Título: Algún día nos veremos en la Luna

Sumary: Un Hospital. Una joven que perdió a su madre. Y un chico que quería convertirse en la Luna. —"Sueño un pequeño milagro para nuestro final" /NaruHina-SasuHina.

Advertencias: Primer fic de Naruto/Historia basada en un one-short que no revelaré hasta el final para evitar spoilers/Saltos temporales

Pareja: NaruHina (Pasado)/SasuHina (Presente)

Cantidad de palabras: 4,456/Cortesía de Magic Word en complot con Microsoft para hacernos creer que de verdad hay esa cantidad de palabras en el capítulo.

Disclaimer: Naruto no me pertenece, todo registro legal y de derechos son de su autor Kishimoto. Y el NaruHina :3

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Hay algo extraño en la luna

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[Estoy escribiendo la historia que nunca acabará, en mi corazón]

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Hay algo extraño en la Luna.

La Luna es brillante y redonda, como una pelota, a veces pienso que debería avanzar. Saldría rodando por el espacio, andaría estrellas aplastando, tiñendo las noches de blanco, y dejando a su paso un camino de polvo estelar.

Las noches se habrían iluminado. No habría oscuridad. Habría pintado el manto, y quizás perderíamos el mar. Pero se ha quedado por tantos años que tal vez no recuerda como andar.

Hay algo extraño en el Sol.

El Sol es deslumbrante y si se mueve no va rodar, las llamas forman picos de calor anaranjado que se hunden en el espacio y le impiden avanzar. Habría derretido lo que estuviera a su paso y del cielo escurriría la noche negra que tiñe el universo y su inmensidad.

Quizás se encontraran en el camino, pero es imposible. Ninguno de ellos tiene esa libertad.

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La pelinegra avanzó con todas sus fuerzas, con las piernas temblando, el corazón bailando desenfrenado y el rostro más tenso que había tenido nunca por causa de una sonrisa. No podía dejar pasar esa gran oportunidad. La vida, su vida, sería muy distinta después de ese terrible y hermoso momento, porque lo que le esperaba allá afuera no era más que un sinfín de pesares que se vería obligada a soportar.

—¡Hinata! —Le escuchó decir a su acompañante.

Pero continúo, ignorando su advertencia, andando entre la niebla. Sus manos cubrieron el hueco en su corazón, sonriendo. No tenía ningún destino definido en su adusto recorrido, pero seguía andando por simple instinto, sin saber si realmente llegaría a un lugar. O llegaría, pero caminaría así le cortaran las alas a partir de mañana, pues probablemente sería su última oportunidad.

Tenía que aprender por sí misma para que el día en que él no estuviera…

—¿Eh? —Balbuceó un instante.

"¿El día en que él no esté?"

Fue tan solo un instante, un pensamiento de duda que la asaltó sin proponérselo y la hizo temblar de ansiedad anticipada.

Se había detenido, sin saber qué hace, provocando que Naruto chocara con ella, lanzándola sin pretensiones de una manera casi violenta, pero ella lo ignoró por completo, sumida en su propio monólogo mental. El rubio la miró nervioso, sin saber que decir por su abrupto movimiento. Ninguno era capaz de entender a que venía ese extraño aire de resentimiento que emanaba a su alrededor y los envolvía en una bruma de absurda necesidad irreconocible e incomodidad.

La mirada de Hinata se concentró en la nada por un momento, dejando al tiempo avanzar a su ritmo, mientras ella se perdía en la eternidad de su propio juicio. El inevitable suspiro se filtró entre sus labios, como una corriente de ácido. Las palabras de siempre se atoraron en su garganta, sin descargarse entre su aliento.

Había tantas cosas que desear.

Del día a día se había vuelto una rutina los lamentos llenos de anhelos por contar, entre sus labios quedaban los restos de sueños que nunca se harían realidad. Su vida era un manjar de pretensiones que le costaba degustar con detenimiento, incapaz de decidir cuál arrepentimiento tendría que devorarse primero.

