DOS SABUESOS DESPISTADOS

DISCLAIMER: Casi todo es de Rowling. Lo de siempre, vamos.

CAPÍTULO 11

El pudding de Navidad

-Audrey. ¿Villancicos?

-Ajá.

-Genial.

Cillian se dejó caer en el sofá. Odiaba la Navidad con su música estúpida, su decoración hortera y sus regalos inútiles. Y a juzgar por su expresión, a Stan, que se había levantado un poco mustio esa mañana, tampoco le agradaba mucho. Pero como a Audrey le encantaba, todos en casa debían pasar por el desagradable trago de la cena copiosa y el espíritu navideño. Lo dicho anteriormente. Genial.

En ese momento, Audrey había empezado a decorar el árbol de Navidad, un horrible abeto de plástico que podría hacer que el edificio entero se incendiara al más mínimo descuido. Al parecer, para ese año la chica había decidido renovar los adornos y había comprado montones de espumillón y bolas doradas. Al menos la cosa aquella tendría un aspecto discreto, alejado del molesto colorido de años anteriores.

Cillian miró a la chica con el ceño fruncido y casi agradeció tener que trabajar en Noche Buena. Casi, porque en cierta forma también disfrutaba de la Navidad con Audrey, siempre y cuando no lo obligara a cantar cosas absurdas.

-He pensado que Stan y yo podríamos llevarte la cena al trabajo. Y después, cuando termines, iremos a tomar unas copas por ahí. ¿Qué te parece?

-Me parece que no puedo trabajar y tener una cena de Noche Buena al mismo tiempo.

-¡Oh, venga! No seas aguafiestas. ¿Verdad que es un buen plan, Stan?

El hombre, que batía con absoluto desinterés unos huevos, levantó la vista y negó con la cabeza.

-En realidad no me apetece mucho, niña.

Aquella era la primera vez que le negaba algo. Audrey se quedó absolutamente pasmada y Cillian, que ya tenía preparada una protesta, enmudeció. Más aún cuando Stan dejó su lugar en la cocina y se encerró en su dormitorio.

-Le pasa algo.

-Que Stan no quiera concederte uno de tus caprichos no significa que le pase algo.

-¡Venga ya, hombre! Has visto la cara que tiene. Creo que está deprimido.

-Déjalo en paz, Audrey. Hasta él tiene derecho a un poco de intimidad.

-Es nuestro amigo. Tenemos que ayudarle.

-¿No se te ha ocurrido pensar que no entrometerte en sus asuntos también es una forma de ayudar?

Audrey apretó los labios. Incluso Cillian se había dado cuenta de que Stan no estaba atravesando el mejor día de su vida. No podía entender que el chico quisiera quedarse ahí parado sin hacer nada. No era una forma de ayudar a nadie. Stan necesitaba desahogarse, explicarle a alguien porqué estaba mal y, sin duda alguna, ella era la mejor candidata para echarle un cable.

- En serio, tía, no te metas –Cillian, que parecía estar leyéndole la mente, siguió hablando- Hay gente a la que simplemente le deprime la Navidad. Déjale en paz.

Audrey guardó silencio, fingiendo que estaba dispuesta a hacer lo que Cillian le sugería. Colocó un par de adornos más, pero se sentía demasiado intrigada como para no seguir con la conversación.

-¿Crees que tiene algo que ver con lo que le pasó? –Cillian la miró sin entender- Quizá la Navidad le recuerde cosas que dejó atrás. Una familia, tal vez.

-Con más motivo para que no te inmiscuyas.

-Pero Cillian.

-En serio. No sé ni para qué me molesto –El chico se puso en pie, cogió su abrigo y se dispuso a salir- Al final vas a hacer lo que te da la gana, como siempre.

-No te enfades. ¡Es Navidad!

