Yo se que sufren por el sufrimiento de Bella. No se estresen. Las cosas van a mejorar. Ustedes solo disfruten!
Capitulo 11 – Abandono absoluto.
El resto de la semana no cambió demasiado. Iba a la casa de Edward luego del instituto, nos poníamos a trabajar enseguida cada cual en su parte. Habíamos avanzado bastante, por suerte; no creía poder aguantar mucho más si pasaba demasiado tiempo en esa casa.
Edward ya había terminado la maqueta; había quedado exquisita, sin embargo, eso significaba que ahora tendría que compartir mi parte del trabajo. Sentía que mi compañero estaba un tanto enojado por eso, porque yo aún no lo había terminado y lo teníamos que compartir. El asunto era que con una mano y la cantidad industrial de cosas que tenía que hacer en la casa, se me hacía difícil ponerme a leer la información, seleccionar la más precisa, para luego resumirla y pasarla en limpio.
- ¿Aún no has terminado? – había preguntado asombrado por mi lentitud.
- Lo siento, Edward – me disculpé al instante tratando de no hacerlo enfadar – no he tenido tiempo en mi casa.
- ¿No has tenido tiempo? – había preguntado fuera de sí - ¿qué se supone que haces cuando llegas a tu casa, entonces?
- Edward – comencé diciendo con calma – que tú seas un privilegiado en la vida y tengas todas las comodidades a tus pies, no significa que los demás también las tengan.
- ¿Qué demonios quieres decir con eso? – preguntó ofuscado.
- Que cuando llego a mi casa: tengo que limpiar, ordenar, cocinar y luego, por último, ocuparme de mi tarea – estaba diciendo la verdad, al menos gran parte de ella. Sólo omitía el pequeño detalle de que no vivía sola; pero no era algo de lo que él se tuviese que enterar.
Se quedó en silencio, reflexionando mis palabras pero al mismo tiempo parecía sorprendido por mi confesión. Al parecer, pensaba que, como él, todos eran privilegiados en la vida. Definitivamente, Edward Cullen vivía en una maldita burbuja.
- No deberías juzgar a la gente sin conocerla – le dije con calma. Sus planteos comenzaban a sacarme de quicio, y, en el fondo, sabía que eso no era bueno. Lo más sano era tener a mi compañero de biología lo más alejado de mí, por lo que dije:
- ¿Sabes? Creo que deberíamos terminar con esto – él me miró confuso – cada uno hará su parte por separado y luego nos reuniremos para juntar las partes y entregarlo.
- Me parece correcto – dijo él con el ceño fruncido. Se lo veía molesto – ya no te quiero ver más por aquí.
Cerré los ojos fuertemente ante tales dichos; si bien era verdad que Edward solía insultarme y herirme, eso no quitaba que cada vez que lo hacia doliese. Tenía razón, ya no tenía porqué volver a esta casa, perfectamente podríamos encontrarnos en otro lado para terminarlo.
- Déjame llamar a Jacob para que me pase a buscar – pedí aún con los ojos cerrados. Él se limitó a sentarse a ver tele mientras hablaba por teléfono; afortunadamente, Jake no se dio cuenta del dolor en mi voz.
- Despídeme de tu madre, por favor – le pedí una vez que crucé el umbral de la puerta de calle.
Evidentemente, mi moreno amigo notó mi desánimo y se apresuró a decir:
- ¿Qué demonios te hizo?
- Nada que no salga de lo habitual – contesté medio sonriendo. Pude ver al momento como el enojo brotaba del rostro de mi amigo.
- No entiendo como dejas que te insulte. Simplemente te quedas allí parada escuchando como te lastima – me soltó mientras movía las manos exageradamente. Tenía razón, eso era exactamente lo que hacía. De todas formas, no tenía porqué decírmelo de ese modo, mucho menos cuando estaba sensible.
- Será la costumbre ¿sabes? – espeté molesta por su planteo – en donde vivo es muy común que me insulten, y muy poco puedo hacer para evitarlo. Una se acostumbra.
No dijimos nada más en todo el viaje.
El desayuno estaba perfectamente puesto en la mesa, me había costado pero ya agarraba práctica con una sola mano. Mi familia, a pesar de todo eso era, bajó las escaleras y se sentaron con elegancia a desayunar. Como acostumbraba, me dirigí a la cocina para comer mi simple leche con cereales. Dejé los trastes sucios en la pileta, fui por mi mochila y salí al mundo exterior.
