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Capítulo 11

ºVidaº


Podía olerlo a la perfección: el aroma de la muerte. Meterse por sus fosas nasales y explotar en su garganta como un agrio sabor a limón. También podía escuchar los latidos de su sangre correr por las venas. Sus colmillos se alargaron al instante dolorosamente. Sabía que no podría saciar su necesidad alimenticia. También se negaba a ello.

Estaba en una celda al lado de la suya, gimiendo de dolor. Sus huesos crujían con la erosión y su sangre por sus venas mientras el lamento era expulsado por su boca y sus poros.

Cerró los ojos y maldijo sus finos instintos. Sabía que él estaba allí para hacerla sufrir. Su agonía era sufrir de hambre y consolarse con las ratas que acudían al olor de la muerte.

Pero las ratas iban convirtiéndose más astutas a medida que pasaba el tiempo. De pasar a su alrededor comenzaron a moverse por las zonas luminosas de la celda. Sabía que ella no intentaría cogerlas y la que no era despistada o ansiosa, caminaba por el filo del sol y jamás pasaban cuando había oscurecido.

Pese a su olor no era la que las atraía. Siempre eran los cadáveres a su alrededor. ¿Por qué morder algo que se defiende y te come? Mejor algo muerto que con lo único que tienes que batallar son los gusanos.

La celda era fría y húmeda y aunque generalmente podría haber escapado, de esa no.

Las cadenas que la mantenían encerrada estaban santiguadas. Eran muy antiguas y la fuerza de su bautizo era todavía más fuerte. Nada más viejo es débil. No en su mundo.

Los barrotes sucedían lo mismo y la piedra estaba cubierta de polvo especial. Una jaula horrenda para cualquier vampiro. Ni siquiera aquel diablo que los cazaba era tan cruel.

Cerró los ojos para intentar olvidarse de su hambre. De la necesidad de alimentarse.

¿Cuándo había sido la última vez que había comido en condiciones? Sí. Fue con él. Cuando él extendió su brazo tras levantarse la camisa y le ofreció su muñeca. Nanako nunca se había ruborizado tanto hasta ese momento. Y jamás había paladeado una sangre tan excitante y dulce como la que corría por sus venas.

O quizá es que ahora se lo parecía.

Él la había tratado bien. Demasiado bien. Había aceptado su condición vampira y la protegió de los peligros lo mejor que pudo como humano. Al final, ella se vio obligada a dejarle antes de que fuera demasiado peligroso para él.

Todavía podía evocar su recuerdo. El sabor de sus labios contra los suyos. La suavidad de su lengua. El murmullo de su voz. Podía sentirlo dentro de ella, invadirla como un hombre debía de hacer con una mujer en esos momentos de pasión. Le había gustado la sensación de su semilla vaciarse en su interior. El modo en que su vena había latido con fuerza y su corazón parecía desbocado de pasión.

Pero eso se había acabado para siempre el día en que la secuestraron.

Echó la cabeza hacia atrás y gritó.

Sakuno se sentía flotar. Como en un mar en calma.

No había tormentas. Ni siquiera había ruido. Solo tranquilidad. La fluidez del silencio. La calidad del bienestar.

No habían vampiros que la atormentaran. Tampoco humanos que la juzgaran. Era como si flotara en una nube, fuera como fuera era sensación imaginaria, pues no había ser vivo capaz de hacerlo. Así que se aferró a esa sensación, quiso abandonar el lugar terrenal al que de verdad pertenecía.

Y sin embargo, algo gritaba en ella. Una fuerza que la consumía. Un ser que se debatía en arrastrarla fuera de ese lugar de calma. Eran como unas manos invisibles que querían tirar de su cuerpo, cada vez más fuertes.

Se vio caer de su nube de tranquilidad. Las manos tironeaban de su piel y de sus huesos. El mundo blanco se convertía en puro rojo. Gotas de sangre. Sangre coagulada. Sangre negra.

El virus del vampiro.

En ese instante recordó. Recordó a ese sujeto tan semejante a su vampiro entrar en su dormitorio, dominarla y morderla por todas partes. Su interés había sido más dañar que alimentarse y su sangre apenas tocó sus labios más de lo necesario. Como si quisiera resguardar el sabor en alguna parte especial de su cuerpo.