Cillian alzó una ceja. Sin duda, Audrey había sonado bastante burlona. Bufando, se fue de casa dando un portazo. A su compañera le hubiera gustado que fuera un poco más colaborador, pero como todos los años era igual ni siquiera le importó. Después de todo, lo de decorar el árbol era sólo cosa suya. Siempre había sido así y siempre lo sería.

Audrey recordaba que de niña había disfrutado mucho de momentos como aquel. Su madre y ella se encargaban de decorar la casa y su padre siempre las felicitaba por su trabajo. Audrey suspiró. Los echaba de menos, sobre todo en las fechas importantes, pero apenas se permitió un minuto para pensar en ellos. No quería ponerse triste. La Navidad debía ser una época de felicidad y extrañar a tus padres muertos hasta que dolía no era la mejor forma de estar contento. Además, ese año tenía otras cosas en mente. Como los regalos.

Ya los tenía todos. A Stan le había comprado una colección de óperas en CD y DVD. A Cillian unas zapatillas de deporte, porque las que tenía estaban medio destrozadas y él era un tacaño que no las renovaba porque no le daba la gana. A Helen le regalaría la chaqueta rosa de punto que tanto le gustaba y a Percy una corbata. No era muy original precisamente, pero Audrey recordaba que el chico había dicho algo sobre coleccionar dichos complementos y no pudo resistirse. Además, era una corbata especial, muy alejada de las que Percy solía utilizar habitualmente.

Audrey rió suavemente al pensar en ella. No es que hubiera planeado comprarle nada a Percy, pero en cuanto vio la corbata estampada con diminutas botellitas de Coca-Cola, supo que era el regalo perfecto. Seguramente Audrey lo encontraría un poco absurdo en cuanto se lo diera, pero a Audrey le seguiría pareciendo igual de genial. Es que de verdad que esa corbata estaba hecha especialmente para él.

Durante un segundo, la chica se preguntó si Percy también le habría comprado algo a ella. Por supuesto que no estaba en la obligación de hacerlo, faltaría más, pero sí que le gustaría mucho que tuviera algún detalle con ella. Y no porque le gustara de verdad, que también, sino porque un regalo de su parte significaría que ella también representaba algo en la vida de Percy, aunque sólo la viera como una amiga.

Arrodillada frente al árbol de Navidad y colocando una de las últimas bolas, Audrey se dijo que no debía hacerse ilusiones porque Percy no era del tipo detallista y un extraño e incómodo hormigueo le recorrió el estómago. Eso sería ciertamente decepcionante.

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Percy no sabía muy bien qué pensar de la Navidad. Cuando era pequeño, le había encantado porque era la única época del año durante la que podía comer dulces sin control y porque siempre disfrutó al ver a toda la familia reunida alrededor de la mesa, pero ahora que era mayor no estaba muy seguro de sus sentimientos al respecto. Quizá, si no hubiera pasado las fiestas de los últimos años obstinadamente solo, esas fechas le resultarían más agradables, pero ese año se sentía tenso y un poco inquieto. Tal vez porque pensaba que le debía algo a la familia.

Todos le habían perdonado. A Percy le gustaba pensar que así había sido. Su madre insistía en que los desplantes pasados ya estaban olvidados y el joven sabía que, al menos por parte de sus padres, eso era absolutamente cierto, pero sus hermanos eran otra cosa. No era que lo trataran de forma desagradable, pero había algo en sus miradas, en sus palabras un tanto medidas que llevaba a Percy a pensar que no se fiaban de él. Y no les faltaban motivos para hacerlo, por supuesto, pero a Percy no le gustaba sentir esa especie de atmósfera enrarecida cuando estaba presente.

Por eso, y a pesar de que no era la mejor manera de reconciliarse con ellos, Percy había gastado una buena parte de sus ahorros en regalos para todos. No estaba muy seguro de haber acertado, pero ya estaba hecho. Sólo le faltaba encontrar algo para su madre y todo quedaría resuelto.

