrito cosas con su vasta letra, sobre los que, aparentemente, se había quedado dormida. También había dos lápices de diferentes grosores (los cuales no habían sido relevantes para la capitana a la hora en la que realizó su tarea) y vasos. Sobre todo vasos. Vasos pequeños, vacíos, aunque con gotitas que restaban de alguna bebida color marrón anaranjado, decorados con relieves de rombos tallados sobre el cristal.

–Apestas a alcohol, y será mejor que te des prisa en ducharte o lo que vayas a hacer, porque tienes que irte ya –y con esto se despidió el hitman vestido de negro, cerrando la puerta tras de sí y encaminándose hacia los que ya nunca serían alumnos de Lal Mirch.

Ella miró a los papeles, algo aturdida. Se trataban de planes, ideas, esquemas, para proteger a Colonello, el cual entró al instante.

–¿Estás lista?, kora –apareció con su enorme sonrisa, deslizándose por un hueco entre la puerta y el marco y cerrando esta tras de sí mientras se aseguraba de que nadie lo había seguido.


¿Cómo podías sonreír tanto? ¿Es que no te dabas cuenta de adónde íbamos?


A Lal le fastidió tanto el aparente entusiasmo de su alumno que se levantó y, peinándose sutilmente, amontonó los papeles y los barrió con la mano hacia un cajón. Luego se sacó una llave del bolsillo con la que cerró la puerta del despacho cuando ellos salieron. Acarició con la mano la madera con nostalgia, despidiéndose para siempre de su despacho.


El viento frío azotaba sin piedad el andén bañado en niebla. Ambos vestían sus habituales uniformes, ambos lucían un sentimiento impenetrable de determinación. Colonello llevaba un fusil mientras que Lal portaba su famosa escopeta. La estación estaba en silencio, exceptuando el viento y el reloj que chirriaba al balancearse en la viga oxidada, una de las muchas, que mantenían en pie la construcción. El cadete miró a ambos lados, gente de todo tipo de grupos se acumulaban allí en pequeñas pandillas delimitadas por la vestimenta de cada uno.

De repente empezó a temblar el suelo. Se escuchaba un sonido grave que anunciaba que el tren se acercaba. Por entre la espesa niebla asomaron un par de faros que iluminaron los metros más cercanos a ellos y al segundo un vehículo fugaz meció los cabellos de la gente, sobre todo el de las chicas, cuyas caras eran cubiertas por su propio pelo como si de un burka se tratase, aunque haciendo caso omiso de ello. El tren pasó de largo azotando el hierro de las vías desgastándolas cada vez más.

–¿Es que no vamos a-

Un hombre con un uniforme parecido al de Lal dio un golpe fuerte en el suelo con uno de los extremos de su arco, exigiendo silencio. Colonello subió la barbilla y tragó saliva, manteniéndose erguido, mientras miraba cómo su maestra apretaba los labios.


Idiota. ¿Cómo eres tan osado?


El hombre era alto, poco mayor que Lal, con el pelo marrón muy oscuro. El gorro era el mismo que el de la capitana y el uniforme tenía el mismo color, solo que llevaba unos pantalones y una chaqueta sobre una camisa blanca de tirantes, en vez del vestido del uniforme femenino. Sus ojos eran verdes tirando a amarillos y tenía una cara amigable e imponente a la vez, adornada con un piercing en el labio inferior. Tenía las manos fuertes y llenas de anillos metálicos negros sin ningún adorno. Un tatuaje de algo parecido a un tigre le asomaba por la nuca, y una cadena de plata colgada al cuello que se escondía en su camiseta. Era un chico bromista y serio a la vez, algo contradictorio pero real. Solía ser bastante atrayente por su físico musculoso y su personalidad indiferente. Max Towell, coronel, superior de Lal Mirch.

Colonello tenía miedo; buscaba con la mirada algo con lo que entretenerse pero antes de que pudiera encontrar nada otro tren pasó rápidamente haciendo perder el equilibrio a algunos de los presentes, repitiendo el festival de pelos de colores bailando en el viento. Las puertas se abrieron con un sonido mecánico. Las personas entraron al tren cual muñecas controladas.

El interior del vehículo tenía una alfombra azul oscuro que cubría los suelos de cada uno de los vagones. Las paredes, blancas con una línea azul cian que las atravesaba, pasando por debajo de las ventanillas. Los asientos estaban tapizados con cuero negro en perfecto estado a pesar del tiempo y de los cientos de miles de viajeros que se habrían sentado en ellos. Eran de dos plazas, y estaban colocados en grupos de modo que dos personas se pudieran sentar en frente de otras dos.