Luego Ryoma había avanzado hacia ella. Pero era tarde.

La forma de morderla había sido diferente a cuando Ryoma es alimentaba de ella. Nunca había sentido la ponzoña meterse en su sistema hasta ese momento. Tan rápido. Tan doloroso.

¿Eso había sucedido con Tomoka? ¿Acaso no eran ciertos vampiros los que tenían el poder y capacidad de hacer que un humano se convirtiera como ellos?

Ella no quería. No quería ser vampiro así.

Y menos por un sujeto del que ni siquiera conocía su nombre o quién era. Y si se convertía en vampiro él no confiaría en ella cuando se mostrara ante su presencia. No se podría comportar cuando tuviera que curarle. No quería dejarse llevar por la lujuria de la sangre. No.

Y si moría, tampoco podría alimentar a Ryoma, quien terminaría muriendo de sed y destruido por su deseo de alimentarse. Algo tan cruel para cualquier ser.

Sintió que aquellas manos de nuevo tiraban de ella. Algo le susurraba en el oído. Voces que la invitaban a disfrutar del futuro como vampiresa. La lujuria del placer de bañarse en la sangre que la alimentaba, como cerdos dentro de su porquería.

No. No iba a quitar vidas. No iba a segarlas por el mero placer de alimentarse con brutalidad.

Se sacudió hasta liberarse de las manos e intentó encontrar el modo de trepar, de avanzar y salir de ese lugar. Prefería volver al lugar apacible. Ese lugar acogedor en el que podría acurrucarse y ser feliz.

Vamos. Sé que tú no querrías esto. Despierta. ¡DESPIERTA!

Abrió los ojos de golpe. Una bocanada de aire frio entrando en sus pulmones, que ardieron como si acabara de estar un buen rato bajo el agua sin poder respirar. Sus ojos tardaron en enfocar y cuando lo hizo, lo vio a su lado, sosteniéndola en brazos. Estaba desnuda, con los brazos cayendo a cada lado de su cuerpo y un reguero de sangre resbalaba por sus dedos y por sus pies.

Sentía ardor en el interior del muslo donde aquel tipo la había mordido tras someterla. Las heridas que Ryoma había cerrado ni siquiera le molestaban. Pero esa… esa era la que había llevado la ponzoña.

Jadeó hasta que consiguió tragar y él la dejó sobre el frio suelo húmedo y del que prefería no saber con qué se estaba mezclando su sangre. Buscó con la mirada a alguien más, pero solo estaban ellos dos en una sala cuadrada cuyas paredes dejaban caer gotas y creaban un charco enorme a cada lado.

La dejó sobre todo, acariciándole los cabellos. Estaba pálido y no era por el collar. Intentó mover una mano sin conseguirlo. Quería tocarle, preguntarle qué había sucedido. Más él tan solo la miraba a los ojos, como si intentara responderle con la mirada.

Bajó los ojos y entonces vio su boca llena de sangre y un líquido blanquecino. Cuando pareció percatarse de qué miraba él se pasó una mano por el lugar para quitar los restos.

—He tenido que meterte mi propia ponzoña para sacar la otra. Pero ya no tienes ninguna. Esta agua te sanará por completo.

Cerró los párpados con fuerza para asentirle. Él suspiró y se cruzó de piernas al estilo del escriba. Se pasó las manos por los húmedos cabellos hacia atrás y su pecho desnudo brilló de sudor.

Si días atrás alguien le hubiera dicho que un vampiro podía sudar, expulsar fluidos sexuales y hasta llorar, no se lo habría creído.

Alguien pareció aporrear la puerta. Ryoma miró hacia ella con el ceño fruncido.

—¿Qué ocurre?

—Están aquí. Quieren hablar contigo para confirmar el contrato.

La voz de Shiraishi habló a través de la puerta. Ryoma la miró a ella y luego cerró los ojos.

—Estaré en un minuto.

—Bien.

Shiraishi no preguntó. Ryoma tampoco contestaría. Solo cerró los ojos y pareció quedarse dormido.