Había decidido comprarle unos pendientes. Molly Weasley nunca había tenido oportunidad de tener joyas, con eso de tener que criar siete hijos y ser pobre, y Percy pensaba solucionar aquello cuanto antes. Por eso entró con decisión a la tienda y se plantó frente a un expositor repleto de aretes, anillos y colgantes. Eran bonitas las joyas, con sus brillos dorados o plateados y sus piedrecitas de colores. Y también eran caras y, aunque Percy había ahorrado bastante en los últimos años, no podía permitirse gran cosa.

Después de unos diez minutos de deliberación, escogió unos pendientes de oro blanco adornados con unos pequeños rubíes –o eso fue lo que le dijo el dependiente- y se dispuso a marcharse a casa. Tenía que arreglarse para la cena y apenas le quedaba tiempo. Llegar tarde después de una ausencia tan larga sería un gesto muy feo. Así pues, encaró la salida y caminó por el Callejón Diagón dando grandes zancadas. Hasta que pasó frente al escaparate de una zapatería y los vio.

Eran rojos, de piel de dragón y con unos tacones casi vertiginosos. Además, estaban en oferta y, demonios, eran perfectos para ella. La diminuta Audrey que coleccionaba zapatos y que parecía sentir especial predilección por el color rojo. Sonriendo, y sintiendo que estaba haciendo algo casi peligroso porque, la verdad, él no acostumbraba a improvisar nunca, Percy Weasley compró los zapatos.

Se moría de ganas de ver la cara de Audrey cuando los tuviera delante.

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Charlie Weasley llegó a casa a eso de las seis de la tarde. Su madre lo recibió con un grito y un abrazo de oso y Percy, que había sido el primero de todos en poner un pie en La Madriguera, vestido de punta y blanco y convencido de que se había retrasado, le saludó con un apretón de manos y un par de palabras un tanto torpes. Era un poco raro, porque Percy siempre fue bastante hábil con las palabras, pero se le notaba nervioso. Charlie lo comprendía. A veces, aún tenía ganas de darle un par de puñetazos por su comportamiento del pasado, pero era Navidad, Percy estaba intentando redimirse y él estaba demasiado harto de que todo fuera un desastre como para reprocharle nada.

Molly llevó a sus hijos a la cocina, les encomendó un par de tareas y comenzó a explicarles por qué no había nadie más en casa. Al parecer, Ginny, Ron y Harry estaban tomándose algo con Hermione Granger, que pasaría las fiestas con su familia. Arthur había ido a ayudar a George con la tienda y Bill y Fleur no tardarían en llegar. Con algo de sorna, Molly comentó que su nuera debía estar acicalándose y compadeció a su hijo por tener que aguantarla. Ciertamente no había acritud en sus palabras, pero cuando Charlie se rió con el comentario, Percy fue consciente de que se había perdido más cosas de las que debería.

Fue entonces cuando se produjo un instante de silencio. El nombre de Fred parecía estar bailando en los labios de su madre y los ojos se le llenaron de lágrimas mientras se afanaba por terminar el pudding de Navidad. Percy no pudo mirarla. Se preguntó si en años anteriores su madre también habría llorado su ausencia. No. No era una situación fácil y se sentía avergonzado, pero decidió que lo mejor que podían hacer era distraerse y le preguntó a Charlie por su trabajo en Rumanía. Pasaron un rato hablando de dragones y, entonces, llegaron Fleur y Bill.

Tampoco era bueno verlos a ellos. A Fleur, cuyo embarazo ya empezaba a ser visible, apenas la conocía. La recordaba del Torneo de los Tres Magos celebrado en Hogwarts. Aquel acontecimiento supuso el principio de su ruptura con la familia y la vergüenza fue en aumento. Después, cuando vio las cicatrices de su hermano y recordó que no lo había visitado cuando casi muere y que ni siquiera fue a su boda, simplemente quiso salir corriendo. Pero entonces los dos lo saludaron amablemente, como si el pasado no les importara lo más mínimo, y Percy se dijo que debía ser valiente y afrontar sus errores como el hombre que era y fue más consciente que nunca de lo mucho que disfrutaba estando junto a Audrey. Con ella no tenía nada que echarse en cara.

