Os adelanto de que este va a ser el penúltimo capi de este fic! Si queréis que escriba cómo llegaron a la familia el resto de los Cullen decirlo y lo haré :) solo que no actualizaré tan a menudo como hice con este fic... cosas de la universidad :( En fin, que como siempre, espero que os guste tanto como a mi me gustó escribirlo. Review porfi! ^^ Un abrazo
CAPÍTULO 11
CAMPANAS PARA UNA NUEVA VIDA
Me miré al espejo más nervioso de lo que nunca pensé que pudiera llegar a estar. Observé por el reflejo a Edward entrando en la habitación sonriendo.
- No sabes lo extraño que se me hace escuchar esos pensamientos viniendo de ti, Carlisle.
- Intento mantenerlos alejados de mi mente, pero gracias.- le dirigí una sonrisa burlona.-
- Y la verdad, que tienes una imaginación…
- Contemplo posibilidades.- dije mientras me arreglaba innecesariamente la pajarita.-
- Por favor…- puso los ojos en blanco.- Es altamente probable que Esme huya corriendo para refugiarse en los brazos de alguno de los asistentes a la boda…
Aunque ya sabía a lo que se refería cuando empezó a hablar, me dio vergüenza oírlo en voz alta. Sonaba si cabía aún más patético. Porque lo era.
- Lo es.- Edward asintió con la cabeza.- Esme te ama, y no necesitas que yo te lo diga para saberlo.
Por mi mente pasaron imágenes de los meses anteriores. Los meses más felices de mi existencia, y los que quedaban por llegar. Sonreí. Cada caricia suya, cada gesto, cada palabra, me iba devolviendo la vida que nunca tuve.
- Creo que es la hora de salir de tu mundo y bajar a la realidad.
Unos nudillos golpearon suavemente la puerta.
- ¿Se puede? – dijo una voz familiar.-
- Claro.- sonreí ampliamente al reconocerle.-
Abrió la puerta y soltó una sonora carcajada. Un miedo atroz me recorrió la nuca. Me giré rápidamente para mirarme al espejo.
- ¿Tan ridículo estoy? – pregunté con expresión atemorizada.-
- Créeme, - dijo Eleazar poniendo los ojos en blanco.- Con lo ridículo que te he visto a veces, y creo que sabes a lo que me refiero, esto no es ni digno de mención.
Claro que sabía a lo que se refería. Durante nuestra estancia con los Vulturi tuvimos la oportunidad de viajar mucho, uno de los países que visitamos fue Francia, en su época de esplendor. Para Eleazar, de gusto marcadamente italiano, las vestimentas francesas eran exageradas y ridículas y a pesar de mis súplicas se negó a ponerse una de esas horrorosas pelucas que llevaban en la corte por entonces. Y no solo se limitaba a eso sino que además se esforzaba en hacérmelo notar cada segundo que pasaba con ella puesta. Maldito Eleazar…
- Ahora en serio, estás muy elegante.- me dijo dándome unos suaves golpecitos en los hombros.- Nunca pensé que te vería al lado de alguien…
- Y sin embargo aquí estoy.- suspiré.-
- Sí, aquí estás cuando ya deberías estar abajo.- simuló una regañina.- La novia va a llegar antes que tú como no te muevas ya.
Le seguí escaleras abajo. Al pasar por el pasillo escuché la voz de Esme y me dio un vuelco en el estómago. Edward me empujó suavemente.
- Vamos, vamos, se supone que no tienes que verla…
- ¡Pero si no la estoy viendo!
- Pero puedes tener pistas. ¡Vamos!
Entramos en el coche de Eleazar, que nada más encender el motor ya empezó a gruñir.
- Llegaríamos antes andando, por el amor de Dios…
- No creo que Carlisle tenga ninguna prisa por llegar…- dijo Edward con una risita sarcástica.-
- Nunca había tenido prisa hasta hoy.- contesté.-
- ¿Lo ves? – dijo Eleazar mirándole.- Cómo se nota que no tienes compañera, Edward.
Él se revolvió nervioso en su asiento y no dijo nada más hasta que llegamos a la iglesia. La verdad que, como yo no tenía pareja, nunca me había planteado que Edward necesitara una… Sonaba hasta ridículo. Aunque, pensándolo bien, no sabía cuán ridículo debía parecer a mis amigos de siempre verme casado. En fin…
En cuanto vi la iglesia aparecer por la esquina sentí que me mareaba. ¿Y si Esme era infeliz a mi lado? ¿Y si le había cortado las alas? ¿Y si la estaba obligando a llevar un estilo de vida que no era el que ella deseaba…?
- Carlisle, o te centras, o se lo digo a Esme.- dijo Edward mirándome amenazadoramente desde el asiento delantero.- Me estás poniendo histérico.