Frío, así estaba afuera. No me había abrigado demasiado, de hecho no había mucho abrigo en mi ropero. Supongo que era otra forma que Janet tenía para hacerme sufrir. Hacía años que no me compraba ropa, la poca plata que sacaba de mi trabajo la ahorraba para la matrícula de la universidad; no podía darme otro tipo de lujos.
El aparcamiento esta repleto. Por supuesto, el auto rosa de mis hermanastras ya estaba allí, aparcado al lado de un auto plateado. De éste salió Edward con extrema elegancia, recordar nuestra pequeña discusión me llenó los ojos de lágrimas pero no permitiría que me viesen llorar, no iba a darles otra excusa para dañarme. Pero al parecer, fue muy tarde, porque Rosaline dijo:
- ¿Qué tanto nos ves, huérfana? – todos los allí reunidos estallaron en carcajadas. Jacob tenía razón, sólo me quedaba allí, escuchando como me destruían sin hacer nada.
- Si quieres te damos una foto – soltó muy sonriente Hillary – así duraremos más tiempo.
- Entendemos, la envidia te mata – le siguió su amiga Rosaline – pero recuerda, nunca podrás ser como nosotras. Tenemos algo que tú no tienes, además de padres, y eso es estilo, querida. ¡Nunca lo tendrás!
Estaba acostumbrada a que sacaran a relucir el tema de mi falta de padres, pero hoy había sido diferente; hoy dolía más que nunca. Extrañaba mucho a mi padre, extrañaba nuestros días de pesca, nuestras tardes de lectura, sus consejos, extrañaba sus abrazos tan apretados. Lo necesitaba como el aire para respirar. Hacía ya cinco años que había fallecido y, desde entonces, todo había cambiado. Y dolía, dolía tanto que mi alma cada vez que lo recordaba era torturada.
Afortunadamente, el timbre sonó despejando el alboroto que se había armado. Traté de buscar a Jacob con la mirada, con su altura podía localizarlo perfectamente, pero al parecer hoy no había venido; su camioneta tampoco estaba.
Triste como yo sola podía estarlo, me dirigí hacia mi primera clase de Lengua. Al llegar allí, me percaté, por primera vez, de que compartía clase con Alice Cullen. No me creía capaz de seguir soportando este dolor. Como el lugar continuo al mío estaba libre, ya que Jacob había faltado, Alice se sentó en él y tan pronto como lo hizo, dijo:
- No deberías dejar que te traten así. No les hagas caso; solo ven la paja en el ojo ajeno para así, no ver el tronco en sus propios ojos.
Shock. Así era como me encontraba en esos momentos. ¿Qué había cambiado para que Alice Cullen me dirigiera la palabra? ¿Y por qué demonios me decía eso? ¿Acaso ella no se reía también? ¿No disfrutaba lo que me hacían?
Estaba demasiado confundida, dolida y sola. Me sentía muy sola. Tan así que podía estar rodeada de gente pero sentirme como el único ser humano en la Tierra. El resto de la mañana fue triste, tal vez demasiado. Lo único que quería hacer era ver a Jacob, que me abrazara bien fuerte, apoyar mi cabeza en su fibroso brazo y olvidarme de todo. Había tratado de comunicarme con él, pero había sido en vano: tenía su celular apagado.
A la hora del almuerzo, me había sentado sola en nuestra mesa habitual. Por lo menos esperaba que Bean se sentase conmigo, a pesar de que no lo había visto: suponía que había venido. Así fue, luego de cinco minutos de haber tocado el timbre apareció; y con una radiante sonrisa de oreja a oreja.
- Oye Be, ¿qué ocurre? – pregunté a sabiendas de que esa sonrisa no era porque tenía un buen día, algo había pasado y lo sabía.
- Siempre tan perceptiva – dijo sonriendo mientras se sentaba, aún sonriendo.
- ¿Y bien? ¿Qué sucede? – comenzaba a intrigarme.
- Resulta, Bells, que tenía razón. ¡Mary sí me quería!
- ¡Te lo dije! – exclamé sonriendo. Tenía un sexto sentido en estas cosas, Be tenía razón: era muy perceptiva. Además, me alegraba mucho por mi amigo – pero, ¿cómo sucedió todo?
- No sé como me animé, pero luego que terminó la clase de Historia, me le acerqué y simplemente la invité a salir, a tomar un café… ¿puedes creer que aceptó? – preguntaba extasiado.
- ¡Por supuesto que aceptaría!