Lal se sentó en uno de los asientos del final del último vagón (el cual estaba vacío de no ser pos la presencia de seis personas) justo al lado de la ventanilla derecha. Colonello se sentó en frente de ella y dejó su arma apoyada en el asiento que tenía al lado. El tren se puso en marcha, e iba tan rápido que no se notaría que estaba en movimiento de no ser por el ruido que hacían las ruedas al correr por las vías oxidadas.

El viaje duraba horas y por la ventana solo corrían distintos tonos de verdes en forma de cientos de plantas. La capitana, con el codo apoyado en el reposabrazos, estaba absorta en las vistas de fuera.

–¿Estás nerviosa?

Lal no quería responder. No quería mirarlo a los ojos para no ver el miedo que los perforaba, por su culpa. No quería ver el fantasma de Colonello. Se mordió el labio inferior como única respuesta, pero, aunque el chico no se conformó, no hizo más preguntas.

Habían pasado tres horas resumidas en Colonello mirando a Lal, la cual miraba el paisaje que corría por la ventana. De repente la mujer vio un brillo entre los árboles, un destello que hizo que se descolocara de su posición anterior y empujara la cabeza de su alumno contra el suelo con un estricto grito. Él no sabía lo que estaba pensando hasta que la ventanilla estalló en miles de cristales y una bala de diámetro considerablemente grande cayó rodando ante sus ojos. Ambos se levantaron rápidamente junto con Max y un grupo con el que iba.

–¡Mirch! –la llamó el coronel– ¿Estáis bien?

Lal asintió sin acercarse a ellos. Sacó una chaqueta de cuero negro que había traído consigo de debajo de uno de los asientos y se la puso a Colonello clandestinamente. Acto seguido, se agachó y le sacó el pantalón por fuera de las botas, alejándolo de su aspecto normal.

–¿Qué haces?, kora.

–No podemos dejar que te vean y averigüen que eres un simple cadete, y menos que te he traído yo –susurraba la capitana–. ¡Y haz el favor de no hablar tan alto!

Cuando se levantó se echó la escopeta a la espalda, de la cual no se había separado en todo el viaje. Dirigió al chico hacia Max y los otros.

–No nos dejan pasar… ¡No nos dejan pasar a la ciudad! ¿Qué vamos a hacer?

Una chica que no pasaba del metro y medio se mordía las uñas nerviosamente. Tenía una trenza naranja más larga que su propia columna que bailaba con el más mínimo movimiento que hacía, adornada con un corto mechón muy rizado que le caía por en medio de la frente y otros similares más largos que le caían uno a cada lado de la cara. Su piel era del tono más blanco posible salpicado con pecas en las mejillas, y sus ojos verdes como auténticas esmeraldas. Su uniforme era igual al de Lal solo que este tenía muchos bolsillos con cremallera por todas partes y, en vez de botas, delicadas merceditas negras. Sus manos eran pequeñas y temblorosas, llenas de tiritas. Normalmente solía ponerse nerviosa, pero se conocía que con una medicación especial tenía una gran facilidad para concentrarse y, cuando lo hacía, era un auténtico prodigio. Por aquel entonces ya estaba haciendo avances y ya era capaz de calmarse sola. Era la mar de inteligente y observadora. Christine Megou, capitana del primer escuadrón de estrategia del COMSUBIN.

–¡Cálmate, ¿quieres?!

Un chico poco más alto que Colonello la zarandeaba. Tenía la piel morena y los ojos azules. Su corto pelo negro iba recogido en una diminuta coleta alta. Su uniforme era igual que el de Max pero llevaba la chaqueta atada a la cintura, dejando a la vista su camiseta blanca de tirantes. Su cuerpo era notablemente más fuerte que el de Max. Llevaba guantes de cuero negro que dejaban al aire la parte de arriba de los dedos. Él se tomaba las cosas mucho menos en serio que el resto del grupo, pero más cálido y agradable. Era fuerte, tanto física como mentalmente, y divertido. Raoul Redford, capitán del tercer escuadrón de defensa del COMSUBIN.