- ¡Yo estoy histérico! – me quejé haciendo un aspaviento.-
- Cuando no tienes por qué. – comentó Eleazar.- Tu hijo tiene razón, Carlisle, pareces una quinceañera… Compórtate, por Dios…
Unos metros más adelante, paró el coche. Edward se levantó rápidamente para abrirme la puerta. Bajo la arcada de la iglesia estaba Siobhan, que me hizo un gesto cuando bajé y vino a darme un fuerte abrazo.
- No me puedo creer que esté viviendo este día.
- Yo tampoco.- dije, soltando una risita.-
- Tú no te pongas nervioso.- retrocedió unos pasos y me miró evaluando mi aspecto.- Estás de lo más elegante, Carlisle.
- Gracias.- respondí.- Tú también lo estás.
Ella dio una vuelta muy graciosa para mostrarme su atuendo.
- Había que estar guapa. Después de todo, soy la madrina…- me ofreció el brazo, que yo cogí gustosamente y entramos en la iglesia.
Habían venido todos los miembros de los aquelarres de Denali y de Irlanda. El resto me enviaron la invitación de vuelta con un regalo y una disculpa ya que se veían incapaces de asistir a un enlace en el que hubiera humanos. Tampoco les insistí mucho para que vinieran, nervioso como estaba, las más atroces escenas se me pasaron por la cabeza como rayos en una tormenta. Me estremecí.
- No estés nervioso Carlisle…- me susurró Siobhan en mi oído a medida que mis temblores aumentaban según nos acercábamos al altar.- Es perfecta para ti. Nada va a salir mal, créeme.
- ¿Ahora me crees? – dije con una sonrisa sarcástica.-
- Sabes que no.- ella también sonrió.- Pero por un amigo estoy dispuesta a hacer hasta las mayores estupideces... Porque esto lo es.
- El caso es que funciona. – llegamos al altar y la miré.- Gracias por estar aquí, Siobhan. Sois los únicos que habéis hecho el esfuerzo de venir.
- No hay de qué- me cogió la cabeza y me besó la frente.- Bueno, aquí te dejo. No escapes corriendo.- soltó una risita y se sentó en el primer banco.-
Y allí me quedé. Solo en el altar. Cuando saliera de allí iba a ser un hombre casado. Casado con la mujer más bella y más perfecta de todo el universo. Sonreí.
De pronto, la marcha nupcial inundó la iglesia. Y allí, bajo la puerta, del brazo de mi hijo, estaba ella.
Más hermosa aún si cabe, pero no por el vestido, ni por el maquillaje, ni por los adornos en el pelo. Estaba hermosa porque sonreía. Una sonrisa de felicidad, una sonrisa tímida. Su mirada pasó de largo de los escasos invitados que asistían a nuestra boda y se posó en mis ojos.
De pronto, todo cuanto estaba a mi alrededor desapareció. En mi mundo solo existía ella. Esme.
Cuando me dí cuenta, estaba a mi altura. Nunca pensé que fuera tan difícil contenerme para besarla, pero lo hice. Le cogí la mano con suavidad y la sonreí.
- Puede que suene a tópico, pero estás preciosa.
Ella sonrió y bajó la mirada con timidez. Me volví loco de felicidad.
- Te quiero.
Levantó la vista.
- Yo también.
Las palabras del sacerdote sonaban como ecos lejanos en mi cabeza, que solo podía concentrarse en la belleza de mi esposa, en cada gesto suyo, en cada parpadeo, en cada una de sus pestañas, que por cierto, tenía exactamente doscientas trece entre los dos ojos. Cada uno de sus cabellos sujetados por horquillas en un moño que dejaba al descubierto ese cuello que tanto me gustaba.
- Sí, quiero.
Las palabras salieron de mi boca y me dio la sensación de que estaba viviendo la boda de otro. Que el que hablaba no era yo. Una boda no importaba nada. Solo importaba Esme.
- Si quiero.
Observé el aire salir de sus labios produciendo un leve movimiento en el tenue velo que le cubría la cara y desperté como de un sueño. ¿Estábamos casados?
- Yo les declaro marido y mujer.
Sí, estábamos casados. La besé con suavidad. Este iba a ser el primero de miles, millones de besos. Me aturdió la felicidad y me temblaron las piernas. Ella se separó de mí apartándome con delicadeza y obligándome a girar mi cuerpo hacia los asistentes, que aplaudieron.
Salí de la iglesia como si me llevaran en volandas, de la mano de Esme. Obviamente, no habría banquete nupcial, con mis invitados no tendría sentido, así que optamos por pasar directamente al siguiente paso.
Esme me sonrió pícaramente mientras la ayudaba a entrar en el coche. No esperé a que Eleazar saliera para llevarnos a casa. Estábamos impacientes por llegar.
La miré a través del espejo retrovisor y me dí cuenta de que no se podía ser más feliz de lo que yo era en ese momento.