Asoció su pensamiento con el irrefutable hecho de que pronto tendría que regresar a su vida de antes. Volver a ser la Hinata de antes. A sufrir con anhelos que serían imposibles de cumplir, con sentimientos que serían un suplicio para su alma el no poder continuar. A ese mundo hosco y desagradable dónde buscaba el anonimato pero la carga de ser invisible era demasiado pesada para sobrellevar.

El silencio era su único confidente, en su ambiente, las ambiciones eran un arma de doble filo que nunca debía desenfundar. Tenía que sonreír, amable, condescendiente, siempre ocultando tras sus manos aquel peligroso sentimiento, cuidando en todo momento que su semblante no pudiera reflejarlo.

La hipocresía era un modo de vida, desagradable, pero natural, y por desgracia ni siquiera ella había quedado exenta de practicar. Empuñaba el arma con sutileza, dentro de los límites de su propia moral pues siempre acallaba sus sentimientos y estudiaba los de los demás. Era algo de lo que nunca había estado consciente, hasta se vio capaz de efectuarlo fuera de su círculo social con personas normales.

En ese poco tiempo había descubierto que no solo era lo que creía de sí misma, sino también lo que mostraba a los demás.

Naruto la miró todo el tiempo, sin despegar sus tormentosos ojos azules de la blanca nieve que emergía de sus pupilas. Brillando como diamantina, los reflejos de sus emociones se mostraban a pedazos en los orbes sin color, pero llenos de destellos que emulaban el color lila.

Fue entonces que de verdad lo notó. En sus labios una sonrisa comenzó a dibujarse. Él sonreía, siempre sonreía, pero hasta ahora podía darse cuenta que en sus ocelos la alegría se difuminaba a medida que su mueca se prolongaba.

Naruto sonreía, porque en su rostro había una sonrisa, pero sus músculos tensos solo se movían a una falsa simpatía. Él mentía. ¿Cómo no fue capaz de verlo antes? Por eso su sonrisa siempre le parecía tan extraña.

El rubio la miró con sorpresa, atendiendo a cada detalle de su inexpresivo rostro. Ella lo examinó detenidamente, sospechando de cada brillo reflejado en su mirada, de sus gestos nerviosos, de la tristeza que portaba y sus ojos azules, intentando sosegarla.

Y se vio reflejada. De un modo tan distinto, pero con un propósito similar ambos llevaban dentro del alma un deseo que evitaban exponer, pues estaba resignado a fallar desde el inicio. En ocasiones, por más fuerza de voluntad, había metas imposibles de materializar. Como en un cuento que nadie había publicado, el final se escribía con papeles grises y tinta negra de lágrimas que manchan la obra que nadie leerá. Esa era su historia, de triste final.

Se sentía tan culpable por no haberlo notado mucho antes, la melancolía de esa persona apreciada, y cuánto tenía que ocultar. Lo vio alzar una ceja y supo que él había entendido lo que ella había comprendido al ver más allá de su falsedad. Sentía que todo aquello de lo que antes presumía no eran más que vacías versiones de una capacidad que nunca poseyó. A pesar de abrigar constantemente ese error acumulado en su cuerpo e impidiéndole deshacerse de la sensación de fracaso, se dispuso a ignorarlo.

—Hinata-chan…—Exclamó él, con algo de diversión en su voz, suave y acompasada al extraño brillo plateado en sus ojos de cerúleo azul. Sus verdaderas intenciones parecían ser que olvidaran el tema, pero ella no estaba dispuesta, era algo que resultaba imposible de perdonarse. Prácticamente se había jactado siempre de ser muy observadora y el tiempo le había demostrado que es imposible conocer a una persona por unos cuántos minutos de convivencia. —No te preocupes, dattebayo —Pronunció, y ella entendió el doble significado de su oración. —Te he lanzado muy fuerte, ¿no te lastimaste?

—N-No —respondió de inmediato. Naruto asintió.

—Así que… este es el lugar al que querías ir…—murmuró, y solo entonces ella pudo darse cuenta de dónde habían terminado sus pasos acelerados. Aquél era un icónico lugar para sus propios recuerdos.