Apareció frente al grupo sosteniendo una copa de vino llena de sangre. Hacía muchos años que no usaba una proyección para mostrarse ante otros vampiros y tras la cantidad de esfuerzo que había estado haciendo para contener la vida de la humana ya era un milagro que consiguiera hacerlo. Pero no podía permitirse separarse de ella en ese momento.

Los ERV lo estudiaron con la mirada mientras se acercaba a ellos. Por supuesto, sabían que su olor no estaba presente y que su cuerpo estaba en otra parte del castillo. Igualmente, no harían pregunta. Lo que necesitaban de él no era su cuerpo.

—¿Qué condiciones? —quiso saber.

—Mujeres. Una buena cantidad —respondió Shiraishi—. Podemos proporcionárselo. Tenemos bastantes prostitutas que pueden servirnos.

Asintió y se acercó más a la mesa para ver el contrato. Aferró la pluma de sangre que le extendieron y firmó. El ERV superior se acercó, subiéndose las gafas y aceptando el contrato. Tras arrugarlo en forma de una pelotita diminuta, se lo tragó.

—La misión.

—Rastrear a una vampira y traerla con vida de ser posible. En caso de que la encontréis y no sea posible traerla con vida, volveréis a notificarme —ordenó.

Los ERV asintieron. Después desaparecieron.

Shiraishi esperó unos momentos antes de suspirar y hablar.

—Ryoga.

Ryoma hizo estallar la copa que sostenía, volviéndose hacia él y mostrándole los colmillos. Pese a que no era su cuerpo pudo sentir que el otro vampiro macho se estremecía.

—Se supone que estaba desterrado o muerto.

—Esas eran las creencias que teníamos durante años atrás. Sin embargo, mientras estuviste preso muchas cosas han cambiado. Tantas que casi es imposible contarlas sin que nos pasemos mil años.

—Creo que lo de Ryoga era bastante importante —contestó sarcástico.

—Lo siento, amo —se disculpó Shiraishi—. Pero hemos tenido que andar con pies de plomo. Especialmente desde que Atobe consideró que era ya suficiente de permitir que tú fueras el rey. Quiere gobernar.

Ryoma lo sabía. Desde que lo había visto en esa habitación y le había cortado el brazo. Pero había algo que se le escapaba. Que Ryoga atacara a su humana sabiendo que si se moría o se convertía él moriría también. Si quisiera derrocarle podría haberla matado fácilmente y él hubiera muerto a la larga. No esperar a que algo sucediera.

—Quiero que analices la sangre —ordenó—. Habrá suficiente en el sótano mezclado con agua de la vida.

—Es mejor esperar a que esté estable, señor. El agua de la vida se mezclaría como una sustancia y no sería tan sencillo de encontrar lo que sea que usted busque. Es mejor hacerlo puro.

—De acuerdo. Pero hazlo.

Shiraishi inclinó la cabeza respetuosamente.

—En cuanto al macho humano… tenemos ciertos problemas.

Ryoma enarcó una ceja.

—¿Qué?

—Se niega a dejarse curar por otra persona que no sea ella y puede que esté cerca de tener una infección. Además, está algo agresivo porque cree que la hemos asesinado. Si la viera ahora, seguro que creería que hemos recurrido al maltrato.

Ryoma bufó.

—Iré a hablar con él.

Desapareció del despacho para adentrarse en la habitación que le había proporcionado al humano. Lo encontró acurrucado en un rincón. Descalzo y sin la parte superior. Su rostro todavía estaba hinchado y apestaba a sangre.

La habitación estaba patas arriba y la comida que le habían llevado todavía sobre la fuente y la bandeja. Ni siquiera había probado el agua. Eso era malo. Si no tomaba una buena ingesta de alimentos no sobreviviría.

Y el hedor de la muerte atraía siempre a los vampiros que ansiaban la última gota del cuerpo humano.

—Vete —ordenó nada más sentirle.

Ryoma se sentó en la destartalada cama.

—No obedezco órdenes de nadie, humano. Ahora, tú sí. Las mías.

El macho no se movió. Continuó con la cabeza apoyada contra la pared y los ojos cerrados.

—Si quieres volver a verla a ella, vas a tener que hacerlo.