Fleur y Bill también ayudaron con las tareas domésticas. Molly se negó por completo a que su nuera moviera un dedo en la cocina, alegando que era su invitada y que en su estado debía cuidarse, pero no pudo evitar que la chica insistiera en poner la mesa. Quería darle un toque chic, según dijo, y no se sintió ni mínimamente intimidada ante el ceño fruncido de su suegra. Bill, que en ningún momento intervino en la breve discusión que mantuvieron, se puso a hacer ensaladas como si la vida se le fuera en ello.

Percy se sintió a gusto mientras ayudaba a su madre a cocinar. Ya de pequeños habían tenido que echarle una mano porque en casa siempre fueron demasiados, pero Percy no lo había disfrutado tanto como ahora. Cuando Ron, Ginny y Harry llegaron, el bullicio fue en aumento. Los tres lo saludaron con despreocupación, como si tenerle allí fuera lo más natural del mundo. Percy ya se había disculpado con Harry por haber dudado de él en el pasado y el chico era educado, pero estaba bastante seguro de que nunca serían amigos. Y en cuanto a sus hermanos, Ron era como una olla a presión y siempre decía lo que pensaba. Había sido el único que le había reprochado abiertamente que se largara como lo hizo, pero después todo había ido sobre ruedas. Y Ginny, con la que jamás había tenido nada en común ni una relación especialmente estrecha, seguía siendo la de antes de su ausencia. Percy no era su hermano favorito y ni siquiera una reconciliación más o menos emotiva podía cambiar eso.

Su padre y George fueron los últimos en llegar. Arthur estaba de buen humor y fue a arreglarse para no tener que echar una mano. George también estaba sonriente y hacía bromas, hablando con orgullo sobre lo bien que iba el negocio, pero había algo en sus ojos que le hizo pensar a Percy que su actitud no era más que una pose. La misma tristeza inconsolable presente en la mirada de su madre.

Entre risas y pullas, se sentaron a la mesa. El ambiente en La Madriguera era absolutamente navideño. Ginny se había encargado de decorarlo todo prácticamente sin ayuda de nadie y poco a poco Percy fue sintiéndose como en casa. Por una noche se permitió olvidarse de todas las cosas que había echo mal y pensó únicamente en disfrutar. Había vuelto a casa. Faltaba Fred, cierto, y él nunca regresaría, pero todos los Weasley volvían a estar juntos y esa Navidad bien podría significar el inicio de una nueva vida. Sólo tenían que cerrar los últimos resquicios de las heridas del pasado y mirar hacia delante.

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No sin esfuerzo, Audrey había conseguido convencer a Stan para que fueran a cenar con Cillian a la gasolinera. Cierto que para entonces ya eran más de las once y mucha gente se preparaba para ir a la iglesia o salir de marcha, pero Audrey no había comido nada y le hacía mucha ilusión pasar esa noche con su familia postiza. No entendía porqué para ellos no era importante la Navidad. No era el significado religioso, puesto que a Audrey siempre le había importado poco o nada. Era por lo de estar con los seres queridos, como si eso simbolizara algo, una unidad que el resto del año no podía vislumbrarse.

Condujeron hasta la gasolinera entre el tráfico. Audrey había metido la comida en envases de plástico, se había enfundado en su mejor vestido y había dejado que el espíritu navideño la invadiera. Había quedado con Helen y las chicas un poco más tarde, ya de madrugada, y pensaba arrastrar a Stan con ellas para que se le pasara un poco la aparente depresión que lo había invadido durante el día.

Para cuando llegaron a su destino había empezado a nevar. No había nadie en la tienda y todo parecía indicar que aquella sería una noche sin demasiado trabajo. Cillian estaba sentado tras el mostrador, con su horrible uniforme y una bufanda enredada en el cuello porque había empezado a sentirse mal poco antes de salir de casa. Parecía a punto de dormirse y no era para menos, porque la música que sonaba en el local era lo más triste y melancólico que Audrey había escuchado en mucho tiempo. ¿Qué rayos le pasaba a todo el mundo? ¡Era Navidad!