Una tercera chica igual de alta que Lal se levantaba del asiento con mirada fría y penetrante, haciendo chocar las espadas que llevaba en su cinturón y produciendo un sonido metálico. Llevaba cinco, dos en la cadera derecha y tres en la izquierda, cuyos mangos eran de diferentes colores: la del mango rojo era un ninjatô, la del mango blanco era un bracamarte, la del mango azul turquesa era una Jian que le había dejado su padre antes de morir (tenía un gran y profundo cariño por esa espada), la del mango naranja era un florete de empuñadura italiana que había adquirido directamente del COMSUBIN, y la del mango negro… nunca la había usado, así que solo ella sabía de qué espada se trataba. Tenía el pelo negro muy brillante constituido por un flequillo recto que le tapaba las cejas, mechones largos sobre las orejas y una coleta alta muy larga que le llegaría hasta el final de la espalda, más o menos, sujetada por un lazo blanco largo y relativamente grande. Además era la única chica que no tenía gorro. El uniforme era el típico uniforme femenino del COMSUBIN solo que llevaba las mangas más altas de lo normal. Tenía los ojos achinados, amenazantes y negros y unas pestañas muy largas y oscuras. Tenía tatuados tres círculos muy pequeños debajo de cada ojo, orientados hacia la parte más cerca de las orejas y en filas horizontales. Era una chica fría y fuerte, indiferente, poco amigable y poco habladora. Lau, capitana del tercer escuadrón de lucha del COMSUBIN.


Veréis, pensaba describir cada espada cada vez que usara una pero he visto que es más difícil y prefiero describirlas todas de una:

Ninjatô: es la espada por excelencia que usaban los ninjas (no era la katana, la katana es más un sable que una espada). Es prácticamente igual solo que con el filo recto y algo más corto que el de la katana.

Bracamarte: fue una espada empleada en la Edad Media de cuatro esquinas, casi tan largo como un brazo, cuya hoja se va estrechando conforme se acerca al mango. Falcione es el nombre en italiano. Es posible que lo llame falcione en vez de bracamarte, así que acordaos.

Jian: es el arma blanca de hoja recta por excelencia del pueblo chino. Moderadamente larga y de doble filo y prácticamente sin cruz. Aunque es blandida con una mano, puede ser blandida también con ambas.

Florete: es una de las tres armas de la esgrima, con el filo flexible y bastante fino. La empuñadora tiene forma de cuenco.


Lau le dedicó una mirada asesina a Christine y sacó su ninjatô. Raoul se ajustó la corre de los guantes. Christine se sacó unas gafas con montura blanca de uno de sus bolsillos y se las puso, chupándose un dedo y peinando con él su característico mechoncito. Max cogió su arco y se echó el carcaj al hombro, colocando una de las flechas metálicas en la cuerda. Lal y Colonello cargaron sus correspondientes armas.

–Anda, ¿y este quién es? –Max giró la cabeza hacia Colonello.

Tanto el rubio como su instructora se quedaron en blanco, a pesar de que ya habían planeado todo perfectamente.

–Se llama Harry –Lal fue la más rápida en responder, pellizcándole el brazo al cadete para que no dijera palabra que los delatara.

–¿No eres muy joven? –Christine lo inspeccionaba desde su baja estatura subiéndose las gafas con el dedo corazón y entrecerrando los ojos– Además… No eres del COMSUBIN, ¿verdad? ¿Qué haces con Mirch?

Los cuatro capitanes y el coronel se miraban entre sí.

–Max… –susurró Lau, atrayendo la mirada de él.

Si algo caracterizaba al coronel era que no le gustaba que lo llamaran por su apellido, al contrario del resto de miembros de COMSUBIN. Max y Lau tenían una relación de mutua confianza.

–Ahora no hay tiempo para eso, tenemos que salir de aquí.

Christine sacó una bola gris del tamaño de una uña y la lanzó contra el cristal de la ventana que tenían al lado. El material del que estaba hecho se extendió por todo el cristal y una bala que alguien de fuera había disparado rebotó.

–¿Qué acabas de hacer? –preguntó Colonello mientras Lau cortaba el seguro de la puerta con su espada, dejando que cayera por fuera del tren.

–He lanzado esto –se sacó otra bola de su bolsillo y se volvió a colocar las gafas–. Es una especie de escudo que aumenta la elasticidad del material que lo absorbe.

Colonello se quedaba alucinado, estaba delante de una verdadera genio. De repente, la chica se puso la mano sobre los labios e hinchó las mejillas. Su piel se tornó verdosa.

–Christine… –Raoul acudió en su ayuda y le echó un brazo sobre los hombros.

–Estoy bien… –la capitana se acariciaba el vientre con una mano.

Lal y Lau se echaban miradas asesinas desde dos metros de distancia, ambas permanecían cayadas e indiferentes durante el transcurso de la escena.

–Saltad –concluyó Lau, guardando su ninjatô.