—La azotea…—masculló ella, más para sí misma, impresionada por haber logrado llegar hasta el último piso del hospital sin haberlo notado mucho antes. Estuvo tan ensimismada que ni recordaba el momento en que subieron por las escaleras.

—Está cerrada —Obvió el joven. La pelinegra podía verlo, la cadena que pendía entre los barrotes grises que hacían de manijas era suficiente para saber que alguien lo había vuelto inaccesible. Suspiró, decepcionada, le hubiera gustado poder ver nuevamente la noche desde ese lugar tan alto, era una memoria muy especial para ella la noche oscura, en diferentes momentos, con gente distinta.

Naruto, su persona especial era una de ellas.

El rubio observó su semblante decaído, y le sonrió de nuevo. Sus manos tantearon en los laterales de su pantalón blanco de hospital, hasta encontrar sus bolsillos y sacar de un ágil movimiento un objeto que comenzó a girar en el índice derecho, causando un sonido bastante conocido. —Es una suerte que yo haya robado las llaves, ¿no lo crees?

La emoción desenfrenada le hizo actuar sin pensar. Antes de que pudiera razonarlo, Hinata se abalanzó sobre el chico, atrapándolo en un abrazo que literalmente lo dejó sin aire por varios segundos, hasta que la pelinegra se dio cuenta de su excesiva fuerza y lo soltó de inmediato. Hinata se encogió de hombros y le dedicó una expresión de incomodidad, desviando su atención de inmediato al suelo con sus mejillas coloreadas de carmín.

—Lo siento.

El joven la miró, sus labios se ensancharon de alegría, parecía bastante feliz por su inesperada reacción.

Era increíble que ella fuera capaz de actuar así, tan libremente, seguir a su corazón sin razonarlo primero. No podía hablar, un enjambre le revoloteaba en la boca del estómago y casi sentía que podría vomitar mariposas. Un extraño calor recorrió su cuerpo hasta ascender y expandirse por todo su rostro.

El rubio sonrió, y esta vez la alegría llegó hasta sus ojos. No le dio tiempo a nada más, tomó su mano y corrió con ella a la puerta, intentando abrirla y hasta después de algunos intentos fallidos lo consiguió. El sonido agudo del metal al rechinar le hizo cubrir sus oídos y tuvo que esquivar el pesado candado que por poco le cae en el pie, pero en el momento en que el la vista que tantas veces había soñado se presentaba ante sus ojos.

Avanzó con tranquilidad, observando todo a su paso, y no se percató de cuando Naruto la había halado en dirección a la derecha, rodeando la pequeña estructura con forma de caseta que era la entrada a la azotea y caminaron directo a la esquina más cercana. Con la mirada le preguntó que hacía, pero él solo hizo una señal para que guardara silencio y señaló algo en la lejanía, un extraño edificio que resplandecía en medio de la noche por los destellos de color blanco que poblaban por completo la terraza al aire libre.

—Es hermoso…

—Esas son las flores nocturnas.

Hinata desvió su vista a él, fascinada por encontrar la forma de aquellos brillos de color albo. Emociones blancas caen desde aquél techo, ligeramente más alto que el hospital, el fuerte viento de esa noche trae hasta ellos los pétalos grandes de blanco tan intenso como la nieve de invierno derramándose como alas sobre sus hombros cubiertos por la bata.

Los recordaba. Las mismas flores que en alguna lejana memoria observaba descansar apaciblemente entre los brazos de su amada madre. Esas flores blancas de hojas grades y enormes tallos de verde militar de las que solía escuchar historias sobre sus milagrosos deseos y las noches en que florecen un milagro nacerá.

—Las he visto antes —arrulló, con su suave timbre mezclándose de matices, olvidándose por completo de la timidez y el desagradable tartamudeo crónico que la acechaba. —Les dicen la reina de la noche, aunque yo prefiero llamarles belleza bajo la luna…

—Dicen que cuando florezcan en luna llena, un milagro sucederá —El tono en que lo pronunció le hizo pensar a Hinata que estaba cargado de resignación y pesar. Otra vez ese molesto golpeteo en su pecho, la opresión y la sensación de asfixia se hacían presentes al observarlo, si había algo imposible de descifrar para ella era precisamente lo que pasaba en su cabeza. —Si decides pasear a estas horas en los pasillos encontrarás muchas personas que se ponen a rezarles. Personalmente me parece un poco tonto, pero para todos aquellos que ya no tienen esperanza es una dulce ilusión que les ayudará a seguir adelante.