-¡Hola, Cillian!

El chico dio un respingo cuando los vio entrar. Sin duda, había esperado que Audrey se olvidara de sus ideas absurdas y lo dejara en paz esa noche, pero ella era una cabezota insufrible. Y lo que era peor, repleta de la alegría y energía típicas de esas fechas.

-¿Qué estáis haciendo aquí?

-Te dije que vendríamos.

-Creí que no querías –Cillian miró directamente a Stan, que se encogió de hombros y dejó la cena sobre el mostrador.

-No he podido negarme.

-¡Venga! Quitad esas caras, hombre, que esto parece un entierro –Audrey se quitó los guantes y miró a su alrededor. Cogió un par de cartones de vino de una estantería, servilletas de papel y vasos y platos de plástico y los extendió ante los ojos pasmados de sus dos acompañantes- Stan ha hecho un pavo riquísimo. Hemos tenido que trocearlo antes de salir de casa, pero te encantará, ya verás.

-Estás chiflada, Audrey.

-Eso ya se lo he dicho yo, pero no hace ni caso.

Audrey alzó una ceja y fingió que se enfurruñaba, pero pronto recobró la expresión jovial. No pensaba dejar que esos dos elementos le estropearan la noche. Se había enfrentado a cosas mucho peores que un par de irritantes y depresivos muermos andantes.

-¿Tienes por ahí un microondas? Hay que calentar el pavo y el puré de patatas.

-Dame, anda.

Cillian decidió que lo mejor que podía hacer era resignarse. Si tenía que cenar con esos dos, lo mejor que podía hacer era colaborar un poco. Además, la comida de Stan era tan deliciosa que no se la perdería por nada del mundo. Ni siquiera por enfrentarse a las idas de olla de Audrey.

Así pues, quince minutos después disfrutaban de una cena no muy abundante pero sí riquísima. Audrey no dejaba de parlotear todo el tiempo, diciendo tantas tonterías que Cillian terminó por olvidarse de su mal humor y se unió a su conversación absurda y sin sentido. Stan, por su parte, seguía igual de apagado y Audrey simplemente no pudo más. Quería a ese hombre y odiaba verlo así, tan triste.

-Stan. ¿Te sientes mal?

Lo preguntó con suavidad. Cillian puso la misma cara que habría puesto si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago y Audrey, todo tacto y cariño, esperó una respuesta con paciencia. Stan agitó la cabeza y bajó la mirada. No se molestó en ocultar las lágrimas que se agolparon en sus ojos.

-La Navidad no me trae buenos recuerdos, chicos. Eso es todo.

Cillian tensó la mandíbula y esperó que Audrey fuera una chica lista y no insistiera, pero ella no se había dado por vencida.

-¿Hay algo que podamos hacer por ti? Sólo tienes que decirlo, ya lo sabes.

-¡Oh, niña! –Stan le puso una mano en la cara y sonrió con tanta tristeza que Audrey no pudo evitar estremecerse –No tienes ni idea de todo lo que habéis hecho por mí.

Stan sacó entonces un pañuelo, se sonó los mocos y se llevó la mano al bolsillo donde guardaba la cartera. Pareció dudar un instante, pero finalmente les mostró una fotografía. Le temblaban las manos mientras señalaba los rostros sonrientes de una mujer y dos adolescentes, un chico y una chica.

-Eran mi familia –Dijo con la voz rota. Cillian se incorporó un poco para ver mejor el retrato. Ahí estaba Stan, sonriente junto a su esposa y sus hijos. Audrey se mordía los labios, quizá arrepintiéndose por haberlo presionado o tal vez ansiosa por hacer algo más.