- Y ahí mismo, le confesé que la quería hace tiempo. ¿Puedes creerlo? ¡No sé como me animé! Lo más impresionante es que ella se sonrojó y me dijo que también me quería – sonrió conforme con sí mismo.
- Me alegro por ti – me sinceré con él, se merecía a una mujer que lo quisiera por lo que era, por la excelente persona en la que se había convertido. Al igual que Jacob, ambos se merecían la felicidad.
- Saldremos el viernes – dijo feliz – vine a contarte eso, ¿te molesta si me siento en su mesa?
- No, por favor ve. ¡Disfruta! – mentí. No era el mejor momento para estar en soledad, de hecho sólo quería estar con una cara conocida que me apoyase, pero antes que nada, quería la felicidad de mis amigos ante la propia.
- Eres un sol, Bells – dijo besando mi mejilla y alejándose sonriente.
Cuando hubo tocado el timbre, me dirigí sin ánimo hacia la clase de biología. Sabía que allí me tenía que enfrentar a Edward y sinceramente no me sentía preparada para semejante cosa. Sentía que en cualquier momento me largaría a llorar. Necesitaba a Jacob Black urgentemente, solo él podía sacarme de esta situación melancólica.
Iba ensimismada con mis pensamientos, como acostumbraba, y sentí como alguien me empujaba con furia. Trastabillé al perder el equilibrio y me fui de bruces al piso. Caí con el brazo enyesado, el que protestó con un sonido sordo. Ya en el piso, me volteé para ver quién había sido. No fue ninguna sorpresa realmente: Rosaline y Hillary, junto con toda la banda.
Por supuesto que reían, pero esta vez había algo diferente. Alice, su novio y el grandote morocho no reían, de hecho miraban de manera reprobatoria. Lo que me dejo desconcertada fue la mirada de Edward, me miraba con tristeza y culpa, sus ojos estaban inundados de ellas.
- Ey, huérfana, cuidado por donde caminas – espetó Rosaline con odio.
- Lamento haberte empujado – dijo Hillary con sarcasmo – no te vi, es que siempre eres tan invisible.
- Tal vez por eso tus padres te abandonaron, porque no te vieron – se burló la rubia de ojos dorados.
Me desgarraba por dentro lo que decían, en esta ocasión y en el día de hoy, calaba más hondo que cualquier otra oportunidad. Realmente hoy lastimaba hasta las entrañas, y dolía, dolía profundamente.
Mi respiración comenzó a agitarse, la cara se me contrajo de dolor y las estúpidas y débiles lágrimas comenzaron a salir. No solían hacerme llorar seguido, pero hoy, en este día tan depresivo no se les iba a hacer difícil; esta era la prueba.
Sin esperarlo, sin siquiera tener el tiempo para reaccionar, Hillary me arrojó su malteada de fresa bañándome en un líquido pegajoso rosa. Ambas estallaron en carcajadas. La cara del resto se contrajo en reproche a su accionar, sin embargo no movieron un pelo para ayudarme.
Aún seguía en el piso y ahora, además de herida: también humillada. A duras penas me levanté adolorida, todavía no sé con qué fuerzas, y me largué a correr. Sólo llegué a escuchar que Alice habló:
- Esta vez se pasaron.
No supe nada más. Solo quería desaparecer a un mundo feliz, en donde tuviera las mismas oportunidades que los otros y no esté estancada defendiendo la casa de mi padre. Desaparecer a un mundo en donde mis padres vivan y seamos los tres felices. Escapar a un mundo que no existe, eso era lo que quería. Este es mi mundo y lo sabía, no tenía ninguna opción de cambiarlo: era lo que me había tocado. Mi vida nacía y moría en Forks, estaba estancada.
Corrí hasta encontrar un banco en la parte más alejada del patio trasero. Todo a mí alrededor era dolor, y se materializaba en Edward Cullen. ¿Qué demonios hace Edward aquí?
- ¿Ves? Soy humana, ¿satisfecho? ¿Eso era lo que querías ver? Si, Edward tengo sentimientos. Ya esta, ya me humillaron allá dentro, ahora, por favor, vete – susurré llorisqueando, mientras me sorbía la nariz y trataba de limpiarme las lágrimas con la manga de mi remera.
Y así, sin más, simplemente se fue. Como lo hacían todos: simplemente me dejaban.
Como lo hizo Bean en el almuerzo, como lo hizo Jacob hoy, como también lo había hecho mi padre cinco años atrás.