Hinata hizo el intento de mirarlo a los ojos y convencerse de que sus labios emitían verdades enteras y no los reclamos amargos que se atascaban entre su garganta y labios.

Y sollozó. Sonaba tan triste, tan resignado que no consiguió evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas saladas y su rostro se entumeciera en un gesto de lastimera crueldad. Sin embargo no lloró, estaba prohibido. Él la miró fijamente, quizás con el presentimiento de aquello que ya veía venir y no intentó detenerla.

No más falsedades, no más pretensiones. Tendrían que sincerarse si quería llevarse de ese lugar los mejores recuerdos de su vida o podría arrepentirse y tratar de regresar. Naruto lo sabía, ella apenas lo advirtió, no había manera de que pudieran seguir adelante ni estar juntos si las cosas seguían de esta manera. Ella no quería separarse, no quería perderlo. El solo saber que un día habría de decirle adiós el agujeraba el pecho y golpeaba su corazón. La esperanza que creía perdida había renacido gracias a él, a su Naruto, la persona especial que le había enseñado que siempre se podía sonreír a pesar de la adversidad.

No sabía las razones o por qué quería mantener las distancias con todos actuando como un bobalicón pero no podía permitírselo. Incluso si el resto del mundo se quedaba en silencio, debía probar que no se trataba de solo un apacible sueño, para seguir con vida y alguna vez olvidar ese lugar necesitaba ayudarlo.

No, ella tenía que ayudarlo. Aquello que nadie le había dado hasta ahora ella habría de entregárselo, su alma, su corazón, lo que fuera necesario para que él siguiera sonriendo, para que Uzumaki Naruto pudiera ser feliz de verdad.

Ahora resultaba todo más comprensible, ese sigilo receloso que se ocultaba al fondo de su mirada, aquel matiz claro-oscuro que opacaba el brillo en ocasiones contadas. Su sonrisa, que aunque él y sus ojos color cielo siempre resplandecieran como un Sol, el blanco contorno de la luz de Luna sobre su cara era tan pálido y transparente como el aire que respiró.

Tan solo se había dado cuenta de por qué su sonrisa era tan resplandeciente. Era por todas esas emociones que albergaba al mismo tiempo. Bailaban en ella las sensaciones que no se atrevía a aceptar, un poco de tristeza, un poco de soledad un poco de inconformidad, cada una de ella se entremezclaban como un néctar que emanaba de sus dientes blancos figurando entre sus labios creando una mezcla amarga que se perdía al encubrirla con aparente felicidad.

La vida se escurría entre sus manos segundo a segundo sin la mínima oportunidad de detenerlo, y aun así tan injusta irracionalidad estaba dispuesta a disfrutar cada instante.

No era solamente el hecho de la vida siempre osara burlarse en su cara una y otra vez, eso se había vuelto una tediosa rutina de la que no estaba nada orgullosa. De algún modo lo sabía, esta sería una noche que podría cambiarlo todo en su ser y si nuevamente se permitía dejar su destino en las decisiones de los demás no se lo perdonaría jamás.

—Naruto-kun…

—¡Hinata-chan! —Resopló alegre, interrumpiéndola. Sus ocelos temblaron nerviosos, y sus manos se removieron sobre su regazo sin cesar. —Es realmente extraño, Hinata-chan —Reveló despacio, envolviendo su suave voz en un tono misterioso que la hizo olvidarse por un instante del tema anterior. No la miraba, pero el perfil de su atractivo rostro y sus mejillas pintadas tenuemente por un sonrojo eran suficientes para hacerla feliz. —Tienes algo que te hace pasar completamente desapercibida para los demás. Estar a tu lado, es realmente cómodo, como si no estuvieras presente. Y sin embargo, si te miran con cuidado te hace preguntarte "¿Por qué no me di cuenta antes de que estabas ahí?"