Cillian iba a decir algo, pero Audrey se le adelantó. Abrazó a Stan con fuerza, no permitiéndole una posible huida y le dijo que lo sentía muchísimo. Había tanta emoción en su voz que era imposible no creerla. Cillian, consciente de que el abrazo de Audrey y sus palabras de consuelo podían ser más que suficientes para cualquiera, se limitó a poner una mano en el brazo de Stan.

Al cabo de un rato, ninguno de ellos podría decir cuánto tiempo después, Audrey soltó a Stan. Los dos habían estado llorando como bobos, pero Cillian no les dijo nada porque él mismo no pudo evitar unirse a su momento de patético sentimentalismo. Cuando se miraron, los tres fueron conscientes de que ya había sido suficiente, de que Stan se había liberado y Audrey había dado todo lo que tenía dentro, pero la chica se secó las mejillas y siguió hablando.

-¿Quieres contárnoslo?

-Audrey, tía.

Cillian le dio un codazo y ella se fingió ofendida. Stan sonrió y negó con la cabeza, evidentemente mucho mejor que antes.

-Es una historia muy larga y dramática y estamos en Navidad. Quizá otro día.

Audrey lo dejó estar. Apuró el pavo de su plato y buscó helado por todos los congeladores de la gasolinera. Después anunció que esa noche no se iría con Helen y las otras. Se quedarían allí, con Cillian, y volverían a casa los tres juntos. Como una familia.

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La cena de Navidad no resultó ser un absoluto desastre. La ausencia de Fred fue más que notable, pero todos se mostraron muy animosos y no permitieron que nadie, ni siquiera Molly o George, cayeran en la melancolía. Devoraron toda la comida con ansia y pasaron la velada todos juntos, entre copas de whisky de fuego, anécdotas divertidas y villancicos desafinados. Incluso durmieron todos en La Madriguera, ansiosos por abrir los regalos y recuperar viejas tradiciones.

Por la mañana, abundaron los jerseys Weasley. El de Percy resultó ser azul con su correspondiente "P" en un agresivo color amarillo. Recibió unos cuantos libros y un reloj de parte de sus padres y observó con impaciencia como sus hermanos abrían sus regalos. Todos se lo agradecieron con sonrisas casi condescendientes y su madre lo abrazó con tanta fuerza cuando vio sus pendientes que casi le rompe las costillas.

Cuando salió de casa se sentía de bastante buen humor. Eran las once de la mañana y había quedado en volver para la hora de la comida. Tenía cosas que hacer, aunque no podía confesárselas ni a sus padres ni a sus hermanos. Ignoraba lo que ellos pensarían de su actitud, pero estaba seguro de que ninguno imaginaría que iba a ver a Audrey.

Al llegar a Londres descubrió que había nevado. Las calles estaban bastante limpias, pero se resbaló con la nieve un par de veces y casi pierde el regalo de Audrey en un montículo sucio y helado que yacía en la acera.

No tardó en tener el edificio de Audrey frente a sus ojos. Los niños estaban en plena guerra de bolas de nieve y Percy tuvo que extremar las precauciones para no resultar damnificado. Finalmente pudo subir la escalera y llamar al timbre, sintiéndose un poco más nervioso de lo que hubiera esperado.

Le abrió Cillian. Tenía puesto un jersey anaranjado y parecía de un sincero buen humor. Escuchó las risas de Stan y Audrey en el interior y acertó a verlos sentados en la alfombra, tan frescos que nadie diría que habían pasado la noche en vela.

-¡Hombre, Weasley! ¡Pasa!

Cillian nunca había sido tan amable. Percy se preguntó si debía desconfiar de él, especialmente después de que lo amenazara con hacerle cosas horribles si le hacía daño a Audrey, pero cuando la chica lo vio y fue a darle un abrazo, su mente se quedó en blanco y sólo podía pensar en que iba a darle un infarto si el corazón seguía latiéndole tan deprisa.

-No creí que fueras a venir tan pronto –Le dijo Audrey, tirando de él para hacerle entrar en la casa- ¿Te apetece algo? Tenemos un montón de chocolate caliente y Stan ha hecho tortitas.