Abrió un ojo para mirarle y luego el otro. Guiñó ambos ojos como si no pudiera verle. Entonces recordó que había llevado gafas.

—Ryuzaki está indispuesta en estos momentos. Pero vendrá a verte siempre que te comportes. ¿Realmente quieres que veas este estropicio que has montado? —cuestionó señalando a su alrededor—. Creía que eras más maduro. Como un pilar.

Él parpadeó, confuso.

—¿Qué le has hecho?

Durante años había escuchado el mismo tono de voz. Una pregunta cargada de rabia y amenaza. Casi soltó una carcajada. Los machos humanos los tenían bien puestos para no ser realmente nada.

—La he salvado.

El macho enarcó una ceja.

—Los vampiros no salváis. Destruís.

—No todos —contrarrestó encogiéndose de hombros—. Algunos sí son crueles. Pero no se difieren tanto de tus humanos adorados. Muchos asesinan por hacerlo, por placer. Nosotros por alimentarnos o por jugar al juego del dominante. El vuestro simplemente son juegos de muñecas.

—Ya. Y atemorizáis a vuestras hembras también.

Ryoma tensó las cejas hacia arriba, incrédulo.

—¿Cómo has dicho?

—Que atemorizáis a vuestras hembras —repitió sacudiendo una mano para explicarse mejor.

—¿En qué te basas? ¿Qué experiencia puedes haber tenido con una de las nuestras para saberlo?

El otro hombre sacudió las cejas.

—No voy a decírtelo. Ya te lo dije: pienso protegerla de lo que sea. No diré una palabra.

Ryoma deseó haber tenido su cuerpo. Lo habría estampado contra la pared y obligado a hablar. Incluso podría haber acudido el sistema antiguo y antinatural de ver en sus recuerdos a medida que moría. Pero era algo tan delicado y rápido que quizás el recuerdo que veía no tenía que ver nada con lo que él quería saber. Por ello lo necesitaba más con vida que muerto.

Desapareció enrabiado y volvió a su cuerpo.

Ryuzaki estaba dormida en el suelo. Las heridas habían sanado y el agua de la vida le otorgaba un tono rosado a su piel. Apetecible. La vena de su corazón latía con más fuerza ahora y sus suspiros en medio del sueño eran tranquilos.

Viviría. No se convertiría en un vampiro.

La cargó sobre sus brazos y salió al exterior. Un grupo de sirvientes esperaban y una de las doncellas le echó una manta por encima, cubriéndola.

Avanzó hacia su dormitorio. Habían cambiado las sábanas y arreglado el estropicio de la sangre. Un vestido colgaba de un maniquí y unos zapatos junto a la ropa interior se mantenían sobre una silla.

Abrió las sábanas y la metió dentro, recostándose a su lado. Apagó mentalmente las velas y se concentró en cubrir su sueño el tiempo que fuera necesario.

—Hemos llegado.

El capitán se cuadró frente a Kaidou antes de salir del camarote. Tomoka miró hacia el macho vampiro que se asomó por el ojo de buey antes de asentir. Se echó el chal a los hombros y caminó junto a él hacia la puerta.

La sensación de volver hacia sus terrenos era completamente extraña. Ya no se sentía la misma niña que en antaño había sido. Tampoco la misma mujer que cuando se fue. Era algo más superior. La sensación de sentirse un híbrido y no encajar en ninguna parte exactamente.

Kaoru le puso una mano en el codo para guiarla por el puerto hasta el coche de caballos. Una vez dentro se relajó.

—¿Le has dado la dirección al chofer?

—Sí. Espero que no te hayas equivocado de lugar.

—¿Por qué? —dudó.

—Porque el hombre ha palidecido una vez que se lo he dicho y su pulso se ha acelerado demasiado. Estaba aterrado.

Tomoka frunció el ceño sin comprender.

—Es imposible. Ese lugar es seguro. Es como una fortaleza. ¿Habrá pasado algo mientras estábamos fuera?

Kaidou miró por la ventanilla tras apartar un poco la cortina.

—Puede ser. Solo podemos esperar y llegar. Lo descubriremos entonces.

Cotninuará...