—Dime Naruto-kun… ¿P-Por qué yo? —Preguntó, sintiendo la ansiedad recorrer su cuerpo. — ¿Cómo es que he llamado tu atención? —Hinata se sonrojó por el peso de sus palabras, sonaba demasiado pretencioso pensar que ella atraía de alguna manera el interés de Naruto, pero no podía explicar cómo es que estaba siempre ahí para ella aunque él no se diera cuenta.

Si había algo de lo que había estado segura toda su vida era que nadie se acercaba a nadie sin tener ningún interés… independiente de cuál fuera. Y su respuesta solo la hacía creer que él podía verla. Sonrió, a pesar de todo. —Si te digo… —Hizo una pequeña pausa dramática que consiguió alterarla más. —La gente suele decirme que tengo la lengua suelta y si resulta ser cierto, bueno, no quiero comprobarlo contigo porque me agradas aunque seas rarita. Probablemente si te digo la verdad me odies y decidas golpearme, aunque con tu tamaño seguramente tendría que ayudarte yo a hacerlo, dattebayo…

—Naruto-kun— musitó severa. Recordó aquella ocasión en que casi lo mata de un susto por la mirada que se le escapó y recompuso su semblante.

—Fue tu tristeza. La primera vez que te vi, estabas tan herida que ni siquiera notaste al pequeño niño que quería jugar…—Hinata creyó haber malentendido, recordando el momento en la azotea y lo vio incrédula. —Era normal para mí entrar y salir del hospital a voluntad, la mayoría de las personas aquí desaparecerán después de un tiempo así que solía buscar constantemente a alguien con quien hablar cada vez que alguien se va —la observó de reojo, sonriendo con diversión. —Y me encontré con una chica rarita llorando.

—No lo entiendo —espetó. Lo único que ella recordaba era aquella vez que la ayudó a reponerse por la pérdida de su madre. —¿Nos hemos visto antes?

—No exactamente —respondió misterioso. —Te seguí porque estabas llorando y cubriendo tus ojos… A mí me gustan tus ojos. Son muy extraños pues a simple vista parecen blancos pero si los miras de cerca… —Y acortó la distancia robándole la respiración. —Se vuelven grises, y quizá veces, solo a veces cuando me miro reflejado en ellos puedo verlos brillar —Hinata palideció. —Me pregunto ¿por qué será?

—D-Debe ser tu imaginación…—contestó nerviosa. Lo miró, recordando un pequeño gran detalle. —¡Entonces si recuerdas quién soy!

—Quizás.

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La voz estridente de su amiga rubia se hizo un eco en toda la sala, sacando a todos de su estado de trance.

—¡¿Entonces él lo sabía!? —Cuestionó gritando, tomando con fuerza lo primero que halló a la mano y fue el hombro de Sasuke, que estaba tan anonadado y no le prestó atención. —¡Ese estúpido de Naruto lo sabía y se la pasó haciéndote bromas pesadas!

La pelinegra sonrió nerviosa.

—No exactamente, Ino…—suspiró, tratando de explicarlo claramente y con rapidez, antes de que su marido decidiera lanzar a la rubia contra alguna pared. —Poco después Naruto me confesó que al principio no lo recordaba, pero que en el momento en el que lloré junto a él lo supo. Fue por eso que empezó a seguirme a todas partes.

Y la carta… también surgió de esa conversación.

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Ella se tomó unos segundos más antes de volverlo a ver.

—L-Lo recuerdas…

—Bueno, yo recuerdo a cada uno de los niños que han perdido a sus padres en este hospital…—Ella lo miró con recelo, incapaz de creer en su versión. —De acuerdo, tardé varios días, ¡pero si te recuerdo, dattebayo!

Le había revelado entre risas y balbuceos como se había dado cuenta de quién era ella, pero la explicación había resultado tan larga que terminaron recostados en el frío suelo, recargados contra los bordes de protección. El tono de sus ojos le hacía pensar en el mar, navegando en las tranquilas y pacificas aguas para al fin encontrar paz, mientras nacía ya en el cielo, el manto negro que embréñese a la intensa luz de las estrellas, llamando a la tristeza.