-No, gracias. Ya he desayunado. En realidad –Y Percy se pasó la mano por el pelo. Sabía que se había puesto colorado y realmente le sorprendió porque siempre pensó que darle el regalo sería muy fácil- Venía a darte esto.

Le entregó el paquete perfecta y cuidadosamente envuelto. Audrey abrió mucho los ojos, claramente encantada, y emitió un sonidito que era difícil de catalogar.

-¡Oh, qué mono eres! –Percy alzó una ceja, descolocado ante esa palabra- ¡Muchas gracias!

El beso que se estampó en su mejilla sonó ruidosamente. Audrey estaba exultante de alegría y Percy no podía quitarle los ojos de encima mientras la veía retirar el papel con la impaciencia de una niña.

-¿Para nosotros no has traído nada, Weasley?

Cillian, que se alguna forma se había colocado a su lado, le palmeó la espalda y se rió de su expresión desconcertada. Percy no pudo decir nada porque el grito de Audrey resonó por todo el piso.

-¡Son absolutamente preciosos, Percy! ¡Me encantan!

Volvió a abrazarle y besarle. Percy supo que estaba aún más rojo y notaba su corazón más acelerado con cada latido. Se sentía tan feliz porque a Audrey le gustara su regalo que le devolvió el abrazo y se dijo que el pelo de la chica olía a las mil maravillas.

-Papá Noel también ha dejado una cosa para ti –Audrey correteó hasta el árbol y cogió un paquetito envuelto con algo de premura- No es tan bonito como el tuyo, pero seguro que te gustará.

Percy, que no se había esperado recibir absolutamente nada, sintió que un nudo se le hacía en la garganta. Mientras abría su regalo, no podía dejar de pensar en lo genial que era esa chica y en lo afortunado que era por haberla conocido.

Cuando vio la corbata, lo único que Percy pudo hacer fue soltar una carcajada. Aquella era la cosa más horrible que había visto en su vida y no pensaba ponérsela jamás, pero se merecía un lugar de honor en el mejor cajón de su cómoda. Porque sí, la corbata era hortera y escandalosamente muggle, pero también era perfecta en todos los sentidos y le hizo sentirse absolutamente especial.

-Es genial, Audrey –Dijo, y no le importó lo más mínimo devolverle el abrazo y darle un beso. En la frente. Ella lo miró con cara rara un instante y luego cogió la corbata y se rió de su estampado.

-En cuanto la vi supe que era para ti. Tienes en un solo objeto las dos cosas que más te gustan en el mundo. Las corbatas y la coca-cola.

-Me gusta un montón. Muchas gracias.

Audrey lo miró a los ojos y, Percy no supo porqué, él no pudo retirar la mirada. Nunca se había dado cuenta de lo bonitos y alegres que eran esos ojos oscuros. Nunca se había dado cuenta de que la sonrisa de Audrey era lo más cautivador del mundo y esos labios nunca le parecieron en absoluto dignos de un beso descarnado hasta ese preciso instante.

Algo abochornado, Percy agitó la cabeza y carraspeó. Audrey tampoco lo había puesto tan nervioso nunca como esa mañana. Cillian pareció darse cuenta, pues chasqueó la lengua e hizo un gesto burlón antes de señalar algo por encima de la cabeza de su invitado.

-¡Ey, Weasley! ¿Sabías que Audrey es una maniática del muérdago? Si por ella fuera, estaría ahí colgado durante todo el año.

Audrey y Percy miraron hacia el techo al mismo tiempo. Efectivamente, ahí estaba el muérdago, pendiendo sobre ellos. Todos conocían la tradición y todos esperaban que ellos hicieran algo. Stan con una cómica expresión fraternal que era casi condescendiente. Cillian con una maldad muy típica de él. Y Audrey y Percy con el bochorno del siglo presente en sus mejillas.