Raoul cogió a Christine en brazos y fue el primero en saltar. Cayó sobre el césped apretando la pequeña cabeza de la chica contra su pecho.

La siguiente en saltar fue Lau, que cogió carrerilla. Max saltó prácticamente a la vez que ella y cayeron a muy poca distancia.

–Lal… –Colonello estaba confuso, no entendía quién era aquella gente y qué relación tenían con su instructora.

–Salta.

–Pero…

–¡Salta! ¡Te lo explicaré por el camino! –lo tiró del vagón con una fuerte palmada en la espalda.

La capitana saltó a continuación, justo antes de que el vagón explotara. Pero uno de los trozos de metal caliente la golpeó en una pierna, causándole una quemadura y un moratón a la vez. Cayó cerca del rubio dando volteretas y llenándose el pelo de hojas y demás.

Cuando ya estuvieron todos, Christine sacó de su bolsillo un colibrí. No era un ser vivo, era un radar. Lo dejó volar desde dos de sus dedos. Al cabo de pocos segundos el colibrí volvió, mecánicamente.

–En aquella parte hay enemigos –Christine señaló al otro lado de la vía, desde donde les habían disparado–, pero bosque arriba no. Será mejor que corramos.

Raoul se la echó a la espalda y encaminó la carrera por entre los árboles, corriendo cuesta arriba con el resto de sus compañeros. Lal cargó su escopeta y Lau sacó otra de sus espadas, esta vez el bracamarte. Ellas sí parecían competir a ver quién era más rápida, y ambas adelantaron a Raoul.

–Ríndete, Mirch. Solo eres una entrenadora –Lau intentaba rajar a la otra mientras corría.

–¿Qué dices? –saltaba habilidosamente mientras le lanzaba disparos descontrolados– Me gustaría verte a ti convirtiendo a un puñado de mierda en el que pronto sería tu escuadrón.

Lau gruñó y se acercó más a Lal hasta que las dos capitanas empezaron a luchar, picadas la una con la otra. Pero el grito de Max las separó y, avergonzadas, siguieron corriendo.

Finalmente llegaron a una carretera algo desgastada. Al otro lado había una pradera verde, con hierbas altas y algún arbusto repartido, pero no mucho más. Christine se bajó de la espalda de Raoul y se disponía a sacar de nuevo al radar colibrí pero Colonello la detuvo. Apuntó con su fusil a un punto cualquiera y empezó a disparar en serie. Nadie fue acertado, lo que dejaba libre el camino.

Antes de que pudieran cruzar, pasó un camión que Max detuvo poniéndose delante y alzando las manos. El conductor del vehículo y Max iniciaron una conversación en italiano.

–Podemos subir a su camión, nos dejará en un hotel de carretera donde pasaremos la noche hasta que vengan refuerzos –Max hablaba mientras se acercaba, y Lau se dirigía al camión la primera ignorando a los demás, como de costumbre, seguida por el resto.

Una vez estuvieron subidos en la parte trasera del camión, se dividieron en dos grupos: Lal y Colonello en al final y el resto más cerca del coche.

–Explícamelo todo –susurraba el cadete sentado con las piernas cruzadas.

–Fuiste tú el que insistió en venir, ¿ahora me estás exigiendo cosas?

–Por favor.


Aún no sé ni por qué accedí a responderte.


–Cada una de estas personas, exceptuando a Max, son capitanes. Max es coronel, así que te sugiero que no intentes tratarlo como a mí.

–Ah… ¿y cómo crees que te trato a ti?, kora –el chico se acercaba de manera provocativa a la capitana, arrimando un hombro, haciendo que se sonrojase y se alejara poco a poco.

–¡Cállate! ¿Algo más que quieras saber?

–Sí, ¿por qué nos han atacado?

Hubo silencio durante un rato y fue más que suficiente para que Colonello se diera cuenta de que ni Lal ni ninguno de los allí presentes sabía el motivo del ataque enemigo, y mucho menos el por qué no dejaban que el tren avanzase.

Y así prosiguieron el viaje camino de ninguna parte, esperando un ápice de esperanza que probablemente no llegaría. Ni siquiera sabían lo que les esperaba ni quiénes saldrían vivos y quiénes no.


Bueno... ¿Qué os ha parecido? ¿Os habéis aclarado con lo de las espadas? (Sí, es lo que más me preocupa... xD) Si veis que no, podéis buscar fotos, o podéis pedírmelas a mí... (no tenéis ni idea de la cantidad de información que almaceno de mis fics xD) Y bueno, eso ha sido todo hasta el capítulo 10. Ciao ciao~