Su corazón apenas soportó el momento en que descubrió un peso sobre su cintura y un manto de cabellos rebeldes amarillos sobre su hombro. Parecía estar profundamente dormido, exhalando su aliento caliente sobre el hueco de su brazo derecho.

Acarició su cabello con ternura, tratando de transmitir aquél amor que no era capaz de expresar. Si les quedaba poco tiempo, y él se lo permitía, Hinata lo aprovecharía.

—Me gustas, Hinata-chan.

—¡¿Q-q-qué!? —Retiró su mano al instante, ella habría jurado que el rubio dormía. Su corazón se aceleró.

—Me gustan las personas como tú.

Fue una suerte que él siguiera recostado sobre su hombro y no pudiera ver su decepción. Quizás si ella hubiera girado a verlo podría haber notado el sonrojo de su rostro y el recelo de su voz. Para no verse tan sospechosa continúo acariciando su cabellera, confortándose con deslizar sus delgados dedos entre los mechones de suave luz dorada. Nunca habría imaginado que podría estar así con alguien, compartiendo su alma, hablando con completa sinceridad.

—Naruto-kun, ¿p-por qué decidiste seguir visitándome? —Tragó pesado el nudo de su garganta y se armó de valor para preguntarle. —Yo no te gusto, entonces…

—Realmente no lo sé. Quizás estoy celoso…—Declaró, ella sintió como su corazón saltaba en su pecho, a este ritmo, si nos e contralaba pronto podría verlo saltar afuera y huir por su cuenta.

—¿A-A qué te refieres?

—¡No es lo que crees! —Aclaró, saliendo de su posición y mirándola atosigado con las mejillas rojas. —No es, yo… Bah, ni yo lo entiendo —resopló molesto. —Solo entiendo que tú has logrado mucho más de lo que yo he hecho en todo este tiempo. Te acercaste a Sasuke… Sakura te considera alguien en quien confiar. A Itachi le agradas, hasta la vieja Tsunade habla bien de ti y… yo…

El rubio la miró nervioso, sin saber que decir. La de ojos claros enfrentó su mirada. Le había abrazado, sosteniéndola con tanta fuerza que necesitaba forzar el aire a su cuerpo para lograr respirar. A pesar de la rudeza con que sus brazos le sostenían por la cintura y su rostro se enterraba en el hueco de su cuello le permitió seguir junto a ella, tratando de no morir antes por la vergüenza.

—No pienso que eso sea verdad…—declaró melancólica, pensando que aclarar la situación en la que ella y Sasuke se habían ido juntos sería exponer demasiado. Quizás Itachi y ella habían congeniado, pero dudaba que la chica de cabello rosa la considerara más que una simple conocida. En cuanto a la doctora, quizás era cuestión de lástima y empatía, lo único que podía asegurar era que amaba a Naruto de la manera en que una madre lo haría con su hijo. Ella nunca podría superar ese vínculo.

—Jamás lo he admitido pero me siento solo. Nadie me había prestado más atención en mi vida que tú. Supongo que a veces, es bueno sentirse querido, dattebayo.

—Podrían ser todos agradables conmigo, pero jamás podrían verme con el mismo cariño con el que te ven a ti.

El rubio la atrajo con mayor fuerza a su cuerpo, posiblemente tratando de impedir con sutileza que lo notara pero era demasiado tarde, en el fondo ambos eran conscientes de cuántos sentimiento habían escapado en cuestión de instantes, encarcelados tras una frase arrogante que pretendía esconderse tras la burla y el tono jocoso de voz. Pudo sentir las lágrimas que se escurrían por su piel, tan cálidas como el viento nocturno que los envolvía en un agradable aroma de flores blancas.

—¿Sabes? —musitó con cariño, dando leves palmaditas de comprensión en su espalda. Se preguntó levemente dónde había quedado su vergüenza, su horroroso tartamudeo y la desconfianza en general. Ahora sus ojos solo podían verlo con ternura, deseando desde lo más profundo de su ser que él fuera feliz, no importaba si no se podrían volver a ver. —Si he venido a este lugar, es por ti y por mamá…

Naruto era para ella muchas cosas, el cielo, la luna, el sol y el mar. Era un mundo, su mundo, y no entendía cuando fue que llegó a serle indispensable.