Durante un segundo, el brujo pensó que tendría que besarla. Y no es que le importara demasiado hacerlo, pero no quería con esos dos delante. Pero entonces notó la mano helada de Audrey agarrar su muñeca y se sintió arrastrado hasta su dormitorio.

-¡Sed buenos, chicos!

La puerta se cerró justo cuando Cillian terminó de hablar. Audrey, que parecía haberse quedado muda, dio dos pasos y se sentó en la cama. Percy se fijó en la habitación. Nunca había estado allí y era exactamente igual a como la había imaginado, repleta de color, decorada sin armonía pero con personalidad. Caótica y preciosa como la misma Audrey.

-Voy a ponerme los zapatos ahora mismo. Seguro que tengo por aquí algún vestido bonito. Voy a invitarte a tomar algo. Te lo mereces.

-¿Me lo merezco?

-Pues claro. Eres un encanto de hombre. No como esos dos.

Percy rió y se sentó en la cama, junto a Audrey. Algo le decía que no estaba bien hacer eso, pero en ese instante le pareció muy correcto. Lo mejor.

-¿Qué tal la cena?

Audrey le habló de su velada en la gasolinera y Percy de su reunión familiar y se les pasó el tiempo volando. Era genial hablar con ella. A veces era una chica muy atolondrada, pero se le podía perdonar porque era divertida y guapísima y le tocaba muchas veces al hablar.

-Cillian es idiota –Dijo de pronto ella, observando los zapatos con fascinación. De verdad que le gustaban.

-¿Por qué lo dices?

-Por lo del muérdago.

-¡Oh, bueno! –Percy enrojeció otra vez y se miró las manos- Está bien.

-Vale.

Audrey se puso en pie y caminó de un lado a otro de la habitación.

-Nunca antes había visto un tejido como este. Me encanta. Y es tan cómodo.

-Me alegro.

-No tienes que ponértela. –Percy la miró con cara rara. A veces sus cambios de tema eran un poco desconcertantes- La corbata, digo. Sé que es horrible, pero es que en cuanto la vi supe que sólo podía ser tuya.

El nudo de antes volvió a su garganta. Era estúpido sentirse así porque lo que Audrey había hecho no era para tanto, pero realmente se sentía especial. Aquel regalo no había sido un regalo cualquiera. Era algo personal, sólo para él, y nunca nadie había hecho algo así por él. Quizá por eso, porque se sentía abrumado por las emociones y porque Audrey estaba preciosa, le tendió una mano y se sorprendió cuando ella se sentó mansamente a su lado.

-¿Sabes qué? A mi Cillian no me parece tan imbécil.

-¿No?

-De hecho, creo que tenía bastante razón con lo del muérdago.

Percy no lo pensó. Llevó una mano hasta el rostro de Audrey y la colocó allí, decidido a hacer lo que le apetecía hacer. Sin darle tiempo a la chica a reaccionar –y mucho menos a resistirse- se acercó a ella y la besó. Al principio tentativamente, colocando los labios sobre los de ella, expectante y ansioso por no ser rechazado. De hecho, quiso gritar cuando Audrey le pasó una mano por el cuello y le invitó a seguir con aquella locura. Porque besarla sólo podía ser eso, una locura, pero a Percy no le importó.

Después de todo, él también tenía derecho a ser irracional de vez en cuando. ¿Y quién mejor que esa chica, preciosa, extraña y chiflada, para llevarlo de cabeza a hacer cosas de las que siempre había huido? ¡Y qué demonios! Era genial. Audrey besaba bien y él, que quizá era un poco torpe porque la única chica a la que había besado alguna vez fue Penny, sólo se dejó llevar por sus emociones y por los sentimientos que ella empezaba a despertar en él. Si el corazón aún le palpitaba a toda velocidad debía significar algo. ¿Verdad?

Seguramente que alguna vez tendría que pensar en las consecuencias de todo aquello, pero Percy tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo. Si Audrey no se empeñaba en robárselo, por supuesto.