Lo amaba. No sabía cómo o por qué esa frase se hizo presente con tanta fuerza, con tanta insistencia que no tuvo la determinación para negarlo. Siempre le había dado diversos nombres a ese cosquilleo cálido que la recorría completa cuando lo veía sonreír, cuando la saludaba, cuando invadía sus pensamientos sin su permiso. Era su persona especial. Quizás siempre lo había sabido, pero la realidad no se había hecho tan presente hasta aquél instante, que al tenerlo entre sus brazos y escuchar que era probable que fuera a perderlo pudo entender con tanta claridad.

El rubio la miró con curiosidad brillando en sus ojos, empañados por el agua de mar.

—¿Tú mamá? —mencionó lentamente, como si tuviera miedo de hacerle daño y no pudo evitar apretarlo contra sí misma, abrazándolo.

—La verdad es que, hace algún tiempo yo entré a estudiar medicina —reveló. El recuerdo de esos días a veces era tan agradable como doloroso, y no muchas personas conocían ese hecho. —Por supuesto, mi padre estaba en contra pero de algún modo se convenció de que sería pasajero y que fracasaría pronto en mi capricho.

—¡Ese hombre es un…! —se detuvo avergonzado de su lenguaje, y la miró nervioso. —perdón, me dejé llevar.

—No te culpo —le sonrió. Pero su mirada se tornó más seria y entendió con pesar que el fondo, quizás fuera real. Guardaba un poco de rencor contra su padre y su modo de tratarla, pero la mayoría del tiempo el cariño y su necesidad de que la aceptara ganaban en su comportamiento. —Pasó algo de tiempo, padre por fin entendió que no sería algo pasajero y me detuvo. Venir aquí fue predeterminado, pensé que sería agradable salvar vidas en el mismo hospital en que falleció mamá.

Su amado la miró asombrado, por su expresión podía deducir que no sabía exactamente qué decir.

—Eso… es increíble Hinata-chan. ¡Eres realmente increíble, dattebayo!

—Gracias —sus mejillas se tiñeron de carmín, la efusividad con la que la alababa el rubio casi le hizo olvidar una de las cosas más importantes de su pequeña historia. —Eso no es todo —con un gesto de mano le pidió silencio para continuar. —Me enteré que sería comprometida y pensé que sería el fin, reuní el valor suficiente y vine a realizar simbólicamente aquellas prácticas que nunca ejercí, sería lo último. Pero… —Era el momento, su momento. Lo supo desde ese instante en que la palabra amor hizo un hueco en su mente. Quizás no consiguiera nada, quizás las cosas jamás saldrían como ella anhelaba pero si iba a irse ella tenía que decirlo.

—Pero…

—Encontré en ti a una persona importante que jamás podré olvidar… ¿Sabes Naruto-kun? Te quiero y siempre te querré, no importa lo que pase, nunca te podré olvidar.

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El grito de emoción que soltaron Ino, Tenten y Karin juntas fue lo que terminó por despertar a su pequeño angelito y la joven madre se vio obligada a pausar la historia para irlo a calmar. Acudió de inmediato a su cuarto, recordando con una sonrisa el rostro emocionado de Itachi mientras lo iba contando y como casi estuvo a punto de gritar junto a las chicas.

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Notas de Kou: ¡Estoy viva! ¡Lo he terminado! Dios, les dije que sería largo, y eso que resumí muchas cosas y faltan tres temas más. Naruto y cómo ve a Sakura, la entrega de la carta y la charla sobre su condición en el hospital. Terminar esto me ha llevado todo el día y eso que tenía escrito más de la mitad xD Espero que aún me recuerden y me manden sus sensuales reviews *guiño, guiño* *le lanzan un tomate* ¡Ja, apuesto a que no saben que lo que lancen será mi alimento! Pobre soy, pobre soy, como maruchans de a montón…